sábado, 29 de enero de 2011

Maduritos


En una tarde de viernes fuimos, junto con dos parejas de vecinos, al teatro. Teníamos pase para una sesión patrocinada por la Red de Teatros de Castilla La Mancha. La función estaba a cargo de Producciones 099 y prometía un buen rato riéndonos de los sueños rotos.
No sin una cierta sensación de mosqueo ocupamos unas butacas próximas al escenario y volvimos la vista atrás sólo para comprobar que la totalidad de la sala, llena a rebosar, estaba poblada por decenas de "maduritos" como nosotros... Uno pensaba por momentos: - Me he equivocado, yo no tenía que estar aquí... - pero el Pepito Grillo de la conciencia no permitía que nos engañáramos y nos recordaba: ¿No? ¿Con 52 años no eres un madurito aún? ¡Desengáñate, lo eres desde hace tiempo!

Asistimos a la representación como quien asiste a su propia disección forense. A veces risas, cuando el chiste aludía a nuestros pequeños pecadillos aceptados; otras mosqueo, cuando descubríamos alguna frustración sangrante sin cicatrizar... Yo vigilaba con el rabillo del ojo las reacciones de mi vecino: aún se reía menos que yo.

La sesión no defraudó. Sala a rebosar. La compañía, no muy conocida, de provincias; cumplía. Los actores cuasi-amateurs resultaban creíbles. El atrezo, mínimalista, adecuado para representar las sucesivas amputaciones de la vida.  El escenario: un gimnasio omnipresente en toda la sesión excepto una proyección final con imágenes de la juventud de los protagonistas plenas de vitalidad, ideas, sueños, deseos...
Un buen contrapunto para los tres maduritos que intentas disimular su ruina revistiendo la fachada. 

No podía menos que pensar en la decadencia de mi otrora potencia de los sentidos. Mi vista, aún con miopía inmemorial, ahora precisa de gafas bifocales o, en su defecto, de tres pares (cerca, media distancia y lejos) en perfecta concordancia con los adjetivos demostrativos. Mi gusto desdeña el dulce y se orienta a los sabores más fuertes de los ácidos, amargos y salados. Me he vuelto asiduo de las cañitas y vinos, y no desprecio una tapa. La barriguilla acumula estos excesos y la bici cuelga de sus ganchos en el garage donde sólo el polvo se anima a montarla. El tacto se agarrota. Ya no tengo en los dedos esa agilidad de la que estaba tan orgulloso. El olfato, para mi desgracia, sigue siendo sensible al axfisiante humo del tabaco, al tufo de los bares cutres, a los aliento podridos, a la sobaquina... pero ya no reacciona tan bien a los poderosos efectos de las ferormonas.   
El oído, hace tiempo que me tortura. ¡Lo que daría yo por escuchar unos minutos de silencio...! Mi universo está lleno de zumbidos y chicharras. Enloquece hasta delirios suicidas. Cuesta tanta discriminar lo relevante en las conversaciones que acabo agotado. Vienen luego las cabezadas y el sueño.

Madurito, madurito. Madurito soy. ¡Y que de ahí no pase!

viernes, 28 de enero de 2011

El secreto del liderazgo: las tripas llenas.

¡Es la economía, estúpido! rezaba un cartel, colocado por James Cardville estratega de la campaña electoral de Bill Clinton que estaba enfrentado con George H.W. Bush (padre), para recordar que la campaña debía enfocarse sobre cuestiones más relacionadas con la vida cotidiana de los ciudadanos y sus necesidades más inmediatas.

Sin necesidad de ser un presidente de EEUU, esto es algo que muchos habíamos aprendido ya sea a nivel de patio de vecinos, núcleo familiar o grupo de amigos. Os contaré una pequeña historia que me ocurrió hace 38 años, cuando estudiaba en un Juniorado -especie de internado de jóvenes que aspiran a ser religiosos- de Tuy (Pontevedra). En las pocas ocasiones en que tuve que asumir el papel de líder, la experiencia me enseñó que su secreto consiste en llenar bien la tripa de tus seguidores. Excelente lección para los tiempos que corren.


