Yo fui un niño pobre. Esto, básicamente, consiste en tener muy poco dinero. Ser pobre no es necesariamente malo. Este axioma de Perogrullo explica muchas cosas:
- No tienes vestidos caros; pero tu madre te hace unos monísimos con retales de saldo... - No tienes juguetes de grandes almacenes; pero aprendes que todas las cosas son jugables... - Pasas apuros para comprar el material escolar; pero te apañas con engrudo, sacar punta con el cuchillo en casa, y cuidar tus pequeñas pinturas como tesoros... - No tienes apenas propina; pero sabes las tiendas más baratas, masticas más veces el chicle, compras los indios a plazos y encima ahorras... - Tu casa es oscura, pequeña y abuardillada; pero pasas la vida en la calle, te subes al tejado, exploras todos los territorios de alrededor... - En tu plato faltan buenos filetes, bollos y postres deliciosos; pero tienes sopa, patatas y lentejas. Y lo comes siempre. Y lo comes todo. ¡Y te gusta!
Sin embargo hay veces en que los demás (más ricos) no entienden esto. Entonces surge un "conflicto cognitivo":
- ¡Tú eres pobre, no tienes dinero y por tanto no puedes ser feliz y además eres un mierda!
Al pobre niño pobre el insulto le llegó al alma. Se puso pálido. Las lágrimas empezaron a rebosar los párpados...
El hermano Cañón desde su mesa lo vió hundirse, rodeado del implacable grupo que lo acosaba. El pobre niño pobre sintió sus pobres ropas aún más rahídas. Se notó más delgado por no comer bien. Miró su estuche y le pareció pequeño y triste al lado de los hermosos plumiers del resto...
-¡Pero qué decís! ¡Si su padre tiene un millón de pesetas! - Salió al paso el hermano echando un capote a la pobre víctima pobre.
Los ricos cahorros de la manada se miraron asombrados: - ¿Sería verdad? Tenía que serlo si lo decía el hermano...
-¡Dejadlo y vamos a jugar!
El pobre niño ¿pobre? se quedó perplejo mientras el grupo hostil se alejaba. Quizás su padre tenía ese dinero guardado y él no lo sabía...
El hermano Cañón miró pensativo a su alumno. Mientras este se quedaba sólo en su pupitre...
El pobre niño pobre creció. Dejó de ser pobre. Se hizo adulto. Por fin comprendió.
Grabadas a fuego, en algún secreto lugar del hipocampo, perduran nítidas las emociones de la primera película en colores que vi en mi vida: Pinocho (De W. Disney). Pepito grillo caléntándose el trasero en el fuego de la chimenea, Pinocho fascinado por el parque de atracciones... Son imágenes que me hipnotizaron a los 6 años y cuyo influjo perdura después de cuatro décadas. Entonces descubrí la magia del cine.
Desde hacía meses mis padres me habían sacado el carnet que me permitía acudir al cine del Liceo Castilla. Había que pagar una cuota mensual que siempre era mucho para mis pobres padres, pero que se esforzaban en pagar sabiendo de mi ilusión. Yo acudía a aquel enorme y cálido salón emocionado. La primeras películas eran en blanco y negro. Cuando las huestes a caballo de Sir Ivanhoe llegaban al bosque entre vítores y cánticos de los campesinos me entusiasmaba como ellos mismos. De él aprendí que para saber si una moneda de oro era falsa había que morderla... ¡Cuántas veces salíamos del cine amagando duelos, persecuciones de índios y grandes tiroteos!
Más tarde acudíamos los domingos al cine del Círculo que tenía un salón enorme. El salón era utilizado para los actos sociales y religiosos de la entidad, pero el domingo por la tarde era completamente nuestro. Al final de nuestra estancia en Barrio Gimeno costaba 1 pesetas (tanto como toda nuestra propina, por lo que había que pedir una paga extra especial). Aún recuerdo aquellas butacas de madera que golpeaban y crujían durante toda la película. No importaba mucho porque el estruendo de las películas del oeste era aún mayor.
Cuando tenía 10 años los Reyes me regalaron una máquina de "cine Nic". ¡Con cuánta ilusión la recibí!. Exploré cuidadosamente su mecanismo, estudié sus películas, hice algunas propias y pasé ratos estupendos manipulando y jugando con mis proyecciones. Duró más de una década hasta que el cable retorcido fundió con un cortacircuito el casquillo de la bombilla de 40 W que utilizaba. Este juguete patentado en 1931 tuvo ventas millonarias en todo el mundo hasta su descatalogación en 1974. Sí señor. Un juguete bien hecho.
Los fines de semana íbamos al cine "de verdad". El mítico cine Rex acogió la los 3 hermanos Grande en maratonianas tardes de sesión contínua. Entrábamos aproximadamente a las 3:30 y veíamos las películas 2 veces. Como eran sesiones dobles nos tragábamos 4 pases en total ¡y no nos aburríamos!. Curiósamente en la segunda pasada la película nos gustaba más. Volvíamos a casa entre sonámbulos y hambrientos hacia las 10 de la noche. En aquella época apreciábamos héroes y personajes como El Zorro, Fantomas, Trinidad y Fu-man-chú (cuando veo alguna de esas películas hoy en día me quedo estupefacto: ¿cómo es posible que nos gustaran eso?)
