Halellujah (versión película Sherk)

Leonard Cohen - Take This Waltz

sábado, 28 de mayo de 2016

Fascinantes historias de la ciencia 16: Nostalgia de Uruk

En la inmensa llanura de Irak los arqueólogos miran la colina. Ese montón de tierra imposible en medio del horizonte, significa necesariamente una ciudad enterrada. La  lenta e inexorable acción de los elementos hubiera arrasado cualquier elevación natural hace tiempo. Sólo la presencia de una ciudad elevada artificialmente hace algunos miles de años, aún no habría tenido tiempo de descomponerse totalmente.
- Hay una ciudad ahí, seguro.

Y el equipo escava pacientemente en la colina, quitando toneladas de arcilla molida, apartando ladrillos  cocidos, conservando cuidadosamente restos cerámicos, atesorando las pequeñas tablillas de arcilla que aparecen amontonadas...

Aún pueden verse las huellas del alquitrán adherido a los muros en la parte baja, para evitar las humedades. Los pozos naturales del aceite de piedra abastecían de pez a muchas naciones. Pero también servían para calafaterar los muros, los canales y las terrazas... eso permitía cultivar plantas en los tejados aportando frescor  belleza a sus edificios. Aunque la mayor parte se la llevaban los centenares de hornos con que cocían los ladrillos, los recipientes de cerámica y las tablillas de los escribas.

Cuesta imaginar en el terreno reseco el horizonte feraz de la antigua Babilonia. Los sauces (sauces llorones, precisamente) del Éufrates que dieron sombra a los israelitas en su llegada desde el obligado destierro que les impuso Nabucodonosor II. No quedan ni las sombras de la inmensa red de canales que cubría el territorio. La Biblia, en la bella Balada del Desterrado,  nos muestra a los apasionados judíos negándose a cantar ante el pueblo opresor pero entre líneas se adivina su admiración por aquella nación grandiosa y lo que se propone como un canto de indignación y de venganza es  una prueba en realidad  de un trato mucho más humanitario y civilizado del que intentan  transmitir: "les piden", no les obligan; "se sientan a descansar bajo los sauces del río", luego no son tan inhumanos; les permiten "llevar sus cítaras con ellas", no les roban sus posesiones... De hecho, durante este tiempo los judíos prosperaron en Babilonia alcanzando altas posiciones entre los mesopotámicos (así lo atestiguan los libros de Daniel y Ester). Al cabo de algunas generaciones (49 años) después el conquistador persa de Babilonia, Ciro, les permiterá volver.
Hoy en día, se dispone de pruebas suficientes como para afirmar que los judíos recibiron una influencia del "Inperio" que cambió su concepción del mundo: muchos de los textos bíblicos se escribieron entonces y es irrefutable la influencia de los textos y leyendas babilónicas (el diluvio, Noé, la historia de Moisés, el Paraíso, la creación de Adan y Eva...). Cuanto más se investiga, más pruebas se acumulan en este aspecto. Las tablillas que van apareciendo han de producir sensaciones ambivalentes a los padres de la Iglesia Católica: por un lado certifican ciertos pasajes descritos en la Biblia y,  por otro, prueban que muchos textos sagrados tienen una clara influencia de los textos babilónicos negando así la revelación por Dios al pueblo elegido de esos secretos.

Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión; 
en los sauces de sus orillas 
colgábamos nuestras cítaras.

(Salmo 136, Junto a los canales de Babilonia)


Mesopotamia me fue revelada en época tardía. No solo porque el contenido de sus miles de tablillas aún no se habían traducido en mi niñez (por lo que su estudio se hacía muy someramente) sino porque probablemente aún no habían sido desenterradas muchas de ellas. Además ¿Le interesaba a la iglesia publicitar que muchos de los textos sagrados estaban influenciados, a veces incluso copiados, de antiguas leyendas escritas miles de años antes por los sumerios?
Actualmente se conservan en los museos de todo el mundo unas 120000 tablillas (la mitad ya están disponibles digitalizadas en internet). Hacia el 2700 a.C. ya había en el Sumer grandes bibliotecas. En las de Babilonia las tablillas estaban clasificadas en tinajas colocadas en anaqueles. Cada tablilla tenía indicado en el borde a qué tratado pertenecía. De las ruinas de Nínive se exhumaron, en 1872, más de 30.000 tablillas, de las que todavía no se ha descifrado la mitad. Son obras de medicina, astronomía, matemáticas, historia, diccionarios, poemas, etc., que integraron la biblioteca de Asurbanipal (669 – 626 a.C.). A mediados de siglo XIX los arqueólogos descubrieron la antigua capital Asiria de Nínive (hasta entonces sólo conocida por el Antiguo Testamento) y hallaron en las ruinas del palacio de Assurbanipal una biblioteca con los restos de alrededor de 25.000 tablillas de arcilla inscritas.

Muchas de las tablillas tenían función administrativa: recibos de pago de impustos, tratos comerciales, inventarios... pero, además, existe una variedad de temas científicos (matemáticas, astronomía, medicina...) e histórico-religiosos. Algunas de las traducciones realizadas de los mismos atribuyen la aparición del hombre a la influencia de de seres superiores (anunakis) o dioses venidos de un planeta extrasolar (Niburu). Los sumerios fueron los primeros en plasmar por escrito los anales y relatos de estos dioses y hombres, de los cuales, todos los demás pueblos incluidos los hebreos, obtuvieron los relatos de la Creación, Adán y Eva, Caín y Abel, el Diluvio Universal, la Torre de Babel, etc. Los historiadores saben ahora que la civilización sumeria floreció en lo que ahora es Irak casi un milenio antes de los inicios de la época faraónica en Egipto, y que ambas serían posteriormente seguidas por la civilización del Valle del Indo.

Y siguen apareciendo tablillas. Y se siguen traduciendo. Y no cesan de sorprendernos. Hay algunas incluso que son trabajos escolares de los aprendices de escriba.

La invención de la escritura (¡Ay que difícil resulta fecharla con claridad!) se relaciona con la aparición de símbolos gráficos de tipo claramente lingüístico; pero el uso de signos ideográficos tiene un origen antiguo: 7000 años a. C. en el neolítico ya se usaban símbolos para representar objetos y animales. Los sumerios empezaron a utilizar pictogramas que, debido al aumento de la complejidad en los conceptos a escribir y en la necesidad de simplificación, terminaron sustituyéndose poco a poco por estructuras gráficas más abstractas llegando hacia el 3500 a.C. a configurarse la escritura cuneiforme realizada con punzones de punta triangular sobre arcilla blanda que luego era cocida. Mil años después los sumerios pasaban de la escritura logográfica a una logosilábica donde ya se utilizan principios fonológicos para representar el habla.

En Irak, bajo las botas de algún miliciano del DAESH, duermen aún millares de tablillas. Muchas de ellas guardan secretos científicos de los antiguos mesopotámicos. Muchas, quizás, revelen historias inéditas que aclaren un poco más nuestro origen. Así, paso a paso, desentrañamos los misterios de nuestra especie, contestamos a dos de las grandes incógnitas del ser humano: ¿Quienes somos? ¿De dónde venimos? y su respuesta de que nos ayude a responder a la tercera: ¿Adónde vamos?

