martes, 6 de octubre de 2015

Caminos de Santiago: "El peregrino de la vía de Bayona" (junio de 2014)



EL PEREGRINO DE LA VIA DE BAYONA

Prefacio

Nuestro protagonista tubo que preparar los bártulos rápidamente. Una cuestión, por lo demás, que no le preocupaba en exceso, pues la costumbre de hacer peregrinaciones le procuraba el hábito de tener en la cabeza todo lo que tenía que llevar. Se habían trastocado sus vacaciones y lo que tenía previsto preparar y hacer dentro de un mes lo tuvo que hacer con celeridad. La peregrinación a Santiago de Compostela por la vía de Bayona estaba en su mente desde hace algunos años, esperando oportunidad. Le atraía poderosamente la tranquilidad y soledad de este camino tan poco transitado.
En 2 días puso en orden sus asuntos. Preparar el ajuar le llevó poco tiempo: ropa para cambiarse tres veces (por si acaso no se secaba lo lavado todos los días), saco de dormir, tarjetas, dinero, neceser de aseo y curas, toalla, sombrero, fotocopias del camino sacadas de internet, libreta para tomar algunas notas, lápiz y sacapuntas, y un libro para los momentos apropiados. En este caso “El camino inmortal” El relato de las experiencias de una peregrinación a Santiago por el camino del Norte.
Preparado todo, solo quedaban dos gestiones. Billete de tren hasta Hendaya (Tubo suerte porque de Burgos a Hendaya hay tren directo) y sacar la credencial de peregrino. A tal efecto se acercó al albergue de peregrinos de la calle Fernán González. Tal acordeonado papel le costó 3 euros. Le pareció excesivo. En otros lugares lo suelen expedir gratuitamente. Sin ir más lejos estuvo allí hace tres meses para la misma gestión y ya cobraban 2 euros. No le gustó ese trueque por dinero, pero no dijo nada.
          Hechas las gestiones, se fue a casa pronto para dormir. Al día siguiente empezaría la peregrinación y se convertiría en peregrino: El Peregrino de la Vía de Bayona.

18 de junio de 2014.  (Miércoles)
Nuestro hombre se levantó pronto. Quería preparar las cosas con tranquilidad. Había  7 Km desde su domicilio hasta la estación de trenes. Pensó hacerlos andando, pero el itinerario hasta allí era aburrido, feo y con mucho tráfico por la calzada. Optó por tomar un taxi. No recordaba cuando fue la última vez que cogió un taxi en Burgos. Quizá fuese ésta la primera.
Llegó a la estación con tiempo suficiente. Mientras esperaba se sorprendió al ver aparecer a Javi, su hermano y a Pablo, su amigo de la infancia. Habían hecho una escapadita del trabajo para despedirle. Si se lo hubieran dicho se habría ahorrado los 8,50 euros del taxi. Los peregrinos se vuelven expertos en ahorro.
El trayecto en tren, por algunos de los parajes por los que retornaría andando, fue el momento para tomar conciencia de su nueva condición. Con sosiego organizó las etapas. Leyó algunas cosas. Se puso a pensar. Por la ventanilla observó el paisaje todavía verde en esta primavera atípicamente tan larga. Dentro de unos días ese paisaje tornará al amarillo.

Hendaya-Gurutze.

A las 14 horas el peregrino de la Vía Bayona sale de la estación de tren de Hendaya. Antes de que se dé cuenta está en el puente de Santiago, la antigua frontera franco-española. ¡Vaya! ¡Qué lástima! Se le olvidó sellar la credencial en algún lugar de Francia.
Cruzado el puente se adentra en Irún bordeando la ría hasta el barrio de Santiago. Irún es una ciudad fronteriza y por tanto cosmopolita. En la calle se oyen numerosos idiomas. Curiosamente ninguno de los que logra oír es el euskera. Siendo ya tarde, busca el primer banco a la sombra para comerse los dos sándwich que se ha traído. Sin más dilación y aunque tiene que desviarse 600 metros, nuestro protagonista se acerca al albergue de Irún. Pretende que le sellen la credencial. Cuando llega son las 15:00. Un papel en la puerta del portal informa que no abre hasta las 16:00. Con la esperanza de encontrar a alguien se acerca hasta la misma puerta del piso que ocupa el albergue. Pero antes de llamar al timbre se lo piensa dos veces y decide no hacerlo. Quizás haya alguien descansando. No quiere interrumpir el descanso de nadie. Así que sigue su camino.
Antes de salir de Irún se toma un café en un bar en el que sestean las dos personas que hay dentro. Allí consigue que le sellen la credencial después de vencer la reticencia inicial de la propietaria con unas cuantas explicaciones “peregrinas”.
Cuando el camino de la Vía de Bayona y el camino costero llevan tres km. separados se encuentra con dos peregrinos que tienen cierto acento canario. Lo curioso es que vienen de vuelta. Querían hacer el camino costero y han errado. A la sombre de un nogal nuestro caminante les ilustra sobre su error y se despide de ellos. Entonces no sabía que serían los últimos peregrinos que viera hasta Burgos.
Una vez que se cruza por encima de la A-8 el cambio es sintomático. Comienza la Vasconia rural. Carretiles y caseríos. Montes y prados. Algunos caminos se adentran en bosques excelsos y umbríos a la vera de arroyos saltarines. ¡Cómo no perseguir un paso sosegado y deleitarse con la imagen de algún puente rústico! A la hora de la siesta los caminos son solitarios.
A las 6 de la tarde, después de una etapa corta, relajada y placentera llega a Gurutze, enclave disperso antes de llegar a Oiartzun. Se dirige al hostal rural en que había alquilado una habitación de oferta en Internet. Ducha, lavado y descanso. La habitación tiene televisión. Curiosamente entre los 30 canales que se sintonizan, 7 de ellos franceses, no están los públicos españoles. El peregrino deduce que alguien los ha borrado intencionadamente.
Poco se puede hacer en este enclave. Pasa el resto del día entre paseíto, cañita, cenar y ver el partido de futbol del mundial: España-Chile. A las doce apaga la luz de su habitación.