Verano de 1973. Walden 3, ciudad joven, se asentaba en el imponente edificio del juniorado marista de Tuy. Casi un centenar de jóvenes nos formábamos para ser futuros hermanos maristas. En el instituto de la localidad cursábamos 5º y 6º y, uno de los meses de las vacaciones escolares los pasábamos en en aquellas instalciones, realizando todo tipo de tareas: desde ejercicios espirituales a suaves trabajos agrícolas, pasando por un amplio repertorio de actividades: estudio, paseo, deporte, excursiones, música, fiestas, etc...
Cierto día, nos sorprendieron a todos organizando una actividad muy original, casi era un atrevimiento. Desde el punto de vista de la responsabilidad de nuestros formadores podía calificarse de osada y arriesgada: se trataba de formar grupos y darmos libertad para organizar una ruta de 4 días con sus noches por la zona, incluyendo la posibilidad de alejarse más de 30 kilómetros. Todo esto en tienda de campaña y con un fondo para alimentos prefijado.
Recibimos encantados la propuesta. A nuestros 15-16 años la posibilidad de convivir en pandilla y libres de cualquier adulto durante tres días nos excitaba. Los hermanos habían calculado la cantidad para manutención en 80 pesetas por persona y día. Era lo que el hermano ecónomo había calculado que gastábamos en nuestro internado. También debíamos comunicar con antelación el lugar a donde nos dirigiríamos. Por estar en 6º y ser jefe de nudo (nombre de los grupos en que estábamos organizados), me nombraron responsable y jefe de la partida.
Así que, un luminoso día de madrugada, salimos alborozados a los caminos de Galicia. Habíamos previsto dirigirnos a La Guardia. La ruta seguía a grandes trazos los 30 kilómetros de carretera que unen ambas localidades. Así que avanzamos orillados a la izquierda y cargados con nuestras mochilas, la tienda de campaña... Preguntámos aquí y allá por algún sendero o atajo para alternar la monotonía del asfalto. En uno de esos frescos caminos de Galicia una mujer con un cesto de manzanas, nos llamó desde la puerta de su pequeño huerto:
- ¡Eh, pobriños, venid! ¿Vais a la guerra, verdad? Tomad, coged estas manzanas...
Aunque le explicamos el objetivo de nuestra excursión no pareció entendernos y, divertidos, acabamos cogiendo las manzanas y agradeciéndo a la pobre mujer estas frutas que nos ahorrarían algunas pesetas del escueto presupuesto.
A medio día paramos para comer. La comida se compuso de varios bocadillos con embutido que compramos en algún pueblo del camino. Un largo rato de descanso y volvimos al camino. Caminábamos sin prisa, bromeando todo el tiempo. Nunca negábamos una parada cuando la curiosidad o el cansancio lo demandaban. Así que, a falta de unos 8 kilómetros para La Guardia, decidimos acampar y pasar el resto de la tarde en un hermoso prado cerca del camino: montar la tienda, preparar las mochilas, acercarse al cercano arrollo a enfriar el agua de las catimploras... todo lo hacíamos como si de una pequeña fiesta se tratase. Éramos completamente libres sin sentir por ningún lado el ojo vigilante de los hermanos. Llegó la noche. Improvisamos una hoguera. Nuestro pequeño fuego de campamento no fue muy original: algunas bromas, malos chistes, otra cena con bocadillos y leche con cola-cao, más fruta... Finalmente nos metimos en la tienda y, tras algunos minutos de trajín, el baile de las siluetas causada por las linternas en la lona terminó. Al llegar la medianoche todos dormíamos cuando, de repente:
- ¡Salid ahora mismo! ¡No podéis estar aquí! ¡No queremos que acampen gitanos cerca del pueblo!
Una decena de aldeanos armados con palos y provistos de linternas rodeaban la tienda. Estaban realmente enfadados. Bajo la lona cundió el desconcierto y el pánico. Por un momento pensamos que era la Guardia Civil, pero al salir de uno en uno y contemplar la mirada fiera de aquellos hombres nos temimos lo peor. Ellos se nos observaban extrañados al vernos tan jóvenes. Su enfado se tornó asombro.
- ¿No sois gintanos? Habíamos pensado que érais gitanos que veníais a acampar aquí. No queremos que los gitanos se queden en las tierras del pueblo. No traen más que problemas. Nos habían dicho que unos gitanos habían acampado aquí... pero ¿Quienes sois vosotros? ¿Qué hacéis aquí?
Les contamos como pudimos el objeto de nuestra actividad. Se tranquilizaron y pidiendo disculpas se retiraron murmurando quedamente en dirección al pueblo. Dormimos como pudimos pensando que nos habíamos librado por poco de una somanta de palos.
Al día siguiente recogimos el campamento aún con la mosca tras la oreja. Huimos, mas que marchamos, de aquel prado. Pronto, las dos horas de camino hasta La Guardia, nos hicieron olvidar el incidente.
Pasamos ese día en la Guardia. Era el sitio perfecto: mar, río y montaña. Nos bañamos en la desembocadura del Miño. La playa era hermosa y, en ese día, estaba poco frecuentada. Cogimos mejillones en las rocas. Pescamos camarones y cangrejos en las orillas. Todo acabaría en unos macarrones con tomate. Además de galletas, fruta y alguna delicatesen que nos procuramos: pastelillos y chocolate. Éramos siete bocas que devoraban con frenesí. Yo, como responsable y ecónomo forzado pensaba con preocupación que el presupuesto no llegaría al tercer día...
