lunes 27 de febrero de 2012

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte VII: "La bomba".


- ¿Me cago en la H...! ¡El gilipollas ese....! ¿Por qué la toca? ¡Que yo soy el responsable!,  ¡Si pasa algo...!
El guía de la ruta se alejaba despavorido del grupo reunido en torno a la granada. No podía afrontar la visión de aquel hombre, un sesentón jubilado, que contraviniendo sus instrucciones y, en contra de las reiteradas peticiones de los allí congregados, la había cogido con las manos y estaba a punto de manipular la palanca.

Mi mujer Charo, mi sobrino Raúl y mi cuñado José Ángel a apenas un metro del artefacto retrocedían de espaldas sin poder dejar de contemplar la escena.  El grupo se dispersaba rápidamente. Algunos corrieron para alejarse. Yo los contemplaba a escasos metros mientras pasaba  a mi lado el guía blasfemando y con el rostro descompuesto. Momentos antes había estado explicando porqué la mayoría de los fortines estaban completamente destrozados. En pie sobre lo que quedaba de una de aquellas fortalezas, entre rotos bloques de hormigón, contaba que la gente de Morata y pueblos de alrededor al acabar la guerra buscaba los restos de armas y munición susceptibles de contener hierro o metal y los amontonaba en el interior de aquellos búnkeres. Después los prendian fuego y tras una formidable explosión que destrozaba la sólida construcción, aprovechaban los restos como chatarra.
 Todavía teníamos fresca en la imaginación la escena, casi cinematográfica, de la terrible explosión cuando una voz gritó:
- ¡Una bomba!, ¡Ha encontrado una bomba!
Uno de los niños que nos acompañaba había visto en el suelo una granada de mano. Los que estábamos cerca nos acercamos con curiosidad. El artefacto estaba completamente oxidado, pero se advertía perfectamente que no había sido explosionado y mantenía aún la palanca en su sitio. Con mucho cuidado, alguien bien informado y sensato, la rodeó con un círculo de piedras para marcar la posición. El resto nos acercamos con cautela para sacar algunas fotos con el móvil. El el grupo se dictaban las consignas de emergencia:
-¡No la toquéis!
-¡Hay que marcarla y llamar a la Guardia Civil, para que la retiren los artificieros!
-¡Cuidado, no os acerquéis!
- ¡Mejor, vámonos! ¡Es peligroso!

Yo, con mi botín fotográfico ya conseguido, me retiré; pero seguían llegando componentes del grupo presas de la curiosidad que se arremolinaban en torno al excitante hallazgo. El guía acudió apresuradamente y apremió a los presentes a no tocar nada y alejarse. Fue justo entonces cuando aquel personaje pensó que estaba por encima del bien y del mal, de lo divino y de lo humano; y decidió que aquella panda de pusilánimes debía aprender que él tenía más cojones que nadie:  ¡Ahora veréis! - Se dijo y se agachó tranquilamente para coger el peligroso objeto.

Tras la pequeña estampida, el hombre pareció caer en la cuenta de su conducta irresponsable y dejó la granada. Un terrible vacío se hizo en torno a él. El hombre se escusaba:
- Si no pasa, nada. Si ya está podrida...
- No se debe tocar, no hay que tocarla. - Le respondían - Se debe dejar ahí y avisar a la policía para que la recojan especialistas. Puede explorar. Ha pasado a veces...
No había misericordia. Nadie aceptaba sus justificaciones. Pasó el resto de la excursión en cuarentena, apenas friamente arropado por algunos familiares que le acompañaban.

