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martes, 9 de abril de 2019

Una imagen y mil palabras 2: Hermano lobo


El lobo es mi animal totémico. Lo es por una extraña afinidad entre especies (los lobos son mucho más parecidos a los humanos de lo que la gente cree), por su dinámica belleza, por su carácter, por el altruismo de sus hembras...

El hombre es lobo para el hombre
el perro, su abuelo lobo. 

La loba capitolina
entre lobos
Mowli
...


domingo, 24 de marzo de 2019

Carta a una conserje

Después de 27 años, 8 poblaciones y 11 colegios diferentes, uno se va dando cuenta de la importancia de la humilde figura del conserje. Esta carta es una adaptación de la publicada por el pedagogo Miguel Ángel Santos Guerra y la escribo pensando en Rosa, la conserje de nuestro cole, a la que agradezco su esfuerzo en hacerme las fotocopias a última hora, entre otras muchas cosas. ¡Gracias, Rosa!Carta abierta a una conserje veterana.Estimada compañera:Antes de nada quiero reconocer y agradecer el trabajo que realizas en aras de la educación. Es un trabajo de escaso relieve académico pero de indudable valor para el funcionamiento de la institución. Más de un director reconoce que se notaba más la ausencia de su conserje en el Centro que la de él mismo. El desconcierto es mayor, los problemas se multiplicaban, el clima de desorganización se hace evidente ...Es el tuyo un trabajo en la sombra, realizado entre los bastidores del escenario, pero indispensable para que la obra salga bien. No tiene la iluminación de los focos, el beneficio del lucimiento ni el premio de los aplausos. Por eso algunos no lo ven. Por eso muchos no lo valoran.Tú sabes quién es cada uno en el Centro, dónde está cada cosa, cuál es el origen de muchos problemas. Si ella nos contara ... Y es que realmente sabe mucho sobre la micropolítica de la institución. Otros, desde esferas más altas, apenas se enteran de lo que realmente sucede. Conocen las leyes, pero no la realidad. Saben de libros, pero no de los entresijos de la organización.La primera imagen del cole es la de tu cara atiendiendo al recién llegado, vigilando una puerta, realizando las importantes rutinas de mantenimiento... Es la de tu desenvoltura al indicar a cada persona dónde está lo que busca o quién es el que puede dar respuesta a las preguntas.Tu relación con los alumnos es de enorme importancia. Ellos saben que tienen en ti un buen confidente, un cómplice magnífico, una ayuda indispensable. A ti te tienen más a mano. Tú está más cerca de ellos que el Director o el Jefe de Estudios.Los profesores acuden a ti para todo. Hacer una fotocopia, dejar un encargo, arreglar un enchufe. Tienes que saber de todo, tienes que hacer de todo, tienes que estar en todas partes. Por eso yo digo que eres el verdadero "poder fáctico" de la institución.Debieras tener un sitio en el Consejo Escolar. Tu ventanilla es un magnífico mirador de la realidad del centro. Estás a pie de calle con todos los miembros de la comunidad educativa. Conoces los entresijos del edificio, los cotilleos de todos, los incidentes desapercibidos...Por tu historia han pasado muchos profesores, muchos alumnos, incluso varios directores. Tú sigues en el Centro, remontando todos los problemas, superando todas las etapas, atravesando todas las reformas. Has vivido muchas emociones, has conocido muchos enfrentamientos, te han querido situar en una de las partes del conflicto.Acaso te sorprenden algunos comportamientos de los alumnos a los que no estabas acostumbrado. En tus tiempos las cosas eran de otro modo. Pero sabes adaptarte a esas nuevas circunstancias y sabes entender que los niños y los jóvenes de hoy tienen otro modo de ser y de relacionarse.Quieres al Centro como si fuera una parte de ti mismo, te duelen algunas cosas que pasan y en silencio vives algunas soluciones que te hacen daño. Nadie te agradece muchas cosas que haces porque parece que se han solucionado solas y no eres partidario del autobombo.Conoces el caso de otros compañeros que bromean con tu entrega y tu disponibilidad. Algunos piensan que lo verdaderamente inteligente es aparentar y "no dar golpe". Incluso alguno te ha podido acusar de "pelota" o de "colaboracionista" cuando lo que pretendes es, sencillamente, hacer con dignidad y esfuerzo tu trabajo. Las risitas maliciosas te desaniman y habrás sentido la tentación, más de una vez, de alistarse en el pelotón de los que viven del cuento o de la mala jeta. Porque algunos parecen sentirse felices no haciendo nada, dando malas contestaciones o mostrando caras de amargados. Afortunadamente no has claudicado.Te importa la tarea educativa y, a tu manera, participas en ese proyecto y en ese quehacer. Lo haces a través de tus cotidianas actividades, de tus relaciones con los diferentes miembros de la comunidad y de tus aportaciones en las actividades, colaborando en ellas a tu manera.Ojalá que tu trabajo pueda realizarse en un clima de respeto, de colaboración y de diálogo en beneficio de lo que todos anhelamos con fuerza; una mejor educación de los alumnos y de las alumnas para construir una sociedad más justa y tolerante. (Adaptación de una carta de Miguel Ángel Santos Guerra, Profesor de la Universidad de Málaga)
Publicado por Jesús Marcial Grande (viernes 30 de marzo de 2007)

martes, 21 de febrero de 2017

Fin de la película

Tres cursos pasan ya en un cole nuevo. Un colegio de vivos colores donde el azul luce con preferencia como homenaje al antiguo centro "Los Azules" del que es heredero. Un colegio moderno, con profesorado renovado y muebles nuevos. Un centro con pizarras digitales, amplio gimnasio, joven huerto escolar y patio hermoso que es a la vez un magnífico mirador sobre Arganda y el Jarama.



Atrás quedaron el urgente desalojo por sustentación inestable de los viejos muros, el improvisado traslado de alumnos y materiales escolares, el año de provisionalidad en un centro ajeno en situación de realojo (aunque eso sí, con condiciones de alquiler muy ventajosas para aquel centro privado). Muy lejos están ya los problemas para expurgar y seleccionar en una semana (y sin dejar de impartir clases) el material didáctico acumulado en medio siglo de docencia, encontrar una empresa de mudanzas económica, instalar los materiales a toda prisa en el nuevo centro, coordinar el uso de espacios comunes (solo de "los permitidos", por supuesto), el ajuste horario para no coincidir con los alumnos "de pago", el transporte en autobuses cada día, los patios minúsculos, el deficiente uso de la calefacción, la complicada convivencia...

Ahora, el San Juan Bautista, va por el tercer año de su nueva etapa con edificios nuevos y equipo directivo renovado. Las jubilaciones han dado paso a nuevos maestros y, donde falta la experiencia, se compensa desarrollando actividades y un trabajo diario que anime al alumnado  y le haga sentirse orgulloso de su pertenencia al centro.

Terminó la película, rodada a toda prisa, del Nuevo San Juan. Del colegio llamado "Los Azules", tan cercano al cielo que le robó su color. Como antiguo profesor que allí estuvo le deseo una larga y provechosa vida.

martes, 14 de febrero de 2017

A un San Valentín desconocido



Hubo un tiempo en que un emperador romano quiso prohibir el amor. Claudio II, "El Gótico", lo prohibió a sus soldados pues pensaba que resultaba incompatible con la carrera de las armas; así pues, estaba vedado a los soldados el casarse. Según cuenta la leyenda un médico-sacerdote romano, llamado Valentín, se atrevió a contravenir la orden y se dedicó a casar a los jóvenes soldados a escondidas. Terminó pagando su osadía con la vida. Justamente fue decapitado el día 14 de febrero del año 270 DC tras sufrir una severa paliza y ser apedreado. Este santo legendario fue retirado del calendario ante la sospecha de que su historia obedeciera, en realidad, a una leyenda que adaptara el origen pagano de arraigadas fiestas ancestrales celebradas en estas fechas desde la remota antigüedad: están documentadas estas celebraciones en la antigua Sumeria hace más de 5000 años, las fiestas en honor a Apis, en Egipto; las bacanales bajo el auspicio del dios Baco, en Roma; o las famosas lupercalias romanas. Estas tradiciones milenarias estaban tan firmemente enraizadas en la cultura popular que la Iglesia Cristiana solo pudo contemporizar con ellas asimilándolas a sus propios ritos y relajando la observancia de las normas religiosas so pena de rebelión irreprimible de sus fieles.

Hechos asombrosos concurren en esta fecha: se cuenta que en este día florecen los almendros y los pájaros empiezan su rito de apareamiento. Desde hace muchos siglos (está documentado desde antes del año 1400) los amantes se intercambian tarjetas con mensajes emotivos y cariñosos. En muchos países europeos existen costumbres curiosas para este día: en Italia algunas mujeres solteras se levantan antes de amanecer en el día de San Valentín y se ponen frente a la ventana esperando a que un hombre pase; piensan que el primer hombre que vean se casará con ellas. En Dinamarca la gente envía a sus amistades flores blancas prensadas llamadas “gotas de nieve”. Los niños ingleses cantan canciones especiales para la ocasión y reciben regalos. En el francés normando la palabra “galantine” suena como “valentín” y significa: gallardo o amante...

