Halellujah (versión película Sherk)

Leonard Cohen - Take This Waltz

martes, 13 de octubre de 2015

Caminos de Santiago: "Camino del Desastre (2ª parte): El Regreso"




Allí estaba otra vez, seis años después. Volvía al Camino de Santiago después de tener que abandonarlo aquel final de primavera del 2003. Pero... ¿Por qué estaba allí? ¿Qué motivos me hacían volver a un camino del que no guardaba buenas experiencias? Podía encontrar complicadas respuestas sobre la fragilidad humana y los deseos de superarse y encontrarse con uno mismo; pero no, la respuesta era más sencilla: estaba allí para terminar algo que empecé. Así que, con esa determinación, desempolvé mi credencial de peregrino metí el ajuar de siempre en la mochila, dejé cerrada mi casa y avisé a la familia para que me regara los tiestos (a la par que me gorronearan las cervezas). Allí estaba yo de nuevo con escasas expectativas y algo de escepticismo. Había que terminar y arrancar esa pequeña espina que tenía clavada desde hacía tres años.


28-8-2009 ALMUÑA-PIÑERA
29-8-2009 PIÑERA-TOL
30-8-2009 TOL-GONDAN
5-9-2009 ARZUA-SANTIAGO



26 de Agosto de 2009. Miércoles. Tres años después.
CAMINO DEL DESASTRE (2ª parte)

Eran las 6:30 de la mañana. En la estación no había mucha gente a esa hora. Apenas tres autobuses. En uno de ellos dormitaban algunos pasajeros. Otros, esperaban fuera a que el conductor abriera las puertas para coger sitio en él. Gente corriente, con sus maletas y bolsos de viaje. Sólo dos portaban mochila. Ya no eran jóvenes y un observador perspicaz deduciría enseguida que no eran terroristas suicidas con sus bombas a la espalda dispuestos a perpetrar la masacre del año en la línea Barcelona-Gijón. Ambos llevaban distintivos suficientes para saber que eran peregrinos en ruta a Santiago por alguno de los caminos del Norte.
Y allí estaba yo. Era uno de esos dos peregrinos. Con mi mochila roja a la espalda. Mi gorro caqui en la mano. Mi cara de indiferencia y algún que otro bostezo. Allí estaba otra vez. 6 años después. Volvía al camino de Santiago, después de tener que abandonarlo aquel final de primavera del 2003.
Pero, ¿por qué estaba allí? ¿Qué motivos me hacían volver a un camino del que no guardaba buenas experiencias? Podía dar complicadas respuestas sobre la fragilidad humana y los deseos de superarse y encontrarse con uno mismo. Pero no. La respuesta era más sencilla. Estaba allí para terminar algo que empecé. Así que, con esa determinación, desempolvé mi credencial de peregrino, metí el ajuar de siempre en la mochila, dejé cerrada mi casa, y avisé a la familia para que me regaran los tiestos mientras me gorroneaban las cervezas.
Allí estaba yo. Con poca expectación y algo de escepticismo. Había que terminar y quitar esa pequeña espina que tenía clavada.
El conductor del autobús abrió la puerta y accedí al asiento asignado. En cuanto arrancó busqué la soledad de las plazas del fondo que estaban vacías. Allí iba yo. Con mis pensamientos.
Transitando por la autovía de Santiago se veían de vez en cuando peregrinos del camino francés. Eran un goteo continuo. Poco a poco me fui solidarizando con ellos. Dentro de pocas horas yo también sería uno de los miles, que por toda la geografía española, caminarían rumbo a la ciudad del Apóstol.
Cuando llegamos a Oviedo el otro peregrino se apea. “Uno que va a hacer el camino Primitivo” pienso. Yo sigo hasta Gijón. Allí tomo otro autobús hasta Soto de Luiña. Mientras me acerco a mi destino, observo que el paisaje ha cambiado. La autovía que estaban construyendo y que tanto me desesperó entonces, está ya terminada.
Haciendo actualidad mis recuerdos llegó a Soto. Aviso al conductor que tengo equipaje. Antes observé que no espera por nadie. Incluso dejó a un pasajero sin subir porque iba muy lento. Bajo, cojo mi mochila y respiro profundamente.