NOTA:
El presente suceso ocurrió ayer mismo. Tuvo lugar en el transcurso de una ruta didáctica organizada por el Ayuntamiento de Morata con motivo de la celebración de las II Jornadas sobre la Batalla del Jarama. La ruta recorría la línea defensiva de trincheras y fortificaciones nacionales y republicanas sobre Morata en la Zona Norte, entre la Casa de la Radio y Casa Navares. Queremos dar gracias a los responsables de la ruta por su paciencia y esfuerzo en guiarnos y explicarnos las circustancias de esta formidable y cruenta batalla. Entendemos la alarma del responsable, que luego pidió disculpas por su pequeño exceso lingüiístico. Así mismo, sintiendo vergüenza ajena, pedimos perdón por el comportamiento irresponsable que pudo mostrar algún miembro del grupo visitante.
La granada ha sido identificada, a partir de esta fotografía, como una granada de mano soviética F-1 (inspirada en la francesa de mismo nombre) y que era popularmente conocida como Limonka (limón) o Fugasnaya (altamente explosiva). Llegaron a la España Republicana como parte de la ayuda soviética a la causa. Tiene el cuerpo de hierro prefragmentado en cuatro hileras con ocho filas y un tiempo de retardo de 3-4 segundos. Originalmente presenta un color verde amarillento. Ha sido muy utilizada por numerosos países. Aunque hoy se considera obsoleta y no se fabrica, existía tal stock que aún es utilizada en la actualidad por ejércitos de la antigua URSS y guerrillas.

sábado 25 de febrero de 2012

Mis fetiches (3): Tigre dientes de sable


Desde que lo oí por primera vez me fascinó el nombre de este gigantesco felino prehistórico: "Tigre dientes de sable". No podía evitar imaginármelo con sus enormes y acerados colmillos escrutando entre los matorrales en la noche de los tiempos a la espera de algún neandertal distraído. Visualizaba su ataque potente, su contundente dentellada y su feroz canicería. En El Clan del Oso Cavernario, la primera de la sugerente saga prihistórica escrita por la canadiense J. Marie Aule,  se describe una vívivda persecución de un león de las cavernas sobre Aila, la pequeña cromañón que, acabando de perder a su madre, vaga sola por los parajes del cuaternario. El león de las cavernas también ese era un carnicero formidable. Esos incisivos descomunales, magníficos, siempre han sido objetos totémicos, amuletos, para los humanos. Colgados al cuello, en la pulsera, cosidos al lóbulo de la oreja; han pasado a transmitir poder y señales de prestigio en todas las épocas. Hoy en día se conservan los enormes y marfileños colmillos de los elefantes, se elaboran impactantes collares de afilados dientes de tiburón, se cuelgan del cuello retorcidos colmillos de jabalí...
Yo he deseado fervientemente muchas veces encontrar algún canino de tamaño excepcional. Sabiendo que las piezas dentales es la parte del cuerpo que mejor se conserva a través del tiempo, he llegado a escrutar el suelo, en las proximidades de los abrigos rocosos, buscando alguna pieza prehistórica. Una vez encontré un incisivo de tamaño considerable. Aún lo conservo y, hoy mismo, dedico un rato a investigar quién pudo ser su ancestral propietario. Lo encontré al pié de un saliente rocoso en las proximidades del pantano del Atance, en las cercanías de Sigüenza. En la ladera que flanqueaba el camino se distinguían pequeños restos cerámicos. Ascendí hasta unas pequeñas terrazas que conservaban restos de un asentamiento. A unos cien metros, al pie de una parez rocosa apareció este canino. El sol y el aire han deteriorado su esmalte dejando una masa seca y porosa, pero se adivina su consisntencia de antaño cuando desgarró presas poderosas. Sus 7 cm de largo bastaron para penetrar el cuello de uros y caballos desgarrando sus arterias y provocando la muerte de otros grandes mamíferos.
Hoy, al contemplarlo, decido que he de volver en otra ocasión  y buscar con más calma otros restos de aquella comunidad que quizás aún permanezcan enterrados a la espera de quién sepa encontrarlos. Entonces me rebelarán sus secreteos y seré famoso.

jueves 23 de febrero de 2012

Mis fetiches (2): El viejo libro.

El tio cura, Don Mariano Díez, párroco de Ayuela; dejó a mi madre cosas valiosísimas y curiosas. Además de una auténtica máquina de coser (¿un cura poseedor de una máquina de coser?) Singer, unas juego de tazas preciosos y una colección de viejos libros. Muchos eran de temática religiosa, pero uno de ellos con la cubierta de piel de oveja y en edición de 1721 era de historia sagrada y profana, y de geografía lo que me animó a leerlo. La experiencia resultó sorprendente y me animó a conservarlo. Puede decirse que me apropié de él sin permiso expreso.