Este santo tan popular, adoptado con entusiasmo por todos los amantes corazones, ha tenido que multiplicarse en la historia para poder satisfacer tanta fidelidad. Existen Valentines en muchos lugares: el citado médico romano de la época de Claudio II en Roma, el Obispo de la ciudad italiana de Termi en el s. XII, un obispo enterrado en Mais, en el Tirol italiano; un San Valentín en Hamme, Bélgica, fue extraído también de las catacumbas de Vía Flaminia y donado por Gregorio XV; hay otro, cuyo cuerpo se conserva en Baga, Asturias y la cabeza de ese mismo en Toro; uno más en Annency además del de Socuéllamos, en Albacete, que fue extraído del cementerio de San Calixto... Por otro lado, el segundo Domingo de Pascua, los jesuitas de Gante veneran a un San Valentín extraído de las catacumbas de San Ciriaco. En Volsberg, Austria, se expone un hueso del santo y la cabeza de otro se venera en Gemmeti, Francia. A estos hay que añadir el que se expone en la iglesia de san Antón, de Madrid (PP. Escolapios) en la calle Hortaleza, que tienen un corposanto con los huesos de otro San Valentín. La lista no se acaba ahí; a estos hay que añadir que el martirologio pseudo-jeroniminiano menciona aparte de estos San Valentines, a otro más, también celebrado el 14 de febrero: “en África, San Valentín y 24 soldados, mártires”, de los que nada se sabe...


Por si fueran pocos, además de todos estos valentines citados, tenemos uno en Molina de Aragón (Guadalajara) ¡Y con todos sus papeles en regla!. Lo encontré en el oscuro rincón de una de sus iglesias durante una visita a la localidad. Ante su urna de cristal se amontonaban cientos de valentines portadores de votos y promesas de amor. Delante de la caja acristalada de las reliquias, no podía creer que se tratara de un auténtico San Valentín ("será una copia", -pensé-), pero, tras documentarme, me sorprendí al encontrar información muy concreta sobre estos restos. El cuerpo fue examinado por un comité encargado al efecto el día 13 de julio de 1850 y se certifica (hasta donde era posible certificar algo) la autenticidad de la reliquia.

Lo cuentan Ángel Ruiz Clavo y Santiago Azpicueta Ruiz en su obra Reseña histórica del cuerpo de San Valentín Mártir donado por la marquesa de Villel a Molina de Aragón, editado en 2011:
"... El hecho, que se describe paso a paso, comenzó el día 29 de octubre de 1849, cuando don Juan Antonio de Fillaver y Taberner, VII marqués de Villel, comunica al cabildo de curas y beneficiados de Molina, la noticia de que su madre había legado a dicha corporación el cuerpo de san Valentín, y que lo pondría a su disposición en Valencia o en Zaragoza -preferentemente en esta última ciudad-, noticia que los molineses acogen con el natural agradecimiento hacia sus benefactores... 
...A primeros de enero de 1850 se recibe en Molina una copia de la Auténtica, además de otras noticias llegadas directamente de Roma. El marqués propone al cabildo, y éste acepta, el mes de abril próximo como fecha para el traslado del cuerpo a Molina, en cuya parroquia de Santa María del Conde debía ser depositado...
... Se establece la diferencia entre los diversos “san Valentines” existentes, siendo el que se trata en el libro, conservado en Molina, el “Valentín adolescens o el joven”, ya que debía contar de 17 a 30 años en el momento de su martirio...


Reconforta tener un San Valentín tan cerca de casa. Notario de promesas de amor, de emotivos valentines, tan falsos quizás como las reliquias multiplicadas y, en todo caso efímeros como los cuerpos mortales aunque santificados; nuestro santo particular velará por los afectos hostigados por el paso del tiempo. Y, sin embargo, me rindo a impulsos ancestrales y deposito un breve mensaje de amor: sobre una humilde hoja arrancada de mi libreta, dibujo un tosco corazón y escribo unas palabras de amor dedicadas a quién yo más quiero.

jueves, 2 de febrero de 2017

Proyecto laboratorio


Pronto me voy a jubilar y ya sé que lo echaré de menos. Voy a notar la falta de alumnos a los que explicar algún experimento, mostrar algún aparato didáctico o practicar  un poco con el aparataje del laboratorio. Sí, recuerdo con nostalgia el trabajo de instalar desde cero un laboratorio escolar. Me tocó hacerlo un par de veces, una de ellas en el colegio "El Madroño" y al cual pertenece esta foto que tiene ya 39 años. Pero también las tareas de mantenimiento, el curiosear con el instrumental, el elaborar proyectos para su uso y aplicación en la actividad escolar.

Algunos proyectos fueron aprobados pese a la redacción "un tanto novelada" que impuse a los rutinarios procedimientos. Casi todos aquellos laboratorios exigían, como muchas otras actividades escolares, un trabajo invisible, un tiempo no asignado; es decir precisaban voluntarismo, ganas y afición. Se solía comenzar por elaborar unas normas o adaptar algún catálogo ya existente. También había que clasificar y reordenar el material, etiquetar, adquirir productos, construir sencillos aparatos... Por supuesto debías aprovisionarte de un buen número de fichas y actividades adecuadas a los alumnos. A veces teníamos acuarios, terrarios, colecciones de minerales... en fin, toda una serie de actividades que exigían continuidad y dedicación.

Muchas veces he visitado centros en los que "fui profesor de laboratorio" y siempre, si me es posible, intento visitar aquel aula que ordené y decoré con cariño. A veces siento una leve emoción al encontrar mi letra en las etiquetas, las letras polvorientas troqueladas por mí hace años colgadas aún en alguna pared o algún aparato realizado con los alumnos e indultado del expurgo pese al paso de los años. Siento pena por los maletines semivacíos, faltos de piezas perdidas en el trajín de la actividad escolar. Miro amorosamente las colecciones de minerales, algunos de ellos recogidos personalmente en excursiones personales: Galena en Gredos, petróleo en La Lora de Burgos, cinabrio en Almadén, oligisto en la Cueva del Hierro, estalactitas en Atapuerca... cada piedra podría contar una historia.

Y también recordaré la ilusión y la fascinación que despertaba en los alumnos; aunque muchas veces me enfadara tratando de que controlaran su impulsividad y fueran cuidadosos. La mayoría de las veces mis alumnos fueron urbanitas, sin experiencias en la naturaleza, sin hábitos de observación y experimentación. Hacía siempre falta una preparación de años para que aprendieran a utilizar ese maravilloso espacio: bienaventurado el colegio que mantiene un plan a largo plazo en el uso y mantenimiento de este espacio.

Yo concibo este recinto como laboratorio y museo. Un lugar donde mostrar la ciencia y donde trabajar con ella. No entiendo la actitud generalizada de "fabricar, usar y tirar" que se tiene en la mayoría de los colegios hoy en día. Pienso que se debería dedicar un espacio a materiales elaborados en los años anteriores y cuyo uso en el día a día harían las Ciencias Naturales muchos más interesantes.  

Y, remontándome en el tiempo hasta la lejana edad de mi niñez en el Liceo Castilla de Burgos unas líneas para expresar mi nostalgia por aquel laboratorio amorosamente mantenido por el hermano encargado: un lugar mágico lleno de animales exóticos disecados, minerales de extrañas texturas y colores, coloristas tableros de mariposas, ofidios ovillados en tarros de formol, extraños y fascinantes aparatos... Aquel laboratorio abrió mi mente al mundo rico y fascinante de las ciencias naturales. Gracias le sean dadas.



Vocación naturalista

Aquí está la foto. Su hallazgo me emocionó. Se trata del viejo museo del colegio Liceo Castilla. Este sería su aspecto, allá por los años 60, cuando lo visité por primera vez. No menos de 6 ni más de 10 años tendría cuando accedí a esta sala repleta de animales disecados e inundada de olores rancios a naftalina. El museo se visitaba una vez al año. Recuerdo que me impresionó profundamente. Los ejemplares abarrotaban esta sala que, en mi recuerdo, era grandísima. Ejemplares de mámíferos de los cinco continentes, colecciones de mariposas e insectos, esqueletos, modelos anatómicos... todo estimulaba mi curiosidad. Los taxidermistas recreaban posturas y situaciones que avivaban mi imaginación. Parecían reales. Incluso atemorizaban un poco.
Es extraordinario contar en tu cole con un museo "como los de verdad". En Burgos no había otro igual y su colección era muy valiosa. Los hermanos maristas en misiones por todo el mundo traían, para este museo, piezas de los paises donde trabajaban y así se completó un catálogo completísimo.
En mi cabecita crecía el respeto y la admiración por el hermano que cuidaba y mantenía el museo. Era el depositario de la omnisciencia. Ya me gustaría a mí saber lo que el sabe... -pensaba-. Tal era nuestra veneración que, un año después, cuando encontramos una moneda romana en una de los pistas del circuito de motocros de S. Isidro, fue al primero al que acudimos.