26 de agosto de 2009. Miércoles.
SOTO DE LUIÑA-SANTA MARINA

Son las 13:20. Algún peregrino me ve bajar del autobús. “Un jeta que devora las etapas en autobús” pensará. Yo bajo la cabeza y sigo hacia adelante. Paro a la sombra de la iglesia. Saco de mi mochila la vieira y la cuelgo por fuera. No solo hay que ser peregrino, sino también hay que parecerlo. Lo primero que hago es acercarme al albergue. Que distinto me parecía ahora, a aquel que hace 6 años recibió, en soledad, mis huesos reventados y mi ánimo quebrantado. A la puerta hay varios peregrinos. Tienen pinta que ya no van a andar más. Intercambio breves palabras con ellos. Les digo que yo voy a andar todavía y parecen quedar entre asombrados y extrañados. El poco sudor de mi camisera les debe de alertar.
Antes de empezar paro en el primer bar. Me tomo una cerveza y pienso en comer algo, pero como no tengo apetito decido no tomar nada. En el bar entran varios peregrinos. Uno de ellos es el que me vio bajar del autobús. Decido sincerarme. Les cuento que en este mismo momento reinicio el camino que dejé en este mismo lugar.
Cojo la carretera nacional 634. Aunque hace algo de calor se anda bien por ella. A estas horas encuentro pocos coches. La nueva autopista ha absorbido mucho del tráfico que antes había. Sin apenas salir del asfalto vas pasando por pueblecitos. Entre Albuerne y Novellana la carretera vislumbra la línea de costa. La certeza se impone: “ya estoy en el camino costero”. En Novellana se olvida la carretera y se adentra en un camino muy sombrío, que el espíritu agradece. Nuevamente por asfalto se llega a Castañeras. Allí hago un lapsus en el camino y me desvío hacia la “playa del Silencio”. A mitad de camino y viendo el desnivel que hay que bajar, decido verla desde lo alto y seguir mi camino.
Cuando llego a Santa Marina busco la pensión Prada. Ayer reservé una habitación ante la perspectiva de no llegar a ningún albergue. El siguiente parece lejano. Estos 12 kilómetros de esta tarde son un buen entrenamiento. Me asignan una habitación que da a la entrada principal. No me molesta mucho, al fin y al cabo voy a dormir en una “casa de indianos”.
A las 18:30 tengo echas todas las tareas peregrinas: ducharse, lavar algo de ropa, descansar un poco. Salgo de la pensión y busco un lugar para dedicarme a la contemplación. Andando hacia la costa encuentro un prado tranquilo en el que unos caballos están pastando plácidamente. Las vistas sobre la playa del Silencio son hermosas. Salto la alambrada y me sitúo en la esquina opuesta a los equinos. El sol, que ya está en el crepúsculo, tamiza la luz sobre los acantilados que rodean la playa. La roca que la rodea brilla más y capta toda la fuerza luminosa del poniente. Ante este paisaje tan sugestivo no puedo menos que extasiarme. (Es lo que tiene la luz crepuscular). Pero, mira tú por dónde, los cuatro caballos que comparten conmigo el prado se acercan con todo su batallón de moscas alrededor, y se colocan a un metro de mí. En otras circunstancias hubiera agradecido una situación como ésta. Ahora, sin embargo, la rechazo. Intento la irracional tarea de razonar con los caballos. “-Mirad, que el prado es grande para todos. Mirad que yo no os he molestado en absoluto. Que en este momento no quiero contender con vosotros”. Todo inútil. En unos segundos docenas de moscas empiezan a revolotear sobre mí. Mi momento mágico se esfumó. Molesto, me levanto y me voy.
Me voy a cenar a un bar que hace de apoyo gastronómico a la Pensión. Por el camino me encuentro a tres jóvenes peregrinos que siguen su ruta hacia el próximo albergue. Parecen extranjeros. (Más tarde, coincidiendo con ellos supe que eran eslovacos, y que casi siempre llegaban los últimos a los albergues. Allí lo primero que hacían era comer).
Ceno un poco fuerte. Hoy no he comido. Me tomo un orujo de hierbas para que me tiente el sueño y me voy a dormir tranquilamente. O eso pensaba yo. Dormir sólo en una habitación, sin que nadie te moleste, es un lujo en el camino de Santiago. Al rato tengo que levantarme y untarme con loción repelente de mosquitos. Ya me habían picado dos. Por lo menos no eran de ese tipo de mosquitos que me dejan el cuerpo con señales para dos semanas.


27 de agosto de 2009. Jueves.
SANTA MARINA - ALMUÑA

Despierto con las primeras luces del alba. Son las 7:10. Media hora después, con un café con leche y una par de magdalenas en el estómago, me pongo a andar. Lo primero que hago es quitarme el jersey. Se me olvidaba que no estoy en la meseta norte, donde a estas horas suele hacer 5 o 6 grados menos.
En la carretera hay escaso tráfico. La gente no madruga mucho en agosto. Así se anda bien, con la tranquilidad necesaria para sacar gusto al caminar. Desde su atalaya, la totémica autovía del Cantábrico vigila mis sosegados pasos. Parece ser que me acompañará todo el trayecto asturiano.
Pasando Ballota, el camino deja un rato la carretera y se interna por una pista que desciende. La pista se convierte en camino, y el camino en senda. Prácticamente llegas a una ensenada de piedras a la orilla del mar donde las olas chocan con insistencia. Cruzando el “puente que tiembla” (La verdad es que no ves la estructura por ningún sitio. Todo está cubierto de vegetación) se inicia un duro ascenso hasta Tablizo, donde se vuelve a coger la carretera. Un tramo de lo más placentero.
Casi sin darme cuenta me presento en Cadavedo. Mi intención es ir a la ermita de “La Regalina”, que está al borde del acantilado y dicen que tiene buenas vistas. Cuando me entero por dónde tengo que ir ya me he pasado un par de kilómetros. Así que prosigo mi camino y ando y ando hasta que sólo me quedan 9 kilómetros para el final de etapa. Encuentro un desvío que pone “playa de Cueva”. Mientras me tomo una cerveza en el bar de al lado, pregunto sobre la playa y el camino. Me dicen, “que por la playa y cogiendo un carretil se vuelve a salir al camino e incluso se adelanta algo”. En vista de que me sobra tiempo decido acercarme a la playa y si es menester darme un chapuzón.
Mi irrupción en una playa llena de veraneantes, con botas y mochila deja extrañado a más de uno. La pereza me puede y al final solo me conformo con meter un poco los pies. Tener que quitarse la ropa, los audífonos, esperar para secarse, quitarse la arena y sal de las orejas etc. Todo esto hace que se me quiten las ganas. De todos modos disfruto del momento. Aunque parezca mentira no volveré a tocar el mar en este camino costero.
La tarde se va nublando. En el camino veo a los primeros peregrinos de hoy. Uno, es un alemán pintoresco. Camina con sandalias y paraguas de colores. Los otros son los tres jóvenes que vi ayer en Santa Marina. Me dicen algo en inglés que después de un rato entiendo: una de ellas había perdido un jersey. Todos éstos se desviaron hacia Luarca. Yo miré los papeles de la guía y seguí la carretera hasta Almuña. En el polígono industrial del pueblo paro a comer un menú del día.
Cuando llego al albergue (Está situado 550 metros de la carretera principal) no encuentro a nadie. Al poco aparece el alemán. Intercambiamos una pequeña conversación. Resulta que vive y regenta un pequeño albergue en el pueblo de La Faba, en el camino Francés. Hacía el camino costero para sentirse peregrino una vez más y disfrutar del caminar.
Fuera empieza a orvallar, aunque la temperatura es buena. En vista de la perspectiva de la tarde, una vez hechas las labores me acuesto para dormir un poco. No es posible. Las moscas no me dejan en paz. Me levanto y llamo por teléfono a Pablo, un amigo mío desde la infancia. Sé que está veraneando con la familia por esta zona de Asturias. ¡Bingo! A la sorpresa inicial, responde que están de visita en Cudillero, volviendo hacia su residencia veraniega. Al poco rato se presentan en las puertas del albergue. El suegro, Bernardo, que ya ha hecho 10 veces el camino Francés, en seguida entra en el albergue para comparar. Nos tomamos una cerveza en al bar más próximo, mientras hablamos del verano y del camino. Con la promesa de volver a llamarles mañana, se van. Habían venido en plan playero y no tenían nada que ponerse ante el frescor de la tarde
Yo me acerco a un supermercado y compro algo para cenar. También llevo una botella de vino para compartir. Mi sorpresa es que, cuando vuelvo al albergue, los 4 peregrinos que hay ya están soplando vino. Así que los 5: el alemán, dos holandeses y un bilbaíno que peregrinaba por séptima vez seguida a Santiago en bici (por cierto, le he vuelto a ver en pleno noviembre en Burgos haciendo nuevamente el camino Francés), y yo, nos ponemos a cenar y beber vino en el porche. La hospitalera se metió a las 9 en una habitación. Se cerró con llave y no apareció hasta las 9 de la mañana. Parece ser que no se fiaba mucho de 5 varones que no hacían más que hablar, reírse y beber vino. Sobre las 11 de la noche y 4 botellas de tinto después, nos vamos a descansar. Por si acaso yo me echo un buen repelente de mosquitos. Fuera deja de orvallar para ponerse a llover.


