Mira que siempre mostré el desprecio más absoluto por los cotillas, correveidiles, figones y husmeadores de la vida ajena. Pero nunca se puede decir de este agua no beberé ni de esta fuente no me informaré... Una sordera se alzó ante mí como muro infranqueable y me inhabilitó para captar las miles de señales auditivas que la sociedad utiliza para comunicar a los individuos e integrarlos en una red de voluntades coordinadas. La información que recibía del mundo quedó reducida a una nebulosa blanquecina, una vía láctea difusa de estrellas borrosas. Los sonidos me envolvieron amortiguados y caóticos como las notas de una partitura sometida a violenta explosión. Chocan las notas entre sí con desorden Browniano en un guirigay incomprensible.
El mundo perdió su significado. Aislado, mis pensamientos operaban en un bucle infinito sin noticias nuevas.
Mi personalidad derivó hacia la misantropía; mis relaciones sociales al nivel de la supervivencia. ¿Qué hacer? Hay que socializar, pero ¿cómo? Puesto que no puedo desenvolverme en el foro, accedí a las tabernas, a los corrillos, al apartado mundo de las confidencias, los cotilleos, los murmullos... Pedía generoso cuarto y mitad de habladurías y secretos; y así, uniendo hebras deshilachadas, componía la cuerda que podía unirme a la participación y al conocimiento. Una soga de significados para poder atarme al mundo. Me volví un asiduo de los conciábulos, los apartes, los rincones oscuros... Fui asiduo participante de las minipandas. Operé discreto en la pequeña covertura del medio metro. Aprendí a fisgar en las conversaciones a media voz. Así llegué al secreto conocimiento de navegar en la bruma, de extraer información en un marco difuso, a encontrar sentido en el ruido de la tormenta, orden en el caos...
Y ahora, en medio del caos mundial poblado de informaciones sesgadas, escucho las nítidas revelaciones de radio-vecina wiki-fuga. Esta web se ha convertido en el Gran Revelador, en el Cotilla Universal. Gracias a ella, desde la intimidad de nuestra pantalla o ante la rutina de la lectura de un periódico podemos despellejar al gran Estados Unidos de Una Parte de América del Norte hasta verlo desnudo, en su más vulgar intimidad. Y sus parte pubendas sonrojan al voyeur que todos somos. Se confirma la caída del Imperio. Los bárbaros se burlan de los secretos de sus amos, cotillean sus vicios y costumbres, se mofan de su vulnerable desnudez.
Qué paradójico resulta que el origen de todo este caudal de cotilleos estubiera en la evidente falta de comunicación entre departamenteos en EEUU tras el ataque del 11 de septiembre de las torres gemelas en 2001. ¡Tenemos que hablar! ¡Tenemos que coordinar nuestra información!... y puestos a ello volcaron todos sus secretos en una madeja que pasaba por tres millones de manos.¡Qué fatal error! ¡Que invitación más insultante (por fácil) a tirar del hilo!
Me esperan muchos días de momentos sabrosos: conocer secretos vedados a los vulgares mortales, entender situaciones que nos parecías inverosímiles e inexplicables, saber cómo somos percibidos en el país de los amos...
Como en una tertulia de vecinas y ante un humeante café me dispongo a exclamar y compartir dichoso con mis afines expresiones afiladas y ponzoñosas: ¡No me lo puedo creer! ¡Huy lo que le ha llamado! ¡No me digas que a Berlusconi le pasa eso! ¿Que creen que la Kirchner está loca?, ¿De verdad sarkozy va de figurar todo el rato? ¿Que Zapatero gobierna a golpe de encuesta?...
Los grandes del mundo, despojados de sus encopetados parapetos, al nivel del patio de vecinas no van a durar ni un asalto.
lunes, 29 de noviembre de 2010
martes, 23 de noviembre de 2010
Me joden los inteligentes
C. estaba harto de no destacar, de clases de apoyo, de refuerzos educativos... De ser el tondo de la clase, de no entender ni papa de los libros de texto... No soportaba estar en grupos con niños más pequeños, le resultaba insufrible escuchar al listillo de al lado, al sabiodo de la primera fila, al que le quitaba la palabra de la boca ante cada pregunta...