Esas imágenes estímularon un montón de neuronas en mi cerebro y crearon una impronta que me durará toda la vida. Mi interés por la ciencia nació quizás aquí. En esas fechas comenzamos a jugar a científicos entre las ruinas de la vieja casa del campo de carbonilla. Era este un enorme campo de futbol cubierto por una grava negruzca de carbonilla. Quizás la proximidad de la vía explicaba la presencia de semejante pavimento. Contaban las leyendas que corrían entre los niños del barrio que en ese campo se entrenaban durante la guerra y algo de verdad tendría cuando, muchas veces, encontramos balas disparadas e incluso, en una ocasión, una con su correspondiente cartucho sin disparar. Mi hermano Javi y sus amigos la llevaron al portal de casa y, golpeándola con una piedra, la hicieron estallar causando la natural alarma en el vecindario (y gracias a Dios, sólo fue eso).
El campo de carbonilla tenía (próximo a los almacenes San Gil de materiales de construcción) un edificio de dos plantas en estado ruinos que fue durante nuestra infancia el mejor espacio de juegos. Tenía las todas cualidades precisas: sin dueño, lleno de recovecos, repleto de vigas y pasillos voladizos donde probarnos, oculto... Ese edificio tenía un sótano. Su acceso estaba lleno de escombros y apenas cabía un cuerpo infantil. Entrabamos ocasionalmente a explorar. En varias ocasiones encontramos los desechos de lo que barrunto sería una clínica veterinaria: largos catéteres, jeringas enormes, vasos de ensayo, viejos frascos con productos... con todo ese material (aseguro que ninguno hemos muerto envenenados o infectado) jugábamos a los experimentos. Fue nuestro refugio secreto hasta que alguna otra banda del barrio lo descubrió y destrozó nuestro oculto laboratorio.

Ese lugar y el contiguo solar tapiado que llamábamos "Las Pilas" por los enormes y viejos lavaderos que almacenaba, fue el escenario de numeros experimentos relacionados con nuestra ciencia infantil: las explosiones que producíamos con sosa y potasa compradas en la farmacia (inexplicablemente nos las vendían), el cohete experimental que hizimos con un tubo metálico y los cartuchos de los cohetes no estallados en los fuegos de artificio que se realizaban en el Arlanzón, la más tranquila observación de musgos, ortigas y todo tipo de flora salvaje que crecía selvática alrededor del riachuelo que formaba la salida de un colector y al que se accedía desde el otro lado de la vía, tras saltar una tapia, el aplastamiento de chapas, arandelas y monedas al paso del tren sobre las vías...

Toda una colección de recuerdos que nacen de este viejo museo. La misma sensación he tenido cuando visité el Museo de Ciencias Naturales en Madrid (la antigua colección con muchos de los fondos que actualmente no se enseñan). Y no puedo menos que agradecer esa maravillosa idea de acercar la naturaleza a los niños. Y yo, como maestro, lo intento día a día.

lunes, 30 de enero de 2017

Así te leo cuando me hablas

¡Que difícil es explicar a un normoyente las dificultades perceptivas de un sordo! Cuantas veces lo intento me encuentro con cierta conmiseración inicial pero también un rápido abandono del interés por el tema derivando enseguida en un cambio de conversación e incluso de interlocutor. "Ojos que no ven, corazón que no siente" o, aplicado al caso: "Ignorar al que no entiende, conversación más entretenida". Con afán pedagógico he sugerido en ocasiones, para que me entiendan, que intenten mantener una larga conversación grupal con tapones en los oídos. Nadie se molestó siguiera en intentarlo, y si alguien lo hiciera, no aguantaría mucho. Un simple resfriado puede daros una idea de lo incómodo de la situación. La existencia de un familiar con pérdida auditiva aumentará vuestra empatía; pero "nunca" llegaréis a entender en plenitud la terrible soledad que experimenta un sordo en la comunicación oral. Voy a intentar visualizar estas dificultades realizando una extrapolación de canales comunicativos: pasaré del canal auditivo al visual introduciendo en la lectura de un texto variables equivalentes de debilidad de la señal, distorsión y ruido. "Veamos" que pasa en la conversación.

* Haz clic aquí si no ves correctamente la imagen. 

jueves, 26 de enero de 2017

Autorretrato


Autorretrato.

De unos padres marrón castaño y de madres azul marino nacieron mis ojos verdinegros, mi gracia más preciada. De las ondas del pelo de mis progenitores heredé algún gracioso bucle ensortijado que me colgaba del flequillo en mis años jóvenes, ahora mi frente se agranda hasta lo alto de mi cabeza desertizada, solo con alguna rala vegetación aclimatada, no sé cómo, a sobrevivir en las cumbres que ya empiezan a estar nevadas. La frente amplia, que insinúa mi comportamiento cerebral y mi gusto por el intelecto. Las cejas, pobladisimas, tienden a unirse dándome un aspecto torvo: "unijuntas" que están, como diría la pequeña Verónica, una niña curiosa a la que aprecio. A su abrigo, asoman unos ojos tristes y misteriosos, replegados, hundidos por fuerza de una miopía antigua. Un epitelio ligeramente hinchado forma leves bolsas bajo ellos que se vacían un poco tras una ducha madrugadora. Alguna verruguilla se insinúa en los párpados vigilada atentamente por la mirada de su dueño que no quiere que prospere más de lo estéticamente conveniente. La cara está flanqueada por unas orejas grandes, salientes como de soplillo, con el lóbulo unido a los pómulos. En medio del rostro sobresale una nariz algo más gruesa que la media, ligeramente hinchada. Montan sobre ella, despreocupadas desde la infancia, las sempiternas gafas. Más abajo, una boca reacia a la risa pero propensa a la sonrisa.
Esta boca está enmarcada por unos labios más bien pequeños siendo el superior algo más fino. Cuando se abren muestra unos dientes, no tan níveos como quisiera, pero que aguantan aún en formación, sin bajas. Uno de ellos resultó herido por una pedrada en la niñez que lo dejó mutilado largo tiempo. Ahora, reconstruido,  aún acostumbra a ocultarse de las miradas ajenas y evita mostrarse con franqueza. En la actualidad este nacarado castillo sigue en pie, sin falsas torres postizas que rellenen roídos paredones, pero se sabe minado por la labor de zapa de bacterias que socavan sus cimientos y, a milímetro por año, ahondan el foso de las encías. Cuando se la deja crecer, asoma en el rostro una barba hirsuta, rasposa, que hiere sin intención las pieles delicadas que la besan. Las orejas grandes, salientes como de soplillo, con el lóbulo unido a los pómulos, rareza que comparto con muy pocos.
El cuello grueso, la nuez marcada, los hombros no muy anchos. Los brazos y el pecho velludos lucen su pilosidad sin vergüenza pues han aprendido que resultan atractivos, algunas espontáneas caricias se lo demuestran. Las manos cortas, de pulso firme, muestran dedos hábiles y flexibles. Son dedos acostumbrados a los instrumentos de escritura más que a las herramientas de los trabajos duros.
Un lejano partido fútbol está en el origen de una rodilla casi siempre hinchada. Aquel menisco roto sufrió, con injustificada urgencia, una fracasada operación a cargo de un galeno inexperto y me dejó en recuerdo una bolsa de líquido sinovial a un lado de la rótula que se llena apenas me esfuerzo un poco.
Todo el edificio corporal se sustenta sobre unas plataformas de sustentación desniveladas, que encajarían mejor en el parteaguas de un tejado. El pie izquierdo porta un juanete nacido en la madurez y que ha dejado obsoletos muchos pares de zapatos. Los cuatro dedos más pequeños se agazapan y retroceden ante el empuje del dedo gordo que se escora fuertemente hacia ellos. Todo ello hace que, desde niño, los pies tiendan a segar el suelo cual hoja de guadaña. Con voluntad férrea, dese muy pequeño, aquella personita se comprometió a realizar ejercicios y posturas de compensación y de esta manera se obligó a sí mismo a dormir separando las puntas de los pies hacia extremos opuestos.
De constitución llamada "atlética", este cuerpo mío difícilmente ganaría olimpiada alguna. Se conformaría con participar sin brillo en las competición de mantenerse en forma día a día. El último trayecto de ricos platos y cervezas tienen parada en la barriga donde se van almacenando poco a poco los frutos de la gula. De vez en cuando, esos depósitos se aligeran con sesiones de ejercicio, pero cada vez es más difícil vaciar estas reservas innecesarias.
El cuerpo en el que habito aborrece los adornos y añadidos: no tolera anillos, pendientes ni relojes; abomina de piercings y tatuajes... Odia embadurnarse de crema alguna. Tolera malamente desodorantes por deferencia a los semejantes y raramente se perfuma. Usa jabones en justa proporción, nunca exagerando su uso. Le gusta cubrirse con ropa cómoda y poco llamativa. Admite, apenas, unas gafas y un par de audífonos porque no le queda más remedio.
He auperpuesto la máscara de Dimitros sobre mi fotografía. Así posado contra este patrón de perfección mi rostro se comporta como un traje desajustado, fuera de talla, producto de mercadillo; donde las costuras aparecen a la vista en vez de escondidas en los pliegues naturales. No me acerco al canon de belleza, ni mis medidas se ajustan a la sección aúrea. Enfoco el móvil de mis sobrina con su celebrado programa de "adivinar años" y hago un selfi a mi cara: tras activar su software me asigna 65 (seis más de los cumplidos); ni siguiera la caritativa resta de años introducida en sus algoritmos para agradar el ego del usuario, logra bajarme de los 55 hasta el cuarto intento.