Entraba en la adolescencia en tierras de Arévalo. Vivía en el Juniorado Mayor marista junto con una cincuentena de compañeros. Las instalaciones eran magníficas y teníamos ¡un cine para nosotros solos!. Allí tuve la oportunidad de sentir físicamente el contacto con el material de los sueños. Tuve en mis manos las cajas metálicas de película envueltas en sus sacos de lona y etiquetadas (llegaban todas las semanas y había que llevarlas a la sala de proyección). Los grandes proyectores con iluminación a base de arco voltáico (los electrodos de carbono desechados fueron examinados minuciosamente en cuanto tuve ocasión). La selección de películas y las orientaciones ideológicas y técnicas (en forzada mezcla entre cineforum y adoctrinamiento). Empiezo a datar todas las películas que veía en mi agenda juvenil: se puede consultar que vimos "La fierecilla domada", "Jhoni Ratón", "Melody", "El pequeño salvaje", "El zorro vuelve otra vez"... y así una larga lista pues veíamos una película semanal.
Dos años después, en 1974, nos trasladamos a Tuy y cursamos bachillerato en el Instituto de la ciudad. Tuvimos la suerte de tener como profesor a Miguel Ángel Santos Guerra que había realizado estudios de cine en la Escuela de Cinematografía. Organizó un cineclub en la localidad. Preparaba una introducción y unos apuntes mecanografiados que aún conservo.
Esas orientaciones conceptuales y técnicas me ayudaron muchísico. Miguel Angel Santos impartió también en nuestro juniorado un curso de cine que me fascinó. Apliqué mi mejor letra al cuaderno de apuntes que aún conservo. Desentrañar los secretos de la magia del séptimo arte, conocer los resortes de esta máquina de la belleza, me produjo una satisfacción enorme. Y al mismo tiempo alimentó aún más mi curiosidad.
Nuestros campamentos de verano en el albergue de Navalguijo en Gredos nos dio la oportunidad de entrar en contacto directo con la realización de un film. Se trataba de una película en 16 mm rodada en los parajes de este bello pueblo abulense. Durante aquellos 15 días, nuestro nutrido grupo de adolescentes realizó un ataque con arcos y flechas en la ribera del río, junto a la poza donde nos bañábamos a diario. Convertimos el salón del albergue en un salón del oeste con sus puertas giratorias y mostrador. Allí tomábamos un wisqui-zumo mientras mordíamos un cigarrillo y poníamos cara de duros en las mesas de poquer. Lo más divertido la pelea en el salón. Podéis imaginaros.
Como toda película que se precie tenía su árbol del ahorcado (el roble más grande, cerca del campamento), sus caballos (todos los lugareños dejaron gustosos el suyo), sus tiros (con pistolas reales y rifles de caza con munición de fogueo...) La película se completó con algunas escenas rodadas en el Cañón del Río Lobos, en Segovia. Sonido y voz fueron puestos por un grupo de elegidos en el colegio marista de Valladolid. Fue una bonita excursión que nos dio la oportunidad de conocer este colegio y salir de la rutina.
No llegamos a ver el resultado final. Supongo que la copia duerme en algún armario polvoriento de algún incógnito colegio marista.
Por ir al cine, aún me escapé una vez del ISPE Castilla donde estudiámbamos el postulantado en Salamanca. Fue una noche de aquellos días en que nos examinabamos de la selectividad. A riesgo de ser descubiertos nos atrevimos a saltar por una ventana abierta y nos acercamos a Salamanca donde, muy adecuadamente a la emoción y el miedo de la escapada, vimos "El Exorcista". La vuelta adquirió tintes dramáticos cuando descubrimos que la ventana que dejamos abierta había sido cerrada trancada con cerrojo. Furtivos en la noche exploramos todo el exterior del edificio hasta que dimos con un ventanuco elevado con acceso a los servicios de la cocina. Inexplicablemente alcanzamos la pequeña oquedad y, de alguna manera que no puedo recordar, acabamos dentro en medio de algún tropezón ruidoso. Afortunadamente nadie se enteró.
Aquello ocurria cuando ya era firme que abandonaba los maristas. En los años siguientes, mientras cursaba magisterio acudí al cineclub universitario de Burgos. Antonio Gregori nos preparaba unos cineforum magníficos donde aprendí a apreciar una amplitud de géneros, estilos y cinematografías marginales.
Aquellas películas, para las que nos preparaban previamente, arrancaron buena parte de nuestras telarañas ideológicas. Otras imágenes se nos antojaban perturbadoras y extrañas. Películas de la Nouvele Vage, cine italiano (aún recuerdo el pase de Agostinho, una película perturbadora para mí y que no he conseguido encontrar en ninguna parte), cinematografía latinoamericana de contenido social... Algunas películas aún tililan nítidas en mi memoria: La parada de los monstruos, terror en estado puro sin recurrir a truco alguno.
En aquellos años, ya universitarios, realizamos algunos cursos de cinemetografía. En uno de ellos incluso realizamos un pequeño corto: "16 horas en esta ciudad" (Burgos). Frente a elaborados guiones con su correspondiente presentación-nudo-desenlace y documentales ampulosos de tipo arquitectónico-mareante, nosotros presentamos un documental sobre estampas burgalesas con escenas interesanes, algún plano de mérito y un montaje un poco aleatorio... Mi amigo Jesús González, en un ataque mezcla de pánico y de sinceridad, la presentó literalmente como "una mierda". No estoy de acuerdo. Años más tarde la recuperó de sus archivos y hoy podría tener incluso un cierto valor documental (era el año 1978).