28 de agosto de 2009. Viernes.
ALMUÑA - PIÑERA

A las 8 me levanto y miro por la ventana. Llueve. Muy lentamente van levantándose los demás. Una mañana así impone sus reglas. No hay prisa. Los holandeses desaparecen en cuanto llega un taxi que han llamado. El alemán está francamente contrariado y comunica que va a coger un tren hasta Gijón. (No volví a ver a ninguno) A las 9, con el poncho de lluvia y los pantalones largos puestos, me echo a andar. Llueve. Llego a Luarca. Llueve. Entró en un bar a tomarme un café con leche. Sacudo el agua del poncho fuera. Mis pantalones mojados hasta más arriba de la rodilla provocan el comentario del dueño del bar. “-Sería mejor ir con pantalones cortos y secarse con una toalla de vez en cuando”. Yo contesto amablemente que “es preferible que se mojen los pantalones a que se moje por dentro una bota.”
A las 10:30 me pongo nuevamente a andar. Llueve. Hasta las 13:00 no para de llover. ¡Aleluya! Todo este tramo tiene una orientación un poco confusa. A veces hay que preguntar
Pasado Villapedre me llama mi hermano Javi. Teléfono en mano y con el sig-pac asturiano en la pantalla de su ordenador, me va indicando y describiendo el camino que tengo que seguir. ¡Qué cosas éstas de la tecnología! Pienso que dentro de poco crearán un G.P.S. para el camino que te indicará todo. (Unos días después leí en un periódico gallego, que en un grupo académico estaban ultimando el dicho G.P.S.)
Entro en Piñera a las 14:30. El camino hasta aquí ha seguido carreteras terciarias y caminos solitarios. Aunque el albergue está en la carretera general, para sellar y coger la llave hay que dar una excursión por el pueblo. Piñera es pueblo pequeño que no tiene ni siquiera bar. En una casa particular, que también ofrece la posibilidad de cenar, me dan las llaves del albergue. Cuando llego, ya están esperando para entrar 2 peregrinos italianos: padre e hijo. El padre ya ha hecho el camino 8 veces y habla bastante bien el español. El hijo también lo ha hecho. Es más reservado.
Como algo en el porche que hay en las traseras del albergue y me echo una buena siesta. Cuando despierto en el albergue hay 5 personas más. Todos extranjeros. Salgo al porche a escribir cuatro letras para este diario. Hay una joven peregrina extranjera escribiendo algo también. Con mi mejor sonrisa me pongo a su vera a escribir. En un castellano lento le digo unas palabras que no se si entiende. (En una conversación con peregrinos extranjeros empiezo siempre hablando frases sencillas en castellano. Es la mejor manera que se vayan habituando. Algunos llegan al camino sin entender nada de nada en español.)
Como no hay mucho que hacer en este pueblo y mientras sigue llegando algún peregrino que otro, llamo a Pablo. Está a 4 kilómetros de Piñera, en un pueblo costero que se llama Puerto de Vega. Cuando llega y me monto en su coche algunos ponen cara de curiosidad. Así que la tarde la paso con su familia dando vueltas por su residencia veraniega y comiendo el marmitaco que habían hecho las mujeres del pueblo para los turistas. Por un rato me olvido de la pureza del camino y del compartir peregrino para disfrutar del ocio y el turisteo con los amigos. A pesar de haber andado poco, tampoco he descansado mucho. Me despido de la familia de Pablo y hago promesa de no volverles a molestar más.
Cuando llego al albergue tres jóvenes peregrinos apuran sus últimas conversaciones en el porche. La curiosidad de mi ausencia vespertina y de mi hora de llegada se queda sin respuesta. Yo me voy al saco a dormir. De la docena de peregrinos que estamos yo soy el único español.


29 de agosto de 2009. Sábado.
PIÑERA - TOL

Otro día que duermo mal. El albergue de Piñera está situado en la carretera general. Las ventanas dejan pasar todas las luces de los focos de los automóviles. A las 7:30 me levanto parsimoniosamente. Miro por la ventana. Parece que no hay nubes. En el porche está desayunando a base de galletas y yogures la peregrina de ayer. Me pregunto si se habrá movido de allí en toda la tarde y la noche. Yo triscando una manzana, me pongo a andar por la carretera general buscando el primer bar abierto en el que tomarme un café con leche.
El camino parece que disputa con la nacional, y aunque busca caminos alternativos, el avance aparenta lentitud. Hasta que no llego a ”la Caridad” no paro. En previsión de no encontrar dónde comer, compro algunas viandas ligeras: pan, embutido, fruta y una cerveza.
Pasando el pueblo de Porcia las guías señalan una bifurcación. Durante 30 minutos estoy dando vueltas hasta que me obligo a preguntar. Yo pretendo ir a Tol y no a Tapia. Empiezo a notar una pequeña molestia en los dedos de los pies. Una molestia que mi cerebro recuerda e identifica enseguida. En un prado, a la sombra y al aire que sopla, me como lo que llevo. Descubro mi ampolla, que resultó ser sólo una dureza, e intento echar un poco de siesta.
El camino hasta Tol es de pistas solitarias. Ni coches, ni personas. Al llegar al pueblo de Brull veo a la primera persona. Es una joven con pinta de extranjera que camina en sentido contrario. Si no fuera porque de su mochila cuelga una mini tabla de surf diría que es una peregrina. Parecía un poco perdida, pero como no me preguntó nada, supuse que no necesitaba ayuda.
Cuando llego a Tol tocan las campanas de la Iglesia. Pregunto si va a haber misa y decido entrar. Dentro hay poco más de 12 personas. Todas arregladas para la ocasión. Para no desentonar con mi atuendo sudoroso me pongo en el último banco. Otra peregrina con rasgos eslavos también entra y como yo se queda a oír misa. La misa, ¡lo juro!, duró 20 minutos con homilía y todo.
El albergue de Tol es pequeño y tiene servicios mínimos, pero es nuevo, está cuidado y limpio. Es una pena que la persona que lo cuida no apareciera por allí. Me hubiera gustado darle las gracias. Cuando llego la puerta estaba abierta y la llave encima de la mesa. La gente del pueblo, amablemente me indica un restaurante para comer. Me acerco allí y rehúso porque es un complejo hotelero asociado a un campo de golf. ¡Con el cariño que tengo yo a esos engendros lúdicos! Así que me acerco a la pequeña tienda del pueblo y hago acopio de latillas, jamón y una botella de sidra. ¡Como Dios!
Este pueblo es de lo más tranquilo. Creo que ha sido un acierto pernoctar aquí. En el albergue sólo estoy yo. Apuro las últimas luces del día mientras termino la sidra.