He comprado en uno de esos supermercados asiáticos de todo a un euro varios bloques de arcilla. Me he arremangado y manchado las manos para amasar uno de ellos y extenderlo sobre la mesa. Luego, en el extremo de un punzón realizado con el mango un viejo pincel he tallado un pequeño triángulo prolongado por una línea fina. Me dispongo ahora a copiar algunos párrafos del código de Hamurabi, los más llamativos relativos al "ojo por ojo y diente por diente" que tanto impresionan a mis alumnas. Quizás cuando acabe pase el rolo babilónico construido de manera casera con un tapón de corcho y un relieve de caucho con motivos florales. Después probaré a endurecerlo en el horno de la cocina. Los anteriores experimentos (directamente sobre los quemadores) hicieron saltar la arcilla en pedazos. Espero tener más suerte esta vez.

Será mi particular homenaje a la historia de la escritura, a este maravilloso invento que nos ilumina la realidad pasada, pero que también da luz a nuestra fantasía.

jueves, 26 de mayo de 2016

Ortografía divertida

La ortografía puede ser divertida. He pasado un buen rato leyendo las frases y carteles ocurrentes que publica la gente en internet. Muchas ya las conocía, otras me han sorprendido y algunas más que  pongo aquí las he inventado yo.

Los equívocos que se producen ante el simple cambio de una coma, la ausencia de algún punto, el cambio de una simple "b" por una "v" nos hacen sonreír... Voy a escribir una pequeña lista de las frases de tipo nemotécnico que la imaginación de las personas podemos crear. Espero que os sorprendan y os ayuden un poquito a mejorar la ortografía.

Sobre palabras que suenan igual pero son completamente diferentes: 
Empezaré por reflexionar sobre estas dos frases que se me ocurren de resonancias Celianas:  se refieren al distinto matiz entre "Estar jodido o estar jodiendo": No es lo mismo "Yo hecho polvo"  (estar "jodido") que "Yo echo polvo" (estar "jodiendo").

Pero pongamos ejemplos más recatados:
  • Se cayó el señor Cayo, pero se pensó: mejor me lo callo y no lo cuento  a nadie. Y se lo calló.
  • Me senté en el poyo a comer un pollo. 
  • Antes de que huya ese vago, tiene que sacar una vagoneta de hulla. 
  • ¡Va a haber una fiesta! Voy a ver como se lo pasan. 
  • El guardabosques le informó: "Vaya más allá de esa valla, puede que allí haya bayas de haya. Tendrá suerte si aún halla alguna" 
  • ¿Por qué estudiamos estas palabras? - Porque es importante. - ¡Perfecto, me gusta saber el porqué de las cosas. ese es el motivo por que te lo pegunto.
  • ¡Qué morro: se iba sin pagar el iva!
  • ¡Ay! Hay un hoyo ahí.
  • ¡Que bote el que no vote!
  • ¡No seas bruto: no  puedes llevar una vaca en la baca
Sobre la importancia de los signos de puntuación.

En esta cartel tenemos unos cuantos ejemplos de los diferentes significados que adquiere un texto según se puntúe. Ejemplos hay muchos y no me voy a extender. Todos ellos son interesantes y curiosos.  

Existe un ejemplo muy divertido sobre los contradictorios efectos de los signos de puntuación sobre un mismo texto. Se trata de "El testamento" que se ha de repartir entre los distintos herederos y que cada uno interpreta a su favor usando la puntuación más favorable: 
«Dejo mis bienes a mi sobrino Juan no a mi hermano Luis tampoco jamás se pagará la cuenta al sastre nunca de ningún modo para los jesuitas todo lo dicho es mi deseo».
Si queréis ver como arrima cada uno de los implicados el ascua a su sardina no dejéis de visitar esta página.
Y, para terminar, este microrrelato de catorce palabras y final lapidario que nos hace reflexionar sobre el uso de los puntos suspensivos y el punto final. "Él había puesto tres puntos suspensivos al final de la historia, ella borró dos." (Anónimo)

El eterno lío de la "b" y la "v"
Ya he contado en alguna ocasión mi personal experiencia con el nombre de nuestro más universal escritor. La anécdota tuvo lugar cuando estudiaba magisterio en Burgos y suspendí uno de los exámenes cuatrimestrales de Literatura Española por poner Cerbantes con "b". Además del suspenso tuve que sufrir la escandalizada reprimenda de la profesora que consideraba intolerable que hubiera escrito el nombre de nuestro más insigne novelista con esa falta garrafal. Me aguanté y tuve que examinarme de nuevo en septiembre. Pero lo sorprendente es que, años después, en Alcalá de Henares examiné la firma de Cerbantes en documentos autógrafos y ¡firmaba "con b"! De buena gana hubiera convocado a la profesora a un juicio de desagravio: desde mi punto de vista el delito ortográfico lo había cometido realmente ella.
Investigando después por la causa de la mutación ortográfica de "b" a "v" me entero de que hay varias versiones. La más probable parece ser la que cuenta Javier Rodríguez, librero de referencia en Alcalá al frente de la librería Cervantes (la más antigua de la ciudad); parece que el motivo fue querer distanciarse de la palabra “ciervo”. Aunque según expone el filólogo Francisco Moreno esta se produce “por una tradición gráfica de poner ‘v’ después de una consonante líquida como la ‘r’ o la ‘l’”.
En fin, después de este juicio de exoneración en el que la acusación presentaría como peritos a ambos personajes, yo exhibiría la firma del autor, prueba inapelable. Indudablemente sería absuelto.

El clavo ortográfico
 Para terminar raigo a mi artículo el famoso proverbio "El clavo" de George Herbert, sacerdote, orador y poeta galés publicado en su libro Jacula Prudentum en 1651. Comprobad como la ortografía puede derrotar a un rey.

El clavo

"Por la falta de un clavo fue que la herradura se perdió.
Por la falta de una herradura fue que el caballo se perdió.
Por la falta de un caballo fue que el caballero se perdió.
Por la falta de un caballero fue que la batalla se perdió.
Y así como la batalla, fue que un reino se perdió.
Y todo porque fue un clavo el que faltó".

La coma (el clavo ortográfico)

"Por una coma cambió su declaración.
Por su declaración se consideró culpable al reo.
Por su sentencia fue ejecutado.
Por su ejecución se rebeló el pueblo.
Por el pueblo en armas llegó la revolución.
Por la revolución se derrocó un rey.
Y todo eso por la humilde coma y su sorprendente poder"

sábado, 21 de mayo de 2016

Fascinantes historias de la ciencia 15. "En busca del fuego"


Del rescoldo de un tronco fulminado por el rayo tomaron la semilla del ser de luz roja y lenguas abrasadoras. Lo alimentaron y engordaron para que tuviera una vida larga y fecunda, para que pudiera crear muchos hijos con que extender su estirpe a lo largo del tiempo y del espacio de la vida del clan. Durante años conservaron su semilla protegida dentro de pequeñas calaveras; preservaron su aliento en el interior del cráneo descarnado de algún pequeño animal cazado con trampas. Él fue su luz y su calor, su defensa contra las fieras, la magia que ablandaba los alimentos, el brillo que les orientaba en la noche... pero un día el espíritu dorado se extinguió; por una extraña conspiración se apagaron las tres hogueras. Un lúgubre lamento se alzó desde la garganta de sus guardianes como pidiendo perdón anticipado por las vidas que se iban a perder.  