Recuerdo especialmente las conferencias de directores consagrados: Jose Luis Garci, Pedro Olea... y la selección de proyecciones, todas fuera de los cirtuitos comerciales pero de un extraordinario interés. El ir a los cineclubs tenía además el aliciente de encontrarte en medio de un ambiente universitario y estar en contacto con chicas de tu edad con parecidas inquietudes. Cuando las proyecciones eran en el instituo femenino, aún con más motivo.
Acabó magisterio y el cine siguió siendo la gran evasión para los momentos tristes o anodinos. Era la ocasión de huir de la aburrida rutina de la mili en Almería, la relajación frente al duro temario de la oposición en Burgos, la forma de llenar las tardes de los domingos en Arganda el primer año de maestro... Gracias a una de aquellas tardes, viendo "Ópera prina" que llamé la atención de mi futura esposa al comentar "Esta película es un orgasmo visual"... (¡era para matarme!). Al año siguente el viajar a Madrid para ver una película hizo que, de vuelta a Parla, no encontrara alojamiento y tuviera que dormir en un banco de un parque público. Pero el gusanillo del cine seguía haciendome cosquilla y me apunté a un curso de cine en la Universidad Popular de Parla.
El cursillo estuvo bastante bien. Avanzado en cuestiones técnicas (muchas cosas me eran novedosas, pese a que yo tenía mis nociones) y selección de materiales y películas adecuadas. El curso finalizaba con una práctica consistente en rodar una película en 35 mm. El argumento era infumable pero la calidad del equipo y la experimentación real de la realización de un documental era excitante. Nos sirvió para visitar los depósitos de productos tóxicos, las cloacas más repugnantes y los vertederos más malolientes de la comunidad de Madrid (el argumento era la contaminación del planeta expuesta por medio de parejas en parajes sucesivos de degradación ambiental)
Y así ha seguido el cine formando parte de mi vida. Desde hace unos 20 años, es la televisión la que sirve de soporte a esta actividad. Y, en los últimos tiempos, retomo una faceta más activa con ayuda del ordenador y realizando (empresa casi titánica) dos películas de animación con el programa "Tales Animtor". Duran unos 40' cada una y son historias fantásticas adaptadas a escenarios del cole donde trabajaba. El resultado, pese al rudimentario programa y estar realizadas por una sóla persona es impactante. Los actores que prestaron sus caras y sus voces son los alumnos de logopedia del cole. No publico la totalidad de la película por no tener los derechos de imagen. Pero si me es posible pondré algunas escenas.
Corría el año 1975. Francisco Regueiro filmaba entonces en Burgos Las Bodas de Blanca cuya protagonista, Concha Velasco, era la actriz española de referencia. Nuestros padres se enteraron por la prensa de que rodarían en el paseo de la Isla y nos enviaron a mi hermano Luis y a mí allí, para que viéramos el ambiente. Yo tenía 16 años y mi hermano Luis rondaba los 14. En el Paeso de la Isla estuvimos toda la mañana observando con interés el despliegue del rodaje. Recuerdo perfectamente una escena que se rodaba: un disparo impactaba contra una botella apoyada en el tronco de un árbol. Supongo que alternada con esta se rodarían otros planos con la protagonista pues estaba en el lugar de rodaje rodeada del aura de diva nacional.
Yo me moría de ganas por conseguir un autógrafo suyo. Ella estaba allí, sonriendo, a apenas diez metros de nosotros. Pero sentía vergüenza y, además pensaba que probablemente no me lo firmaría por ser tan mayor. Tenía a mi lado a mi hermano con dos años menos y me pareció buena idea entregarle a él el boli y la libreta y pedirle que fuera a pedírselo...
Mi hermano Luis se acercó a la actriz y le hizo la petición. Ella le sonrió y además garabateó una dedicatoria.
Risueño, con la cara iluminada, vino a enseñarme su precioso tesoro. A mí me disgustó encontrar una dedicatoria ajena en "mi" autógrafo. Puse mala cara. Mi hermano entonces me pidió que le devolviera el autógrafo. Sin duda pensaba que era suyo...
-Pero, si te he mandado yo. Te he dado el boli y el papel para que le pidieras un autógrafo para mí...
Mi hermano enrabietado reclamaba su trofeo...
- ¡Dámelo, es mío!
Entonces, preso de la ira, rompí el papel en pedazosl: - ¡Pues vale: ni para tí ni para mí...!
Él se deshizo en lágrimas de furia e impotencia. Yo sentí pena por su tristeza al tiempo que irritación por su inoportuna rabieta. Pero no albergaba ningún remordimiento por lo que hice. Mi peculiar sentido de la justicia me absolvía: - Yo le hice el encargo - argumentaba.
Cuando me pidieron explicaciones en casa nadie pareció entenderme. Esto me enfureció aún más. En el aire quedaron sonando ,implacables, las palabras:
-Eres un egoista. Egoista. Egoista...
.........
Y pasaron 30 años. Estamos en el mes de octubre de 2005. Un grupo de profesores estamos sentados a la mesa en el comedor escolar de un colegio de Alcalá. Mientras comemos el director del centro habla profusamente, alardea más bien, de sus experiencias en el mundo del teatro. Su mujer es representante de artistas. Me sorpendo al escuchar "...hemos cenado varias veces Concha Velasco...". Entonces me viene a la cabeza mi pequeño pecado adolescente y encuentro la forma de redimirme. Espero a que termine su narcisista exposición y le cuento brevemente el incidente del autógrafo. Le confieso que me gustaría saldar esa cuenta pendiente con mi desamor fraterno.