Gurutze-Andoain.  19 de junio de 2014  (Jueves)

El peregrino de la vía de Bayona ha dormido mal. Y no ha sido por el desastre futbolístico de la selección española en el mundial de futbol. A pesar de tener una habitación para él solo, sin nadie que le molestase, no ha encontrado el sueño reconciliador. Le suele ocurrir a menudo. A las 6:30 de la mañana no solo había luz en la calle, sino que el sol ya iluminaba las fachadas de las casas. A las 7:00 decide levantarse. “Para dar vueltas en la cama, mejor ponerse en camino.” La mañana es agradable, tan agradable que a los 10 minutos detiene su caminar y se quita el jersey. No cree que lo vuelva a necesitar hoy.
A  primera hora de la mañana llega a Oiartzun. Entra en el primer bar que encuentra abierto. Hay varios paisanos tomándose un café y charlando. Curiosamente, por primera vez oye hablar en euskera. Se despide con un “agur” que provoca la inmediata respuesta del camarero con otro “agur”. Salir de la localidad le produce la duda habitual en las ciudades. Cada localidad tiene sus propias señales y acostumbrarse a localizarlas es una tarea en la que tiene que concentrarse, porque la mente tiene que asimilarlas para distinguirlas. El camino de hoy es una etapa rompepiernas, con constantes bajadas y subidas. De tal manera que el caminante salva en computo total tanto desnivel como una ruta de montaña. Las medias que se consiguen son bajas; 3-3,5 km a la hora. Le recuerdan los caminos de las rutas de peregrinación por Asturias cuyo axioma popular dice “los km del camino asturiano son más largos que los km del camino francés”. A pesar de estas particularidades el trayecto hasta Astigarraga es por caminos solitarios, rurales y verdes. Algunos caseríos motean el paisaje. Casi siempre, a su vera, les acompañan la presencia de algunos nogales. Si no fuera por los sofocos que producen desnivel, calor y humedad, estos parajes serían atractivos.
El culmen de la etapa es la subida hasta la ermita de Santiagomendi en un altozano desde el que se ve, en la lejanía, la bahía de San Sebastián. Es un pequeño desvío pero compensa. Será la última vez que se vea el mar. Cuando el caminante llega, la encuentra cerrada. Se sienta fuera. Se quita las botas y con los calcetines al aire y vistas en la bahía descansa un rato.
Pasados 15 minutos prosigue su camino intentando seguir las confusas señales. Parece ser que hay distintas señales: señales y postes. Al final, por sugerencia de una paseante rodeada de perros pacíficos, opta por seguir un carretil asfaltado que le conduce directamente hasta  Astigarraga.  Sin detenerse, enseguida alcanza Hernani y aunque encuentra un centro urbano interesante tampoco se entretiene.
El camino hasta Andoain, con el sol en lo más alto, por asfalto y polígonos industriales se le hace pesado. Entra en la localidad a la hora de comer por una vía verde también asfaltada. Lo primero que encuentra es el albergue que está cerrado. Es una pequeña casa de dos pisos que antiguamente fue una pequeña escuela; cosa que descubrirá cuando más tarde vaya a orinar y encuentre los urinarios a la altura de infantes.
Decide ir a comer y baja hasta la plaza que está al lado de la Iglesia. Un modesto menú del día regado con cerveza, sentado en las mesas de la plaza con las botas quitadas disimuladamente, le reconforta. Antes de que la modorra se apodere completamente de él, se aproxima al edificio de la policía local y pide las llaves del albergue. Lo abre, inspecciona rápidamente, elige una cama, extiende el saco, se cala el sombrero en los ojos y se echa una siesta “sine die”. En plena actividad aparece el hospitalero voluntario y empiezan una amena conversación sobre la ruta de Bayona. Parece ser que las confusiones en la señalización son originadas porque las señales del gobierno vasco no siempre siguen las de la Asociación de amigos del Camino de Guipúzcoa. El hospitalero le recomienda seguir las flechas típicas de pintura amarilla. La conversación queda  interrumpida por las necesidades higiénicas de nuestro hombre: ducha, lavado de ropa.  El albergue, aunque solitario de peregrinos, sí que tiene otras visitas: amigos del camino, jóvenes que persiguen una credencial para hacer el camino francés (expedida gratuitamente)…
La tarde sigue su rutina: romper la ampolla que le ha salido en la palma del pie (¡Curioso! Nunca le había salido una en esa parte. Será que se hace viejo y se le ha desencajado algún hueso), paseo por la village para orientarse en el camino de mañana, cañita en terraza en la abarrotada plaza del pueblo…
A las 9, mientras se toma un largo bocadillo de tortilla con bacalao, la gente se retira a sus casas. Apura sus últimas horas leyendo. Cuando anochece se retira al albergue. No hay nadie más. Se entretiene curioseando el libro de visitas del albergue. Hay pocas reseñas. Se nota que pasan pocos peregrinos por este camino.  El último hace 4 días. Son más de las 11 cuando apaga la luz y se echa a dormir.


Andoain-Beasain.    20-junio del 2014. (Viernes).

Increíble pero cierto. El peregrino de la vía Bayona se ha quedado dormido. Cuando se despierta son las 7:45. Con cierta prisa se asea y recoge sus cosas. A esa hora quería haber andado ya 3 o 4 km. La etapa de hoy es peligrosa. Son 30 o 31 km. de carreteras, carretiles y bidegorris (andaderos) asfaltados. A esto hay que añadir que a las 10 de la mañana hay 23 grados y a las 14:00 sube hasta 32.
Cumple la rutina de tomar un café con leche en el primer bar que encuentra abierto. Por suerte para él, en Guipuzcoa suelen madrugar más que en su tierra natal. En cuanto se cruza el rio Oria ya no hay pérdida. Seguir río arriba.
El caminante va pasando pueblos sin fijarse mucho en ellos. Parece que solo persigue un ritmo constante para acabar a una hora prudencial y con el menor desgaste posible. En muchos de estos pueblos prima colgar en los balcones la “ikurriña” y en los más atrevidos la célebre pancarta de “presoak”. Nuestro hombre desconfía. Nunca le han hecho gracia aquellos que gustan de exibir sus enseñas. -Una enseña no te da más identidad, ni te hace más auténtico ni te hace más patriota. Lo único que te hace es más endogámico y ya se supone como acaba la endogamia. Cuando hay miedo, uno se refugia siempre en la tribu. Habría que hacer máxima de aquello de “ni banderas, ni fronteras”. Que por cierto lo dijo un catalán.-
Los valles por los que pasa el camino son profundos pero el peregrino no puede contemplarlos con tranquilidad. Está rodeado de múltiples distracciones: coches, camiones, trenes, ciclistas…  Camina solo, apenas habla con nadie. No obstante en Anoeta, localidad que prepara sus fiestas, se encuentra con una lugareña que se dirige a él. Parece ser que la señora quiere contarle sus aventuras de peregrinación, algunas de las cuales le han llevado por caminos en el extranjero. Todos los años hace alguna de largo recorrido. La mujer aparenta ya muchos años. Debe de estar jubilada porque si no, no se explica estar todos los años andando durante dos meses.
A la salida de Ikazteguieta se detiene para comer en un pequeño bar. Un arroz a la cubana con una fruta: 9 euros. Inmediatamente busca un prado para echar la siesta. A los 5 minutos lo encuentra en un campo de futbol con varias mesas rústicas. Como siente los pies averiados se toma ese tiempo con tranquilidad. Siesta y cura urgente de nuevas ampollas recién paridas. El calor y el asfalto le están cociendo los pies.  Hora y media después vuelve al camino, después de resistir la tentación de tomar alguno de los trenes que ve pasar y que tiene tan a mano. El calor y la humedad son intensos y tiene que soportarlos  a la sombra de las alas del sombrero.
Cuando llega a Ordizia cree cerca el final de etapa. Ordizia y Beasain están juntas. Error. Todavía le queda más de una hora de camino. Cansado y casi en la reserva llega al albergue de Beasain.  Tiene muy buena pinta y está en un emplazamiento magnífico. Es la casa de un antiguo molinero que forma parte de un complejo solariego restaurado. Un matrimonio ya mayor le recibe. Generalmente, cuentan, vienen sobre la 1 del mediodía y si cae la noche y no viene ningún peregrino se van a casa a dormir.
El peregrino da un breve paseo por los alrededores. En lontananza se ve la figura del monte “Tindoki”. El año pasado, en una escapadita, coronó su cima. Después de un día bochornoso de calor, el cielo se cubre y se pone a llover. Se va a tomar algo para cenar en el bar “Niza”. Está  anunciado en el albergue y está cercano. Pero se tiene que dar prisa porque cierran a las 21 horas. Y, efectivamente, a las 21 horas se ponen a recoger. De vuelta al albergue se queda un rato hablando con los hospitaleros. La conversación gira sobre el camino en general y la vida en particular. A las 23 se echa en la cama para dormir.