Desde la sensorial experiencia de sujetar entre las manos la amarilla y lisa superficie del cuero, hasta la necesariamente delicada de pasar las frágiles páginas, pasando por la lectura de los antiguos caracteres mal alineados, borrosos o movidos; y continuando por la presencia de letras extrañas como la "f" que imposta el sonido de la "s" y completándolo con su curioso contenido repeleto de datos breves, preguntas y respuestas, historias excitantes; todo es aliciente para leer y curiosear.

Algunas de las historias aquí reflejadas que me sorprendieron aún las recuerdo cuando han pasado ya más de 40 años. Me llamó especialmente la atención el pasaje que cuenta que los romanos ansiosos por hacerse con el abundante oro que se escondía en vetas en las rocas de las montañas pirenáicas inciendiaron los bosques de la zona y llenaban carros enteros con el oro derretido que escurría fundido por las grietas. Me excitaron sobremanera las fabulosas noticias de los reinos de la antigüedad, en especial las de España, que con citas concisas, resumían nuestra historia desde nuestro más antiguo visitante Túbal. Más tarde, al caer en mis manos otros libros, al consultar otras fuentes, me he dado cuenta de que bastantes datos eran erróneos o estaban muy simplirficados. Sorprende pensar que este libro, texto de referencia en los estudios de historia de la época, debía aprenderse poco menos que de memoria y sus afirmaciones eran indiscutibles.

Sabiendo de su valor histórico, he ojeado diversas página por internet buscando precios y referencias. Se ofrece el libro (hay varias ediciones, algunas más antiguas) por 300-400 euros. El nuestro mantiene une estado excelente así que bien puede conseguirse esa cantidad. también se ofrecen reediciones actuales realizadas en reino Unido desde 12 $ en adelante (Es perturbador contemplar la moderna maquetación de la portada con la luminosa fotografía de la cima de una montaña nevada en las tapas).
También hay interesantes estudios enmarcándole libro de referencia en la educación y cultura del s. XVIII así como la educación en cataluña en época de Carlos III. Igualmente se puede descargar en formato pdf de manera gratuíta desde Google.

Para mí es un pequeño tesoro bibliográfico. Y también un valioso fetiche. Representa el consuelo y el poder del conocimiento. Su valor se potencia por la personal historia de su herencia desde el querido tío cura cuando se lo regaló a mi madre junto a otras cosas valiosas...  hasta que un Prometeo adolescente lo robó.

sábado 18 de febrero de 2012

La Batalla del Jarama

Este mes se cumplen 75 años de la Batalla del Jarama. Esta fue la primera gran batalla en campo abierto de nuestra guerra civil. Acaecida entre los días 6 y 28 de febrero de 1937, en ella se dirimía el destino final de la Madrid cercada y el único acceso posible por el sureste mediante la carretera de Valencia. Allí emplearon ambos bandos los mejores efectivos de que disponían y utilizaron el más moderno material que acababan de recibir: por parte de los nacionales los nuevos aviones alemanes Heinkel 112 A, los Messerschmitt, los BF 109 y los temibles dornier 17 E;  también contaron con los aviones italianos Meridionali. Por su parte los republicanos contaron con tanques y cazas rusos I-15 e I-16.

Monumento a las Brigadas Internacionales
(Confluencia de la M-302 con la M-311,

 en la carretera de S. Matín de la Vega hacia Morata de Tajuña)

Franco dispuso para este combate cinco brigadas señalando como objetivos la conquista de La Marañosa y Vaciamadrid (Brigada Norte), el puente de Pindoque asegurando el paso del Jarama (Brigada al mando del General Sáez de Buruaga), San Martín de la Vega (dos brigadas con el general Asensio a su cargo) y Cienpozuelos (al mando de García Escámez). La República respondió con tres brigadas muy experimentadas en la defensa de Madrid pero mínima logística y una milicia en la que destacaron las recientemente formadas Brigadas Internacionales. La batalla se produjo en campo abierto, sin el apoyo de casas y fortificaciones. Las defensas se improvisaron con precarias trincheras y fortificaciones urgentes.