- ¿Podrías hablarla en alguna de esas cenas de este incidente y pedirla un nuevo autógrafo?. Estoy seguro de que a ella le gustaría concoer esta historia..
Él, que no parece muy interesado, contesta sin mucha convicción que lo hará.
Estamos en mayo de 2009... Últimamente Concha está tardando mucho en ir a su casa a cenar...
Mi hermano sigue esperando su autógrafo... y yo sigo sin expiar mi culpa.
Esta tarde buscaba un articulito no demasiado difícil para animar este experimento de blog que mi buena amiga Teresa tiene tan abandonado. Cómo la inspiración hay que alimentarla con algo he recurrido a la despensa cósmica de los buscadores para ver si me sugerían algo interesante.
Mezclando en la caldera de las pócimas de Google los ingredientes: "Picasso + niños" he topado con un artículo que apunta una idea curiosa: Ni un sólo niño de los cientos que pueblan sus cuadros sonríe. Dejo aquí algunas de las ideas de este autor, Ricardo Bada del periódico La Nación, y que podéis leer ìntegro aquí:
[...] He visitado con largo aliento el Museo Picasso de París. Y he pasado largo tiempo, antes en la Casona del Buen Retiro y luego en el Museo Reina Sofía de Madrid, ante la mayor estampilla postal del mundo, que por tal tengo al sobrevalorado Guernica. Y me topé un día, sin haberla programado, con una muy completa retrospectiva del malagueño en el Palazzo Grassi, durante mi primer viaje a Venecia. [...]
[...] Niños que no sonríen. Espectador no profesional, me detuve a hacer una reflexión apabullante y que me saltó a la vista tras un atento recorrido de las salas y la no menos atenta contemplación de las 185 obras, tanto que repetí el itinerario para cerciorarme de que no me había equivocado, de que no había pasado por alto ningún cuadro, ningún dibujo, ninguna escultura que hablase en contra de esa reflexión. Y esta era que los niños del gran Picasso no se ríen nunca, ni siquiera sonríen, y en una impresionante proporción ni siquiera despegan los labios. [...]
[...] El hieratismo, la seriedad, la ausencia mental, el vacío interior, la falta de comunicación con el entorno, eran las características más acusadas de todas y cada una de aquellas figuras infantiles pintadas, dibujadas y esculpidas por Picasso en luengos años de actividad artística. Realmente, como para echarse a temblar pensando en lo que debió de ser la infancia del niño Pablito Ruiz. Lo crean o no, recordé involuntariamente el aforismo de Juan de Mairena: “Una vez hubo un pedagogo. Se llamó Herodes”. [...]
El mito universal de la búsqueda de tesoros tiene mi infantil y humilde correspondencia entre las imágenes de estas carrozas almacenadas en la quietud de su pasado efímero.
Entre los primeros sueños que registra mi memoria me veo encontrando monedas a lo largo de un camino. Una tras otra un reguero inacabable de monedas que guardo con infantil avaricia. Es el cuerno de la abundancia para quien las propinas eran excepcionales y escasas.
Uno de los juegos más fascinantes de nuestra niñez consistía en enterrar cristaleras. Se construían haciendo pequeños hoyos en el suelo, entre la tierra (entonces no inundaba el asfalto muchas de nuestras calles y solares). Después los llenábamos con pequeños objetos brillantes que recogíamos aquí y allá como pequeñas urracas: papel de plata de la envoltura de los caramelos, canicas, cuentas de colores, trocitos de cristal machacado ... Por último los tapábamos con un trozo de cristal y lo cubríamos con tierra. Al cabo de los días jubámos a encontrar nuestros pequeños tesoros de nuevo y manifestábamos a gritos nuestra satisfacción cuando, tras apartar la tierra con las manos, aparecía en cualquier rincón la placa de cristal y bajo ella nuestro brillantes joyas infantiles. La sensación era mágica. Tengo el máximo respeto por este pequeño arte decorativo infantil.
A los 8 años, escondí mis primeros barrotes de oro entre las piedras de la tapia del parque del Parral en Burgos. Lo hice tan bién que cuando volví a buscarlos no pude reconocer el sitio entre la larga longitud de la parede de piedra. ¡cuanto sentí la pérdida de aquellas barritas pesadas y relucientes!. Las había conseguido al pie de una torreta de alta tensión. Mi oro infantil eran los restos de algún empalme en los gruesos cables de la línea. Para mí fueron la primeras pepitas del oro de los tontos que encuentran los buscadores novatos en las películas del viejo oeste.