30 de agosto de 2009. Domingo.
TOL - GONDAN

Al final me pudo la prudencia. Me tentó la idea de ir por Vegadeo siguiendo la orilla de la ría, en vez de por Ribadeo. Pero supuse que allí no habría señalizaciones y chuparía carretera como un camionero. Así que opté por Ribadeo. Mi andar solitario hasta la villa, por los maizales que me vienen acompañando desde ayer, es muy tranquilo
Al llegar a Figueras me pierdo un poco y tengo que estar dando vueltas hasta encontrar la traza. Resulta más difícil de lo que parece llegar al inicio del puentazo que hermana las dos orillas de la ría. El puente, todo hay que decirlo, es soberbio. Y un paseo matutino por el andadero de peatones es espectacular. Siempre que no tengas que interrumpirlo continuamente para permitir el paso de los ciclistas que también lo utilizan. Atravieso Ribadeo lo más rápidamente posible. Es domingo. La mayoría de los bares están cerrados y las tiendas también. En una panadería me aprovisiono de pan (tengo jamón de ayer) y un buen trozo de empanada.
El transitar sosegado por carreteras comarcales y caminos se hace ameno. A la vera de la iglesia de Estofado me encuentro una peregrina extranjera ya mayorcita. La saludo escuetamente y veo después por lo menos 15 peregrinos de la misma edad. Pongo cara de asustado. No es para menos. Tal cantidad de gente te llena cualquier albergue. Como parece que van a ir a Lourenzá, yo empiezo a sopesar si no será mejor quedarse en Gondan. En Estofado no hay tienda, pero en un recodo encuentro una máquina expendedora. Aprovecho y compro una lata de Acuarius (me salen 2) y unas natillas. Con eso y la empanada que llevaba como vorazmente. Me arrepiento enseguida. Delante de mí tengo 4 kilómetros de ascensión que me obligan echar una siesta en un prado con vistas al valle. Mientras estoy plácidamente en esa tarea me adelanta el grupo de 15. No los volví a ver.
A media tarde caigo en Gondan, un villorrio de casas esparcidas, sin servicios de ningún tipo. Decido quedarme allí. Hago tiempo conversando con un paisano sobre el terruño particular de cada uno. Hechas las labores, aparecen los jóvenes eslovacos. Nos saludamos en mi nulo inglés. Ellos no saben ni francés ni español. Su idea es ir a Lourenza. Las siete de la tarde les parece una hora temprana para dejar de andar. También aparece la peregrina joven que encontré en Piñera. Resulta que es de Toulouse. Hablamos un poco en francés. Ella no iba a andar más. Le digo que yo voy a ir al bar más próximo (son 2 kilómetros) a cenar en condiciones. Marie, que así se llama, rehúsa tajantemente la idea. Ella no da ni un paso más.
Carretera abajo, en una tarde agradable, llego al bar y me trisco un plato combinado con dos cervezas grandes. Para hacer la digestión nada mejor que volver andando otra vez. Gasto las últimas horas del día viendo anochecer y escribiendo ésto. Cuando llego al refugio (que todo hay que decirlo es muy digno y tiene detalles como algunas flores silvestres encima de la mesa) está Marie y otra peregrina joven. Se han preparado algo de comer, que yo prefiero no saber lo que era. La otra peregrina era aquella que me encontré caminando en dirección opuesta con su tabla de surf colgando. Se llama Beatrix y es húngara. Como hablaban en inglés apenas me metí en la conversación. Beatrix sacó una flauta y se puso a tocar. Yo me despedí. Le rogué que no dejase de tocar. Me quité los audífonos delante de ella y entendió. Me fui a dormir.


