"La Primavera" (Vivaldi)

jueves, 25 de agosto de 2016

La Cueva de la Mora Encantada (Primera parte)


La joven era hermosa. Su piel morena. El cabello largo y los ojos, esos ojos cuyo blanco relucía bajo la luna, eran de negro azabache, pura obsidiana apostando con ventaja sobre la noche manchega. Había salido de la oscura cueva que tenia su entrada oculta en la base de la colina. Respiraba el aire tibio de la noche que movía su cabello perfumado meciendo sus ondas acaracoladas con dulzura. Cada noche de luna llena salía de su escondite y se sentaba en lo alto de la colina observando a lo lejos, a un kilómetro, el brillo de los candiles del pueblo de Torrejoncillo del Rey y contemplando, a sus pies, el reluz de la piedra de lobo, el destello de las láminas de espejuelo esparcidas por el suelo. Peinaba su cabello y cantaba una dulce canción llenando el aire de nostalgia de desierto, de aromas de palmeras, de ricas  especias de mercados persas y perfumes de Damasco. Nadie sabía el tiempo que llevaba allí, encerrada y escondida, encantada bajo la tierra en una cueva perdida. Los más viejos del lugar hablaban de su belleza, de su dulce tristeza. Presa, quizá, por un amante despechado; sujeta, acaso, a un mágico hechizo por un delito de amor. Pero nadie la había visto.

Aquel joven del pueblo, curioso y soñador, pasaba las noches al pie de la colina. Dormía al raso bajo la luz de la luna esperando el mágico acontecimiento. Un día la vio. estaba sentada sobre una piedra blanca, contrastando su piel oscura y su vestido de seda azul sobre la palidez de la cal. Largo tiempo estuvo mirándola mientras la joven morisca se peinaba y acicalaba a la luz de la luna. Después, sin ser consciente de ello, se acercó. La joven, alarmada, huyó ladera abajo desapareciendo para siempre. Él, contó en el pueblo su relato. Nadie reconoció creerle, pero la burla y la duda construyeron la leyenda.

Corría el año 1955 y Pedro Morales, labrador del pueblo, se acercaba frecuentemente a la colina. Había oído contar muchas veces, desde niño, aquella leyenda sobre una cueva escondida y una mora encantada. La historia le afectaba personalmente pues la colina del cuento era un terreno de su propiedad aunque, por más que había buscado, no aparecían restos de cueva alguna y la cima de la colina no tenía encanto alguno así, vista de día, mientras araba los campos de alrededor. Pero sí que el suelo relucía con cristales de espejuelo. Y también era verdad que, en el vallecito contiguo el aire cálido del verano, se poblaba por las noches de aromas silvestres y murmullos casi imperceptibles que no podían ser causados por la brisa que refrescaba los campos. A  veces se sentaba allí y permanecía mucho tiempo escuchado, intentando sentir el mensaje que le enviaba la tierra.

Un día, su sueño, ese sueño recurrente que le asaltaba desde hacía tiempo tomó una forma precisa. Aquella noche soñó que descendía por un largo pozo y que al final se posaba sobre un suelo rocoso, en medio de una amplia cavidad, con las paredes acristaladas e iluminadas por cientos de lamparillas de aceite. En medio de aquella capilla subterránea, brillaba un blanco ataúd. Pedro se acercó emocionado. Esperaba, quizá, encontrar a la joven mora de la leyenda acostada como una bella durmiente a la espera de alguien que deshiciera su eterno hechizo. Pero no; cuando abrió el ataúd lo encontró repleto de monedas de oro. La Mora Encantada había desaparecido, pero dejó allí escondido su rico tesoro, su valiosa dote de doncella.

Pedro despertó sudoroso, excitado. En los días siguientes pareció volverse loco. Pasó los días y las noches deambulando por la colina. Escavó pozos y realizó catas en las laderas. Se tumbaba sobre la cima y dejaba que las sensaciones de la tierra le mostraran el camino hacia la cueva del tesoro. No podía estar muy lejos  pues la colina no era grande. Además había demostrado ya que poseía cierta inexplicable percepción para detectar las corrientes de agua: parecía que fuera capaz de escuchar las voces de la tierra y que le hablaban. Finalmente un día empezó a cavar un pozo. Eligió el punto más alto de la cima y pidió ayuda a su amigo Alfonso y a Juan, su yerno. No tuvo problemas para convencerlos pues su fama de mahorí era notoria en el pueblo y ya había encontrado antes agua en parajes impensables. Además, a los pocos metros, efectivamente encontraron un  pozo de unos dos metros de diámetro escavado en la roca. Pedro dispuso un tronco cruzado sobre la boca y descendió sin temor al interior. Cuando hizo pie, a unos diez metros, iluminó con su farol la gran sala reluciente de cristales de yeso. Su sueño parecía convertirse en realidad.