Tres hijos del clan, fuertes y jóvenes, partieron hacia el sur. Los más viejos hablaban de una montaña ardiente; en ella brotaba fuego de la tierra desde el interior de un pozo en la cima. Ríos de fuego se desparramaban ladera abajo de aquel monte humeante manteniendo viva su semilla largo tiempo. Era un fuego sin troncos, sin grasa ni hierba seca; un fuego que moría y se convertía en piedra;  pero su espíritu transmitía igualmente la magia de su poder a una antorcha. La montaña estaba lejos, ninguno de los jóvenes la había visto jamás.

Pasaron tres lunas mientras atravesaban territorios extraños. Ocultos de noche en cuevas y oquedades, caminando todo el día, cazando lo imprescindible, alimentándose con raíces y plantas en los arroyos... Llegaron así muy lejos hacia el sur, hasta la orilla de un lago enorme cuyas aguas, de salado sabor, se perdían en el horizonte.  En todo ese tiempo evitaron los encuentros con los otros aunque muchas veces estuvieron a punto de ser descubiertos; pero la gente del clan era muy hábil haciéndose invisibles en la naturaleza y sus cuerpos jóvenes aguantaban bien las privaciones de largas esperas inmóviles: podían incluso casi hibernar como un oso si era preciso, por nada se expondrían a fracasar en su misión.

En el norte el resto de la tribu sufría los mordiscos de las fieras y, los peores, del frío que ni siguiera la cueva detenía. Bajo las pieles, en la oscuridad de la noche, tras la empalizada alzada contra las alimañas; el sueño se veía alterado por el miedo, lo impedía el helado pavor a una muerte cierta.

Por fin los exploradores llegaron a la Montaña Cuna del Espíritu Dorado. Se divisaba a lo lejos su forma perfecta como la de un gigantesco hormiguero. Pero no se elevaba de su cima el oscuro aliento de la respiración del Dorado Espíritu. Cuando subieron a su cima observaron que la madre del espíritu había quedado yerma. Sus entrañas, antes rojas y humeantes, se habían convertido en piedra.

Entonces retornaron al Camino del Norte sabiendo que solo había una manera, que solo de una forma podrían llevar el fuego sagrado a su clan. Conocían que Los Otros estaban en posesión del espíritu dorado;  habían visto durante muchos días las columnas grises del humo que subían perezosas hasta el cielo desde sus  poblados y,  por la noche, distinguían los brillos de las hogueras entre las chozas. Pero Los Otros eran gente peligrosa: eran numerosos y siempre estaban listos para la caza y la guerra. Disponían de lanzas ligeras de largo alcance que (y esto era asombroso) eran capaces de arrojar desde muy lejos aunque su fuerza no era mucha. Los Otros formaban partidas de muchos cazadores y luchaban como enjambres. Los del clan los evitaban, no querían luchar en campo abierto contra ellos porque siempre perdían muchos hombres mientras que ellos parecían no acabarse nunca.

Hub, el más hábil rastreador de los jóvenes del clan, logró acercarse al poblado pasado el crepúsculo. Pasó la noche escavando un hoyo en las afueras del poblado, en el suelo, donde enterrar su cuerpo excepto la cabeza que camufló dentro de un arbusto. La tierra batida de los alrededores disimulaba bien los restos esparcidos en torno a su escondrijo. Entonces se hizo piedra y esperó el día.
La jornada en el poblado de los otros comenzaba al amanecer. Sus costumbres eran extrañas y complejas. Desde su posición a ras de suelo Hub se dispuso a observar.  No disponían de guardianes del fuego, por eso pudo llegar hasta allí sin ser descubierto por la noche,  pero los fuegos se habían apagado. Apenas asomó el sol en el horizonte uno de los hombre salió de su cabaña acercándose hasta donde estaba oculto el joven del clan y se plantó adormecido ante el arbusto. Hub evitó reprimió un grito cuando aquel chorro amarillo, caliente y humeante, se desparramó sobre su cabeza. El hombre, cuya dentadura mostraba que ya era viejo, volvió a la cabaña y salió después llevando un arco y un pequeño morral de piel en la mano. Se sentó en el suelo muy cerca del escondite del hombre del clan. Sacó de la bolsa de cuero una varilla de flecha sin punta ni pluma guía, una vértebra de uro y un trozo de madera seca.  Tomó la mazorca de una enea y la despeluchó haciendo una especie de nido con los vilanos. Preparó después un puñado de ramitas secas que colocó sobre la ceniza de una de las hogueras apagadas. El joven cazador del clan lo observaba fascinado mientras el viejo trabajaba durante un rato con un pequeño cuchillo de sílex sobre el trozo de madera: parecía querer abrir una especie de cuña transversal en aquella rama partida longitudinalmente. Después la dejó en el suelo sobre una hoja seca apretándola bajo la rodilla; mientras con la otra mano sujetaba el arco cuya cuerda había enrollado con una vuelta en la varilla y colocaba su punta roma justo sobre el ángulo de la cuña en la madera. El joven Hab, escondido, miraba incrédulo la extraña forma en que sujetaba la flecha al arco: evidentemente el viejo estaba loco. Éste finalmente sujetó el extremo superior con la vértebra de uro aprovechando un rebaje en forma de agujero tallado en el hueso.  Mantuvo así sujeta la varilla contra la madera mientras agarraba el arco por un extremo y empezaba a realizar un suave movimiento de va y ven. El hombre del arbusto seguía mirando cada vez más interesado. Por un momento no pasó nada. El ir y venir del arco se sucedía frenético y no encontraba sentido a la maniobra. De pronto una pequeña voluta de humo blanco ascendió desde la madera. La pequeña columna de humo se mantuvo y aumentó en los instantes posteriores hasta convertirse en una pequeña humarera. El hombre del arbusto, desde su escondrijo, miraba asombrado; ya no sentía el cuerpo abotargado por la obligada inmovilidad y olvidó que la sed le atormentaba cruelmente. Había visto con sus propios ojos el nacimiento del niño fuego y, estaba seguro de que aquel hombre viejo, aquel sabio de los otros, sabría hacerlo crecer: sus movimientos parecían seguros como los de un cazador experimentado. El viejo aceleró un momento el movimiento del arco y apretó con fuerza la vértebra sobre la varilla. Después arrojó el arco a un lado arrastrando consigo la varilla que salió despedida unos metros más allá. Luego se inclinó con cuidado sobre el tronco humeante y raspó con la punta de su cuchillo de sílex en el pequeño hoyo negruzco que se había producido. El rojo fulgor de una brasa diminuta cayó sobre la hoja. Después la llevó hasta el nido de vilanos y la hizo caer en su interior. Sopló vivamente hasta que el humo blanco empezó a salir por entre las finas vellosidades vegetales de las semillas de enea. Entonces lo cogió entre sus manos y lo movió de un lado a otro con movimientos rápidos. En un instante brotó una llama del interior de su interior y comenzó a arder. El viejo lo arrojó entonces sobre los palitos que había dispuesto en la hoguera apagada y esperó un momento a que comenzaran a arder, después colocó los troncos más gruesos que yacían apilados en un montón. El fuego empezó a crepitar y rugir con aliento poderoso.
La tribu se desperezaba. Las mujeres colocaron piedras redondas sobre el fuego y llenaron los odres para hacer la sopa del desayuno. Los niños cargaron adormecidos los pellejos para acarrear el agua y fueron bostezando hasta el arroyo. Los cazadores prepararon rápidamente su equipo y se sentaron alrededor del fuego a la espera del desayuno antes de la partida de caza. Cuando las piedras estuvieron calientes las mujeres cogieron unas ramas en forma de horquilla y sujetándoles con ellas las introdujeron en el interior de los odres. Un chorro de vapor ascendió anunciando que el agua había comenzado a hervir. La sopa la tomaban directamente de los odres ayudándose de conchas. Estas las traían de muy lejos los Habitantes de los Grandes Lagos del Sur y las cambiaban por pieles.