Por la tarde subimos al monte Santa Tecla. Cuando el sol se abatía ya veloz sobre mar, preparamos la cena. La sopa de sobre era barata y había que ahorrar. Las salchichas franfur baratas formaron el segundo plato. Esa noche no había problema para instalar la tienda; había zonas de acampada libre. Con los últimos refejos del sol en el horizonte pensamos lo que haríamos el día siguiente. En un principio habíamos previsto llegar a Vigo por la costa, pero ya teníamos claro que no tendríamos tiempo, ni muchas ganas, de andar tampoco: eran 50 kilómetros andando. Propuse una idea arriesgada: mi plan consistía en coger el autobús hasta Vigo. Eso consumiría una buena parte del presupuesto alimenticio, pero podríamos arriesgarnos. Nos hacía ilusión llegar a Vigo. Había que reservar también dinero para la vuelta. Prácticamente no nos quedaba nada para pasar el día, pero... ¡Dios proveería!
Al día siguiente recogimos la tienda y nos presentamos con nuestras mochilas en la parada del autobús. Yo pagué preocupado comprobando la delgadez de nuestros fondos. Mis compañeros charlaban felices contemplando el paisaje y felicitándome por la idea del autobús.
El día en Vigo empezó bien. Habíamos acabado la leche y las galletas, así que nuestros estómagos aún estaban gratamente reconfortados. Lo que no sabían mis compañeros es que tendríamos que comer 7 personas con el presupuesto de 1. Pasamos la mañana visitando el puerto. Nos hicimos fotos en las gigantescas anclas oxidadas frente al mar, en un viejo cañón de las defensas del puerto, ante los grandes buques... Llegó la hora de comer. Les avisé que hoy la comida sería escasa. Compramos una lata grande de sardinas y una hogaza. Nos supo a poco. Nos quedamos francamente con hambre. Deambulamos por Vigo para matar el gusanillo con las curiosidades de sus calles. Al final de la tarde estábamos buscando algún sitio donde poner la tienda. Podeis imaginaros lo difícil que es encontrar, en plena ciudad, un lugar donde acampar. Finalmente, en un descampado rodeado de altos eficicios instalamos la tienda. Fue una noche marcada por los retortijones (no hubo cena) y el miedo a una nueva aparición de vecinos o autoridades. Sorprendentemente a nadie pareció importarle la presencia de nuestra tienda. Por la mañana la recogimos y nos dispusimos a pasar un largo día de ayuno.
Volvimos al puerto. pero no sentíamos la misma ilusión. Además el hambre avinagraba el caracter de todos. Algunos murmuraban. Otos se quejaban abiertamente.
- ¡Dios, que hambre! ¡Será tonto el tío este que no ha guardado dinero para comer hoy!
Yo, el jefe, iba quedándome solo. Me sentía mirado de reojo. Veía el fastidio que les producía la situación. Incluso mis mejores amigos se callaban cuando les pedía con la mirada una palabra de aliento... Parece ser que decidí erróneamente. Yo guardaba celosamente el dinero de vuelta en el autobús, pero aparecieron ya las insinuaciones de gastárnoslo en unas cuantas barras de pan...
Finalmente aguijoneado por la necesidad, intenté una salida desesperada. Me dirigí al colegio Champagnat (un colegio enorme de los hermanos maristas en Vigo) y solicité hablar con el director del colegio. Me hicieron esperar en una agradable sala y después pasé al despacho. Conté al director nuestra aventura y la necesidad en que nos encontrábamos. Me preguntó sobre algunos detalles y le di cuenta de nuestra última comida del día anterior. Se despidió de mí invitándome a que esperara en el gimnasio con mis compañeros un momento. Nos condujeron a un gimnasio luminoso entarimado en madera. Allí nos sentamos a esperar. Al poco rato nos llamaron. Nos llevaron hasta una sala donde habían dispuesto unas mesas repletas de aperitivos y refrescos: para 7 gatos la comida de 7 leones. Asombrados dimos cuenta de todo ello, tal era el hambre que teníamos. Luego nos permitieron visitar las insalaciones del centro. Allí pasamos la tarde. Llegado el momento cogimos el autobús y nos presentamos en el colegio a la hora de cenar.
Cuando llegamos los hermanos nos preguntaron por el incidente del colegio. Evidentemente habían hablado por teléfono contando que uno de los grupos "había llegado al convento pidiendo alimento y asilo". Sorprendentemente no hubo bronca alguna. Creo que incluso les pudo parecer bien que hubiérmaos sabido salir del paso, aunque fuera con el fácil recurso de pedir ayuda "a la familia". Allí nos enteramos de que a todos los grupos les había pasado lo mismo. El dinero no les llegó. Algunos tuvieron suerte y "contaron" que encontraron un billete de 500 pesetas en el camino... otros habían llevado un "depósito de emergencia" (no estaba permitido en las normas de la actividad)... Supongo que, aparte de querer espabilarnos, algo había de concienciación de lo que realmente cuesta mantenernos y los esfuerzos que han de hacer para que no saliéramos muy caros a la congregación...
Por mi parte, fui aclamado como excelente lider, por la satisfecha tropa de tripas llenas y durante toda la tarde y en días sucesivos escuché lisonjas alabando lo listo que era y lo bien que había resuelto la situación.