Pedro y sus dos ayudantes buscaron entere las cavidades talladas a pico de la cueva. Alguien se  había tomado mucho esfuerzo para construir aquella ciudad enterrada, lógicamente pretendían poner a salvo algo muy valioso y él estaba seguro de que el preciado ataúd debía estar enterrado en alguna de las galerías que aparecían cegadas y cubiertas por escombros. Durante meses  logró convencer a sus compañeros de la proximidad del tesoro. Pero no encontraban el anhelado ataúd.

Desesperado hizo público su hallazgo. Autoridades y curiosos descendieron hasta la cueva y la visitaron. Los periódicos se hicieron eco del descubrimiento de una asombrosa ciudad subterránea olvidada por el tiempo. Pero superado el asombro inicial, Pedro, no recibió ningún apoyo en su tarea. Poco a poco la expectación creada cedió y dio paso al olvido. Pedro continuó solo, durante toda su vida, escavando galerías; explorando fondos de saco y ampliando gateras con la esperanza de encontrar un día el preciado ataúd. Pedro Morales finalmente murió. En sus trabajos había logrado limpiar un acceso lateral desde la base de la colina que arrancaba con unos escalones tallados en la piedra. La puerta, inundada cada invierno, se cubrió de maleza. Los chiquillos del pueblo jugaban a explorar su interior provistos de linternas. Algunos visitantes curioseaban por sus galerías y dejaban su inscripción en los blandos cristales de yeso. Pasaron los años y la cueva cayó en el olvido.

lunes, 22 de agosto de 2016

El patito feo



Lo vi de reojo mientras regaba el jardín. Estaba acurrucado bajo las arizónicas, hecho una bola con su plumaje gris y relamido, como si hubiera salido del huevo hacía un minuto. Pero era muy grande. - Será un polluelo de pato -pensé-. Al menos tenía un pequeño pico en espátula; sin embargo parecía no guardar proporción con el gran pico de estos ánades. - Quizá sea una cría de cuervo. Hay muchos por estos tejados -concluí-.

Me acerqué un momento para que se acostumbrara a mi presencia, pero parecía tan aterrado que no era capaz de moverse. Sólo, cuando aproximaba la mano, hinchaba el pecho y erizaba levemente el plumón  preparándose para retroceder: -No hay prisa, acabará acostumbrándose a mí al comprobar que no le hago daño... -pensé y respeté su temerosa soledad-. Él, desamparado, me miraba con ojos tristes desde su oscuro rincón.

Por la noche, al regar el jardín, lo vi de nuevo. Se había ocultado entre las leylandis y parecía esperar, muy quieto y encogido, la dudosa venida de su madre. Su  imagen era la viva expresión de una tristeza infinita. Volví a repetir el ritual de aproximación. Pensé en El Principito y las reglas de amistad para con la desconfianza natural e su encuentro con el zorro: -Me va a llevar tiempo y no sé si sobrevirirá a la soledad, o al hambre (¿sabrá buscarse por su cuenta las lombrices del jardín?), o al gato depredador de caracoles que salta la valla muchas noches y se pasea confiado por nuestro patio... Quizá muera pronto, antes de iniciar las primaras lecciones de domesticación. Si es un cuervo sé que son sumamente inteligentes y pueden aceptar la compañía de los hombres...

Mientras pensaba en estas cosas aparté el chorro de la manguera para no mojarlo. Le dejé pasar la noche por su cuenta confiando en que su instinto le permitiría buscarse solo la vida en mi jardín mientras pensaba que hacer con él. Charo, mi mujer, ya me había advertido de que lo sacara de allí cuanto antes, que no lo quería en absoluto dentro de su espacio vital.

Hoy, al acercarme a regar el césped, lo he encontrado en el suelo tendido y estirado. De entre el plumón estropeado y cubierto de hormigas sobresalían estiradas, tiesas, sus patitas negras. Del repertorio de mis sentimientos emergió una pena incontenible: -Pobre patito abandonado -pensé-. Debí ayudarte cuando aún era tiempo.

He recogido su pequeño cadáver y lo he metido en una bolsita negra. Con este improvisado ataúd lo he enterrado en el contenedor de la basura. Cumplí con un minúsculo duelo mientras lo llevaba; había algo familiar en este patito solo, desvalido y feo.  

domingo, 21 de agosto de 2016

De chorizo.


El padre estaba inclinado sobre la mesa de la cocina con el paquete de embutidos abierto mientras  preparaba los bocadillos para el viaje. Había elegido el jamón que tenía una pinta excelente. Dos emparedados estaban ya listos y envueltos en reluciente papel de plata. Al llegar al tercero, se detuvo un momento y gritó volviéndose hacia el patio de la casa: - ¿Tú, Raúl, también quieres el bocadillo de jamón?. Una voz adolescente contestó desde el exterior: - No, yo quiero de chorizo...