Beasain-Zegama    21-junio de 2014. (Sábado)

El peregrino de la vía de Bayona tiene los pies destrozados. Hoy se promete una etapa corta.  Aún así madruga. A las 7:30 ya está andando. Nunca le ha gustado echarse a andar antes de que el sol salga. Ni siquiera en el popular camino francés lo ha hecho. Prefiere acompañar al sol. Para él las 7:15 ya es madrugar. Los hospitaleros están durmiendo. Procura no hacer ruido.
El día amanece nublado. Las lluvias de ayer han dejado un ambiente fresco, sin ser frío. Como no encuentra ningún bar tiene que echar mano de sus últimas barritas energéticas. Lamenta no tener algo de fruta, pero la pereza de ayer le venció y no compró avituallamiento alguno. En los primeros kilómetros el camino olvida las vías principales. En cuanto se asciende un poco, una agradable y tenue neblina invade el paisaje. Todo es completamente distinto al día anterior. Vuelven a aparecer los caseríos y los prados. A pesar de sus pies lastimados el caminante disfruta del paisaje irreal que produce la niebla.
Alcanza pronto Segura. Con él llega también a la villa una vuelta ciclista provincial. Mientras los corredores pedalean por las calles aprovecha para descansar. Como es una villa bonita hace un poco de turismo. Con la mochila a cuestas, pasea por sus calles, se sienta en sus plazas y cruza debajo de sus arcos. Por estos lares mucha gente se expresa en euskera, pero siempre responden en castellano. Sobre todo en los tacos. Los castellanos son los más usados.
Sale de Segura por la parte baja, junto al río, siguiendo una senda didáctica. Como no tiene prisa se entretiene leyendo todos los carteles. Los últimos kilómetros los transita despacio, como un paseo. Aunque el calor no es tan intenso como el de ayer lo primero que hace al llegar a Zegama es tomarse una cerveza bien fresca en el primer bar que encuentra. ¡Qué casualidad es un bar del extremismo radical! De los 8 bares que hay en el pueblo tiene que entrar en ese.
Buscando el albergue entra en el bar del ayuntamiento donde facilitan las llaves. La casualidad quiere que un señor que está en la barra llamado Miguel se presta a pagarle el menú del día que ofrece el bar. (18 Euros+ copa de pacharán). Nuestro protagonista intenta poner todas las pegas del mundo, pero no hay forma de disuadir al paisano. En muestra de agradecimiento se ofrece a pagarle una copa de vino. Imposible también. Es el Sr. Miguel quien invita. Así que sin pasar por el albergue entra directamente a comer y se pone a alcachofas, bacalao y tinto hasta el colodrillo.
Doblado por la comida y la bebida intenta encontrar el albergue. Imposible de encontrarlo. Será efecto del calor, del vino o del sueño que le entra, pero las mariposas pintadas que le dieron por seña no aparecen. Después de un rato, y por no volver al bar del ayuntamiento, decide telefonear a la oficina de turismo. A la segunda consigue que le descuelguen. La encargada se presenta en dos minutos “in situ” para orientarle. Resulta que el albergue es nuevo. Un modulo prefabricado que aparentemente despista, pero por dentro tiene lo imprescindible: agua caliente, mini cocina con microondas, dormitorio para 20 personas y aire acondicionado que nuestro protagonista aprovecha y agradece infinitamente. Todo perfecto porque le ofrecen la llave con confianza. Es la ventaja de ser peregrino. Se es digno de confianza. Generalmente correspondida.
El siestorro que se mete encima es de campeonato, de tal manera que se levanta medio aturdido.  Duchado y cambiado se dispone a dar un paseo por la villa. Intenta comprar algo para cenar hoy y para comer mañana. Pero resulta que las dos tiendas que hay cierran los sábados por la tarde. El panorama se pone negro. Mañana es domingo. Llegue donde llegue encontrará todo cerrado. ¡Tendrá que pasar hambre! No es seguro el avituallamiento hasta la cena de mañana.
No obstante estos inconvenientes, Zegama es un pueblo acogedor. La gente habla con los forasteros, les pregunta. Es un pueblo pequeño, en las faldas de la sierra de Aizcorri.  Están acostumbrados a ver y a tratar a los pocos peregrinos que pasan. Muchos de ellos pernoctan en el pueblo para hacer la etapa de montaña del día siguiente con la fresca. Zegama sería un pueblo perfecto del camino francés.
A las 7:30  oye las campanas de la iglesia. Tocan a misa. Pensando en mañana y como no tiene otra cosa que hacer, decide ir. Cuando entra, la celebración acaba de empezar. Obligado a sentarse en el primer banco, escucha una misa bilingüe (euskera para la celebración, castellano para la homilía). La gente participa. Y sobre todo cantan. Siempre le sorprendió que los hombres canten sin complejos en el País Vasco. En su Castilla natal las voces masculinas apenas se notan en los cantos litúrgicos. Algún tipo de complejo difícil de catalogar. Hoy se celebra el día del Corpus. La homilía, ligera para que la entiendan todos, identifica el amor al Cuerpo de Cristo, con el amor a los “cuerpos” necesitados.
Si antes de misa no había casi nadie por la calle, después de ella, las calles se han llenado. Pasea un rato por hacer tiempo. En algunos sitios siente que es un desconocido. Cuando pasa por la taberna “aberchale” 4 individuos; pendientes en la oreja, pelo corto, rasgos marcados, mirada inquisidora, logran intimidarle. Diríase que le escrutan para estudiarle. Le recuerdan a las caras de los pistoleros de las películas de Sergio Leone. En otros tiempos y circunstancias le habrían acojonado. Ahora no les presta mucha atención.
Haciendo previsiones para mañana y después de insistir en su necesidad, logra que le hagan  un bocadillo de tortilla con chorizo en el bar del ayuntamiento. Con él vuelve al albergue. Para cenar tira de lo que tiene: medio bocadillo (la otra mitad para mañana) y una sopa instantánea. Oscurece cuando, con vistas a la sierra, se pone a cenar frugalmente en las traseras del albergue. Aguanta hasta que es casi de noche.  Después se mete en el saco de dormir.