A mis 10 años, en el extenso universo de juegos y espacios de nuestro entrañable Campo de Carbonilla, tuvo lugar mi propia experiencia emulando al pequeño Aladino en la cueva de Alí Babá. Al otro lado del solar de Las Pilas, bajo una tosca nave de hormigón que cubría la vía del tren y a un costado de ésta, estaba un espacio cubierto propiedad del ayuntamiento. Allí se guardaban las carrozas de las fiestas durante el resto del año. Apenas se vislumbraban desde lo alto de la tapia a la que accedíamos escalando por la pared de hormigón. Muchas veces, subidos en el parapeto parlamentábamos sobre la decisión de descolgarnos y acceder al recinto. El respeto temeroso por la propiedad privada y el merodeo ocasional del personal del ayuntamiento nos disuadía siempre. Pero en una ocasión ¡me admira mi osadía! me decidí en solitario a explorar aquel espacio tan sugerente. Aquella tarde me descolgué por la tapia con el corazón golpeándome fuertemente en el pecho. Llegué abajo con las manos ligeramente raspadas después de soltarme del borde del muro. Apenas me noté firmemente apoyado sobre el suelo de tierra me embargó la angustia de ser descubierto y no poder escapar a tiempo. Estaba en descubierta junto a la pared así que me infiltré entre las carrozas más cercanas. Dentro de este espacio umbroso brillaban con una luz extraña los efímeros adornos de papel charol, las láminas plateadas. las texturas expolvoreadas de purpurina, las figuras de contrachapado pintadas de colores brillantes, los archos, torres y escalinatas construídos por los carpinteros municipales... todo ello me hizo sentir como el solitario Aladino admirando el tesoro de Alí Babá: fascinado por su brillo y su belleza, temeroso de ser descubierto, en poder de algo valioso y único... Recorrí cada rincón, cada carroza. Me subí a todas. Exploré sus rincones. Acaricié las flores de papel, junté puñados de serpentinas y confeti. Me abracé al espumillón que colgaba por los laterales. Subí escalinatas. Crucé arcos. Asalté castillos. Cabalgué sobre la luna. Alcancé las estrellas. Toqué el sol sin abrasarme. Miré de frente a los ojos del dragón... Investigué incluso su tosca arquitectura interior de madera que no dejaba de fascinarme.
Permanecí largo tiempo en este lugar plagado de imágnes de cuento y figuras mágicas. Luego, vuelto a la realidad, escalé con dificultad por el muro y marché a toda prisa. Alí Babá podría regresar en cualquier momento con sus 40 ladrones y no quiero pensar en lo que me harían si descubrían que conocía el sercreto de su tesoro.
Hace un par de días, de camino al trabajo en San Martín de la Vega, a la izquierda de la carretera, destellaban los pétalos de un grupo de amapolas blancas. ya me era familiar esa especie de opiáceo. En Arganda (entre el puente de Rivas y La Poveda, cuando hacía alguan de mis improvidadas rutas en bici) ya las había visto. Me llamaron la atención por su belleza y sólo después, al investigar sobre ellas, supe que eran adormideras: las famosas amapolas del opio. Su fotografía me trae a la memoria imágenes exóticas y orientales de fumaderos de opio donde las personas acceden durante horas a una dimensión extraña y vuelven desorientados y vulnerables. Hoy en día sabemos del papel que desempeñan en la economía y la financiación de los talibanes en Afganistán. En un rincón de Guadalajara (España) también hace siglos tuvieron algún significado especial pues aparecen en algún elevado capitele del Monasterio de Bonaval. por ejemplo. A mí me llaman la atención. Me extraña su presencia a apenas un kilómetro de La Marañosa que es un poblado militar. La estepa entre Valdemingómez y el Cerro de los Ángeles ya fue noticia hace años por encontrarse en ella lo que aparentaba una expontánea plantación de marihuana. Me bajo del coche para hacer algunas fotografías. Me encanta el vigor y la insultante ilegalidad de la naturaleza. Se ríe cínicamente de las prohibiciones. La verdad es que hoy, 15 de mayo, el campo esta exultante. Entre el océano de tallos verdes que cubren las laderas aparece el rojo puntillista y brillante de millones de amapolas como minúsculas gotas de sangre entre la marea vegetal...Y de vez en cuando el brillo nacarado y centelleante de los pétalos de las amapolas del opio a la vera de la carretera, ajenas al rápido devenir de los automóviles y de los conductores enfrascados en sus asuntos.
La imagen es de 1957, pero en 1965 no había cambiado mucho. Allí seguían, en el hall de la entrada las vitrinas acristaladas del "Cuadro de Honor". Hojeo mis calificaciones escolares (aún las conservo) y veo con incredulidad una notas magníficas. Evidentemente era un niño ejemplar. Varias veces mi foto formó parte del elenco de elegidos por sus excelentes notas. Es evidente que después me arrastró la molicie y la vagancia pues, a partir de los 9 años, creo que ya no aparecí más.
Recordando la etapa en que figuré entre los elegidos para la gloria reconozco que miraba con satisfacción y me buscaba entre aquel selecto grupo. Entonces me motivaba para estudiar y portarme mejor. Más tarde dejé de figurar allí y empecé a sentirme un miserable vago y estúpido. Mi hermano Luis era el que ocupaba ahora mi lugar en la élite. Igualmente, cuando se acabó la gloria, hubo de soportar el descenso a los infiernos de los que han decepcionado.
Para la indigestión del pastel de la Gloria, una cura de humildad que nos ha venido muy bien para la vida.
13 de mayo de 1967.
La mañana es fresca y hermosa. Los castaños de indias cuelgan sus lámparas florales blancas y rosadas. Con ayuda de mi madre alcanzo algunos ramos. Será mi contribución a la ofrenda de flores en la clase. Todos los niños llevan flores para adornar el rincón donde una imagen de escayola de una Inmaculada de Murillo tiene su altar. Allí está, elevada sobre banquetas forradas de telas coloridas y brillantes. En el Liceo Castilla es una tradición arraigada: ofrendas y adornos florales, decoración y limpieza dirarios, cantos y rezos en entradas y salidas... La Virgen es muy importante en la vida de la congregación y su devoción se expone (perdón, más bien se impone) en el cole.