Ese día C. estalló: ¡Me joden los inteligentes!
Y se quedó tan a gusto.
Y el profe, que pasaba por allí, se quedó mirándolo mientras sus sentimientos se paseaban en el filo entre la reprobación y la simpatía: Primero, C. demostraba que no era tan tonto como podía parecer. En segundo lugar tenía perfecto derecho a manifestar su frustración. Tercero: quizás entreveía ya su destino laboral en algún cuerpo militar (La Legión sin ir más lejos) donde dar rienda suelta a su rebeldía gritando, como un pequeño Millán Astray: ¡Muera la inteligencia! ,¡Viva la muerte!.
Ese día C. estalló: ¡Me joden los inteligentes!
Y se quedó tan a gusto.
Y el profe, que pasaba por allí, se quedó mirándolo mientras sus sentimientos se paseaban en el filo entre la reprobación y la simpatía: Primero, C. demostraba que no era tan tonto como podía parecer. En segundo lugar tenía perfecto derecho a manifestar su frustración. Tercero: quizás entreveía ya su destino laboral en algún cuerpo militar (La Legión sin ir más lejos) donde dar rienda suelta a su rebeldía gritando, como un pequeño Millán Astray: ¡Muera la inteligencia! ,¡Viva la muerte!.
viernes, 19 de noviembre de 2010
El niño que dijo "puta"
El niño decía "puta, puta" y se reía. Lo repetía "puta" y me miraba juguetón con sus traviesos ojos verdes.
Josemi era uno de mis primeros alumnos. Tenía 5 años. Su cuerpo intoxicado por una sangre demasiado ácida le había dejado secuelas físicas y psíquicas. Apenas decía alguna palabra. Su familia se fue rompiendo en pedazos a lo largo de los años. Su cuerpo, delgado y frágil, cubierto en parte por las escamas de una soriasis persistente, era flojo, desgarbado.
Allí estábamos, sentados ante el doble pupitre escolar de la mesa de logopedia. Él reía mientras repetía: "puta, puta, puta...". Yo fingía exasperarme y le reñía amenazadoramente: -¡No se dice "puta"!. ¡Esa es una palabra muy fea! ¡La gente se enfadará contigo! ¡Que no se dice! ¿Te quieres callar?... Se lo estaba pasando en grande. Se había dado cuenta de que el profe actuaba. -!No digas eso Josemi, te van a castigar!...
Josemi tenía diagnósticada una dispraxia verbal, padecía un grave problema metabólico, tenía una familia desestructurada ... tenía... demasiados problemas. Las intervenciones en el lenguaje debían ser intensivas, pero los resultados eran muy lentos...
Y así seguimos, Josemi y yo, en medio de una situación disparatada: Yo encolerizado, comportándome cómo si presenciara un escándalo mayúsculo y él, repitiendo divertido: puta, puta... En esto llegó el momento del cambio de clase. Josemi se reintegró a la clase de su profe "Doña Pepita" que, próxima a la jubilación, recibió con un suspiro la llegada de su alumno más difícil. Yo volví a mis quehaceres con el siguiente grupo de logopedia. En el pequeño cuartucho, único recinto que se pudo habilitar, ya me esperaban 3 alumnos con dislalia sentados frente al espejo.
Acabada la clase la profesora de Josemi, Pepita, vino a buscarme y me dijo muy seria: - Jesús, a mí no me parecen nada bien esos sistemas modernos para enseñar a Josemi. Se ha pasado la clase diciendo "puta" a todo el mundo.
No pude evitar una sonrisa: -¿Y no le has castigado?
- ¿Yo? ¡Nooo!, ¡Sí se lo has estado enseñando tú...! ¿Cómo le voy a castigar?
- Pepita, yo no le enseñé nada. Le salió sólo cuando intentaba decir el nombre de su profe, tu nombre. Quiso decir Pepita y le salió "Puta" y yo me enfadé muchísimo y le reprendí. Y le amenacé para que no lo repitiera. De sobra entendió que esa palabra iba a producir un efecto "tremendo" en los demás. Me harté de decírselo...
Pepita me miró entre perpleja y desconfiada: - Bueno, bueno, le castigaré...