Ya no me gusto en las fotos. Cada vez me hago menos. Empiezan a irritarme. Evidentemente he comenzado a deconstruirme.

domingo, 1 de enero de 2017

El tiempo pasa




He contemplado la historia del Universo contada en dos breves minutos. He visto palpitar la pantalla como afectada de una taquicardia visual mientras en los altavoces sonaba  un ritmo frenético. De un Bing Bang a otro en apenas 120 segundos de fotos relampagueantes componiendo el álbum de la biografía del Universo.
Se trata de un video impresionante, una de esas compilaciones expectaculares que se nos ofrecen en internet y que se comparten por el módico precio de ver un instante la firma del autor en el segundo final. En esta exposición ultrarápida de fotografías de la Historia del Mundo todas nos son familiares. Si pulsamos la pausa podremos impartir una lección sobre cada escena. Yo lo he hecho con mi alumno Alberto: parábamos al azar y le explicaba durante minutos algunas nociones del Bing Bang, las características del paleolítico, los avances del Neolítico, las maravillas de la Historia Antigua, la época oscura de la Edad Media, el florecer del Renacimiento, la aventura de la Edad Moderna y la complejidad de la Edad Contemporánea; terminando con  un deje pesimista sobre nuestro incierto futuro lleno de sombras y amenazado por un cataclismo universal.

¡Cómo pasa el tiempo: Vuela, que dicen los viejos! El tiempo no se detiene: "Tempus fugit". El tiempo es la obsesión de los mortales, el miedo de lo corrupto... apenas una rosa alcanza su esplendor empieza a marchitarse; es quizás esa fugacidad lo que la hace tan hermosa.

Sin el tiempo no existiría el espacio, sin el espacio tampoco existiría el tiempo: se necesitan. Solo es medible lo que tiene extremos y el ir de un extremo al otro ya es tiempo. Sólo tiene sentido el tiempo si hay un espacio cambiante o un ente que lo recorre. 

El Universo es una mareante inmensidad con una historia inimaginablemente larga. Pero ninguno es infinito; y ahí, el hombre, está perdido: es incapaz de comprender el "antes" y el "después" del tiempo y el "más allá" del Espacio; ni siquiera entendemos bien "el aquí" y el "ahora". Los hombres, microbios espaciales de vida hiperbreve, se afanan en sus cortas existencias por comprender la increíble complejidad de los sistemas, por atesorar experiencias en tiemp de flash.

El Tiempo no es que pase: es que nos arrolla. Y encima, cuando sobrepasas los 50, acelera. El metrónomo de la existencia se torna impaciente; caen las horas, una tras otra, como en una clepsidra cuyo esfinter se ensancha más y más. El tiempo vuela, nos adelanta dejándonos exhaustos, nos deja sin aliento como a caracoles recorriendo el Universo.

Empiezo a percibir los signos de que pierdo la carrera: Esas miradas por encima del hombro hacia el pasado cuando antes jamás volvía la vista, ese sueño que se impone actualmente a la voluntad, ese cuerpo dolorido que tarda tanto en recuperarse, esa dificultad para aprender las cosas nuevas que te hacen recurrir a los recuerdos, esos movimientos más torpes y pesados, esos reflejos lentos, esa algarabía que ofende... Siente uno que el tiempo se acaba. Envidia uno lo más joven por su potencial y se apoya uno en la potencia de la experiencia. El precio del tiempo se revaloriza: gastarlo a gusto, en lo que realmente quieres, se vuelve impagable. Tempus fugit, pero del presente que logro atrapar exprimo el jugo de cuanto bien existe. 











El tiempo vuela

Como no va a pasar el tiempo... mi madre tiene ya 90 años.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Un paisano de Sedano


El coche paró al costado de la carretera, bajo un nogal. Sedano no estaba lejos. El conductor bajó apresuradamente y alivió su vejiga contra el grueso tronco del árbol. Con un suspiro de satisfacción cerró la cremallera mientras volvía la cabeza para contemplar el entorno. En el suelo, ya limpio por la rebusca de las nueces de temporada, descubrió una nuez, escondida entre la hierba. Se agachó y la cogió. Tenía buen aspecto y le apeteció probarla. Montó en el coche y apretó la cáscara con las dos manos esperando oír el crujido que le anunciara el libre acceso a su rico contenido. Pese al dolor de una fuerte presión la nuez se mantenía intacta.
- ¡Jodeeerr...!
El exabrupto salió por la ventanilla y su sonido voló por los alrededores...

El paisano, con la boina calada que tapaba sus canas de sesentón,  detuvo su bicicleta de medio siglo al lado del vehículo. Levantó la barbilla en dirección al viajero que seguía peleando con la nuez:
- ¿Es suyo ese árbol?
- No...
- ¿Lo ha plantado usted?
- No...
- Y si no es suyo y no lo ha plantado: ¿Por qué coge esa nuez?
- Porque estaba en el suelo.
- Ya, pero, si no es suyo el árbol... ¿por qué coge usted esa nuez?
- ¡Pero si era la única!
- Pero no es suyo el árbol ¿verdad?
- ¡Que solo es una nuez, que estaba abandonada, que se iba a pudrir!
- ¿Pero la nuez era suya o no era suya?
...

El viajero, estupefacto, se queda con la boca abierta. La nuez le quema como una brasa en las manos. Sale del coche y soltándola la da un puntapié que la manda cincuenta metros más allá, sobre los campos de labor.
- ¡A tomar por culo la dichosa nuez!
Y montando enfadadísimo en el coche arranca al instante.

El paisano, aún de pie sobre la bicicleta, le grita mientras se incorpora a la carretera:
- Bueno, pues si usted quería nueces, yo le puedo vender...

lunes, 10 de octubre de 2016

Mi año KOI-4878.01


Que nos estamos cargando el planeta ya no lo duda nadie. Sí: estamos mordiendo la mano que nos da de comer, jugamos como niños con la comida... Y una vez que dejemos nuestra casa como un erial tendremos que mudarnos. Así que ya vamos buscando piso por los alrededores. 

Entre las oportunidades inmobiliarias espaciales que recoge el catálogo del telescopio Kepler figura una hermosa vivienda para la humanidad: el planeta KOI-4878.01,  nada menos que un exoplaneta de superlujo con una semejanza a la tierra casi del 100% (IST, Indice de Similitud con la Tierra de 0,98 teniendo la Tierra misma un IST=1).  Nos pilla un poquito lejos eso sí (está a  unos 1075 años luz), pero con la mejora en los transportes, no será problema en breve. Los años allí se nos harán un poquito más largos, de unos 449 días; pero no nos vamos a quejar por eso. No está mal iluminada (su estrella es una enana amarilla como nuestro sol y bastante parecida) y, si se confirma que tiene atmósfera, la temperatura será templadita, como aquí; acaso un poco más cálida (17,8º C de media). De materiales no anda mal: tendrá metales en parecida proporción a la Tierra y es muy posible que esté muy bien ventilada con abundante oxígeno e hidrógeno en su atmósfera. Hay posibilidad de que se trate de un planeta océano, lo que convertiría la vida en ese nuevo hogar en unas eternas vacaciones en yate. Quizá hubiera que fumigar un poquito la nueva mansión, es muy posible que esté poblado por varias clases de bichos; las posibilidades de vida allí se apuntan extremadamente altas. 

Pues bien. Se espera que abran de nuevo el piso piloto para el 10 de octubre del 2016. Es decir ese día, precisamente el de mi cumpleaños, se mostrará visible al telescopio en tránsito alrededor de su estrella. Echaremos un vistazo. Quizá nos pueda interesar y vayamos preparando el traslado.   

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La oveja negra

El fotógrafo imaginaba que la foto se animaba y las figuras cobraban vida. Le pareció oír que decían: 


- Beeeee... ¡Cuanto sol has debido tomar, Oveja Negra!
- Beeeeeee... ¿No te habrás equivocado de rebaño, negrata?
- ¡Bee... Bee... Veeeete de aquí! Seguro que no te has lavado!
- ¿Quieres dar la nota? ¿No ves que la mayoría de las ovejas son blancas?
- ¡Ya está aquí el Espíritu de la Contradicción! Si es que con tal de llevar la contraria...
-  ¡Este es un rebaño de blancas: aparta tu negro culo y veeeeete al cortijo de los cerdos!

Entonces se acordó de que contemplaba directamente el negativo. Positivó la foto y entonces escuchó: 


- Pero bueeeno... ¿Tanto te lavas que se te va el color? ¿No te avergüenza ir tan descolorío...?
- ¡Veeeeeeeeeete, este es un rebaño de negras! ¡Aparta tu blanco culo de aquí!
- ¿Te gusta hacerte el interesante? Veeeen aquí, Blancanieves, te voy a enseñar otro final del cuento!
- ¿No te gusta cómo somos? ¿No estamos a tu altura, Copito de Nieve? 
- Aquí huele a excremento de Blanquita...