Zegama-Salvatierra.     22-junio del 2014.  (Domingo)

Lo primero que hace el peregrino de la vía de Bayona cuando despierta es salir fuera para ver el día. Como duerme solo no molesta a nadie. El cielo está nublado en las alturas y no se ven las montañas. Para desayunar se toma un sobre de sopa instantánea. No tiene otra cosa. Prepara con cuidado la mochila. No quiere sorpresas. Chubasquero a mano. Cargar con un litro de agua. Parece ser que es difícil encontrarla en la subida al túnel de S. Adrián. Cierra el albergue, tira la escasa basura al contenedor y devuelve las llaves en un buzón puesto expresamente en el bar para esa finalidad. Apenas encuentra a nadie.
Sale de Zegama siguiendo el curso del río Oca. Al principio por carretera y después por una deliciosa senda junto al río. Deja el río a un kilómetro y empieza una dura ascensión por una pista cementada, en muchos tramos con porcentajes del 20%. Empieza a sudar por el esfuerzo. No deja de ser ésta una etapa de montaña con 800 m de desnivel. El sol hace su aparición y son de agradecer las continuas sombras que ofrece el camino. La pista de cemento se troca en camino y el camino en senda. Algún excursionista dominguero le acompaña en su subida. Lógicamente éstos, sin apenas peso, le dejan atrás. Se gana altura y con ella se entra en zona de hayedos y de niebla. A la altura de la ermita de Sancti Spiritus se detiene, descansa, bebe y otea el escaso horizonte que la neblina deja ver. El peregrino pensaba alcanzar estos parajes en solitario, pero cuál es su sorpresa cuando empieza a ver subir a numerosa gente de toda condición. Cuando llega al túnel de S. Adrián le explican que hay una especie de romería y que se celebrará misa en la capilla de la cueva. No hubiera estado mal oír misa en estos parajes, pero como ya oyó ayer decide continuar.
Dicen algunas guías que el túnel separa los frondosos y verdes valles guipuzcoanos de la llanada alavesa. Nuestro hombre se da cuenta que no es cierto. Primero porque al otro lado del túnel todavía tiene que subir un rato por una calzada medieval en medio de un estupendo bosque de hayas. Cuando llega al puerto propiamente dicho se da cuenta que no es un puerto al uso. No está despejado. Sigue cubierto de hayas. Y hayas es lo que encuentra en un descenso de lo más placentero. Así es que descansa para comerse el medio bocadillo que había reservado del día anterior. La soledad en un bosque de ensueño es de lo más agradable. El descenso continúa poco después por un bonito bosque de roble que busca rincones singulares al lado de alegres arroyos. Los caminos se convierten en pistas forestales y se adentran en un bosque mixto de roble y quejigo. Recorridos 6 o 7 Km, teniendo ya a la vista Zalduondo es cuando aparece la llanada alavesa.   Llegar a la localidad y tomarse una cerveza fue todo uno.  Decide dejar para el siguiente pueblo lo de picar algo de comer en algún bar creyendo que tendría más habitantes que Zalduondo. ¡Error! Es más pequeño y no tiene bar. A la sombra de la fuente para y descansa sin encontrar apenas algún vecino.
Así que el caminante enfila hacia Salvatierra husmeando algún sitio en el que tirarse a echar la siesta. No quiere acabar una etapa tan magnífica antes de las 16:30.  No lo encuentra. Además el calor, que hoy no había hecho acto de presencia, lo hace ahora (30 grados). A las 15:30 llega a las puertas del albergue, una pequeña casa al lado del cuartel de la ertzaina. Está cerrado, pero hay unos números de teléfono en la puerta. Llama y a los 10 minutos aparece el hospitalero. Le abre, le sella, le enseña el local y le deja las llaves. Empieza entonces la rutina peregrina.
Echas las labores y como sigue solitario en su peregrinación, sale a dar el paseo por la villa. Rutina peregrina. Estos paseos son sosegados, sin mochila, solo prestando atención a las flechas por las que el camino partirá  al día siguiente. Intenta encontrar alguna tienda abierta. No la encuentra. Al final opta por entrar en una tienda de “chuches” y compra algún zumo, pastelitos y algún aperitivo infantil. Posiblemente tenga que tirar mañana de eso. Por la calle hay mucha gente. Se nota que es domingo. Se toma un sándwich en la terraza de un bar. No encontró un sitio para comer por un precio módico.
Aquí, en la llanada alavesa, hace aparición el aire. En los valles guipuzcoanos no lo había. Pero éste es un aire caliente que deja una sensación de sofoco. Nuestro hombre vuelve pronto al albergue. Prepara su última sopa instantánea mientras piensa en lo aburrido de su menú en este fin de semana. Como le sobra tiempo decide fregar un poco los suelos. Parecían sucios. Luego no lo estaban tanto. Era una impresión de los golpes de las baldosas. Recoge la basura y sale a buscar un contenedor que esté cerca. No lo encuentra hasta que ha recorrido 300 m. En esto está cuando empieza una suave lluvia que aunque  moje, él disfruta como un niño. De vuelta al albergue se entretiene los últimos momentos leyendo folletos y el libro de peregrinos. Como los de otros caminos, cuentan lo mismo. Saludos, agradecimientos y alguna anécdota. A veces unas pequeñas reflexiones personales.


Salvatierra-Vitoria.     23-junio del  2014.  (Lunes).