La batalla comienzó el 6 de febrero con una exitosa ofensiva de las tropas de Franco que llegan a tomar La Marañosa, Gozquez de Arriba y Cienpozuelos. Al día siguiente caerían Vértice Ceberteras, la Boyeriza, Mesa, Valdecabas y Gozquez de Abajo. El 8 se bate con fuego cruzado la carretera de Valencia desde el Cerro Coberteras y se intenta conquistar el Puente de Arganda. En los días siguientes las escaramuzas se suceden y el Estado Mayor Central Republicano, dirigido por el general Martínez Cabrera, decide que el general Pozas lleve a cabo un ataque en la zona del río Jarama. La ofensiva estuvo un tiempo pospuesta debido al mal tiempo y a la crecida del río Jarama esos días. El 11 de febrero dos brigadas franquistas atravesaron por sorpresa el puente de Pindoque y otras fuerzas entraron en san Martín de la Vega. La única solución del ejército republicano era hacerse con el control de la zona meridional del río y atrincherarse en una serie de lomas bajas donde cortar el paso al ejército sublevado. Estas zonas estratégicas fueron sistemáticamente bombardeadas y ametralladas mientras los cazas rusos y alemanes entablaron una feroz batalla por el control del cielo. El día 14 los republicanos pasaron a la ofensiva estableciéndose recíprocos contraataques sin éxito definido. La batalla de desgaste se instaló en el frente. El 15, el ejército republicano desplazó las fuerzas de reserva de Madrid para reforzar la ofensiva. Burillo fue el responsable táctico de aquellos ataques desplegados entre los núcleos de Vaciamadrid y Aranjuez donde contó con la excelente ayuda de la 11ª División de Líster, la XV Brigada Internacional y los milicianos de Rubert y Güemes. En total, la República desplegó 25.000 hombres y contó con la vital ayuda de los tanques y la aviación rusa.

El punto clave de la batalla era el cerro del Pingarrón, que domina la única carretera de la zona que unía San Martín de la Vega y Morata de Tajuña. El cerro pasó alternativamente a poder de unos y otros en medio de un auténtico baño de sangre. El 16 de febrero fue retomado por Franco con ayuda de las tropas marroquíes de regulares traídas exprofeso desde Andalucía. Desde el día 20 la artillería republicana bombardeó intensamente el cerro día y noche hasta que el 23, por la mañana, realizaron un ataque por sorpresa. Pese a la muerte de los oficiales franquistas, las tropas regulares defendieron el cerro hasta que llegaron las columnas de refuerzo. Aún se realizó un último intento esa misma tarde pero las fuerzas y el ánimo estaban muy bajos después de asaltos casi suicidas que dejaron sembrados de cadáveres el campo de batalla. Esa noche cayó una lluvia torrencial. Al día siguiente amaneció una mañana soleada, anunciando el final de la batalla. A partir de entonces se construyen en el sector trincheras y fortificaciones que vienen a conectar con las posiciones de defensa de Madrid.

Así la partida quedó en tablas. Todos resultaron vencedores y vencidos: los franquistas lograron cruzar el Jarama pero no llegaron a cortar la carretera de Valencia con lo que los republicanos pudieron mantener las comunicaciones y suministros con la costa. Entre unos y otros, la confrontación segó la vida de más de 18.000 personas.