¡He aquí pues el secreto del liderazgo!

miércoles, 26 de enero de 2011

De caza



Hoy estoy experimentando la caza de personas de mi pasado con la poderosa herramienta del buscador de Google.
Es curioso, del medio centenar de compañeros que convivimos en Arévalo y cuya lista aún conservo después de 40 años, posiblemente la mitad aparecen en el buscador. La mayoría son profesores. Algunos de ellos siguen siendo maristas como Carpintero, Ángel Muñoz, ... Muchos otros profesores como es el caso de J. L. Benavides. Muchos de los nombres con sus dos apellidos entrecomillados nos remiten a las más variopintas profesiones: empleados de banca (CajaDuero: Ángel María Álvarez) , agentes inmoviliarios, miembros de un grupo espeleológico (Edelweis: Domingo de Pedro), programador de microsoft (Francisco García), traductores (Ricardo García), agricultores que venden castañas (Jesús Marcos), inventores de sencillas patentes (Anastasio Moreno), Jefes de la sección Técnica del Agua en Valladolid (Pinillos) ... pero no es seguro que todos sean los antiguos compañeros... Nombres y apellidos coinciden a veces en múltiples personas. Aunque filtro por edades, perfiles, referencias... muchas veces queda la duda. Los aquí reflejados parecen coincidir con los buscados (residen en España -preferentemente Castilla/León, tienen en torno a 50 años, profesiones medias, algunos se relacionan con la educación o los maristas... En algunos casos hay tantos que descarto confirmarlo como excompañero y paso al siguiente. Estos casos son mayoría. Hay tantas personas con mismo nombre y apellido que se vuelve aventurado asignar "futuro" a aquellas imágenes de compañeros que dormitan en mi memoria. Dejo la tarea para más adelante. Necesito más información para establecer un filtro esclarecedor. Además, aún la red está muy verde. No aparece constancia de muchas personas. Al menos no en los buscadores.
De todas formas tomo nota de mis hallazgos. Quizás algún día me ponga en contacto con ellos... ¿Eres tú fulanito de tall, que estudió en los maristas de Arévalo en los años entre 1971 -1973? Yo soy Jesús ¿me recuerdas? Ponte en contacto conmigo si quieres compartir recuerdos...