El día se le hizo muy largo a nuestro joven intruso. El dolor del cuerpo por la prolongada inmovilidad se le hacía intolerable;  peor aún resultaba la sed. Con todo se prometió a sí mismo que aguantaría oculto en aquella incómoda situación, su descubrimiento tenía tal transcendencia para el clan que no podía permitirse flaquear. La noche tardó en llegar. Cuando lo hizo se sentía presa de calambres insoportables. Los Otros no se retiraron inmediatamente sino que, al calor de las fogatas, pasaron mucho tiempo charlando, riendo y bebiendo un extraño brebaje que olía a semillas fermentadas. Hub creyó distinguir durante el día que lo preparaban cociendo cebada y dejándola reposar. Había nmerosos odres llenos de aquel líquido colgados en una de las chozas. Pasadas unas horas Los Otros danzaban felices, pero torpes y mareados, en torno a la hoguera como si hubieran ingerido setas venenosas. Bajo su vientre enterrado, por entre sus piernas, notó la cálida corriente de la orina: ya no podía aguantar más.  Cuando todos dormían, salió a duras penas de su agujero. Le costó horrores desenterrar su cuerpo acalambrado. Las piernas no le respondía y estuvo frotándolas un buen rato hasta que pudo incorporarse. Después se acercó a la fogata. Podía robar el fuego en ese mismo instante. Podía coger una gruesa rama bien encendida y correr hasta la colina donde le esperaban sus compañeros. Eso era lo que esperaban, pero delante de la hoguera y con una estaca encendida en la mano, tomó una decisión. Dejó la rama ardiente de nuevo en su sitio y se acercó sigiloso hasta la choza de aquel viejo de Los Otros que era el amo del fuego y levantó la piel que cubría la entrada con temor. Lo que pensaba hacer podía dar al traste con todos los esfuerzos realizados por los tres exploradores y el propio clan, pero merecía la pena. Buscó en la penumbra del recinto el morral donde el viejo guardaba los instrumentos mágicos que traían al mundo al hijo del espíritu dorado. Los vio apoyados en un rincón cerca del viejo que dormía solitario envuelto en pieles, pero no encontró el arco. Es igual, pensó, ya lo fabricaría él mismo; había visto bien como era. Luego despacio, con las piernas torpes y doloridas, se alejó caminando hacia la colina.

Cuando llegó sus compañeros le miraron alarmados. ¿Dónde estaba el fuego?¡Lo había tenido al alcance de la mano y volvía sin él! Defraudados por su incomprensible comportamiento le miraron con resentimiento y decidieron acercarse hasta los rescoldos de las hogueras y robar algunos tizones. Quizás lograran reavivar en el viejo Espíritu Dorado el aliento joven de su fuerza.  Pero el joven cazador se lo impidió. Les contó que los otros sabían encerrar dormido el Espíritu Dorado en un morral y que él sabía despertarlo. Tristes, incrédulos, se resignaron. No creían en absoluto la historia que les contaba, pero no les quedaba más remedio que esperar: en el poblado había muerto el brillo de las ascuas en todas las hogueras.

Al día siguiente el joven cazador quiso mostrar a sus compañeros la magia que había robado a Los Otros. Construyó un arco y trenzó fibras vegetales para fabricar una cuerda.  Luego probó cientos de veces a frotar con la varilla sobre la madera con ayuda del arco. Sus compañeros desesperaban. Irritados como estaban habían comenzado a pensar en abandonarlo; quizás aún pudieran hacerse con el espíritu latente en el ascua enterrada en ceniza de una hoguera abandonada. Decidieron volver al poblado esa noche y robar el fuego de sus hogueras pero fueron descubiertos por una mujer que  salió a orinar. Ante los gritos de la mujer toda la tribu cayó sobre ellos hiriéndoles gravemente. Antes de morir, al amanecer, tuvieron la oportunidad de comprobar con sus propios ojos la realidad de la magia que les había contado su amigo. Luego, fueron sacrificados por ese mismo fuego cuyo nacimiento contemplaron: en aquel poblado se comía a los hombres.

El joven cazador, en solitario, emprendió la marcha hacia el norte. Los días se habían vuelto grises y la niebla se alzaba sobre los ríos. Pronto llegaron las lluvias y, más al norte, la nieve brillaba ya sobre las montañas. Se detenía muchas veces a practicar con el arco y la varilla. Hubo de trenzar muchas cuerdas rotas por el uso. La madera que usaba el viejo se había vuelto inservible hacía tiempo horadada por tantos agujeros. Buscó otra intentando que fuera del mismo árbol. Había pulido infinidad de varillas. En cada intento lograba iniciar una débil columna de humo, pero no conseguía llegar a formar la mínima brasa en sus maderas. La humedad le penetraba hasta los huesos y la tristeza por su fracaso, por sus compañeros muertos y por su clan desvalido le atenazaban. Probaba cada día frotando la varilla pero seguía sin despertar del todo el Espíritu Dorado, tan solo lograba entrever el lejano aliento de su respiración.

Llegó el último día de su viaje y el sol lucía raramente esplendoroso en el cielo. Estaba muy cerca ya del  territorio del clan. Apenas le quedaba cruzar las oscuras montañas que se contemplaban al sur desde su cueva y, que ahora tenía enfrente. Eran montañas de rocas negras de basalto que se calentaban con el sol llegando a ser abrasadoras al mediodía. Se apoyó en una de aquellas rocas desesperado. Por sus mejillas rodaron las lágrimas y cayeron sobre la roca; estaba tan caliente que se secaron enseguida. Sacó de su morral los instrumentos mágicos aunque, pensaba ahora, seguramente habían perdido su poder. Los esparció en el suelo dispuesto a hacer un último intento. Pero tuvo que retirarse a la sombra de una grieta. La desesperación le invadía y lloró de nuevo largamente. Al fin decidió afrontar su fracaso, su crimen contra el clan. Volvió la vista hasta la roca donde estaban esparcidos el arco, la varilla, la madera y la vértebra. Pensaba dejarlo todo allí; ninguna de aquellas cosas servía para nada. Antes de resignarse por completo decidió hacer un último intento. Caminó hacia ellos sobre la superficie abrasada de la roca. Aquellos instrumentos llevaban varias horas calentándose sobre ella y ahora estaban calientes y secos. Enroscó la varilla en el arco, sujetó la madera con la rodilla y aplicó con fuerza la vértebra sobre la misma. El aliento del Espíritu Dorado no tardó en aparecer; pero esta vez empezó a crecer y a hacerse vigoroso. Pronto una pequeña columna de humo se elevó hasta su nariz. Hub inspiró excitado el acre olor de aquel humo e imprimió más rapidez al movimiento del arco. Instantes después apartó la varilla: una brasa diminuta se mantenía humeante entre el hollín ennegrecido. Se apresuró a coger un puñado de vilanos de enea y vertió sobre él mismo aquella ascua diminuta. El Espíritu Dorado despertó de pronto y su llama prendió en aquellas finísimas vellosidades.