El peregrino de la vía de Bayona duerme a tirones en el solitario albergue. Es pronto cuando se levanta. La luz del día es plena. Se come una palmera de chocolate y se echa a andar por la carretera. La lluvia de anoche ha dejado el asfalto y la tierra fresca. Sus sufridos pies lo agradecen. Siempre comienza lento. Hasta que no lleva 10 o 15 minutos andando no alcanza velocidad de crucero. Hoy la etapa es llana. Puede ser hasta monótona, pero eso facilita una velocidad constante.
 Se pasa por muchos pueblecitos sin ningún servicio a la vista. A media mañana se desvía brevemente y se detiene en la ermita de Nª Sra. De Ayala. Esperaba encontrar agua allí, mas no la haya o al menos no la vio. Se come unas barritas de pan de pipas, bebe un sorbito de agua y sigue su camino.
La entrada a Vitoria es igual que la de cualquier ciudad. Una entrada fea, por el corredor menos poblado y haciendo una serie de vueltas que el peregrino encuentra un poco irracionales. Son urbanizaciones de reciente construcción en las que es difícil encontrar las señales. Hasta pasada más de media hora desde que entró en Vitoria no encuentra el primer bar. ¡Parece mentira! Desde Salvatierra no ha encontrado ninguno y ¡son más de 25 km! Se toma una cerveza sentado a la sombra y sigue andando hacia el centro de la ciudad en busca del albergue. Para llegar a él dispone de un escueto mapa. Después de perderse un poco por  la ciudad, logra llegar a la Catedral. Más no encuentra el Albergue. Decide llamar a un número de teléfono que tiene apuntado y desde él le indican la situación del albergue; al lado de la catedral…vieja. Evidentemente él había llegado a la catedral nueva. Como está cansado entra en un restaurante a comer. El primero que encuentra. Ayer casi no comió, así que el apetito le vence y arrebaña hasta el plato. Vuelve hacia atrás al centro histórico y, después de preguntar, logra encontrar el susodicho albergue. Este está situado en un antiguo edificio rehabilitado con gusto. Es de una fundación de la Iglesia y es de uso público.
 Cuando nuestro hombre llega es el primer y único huésped. Parece ser que su destino es tener los albergues a su entera disposición. Sube cansado a la habitación asignada: la de los minusválidos. Algo así se siente él. Las plantas de los pies le duelen. Después de ver la calidad del alojamiento cae rendido en la cama.  No quiere saber nada más hasta que no haya descansado y repuesto energías.
A media tarde, después de haber ordenado su vida peregrina, sale a dar una vuelta por Vitoria.  Compra una aguja hipodérmica para seguir tratando las amollas que todavía le molestan.  La anterior presentaba dudas de quedarle algún resto de esterilidad. Luego regresa al albergue porque empieza a llover. Con un paraguas en la mano y sandalias en los pies vuelve a recorrer las calles de la ciudad. Una ciudad en la que hace muchos años que no estaba de turismo. Pasea entre el relajado bullicio de las calles “marchosas” donde está ubicado el albergue. Se siente extraño. Hubiera preferido disfrutar de un pequeño núcleo rural, pero las circunstancias mandan. Ni siquiera cena. Se toma una gran cerveza y unos montaditos de los que reniega en cuanto toma el primero. Por querer ser originales fracasan en su intento de hacer algo medianamente comestible.
Lentamente, bajo una suave lluvia, regresa al albergue. Otra vez duerme solo. Hasta las jóvenes encargadas del centro se han ido a su casa a dormir. Suponen, bien supuesto, que un peregrino maduro no les hará ninguna trastada. Al peregrino no le gustan las ciudades. Para él el camino es estar en el día a día con el mundo rural. No tener más techo que para dormir.


Vitoria- La Puebla de Arganzón.   24-Junio de 2014.   (Martes)

Amanece un nuevo día en el alojamiento de lujo (10 Euros) en el que se aloja el peregrino de la vía de Bayona. Se levanta con parsimonia, como siempre. El cuerpo también tiene que despertarse. El cielo está nublado. Mira la planta de sus pies y muestra cara de preocupación. La ampolla que le salió ayer no ha mejorado. Esas ampollas en la planta del pie son peligrosas. Decide hacer una nueva cura antes de partir. Abajo, en recepción, no hay nadie. Ya estaba avisado.
Sale a la calle y entra en el primer bar que encuentra. Hace días que no desayuna un café con leche como Dios manda. Siempre desayuna ligero. Sus desayunos han sido últimamente “Sopinstan”o simplemente el ayuno. Camina por las calles de Vitoria despacio. Con el mismo ritmo con el que la ciudad va despertando. Ahora se siente más en consonancia con su razón de andar. La ciudad le ofrece por la mañana lo que ayer no podía: pausa y tranquilidad. El cielo está completamente nublado, quizás llueva. El aire, con ser urbano, es extremadamente fresco y puro a estas horas de la mañana. Quiere apurar esta sobresaliente despedida de la ciudad entre arboles y paseos.
La etapa de hoy es corta y el caminante se la toma con tranquilidad. Solo espera que no llueva porque el cielo encapotado hace más placentero su caminar. Temperatura entre 20 y 22 grados. No tiene necesidad de embadurnarse de cremas para el sol. Se detiene en los pueblos por los que pasa, admira sus iglesias, bebe agua en sus fuentes, descansa sus pies. Todo es disfrute de la campiña, rodeado de trigos que paulativamente tornan al amarillento.
Pero todo se tuerce a partir del último pueblo de Álava (Subijana de Álava). El llano se transforma en subida. El suelo firme se vuelve pedregoso. Aparece el barro. Las ampollas empiezan a reclamar su protagonismo y aunque el peregrino camina por un bosque de “Quercus” agradable, lo único que quiere es acabar. El descenso es todavía peor. ¡Un suplicio! Cuando llega al primer pueblo de Treviño se espatarranca en un banco al lado del lavadero. Se quita botas y calcetines y se impone una cura de urgencia. ¡Esas condenadas ampollas de la planta del pie!
Los últimos kilómetros hasta la Puebla de Arganzón son sobre el piso regular del asfalto de una carretera comarcal con escasa circulación. Llega al pueblo a una hora prudencial. Le da tiempo a entrar en el ayuntamiento y sellar su credencial. En el ayuntamiento localizan a Vicente que es el encargado de recibir y aposentar a los peregrinos que llegan. Este es un señor de lo más peculiar. Cuando aparece da la impresión de que ha tenido que interrumpir la comida a la mitad. Por su viejo jersey están esparcidas un buen montón de migas de pan. Vicente acompaña al peregrino a las escuelas en cuya antigua casa del maestro está el albergue municipal. Todo lo indispensable en dos pisos. Situado en una zona apartada y ajardinada es un lugar muy tranquilo. Algunos paseantes se acercan en busca de la sombra de sus jardines.
Siendo la hora que es y aconsejado por Vicente, nuestro hombre se acerca a comer al restaurante “La Legua” a 5 minutos del albergue. En un comedor concurrido, intenta pasar desapercibido. Está sudoroso y convencido que desprende el olor del esfuerzo. Menos mal que el aroma de la carne a la brasa que cocinan a la vista del consumidor llena el ambiente. Un menú de garbanzos  y una presa de cerdo a la brasa por 11€, le dejan como nuevo. Decide regresar al albergue porque lo que de verdad quiere, por encima incluso de la siesta, es quitarse las botas y dejar que respiren los pies. Cosa que hace nada más llegar.
Después de una siesta larga la tarde pasa con la rutina del peregrino que no tiene compañía. Visita turística de la villa, cañita dentro de un bar… El cielo está nublado y amenaza  lluvia. Hoy no hay terraza. Cena unas raciones en un bar y se despide de la luz en la zona ajardinada del colegio. Al lado de la ikastola. No deja de sorprenderle el hecho de que haya una escuela infantil en euskera en estos lares. Se pregunta cuantos siglos hace que no se habla vasco en este territorio  ¿Cuatro? ¿Ocho? ¿Un milenio? Y ahora, por no sé qué complejo, se facilita e incluso se fomenta su habla. No le entra en la cabeza. Nunca le ha entrado el nacionalismo en la cabeza. Estaríamos todos mejor si fuéramos internacionalistas.
Ya de noche, se acuesta en un albergue todo entero para él.