Entonces el fotógrafo decidió fundir las dos imágenes: 


- ¡Joder, qué muermo, siempre la misma gente! ¿Es que no hay nadie original?

martes, 6 de septiembre de 2016

Largos aullidos a la luna


Me lo dicen mis compañeros: "está  bien pero es muy largo". Me recomiendan la concisión en los bogs, en las  redes sociales: "algo cortito,   tipo flahs, estilo twett..."  Si te gusta escribir -sugieren- hazlo en forma de tapa literaria o nadie se tomará la molestia de leerte. Realiza una reducción del producto; aumenta la concentración del sustrato literario, la molaridad de artículo. Afiliate a la ráfaga intrascendente, al disfémico trino tónico-clónico de twitter.   
¡Pues va a ser que no! Seguiré escribiendo "testamentos" cuan largos quiera. Agotaré al cantero que esculpa el epitafio sobre mi tumba. Algún día sobre el cacareo de las gallinas se oirá, bien alto, el largo aullido del lobo.


martes, 30 de agosto de 2016

Ruta en bici por Palomares del Campo.


Ahora que las endorfinas relajan mi cuerpo dolorido y lo acunan, sedoso, en la hamaca del sueño quizá sea el momento de reflexionar sobre el esfuerzo realizado, sobre ese dolor articular y esas punzadas musculares que son las señales de protesta de mi cuerpo desacostumbrado a las exigencias físicas, a los esfuerzos sostenidos... Hoy es uno de esos días en que, reuniendo voluntades, he decidido dejar el sueño postergado y levantar mi cuerpo grávido, despegarlo de las sábanas

jueves, 25 de agosto de 2016

SINTIENDO EN LA NUCA EL ALIENTO DE LA MUERTE - 16: Sísifo sobre el tejado.


Un espíritu alado, un ángel protector, cuida de mí y se ocupa de guiar mis pasos y vigilar mis torpes movimientos sobre las tejas en el alero. No tiene otra explicación que no me haya caído desde esa altura alguno de esos últimos años en que he de subir a reparar los destrozos que se acumulan en este tiempo en el tejado antiguo de la casa centenaria de mi madre.

Esta tarde, con el cuerpo molido, me tiendo en la cama de espaldas. He renunciado a la sobremesa, a la copa, al mantecado con coñac...; lo único que quiero es tumbarme boca arriba en el blando lecho de mi rústica habitación. Agotado miro el techo, ese techo con el yeso antiguo siempre agrietado sobre el que, un metro más arriba, se sustenta el tejado donde los gatos depositan sus excrementos por centenares. Hoy, mañana y tarde, lo he pasado moviéndome a cámara lenta sobre las tejas arreglando goteras evidentes y agujeros ocultos, parcheando tejas rotas, retejando, quitando cascotes, ajustando la curva cerámica de las tejas árabes... Sé que, para los profesionales no es gran cosa pero yo, profano en el oficio y falto de ejercicio y de práctica, he quedado para el arrastre. Me duelen los brazos, se me resienten las rodillas, tengo las manos abrasadas por la aspereza y el calor de las tejas y el culo, ese tercer apoyo junto con los pies que es el más seguro para no partir la cerámica, está pelado y despellejado como trasero de babuino (¡la próxima vez no me  pondré un liviano bañador, no señor!).

Cada año la aventura de subir al pajarón (antiguo pajar y almacén del gran en el piso superior), colocarse sobre una mesa vieja de madera, y alzarse a pulso entre la claraboya se acaba convirtiendo una obligación.  El estrecho ventanuco se asienta en medio del tejado posterior, entre dos vigas. Su borde inferior se asienta sobre dos tejas varias veces rotas  ya por el peso al sentarse sobre ellas cuando accedemos a la cubierta. Remendadas actualmente con buen cemento, aún ha habido que aplicar silicona en las nuevas grietas pues, hace algunos años, el agua que se filtró en abundancia haciendo crecer una colonia de setas creciendo invertidas en el techo de ramas y barro. Precavido he acarreado previamente una docena de tejas viejas (procedentes de desmontes de otros tejados y que tienen la ventaja de la probada durante décadas de su resistencia a los elementos). También he dispuesto un cepillo para barrer los cascotes entre los surcos y mover las tejas distantes en los lugares en que no puedo pisar (existen lugares señalados en algún mapa de mi cerebro que señalan los sitios en que pisar equivaldría a un desplome de la zona, tal es el estado de podredumbre allí de las vigas). Por último me cuelgo una pequeña mochila a la espalda cargada con silicona, un rollo de cinta asfáltica, varias bolsas de plástico (para guardar los cascotes que vaya encontrando) y mi móvil, dispositivo muy necesario por si me caigo, o desfallezco, o me da un calambre o, simplemente, necesito la ayuda de alguno de mis hermanos para que me acerque nuevas tejas o una misericordiosa botellita de agua que alivie el sol cenital que se cierne sobre el tejado en estos últimos días de agosto.

El objetivo inicial es arreglar un par de goteras detectadas este invierno; pero una vez arriba, ante el  panorama de tejas revueltas, desplazadas o partidas, no puede uno menos que ponerse a repasar pacientemente, metro a metro, toda la superficie del tejado. Mil factores son la causa de estos desaguisados anuales: las fuertes lluvias de invierno y primavera que arrastran las tejas, el viento que emboca sus aberturas levantándolas y desplazándolas, las plantas y musgos que crecen en los intersticios impidiendo el libre discurrir del agua, el fuerte choque térmico que fractura la cerámica, las garduñas que rondan nocturnas por los tejados buscando nidos y polluelos bajo las tejas y, sobre todo, los gatos: esas adorables y curiosas criaturas (protegidos por decenas por mi vecina) que suben a su solarium particular a tomar el sol y que utilizan los canales como letrina. (He jurado que el próximo año me haré con una carabina de aire comprimido: ¡ya está bien de que "caguen" impunemente sobre mi cabeza!). A todo esto se añade la constante caída de láminas de ladrillo (el vecino cometió la chupuza de edificar una pared lateral al tejado de rasilla que con el tiempo se desmorona en delgadas cuchillas cerámicas), los cascotes de cemento que sujetaban muchas de las tejas y que, casi en su totalidad se han despegado y obstruyen continuamente los desagües, y algunas ramas traídas por el viento y que acaban por formar pequeñas presas. No cuento la arena que se deposita en los laterales, bajo la pared vecina, producto de una mezcla con cemento en una proporción bajísima (quizás al 1:20 Peso/Peso) que hace que se desmigajen en mi puño cuando tomo un puñado.

Así que, además de ajustar como en un puzle muchísimas tejas sumamente irregulares y de asegurar en lo posible que no se desplacen demasiado por la gravedad, el viento o la lluvia; voy recogiendo en bolsas de plástico todos los desperdicios acumulados. No bajan de cinco o seis bolsas la recolección de los pequeños escombros que se acumulan anualmente. Después toca la penosa tarea de llevar las tejas de una en una (evito estar de pie,  todo esto ha de hacerse sentado y apoyado con mucho cuidado en las tejas, preferentemente en las laterales unidas a la pared vecina o al lomo de las vertientes, lugares de más resistencia y donde la rigidez del piso hace que las tejas no se rompan). Así, sentándome a cada metro paso de mano a mano las tejas de una en una hasta treinta metros más allá donde las distribuyo según necesidades. Pero para mi desgracia alcanzar el lugar donde hay que sustituir una de ellas supone muchas veces romper otras al paso. Están tan sueltas y la sustentación es tan blanda que apenas se fuerza una apoyo producen una fractura. Ese sonido seco bajo los pies (o el trasero) resulta frustrante y descorazonador; recuerda los penosos e interminables trabajos de Sísifo acarreando su bola hasta la montaña para inmediatamente no poder evitar que caiga a de nuevo desde la cima y recomenzar la tarea eternamente).

Bajo el sol del mediodía aún hay hay que lidiar con las avispas, algunas de las cuales construyen sus avisperos bajo las tejas. Sufrir un ataque en masa de estos insectos: llegar a la claraboya entre tejas inestables y bajar por la misma con un enjambre atosigándote resultaría dramático. Mientras tanto, eso sí, las vistas a ojo de pájaro son magníficas. No muy lejos puede verse a la gente trabajando en las huertas, o  se distingue  perfectamente la silueta de gran parte de las casas del pueblo. En la parte posterior veo el patio de mi vecina echando de comer a las gallinas, esa misma vecina que mima y alimenta docenas de gatos que luego recorren mi tejado y defecan sobre él tomando el sol. Las dos bolsas que llené con sus excrementos incluían algunas bastante reciente, posiblemente de algún gato poeta que gusta de hacerlo al amanecer admirando la salida del sol. Con el paso de las horas y lo forzado de las posturas los brazos y las piernas parecen descoyuntarse; pero son las rodillas, sobre todo, las que más protestan desde sus meniscos resentidos. Con las horas dejan de responder y trastablilleas con serio peligro para tu seguridad. A veces surgen pequeños accidentes como cuando el rollo de cinta asfáltica con el que parcheo grietas y fracturas rueda tejado abajo yendo a parar al patio de la vecina amante de los felinos. Al final hay que ir a pedirle que, por favor, nos deje recogerlo.