Todos los niños llevan flores. Pero yo no puedo comprarlas. Mis padres apenas tienen dinero para pagarme los libros los plumieres y la tinta. Pero es tan poderoso el deseo de colaborar... Las flores ¡son tan hermosas...!. Gracias a Dios este años llevaré un ramo. Mis pequeñas manitas cortan con dificultad los delicados racimos de flores nacaradas. Y un perfume fresco y dulzón me acompaña todo el camino hasta el patio del cole, hasta la fila, por el pasillo, hasta el pupitre ... y se mezcla con el aroma moribundo de las flores secas, ya marchitas, en los jarrones...
"Venid y vamos todos con flores a María, con flores a porfía, que madre nuestra es..."
Hace 200 años que nació Charles Darwin. Medio mundo conmemora el bicentenario. En el colegio Jarama de Rivas donde acudo semanalmente a coordinarme con Mercedes, la tutora de primero A, lo celebran a lo grande con una Semana Cultural preparada largamente, densa en actividades y exposiciones. Desde comienzo del curso han estado proyectando trabajando en pequeños, pero numerosos, talleres interactivos por los que pasarán todos los niños. El tema global es la Ciencia y Mercedes se encarga específicamente de la Biografía de Darwin y la importancia de su obra con su Teoría de la Evolución como obra más notable.
Por mi parte , un profe que accede accidentalmente al centro, busqué algún material para su taller y, mientras lo revisábamos, comentamos lo difícil que sería explicar a los niños de primero la Teoría de la Evolución: ¡Si ni siquiera llegaron a aceptarla la mayor parte de la gente de su tiempo y muchos ni siquiera a entenderla!. Además, en su colegio -con integración de niños con dificultades motóricas- ¿Cómo explicarles la dura realidad de la adaptación de los más fuertes y su privilegiada posición en la supervivencia de la especie?
¿Cómo argumentar la bonanza del comportamiento altruísta?
2. El aparente contrasentido del comportamiento altruísta
De mis años de estudiante de psicología me venían a la mente los libros de Richard Dawkins ("El Gen egoista", "El relojero ciego"...) y sus reflexiones y estudios sobre el comportamiento altruísta (no egoísta) en palomas y otros animales. Llegaba a la conclusión de que, en el fondo, a través de una cadena lógica de razones (no perceptibles por el individuo) el comportamiento altruísta era una consecuencia de factores encaminados a la supervivencia de los propios genes. Esa conclusión desasosegante revolucionó mis sistema de valores firmemente asentados hasta entonces.
Y en esas estuve largo tiempo. Mis antiguas y bienpensantes convicciones ante el altruísmo quedaron archivadas como "Caso abierto" (no puedo negarme a poner este símil televisivo después de tragarme semanalmente 2 capítulos de esa serie obligado por Charo, mi mujer, dueña del mando televisivo la mayor parte del tiempo).
Pasaron los años. Con el tiempo desarrollé (o se acentuó) una neurosis que se adehería a cada uno de los actos y pensamientos de mi vida. Esta enfermedad marca tu personalidad y tus actos. Evidentemente no estaba en la mejor posición para sobrevivir mejor que los demás. ¿O sí? En alguna parte había leído que, puesto que la indicencia de esta enfermedad es tan alta, algún tipo de ventaja debe proporcionar al individuo, alguna mejora adaptativa puede tener: un mayor grado de alerta (que puede ser crucial en determinadas cirscustancias: guerras, amenazas...), cualidades de anticipación, etc... ¡Vaya! Parece que no hay mal que para bien no venga... Personajes hay que hacen de la necesidad virtud y extráen réditos hasta de sus debilidades (recordemos el caso de Wody Allen y sus características neurosis reflejadas en su filmografía).
Algunos años más tarde me sobrevino una importante pérdida de audición. Se trara de una sordera de tipo neurosensorial que me impide " disfrutar" del mundo sonoro: oir se vuelve penoso y poco fiable, escuchar trabajoso e irritante, descansar cansado (asociado a ella padezco acúfenos -ruidos- continuos en ambos oídos)... Se añade así un nuevo handicat a mis posibilidades de competir por la supervivencia (o al menos a mis posibles descendientes). Me veo obligado a depender más de las ayudas y el altruísmo de mis congéneres. ¡Me revienta necesitarles tanto! Me molesta aún más en cuanto mi sistema de valores parece que se iba decantando hacia la creencia de que no existe el verdadero altruísmo: "Nadie da nada por nada".
3. Los sordos también sobreviven.
En ello estaba cuando el día 5 de julio de 1992 tuvo lugar en Atapuerca un hallazgo sensacional. En un área del lado norte de la Sima de los Huesos, (que empezó a llamar la atención de los palenteólogos hacia 1976, poco antes de acabar yo la carrera de magisterio) un hueso comenzó a tomar forma bajo la espátula. Se inició una ardua tarea , la cual culminaría con la intención de rodearlo para poder sacarlo intacto, de una pieza. Dos días después, el 7 de julio, se terminó de desenterrar el hueso y se comprobó que era un cráneo humano entero. Era la pieza más grande jamás obtenida en la Sima de los Huesos. Este cráneo, bautizado como Agamenón, es el conocido como Cráneo-4.