31 de agosto de 2009. Lunes.
GONDAN - MONDOÑEDO

Vuelvo a dormir mal. El sueño nocturno y yo, no somos buenos amigos. Así que con el primer fulgor matutino me levanto y recojo con todo el silencio que puedo. No me pongo los audífonos (no me gusta ponérmelos tan pronto). Sospecho que el ruido que monto doblando bolsas de plástico en el silencio de la mañana es bastante estruendoso. Mientras hago esta operación echo miradas furtivas a las jóvenes peregrinas que comparten el albergue conmigo. Ajenas a mi alboroto ellas siguen con su sueño. Yo, por mi parte, no dejo de empatizar con ellas y desearía seguir durmiendo.
Afuera no hay nadie. La disposición del albergue en un entorno rural me hace admirar la tranquilidad y pureza del entorno antes de ponerme a andar.
Como mi destino es cercano me mentalizo para ir despacio. A las 9:30, cuando llego a Lourenzá, el sol ya empieza a calentar. Hoy hará calor. La villa estuvo anoche en fiestas. A estas horas apenas está despertando.
Después de beber agua en la fuente de la plaza y descansar un rato pongo los pies y el corazón en caminar. Como siempre, encuentro dificultades para salir. Las señales de los núcleos urbanos: o son confusas o escasean. Por el contrario, en el campo, a veces, hay sobreabundancia.
De Lourenzá a Mondoñedo son poco más de 8 kilómetros. A mí se me hacen eternos. Subidas del 25 %. Bajadas del mismo desnivel. Un auténtico rompe piernas. No obstante el camino es entretenido. Alterna carretiles asfaltados con corredoiras y sendas.
Agobiado por el calor y la ansiedad, sólo pienso en meter una cerveza fresca en el gaznate. Pero desde que llego a Mondoñedo hasta que encuentro el primer bar pasan 30 minutos. (Juro que llegué a creer que los bares estaban prohibidos en esa localidad)
Son las 14:00 cuando llego a las puertas del albergue. Una peregrina argentina que salía de él, me explica que primero hay que sellar en la policía municipal y allí te dan una llave. Así que dejo la mochila dentro y credencial en mano bajo a la policía municipal. No hay nadie. En la puerta hay un letrero que dice que vuelven enseguida. Decido hacer tiempo comiendo. Vuelvo a la policía. No hay nadie. Echo una siesta en un jardín de al lado. Vuelvo. No hay nadie. Subo al albergue. Está cerrado. En esto a parecen Marie y Beatrix. Les explico cómo puedo, que primero hay que sellar en la policía. Que yo todavía no he sellado. Me preguntan dónde está mi mochila. Yo les respondo que es una historia muy larga. La verdad es que no me veo capacitado para explicarles, en idiomas que apenas entiendo, la verdad: que está dentro.
Así que vuelvo por enésima vez a la Policía. Ahora acompañado de mis amigas (A partir de ahora las llamaré amigas porque coincidimos en muchos albergues más) Por enésima vez vuelve a estar cerrado. Cabreado como estoy, voy a una cabina telefónica cercana a llamar a un número de emergencia que había apuntado a la puerta (el móvil lo tengo en la mochila). Al fin viene alguien.
Cuando volvemos al albergue con la llave que me han dado, descubrimos que hay dos peregrinas dentro: la argentina, que va en bici y una joven polaca que habla castellano. (Con tanto joven europeo esto parece el programa “ERASMUS”).
El albergue es un buen edificio que tiene 2 pisos de dormitorios. Las mujeres se instalan en el primero. Yo pienso en el pudor ajeno y decido irme al de arriba con la excusa de que ronco.
La calurosa y plácida tarde la dedico a callejear por Mondoñedo. Una gran cerveza en una terraza la da por terminada.
Ya en el albergue, ceno fruta y departo brevemente con las 3 peregrinas que hay. Marie tiene un libro en alemán. Se lo pido. Resulta que es el “El peregrino” de Claudio Coello. Se lo devuelvo corriendo como si del diablo se tratara y pongo cara de repulsión. (A veces pienso que muchos extranjeros vienen al camino un poco equivocados por la literatura barata que leen. El libro de Coello no deja de ser una novelita de ficción. Pero me extraña que enganche tanto como para que sea un motivo determinante para hacer el camino. Otros libros son todavía peores. El de Shirley Maclaine es infumable. De este libro siempre comento cuántas pastillas y porros se iba tomando la autora por el camino. Muchos peregrinos vienen al camino a buscar no sé qué, pero son cosas muy raras.)
Me voy a dormir. En el dormitorio de arriba estoy solo.


1 de septiembre de 2009. Martes.
MONDOÑEDO - VILLALVA

¡36 kilómetros del ala! Aunque madrugo, los trámites burocráticos me hacen perder casi media hora (tengo que entregar las llaves en la policía municipal)
Los primeros pasos del día, siempre cuesta arriba, los doy en compañía de la ciclista argentina. El haber visitado Argentina me da más juego en la conversación. La primera cuesta abajo nos despide, imagino que para siempre. Con los ciclistas, esto es así.
A estas horas de la mañana el camino es solitario y agradable. Una pequeña carretera de tercer orden me lleva por un valle con multitud de árboles en las veredas y en los montes. Empieza a aparecer la media montaña. Algunas aldeas, con sus prados y huertos, motean el paisaje. Según me interno en el interior el paisaje me agrada más. De momento los pies aguantan, aunque están un poco renqueantes.
Pasados 9 kilómetros se deja la carretera y se inicia un duro ascenso. Mientras subo voy parando en los zarzales para degustar un buen puñado de moras. Muchas ya están maduras. En Gontan hago mi primera parada y mi primera cerveza. Compradas unas viandas para el camino sigo andando, pues queda mucho trecho.
El camino, asfaltado o no, sigue la N-634, pero apenas topa con ella. A 12 kilómetros de Villalva me encuentro con las obras de la autovía. Esto me preocupa porque una construcción de este tipo arrasa con cualquier señalización. No quiero repetir viejas experiencias con la autovía. Menos mal que en esta ocasión se ha respetado el simbolismo de esta ruta y se han habilitado caminos alternativos bien señalizados.
Paro a comer en un prado tranquilo. Empiezo un pequeño ritual. Buscar lugar con sombra y si es posible, con vistas. Sacar de la mochila las viandas y la cerveza (siempre un poco de alcohol). Preparar el consabido bocadillo o lo que sea. Quitarse las botas y comer con los pies al aire. Recoger. Tumbado, con la gorra tapándote los ojos y las pilas del los audífonos fuera de ellos, echarte un siestorro con la cabeza apoyada en la mochila. Todo un rito. El peregrino tiene muchos ritos, como la vida misma. Cerca, en la autovía, hacen alguna voladura. Pero yo no me inmuto particularmente. Esta media hora es sagrada.
Prosigo mi peregrinaje. Adelanto a Marie. Mientras voy tatareando la marsellesa para empatizar. Dice que no va bien. Yo le animo y le engaño en la distancia que queda. Más adelante encuentro a Beatrix en una escena muy “pastoril”. A la sombra del camino, teniendo como únicos testigos las vacas de un prado, está sentada tocando la flauta. Me pareció tan tierna y entrañable esta imagen que me dieron ganas de darla un besazo. Sigo adelante. Ella va a esperar a Marie.
Un poco fatigado llego al albergue. ¡Todo un albergue! Parece que no hay nadie, pero dentro hay una docena de personas. Todos tirados en las literas. Si éstos han llegado entre las 15:00 y las 16:00, eso quiere decir que llevan un par de horas tirados en la cama. Yo me instalo, ducho, lavo la ropa, espero a mis jóvenes peregrinas, y ¡todavía no se han levantado de la cama!
El albergue está a 1,5 kilómetros del pueblo. Me informan que están en fiestas y que las tiendas estarán cerradas. Yo no llevo apenas comida. La cocina del albergue no funciona. ¡Qué perspectiva! Decido acercarme al pueblo. Quizá puedan hacerme en algún bar algo para comer y llevar. En el primero encuentro la barra vacía. El segundo proclama con rótulos que se hacen tortillas. “Este es mi bar”- me digo. Una joven morenita con acento de otros lares me atiende. Entra en la cocina para preguntar. Como no me da una respuesta negativa y yo veo movimiento de sartenes en la cocina, interpreto que van a hacerme una tortilla.
Al cabo de media hora de espera, empiezo a sospechar que aquí hay un malentendido. Pregunto a la joven y efectivamente, no hay tortilla, ni la van a hacer aunque venga el obispo de Roma (esto del obispo es cosecha mía). Prefiero callarme y tragar. Entre lo mal que habla (no me extraña, la pobre viene a trabajar a Galicia y tiene que aprender dos idiomas de una tacada) y lo poco que oigo yo, no nos hemos entendido.
De mal humor me vuelvo hacia el albergue, sin cenar y sin llevar cena a nadie. En la calle hace un frío del carajo. Y yo con camiseta de manga corta, pantalones cortos y sandalias.
Aunque el albergue cobija 20 personas hoy, en el dormitorio apenas estamos 4 o 5. Intento apagar las luces pero no encuentro el interruptor. Por lo visto hay un interruptor general que no me atrevo a tocar. Así que me lío la toalla a la cabeza y a dormir. A eso de las 12:30 viene un grupo. Ahora entiendo las tres horas de siesta. La luz todavía está encendida. Alguien decide apagarla.