(Resumen y adaptación del documento del archivo municipal de Arganda del Rey http://www.ayto-arganda.es/archivo/)


Los que hemos vivido en Arganda tantos años, los que atravesamos a diario las carreteras comarcales que recorren el valle del Jarama: la E-832, la M-506, la M-302, la M-404, M-311... rodamos sobre la sangre derramada por más de 18.000 soldados caídos en aquella batalla terrible. En los alrededores de esta localidad, en las colinas próximas, donde hoy se alza el moderno hospital o bajo el asfalto de la A-II, los niños argandeños han jugado a perseguir conejos por el interior de las antiguas trincheras o a esconderse en los oscuros túneles construídos durante la guerra civil.
Andando, en bici o acercándome en mi automóvil he recorrido las viejas trincheras, los pesados fortines, los gruesos búnkeres. A veces, paseando por el Camino de las Cabezuelas y pasando al pie del Cerro de Águila me he acercado a las pequeñas cotas que lo circundan haciendo la ronda por las trincheras desmoronadas, penetrándo en los túneles que aún resisten, denteniéndome un momento ante los huecos tallados en la roca para apoyar los fusiles. He salido a las bocas soleadas divisando desde el parapeto la llanura de la vega e imaginando compañías que avanzan tras el punto de mira de una ametralladora imaginaria. O he tomado la bici llegando hasta el viejo puente de hierro sobre el Jarama, todo un icono de la batalla, para acceder desde allí a la gasolinera y, tomando el Camino de los Palos, dejar a la izquierda la depuradora hasta alcanzar el edificio intruso de Protección Civil, seguir por el Camino de Vallecas hasta la Casa Eulogio atravesando el solitario puente sobre el Manzanares. Allí, flanqueado por verdes dehesas donde pastan un puñado de reses bravas a menos de 15 km de la Puerta del Sol, se dobla un recodo bajo los cortados yesíferos del Pico Coverteras y se prosigue orillado al Manzanares por el antiguo Camino Real de Aranjuez a Madrid hasta la Presa del Rey donde confluyen los cauces del Jarama y el Manzanares. Luego he proseguido bajo los cantiles de la Marañosa paralelos al crecido Jarama atravesando una vega fértil, ahora socabada por cintos de graveras que dejan amarillas cicatrices no lejos de la ribera. Por momentos he podido enfilar el camino de servicio del canal de Henares que da comodidad y rectitud a la ruta; pero siempre fue más excitante ceñirse a la pared yesífera y contemplar los restos de fortalezas y búnkeres que asoman de cuando en cuando. Algunos tiene una espectacular campana de hierro, cúpula forjada par un observador expuesto de la ámplia vega. En uno de ellos me introduje en una ocasión y, tras bajar una larga escalinata, accedí a las pequeñas dependencias enterradas donde estaban a buen seguro los puestos de mando y los depósitos de munición. Ahora, lúgubres y húmedas, aguardan la postrer invasión de lodo y  tierra que llegará quizas con un torrente que rebase la tronera o el temblor que derribe los techos o quizás el efecto devastador del tiempo de doblegue las, antaño, fuertes estructuras. Podremos seguir así hasta San Martín de la Vega y descansar en el pequeño área acondicionado en torno al viejo puente, arrodillado y apartado del cauce actual del río. Una explosión lo hizo trastablillar, pero no cayó. La imagen del perfil de los soldados de una compañía atravesandolo tras sus barandas es el icono que ilustra el panel explicativo en el entrono.
Si la ruta que apetece ese día se orienta al disfrute de extensos paisajes desde una posición privilegiada podemos subir a lo alto del paraje de casa Eulogio desde el puente enfrente del edificio de portección civil cerca del nuevo Rivas (el antiguo fue completamente destruído en la guerra) y contemplar desde allí un ámplio territorio que nos dará buena idea del escenario de esta batalla. Tendremos el privilegio de unas vistas que incluyen la mayor parte de los espacios protagonistas de la batalla. El lugar, los cortados que miran al río desde el cerro Coberteras,  ha sido reproducido decenas de veces en las láminas que edita la CAM sobre la fauta ripícola en la zona de Rivas.   El cernícalo primilla habita en sus paredes y anima el cielo con sus vuelos cercanos. El borde de esa meseta está recosido de trincheras.
  