Aquel hallazgo me fascinó y llegué a identificarme fuertemente con este Neanderthal burgalés.
Esa historia y lo que la rodea merece una larga digresión.
Existe un motivo biográfico por el que me interesa especialmente este suceso. Viví en Burgos con continuidad desde el año 1973. Aunque hube de estudiar en varios internados alejado algunos años de esta ciudad siempre volvía por vacaciones. En el verano de 1977 ó 78 mi hermano Jose Luís me invitó a visitar la "Cueva de Atapuerca". Yo había estado ya en esa sierra y había paseado por la trinchera del ferrocarril que abría en canal su suelo calizo. Pero en esta ocasión nos guiaba un amigo de mi hermano que conocía las cuevas proximas a la trinchera. Nos ofreció visitarlas y buscar huesos de oso, de los que abundaban en su interior, como botín.
No recuerdo con exactitud la cavidad que exploramos. Creo que fue la cueva Mayor. Si fue así estuvimos muy próximos a la Sima de los Huesos. Recuerdo esta, mi primera aventura espeleológica, como un poco claustrofóbica. Tuvimos que reptar unas decenas de metros emparedados entre suelo y techo con el espacio justo para arrastranos pegados al húmedo suelo. En algunos tramos el techo había estado cubierto de bellas estalactitas. Ya no quedaba prácticamente ninguna. Todas habían sido mutiladas y llevadas de recuerdo (algunas incluso adornaron un estanque del paseo del Espolón en Burgos durante muchos años). Yo cogí una porción cilíndrica de una de ellas del grosor de un dedo pulgar (recuerdo perfectamente su canal interior) y el brillo de minúsculas láminas de caliza en el corte). Esa pieza de aspecto cerúleo formó parte de una colección de minerales y fósiles que "dejé en herencia" en el colegio de Torres de la Alameda. Mi buen amigo Gildo me ha contado que aún los conservan lo que denota un raro interés entre el profesorado habitualmente "trashumante" de la comunidad. Nuestro guía nos hablaba de algunos restos prehistóricos (grabados, pinturas...). No recuerdo dónde llegamos pero sí que alcanzamos cabidades más o menos amplias con el suelo arcillos y revuelto. En fin, es posible que alcanzáramos incluso la Sima de los Huesos.
Así que formé parte de uno de aquellos exploradores inconscientes que entraron como elefantes en la cacharrería de uno de los mejores yacimientos de neanderthales del mundo.
En aquel momento estuve muy próximo a Agamenón que es el nombre que el equipo que excava la Sima puso al propietario del cráneo nº 4 del yacimiento. Con técnicas detectivescas y apasionantes, los antropólogos ha llegado a conseguir una información increíble de estos antiquísimos paisanos mios: que presentaban varios traumatismos en el cráneo (los golpes, chichones y descalabros debían estar a la orden del día), que usaban la boca y los dientes como una tercera mano (lo que les provocaba una temprana artrosis mandibular), que tenían la higiénica costrumbre de usar mondadientes (ramitas), que eran diestros mayoritariamente, que gozaban de una relativa buena salud... y, lo que más llamó mi atención, el cráneo nº 4 presentaba una severa hiperostosis del conducto auditivo externo bilateral lo que redujo notablemente, quizá hasta la sordera, las capacidades auditivas de dicho individuo.
Era el caso del sordo más antiguo conocido. Los conductos auditivos de Agamenón (así bautizaron al propietario del cráneo nº 4) están casi cegados por un crecimiento anómalo de hueso en su interior. Este tipo de crecimiento fuera de lo normal es común en casos de infecciones graves del oído; probablemente, una persistente otitis dejó sordo a aquel individuo.
La repentina imagen de un "hombre de las cavernas" sordo que había sobrevivido hasta la edad adulta me conmovió: ¿Cómo era posible que no hubiera muerto a los frecuentes ataques de la fauna carnívora documentada de la época que incluye osos, leones, especies de panteras, lobos, zorros... Todos ellos animales sigilosos, reyes del silencio...?
Sólo cabía una explicación: los "hombres de las cavernas" , los neandertales (esa especie de tio soltero que no dejó descendencia) cuidaba de sus semejantes o valoraba quizás otras habilidades que hacían abstracción de la fuerza y los sentidos. ¿Acaso fuera una especie de brujo, algo parecido a un sacerdote, un jefe...?
¿Posible hiperadaptación o instinto protector?
Aquí me vuelve a surgir la duda. Desde mi propia experiencia observo que la pérdida auditiva hizo que buscara todo tipo de adaptaciones: adquisición de nuevas especialidades, aprendizaje de lenguaje de signos, adaptaciones en el puestro de trabajo...
Pero posiblemente fue una conducta altruísta de sus compañeros lo que mantuvo con vida a Agamenón. Y esta es una diferencia que nos hace específicamente "humanos". Esta conducta no es exclusiva del hombre actual. También nuestros lejanos parientes neandertales la poseían.