sábado, 22 de enero de 2011

El tonto de las medallas

Busca el hombre su ración de premios, su porción de honores. Desea y reclama su cuota de prestigio, sus cinco minutos de fama. En los niños se expresa de una forma inmpúdica,  a veces rabiosa. En los adultos formas mucho más elaboradas, camufladas con motivaciones complejas.
Pienso, con una sonrisa, en mi sobrino Raúl. Es un crío encantador, sensible, algo atolondrado... Tiene a su primo Sergio como compañero y amigo de juegos. Comparten familia, edad, colegio... pero Sergio ha madurado antes y su caracter reflexivo y despierto le hace competir con éxito en la mayoría de las actividades. Destaca en muchas facetas y raro es el mes en que no ha ganado algún concurso, tenido la mejor nota o conseguido algún trofeo.
Les recuerdo hace algunos años. Quizás fuera en uno de aquellos veranos en que mi sobrino Sergio acudía a uno de esos campamentos urbanos de la época estival. Había conseguido "una medalla de oro" en uno de los juegos que se organizaban y Raúl se moria de envidia por tener una igual. Insistía e insistía a las puertas de la rabieta. Tan pesado se puso que su padre le recriminó: - ¡Hijo mío, pareces tonto, con eso de la medalla... !
Y Raúl, encoraginado, le replicó: - ¡Vale, pues seré tonto! ¡Pero el tonto de las medallas!

jueves, 20 de enero de 2011

Mi primer libro

Con el mayor de los cariños os presento a "Thunda, el búfalo", el primer libro que leí:
Fue el premio por muchas semanas de atención y buen comportamiento en la catequesis de San Cosme y San Damián, mi parroquia de entonces en Burgos. Después de largas semanas aprendiendo sin cuestionar nada todo aquello que me enseñaban me hicieron el más precioso regalo: un libro.

Y además, fue un libro con gancho. 45 años después aún recuerdo la historia de este búfalo. Su vida social en la manada, el liderazgo, la defensa en círculo contra los leones que querían devorar a sus crias, el apareamiento, el parto en un oscuro rincón de la selva, los pájaros que les desparasitaban y avisaban del peligro, el incendio en la selva y la estratagema de internarse en el lago para evitar abrasarse...

Yo tenía 6 años. Este libro fue, probablemente, la primera propiedad ganada con mi esfuerzo. No sé las veces que lo releí. Aún lo conservo.

Cuando lo descubro, sepultado en el fondo de un arcón polvoriento en el pueblo de mis padres, aún me emociono. Lo tomo en mis manos y no puedo evitar abrirlo y leer algunas páginas... Todavía parecen mostrar la frescura que encontré a mis pocos años.
Luego vinieron los cómics. Primero los ejemplares sueltos que me dejaban amigos o conocidos pues no tuve nunca dinero para comprarlos yo mismo. También los ejemplares leídos en mi cole, el Liceo Castilla, en alguno de sus clubs de alumnos; allí los alternábamos con futbolines y damas. Después mi padre nos sorprendió con unos gruesos tomos de colecciones enteras de TBO o de superhéroes como "La Pantera Negra" o el "Capitán Trueno". Eran de segunda mano y se los pasaba su jefe en el trabajo. Fueron, durante años, mis posesiones más preciadas.
Cuando tienes un libro así posees un auténtico universo. En él me sumergía horas y horas enfrascado en las aventuras de mis héroes. Aprendí de selvas, estrategias, maldades, razas inferiores, valor, inteligencia, superhombres... Un caldo de cultivo, eso también,  para el fascismo pero que, curiosamente, no ha dejado huella alguna (creo).

Con los cómics aprendí realmente a leer. La ayuda de sus imágenes me sugerían el tono o el contenido de las historias y me enseñaron a poner el énfasis adecuado a descripciones y diálogos.
Hoy, en el basto almacén de internet, tecleo las palabras mágicas: "La Pantera Negra" + cómic y, como genio que aparece para cumplir tus deseos, se despliegan cientos de accesos a información sobre este superhéroe. Entonces busco algunos viejos ejemplares para leer. Luego me sorprendo de no reconocer en absoluto nada de lo estoy leyendo... vuelven a actuar las trampas de la memoria.... pero la magia permanece. 

viernes, 7 de enero de 2011

Mis juguetes


Me cuesta creer que los niños de hoy sientan la misma fascinación que sentía yo por los juguetes. No por mejores, ni más caros, ni más llamativos... sino por el aprecio de lo difícil de conseguir, por el estudio exahustivo de sus posibilidades, por la capacidad para fabricarlos y exprimir su potencial disfrute.

Mayormente un juguete era cualquier cosa: una lata para jugar al futbol, un edificio en ruinas que husmear, una campa que recorrer, unas vías de tren con muchas posibilidades...