El clan aprendió a convocar al Espíritu del Fuego aquel año. También aprendió que no solo el agua, sino también la humedad es un veneno que le impide nacer. Las montañas oscuras fueron declaradas sagradas. En algunos días claros sube todo el clan hasta las rocas y hacen una gran fogata. El fuego dura allí toda la noche. En esa noche toda la gente del clan baila y ríe alrededor del fuego y se cuentan historias. Al cabo de unas horas empiezan a ser poseídos por dentro por el Espíritu Dorado y perciben en sus estómagos un calor renovado;  el joven Hub también había recordado como los otros fabricaban su cerveza.

martes, 17 de mayo de 2016

El niño y la cuerda


Veo esta foto publicada por el diario El País  y me viene a la memoria el recuerdo de las vacas de mi tío Felicísimo en el pueblo de Ayuela de Valdavia en la media montaña palentina. A ellas también se las sujetaba así: se clavaba una estaca en la tierra y se la ataba una cuerda que después se anudaba a la pata de la res. Así pastaba tranquila en un radio adecuado y no se escapaba. También vi aplicar el procedimiento a alguna de las mujeres del pueblo para con sus hijos. Cuando tenía que realizar alguna tarea en el campo, que era muchas veces,  y no pudiendo dejar al niño de otra manera, le sujetaba una cuerda al pie exactamente igual que como el niño de la foto, pero con la salvedad de que era más larga y le dejaba en un prado extenso. Ella mientras tanto realizaba sus inexcusables  labores no muy lejos de allí estando al tanto en todo momento de las evoluciones del pequeño. Pero es que el niño, que conocí bien, se las traía: más de una vez se metió jugando bajo las patas de las vacas y en otra ocasión casi lo atraviesa el rastrillo de púas de una segadora que se abatió sobre él cuando soltó el perno que lo sujetaba. Así que, a los que se horrorizan de la imagen, ya les asignaba yo la obligación de cuidar niños así y terminar su interminable ración de tareas agrícolas en los tiempos de Franco.  Para su tranquilidad les diré que el niño en cuestión no presenta problemas psicológicos en la actualidad ni vio su personalidad reprimida por este sistema, para algunos escandaloso, pero no menos efectivo que una cuna, una trona, un cuarto cerrado, un patio diminuto o, simplemente un bar-guardería de los que los padres actuales son tan aficionados en estos tiempos. 
Algo mucho más espeluznante es el sistema del enterramiento en arena que algunas mujeres chinas de la pasada generación practicaban con sus hijos de pocos meses cuando tenían que trabajar y no podían recurrir a nadie para que les cuidara. El procedimiento consistía en enterrarles en arena hasta la cintura y dejarles allí durante horas mientras ellas realizaban su trabajo. Efectivamente no tenían accidente alguno, pero estudios psicológicos años después mostraron que terminaron adquiriedo una personalidad pasiva y acomodaticia: nunca presentaban problemas, apenas protestaban... mostraban los síntomas de los animales  recluidos en cautividad. 
Hoy día, sin embargo, es muy fácil indignarnos y acusar a aquellas madres de crueldad; pero no tenemos en cuenta que ellas, quizás, ya fueron educadas así: es lo que conocieron y es lo que les enseñaron a aplicar. Y, lo más terrible, posiblemente no tenían otro remedio. La vida era muy difícil y era necesario trabajar. No debemos juzgarlas a la ligera: ¿Qué haríamos nosotros en su tiempo y en su cultura? Pienso en el  pequeño con el pie sujeto de mi pueblo y lo veo aplastado por las patas de las vacas o traspasado por el peine de púas de la segadora... Creo que aquella madre eligió la vida, la que podía darle. Francamente, no me atrevo a juzgarla desde mi cómoda posición actual. ¿Tú sí?   

sábado, 14 de mayo de 2016

¿Para qué sirve un poema?


Un poema sirve para pensar:
lo construyes en tu mente
convocando los recuerdos,
ordenando las ideas,
probando alianzas de razones
que buscan maridajes perdurables.

Un poema sirve para sentir:
es barajar emociones;
mostrar afectos, 
repartir penas,
regalar alegrías, 
acercar caricias
y jugar con las sorpresas.

Un poema sirve para curar;
es terapia de papel y pluma,
receta de los milagros...
El principio activo de los versos
es la humilde medicina del alma,
dosis de palabras que alivian y sanan;
conjuro en papel que vivifica el espíritu.

Un poema sirve para hablar
en primera o segunda persona:
contigo, con Dios, con uno mismo;
con él desconocido que se hace tú;
con otro yo, o yo mismo en todo tiempo.

Un poema sirve para soñar,
para armar edificios imposibles,
para imaginar lo que nunca vimos, 
y dibujarlo en el papel con las estrofas;
para iluminar lo que se apagó
para apagar lo que brilla demasiado.

Un poema sirve casi para cualquier cosa; 
pero no vale para hacerse rico,
ni perseguir la gloria en el instante,
solo, acaso, para vivir pobre,
para tener poco, 
para luchar mucho y 
para ser el secreto guardián
de una rara felicidad.

viernes, 13 de mayo de 2016

El trece de mayo ...



"El trece de mayo
la Virgen María
bajó de los cielos
a Cova de Iría.

Ave, ave,
ave María"
13 de mayo de 1967.
La mañana es fresca y hermosa. Los castaños de indias cuelgan sus lámparas florales blancas y rosadas. Con ayuda de mi madre alcanzo algunos ramos. Será mi contribución a la ofrenda de flores en la clase. Todos los niños llevan flores para adornar el rincón donde una imagen de escayola de una Inmaculada de Murillo tiene su altar. Allí está, elevada sobre banquetas forradas de telas coloridas y brillantes. En el Liceo Castilla es una tradición arraigada: ofrendas y adornos florales, decoración y limpieza dirarios, cantos y rezos en entradas y salidas... La Virgen es muy importante en la vida de la congregación y su devoción se expone (perdón, más bien se impone) en el cole.
Todos los niños llevan flores. Pero yo no puedo comprarlas. Mis padres apenas tienen dinero para pagarme los libros los plumieres y la tinta. Pero es tan poderoso el deseo de colaborar... Las flores ¡son tan hermosas...!. Gracias a Dios este años llevaré un ramo. Mis pequeñas manitas cortan con dificultad los delicados racimos de flores nacaradas. Y un perfume fresco y dulzón me acompaña todo el camino hasta el patio del cole, hasta la fila, por el pasillo, hasta el pupitre ... y se mezcla con el aroma moribundo de las flores secas, ya marchitas, en los jarrones...
"Venid y vamos todos
con flores a María,
con flores a porfía,
que madre nuestra es..."

miércoles, 11 de mayo de 2016

Comer, Joder, Caminar.