Si nuestro trabajo, como es mi caso, nos obliga a recorrer esas carreteras provinciales llenas de camiones de áridos y ocasionales maquinas agrícolas, podremos acercarnos también por carretera al puente de San Martín de la Vega. Luego, si tenemos el ánimo para un pequeño paseo, podemos acercarnos al famoso Puente de Pindoque, unos cinco o seis kilómetros río arriba. La toma de ese puente fue un episodio sangriento de la batalla. Lo tomaron al asalto los integrantes del Tabor de Ifni a las dos de la madrugada del 11 de febrero y la segunda compañía de André Marty que lo defendía fue completamente aniquilada, menos cuatro hombres que lograron huir no sin antes accionar el mecanismo de voladura que logró destruir dos tramos del puente. Pese a su sacrificio no evitaron que las tropas franquistas, habilitaran el paso a la mañana siguiente.

Muy cerda de ese punto se toma la carretera M-302 hacia Chinchón. Unos cien metros antes del cruce con la M-311, en un camino de tierra que sale a nuestra derecha se accede a un camino de tierra que asciende hasta una colina. En lo alto se divisa el monumento a las Brigadas Internacionales rodeado de trincheras. De vuelta hacia Arganda, tomando el cercano cruce con la M-311, podemos acercarnos hasta el restaurante El Alto, enfrente de la cementera,  donde tantas veces hemos ido en familia a comer conejo al ajillo, que lo hacen como nadie y con la experiencia de décadas. A este menú se puede añadir tortilla y ensalada, todo por un precio económico y con un sabor exquisito (aunque la picada de ajo que lo acompaña - es  una tentación en la que caigo invariablemente-  dificulta las digestiones causando esporádicos regueldos.

Mucho se podría escribir de esta batalla y su 75 aniversario. Me entristece que, en los colegios de Arganda, en los ayuntamientos de la zona, en las asociaciones que velan por su recuerdo pase tan desapercibido. Pasados los años de gobiernos de izquierdas parece quererse ahora correr el velo del olvido sobre este episodio sangriento y aleccionador de nuestra historia.

Casi a diario yo recorro su escenario. De vez en cuando me detengo en algún punto y rememoro la brutalidad, el heroísmo, los ideales de aquellos hombres que allí lucharon y murieron. Próxima la primavera, germinarán sobre la tierra que regaron con su sangre, miles de amapolas. Rojos corazones de 18.000 soldados que se desentierran del olvido y claman por su memoria.

viernes 17 de febrero de 2012

Mis fetiches (1): 8 maravedís

Hace apenas un mes murió mi tío Felicísimo. En mi último encuentro con él, al otro lado del cristal del velatorio, se desplegaron ante mí las páginas de los recuerdos del gran libro de la vida, capítulo Ayuela de Valdavia, nuestro pueblo.

Una de aquellas historias transcurría hará unos 15 años, cuando mi tío ya pasaba de los 80. Aquel año se nos ocurrió acondicionar el viejo "pajarón" (estancia sobre las cuadras de los animales, adjunto a las paneras donde se guardaba el grano). El suelo tenía los viejos palos de roble medio podridos. Las paredes de adobe, con su peso insoportable sobre las vigas carcomidas, podían provocar un desplome sobre las cuadras en cualquier momento y boquetes de más de medio metro se abrían cerca de las paredes del fondo y en las esquinas, lugares maltratados por el agua que se filtraba desde el viejo tejado.

Decidimos derribar las paredes de adobe y retirar todo ese peso inútil. Al tiempo repararíamos y repondríamos el armazón del suelo con tablas y palos nuevo que aprovisionamos  rebuscando por la casa. Con los centenarios adobes haríamos barro para trullar suelos y paredes. No teníamos ni idea de esta albañilería del barro pero logramos apañarnos bastente bien. Aquel espacio tan dividido por tabiques  daría lugar a una estancia espaciosa que, con aquel suelo de tierra apisonada en el estilo ancestral de nuestros abuelos, sería incluso un sitio acogedor para hacer de dormitorio de visitas poco exigentes. Pronto se reveló como un lugar ideal para el descanso y la tranquilidad. Allí fueron a parar el viejo flexo, una sencilla mesa de madera y una vieja silla: estudios y oposiciones le deben horas de tranquilidad y eficiencia a esta espartana habitación. Allí fueron a parar viejos somiers, desechados conchones, remendadas mochilas... Se convirtió en el dormitorio más tranquilo y fresco de la casa , con el aliciente de una rusticidad que agradaba a propios y extraños.