Pero hablando de juguetes "comerciales" que también gustaban, teníamos que conformarnos con lo que diera de sí nuestra exigua propina de una peseta los domingos. Daba para alternar algunas chucherías de la época: piruletas, chicles negros y aromáticos; chicles rojos y negros en tirabuzon, enrollados y elásticos... De vez en cuando adquiríamos el misterioso palulú y nos admirábamos de que un palo de aspecto tan vulgar encerrara unas esencias tan deliciosas. Escuchábamos con envidia como algún chico mayor nos explicaba que conocía un sitio donde crecía y lo podía coger en cantidad. Para nosotros era el cuerno de la abundancia. Alguna vez, más mayores, comprábamos unas tortas de chicharrones aromatizadas con anís. Estaban también las socorridas pipas, eran la solución a las bancarrotas financieras de los domingos por la tarde... Comprábamos un poco de todo esto ¡y nos sobraba!

Parte de nuestro pequeño capital estaba destinado a engrosar, poco a poco, nuestras colecciones de índios. Cada domingo uno o dos, hasta completar un pequeño ejército. Muchas veces comprábamos el caballo y el domingo siguente el jinete pues no daba para ambos. El fuerte solían regalarlo Ror reyes, pues era demasiado caro para nuestra pequeña paga dominical.

Algunos años más tarde aparecieron las figuritas "mini" de plástico. Eran pequeños soldados de la segunda guerra muncial al estilo de los personajes que leíamos en "Hazañas Bélicas". Tenían además el atractivo añadido de que estaban unidos con un pequeño cordón plástico a los ejes o peines de inyección de las máquinas de plástico por lo que había que retorcerles para arrancarles ¡Eso nos encantaba!. Gracias a ellos montábamos nuestro particular juego del rol organizando batallas multitudinarias.

Al crecer un poco más pasábamos a las colecciones de cromos. El exito de algunas fue apoteósico. "El álbum Maga de Africa y sus habitantes", "Vida y Color"... sin contar los varios álbunes de fútbol y algunos de series de dibujos animados (entre ellas "La Familia Telerín")... Mi primer álbum, en serio, fue el de "Africa y sus habitantes". No es tontería: aprendí mucho con los textos que acompañaban a las estampas coloreadas con colores primarios. La persecución de aquel cromo mítico que nos faltaba a  todos fue una cruzada personal. Gasté hasta la ruina de mi pequeño pecunio para conseguirlo. Al final lo cambié por cerca de 150 cromos repes, pero mereció la pena. El álbum aún duerme polvoriento en "El pajarón" de la casa de mis padres en Ayuela.

Hacia el final de la niñez íbamos al cine. Cerca de casa el Círculo Católico de Obreros tenía un salón de actos donde pasaban una película los sábados. La entrada valía 1 peseta. Tenía un patio de butacas de madera que a mí se me hacía enorme. Normalmente eran películas del oeste aunque recuerdo una ocasión en que pusieron "Cumbres borrascosas". El título "plomífero" definía bien lo que me pareció entonces este film, que luego he apreciado de otra manera.

La provisión de juguetes "comerciales" tenía lugar el día de Reyes. Ese día, bajo la claraboya de nuestra vieja buardilla, se dejaba sobre una mesita un balde de agua para los camellos, unas copas de anis para los reyes y los pajes. Yo pensaba que los Reyes pispaban de lo lindo, pues siempre estaban vacías. Menudo borrachuzos tenían que ser repostando licor en todas las casas del barrio. El caso es que nos dejaban los juguetes más espectaculares. Los que veíamos en nuestros antiguos centros comerciales: Almacenes Campo. Quizás el juguete más rentabe fue el Fuerte Indio. Dio para muchas tardes de batallas y asaltos. En una ocasión los reyes nos trajeron un lujosísimo (así nos lo pareció) coche descubierto de color azul. En otra fue el maravilloso cinexin que monté y desmonté tantas veces y para el que, creo recordar, dibujé alguna película yo mismo con papel cebolla. Otra vez fue el endeble futbolín que se doblaba y caía cada poco. La vez que nos regalaron unos patines nos dieron la oportunidad de apender y montar numerosas tardes por el barrio prácticamente a los cuatro hermanos y parte del vecindario.