Al final de la tarde, agotado y sin fuerzas, me siento un momento y observo mi alrededor. Varios gatos dormitan en los tejados vecinos. Yo les hago gestos evidentes de carnicero: les escenifico que les rebanaré el cuello, alzo mi brazo y muevo mis dedos como una garra amenazante, les muestro mi navaja como un largo colmillo que espera clavarse sobre su cuerpo... Ellos me miran indolentes sin entender (o sin importarles) mis amenazas. Sólo parecen responder al bufido que, encolerizado, termino por enviarles: ¡Ffffffffff..! Entonces, perezosamente, se levantan  y se alejan despacio colocándose con cierto fastidio unos metros más allá, como pensando: ¡Qué malas pulgas tiene el servicio de limpieza! ¡Hay qué ver como las gasta el limpiador de váteres este...!

lunes, 22 de agosto de 2016

El patito feo



Lo vi de reojo mientras regaba el jardín. Estaba acurrucado bajo las arizónicas, hecho una bola con su plumaje gris y relamido, como si hubiera salido del huevo hacía un minuto. Pero era muy grande. - Será un polluelo de pato -pensé-. Al menos tenía un pequeño pico en espátula; sin embargo parecía no guardar proporción con el gran pico de estos ánades. - Quizá sea una cría de cuervo. Hay muchos por estos tejados -concluí-.

Me acerqué un momento para que se acostumbrara a mi presencia, pero parecía tan aterrado que no era capaz de moverse. Sólo, cuando aproximaba la mano, hinchaba el pecho y erizaba levemente el plumón  preparándose para retroceder: -No hay prisa, acabará acostumbrándose a mí al comprobar que no le hago daño... -pensé y respeté su temerosa soledad-. Él, desamparado, me miraba con ojos tristes desde su oscuro rincón.

Por la noche, al regar el jardín, lo vi de nuevo. Se había ocultado entre las leylandis y parecía esperar, muy quieto y encogido, la dudosa venida de su madre. Su  imagen era la viva expresión de una tristeza infinita. Volví a repetir el ritual de aproximación. Pensé en El Principito y las reglas de amistad para con la desconfianza natural e su encuentro con el zorro: -Me va a llevar tiempo y no sé si sobrevirirá a la soledad, o al hambre (¿sabrá buscarse por su cuenta las lombrices del jardín?), o al gato depredador de caracoles que salta la valla muchas noches y se pasea confiado por nuestro patio... Quizá muera pronto, antes de iniciar las primaras lecciones de domesticación. Si es un cuervo sé que son sumamente inteligentes y pueden aceptar la compañía de los hombres...

Mientras pensaba en estas cosas aparté el chorro de la manguera para no mojarlo. Le dejé pasar la noche por su cuenta confiando en que su instinto le permitiría buscarse solo la vida en mi jardín mientras pensaba que hacer con él. Charo, mi mujer, ya me había advertido de que lo sacara de allí cuanto antes, que no lo quería en absoluto dentro de su espacio vital.

Hoy, al acercarme a regar el césped, lo he encontrado en el suelo tendido y estirado. De entre el plumón estropeado y cubierto de hormigas sobresalían estiradas, tiesas, sus patitas negras. Del repertorio de mis sentimientos emergió una pena incontenible: -Pobre patito abandonado -pensé-. Debí ayudarte cuando aún era tiempo.

He recogido su pequeño cadáver y lo he metido en una bolsita negra. Con este improvisado ataúd lo he enterrado en el contenedor de la basura. Cumplí con un minúsculo duelo mientras lo llevaba; había algo familiar en este patito solo, desvalido y feo.  

viernes, 12 de agosto de 2016

Aquel viaje fin de curso.


Magaluf salta a la plana de los periódicos. La prensa se hace eco de lo que, en círculos juveniles ingleses, era vox pópuli. Magaluf es el lugar de unrito iniciático para los jóvenes británicos que, terminados los estudios, se introducen en la adulta faceta de experimentar el exceso (y exceder el experimento. Se llega a etiquetar el sitio con los adjetivos del vicio: desmadre, pasaje a la lujuria, lugar de perdición, hogar de Baco, casa de Dioniso... Sus "delicias" turísticas, pregonadas en el boca a boca juvenil, se publican ahora en la prensa: la desenfrenada ruta etílica del "Carnage Tour" (barra libre en cinco establecimientos de la cadena por 30 euros la noche), el "mamading" (bebida gratis  pagando con sexo oral), el "balconing" (salto de un balcón a otro o hacia la piscina práctica que produjo más de 8 muertos en 2014)... Por 300 euros/pax se prometen noches épicas, veladas de sexo fácil sobre las arenas de la playa, ebriedad y zarra no solo consentida sino bendecida...

Este es el destino que eligen muchos jóvenes con impaciencia y que temen muchos padres... y allí, precisamente, es donde nosotros llevamos a nuestros alumnos en aquel viaje de fin de curso. Claro que, hoy en día, nos hubiéramos cuidado muy mucho de elegir un destino así y, también es cierto, que en aquella época (hace más de 25 años) aún no se había llegado a estos extremos y aquel pueblo mallorquín aún compaginaba turismo familiar, incluso escolar, con una incipiente orientación al turista inglés joven y bullicioso.

En realidad, aquel viaje era una bicoca: diez días a precio de siete, dos excursiones incluidas, avión y alojamiento en hotel de 3 estrellas por un precio muy módico. Nuestro director se  había mostrado muy hábil negociando el viaje con las agencia e incluso, dado el pequeño número de alumnos que podrían hacerlo, se había molestado en contactar con otro colegio para completar el cupo de 60 plazas necesarias. Así que, tras recoger en su colegio a los alumnos del otro centro nos presentamos en el aeropuerto a las 1:30. Nosotros conocíamos ya a  los otros  compañeros  por haber hecho alguna excursión de convivencia previa. A estos les acompañaba una joven profesora interina muy dispuesta y ambos nos presentamos en el mostrador solicitando información de nuestro vuelo. Nos llevamos un gran susto cuando nada sabían del mismo. Parece que nuestro avión no existía. Angustiando terminé llamando a las 4 de la madrugada a mi director que se  tomó amablemente la molestia de levantarse y venir hasta el aeropuerto. Finalmente todo se aclaró: nos habían cambiado el nombre del vuelo y este salía a las 6:10. Tras cinco horas en el aeropuerto aterrizamos en la Palma a las 7:00.

Era mi primer viaje fin de curso con alumnos. Era entonces tutor de un grupo poco numeroso de 8º curso de la extinta EGB. Tenía un justificado miedo a esa actividad. Los comentarios y experiencias de otros compañeros me ponían alerta. Mi propia experiencia en viajes de fin de curso (en bachillerato y en magisterio) me proporcionaban sensaciones agridulces: resultan inolvidables, sí; pero estaban sujetos a riesgos de varios tipos. Alguno de mis colegas me advertía severamente de la necesidad de "extraer el veneno" a los alumnos como si de escorpiones se tratara. Yo alcanzaba a comprender lo que pretendía decirme, pero ¿cómo hacerlo?. Desde luego no quería volver con algún pasajero de más, algún pequeño "alien" alojado en el vientre de alguna de la alumnas. A esa invencible inquietud se unía mi inexperiencia con alumnos tan mayores y la dificultad de manejar un grupo de adolescentes, algunos de los cuales ni siquiera conocía.

Yo tenía mi pequeño plan para moderar las ganas de juega y diversión que, inevitablemente, se producen tras las cenas. Eran los momentos más peligrosos: aquellos en que se producía el trasiego entre habitaciones por los pasillos y, suplicando a Dios que no se le fuera a ocurrir a ninguno de nuestros alumnos, por los balcones contiguos. Tenía previsto llenar el día de actividades, movernos de un sitio para otro continuamente: playa, excursión, paseo, visitas.. contaba así que llegaría agotados a las 12:00 y se irían a dormir como angelitos. Pero "los condenados", aprovechaban los viajes en el autobús para dormir y recuperar fuerzas así que a medianoche estaban frescos como  lechugas. El único que estaba agotado a aquellas horas era  yo y aún tenía que mantenerme despierto y vigilar los pasillos  hasta alta horas de la noche. Cuando llegó el décimo día apenas había algo por las noches y estaba realmente agotado.

El hotel Samos, donde nos alojábamos, no estaba mal. Eso sí la comida era malísima y las habitaciones dobles se convirtieron en triples. Algunos decidieron cenar en el burguer de al lado aunque generalmente volvían para el hotel tras la cena para asistir a las sesiones de animación. Al acabar estas algunos salían con algún profesor hasta las 2:30.  Los dos profesores  nos turnábamos para acompañarles, aunque he de decir que la profesora del otro colegio fue la mayoría de las veces la que, por propia iniciativa, asumió esta tarea. Cuando me tocó a mí recuerdo, espantado, que en las discotecas era imposible controlar del todo lo que consumían los alumnos. Eran locales grandes donde los alumnos se desperdigaban y las bebidas se pedían directamente a los camareros. Sabiendo que alguno podía llegar a pedir un combinado no pude más que hablar con los camareros y pedirles que, si alguno lo hacía, rebajara todo lo posible la mezcla. En lo de "prohibido servir alcohol a menores de 18 años" ellos no se metían y montar un escándalo en plena discoteca no me parecía lo más conveniente. Me pasaba el rato vigilante a los grupos y observando sus consumiciones. La verdad es que se comportaron con normalidad, sin dar la nota y finalmente obedecían aunque a regañadientes cuando tocaba volver al hotel, pero yo acumulaba sucesivas dosis de estrés.