2 de septiembre de 2009. Miércoles.
VILLALVA - BAHAMONDE

Etapa corta. 20 o 22 kilómetros. Cuando me despierto medio albergue está ya en pie. Fuera hay niebla. Entro en Villalva cuando sus gentes acaban de despertarse. No me entretengo. Intento salir rápido, pero tengo dificultades para seguir la ruta. Busco señales en los postes, en las farolas, en las esquinas y en las paredes, hasta que encuentro la lógica de Villalva: conchas en el suelo.
El camino viene a ser una continuación de los de estos últimos días. Desviarse de la carretera nacional, y transitar por carretiles asfaltados y por caminos. Con todo, hay que decir que de esta manera el camino se alarga hasta en un 20%. Todo sea por ganar en tranquilidad.
Adelanto a Marie. Es curioso, aunque empiezo las jornadas antes que ella, siempre la adelanto. Yo siempre me entretengo en algún bar.
Llego a Bahamonde a las 13:30. Como es pronto y mientras decido seguir o no, me tomo una cerveza y entablo conversación con el taxista del pueblo. Resulta que su mujer es natural de Pradoluengo, pueblo serrano burgalés famoso por la confección de calcetines y boinas. Mientras hablo con él, observo que muchos peregrinos siguen hacia el siguiente albergue que está en Mirad. A 16 kilómetros. Preveo que se va a llenar. Así que decido quedarme en Bahamonde y pasar una tarde placentera sin hacer nada especial. Marie decide continuar para quitar kilómetros a la etapa de mañana, que se prevé durilla.
El refugio está muy bien. Capacidad sobre 60 personas con cocina, sala de estar, porche, jardín, habitaciones de 4 literas… Cada vez se ven más peregrinos. Es de suponer que muchos han empezado en Ribadeo y por eso coincido con ellos ahora. Los españoles somos más cada vez.
Como en un restaurante cercano llamado “Galicia”. Un anciano con barba y cabello blanco y largo que ejerce de maître, me enumera los platos que hay para comer, como si de pociones de druidas se trataran. Termino de comer y me ducho antes que venga la marabunta. Luego siesta sosegada.
Por la tarde el cielo se cubre de nubes. La verdad es que cuando no tengo que andar por la tarde, ésta se hace muy larga. No sabes que hacer. Hoy termino visitando todos los rincones del pueblo, tengan o no tengan interés. Al albergue sigue viniendo gente. Por la noche se puede decir que hay un aforo considerable, aunque no llegue a completarse. Hay un buen grupo de españoles, pero da la casualidad que termino hablando más con los extranjeros porque se enrollan más. (Me puede el orgullo de arropar más a los extranjeros, por el simple hecho de que se lleven de este país una buena impresión. Supongo que por mis propios medios no lo conseguiré). He tenido que compartir la botella de vino con los extranjeros porque los españoles estaban desaparecidos.
He cenado 4 piezas de fruta. Mientras, Beatrix nos amenizaba con su inseparable flauta. Terminas cogiendo aprecio a las personas que ves todos los días. Ni que decir tiene que mi amiga húngara brindó conmigo. Mañana será otro día.