La parte más creativa la constituían los juguetes construidos. Llegámos a tunnear nuestro descapotable azul añadiéndole adornos y motorizándolo. A falta de monopoli comprado llegamos a construir un monopoli con las calles de Burgos y tarjetas inventadas. Un amigo nos enseñó el secreto del movimiento con una simple tapa y la ayuda de una cuerda para hacerla girar y superponer dos dibujos de cada lado. Inventamos yoyos con tapas y botones que, aunque fallaban en las habilidades a la moda: perrito, dormilón... realizaban el movimiento básico perfectamente. Aprendimos la construcción de la tortuga mágica, esa que andaba sóla cuando tirabas de un hilo. Practicamos hasta conseguirlo con los cables de colores para construir hermosas pulseras y llaveros de variados colores. Nos aproximamos a la industria de la automoción construyendo una caja-moto con manillar y rodamientos y nos avalanzábamos desde lo alto de las rampas de la calle con un traqueteo estimulante y no pocos vuelcos y chichones. La industria bélica formaba un capítulo aparte por su refinada tecnología: tirachinas, tiragrapas, cerbatanas con dardos de alfileres, escopetas de pinzas, arcos con varillas de paraguas, cohetes con pólvora, bombetas con clorato potásico y azufre que comprábamos en las droguerías ...

Las máquinas de cliper no se escaban a la inventiva infantil: un tablero, una bola de acero o canica, puntas, pinzas y gomas elásticas era todo lo que se necesitaba para construir una con un funcionamiento más que aceptable.

También disfrutamos de los juguetes clásicos. Tuvimos una única bicicleta. Era roja, de la marca Gag. Yo, como hermano mayor, era quien hacía más uso de ella, pero era una propiedad mancomunada. En uno de aquellos pedaleos se me ocurrió aparcarla frente al bar del barrio (El Beniluz) para echar una partidita en una de aquellas máquinas de clipper baratas "de a peseta". Cuando salí había desaparecido. Pasé toda la tarde buscando y preguntando por el barrio. Tras comunicar a mis padres la terrible noticia tuve que acudir a la Policía municipal a denunciar el robo. Curiosa la imagen de un niño solo de 10 años ante la mesa del policía de turno que escribía a máquina los detalles del suceso. Mis hermanos nunca me perdonaron que les dejara sin bici. No hubo reposición.

Pero sobre todo, la mejor inspiración de juegos y juguetes era nuestra madre. Agradezco la suerte de haber tenido una madre todoterreno a la que le encantaban todo tipo de juegos verbales (adivinanzas, chistes, poesías, historias...) con la fascinante habilidad de inventar y recortar sobre la marcha siluetas de animales y personas, con la imaginación de hacer juguetes con cajas, vestidos con telas viejas, disfraces con lo más insospechado... Ella era quien nos animaba y nuestra fuente de inspiración muchas veces.

Por cierto, dejo aquí este video que resume más de 80 juegos infantiles (con unos 500 años de antiguedad y que aún se juegan). Pertenecen al pintor holandés Pieter Bruegel, el viejo.

miércoles, 5 de enero de 2011

Magia y poder.

Ya vienen los Reyes Magos. Asoma a las mentes infantiles su cabalgata de magia y poder. Como moscas a la miel nos sentimos atraídos por esos seres que representan la autoridad y el poder (de origen divino) y nos sentimos fascinados por la magia (sobrenatural) de sus hechizos. Niños pequeños y grandes niños nos entregamos a este ritual de ingenua credulidad y edulcoradas mentiras. Un rito donde, hasta el negro carbón se hace dulce.
Son muchos años ya regalando en nombre ajeno. Fomentando las mentiras y el mito por loor de la fantasía. Haciendo de la necedad virtud. Aceptando sumisos la triple monarquía evangélica. Interiorizando el origen divino de la realeza. Supeditando la ciencia a la magia. Manteniendo los tabúes. Evitando madurar.

Ese cuento de Hados Magos es completamente inneceario. Sería mejor decir claramente a los hijos que les queremos y que por eso les regalamos; porque su sóla presencia es otro regalo que nos recompensa largamente.  Explicarles que la mayor de las fantasías se llama realidad, que la vida puede ser tan fantástica y maravillosa que, ni siquiera los sueños, la superan. Que los juguetes se construyen (no aparecen por arte de magia) y por eso son tan valiosos. Que regalar nunca es obligación, que no tiene fecha, ni motivo, ni formas fijas, ni condiciones... Que un regalo no significa siempre juguete, que hay regalos que no están en las tiendas, que muchos regalos no cuestan dinero pero no son gratis: que cuestan al que los hace: que la compañia, la poesía, el arte, un viaje, una experiencia son los mejores regalos... Que los mejores regalos se los fabrica uno mismo. Que la vida ofrece juguetes en todas sus actividades: ayudar a poner la mesa en casa es mil veces más estimulante que desplegar la cocinita, construirte con cojinetes tu propio coche es infinitamente más imaginativo y valioso que comprarlo en la tienda de un centro comercial, jugar en grupo con unos simples naipes depara largas tardes de entretenimiento, inventar juguetes más creativo que comprarlos...