La Puebla de Arganzón- Miranda de Ebro.   25 de junio del 2014.  (Miércoles)

El sueño atropellado del peregrino de la vía de Bayona le despierta en seguida. Recoge sus cosas y desayuna en una especie de panadería que el día anterior se había informado que abría muy pronto. Un escueto café con leche y la lectura de la prensa deportiva le va espabilando.
La mañana es perfecta para andar. Poco calor. Mucho asfalto al principio. Luego paisajes de campiña con poco arbolado y mucho cereal. Antes de entrar en Armiñón el camino se divide en dos: uno que entronca con el camino francés en Sto. Domingo de la Calzada y otro que entronca en Burgos. Parece mentira pero las flechas que señalan la variante riojana son infinitamente superiores en número a las de la vía Bayona. El peregrino está casi obligado a ir por la Rioja. Nuestro protagonista entiende que el camino va por donde quiere, pero ir por la Rioja es una jornada más de camino. A menos que no quieras llegar a Santiago, no encuentra mucho sentido en coger esta variante.
Al llegar a Armiñón hace un descanso en la plaza. Es pronto, no tiene prisa por llegar. Disfruta de una mañana agradable. El camino combina tramos de asfalto, pistas agrícolas y antiguas calzadas todavía visibles en algunos tramos. Sin embargo, poco antes de llegar a Miranda, la señalización se hace más confusa y escasa. Mosqueado el caminante, opta por tomar el camino más recto. Entra en Miranda por, el siempre pesado, polígono industrial. Sin seguir señales, que una vez encontradas vuelven a desaparecer, cruza el río y llega al ayuntamiento. Detrás de él, en una calle estrecha, encuentra la pensión-albergue “La Picota”.  Cruzar la puerta es entrar en una realidad lúgubre: luces tenues, mobiliario anticuado, sin clientela. El peregrino se pregunta si habrá hecho bien en entrar. Una señora le recibe y le pregunta modalidad de hospedaje. (Habitación con baño: 10 €, sin baño 6 €) Intuyendo  que la ocupación será bajísima, opta por la de 6 €.
La amable mujer le acompaña hasta la habitación asignada. Si la impresión en la entrada fue mala, el recorrido laberíntico por escaleras y pasillos interminables es peor. Después de un rato andando llega a la habitación. 3 camas viejas con unos pocos muebles de los años 70. La habitación huele a rancio y a tabaco. En cuanto la señora se va abre la ventana hasta atrás. ¡Aire fresco! Piensa que la amabilidad y sinceridad de la señora le ha convencido. Por 6 € tampoco se puede pedir más.
Tomada posesión de la “suite” se asea rápidamente y baja a comer el menú de la pensión. En el comedor, la estancia mejor iluminada del establecimiento, solo encuentra comiendo una joven. Resulta que es de la casa. Sin embargo cuando termina de comer entra un matrimonio con la misma cara de sospecha que puso el. El caminante paga la comida y la cama 15 € por todo. (Curiosamente es la primera vez en su vida que le hacen una rebaja por no comer el postre.) Con algo de dificultad logra llegar a su habitáculo. Casi se pierde. Se tumba en la cama. Colgada muy alta la televisión, antigua y pequeña, le parece muy lejana. Solo le produce indiferencia.
No descansa bien. Aunque está un poco sordo, ha estado oyendo un continuo ruido de gomas de automóviles al pasar por la calle adoquinada a la que da la ventana. Decide levantarse y dar un paseo por la ciudad. Sube hasta el castillo, lo que queda de él. Se solaza en el jardín botánico adyacente. La tarde se presenta larga, como todas. La única circunstancia fuera de lo común es que hoy es su cumpleaños y de vez en cuando tiene que contestar al móvil.
Sin embargo, aprovechando la ocasión, tiene la visita de 2 hermanos y un amigo, que se acercan desde Burgos para felicitarle. Aunque para él no es una sorpresa, (es algo qu había sospechado) si agradece la visita. En compañía, pasa el resto de la tarde de excursión por Miranda en busca de un sitio para picar algo. Resulta sorprendente pero no encuentran ninguno. Al final tiene que pagarse un “durum”  en un Doner Kebab” en el que no se bebe cerveza.
Con el final de la tarde se van las visitas. Previendo la sed que va a pasar sed esta noche por la comida tan fuerte que ha cenando decide tomarse la última cerveza en la terraza de un bar de la plaza.  Se hace de noche y empieza a refrescar. Se retira. Tiene la impresión de que le han abandonado en la pensión. De suyo lleva cerrada desde media tarde. Allí no hay nadie. No hay problema, en peores sitios ha dormido. Menos mal que no cree en fantasmas, porque si no, jamás se hubiera levantado a mitad de la noche al baño en la oscuridad de la pensión.

Miranda-Pancorbo.     26 de Junio del 2014.  (Jueves)

Cuando se levanta el peregrino de la Vía de la Plata, llueve en el exterior. El día está oscuro. Coloca los pertrechos para la lluvia a mano: el poncho para la lluvia en la parte alta de la mochila. El paraguas asido. Abandona la oscuridad del albergue y se enfrenta a la oscuridad del día. Entra en el primer bar que encuentra. Lo típico. Un café con leche sosegado mientras hace tiempo en espera de que remita algo la lluvia. Intercambia algunas palabras con el camarero. Es el único de Miranda que se ha interesado por el camino y por el caminante. Como no amaina y la lluvia no es intensa decide enfundarse el poncho y ponerse a andar.
Sigue carretera adelante hasta Orón. Transita despacio, saboreando el día. Diríase que este momento le produce hasta un placer extraño, atávico. A la media hora para de llover. Se despoja de su poncho impermeable. No obstante no se confía. Sabe que se lo tendrá que poner de nuevo. El horizonte en dirección Pancorbo es oscuro, casi negro. El caminante camina en la misma soledad que le acompaña desde que salió de Hendaya. El camino es monótono, siempre rodeado de cereal. Las únicas distracciones son las molestias de las pequeñas piedras que se meten en la bota y que al final le obligan a parar, descalzarse y devolverlas a su lugar natural: el camino. Sin embargo el oscuro horizonte montañoso en cuya altura domina la niebla le habla de espacios todavía primitivos donde la naturaleza domina al hombre.
El barro hace aparición casi a la vez que la vuelta de la lluvia. Y con lluvia entra en Ameyugo. Encuentra cobijo en el lavadero cubierto y, acomodándose, espera que pase lo peor de la lluvia. La espera se prolonga por espacio de una hora. Poco le importa. La etapa es corta. No hay prisa. En vista de que no amaina vuelve a ponerse en camino. Las montañas de Pancorbo, pertenecientes al Parque Natural del los Montes Obarenes, se aproximan. En el pequeño espacio del desfiladero de Pancorbo el camino del peregrino tiene que competir con la autovía, la carretera nacional, el ferrocarril y el río. Con todo, el trayecto es bonito y sugerente, y consigue sustraerle de tanto ruido y tanta distracción. En la orilla del río y en las pocas huertas que subsisten vuelve a ver a su árbol totémico: nogales. Desde que empezó su peregrinación no ha habido ni un solo día, ni un solo trayecto de 5 km. en que no haya encontrado un nogal. Parece un árbol de compañía
Sorprendentemente al entrar en Pancorbo la lluvia cesa y en 10 minutos el sol recibe al caminante. Este busca acomodo en “La Casona” edificio habilitado por la Iglesia que hace las funciones de albergue y restaurante. Lo encuentra correcto, pero frío. Cuando no hay hospitaleros voluntarios, los albergues se vuelven fríos. Se ducha y come en el bar adscrito. Por 10 euros come bien y no abusa del vino. En la tarde soleada, pero fresca, el caminante se entretiene en ocupaciones varias, de tal manera que el tiempo se le pasa relativamente rápido. El último paseíto, por los bares que están en la carretera le lleva a cenar una ración de oreja regada con una cerveza. Anochece y se va a dormir, no sin antes hacer un arreglo de urgencia a sus chanclas.