Haber conseguido un extra de tres días más tenía sus inconvenientes. Normalmente se llena una semana con mañanas y tardes de playa o piscina, visitas a Palma de Mallorca, excursiones por la isla, subidas al castillo... pero con tres días más necesitamos organizar por nuestra cuenta un par de excursiones para llenar esos días. Esas excursiones se hacían en transporte público y, en ocasiones terminaban con algún grupo "perdido". A los profesores nos tocaba perder siesta y la comida mientras buscábamos por Palma a los rezagados que, pos su cuenta, llegaba al hotel.

Realmente los padres no imaginan lo ingrato que puede resultar ser profesor a cargo de un grupo de alumnos las 24 horas del día. A veces nos tocaba mediar ante algún comerciante que se quejaba de que alguno había "mangado" una postal. Otras poner malas caras para que abandonaran la discoteca ante lo avanzado de la hora. Muchas veces echar la bronca en los pasillos a aquellos que molestaban. En una ocasión la profesora del otro grupo hubo de acudir a correos junto a  una de sus alumnas pues había tenido que solicitar un giro urgente al gastarse el dinero que llevaba comprándose unos vaqueros  preciosos que vio nada más llegar... Yo no llegaba a entender porqué había accedido a acompañar a su alumna (si gastó su dinero, pensaba, pues que tire lo que resta de viaje sin él)  pero lo comprendí más tarde: era la hija del alcalde de la localidad de su cole. Una gran decepción nos llevamos al visitar la Cartuja de Valldemosa; pese a tener pagada la visita ningún alumno quiso conocerla y prefirieron quedarse a la puerta comiendo helados. También surgieron imprevistos que pudieron dar al traste con,  por lo general, buena marcha del viaje. En la excursión a Soller perdimos (por causa ajena a nuestra voluntad) el último tren hasta Palma. Corríamos el riesgo de tener que pernoctar al raso todo el grupo de 50 alumnos y profesores. Finalmente lo solucionamos contratando un autobús con el dinero que a modo de dietas nos había facilitado la dirección a los profesores. Nos quedamos sin blanca pero salimos del paso.

Pese a esas anécdotas, el viaje fue un éxito. Así lo reconocieron los alumnos y los padres que, en años sucesivos, llegaron a echar de menos la organización y el esfuerzo que desplegamos.

Y es que, en la preparación de un viaje fin de curso, no debería centrarse la atención en el viaje en sí. Lo más importante y educativo debería ser la preparación y, en nuestro caso, fue modélica. Siempre he pensado que estos viajes no deberían ser de "turismo" al uso, o ¡Dios me libre! de desfogue y desenfreno como parecen estar hoy de moda en el Magaluf que entonces visitamos. Deberían consistir en visitas a un agradable lugar de convivencia donde se celebraran actividades lúdicas y deportivas: estoy hablando de albergues, lugares en la montaña o en la naturaleza con acceso a rutas, deportes y juegos más adaptados al os jóvenes. Por otra parte nunca debería tratarse de una actividad "pagada" por los padres (o en una parte mínima). Tendrían que ser los propios alumnos los que, durante todo el curso, ahorraran poco a poco de sus propinas para este fin; habrían de ser ellos los que realizaran pequeños trabajos para recaudar fondos, los  que organizaran eventos para financiarse. Las implicaciones pedagógicas de esas actividades son innumerables. En nuestro caso los alumnos plantaron y vendieron tiestos y plantas (con la experta ayuda del conserje del colegio), vendieron las consabidas papeletas navideñas y los típicos ambientadores, montaron una espectacular cena-cabaret y  organizaron una tómbola con productos que se encargaron de buscar entre muestras y propaganda de numerosas fábricas del polígono industrial de la localidad. Al final el viaje resultó casi pagado con estas actividades.  En las tutorías, de cuando en cuando, se exponía el ejercicio económico y el estado de cuentas, lo que abría un nuevo capítulo a la aplicación práctica de las matemáticas.

Al final, lo mejor del viaje, había ocurrido antes, sin salir del cole.

lunes, 18 de julio de 2016

El tiempo amarillo



Tal es la mala virtud
del rayo que me rodea,
que voy a mi juventud
como la luna a mi aldea. 
...
Sigue, pues, sigue cuchillo,
volando, hiriendo. Algún día
se pondrá el tiempo amarillo 
sobre mi fotografía. 

(Miguel Hernández, El rayo que no cesa. Fragmento)



A las cinco despertó. Había dormido cuatro horas y media lo cual no estaba mal para lo que era habitual en ella -pensó-; la media pastilla de somnífero que se tomó la noche anterior había hecho su efecto, así que se estaba contenta. Aguantaría aún cuatro horas más en la cama; no quería levantarse antes que su hijo mayor que dormía en la habitación contigua. Se dispuso a pasar el tiempo que le faltaba lo mejor posible antes de levantarse y visitar su amado patio para comprobar el crecimiento de las nuevas flores y  contemplar el aspecto del retal de huerta que tenía junto a la tapia.
Al principio revisó las actividades del día anterior: la llegada al pueblo, el saludo a las viejas conocidas (que ya eran pocas y cada vez serían menos), las muchas faenas necesarias en una casa vieja desocupada durante un año entero...  Luego pensó en lo que tenía que hacer en el nuevo día : cocinar el  conejo que había comprado la víspera (lo prepararía ella -decidió-, pues su hijo no sabía hacerlo como su madre, que era como a ellos les gustaba), había que fumigar el cerezo cuyas brotes aparecían infectados de miríadas de pulgones que arrugaban las hojas y le hacían desprender un líquido pegajoso... Al cabo de una hora había repasado la lista mental de las tareas diarias; las horas siguientes las pasó como cada noche recordando.
Resultaba asombroso la nitidez con que se acordaba de los mínimos detalles de su infancia. El día anterior, durante el viaje, estuvo contando largas historias de la familia: nos hizo  un vívida descripción de su madre en el lecho de muerte con su tío a solas con ella inclinado sobre la cama y pidiéndola perdón poco antes de morir: - "Peregrina ¿me perdonas?. Íbamos descubriendo sobre la marcha historias de celos, abusos y envidias que nunca sospechamos... Después abrió el capítulo de la añoranza por su querido pueblo: contó los niños que había en la escuela,  revisó la lista uno por uno como un maestro al inicio de su clase. Algunas anécdotas se agolparon entonces en su memoria: la temida visita de la inspectora y el gesto de alivio de su maestro cuando ella, una de las alumnas más aplicadas, pasó a la pizarra y con sus cinco añitos escribió con letra primorosa la palabra "vaca" a petición de la ilustre visitante; la vez que se escapó unos pocos minutos y se escondió tras el hueco de la escalera ante la llegada del maestro que la buscaba, lo aplicada y voluntariosas que era para los estudios....  Pasó después  revista a la cuadrilla de jóvenes de su época de moza y nuevos recuerdos la visitaron: las bromas que gastaban a los mozos cuando se juntaban unas cuantas amigas y los pillaban desprevenidos: esconderles la comida,  aguarles el vino de la bota, bajarles los pantalones si les sorprendían solos y se sentían atrevidas... Pasó un rato entresacando de la lista a los que aún vivían: eran ya tan pocos... y ¡Dios mío: en qué estado se encontraba la mayoría! Entonces daba gracias a Dios por conservarse tan bien a sus 93 años, por mantener la cabeza en su sitio y ser capaz de hablar con la gente, de aconsejar a los hijos y de poner un poco de orden e interés en la cabeza de su marido, enfermo en los últimos años. 
A las siete visitó mentalmente las calles de la aldea e inspecciona todas sus casas. En su cabeza dibujó un plano preciso con la disposición de las viviendas ochenta años atrás. Pasó un buen rato verificando  una a una los cambios que habían tenido lugar:  las nuevas construcciones, los derribos, los anexos construidos... transitó de las viviendas recientes de ladrillo a aquellas otras viejas más frescas, de paredes blandas y terrosas, de sonidos amortiguados...   Recordaba perfectamente su olor: el aliento animal de las cuadras, el ajo sofriéndose en la cazuela, el humo de la lumbre, el rancio aroma del tocino, el acre de la paja, el dulzón de la hierba, el caliente y húmedo del estiércol...
El día comienza a clarear. Entre las rendijas de las contraventanas carcomidas asoman los  primeros rayos del sol. Ella sigue en la cama esperando que suenen las ocho campanadas del reloj de la torre de la ermita. Hoy tarda demasiado, le parece; y concluye que debe estar estropeado; seguramente el mecanismo digital del programador se averió. ¡Sí, a eso hemos llegado: el vibrante sonido de las campanas lo producen ahora modernos altavoces! Por fin se levanta. Baja con cuidado los viejos escalones de madera relamida mil veces por la fregona. El hijo mayor está ya en la cocina sentado en el extremo del bando más próximo a la lumbre que arde mortecina. Se halla recostado en el  "sillón del tío cura", un espacio acotado, con dos reposabrazos, y reservado desde hacía un siglo para el clérigo que siempre se hospedó en la casa de la familia. Uno de los brazos aún conserva un hoyo pequeño tallado en su extremo donde aquel honorable p.ersonaje cascaba las nueces, privilegio gastronómico que junto con algunos pichones tenía por autoridad y peculio. El hijo escribe en una agenda caducada hace ya dos años pero que usa para tomar notas y apuntes de sus escritos en un blog. La mujer le saluda y le cuenta el tiempo que lleva despierta. Luego, torpemente, coge las cerillas y va a encender un pequeño quemador en la desvencijada cocina de gas. Coloca un cazo requemado con un poco de leche y sale a toda  prisa a visitar el patio recorriéndolo apresuradamente y tropezando a cada paso entre la hierba a media altura cuajada de rocío. Aspira con gozo el aire de la mañana y se dirige enseguida a unas matas de flores: coloca los tallos revueltos y excava un poco la tierra en su base con una pequeña azada; luego coge la manguera del suelo y riega los brotes de lechugas y cebollas de su minúscula huerta... En tanto el cazo olvidado sobre la cocina rebosa la leche hirviendo. El hijo se levanta apresuradamente para apagar el gas: - Hemos de instalar un microondas cuanto antes-piensa-. No podemos estar quemando cazos  cada día...   