Cuando nos pusimos manos a la obra, mis hermanos Migue Ángel, Luis y yo, quitamos uno a uno los viejos adobes y los pasamos por un agujero abierto en el suelo a la vieja cuadra. Armamos un polvo de mil demonios que dejó la leña y los trastos allí amontonados cubiertos por una capa de uno o dos milímetros de arcilla pulverizada. A mi madre se le encogía el corazón pensando en el día que tendría que limpira aquello. Fuimos derribando las paredes una a una. Poco a poco se abría un ámplio vano que aligeraba la vista tanto como el peso. Cuando nos dispusimos a abatir la habitación de Felicísimo (diminuto cuartito añadido hacía 60 años  para dotar de alguna intimidad al hermano que quedó ayudando como labrador a la familia) mi madre recordó con nostalgia los detalles de aquellos días en que, niña, vivía con su hermano y sus padres. Nosotros con pico, cuidando de no derribar más de uno o dos adobes a un tiempo, fuimos desmontando aquel puzle arcilloso. Cuando llegamos al suelo raso una moneda apareció entre el polvo y los diminutos terrones: se trataba de una moneda de 8 maravedís de Fernando VII fechada en 1826 y con la ceca de Segovia.  Seguramente formó parte de algún dinerillo que, por aquel entonces mi tío ahorró. Me pareció un descubrimiento entrañable. No era el primer hallazgo de una arqueología familiar que ya comprendía antiguas herramientas para trabajar el lino, la vieja capa donde mi tío sentaba a sus hijas mientras trillaba (toda arrugada, reseca y llena de agujeros ahora), un puñado de balas de la guerra civil ya oxidadas...
Cuando mi tió vino a ver la pequeña obra que realizábamos observamos un gesto de nostalgia por su pequeña habitación de muchacho. Luego, cuando le contamos el hallazgo de su moneda, asomó una leve expresión de tristeza: seguramente le había costado ganarla y le hubo de apenar perderla. Allí nos hicimos una foto para la posteridad. Y yo guardé aquel pequeño tesoro en mi caja, junto a mis otros fetiches. Aún la conservo.

miércoles 15 de febrero de 2012

Mis fetiches (0)

Define el Diccionario de la Real Academia (RAE) la palabra fetiche como "Ídolo u objeto de culto al que se atribuye poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos". El desarrollo de este significado en otros diccionarios añade la acepción de "Mascota u objeto al que se atribuye la capacidad de dar buena suerte al que lo lleva". El uso que hizo del término Sigmun Freud en su teoría del psicoanálisis ha extendido también su significado a "Objeto que despierta en el sujeto impulsos eróticos."

En cuanto a su etimología el Diccionario de la Real Academia afirma que procede del francés "fétiche", y significa "Ídolo u objeto de culto al que se atribuye poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos". Lo que no dice, y sí consta en COROMINAS; es que el término francés "fétiche", que data de 1605, se tomó de la forma portuguesa "feitiço", mal pronunciada por los negros de las colonias; y ésta, a su vez, del español "hechizo", que ya en 1495, con el sentido de "artificioso, postizo", aparece sustantivado en el significado de "artificio supersticioso de que se valen los hechiceros". A partir del participio pasivo de hacer, ‘hecho’, se formó la palabra hechizo en español hacia fines del siglo XV, con el significado antedicho, según definía el Diccionario español-latino (1495), de Antonio de Nebrija.
Hechicero, palabra también formada a partir de ‘hacer’, ya aparecía registrada en nuestra lengua desde Calila y Dimna, un libro de cuentos anónimo traducido del árabe por iniciativa de Alfonso X. Hechicero y hechizo pasaron al portugués como feiticeiro y feitiço. Esta segunda palabra portuguesa llegó luego al francés como fetiche; más tarde, al inglés como fetish. En ambas lenguas denomina objetos de hechicería africana, tales como amuletos y talismanes, y finalmente, reingresó al castellano con este significado, bajo la nueva forma fetiche.