Yo sentí una profunda alegría. Josemi había descubierto el gran poder del lenguaje para influir en los demás. Sí, sería castigado... pero de vez en cuando lanzaría una llamada al mundo, reclamaría su atención y marcaría su presencia: su primer grito de afirmación: puta. Y, respecto a lo indadecuado del vocablo, tiempo habría de pulirlo y educarlo.
Hoy he recibido la noticia de que Josemi murió este verano. Apenas llegó a los 20 años. Tras ocho años de convivencia en el aula llegamos a conocernos muy bien. Le recuerdo. Siento su rebeldía y su rabia: ¡Puta vida!
Josemi era uno de mis primeros alumnos. Tenía 5 años. Su cuerpo intoxicado por una sangre demasiado ácida le había dejado secuelas físicas y psíquicas. Apenas decía alguna palabra. Su familia se fue rompiendo en pedazos a lo largo de los años. Su cuerpo, delgado y frágil, cubierto en parte por las escamas de una soriasis persistente, era flojo, desgarbado.
Allí estábamos, sentados ante el doble pupitre escolar de la mesa de logopedia. Él reía mientras repetía: "puta, puta, puta...". Yo fingía exasperarme y le reñía amenazadoramente: -¡No se dice "puta"!. ¡Esa es una palabra muy fea! ¡La gente se enfadará contigo! ¡Que no se dice! ¿Te quieres callar?... Se lo estaba pasando en grande. Se había dado cuenta de que el profe actuaba. -!No digas eso Josemi, te van a castigar!...
Josemi tenía diagnósticada una dispraxia verbal, padecía un grave problema metabólico, tenía una familia desestructurada ... tenía... demasiados problemas. Las intervenciones en el lenguaje debían ser intensivas, pero los resultados eran muy lentos...
Y así seguimos, Josemi y yo, en medio de una situación disparatada: Yo encolerizado, comportándome cómo si presenciara un escándalo mayúsculo y él, repitiendo divertido: puta, puta... En esto llegó el momento del cambio de clase. Josemi se reintegró a la clase de su profe "Doña Pepita" que, próxima a la jubilación, recibió con un suspiro la llegada de su alumno más difícil. Yo volví a mis quehaceres con el siguiente grupo de logopedia. En el pequeño cuartucho, único recinto que se pudo habilitar, ya me esperaban 3 alumnos con dislalia sentados frente al espejo.
Acabada la clase la profesora de Josemi, Pepita, vino a buscarme y me dijo muy seria: - Jesús, a mí no me parecen nada bien esos sistemas modernos para enseñar a Josemi. Se ha pasado la clase diciendo "puta" a todo el mundo.
No pude evitar una sonrisa: -¿Y no le has castigado?
- ¿Yo? ¡Nooo!, ¡Sí se lo has estado enseñando tú...! ¿Cómo le voy a castigar?
- Pepita, yo no le enseñé nada. Le salió sólo cuando intentaba decir el nombre de su profe, tu nombre. Quiso decir Pepita y le salió "Puta" y yo me enfadé muchísimo y le reprendí. Y le amenacé para que no lo repitiera. De sobra entendió que esa palabra iba a producir un efecto "tremendo" en los demás. Me harté de decírselo...
Pepita me miró entre perpleja y desconfiada: - Bueno, bueno, le castigaré...
Yo sentí una profunda alegría. Josemi había descubierto el gran poder del lenguaje para influir en los demás. Sí, sería castigado... pero de vez en cuando lanzaría una llamada al mundo, reclamaría su atención y marcaría su presencia: su primer grito de afirmación: puta. Y, respecto a lo indadecuado del vocablo, tiempo habría de pulirlo y educarlo.
Hoy he recibido la noticia de que Josemi murió este verano. Apenas llegó a los 20 años. Tras ocho años de convivencia en el aula llegamos a conocernos muy bien. Le recuerdo. Siento su rebeldía y su rabia: ¡Puta vida!
sábado, 13 de noviembre de 2010
Tusilata
"Quince hombres en el cofre del muerto...
¡ja, ja, ja; y una botella de ron!"