¡Un siglo desde su nacimiento! ¿Quién lo diría: Camilo José Cela sería hoy centenario! La fecha merece que dedique algún tiempo a escribir una entrada en su honor (o deshonor). Voy a utilizar las siglas de su nombre CJC como estructura para ello; pero, como él mismo se encargó de sugerir, las emplearé con otro significado, el que él las daba pues resumían sus tres actividades favoritas: Comer, Joder y Caminar.

Me empuja a ello la mezcla de admiración y repulsa que me inspira el personaje.

En algún punto de nuestras biografías pisamos lugares comunes. A los 15-16 años yo estudiaba en Tuy (Pontevedra). Residía en el Juniorado Marista de Tuy, en una finca llamada Lagarateira que fue propiedad de su abuelo.  CJC vivió allí algunos momentos de su infancia. Él recuerda esa época en sus escritos. Por ejemplo desde esa misma finca en la que yo he plantado algunos manzanos con mis propias manos, jugado al fútbol o merendado caquis, nísperos y uvas cogidos directamente del árbol; él compartía confidencias y aventuras con su primo:
El abuelo tenía dos huertas, la de arriba y la de abajo. La de arriba era donde estaba la casa (daquela na rúa do Rollo 1, hoxe Maristas) y la bodega y los gallineros, que eran dos. En la de abajo también había una casa y un almacén. La casa la tenía el abuelo alquida a un capitán del ejército portugués, emigrado político. El portugués tenía una noble prestancia, un hermoso bigote y un ford, parecido al de Lozano. Era monárquico “paivante”, partidario de Paiva Couceiro, y había andado a tiros en defensa de sus ideas. En la familia de mi madre, eso de que la gente tratara de propagar sus ideas corriendo la pólvora, como los moros cuando se ponen contentos, era tenido como propio de razas inferiores. Alguno de los descendientes de aquel tronco (yo, por ejemplo) heredó esa manera de pensar. El almacén, que también estaba alquilado, ardía todos los años; parece ser que eso de los seguros contra incendios, si se saben hacer las cosas con algo de discreción, es rentable, muy rentable. Como es lógico, yo ignoraba –y sigo ignorando- quién era el dueño de los fósforos y de la anual lata de petróleo.
La huerta de arriba estaba separada del cementerio por una alta tapia, toda llena de nichos por la parte de allá. De noche, subiéndose a los árboles de la huerta de arriba, podían verse los fuegos fatuos paseando por entre las tumbas, los ángeles de piedra y las cruces de hierro como fantasmas. Mi primo Manolito era muy entendido en fuegos fatuos.
- ¡Mira, mira –me decía con voz susurrante, desde los alto del cerezo-, aquel fuego fatuo debe ser Montes, el confitero, que siempre estaba hinchánodse de cañas y bartolillos!
- Ya, ya –le respondía casi sin poder respirar.
- ¡Y aquel otro, seguramente es el canónigo Freijomil, que murió de viruelas!

En 1989, estando yo impartiendo 8º de EGC (actual 2º de ESO) en Arganda del Rey, le fue concedido el Premio Nobel. Aproveché el acontecimiento para trabajar el autor con los alumnos y realizar un libro sobre el escritor. Al final, el trabajo, con más ilusión por mi parte que por mis alumnos, se plasmó en un ejemplar encuadernado por nosotros mismos con muchos recortes de prensa y algunas aportaciones propias o resúmenes de los chicos (especialmente de las chicas). Hice dos copias: una, quizás, aún se conserve en el centro, con encuadernación casera a lomo pegado, y la otra aún la guardo. La tengo ante mí. Entre otras cosas le escribimos una carta. Teníamos la vana esperanza de que nos respondiera. Pero Cela nunca fue un sentimental y, además, no creo que la leyera siquiera. La transcribo aquí:
"Nuestro querido amigo Camilo José Cela: Somos los alumnos de 8º curso del colegio público Rosalía de Castro. Llevamos un rato discutiendo la manera como deberíamos saludarte y pensando como  y qué te diremos en esta carta. Hemos pensado tutearte, creemos que no te enfadarás. Nos hace ilusión escribirte porque nos caes simpático y además has ganado el premio "gordo" (no te lo tomes a mal). Levamos una semana trabajando sobre tu persona y tu obra. Con los folios de nuestro trabajo haremos un libro para el colegio. No se nos olvida, no creas, el felicitarte por el Nobel: ¡Enhorabuena!Nos gustaría que nos contestaras pero sabemos que estás muy ocupado. Como somos de Arganda sentimos curiosidad p or saber más cosas del personaje "El Mierda" que describes en tu "Viaje a la Alcarria". ¿Puedes enviarnos algún dato más? Nos gustaría investigar sobre su atropello por nuestro tren, el llamado: "Tren de Argandaque pita más que anda"Tenemos que despedirnos. ¿Imaginas lo difícil que es escribir una carta entre dieciséis personas? Así que un saludo de toda la clase."
Firmamos todos: Pablo, Joaquín, S. caballero, Mª Eugenia, Patricia, Gema, Leonor, Raúl, Juan, Raquel, José Manuel N., Mª José, Dulce, Silvia, José Manuel E. y el profe: Jesús. 

Leí alguna vez "La familia de Pascual Duarte" allá, creo, por los años setenta, cuando estudiaba magisterio. También, por aquella época, Viaje a la Alcarria y, probablemente, La Colmena (aunque de esta última novela no estoy completamente seguro). Como su lectura era amena y sugerente me atreví incluso con sus experimentos formales: "Oficio de tinieblas" y algo de "Cristo versus Arizona". Muchos años después, viviendo yo en Guadalajara, me interesé  por su Regreso a la Alcarria y lo leí de los tres tomitos que publicó el diario El País en su momento. Vivía por entonces CJC ya en Fontanar, en compañía de Marina
Castaño. Sentía yo cierto morbo por esa boda de un señor tan mayor (con imagen de viejo verde) con una señora tan joven y guapa. Juzgué aquello probablemente como lo que era: una pulsión sexual por la carne joven y la necesidad de autoafirmarse de un enorme ego.

En Guadalajara, tan cerca de Torija donde está el "Museo del Viaje a la Alcarria" me apliqué a seguir sus pasos por algunos de los parajes más singulares del libro. Visité Torija, me llegué hasta Gárgoles de Arriba y de Abajo, paseé  por Cifuentes, caminé desde Trillo a las Tetas de Viana  (él lo hizo en carro) y superando la vaguería del maestro ascendí hasta la teta derecha, la única accesible. Allí se perdió un momento que hubiera sido memorable en su libro, pues el paisaje y las sensaciones son extraordinarias. En el segundo viaje a la Alcarria intentó alcanzar sus cimas en globo, pero el viento es caprichoso y hubo de desistir. A lo largo de estos años he recorrido muchos de los pueblos por los que transcurre su viaje y todos conservan recuerdos de su paso y placas conmemorativas.