3 de septiembre de 2009. Jueves.
BAHAMONDE - SOBRADO DOS MONXES

La etapa ha sido larga. Esto, sumado a que la noche ha sido mala, muy mala, hace que ahora esté realmente cansado. Creo que desde que he empezado no he pasado una noche en condiciones. Además hoy he tenido el estómago revuelto.
Cuando me levanto todavía es de noche. La etapa es larga y prefiero madrugar. Preparo en silencio mis cosas. Mis compañeros de habitáculo, ajenos a estos avatares, ni se percatan. Me tomo un café en el bar que está abierto. Está lleno de madrugadores. Ni un solo peregrino que me acompañe. Eso sí, hay un montón de trabajadores tomándose de lo más variopinto: café solo, orujo, brandy, jerez… ¡Cualquiera diría que son las 7:20 de la mañana y no las 12 de la noche!
Me pongo a devorar kilómetros con firmeza y decisión. Tengo por delante 41. El tiempo acompaña para andar: 20-21grados. La carretera es mi guía durante cuatro kilómetros. Después, un giro a la izquierda me mete por caminos y carretiles asfaltados. Lo habitual en los últimos días. Se pasa por multitud de poblaciones; aldeas más bien.
A media mañana llego a Miraz. Callejeo un poco por sus calles y me quedo sorprendido por su interesante y rotunda arquitectura.
Sigo andando hasta las 14:00. En una aldea, al lado del carretil que llevo, hay un bareto. ¡El primero que veo en 25 kilómetros! A la puerta está el taxista de Baamonde. Me informa que la mujer que regenta el establecimiento vendrá enseguida y me proporcionará algo para comer. Por lo que cuenta, viene de llevar a Sobrado a algunos peregrinos en malas condiciones para andar. (Empiezo a explicarme algunas cosas. Algunos peregrinos no los ves en todo el camino y sin embargo llegan bastante antes que tu al albergue. En fin; necesidad manda.) La dueña del bareto se presenta. Le sugiero la necesidad de comer algo. Ella no se lo piensa y me saca queso (¡Hay que joderse! Yo, que no puedo ver el queso ni en pintura.), salchichón y chorizo casero, media hogaza de pan y el cuchillo. A servirse a discreción. Por 4 euros me pongo tibio a embutido.
En el primer prado que veo me echo la siesta. Después de casi 30 kilómetros bien merezco un descanso. Da gusto andar por Galicia. Siempre tienes un prado a mano para echar la siesta.
Sigo andando dejándome llevar por la inercia. Algunos peregrinos me adelantan. Es gente curtida. Con algunos ya he coincidido. Otros los veo por primera vez. Antes de llegar a Sobrado se pasa por una laguna muy bonita. Un buen lugar para el reposo. El tiempo nublado y las ganas de acabar esta larga etapa me empujan a no hacerlo.
El monasterio de Sobrado dos Monxes tiene buena pinta. Aunque históricamente tuvo más auge. A los peregrinos nos meten en lo que fueron las caballerizas. Menos mal que se entra por un claustro. Un poco de solemnidad.
En el albergue hay bastante gente. Mejor no pensar como han venido algunos. Encuentro muchas caras nuevas. Vuelvo a encontrarme a Marie e intercambiados algunas palabras en mi insufrible francés. Se alegra de verme. Con el paso de los días hay una familiaridad y complicidad que no había antes. A la hora aparece Beatrix, con su mini tabla de surf a la espalda. (¡Ya tiene bemoles! ¡Desde San Sebastián con la tabla a cuestas! Supongo, que para quien no la conozca, será toda una extrañeza verla). Le enseño brevemente la zona de dormitorio. Poca elección tiene: o compartir litera conmigo o escoger una solitaria que está al lado del baño, con lo que eso significa. Ruido continúo. Se lo piensa y elige la del baño. Yo sonrío. “¡Con el poco peligro que yo tengo!” Quizás es que ha oído alguna vez mis ronquidos y las docenas de vueltas que doy en la cama.
Un albergue lleno tiene otra medida. Hay que ajustarse a los demás. En el comedor te juntas con otros. Compartes viandas y conversación. Te bebes una botella de vino con los demás. Saludas a los que hace días que no has visto. Hoy he vuelto a ver a los eslovacos. Como siempre aparecieron tarde. Cenaron y después se ducharon. Compartí con ellos el vino y una lata de espárragos. Beatrix apuró también un vaso de vino. Veo que no hace ascos a un vino decente.
A eso de las 10 apareció un hermano del monasterio y nos mandó a dormir. A esas horas también, empezaba una partida de mus en las dependencias de la cocina.


4 de setiembre de 2009. Viernes.
SOBRADO DOS MONXES - ARZUA

La etapa de hoy es corta. Así que me lo tomo con tranquilidad. Pretendo levantarme tarde. Pero a las 6 de la mañana el personal empieza a levantarse. Linternas en la noche, puertas que se abren, pisadas en el entarimado. Todo un festival que no deja dormir. Y eso que yo estoy un poco sordo. No me queda otra alternativa que levantarme. Un café en el bar y a andar.
Aunque pretendo ir despacio la inercia de estos días me puede e imprimo el ritmo de siempre (4,5-5 kilómetros por hora). Antes de la hora de comer estoy en Arzúa. ¡El camino francés!  Me acerco al albergue municipal con pocas esperanzas de encontrar sitio. Tengo suerte. Lo hay. Alguna cara conocida. La gran mayoría son anónimas. Son las de los peregrinos del camino Francés. Mucha gente joven. Un señor ya mayor y yo somos los más veteranos. Una hora después el albergue ya está lleno.
Como de restaurante. Un menú del día en una mesa corrida. Vuelvo al albergue. Me siento un poco extraño entre tanta gente desconocida. Encuentras jóvenes musculosos de gimnasio que sin embargo flojean de aquello que no practican: los pies. Los hay de todos los idiomas y razas. Faltaban los asiáticos y africanos y los encontré. (No recuerdo haber visto en todos mis caminos ningún peregrino africano de color.) A todos, la cercanía de Santiago les produce cierta excitación. A mí, perro viejo, eso ya no me conmueve.
Intento pasar la tarde como puedo. ¡Larga tarde! Ayer en Sobrado habría unos 30 peregrinos. Hoy en Arzúa, repartidos por albergues y pensiones, seremos más de 100. La villa está que bulle de gente. Con algunos intercambias unos momentos de conversación. Me hago unos cuantos kilómetros más paseando calle arriba y calle abajo. Si sé de este absurdo periplo hubiera pernoctado un poco más cerca de Santiago. En este momento ya tengo ganas de terminar esta peregrinación. Creo que el propósito con el que empecé lo tengo al alcance de la mano. Aunque la etapa de mañana sea dura, no me arredra. En peores situaciones me las he visto yo.
No he visto apenas a nadie con los que coincidí en Sobrado. Eso sí. Los eslovacos estaban comiendo a las siete de la tarde en al albergue. No sé dónde ni cuándo habrán ido a dormir
Se hace de noche. La gente en el albergue no tiene prisa por acostarse. Para muchos la expectación es poderosa. Tuve que recriminar amablemente a uno que dejara de fumar en un sitio cerrado. A primeras no me hizo mucho caso. No era momento ni lugar de hacer una escenita. Con la autoridad que me dan los años entre tanto jovencito decido apagar la luz del dormitorio a las 11. Nadie protesta.