Pancorbo-Briviesca.   27 de junio del 2014.    (Viernes)

Amanece en Pancorbo. Sin prisas. Con pereza. El peregrino de la vía Bayona prepara sus cosas para proseguir su camino. Piensa si después de abandonar el dormitorio que ocupa vendrá alguien a recoger o a limpiar algo;  o a arreglar la ventana que no abre;  o a ventilar y airear los colchones. Si vendrá alguien a apretar los tornillos que se salen….En fin; si vendrá alguien a dar un poco de calidez a este albergue. ¡Con lo poco que costaría! No sigue pensando. Se aleja de la localidad por la calle principal. La verdad es que bien arreglado sería un pueblo con encanto. A pesar de la saturación de vías de comunicación. 
   A la salida del casco urbano hay obras (“el puerto seco” le llaman.) que le obliga a dar un rodeo. Pasado el polígono industrial coge un camino paralelo a la vía del tren. En algunos tramos con hierbas altas, se nota lo poco transitado que está. Cruza la autovía y por un agradable camino baja al fondo de un valle todo rodeado de las características colinas peladas de la Bureba. Escoltado de campos de cereal ve al fondo un pueblo: Zuñeda.
 En una mañana soleada y calurosa lo primero que hace al llegar es descansar en un banco con los pies fuera de su prisión de cuero. En esto está cuando aparece el camión supermercado. Aprovecha para aprovisionarse de fruta y para charlar con los primeros vecinos que ve. ¡Sorpresa! ¡No está en Zuñeda! Esto es Vallarta de Bureba. Tanto fijarse en este pueblo que se veía en la distancia que ha perdido algún desvío. Inmediatamente se organiza una discusión entre los lugareños presentes sobre las mejores alternativas para ir a Zuñeda o a Grisaleña. Conociendo estas situaciones que siempre llevan a error, el caminante decido ir a Zuñeda por carretera. Este contratiempo le supone una hora de retraso. Llega a Zuñeda y no encuentra ni un alma. Parece un pueblo fantasma. No se detiene y sigue hasta el valle en el que se encuentra el “oasis” de Grisaleña. No descansa más que 5 minutos. En Cameno, próximo pueblo, tampoco encuentra a nadie. Si no fuera porque observa algunas ventanas abiertas, pensaría que también está deshabitado.
Llegada la hora de comer alcanza Briviesca. Sin pensárselo mucho entra en el bar BOROVIA. En su cristalera anuncian platos combinados. No hay nadie comiendo pero la dueña, una señora mayor, inspira confianza. Pide un plato casi al azar.  La señora entra en la cocina y se pone a prepararlo. Solo después de un rato y cuando sale con el plato ya cocinado en la mano, indica una mesa donde aposentarse. El peregrino come, pide la cuenta y siente que le han estafado (11 euros por un plato combinado de lo más vulgar). Piensa en protestar (los platos estaban anunciados sin precio). Al final, con cara de contrariedad, se va sin decir adiós. “¡Hay que desconfiar más, pardillo! Siempre hay algún aprovechado-a.”
Con mochila al hombro se acerca a la oficina de Turismo, sita en la plaza. Desde allí llaman por teléfono al hospitalero voluntario. En 5 minutos se presenta en la oficina y le acompaña hasta el piso que hace de albergue. Dos habitaciones con literas, cocina, baño y salón. El hospitalero se va. La soledad y el cansancio precipitan el sueño.
La tarde presenta la misma monotonía, con el agravante que Briviesca es ya una localidad conocida y apenas le sorprende. Lo único que rompe la rutina es la invasión de una nube de insectos voladores que cubre la villa y que impide sentarse tranquilamente en las terrazas de los bares.
Para cenar compra unas pocas viandas que cocinará en el microondas. En el libro de visitas, descubre que la noche anterior han dormido allí 4 de Valladolid. Empezaron ayer. ¡Curioso! Hasta ahora no tenía nadie por delante. Anocheciendo, recoge la basura, la suya y la de ayer y la saca al contenedor. Cuando la noche toma posesión se echa a dormir.


Briviesca-Monasterio de Rodilla.       28 de junio del 2012.  (Sábado)