COMER
Quizás hoy, el orondo Camilo José Cela de antaño, no aguantara ni un par de cucharadas de gachas en cualquier restaurante de Guadalajara, una provincia a la que tenía afición. Esto más bien por la edad que por la mórbida obesidad a la que era propenso; de esto último salió al paso al parecer cortándose un trozo de intestino, con lo que la ingesta sería la misma, pero la "gesta" menor.
Era muy conocida su pasión gastronómica y su afición al buen yantar. Recuerdo un anuncio de TV en que le preguntaban:  ¿"Unas Migas Don Camilo?  - Hace -respondía, con indisimulada gula-.
Cuando su mujer, Marina Castaño, le mandó los fines de semana a correr por los montes de El Pardo para hacer deporte, el obeso literato se enfundaba el chándal y las deportivas y cumpliendo órdenes de su cónyuge se iba a hacer deporte y, de paso, a ver a un guarda encargado de una manada de jabalíes que por el monte habitaban. Iba acompañado de su escolta. Pero, tras los primeros pasos, cambiaba su ruta y terminaba apareciendo en el Restaurante Asador Casa Ricardo u otros conocidos restaurantes de la zona. Allí acababa engullendo raciones de callos, lacón y caza bajo la mirada del vigilante. Acabado el festín persuadía a su fiel vigilante para que guardara el secreto bajo pena de baja laboral. Marina, su mujer, nunca se explicó su falta de apetito tras aquellas sesiones deportivas: "¿No te habrás pasado haciendo deporte?" -le decía. "No mujer, es cansado, pero...".
Alguno de sus biógrafos aseguraba que le provocaba repulsión la "coca-cola, la moqueta,  la comida basura, los que se pasean en Chándal,...". No obstante, forzado por Marina a vestir esta prenda que repudiaba evitaba pasearse con ella y acababa recalando en algún restaurante.De este modo alimentaba su cuerpo y su inspiración literaria con un buen yantar. En su despensa, contaba, siempre había un buen jamón, queso y un cuchillo.

Fue llamativa su metamorfosis corporal: de un Cela delgado, huesudo más bien, pasó con el tiempo a colgar papada y adelantar tripa. Llegó a pesar 111 kilos según confesión propia y bien pudo saberlo pues durante más de veinticinco años subía a la báscula nada más levantarse y apuntaba su peso. A medida que olvidaba la primera de sus aficiones alimentaba la segunda: abandonó los paseos, los viajes a pie y se dedicó a hacer segundos viajes "con choferesa", viajes que eran sobre todo "parada y fonda".


JODER

Según nos cuenta él mismo y su propia mujer y heredera, Marina Castaño, tuvo encuentros sexuales con innumerables mujeres. De resultas de aquellos "polvos" vinieron varios "lodos" en forma de hijos (reconocidos o no) muchos de los cuales fueron bautizados como "Camilo José".  Yo pienso, más bien, que la mayor parte de las hazañas sexuales de las que presumía el autor no eran en realidad más que "sexo oral" o, según el contexto "escrito".
Sus libros de viaje, que incluyen Viaje a la Alcarria (1948), el más célebre, y Del Miño al Bidasoa (1952), le dieron cierta fama de hombre andariego, fornicador y tragaldabas.

Es CJC el más notable recolector de términos de cuantos vocablos se rozan con el sexo. Estas expresiones fueron objeto de rigurosos estudios por su parte e incluso forman el contenido de completos diccionarios que escribió al efecto. El intento más riguroso en Lengua Castellana en este sentido le corresponde a él. Cela pretendió hacer un extenso diccionario de todas las palabras así consideradas, pero finalmente sólo pudo terminar tres volúmenes: "Serie Pis- y afines" sobre los nombres del pene, "Serie Coleo- y afines" sobre los testículos y "Voces relacionadas" donde trata de incluir otras palabras. En estas series se analizan estos términos de forma precisa desde el punto de vista lingüístico y literario, los orígenes, el uso y los significados de palabras consideradas por algunos como "malsonantes".

Hoy día se sabe que el joven Cela, el autor de "La Colmena" se autocensuró muchos párrafos en su edición por temor a no pasar la censura de  la época. Una iniciativa trata de editar la obra con todo el contenido original coincidiendo con este centenario.

En realidad nunca tuvo amores con mujer alguna (el amor y el cariño le parecían una cursilería). Él sólo se amaba a sí mismo.

CAMINAR

Cela describe su Viaje a la Alcarria como "el cuaderno de bitácora de un hombre que se aburría en la ciudad, cogió el morral y salió al campo a que no le pasase nada». Sería algo así como un escritor de blogs, pero con más profesión literaria y con la libertad que da no depender de la inmediatez. Bien se  pueden así recomponer los relatos, embellecerlos, incluso inventar lo necesario. Me gustaría comparar sus cuadernos de notas con las ediciones finales de la obra (según me consta existen ediciones facsímil en, por ejemplo, el museo del Viaje a la Alcarria de Torija, Guadalajara). Él mismo reconoce que hubo personajes de los que no escribió (por tener estos problemas con la justicia), y sucesos que le ocurrieron que calló.  

Si su declaración de intenciones al emprender el viaje a La Alcarria es cierta está claro que no pretendía escribir una obra popular, sino más bien se trataba de un ejercicio de aprendizaje. La verdad es que le salió de matrícula. Él mismo fue el primero que se sorprendió por el enorme éxito de este libro sencillo y llano que narraba las andanzas de un viajero sin rumbo ni propósito por una comarca reseca y gris de la áspera Castilla. Importantes editores se hicieron eco inmediato de su aparición y se apresuraron a incluirlo en la selectiva Colección Austral.

El caso fue que le salió, con facilidad, un personalísimo libro de viajes. De su maestría dan fe el que ni la zona, ni los personajes, ni los motivos tienen la grandiosidad que podría esperarse de un viaje. No se trata de parajes espectaculares, ni sus personajes son héroes o grandes hombres, ni tenía una finalidad comprensible a los paisanos (que siempre sospechaban intenciones ocultas en su aparente vagabundeo). Esa despreocupación por los valores que la sociedad tasa en muchos quilates le hace fijarse en pequeñas joyas que suelen pasar desapercibidas y que él pule como nadie acumulando un tesoro literario impensable. 

Aunque a mí me parece que cada libro de viajes de Cela es una cacería. No quiero dejarme engañar por el camuflaje de sus sentimientos (a veces, pura ficción, sospecho). Él va a lo suyo: a vampirizar expresiones populares, costumbres sorprendentes, sucesos vitales de los que se apropia y, eso sí, los recompone con maestría, con profesional eficacia.Y también pienso que en el resto de su obra, y de su vida, se comportó del mismo modo.

Pero estoy mirando la foto que encabeza la entrada, esa en la que le veo decidido y risueño caminando por los resecos caminos de la Alcarria y allí me reconozco. Caminar (en eso opino como él) es vivir: ayuda a pensar, a valorar el presente, a dejar atrás el pasado, a soñar el futuro...Como dijo otro escritor y gran poeta: "Caminante no hay camino, se hace camino al andar", es decir: La meta es el camino. Y eso,  por entonces,  lo sabía bien. ¿En qué momento pareció olvidarlo? 

domingo, 8 de mayo de 2016

Fascinantes historias de la ciencia - 14: "Hypatia de Alejandría"


Hace una semana participé en un programa radiofónico realizado por las presas del penal Alcalá-Meco I. E El espacio se llamaba "Entre nosotras" y creo recordar que se emitía de 11:30 a 12:15 en la frecuencia 90.5 FM. Mi papel, aparte de colaborar espontáneamente desde uno de los micrófonos leyendo alguna noticia del resumen de prensa con que se iniciaba el programa consistía en exponer un personaje en la sección de Mujeres en la Historia que ocupaba la segunda parte de la emisión. El personaje que había elegido era Hipatia de Alejandría, la extraordinaria mujer y científica que vivió en el ocaso del esplendor de la Biblioteca de la ciudad de Alejandría.