Robert Lous Stevenson nació en Edimburgo (Escocia), en 1850 y murió en Samoa, en 1894. Se cumplen hoy, por tanto, 160 años de su nacimiento. El buscador Google le dedica uno de sus curiosos "doodles" (imágen de diseño propio asociada al título del buscador para conmemorar un acontecimiento memorable).
Una de las pocas palabras que conocemos provenientes de Samoa en los Mares del Sur es "Tusilata" que significa contador de historias. Es el nombre que le pusieron los indígenas de las islas en las que estuvo viviendo los últimos años de su vida aquejado por la tuberculosis hasta su temprana muerte a los 44 años. En el corto periodo de los últimos 15 años de su vida, este contador de historias, ha escrito una de las colecciones de aventuras y ensayos más originales e importantes de la historia. Desde su cama, enfermo y convaleciente gran parte de su vida, imaginó todo un mundo de aventuras: "Mi cama es como un pequeño barco" decía. Recorrió gran parte del mundo buscando un clima más benigno para su frágil salud: conoció las llanuras del viejo oeste, los Alpes suizos, la costa californiana, el Mediterráneo, los Mares del Sur...
Desde muy niño, desde que recibió como regalo una Biblia ilustrada, sintió el deseo intenso de ser escritor. Él mismo describió su método de aprendizaje:
"Siempre que leía un libro o un pasaje que me gustaba particularmente, en los que se decía algo o el autor se servía de un efecto con propiedad, cuyo estilo poesía vun brioso vigor, una distinguida elegancia, me apresuraba a sentarme y me obligaba a imitar aquella virtud. No lo lograba y lo sabía, y de nuevo lo intentaba y tampoco lo conseguía, nunca lo conseguía; pero, al menos, gracias a aquellas inútiles tentativas, adquirí cierta práctica con la cadencia, la armonía, la construcción y la coordinación de las partes"
"La Isla del Tesoro", su más conocida novela de aventuras, nació al hilo de una anécdota geográficas con que entretenía a su hijastro Lloyd. Hablando de los lejanos Mares del Sur se se puso a dibujar una isla en el estilo de los viejos libros de viajes. Se le ocurrió llamarle "Isla del Tesoro". Más tarde, ante los ruegos de su hijastro y de acuerdo con sus aficiones, de aquella cartografía infantil surgió una historia que ha seducido a todas las generaciones posteriores. La Isla del Tesoro es, probablemente, la más maravillosa novela de aventuras jamás escrita. Relato impresionante que nos arrastra a contemplar cómo se hunde el sol en el mar estando acodados en el puente de la Hispaniola, inquietos por descubrir en qué momento la tarición pirata va a hacerse efectiva sobre el grupo de propietarios del mapa del tesoro.
La debilidad física de Stevenson, así como su carácter soñador y contemplativo , le acarrearon desde pequeño el calificativo de "el prototipo de la pereza". Su dificultad con la ortografía en sus primeros años, sus estudios forzados de derecho, su enfermedad... no pudieron apartarle del camino del genio: escribir los más perfectos y originales relatos de aventuras jamás escritos. Un auténtico "Tusilata"
domingo, 7 de noviembre de 2010
Cervantes con b.
La nueva Ortografía de la Lengua Española (y no símplemente Castellana, adjetivo de deferencia a autonomías celosas) verá la luz el próximo día 28 en la Feria del Libro de Guadalajara (Mexico).
La Ortograrfía ("Terror del ser humano desde la cuna", en palabras de García Márquez) mantiene la mayor parte de sus dictados normativos: la "ge" y la "jota" siguen ahí, las "haches" se mantienen con su arbitratria lógica (para las mentes infantiles), los libros de texto de primaria seguirán dedicando una página de cada lección a las normas de la "b", la "uve", las "x/s", las "k/qu/c", las "ll/y"... sin embargo algunas cosas sí cambiarán: la "i" griega se llamará "ye" (como ya hacíamos muchos maestros y logopedas), la "be" deberá llamarse únicamente "b" y no "b-alta" o "b-larga", la "w" se llamará "doble v" y la "i-latina" se llamará símplemente "i".
Clarificando el abecedario la "che" y la "ll" ya no serán letras (que sí fonemas) diferenciados. El abecedario queda definitivamente con 27 letras.