Ante el árbol totémico asistimos al férreo ritual del amontonamiento de presentes al dios de la infancia para ganarnos su favor. Una montaña de paquetes en primorosos envoltorios que serán despedazados y retorcidos sin miramiento para extraer el preciado botín. Elegirán rápidamente los favoritos y segregarán muchos otros sin percatarse de la sombra de desilusión en los ojos de algún familiar dolido. Abrirán paquetes, volcarán contenidos, desordenarán a fondo, comenzarán complicados montajes que enseguida abandonarán, correrán de acá para allá, compararán inquisitivamente el botín de hermanos y primos, asistiremos perplejos a los pequeños ataques de crisis de la abundancia: lo quiero todo, lo quiero yo, lo quiero ahora...
Luego lo servidores de esta teocracia infantil agacharán la testa y recogerán papeles desgarrados, cajas despanzurradas, envoltorios destrozados; armarán cuidadosamente infinidad de piezas y engranajes, posiblemente jueguen nostálgicamente con algunos y los llevarán hasta la habitación del dios menor para que queden allí, cual exvotos, en el templo de la infancia a espera de obtener el favor de su dios.

Uno, que también fue niño, no lo dudéis; también esperó ilusionado la llegada de los Reyes. Siempre un poco extrañado por aquellas leyes absurdas de acostarse pronto, dejar una copa de anís para los pajes y un cubo de agua para los camellos (¡pero si son camellos: no la necesitan!). Más mosqueado aún por las capacidades trepadoras de esos equinos tropicales pues vivíamos en una buhardilla. Aquella desconfianza me perturbaba casi tanto como el misterio de que sólo las personas casadas tuvieran hijos: ¿Por qué no los tenían los jóvenes, los novios, dos individuos de mismo sexo? Algo se me escapaba...
Fui niño de regalo único y casi de obligado consumo anual de carbón. Estaba claro que no había manera de contentar del todo a sus majestades. Consumí buenas raciones de esa amalgama aturronada de azúcar coloreada. Mis regalos eran juguetes clásicos: la bici, el fuerte, un futbolín, un coche, un cinexín... Podría clasificar mis años infantiles por el juguete que me regalarón el día 6: daba para jugar todo el año. Muy raramente me añadían algún estuche de pinturas, una cartera  o algo así. Si la economía regia estaba en crisis se compensaba la pobreza del regalo con peladillas y caramelos. Como no había tele, no teníamos manera de comparar nuestras pequeñas propiedades con las potenciales posibilidades de los comercios o las reales posesiones ajenas... sólo en la calle te percatabas de las diferencias.  Entonces pensabas que lor Reyes eran dolorosamente injustos. Aquellos niños, auténticos canallas algunos, habían sido premiados con objetos maravillosos que te producían insana envidia. ¿Por qué los Reyes me quieren menos a mí? ¿Qué he hecho tan mal? Nunca entendí la odiosa diferencia. Hubiera sido tranquilizador saber entonces que los padres no son todopoderosos. A la pobreza estaba acostumbrado a la injusticia no.

¿Y la magia? me diréis. ¿La ilusión, la esperanza, la sorpresa, el misterio? ¡Qué ingredientes más apetitosos para una sopa tan tonta! ¿Qué es la magia sino una trampa no descubierta? ¡Trampa al fin y al cabo!
Nos fascinan los magos. En el fondo preferimos no conocer sus trucos. En el momento en que se descubre el truco, perdemos interés. La magia desenmascarada se llama ciencia. He aquí el eterno dilema entre el saber y el misterio. Lo primero nos hace más libres, lo segundo más crédulos y manejables. Sin embargo, ante la revelación de un misterio, en la solución de un enigma, en el descubrimiento de los trucos de los magos experimento una infinita liberación: una particular sensación de felicidad.