Yo había preparado concienzudamente desde hacía meses mi intervención. Tenía resumidos y preparados amplios aspectos de su vida y, especialmente, su muerte; había investigado largamente sobre su biblioteca, seleccioné cuidadosamente unos cuantos pasajes musicales de Tenergy (un grupo musical de rock progresivo que ha editado temas dedicados a personajes históricos, entre ellos Hipatia); confeccioné líneas temporales para no perderme en el bosque de fechas históricas, recopilé testimonios, realicé reseñas biográficas de los distintos personajes que la rodearon, analicé la polémica película de Ágora de Alejandro Amenábar centrada en su figura, escribí un juicio dramatizado al presunto instigador de su muerte el Patriarca  y santo por la iglesia: San Cirilo de Alejandría...

Pero cuando me presenté en el pequeño estudio en el que apenas cabíamos 5 personas sentadas y dos de pie a mis espaldas, me dejaron claro que no daría tiempo siguiera a dramatizar el juicio que había previsto. Así que me limité a hablar durante algunos minutos de la vida de esta extraordinaria mujer dejando inéditos en mis apuntes multitud de datos y anécdotas que tenía preparadas. Así, sin lectura alguna, improvisando hilvané una breve biografía y dejé que el azar y las preguntas que iban surgiendo entre las chicas invitadas (reclusas del centro) fijaran los derroteros por donde discurriría mi presentación.

Aunque la charla resultó fluida, a veces interrumpida generosamente por las tertulianas (dándome ocasión de oxigenarme y encauzar el discurso), el director del centro me indicó enseguida el reloj: ¡Dios  mío! -pensaba para mí mientras hablaba- ¡Sólo me quedan cinco minutos y apenas he desarrollado su juventud! Así que, rápidamente, saltando sobre el capítulo que hablaría de sus méritos científicos, de sus estudios y descubrimientos, de sus publicaciones... hablé de su muerte haciendo un resumen rápido de ese hecho de impresionante brutalidad. Tampoco pude analizar las posibles causas y los instigadores de su muerte cruel así como las consecuencias que tuvo el hecho. Todo resultaba demasiado rápido. Intenté rematar la charla lo mejor que pude. Con la música de la sintonía terminando el programa respiré aliviado: no me había aturullado, no tartamudeé ni me bloqueé, no cometía ninguna torpeza verbal destacable... y tampoco hablé mucho de Hipatia, la verdad.

Para ser mi primera intervención radiofónica en la vida, no salió demasiado mal. Pero me quedó la sensación de que la radio obligaba a una desagradable frivolidad. Las prisas, el querer mostrar a toda máquina cosas interesantes, curiosas, divertidas... obligaban a pasar por alto muchas cosas importantes. La radio no es, desde luego, el lugar de las horas serenas que a mí me satisfacen.

(Puesto que los resúmenes y los materiales están ya elaborados, los dejo a disposición del que quiera descargarlos. No son tan completos como otros muchos en los que se basa, pero quizá puedan ayudar a más de uno)



(Materiales para un programa radiofónico sobre Mujeres en la Historia)

AGORA la película.doc
Algunos personajes.doc
Biografía de Hypatia.doc
Consecuencias de su muerte.doc
HIPATIA cómic.pdf
Juicio a Cirilo.doc
La biblioteca de Alejandría.doc
Línea de tiempo.doc
MÚSICA Hypatia de Telergy.doc
Preguntas y respuestas.doc


* El autor del blog ha utilizado y recopilado citas y textos de muchos autores que no aparecen citados, pero son todos ellos accesibles en la red. Las principales fuentes son textos históricos aunque también hay aportaciones obtenidas de monografías, wikipedia, etc. Siento no poder citar a todas ellas. Los dibujos corresponden a un cómic de Daniela Andrea Mohina, ingeniera en diseño gráfico.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Epitafio


Yo no quiero ir a ningún entierro, especialmente al mío. Pero cuando el óbito se produzca allí estaré, muy quietecito, callado para siempre. Entonces, a las puertas del reciclaje, será tarde para hablar, será imposible decir lo que deseo. Por eso me anticipo a la cita del destino. Como un Cid Campeador en su última batalla,  sin ser guerrero, así ganaré una batalla a la muerte. Dejaré escrito mi epitafio. No todo morirá: algo podré decir aún. Estas líneas que escribo harán palpitar de nuevo un corazón: mi alma perdurará en estas palabras.

     A los que os reunís aquí, a los que me apreciaron o simplemente me conocieron, a los que forzados por las circunstancias habéis venido, a los que aprovecháis para apretar los lazos de la familia aflojados por la distancia... y a los ausentes. A  los que quise, a los que os apenáis, a los que sonreís en el encuentro y reís en la conversación pendiente... no os preocupéis por mí. Regreso a donde partí. 
 Yo, que siempre me sentí un poco solo, ya estoy acostumbrado. Ante la certidumbre de la muerte todos los equívocos serán despejados. Al fin declaro mis buenas intenciones. Confieso mis errores (de los que no me arrepiento demasiado, la verdad). Viví como pude. Gocé cuanto quise y me dejaron. Sufrí lo que me tocó o lo que adquirí por mi cuenta. Amé a mi manera. Dudé demasiado. Trabajé cuando no tuve más remedio, pero preferentemente soñe. Reí mucho por dentro y poco por fuera. Bendije las lágrimas cuando vinieron a visitarme. Canté mientras fue hermoso. Escribí con frenesí. Jugué mucho. Miré a todas partes, especialmente dentro de las cosas, aunque  poco dentro de las personas... y finalmente morí. 
 Voy a hacer un guiño a la cultura japonesa y redactar un poema de despedida. Os dejaré mi legado espiritual. Aquí está mi  jsei no ku, mi poema de despedida.

Cuatro millones de años de experimentos...
¡vacía la redoma y prueba otra vez! 

Aunque en tanto meditaba, se me ocurrían otros epitafios que son frutos de mi admiración por el gran cínico Diógenes: 
Salí a dar una vuelta,
me vuelvo porque llovía.
Tantos cálculos complicados
para terminar siendo arena. 
Nunca pude hacer gran cosa
y ahora mucho menos.
 Yo, en la vida, ya descansé en paz;
es ahora  cuando empieza la feroz actividad de los gusanos.

Vimos Bones tantas veces
que sabrás más de mí por mis huesos muertos
que por tantos años en carne viva. 

Cuando escriban en facebook la noticia de mi muerte: 
una oleada de clics barirá mi redord de "me gusta"


Ya, más en serio al final de las puertas de la nada, os digo adiós:

Caminé entre vosotros
¿me visteis pasar?
A los que me mirásteis
recordad mis ojos. 
A los que os apartábais
no os molestaré más. 
A los que me saludábais
Hasta la vista 
A los que me adelantásteis
ahora os alcanzo
A los que dejé atrás
nos veremos pronto.