En la acentuación eliminaremos el peliagudo problema de diferenciar el "sólo" (equivalente a solamente, adverbio de modo) con el "solo" (adjetivo) o el "éste" (pronombre) con el "este" (demostrativo). A partir de ahora los pronombres homófonos con los demostrativos no llevan tilde obligariamente (aunque se permita su uso).
Otra modificación curiosa es la desaparición de la tilde en la "ó" disyuntiva entre cifras ("4 ó 5"). Parece que las diferentes grafías de los dígitos y la "o" en las fuentes de los procesadores de texto hacen innecesaria esta norma.
Otra pequeña revolución es el uso de la "k", ya generalizado como la ortografía natural de los sonidos Qua, Qui, Quo. Ya no existirá "quorum", sino "cuórum"; ni Qatar, sino Catar; ni Iraq, sino Irak. Igualmente la mayúscula se eliminará de los términos genéricos que anteceden a un nombre propio (Ya no será Golfo de México, sino golfo de México). Otro cambio más: los prefijos se escribirán unidos sólo a palabras simples ("exmarido", "antisocial", "proamericano"), pero separado ante palabras compuestas ("ex capitán general", "pro derechos humanos"...).
En el caso de los diptongos e hiatos se produce una aclaración. Resulta que no está tan clara la pronunciación como diptongo o hiato de un buen número de palabras (hay mucha disparidad entre los 450 millones de hablantes del español). Antes, la RAE, dejaba al criterio de cada cual la pronunciación y, por tanto escritura de la tilde, en palabras como guion-guión, hui-huí, riais-riáis, truhan-truhán, fié-fie... Ahora dicta norma: se pronuncien como se pronuncien se escribirán siempre sin tilde.
Así que fregando, pegando y reluciendo; nuestra Real Academia Española modifica estas normas que fueron el terror de nuestra infancia. Aún recuerdo el pánico en los examenes a las fatídicas faltas que restaban un punto. Llegué a un dominio extraordinario de los sinónimos alternativos para eludir el terrible "observa" que me hizo dudar años enteros entre v/b en sus cuatro posibilidades. Durante años Robert Louis Stevenson fue mi héroe y no precisamente por su fascinante novela "La Isla del Tesoro" sino porque leí en su biografía que cometía innumerables faltas de ortografía (y si él había llegado a ser escritor, mi futuro no estaba del todo perdido...). Frustrado y perplejo me rebelaba ante los que aseguraban que leyendo se aprendería la ortografía de las palabras con seguridad. Yo leía mucho pero mi vista pasaba sobre el texto sin fijarme demasiado en el ropaje de las palabras, mi mente vivía en el mundo de la historia narrada. Libros ha habido que, al terminarlos, me preguntaba sobre el nombre del personaje sin ser capaz de recordarlo y escribirlo correctamente.
A trancas y barrancas, sin pasar de lo mediocre, aprobé la asignatura que más me gustaba: Lengua Española. Sin embargo llegado el bachillerato me decanté por la rama de ciencias (y sólo por no tener que vérmelas con la temida ortografía). Cuando llegó el momento de hacer la oposición tuve que plantearme muy seriamente el estudio sistemático de estas normas. Llegué a realizar un abultado fichero donde clasificaba y anotaba normas y palabras. Gracias a Dios (y a mi esfuerzo) aprobé los duros exámenes (algunas faltas cometería que me bajarían la nota, seguro). Y aquí estoy. De profe. Y, la verdad, ahora no suelo cometer faltas (a poco que me fije). Sin embargo, el mayor sinsentido normativo, me ocurrió cuando estudiaba la carrera de magisterio. Pese a seguir la rama de ciencias, ante la posibilidad de elegir una optativa, me dejé llevar por mi debilidad por la Lengua Española y la elegí. Todo iba bien. Medias de notable hasta que llegó el examen cuatrimestral y, al desarrollar un texto literario, cometí el horrible pecado de escribir Cerbantes así, con "b". Ello me valió el suspenso. Mis protestas no conmovieron a mi profesora que, firme en sus trece, aseguraba que escribir Cervantes con "b" era una barbaridad. Pasaron los años.Recalé en Alcalá. En una visita a la casa del escritor observo con incredulidad la firma del genial escritor:
martes, 2 de noviembre de 2010
A seis pasos de la Justicia
"Un matrimonio de jubilados lleva 365 días acampado en la calle con su hijo en coma. Están en la plaza de Jacinto Benavente, a una calle de la Puerta del Sol. Viven en una caseta de madera enfrente de una sede del Ministerio de Justicia [...] la familia pide "justicia" para su hijo, que siempre está dentro, paralizado sobre una cama en un espacio pequeño con olor a plástico.