4 de septiembre de 2009. Sábado.
ARZÚA - SANTIAGO

Última etapa. Ya repetida otras veces. Directo a Santiago. La primera vez que hice el camino pernocté en el Monte del Gozo. Entonces juré que no lo volvería a hacer. No sólo por el ambiente tan impersonal que encuentras, sino también porque no descansas nada. Todo el mundo está de juerga.
Aunque es una etapa de casi 40 kilómetros, no tengo intención de madrugar. Sin embargo ¡Ay! A las 5:45 empieza a haber movimiento en el albergue. Se me olvidaba que la gran mayoría vienen de meterse madrugones en el camino Francés. Intento seguir durmiendo, pero me resulta imposible. Amanece a las 7:15. Decido levantarme. Miro a mí alrededor. Sólo hay otros dos en la litera. Curiosamente son peregrinos del camino del Norte.
Rápidamente me pongo a andar. Poco importa ya que me salgan ampollas. Es el último día. Los primeros kilómetros están llenos de peregrinos. Sin embargo son extraños. Nunca los he visto. Me dejo llevar por la inercia de esta procesión. A algunos los adelanto yo y otros me adelantan a mí. No te queda más que el recuerdo del cortés “¡Hola! ¡Buenos días! ¡Buen camino!” Esta rutina dura hasta que con el calor de la tarde llego a Santiago.
Mi primera intención es hospedarme en alguna de las numerosísimas pensiones que ofrece la ciudad, pero al final me decido por el ambiente más personal y peregrino del seminario. La gestión del seminario se debe haber privatizado. Al ser más profesional te cobran más. 12 euros en dormitorio corrido y 15 en habitación individual. Ante esta escasa diferencia opto por la habitación.
Una vez hechas las labores me dispongo a salir. ¡Oh, sorpresa! En la puerta de la calle encuentro a mis jóvenes amigas peregrinas: Marie y Beatrix. Pensé que no las volvería a ver más. Después de los abrazos y felicitaciones decidimos asaltar juntos las calles de Santiago con nuestra presencia. Hay que celebrar el fin de la peregrinación. Como Santiago no es una desconocida para ninguno de los tres no tenemos mucho que hacer. Sólo pasear por sus enlosadas calles. Mi exigua conversación se pierde en idiomas que apenas conozco.
Por la noche mis acompañantes femeninas se entretienen a la puerta del seminario, interpretando algunas canciones húngaras y de Taizè. Mientras, yo, escribo esto y pienso “¿Qué sé yo de ellas? ¿Qué saben ellas de mí? Apenas nada. Y sin embargo aquí estamos. No somos desconocidos. Somos fruto del peregrinaje. De ratos compartidos sin más. De complicidad en un destino. De búsqueda de un ideal, pequeño, pero ideal al fin y al cabo. De tal manera, que tengo más en común con ellas que con el vecino de tu casa.”


5 de septiembre de 2009. Domingo.
SANTIAGO - BURGOS

A pesar de que tengo una habitación para mí sólo y nadie me molesta, no consigo dormir bien. Durante todos los días del camino no he conseguido dormir ni un día bien. ¡Hoy que no hay ninguna prisa! Así que me levanto pronto. A las 9:30 ya estoy en la calle. Hoy es el día tonto. El día que dejas de andar y no sabes que hacer. La inercia de los días te empuja a seguir andando. He cumplido mi objetivo que era llegar a Santiago. Lo demás es accesorio.
Llego a la oficina del peregrino para sacar la credencial de la peregrinación. Aunque es temprano, encuentro una cola considerable de peregrinos. La mayoría, con sus mochilas al hombro, llegan ahora. En la cola encuentro una cara conocida. Resulta que es el joven al que recriminé en Arzúa por fumar dentro del albergue. Después de unas palabras de desconfianza, sigo hablando amigablemente con este riojano saludable, de la vida y del terruño particular. Porque no nos vimos después, sino todavía nos tomábamos una cerveza juntos. ¡Cosas del camino!
Una vez sacada la credencial me siento a la vera de la plaza de la catedral, esperando que comience la misa del peregrino que es a las 12. Allí saludo y felicito a algunos del camino del Norte con los que he coincidido. Incluso veo llegar, con sus grandes mochilas, a los jóvenes eslovacos. Por una vez llegan pronto a un final de etapa. Conversando con unas peregrinas catalanas de la conveniencia o no de ir a la misa, les intento explicar que la peregrinación no acaba hasta que oyes misa y veneras al Santo. Que no es una costumbre ni un rito más. Que la Iglesia es la única institución que te recibe en esta ciudad. Que si no fuera así, no tendríamos la dignidad de peregrinos. Seríamos unos vulgares mochileros… No sigo hablando porque no creo que entiendan algo de lo que hablo, si la mitad de los 150 kilómetros que han recorrido no han sido andando.
(Siempre me he preguntado qué sería de la ciudad de Santiago si no fuera por los peregrinos. No sería nada. Y sin embargo las instituciones civiles de la ciudad apenas hacen nada por recibir al peregrino. No digo yo que el alcalde salga a recibir a todos los que llegan, pero estoy seguro que ni siquiera tienen una concejalía dedicada exclusivamente a los peregrinos. ¡Y eso que ése es su ser! Así como la Xunta gallega si muestra su apoyo, la ciudad de Santiago calla. O por lo menos, esa es la impresión que yo siempre me llevo.)
Antes de misa aparecen Beatrix y Marie. Les acompaño hasta la oficina del peregrino. Ellas van a ir en autobús hasta Finisterre. Tomamos un último café juntos mientras intercambiamos direcciones y nos despedimos hasta otra ocasión. Si es que la hay. Produce un poco de tristeza despedirse. He terminado cogiéndoles estima. Aunque el idioma dificulta la relación, no por ello hemos dejado de entendernos.
La misa del peregrino está llena. Es domingo. Cuando el cura reconoce los esfuerzos de los que han llegado hoy en peregrinación y lee sus orígenes, sale mi persona:” un burgalés que comenzó en La Robla, y por el camino primitivo y el costero llegó hasta aquí.” Respiro aliviado. Las dos últimas veces que vine no mentaron mi peregrinación.
Después de misa voy a la estación de trenes a comprar un billete para volver mañana a Burgos. La tarde la paso como puedo. Santiago ya no tiene nada que ofrecer a mi ser peregrino. Así que dejo de serlo para convertirme en un turista más.

FIN DE LA PEREGRINACIÓN