miércoles, 29 de junio de 2016

La descripción


La profesora, bienintencionada y dispuesta, explicaba a sus alumnas desde el encerado los textos narrativos; en concreto se afanaba en que se  hicieran una idea precisa de lo que era una descripción literaria. La clase estaba formada por una veintena de mujeres pertenecientes a un CEPA (Centro de Educación de Personas Adultas) con edades en un amplio abanico entre los veinte y los cincuenta años. La escuchaban displicentes mientras les proponía que leyeran despacio el breve texto seleccionado ejemplarizando ella, mediante un dibujo en la pizarra, su personal interpretación del texto. Se trataba de un texto de "Industrias y andanzas de Alfanhuí" de Rafael Sánchez Ferlosio. Comenzaba así:
"Lo más importante del jardín era el pozo. Tenía un brocal de piedra verde y un arco de hierro forjado para la polea."
La profesora se detuvo un momento para explicar lo que era el brocal. Luego trazó una línea horizontal y añadió unos trazos cortos, a modo de púas de un peine, sobre ella representando el césped de aquel jardín. A continuación dibujó un cilindro sobre la línea en medio del dibujo que después coronó con una parábola sobre el mismo representando el arco de hierro. La narración proseguía:
"... La polea era de madera y chillaba como una golondrina..."
 En ese momento dibujó un pequeño tramo vertical desde lo alto de la parábola y lo finalizó con un pequeño círculo para representar la polea. - ¿Veis?  Yo voy dibujando lo que está escrito: describir es como dibujar con las palabras. Continúa - pidió a la lectora de turno-.
"... La polea era de madera y chillaba como una golondrina. El cubo era también de madera, sujeto por aros de hierro, com las cubas, y pesaba mucho. El pozo era muy hondo y tenía un agua muy clara..."
 Mientras dibujaba con la tiza el cubo en un lado, a la profesora le pareció escuchar a su espalda  un apagado rumor de risitas. Incluso llegó a percibir el comentario de una de las alumnas:  "¡Incluso tiene  un piercing...! No le dio importancia y se aplicó a terminar el cubo. Cuando se volvió se encontró frente a un una veintena de caras mostrando amplias y maliciosas sonrisas: las veinte alumnas cuchicheaban alborozadas,  la  observaban con ojos picaros alternando la mirada entre la profesora, el dibujo y sus vecinas de mesa. Una de ellas intentó explicarle: - ¡Pero profe, aléjese un poco de la pizarra y mire lo que ha dibujado...! La profesora retrocedió unos pasos pero no acertaba a descubrir el motivo del alboroto. Por fin una de  las alumnas, compadecida, le anunció:  - ¡Es un pene, señorita! ¡Ha dibujado un pene! ¡Y con piercing!

martes, 28 de junio de 2016

Un país para viejos


Es el 26 de junio, día de Re-Elecciones Generales en España. Son las 23:16. El whatsapp me avisa de la llegada de un nuevo mensaje a uno de los grupos. Es de uno de mis hermanos indignado por los resultados electorales, a esta hora ya definitivos. Lo abro:

"Esto es un país para viejos.... De viejos acojonados y que les da igual que les roben  y ninguneen. Y lo peor es que no piensan en la gente joven y sin futuro. Creo que me iré a vivir a una cueva, pues esta sociedad no me convence..."

 Me llama la atención este arranque de desesperación. No por su desagrado con los resultados (yo también estoy de acuerdo en que no se debe premiar la corrupción en las urnas con la indulgencia de los votantes), sino por las atribuciones a la edad en la interpretación de los mismos. Puesto que el mensaje tenía un destinatario entre líneas, joven y votante de Podemos con el que yo he discutido en ocasiones sobre el papel de la edad en la sociedad y la política no puedo menos que refrescar aquellas argumentaciones al hilo de la actualidad (no tan diferente de pasado, como intentaré demostrar).

Porque si hay algo que me encrespa es que me quieran robar los valores que proporciona mi próxima vejez (me queda un año para jubilarme), que me hagan tragar la rueda de molino de que "serán los jóvenes y solo ellos" los que salvarán y cambiarán el mundo,  que se aferran a su estatus de "conservadores", que "están contra  los jóvenes pensando en quitarles el futuro"... ¡Habrá de todo! - digo yo- Pero no creo que la mayoría responda a este cliché (estereotipo que, por cierto, parecen algunos políticos de nuevo cuño empeñados en imponer).

En septiembre de 2014 escribí un artículo sobre el nuevo grupo que se lanzaba a la arena política. "Podemos... pero no sabemos". Un "anónimo" lector me etiquetó inmediatamente de "derechón". Azuzado por la sorpresa revisé mi entrada buscando alguna metedura de pata ideológica que diera pie a semejante acusación. No la encontré. Preocupado me apresuré a contestar y aclarar la terminología (por si acaso). A día de hoy ya estoy curado de espanto en cuanto a mi look político (en el trabajo hay algunas personas que me afilian a "Podemos" con una seguridad que me pasma, a otras les recuerdo "un cura"...). Luego mi "anónimo" seguidor me censuraba "sin acritud" la realización de numerosos reproches hechos desde "mi acomodado estatus". Una de las frases me llamó poderosamente la atención: "El futuro, tu futuro y el mío, na a a depender de ti, sino de mí". Al leerla se me encendieron todas las alarmas de la lógica: ¿Cómo que el futuro no va a depender de mí, sino de ti? -le repliqué- ¡Qué arrogancia! ¿no?. ¿Sólo los jóvenes construyen el futuro? ¿Realmente puede excluirse a alguien de contribuir a la construcción del futuro? ¡Incluso los bebés y los más viejos de la comunidad son importantes en la construcción del futuro: de tu futuro y el mío, como dices. 

Más adelante mi crítico lector proseguía con su argumentación: "Tus reproches y consideraciones son muy ancestros, tan antiguos como las civilizaciones de las que nos hemos nutrido: todas creyeron siempre que sus jóvenes no mejorarían las cosas... y ahí seguimos, generación tras generación mejorando lo legado. Quizás el que no sabe ni aprendió fuiste tú. Por suerte, la HISTORIA y la EVOLUCIÓN del S. XXI no va a depender ni de ti ni de tus valoraciones."  Estupefacto leo estas acusaciones en las que se me tacha de ignorante y de inútil. Releo el párrafo una y otra vez. En la primera frase encuentro un error sintáctico revelador (la adjetivación de del sustantivo ancestro) que me permite identificar a mi anónimo lector (ya se lo había oído en otra ocasión). Después prosigue con un hecho cierto: como en otras épocas, hoy (no hemos cambiado tanto en tantos futuros pasados) también mucha gente piensa lo que aquel escriba de Babilonia (4000 años A.C.): "Esta juventud esta malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura”. Pero  no era el caso: no hay reproche a la edad, no me refiero a la juventud (¡qué abstracto concepto respecto a la ideología!) sino a la actitud que mostraba una persona concreta que conocía, con nombre y apellidos (que accidentalmente era, además, joven).

Termina su réplica con estas palabras: ¡Por favor, déjanos elegir, hacer, actuar, equivocarnos, aprender, caer y levantarnos, y sobre todo... sé consciente de que "hasta hoy, soy parte de lo que me has enseñado y he visto en ti". ¡Ah! y seguro que "PODEMOS" y MEJORAREMOS  tu/vuestra herencia. Yo las leo con ternura: ¡Claro que te dejaremos elegir, hacer, actuar, equivocarte, aprender... incluso caer (aunque a veces intentemos sujetarte) y levantarte (por supuesto, en cuanto pidas ayuda)!
¡Y claro que alguna parte, aunque parezca mínima , de lo que eres puede que lo hayas aprendido o visto en mí! (ya ves que la Evolución del s. XXI sí depende de alguna manera de nosotros, "los viejos")

Abro el teclado y respondo al mensaje de mi hermano:
"Sí, efectivamente, este país es también para los los viejos. Ya va siendo hora de que algunos lo entiendan..."
Y, por si acaso, aclaro:
"Y que conste que no he votado al PP en mi vida"