Antonio Meño Ortega, de 41 años, se quedó inválido en 1989 en una operación de cirugía estética. [...]. Durante la rinoplastia hubo un problema y su cerebro se quedó sin oxígeno. Sus padres llevaron a los tribunales a la clínica privada donde lo operaron, Nuestra Señora de América, y al médico responsable de la anestesia. Un juzgado de lo Penal culpó al anestesista de retirarle el oxígeno a Antonio antes de que pudiera respirar [...]. El médico debía indemnizarlo con 175 millones de pesetas (más de un millón de euros).La Audiencia Provincial, primero, y luego el Tribunal Supremo rechazaron esa sentencia y exculparon al anestesista. El Supremo condenó a los padres a pagar 400.000 euros a la clínica y al anestesista por los gastos del juicio. El matrimonio, Juana y Antonio, dos panaderos de Móstoles, presentó un incidente de nulidad y el Supremo reanudó la tasación de costas. Los Meño decidieron echarse a la calle con su hijo.
Y en la calle, 21 años después de la operación, ha aparecido la última pieza del rompecabezas, un hombre que en diciembre se topó con su caseta de madera por casualidad, según dice la familia, y resultó ser un médico en activo que estuvo en la operación de su hijo como aprendiz, pero que no participó en los juicios. I. F. G., el nuevo testigo, afirma:
"Durante la operación observé que se producía una alteración del ritmo cardiaco, por lo que hice un comentario y llamaron a la auxiliar. El anestesista estaba en otro quirófano en ese momento. Al cabo de unos minutos apareció, levantó los paños que cubrían la cabeza del paciente y comprobó que el tubo a través del que respiraba el paciente se había desconectado. El anestesista exclamó: ¡Dios mío, se ha desconectado!". El testigo, que no ha querido hacer declaraciones a este periódico, nombra en su descripción de los hechos a los cirujanos, al anestesista y precisa el color de ojos y de pelo de la enfermera.
De acuerdo con el testimonio, el fiscal del caso, Félix Herrero Abad, entiende que en los juicios los demandados, "todos ellos unidos por lazos de parentesco y amistad, (...) ocultaron datos a los perjudicados y a los órganos judiciales". La Fiscalía sostiene que la prueba supuestamente escamoteada a la Justicia "podía haber dado lugar a una sentencia totalmente distinta" y reclama al Supremo que se admita la demanda de revisión del caso.
DIARIO EL PAÍS. PABLO DE LLANO - Madrid - 17/06/2010
De Tirso de Molia a Sol cruzo la Plaza de Benavente apremiado por la lluvia que arrecia. En un momento llevo mi mano a la visera para proteger mis gafas de la lluvia y en ese isntante la veo allí, extrañamente absurda, como un error en las clásicas tarjetas de logopedia de "¿Qué falta?, ¿Qué está equivocado?": Una chavola destartalada, cubierta con rafia de plástico azul, llena de letreros y pancartas. Instalad a apenas seis pasos la puerta del Ministerio de Justicia. ¡Qué cerca de la Justicia puede aposentarse la injusticia!
El relato y la justificación de este "error urbanístico", que las autoridades municipales y estatales no se atreven a "subsanar", lo ha relatado la prensa estos días (1), (2), (3). Yo, siento el repiqueteo de las gotas en el plástico haciendo coro con latidos de un corazón ciego, y me solidarizo con la tragedia de Antonio.
También yo tuve mi particular pequeña tragedia en esa misma clínica. Por suerte puedo definir mejor como "tragicomedia" lo que aconteció pues, ahora, cuando lo recuerdo me resulta cómica y, al contarlo, rien de buen grado mis amigos alternando entre el buen humor y la incredulidad.