Con una ventana orientada al norte y con una construcción pegada a ella, la luz del día tarda en llegar. El peregrino de la vía de Bayona lo sabe y por eso no tiene prisa en levantarse. Sin embargo la rutina de todos los días le empuja a hacerlo y a las 8:00 ya está buscando un bar para tomarse un café con leche. El camarero está solo. Enseguida entra un parroquiano y se produce un intercambio de palabras entre los 3. Suele salir siempre la misma pregunta “¿Por qué se hace el camino de Santiago? El peregrino nunca responde sinceramente. Es una cuestión personal. Cada uno tiene la suya. “Solo obtendrás una respuesta que te satisfaga cuando lo realices. Cuando lo disfrutes y lo sufras”- contesta para salir del paso.
A primera hora de la mañana el cielo está claro, pero corre el aire. La salida de Briviesca es hasta agradable. Se sigue la rivera del río Oca y a continuación la vía del tren. Al poco de salir de la villa se encuentra con una viandante que va de paseo. Ella tiene recuerdos de una peregrinación que hizo hace años. Juntos andan por espacio de 1 kilómetro. El peregrino siente que ese tiempo en que camina y conversa es lo más cerca que ha estado de compañía “peregrina”.
La jornada burebana se le hace un podo monótona. Hay que seguir recto acompañando al ferrocarril, a la autopista o a la carretera nacional. Pasa por varios pueblos pequeños medio vacios. El caminante intercambia breves palabras con los lugareños. Pero solo las que ellos quiera decir. Nunca fuerza la conversación. A media mañana cuando el aire empieza a soplar de frente dificultando su avance, baja el ritmo. No quiere llegar pronto. Hoy lleva comida en la mochila y no urge comer en destino. En Quintanavides es recibido por los niños del pueblo que están jugando al balón en la plaza. ¡Sorprendente recibimiento! Estos le indican el lugar donde está situado el albergue, a las afueras del pueblo, en un rincón cuidado. Pero es muy pronto para acabar la etapa. Son las 12:30. ¡Lástima! porque tenía una pinta impecable.
En Santa Olalla entra en la cantina. ¡Otra sorpresa! Le saluda casi todo el mundo. El peregrino piensa. “O yo estoy más sociable o aquí la gente no  es tan reservada.”
Un kilómetro antes de llegar a Monasterio de Rodilla, en  una zona de recreo al lado de la carretera nacional, para a comer Se sienta en una mesa, saca la comida y la cerveza helada, que con todo el cuidado llevaba envuelta y congelada. Tan bien envuelta que sigue congelada siete horas después. No encuentra otra solución que echarla en el pilón de la fuente a que se descongele. El bocadillo de embutido regado con medio litro de cerveza tiene un afecto catatónico. A la sombra de los chopos, mientras el cielo se nubla, se tumba en el suelo para una siesta reparadora. Poco le importa el ruido de los camiones que pasan al lado. Se quita los audífonos y el ruído se atempera.
Cuando se despierta el cielo amenaza lluvia. Con las primeras gotas alcanza Monasterio. En la cantina del pueblo le dejan las llaves del albergue (6 Euros). Este está en la planta de arriba del edificio de al lado. Dos habitaciones con literas, una salita con terraza hacia la carretera y un baño. Para un solitario peregrino es más que suficiente. Por lo demás está limpio. Hoy la colada es mínima.
Estando cerca de Burgos el caminante se sale un poco de la rutina. Recibe la visita de sus hermanos y de sus padres. (Cosa que agradece para no tener una tarde de lluvia solitaria). Aprovecha para dar un paseo en coche al pueblo de al lado y ver el futbol, y tener un rato de conversación con ellos. Hacia el atardecer, ya ida su familia, cena un bocadillo en la cantina y compra unos cacahuetes para mañana. Antes de retirarse se toma una copa de pacharán. Parece que quiere celebrar algo, pero no tiene con quien. Se retira al albergue y despide el día. Mañana, si fuera posible, quisiera madrugar un poco. Quiere llegar a comer a casa de sus padres.


Monasterio de Rodilla-Burgos        29 de Junio del 2014 (Viernes)

Con la primera claridad del día los camiones empiezan a pasar por la carretera nacional. El peregrino de la vía Bayona abandona su lugar en la litera. Recoge su ajuar. Examina las provisiones que tiene: una naranja y una bolsa de cacahuetes. Esto es todo lo que tiene para los más de 20 km. que tiene hasta el próximo lugar de avituallamiento: Villímar a las puertas de Burgos. El bar está cerrado a estas horas. Así que se echa a andar. Mientras camina, pela y come unos cacahuetes. Extraño y frugal desayuno. Sale del pueblo por carretera secundaria alejándose de la nacional. A las afueras ve un desvío que indica a la ermita de la Virgen del Valle por la izquierda. Sabe que este camino es más corto que el que está señalizado e igual de tranquilo.
 La ermita siempre le pareció un lugar emblemático en sus anteriores visitas. Podría ser para la vía Bayona lo que es San Juan de Ortega para el camino francés. Sin ir más lejos el caminante recuerda una visita en el solsticio de primavera en el que un rayo de luz que entraba por una ventanita abierta al poniente, iluminaba durante breves minutos la Virgen que estaba puesta en un pedestal. Hechos similares a los de San Juan de Ortega. “Vive Dios que los arquitectos de estos lugares sagrados sabían cómo orientar las estructuras.”
A la salida del recinto donde está la ermita se encuentra con dos opciones para seguir: una señalada con postes y la otra con flechas. El instinto le indica que sigua la flecha. Sigue la carretera,  tuerce por un camino asfaltado. Hasta ahí todo bien señalizado. Pero en la primera trifurcación, primer contratiempo. No se ven señales. Después de mucho observar vislumbra una flecha medio borrada en el camino de la derecha. Con inseguridad sigue las escasas flechas que marcan ese camino. Un poco más adelante se vuelve a juntar con el ramal de los mojones a la altura de un bosque de pinos. El camino da vueltas por el pinar. Tan pronto tiene el sol a la izquierda, como de frente, como a la espalda. Esta maniobra le pone de mal humor “Al peregrino, el peor camino”. Todo para desembocar en un camino llano y recto que entronca con una vía romana: La vía Itálica. Vía, por cierto, que apenas tiene restos visibles. Un trayecto de lo más aburrido. Solo la aparición de algún corzo y algún ciclista mañanero interrumpe y distrae su monótono paso. Piensa que en el fondo tiene suerte, porque este terreno desarbolado con calor, y gracias a Dios hoy no lo hace, puede ser duro.
Poco a poco el caminante va pasando por caminos y lugares ya conocidos: dehesa de Quintanapalla, campo de golf, granja de las Mijaradas. La proximidad de Burgos, aunque todavía no se percibe, atempera su cansancio. En un lugar determinado percibe en la distancia los primeros edificios de la ciudad de Burgos. Uno de ellos, ¡maldice su fortuna!! el lugar donde al día siguiente tiene que ir, el lugar donde trabaja.
El campo da lugar a las vías de comunicación de entrada en la ciudad. De allí a los pueblos del extrarradio, donde toma la orilla del río Vena en un largo y apacible paseo urbano. Por aquí ya no se ven flechas amarillas. Ya no las necesita. A la hora de comer llega a la casa de sus padres. Al abrir la puerta y entrar en la casa paterna solo oye las quejas de su madre: “ Mira qué hora es. Todo está por hacer. Y yo estoy tan mareada que no he ido ni a misa. Que me prometieron venir a ayudarme a hacer la comida y aquí no hay nadie”. De repente, sin transición, el peregrino de la vía de Bayona se ha dado de bruces con la realidad. Toda la magia  y ensimismamiento del camino se acabó. Dos segundos después de haber entrado en la casa de sus padres se dio cuenta que su peregrinar había terminado. Por el momento.
De camino a su hogar decide pasar por el albergue de peregrinos de los Cubos para que le sellen la credencial. Allí se encuentra con los peregrinos del camino francés. Los primeros peregrinos que ve desde Irún. Sin embargo se siente lejos de ellos. El suyo ha sido un caminar solitario y no ha habido lugar para la “complicidad peregrina”.



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