Así pues, tranquilizado al saber que mis congéneres me van a ayudar en mi estado de minusvalía respiro más tranquilo y agradezco su ayuda. Sé que puedo confiar en ellos y ¿quién sabe? devolverles de alguna manera el favor... Aunque quizás este "comercio de ayudas" sea un truco de los genes para preservarse... "Sea altruísta: al final los de "su familia" (sus genes) saldrán ganando" . 4. Una acnee de hace 530.000 años
No había acabado de digerir las consecuencias de este hallazgo cuando, unos años más tarde, apareció en el mismo lugar otra prueba contundente a favor del altruísmo.
Hace 530.000 años, en la Sierra de Atapuerca (Burgos), un grupo de 'Homo heilderbergensis', antepasados de los neandertales, cuidó de una niña (es lo más probable) que había nacido con una craneosinostosis, una grave deformación del cráneo, hasta su preadolescencia. El hallazgo del fósil de ese cráneo parece indicar que en aquellos lejanos tiempos prehistóricos los individuos diferentes no sólo no eran rechazados, como ocurrió más adelante en la Historia, sino que contaban con protección.
El resto humano fue recuperado, dividido en numerosos fragmentos, en la Sima de la Huesos en las campañas de 2001 y 2002. Tras reconstruirlo , los investigadores comprobaron que tenía una patología muy extraña, que consiste en un cierre prematuro de partes del cráneo en el primer año de vida. En la actualidad, la craneosinostosis se opera cuando los huesos aún son blandos en el bebé. En caso de no intervenir, el afectado puede sufrir presión intercraneal, dado que el cerebro sigue creciendo, que podría afectar a su desarrollo cognitivo y tambien causar daños permanentes en el ojo o el oído.
El estudio de este Cráneo 14 revela que se trataba, más probablemente, de una niña de unos 10 años, preadolescente, es decir, no había alcanzado la madurez.
La investigadora Ana Gracia, del Centro de Evolución y Comportamiento Humano de la Universidad Complutense y el Instituto de Salud Carlos III, explica que sufría una craneosinostosis simple lambdoidea, es decir que el lado izquierto estaba fusionado, lo que hizo que el derecho se desarrollara más y pareciera abultado y asimétrico." Es una patología que se da en menos de seis casos de cada 200.000 nacimientos, asi que una rareza excepcional ahora y mucho más en aquella época. Por el estudio parece ser que la fusión ocurrió en el tercer trimestre de gestación por causas traumáticas, como un golpe. Probablemente desarrollaría la tortícolis para compensar su cabeza asimétrica", explica Gracia.
Para el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga "...afecta al desarrollo estético de la persona. Hay que imaginar a un menor que tendría la cara deformada ... y, unque no podemos saberlo, quizás sufriera también algún tipo de retraso mental..." "Ello nos describe una sociedad protectora y que no discrimina porque su aspecto debía ser muy especial, asimétrico. Algunos colegas nos han dicho que este fósil nos presenta a una humanidad muy humana". El autor recuerda que el caso de un hospicio medieval, el del Hospital Sant James y Sant Mary de Chichester (Inglaterra), donde se ha encontrado un alto porcentaje de cráneos infantiles con este tipo de deformación, lo que indica que "los humanos de aquella época sí abandonaban a estos niños, contrariamente a lo que hicieron sus remotos antepasados hace medio millón de años."
Después de trabajar varios años con niños con necesidades educativas especiales, después de leer muchas veces en los renglones torcidos de Dios, después de buscar inutilmente razones empíricas para entender nuestro instinto protector... hay algo que se me escapa. La adolescente a la que pertenece el cráneo 14 me resultaba muy familiar: pienso en otros niños y jóvenes y sus nombre me vienen a la cabeza: Ana, Cristina, Verónica, Marta... Estos hijos fallidos de la tribu, posibles condenados en épocas oscuras a morir, siguen moviendo unos resortes inexplicables más allá de la religión, de la evolución, de la ética, del instinto...
¿Qué sabe la vida que nosotros no llegamos a comprender?
5. Los que no sobrevivieron
Con fines didácticos, los paleontólogos suelen hacer reconstrucciones de las especies desaparecidas. Esta especial foto de una niña neandertal es poderosamente sugerente: fragilidad, ternura, belleza, indefensión... las mismas sensaciones que nos produciría uno de nuestros hijos.
Y sin embargo su familia, sus genes, no han sobrevivido: ¿Por qué?
Este problema fascina a los científicos. ¿Qué ocurrió?
¿Qué diferencia determinó su extinción y motivó la expansión de nuestra propia especie?
Me encanta recrear su existencia. Pensar sobre su concepción del mundo. Elucubrar sobre su comportamiento, su lenguaje, sus adquisiciones científicas, sus "valores" ... Día a día se descubren detalles más emocionantes sobre sus costumbres y creencias. Novelistas y divulgadores simulan y recrean su vida, sus posibles proezas...
Me ronda, a veces la sospecha, de que algún tipo de gen "aniquilador" (el gen de los vencedores) está anclado en nuestra especie. Somos la especie del Conquistador. Quizás no fue suficiente el equipamiento genético que nos mueve al altruísmo (algo que compartimos con el neandertal, como se ha demostrado). Comentaba Arsuaga sobre este enigma que es posible que los neandertales sintieran algún tipo de debilidad frente a los cromagnones: sus facciones, su piel, su complexión más endeble... les evocaban la imagen de sus propios hijos. Que las apariencias engañan puede ser un refrán de largo recorrido en la historia.
Pero mejor te lo explica Nacho...
Ignacio Martínez Mendizábal: claves de la evolución humana: Benjamin y el amor fosilizado.