Corría septiembre de 1987. El curso pasado había tenido la brillante idea de jugar un partido de futbol con los chicos de la clase. En uno de los quiebros realicé un apoyo forzado y, a partir de entonces, se instaló un agudo dolor en la rodilla. Ahí empezó todo. En verano realicé un viaje a Portugal por la Ruta de las Molestias. Me convencí de visitar al traumatólogo inmedaitamente en cuanto regresara.
Afiliado a ASISA, hojeé confiado las hojas de mi cuadro médico y elegí un especialista de la clínica de Nuestra Señora de América. ¿Sería por estar en Arturo Soria? El caso es que por el nombre, la fachada o por ser privada; me pareció que había de ser una clínica excelente. Pasé consulta. Me hice las radiografías de rigor. El médico aún dudaba. Pidió radiografías más precisas...
En la consulta posterior, con mis radiografías en la mano, encontré que mi traumatólogo estaba de vacaciones. El sustituto me hizo algunas preguntas, miró las radiografías un instante y disparó a bocajarro:
- ¡Hay que operar! A continuación me informó: -Te puedo operar yo. Opero esta semana.
Pasado el susto inicial pensé para mí que me venía bien. Empezaba el curso esa misma semana y podría aprovechar los primeros días de septiembre para la intervención. El posoperatorio sería rápido -unos 15 días, aseguró-. Se trataba de una operación de menisco mediante artroscopia. Accedí.
-Ven 6 horas antes para estar preparado y relajado. - De acuerdo, contesté.
Así que me presenté el día indicado 6 horas antes como me habían recomendado. Portaba mínimo equipaje: pijama y bolsa de aseo. Me acompañaba mi mujer. Acudí a la recepción instalada en un pasillo. Me informan entonces de que no hay habitaciones disponibles. Había que esperar a que vinieran los médicos y dieran las altas. Bueno -pensé- era un contratiempo que pensaba sobrellevar sin descomponerme. Ví al fondo unas butacas adosadas a la pared y allí me dirijí a pasar el rato: ración de periódico a fondo y libro a continuación.
Pasaron las horas. En el pasillo coincidíamos inquietos un grupo de pacientes citados a las operaciones de ese día. En esos momentos éramos ya pacientes impacientes. Algunos estaban francamente enojado: sin habitación apenas 2 horas antes de la intervención, sin nadie que nos diera razón de la tardanza o de la escasez de camas... Alguno acabó marchándose de malos modos dejando su operación para épocas más propicias.
Aburrido, cansado de esperar, terminé por sentarme en una de las butacas adosadas a la pared. En ese momento oí el peculiar ruido de un desagüe. Instantes después me sobresalto empapado: ¡Alguien me ha arrojado un cubo de agua sobre la cabeza!
Miro arriba. En lo alto pasillo se ve un boquete de obra con acceso a las cañerías de desagüe, en reparación. De ahí ha venido el chapuzón. Aún chorrea agua por la pared.
Escurriéndome el agua de la ropa, tiritando, excitado; pido explicaciones a la enfermera de la ventanilla... No sabe nada. Ni siguiera ensaya una disculpa. Descuelga el teléfono y pregunta qué ha pasado. Al cabo de un rato me explica que, por obras en las cañerías, habían cerrado el agua en el piso de arriba; pero la señora de la limpieza, que no lo sabía, había vaciado un cubo de fregar en uno de los retretes:
- ¡He sido cubierto de mierda!
Sin mostrar ninguna compasión por mi penoso estado, tengo que ser yo quien le urja a conseguirme una habitación: - ¡Necesito una ducha, me operan dentro de dos horas! Cómo parece que es imposible, al menos le pido que me proporcione jabón para lavarme en los aseos del pasillo. Me lavo lo mejor que puedo y me pongo el pijama que, gracias a Dios, llevaba.