Como vemos el significado de esta palabra es un viaje de ida y vuelta y, como en un hechizo autorealizado, su original sentido de artificio del hechicero se transmuta, cual hechizo conceptual, en totem, amuleto, talismán...

Esta tendencia que poseemos de hacer mágicos determinados objetos es tan humana que creo que todos, en alguna medida, la manifestamos. Aparece en la manía de hacer los exámenes con determinada pluma, guardar un mechón de cabello de la persona amada, dormir con nuestro peluche favorito... Incluso pienso que tiene que ver con la alquimia que opoera al contemplar la fotografía de un ser querido y acariciamos el papel que apresa su imagen.

Ahora en este, mi blog, he decidido mostraros mis fetiches. Cada uno de ellos tiene un significado especial para mí y cada uno esconde una historia. A partir de hoy, de cuando en cuando, abriré el viejo baúl de mis tesoros y os revelaré el secreto de su conservación tanto tiempo. Rescataré del olvido esos objetos singulares: son mi magia, me hacen fuerte. Con vosotros comparto su poder.

martes 14 de febrero de 2012

Yo no soy tonto


Señor Juez:
Que estás en el estrado, con toga imponente y serio semblante;
que dictas sentencias con razones incontestables, a veces incomprensibles;
que impostas la voz gravitando los espacios de tu audiencia;
que engulles en tu verdad el centrípeto impulso de la duda:

Yo no soy tonto, y en el caso de su colega Baltasar Garzón, recientemente condenado:
  • No me creo que un Juez tan expuesto públicamente, tan vigilado, cometa "a sabiendas" los delitos de los que se le acusa.
  • No me creo que sea el único que haya autorizado escuchas en casos distintos de encausados por terrorismo (que no lo es).
  • No me creo que coincidan por azar tres causas simultáneas contra el mismo juez.
  • No me creo que sean "inocentes" las indisimuladas ayudas judiciales a una acusación que merecía ser desestimada por "impresentable" haciéndola "tecnicamente presentable"
  • No me creo que tan sólo un juez de este país haya recibido dinero de empresarios o banqueros para sus congresos, conferencias, simposios, encuentros, cursos...
  • No me creo que les parezca más importante la forma de abrir un proceso contra los desaparecidos del franquismo que el fondo (fondo profundo de fosas terribles y olvidadas).
  • No me creo que haya que juzgar a un juez en la primera velocidad del vehículo judicial y a un delincuente en quinta marcha (si es que entra).
  •  No me creo que la negación sistemática de testigos incómodos a la acusación obedezca a razones puramente procesales.
  • No me creo que no exista animadversión entre colegas debido a la envidia ("humani sum,  humani nihil a me alienum puto")
  • No me creo que una causa haya pasado tanto tiempo sobre la mesa de jueces, secretarios judiciales, administrativos, etc. y se den cuenta ahora, meses después,  de que ha prescrito. Y no me creo que la desestimación no se ha aprovechado para acusar sin derecho de réplica.
  • No me creo que los funcionarios de su juzgado manifiesten su solidaridad y certifiquen su dedicación y trabajo a un juez si es corrupto o prevaricador.
  • No me creo exista porporcionalidad en las penas. Se golpea con bate de beisbol a unos jueces y con débiles juncos a otros.
  •  No me creo y no soporto que, por manifestar mis dudas, se me acuse de socabar la imagen de la justicia y se me sermonee sobre lo importante que es la buena imagen de la institución judicial: ¡Es de lo que estoy hablando!
  • No me creo que a un juez, admirado y valorado en todo el mundo por su probado trabajo judicial, sus logros innegables, su audacia reconocida; estas cualidades parezcan servirle como agravantes más que de eximentes.
Yo no sé de leyes, señoría. No entiendo muy bien sus sentencias, señoría. No me consumí los sesos estudiando una decena de años derecho y oposiciones, señoría...

... pero yo no soy tonto.

Y pese a que no me creo lo arriba expuesto acato (aunque la razón no la cato) sus sentencias. No vaya a ser que yo sea el próximo acusado.