Justo diez minutos antes de la hora señalada para el quirófano nos consiguen una habitación. La que tenía que haber sido individual resultó necesariamente compartida. Yo me apresuré a ducharme. Poco después al celador que me afeitaba la rodilla le cuento el caso y le pregunto si afectará a la asepsia de la opración este suceso... Cree que no (¡Ya, y una leche...! -pienso yo-)
Cuando se supone que debía entrar yo en el quirófano, llaman primero a mi compañero de cuarto, un joven de la ONCE que tiene una grave malformación en los pies. La operación duró horas, se eternizaba. En un momento dado sale apresuradamente el anestesista y pregunta a la madre sobre una posible alergia o incompatibilidad de su hijo. La madre le responde afirmativamente. Existe una incompatibilidad y ya lo había comunicado. Tenía que estar en el informe. El anestesista vuelve a entrar a toda prisa. All cabo de un tiempo ¡por fin! regresa el paciente. Parece que la operación (al final) salió bien. Me toca a mi. Me introducen en el quirófano. Allí, ahora, reina un ambiente relajado. El personal parece de buen humor después de unos momentos que, adivino, fueron de tensíón con el otro paciente. Me alarmo. En unos altavoces suena "La Bamba". Me parece irreal todo esto. Los médicos charlan y bromean. Nadie me presta atención. Me entran ganas de salir corriendo, si pudiera... Finalmente se acercan y me rodean. Les comento lo de la música suplicándoles que me tomen un poco en serio: ¡Que me van a operar! La enfermera se muestra humana y me da conversación. Me pregunta de dónde soy, cómo se llaman mis padres... me pide que cuente: uno, dos, tres... cuatro.... cin co... seis... sie...
Me despierto congelado, siento mucho frio. Me llevan por un pasillo hasta la habitación. Pido una manta. Allí me reciben Charo y familia. Yo estoy helado. Poco a poco me empieza a doler la rodilla. Cualquier leve movimiento me hace ver las estrellas. Paso la noche en blanco, incómodo, sin poderme mover. Al día siguiente me visita mi particular carnicero. Me pide que levante la pierna. Yo no lo veo posible. Él insiste. Lo hago. En ese momento parece romperse algo dentro de mi articulación. Grito atormentado por el dolor. Él se muestra satisfecho y me anuncia que todo va bien: - En un día a casa, comenta. No tendré que hacer nada especial. Mejor no llevar muletas.
Así es que bajé las escaleras del hospital por mi propio pie, apenas ayudado por Pedro, mi cuñado, que al tanto de las recomendaciones del doctor se burlaba de mis quejas.
En casa esperé que regresaran mis fuerzas y bajara mi hinchazón los 15 dias anunciados. Aquello no mejoraba. La siguiente visita al hospital me recibió el doctor original que, cuando me vio, se extrañó de que me hubieran operado. Ladando la cabeza comentó al colega en prácticas que le acompañaba: -¿Puedes creer que me ha operado a todos los pacientes...?
Hube de visitarle muchas más veces... La convalecencia, prolongada mes a mes, duró medio año (casi hasta final de curso). Tuve de someterme a una nueva operación exploratoria buscando explicaciones a la continua hinchazón. El médico hizo venir en una de aquellas consultas a mi particular carnicero. Bajó con el delantal lleno de sangre, recién salido de los quirófanos, y me examinó, con cara de profundo desagrado, la rodilla. Me preguntó con intención de inducir una respuesta postiiva:
-¿Verdad que estás bien?
- Hombre, estar bien... llevo con esto cinco meses ya... usted me dijo que 15 días y aún no me baja la hinchazón y me duele...
Entre visita y visita, atando cabos, llegué a la conclusión de que aquella fue su primera artroscopia, de que necesitaba prácticar cirugía (sin importar demasiado sobre quien, ni cómo...), que quería forrarse (tantas operaciones y no suspender ninguna pese a las circustancias en que ocurrieron...) Mi doctor (el bueno) llegó a comentar en una ocasioón cuando le conté la historia del cubo: - "Yo no me hubiera operado". Algunos de los citados ese día, símplemente por el retraso que se acumulaba, se fueron a su casa... Pero yo... tenía comprometido en el trabajo mi vuelta para 15 días después. Lo que es la vida.
A mi carnicerito particular apenas lo volví a ver. Sólamente una vez más se acercó para pedirme que le firmara de nuevo un papel para el anestesista. Parece que lo había perdido y lo necesitaba para cobrar...
Medicina privada... privada... de ética.
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