El padre le replicó: - Pero, hijo, siempre quieres chorizo: en el plato de lentejas un chorizo entero, con los huevos fritos: chorizo, para merendar, chorizo... ¿No te apetece este jamón? Está muy bueno...
La voz juvenil se reafirmó levemente irritada: - Yo ¡de chorizo!

El padre apeló  una vez más a la pedagogía: - Pero escucha, siempre comes lo mismo; tienes que diversificar tus gustos, tienes que aprender a comer de todo.. Piensa que cuando seas mayor y busques trabajo puede que tengas que decidirte por uno que no te guste. Quizás tengas que aceptar un empleo de albañil, o de cartero, o de funcionario... lo que te ofrezcan.

El hijo le contestó retador: - No, yo de chorizo.    

viernes, 12 de agosto de 2016

Aquel viaje fin de curso.


Magaluf salta a la plana de los periódicos. La prensa se hace eco de lo que, en círculos juveniles ingleses, era vox pópuli. Magaluf es el lugar de unrito iniciático para los jóvenes británicos que, terminados los estudios, se introducen en la adulta faceta de experimentar el exceso (y exceder el experimento. Se llega a etiquetar el sitio con los adjetivos del vicio: desmadre, pasaje a la lujuria, lugar de perdición, hogar de Baco, casa de Dioniso... Sus "delicias" turísticas, pregonadas en el boca a boca juvenil, se publican ahora en la prensa: la desenfrenada ruta etílica del "Carnage Tour" (barra libre en cinco establecimientos de la cadena por 30 euros la noche), el "mamading" (bebida gratis  pagando con sexo oral), el "balconing" (salto de un balcón a otro o hacia la piscina práctica que produjo más de 8 muertos en 2014)... Por 300 euros/pax se prometen noches épicas, veladas de sexo fácil sobre las arenas de la playa, ebriedad y zarra no solo consentida sino bendecida...

Este es el destino que eligen muchos jóvenes con impaciencia y que temen muchos padres... y allí, precisamente, es donde nosotros llevamos a nuestros alumnos en aquel viaje de fin de curso. Claro que, hoy en día, nos hubiéramos cuidado muy mucho de elegir un destino así y, también es cierto, que en aquella época (hace más de 25 años) aún no se había llegado a estos extremos y aquel pueblo mallorquín aún compaginaba turismo familiar, incluso escolar, con una incipiente orientación al turista inglés joven y bullicioso.

En realidad, aquel viaje era una bicoca: diez días a precio de siete, dos excursiones incluidas, avión y alojamiento en hotel de 3 estrellas por un precio muy módico. Nuestro director se  había mostrado muy hábil negociando el viaje con las agencia e incluso, dado el pequeño número de alumnos que podrían hacerlo, se había molestado en contactar con otro colegio para completar el cupo de 60 plazas necesarias. Así que, tras recoger en su colegio a los alumnos del otro centro nos presentamos en el aeropuerto a las 1:30. Nosotros conocíamos ya a  los otros  compañeros  por haber hecho alguna excursión de convivencia previa. A estos les acompañaba una joven profesora interina muy dispuesta y ambos nos presentamos en el mostrador solicitando información de nuestro vuelo. Nos llevamos un gran susto cuando nada sabían del mismo. Parece que nuestro avión no existía. Angustiando terminé llamando a las 4 de la madrugada a mi director que se  tomó amablemente la molestia de levantarse y venir hasta el aeropuerto. Finalmente todo se aclaró: nos habían cambiado el nombre del vuelo y este salía a las 6:10. Tras cinco horas en el aeropuerto aterrizamos en la Palma a las 7:00.

Era mi primer viaje fin de curso con alumnos. Era entonces tutor de un grupo poco numeroso de 8º curso de la extinta EGB. Tenía un justificado miedo a esa actividad. Los comentarios y experiencias de otros compañeros me ponían alerta. Mi propia experiencia en viajes de fin de curso (en bachillerato y en magisterio) me proporcionaban sensaciones agridulces: resultan inolvidables, sí; pero estaban sujetos a riesgos de varios tipos. Alguno de mis colegas me advertía severamente de la necesidad de "extraer el veneno" a los alumnos como si de escorpiones se tratara. Yo alcanzaba a comprender lo que pretendía decirme, pero ¿cómo hacerlo?. Desde luego no quería volver con algún pasajero de más, algún pequeño "alien" alojado en el vientre de alguna de la alumnas. A esa invencible inquietud se unía mi inexperiencia con alumnos tan mayores y la dificultad de manejar un grupo de adolescentes, algunos de los cuales ni siquiera conocía.

Yo tenía mi pequeño plan para moderar las ganas de juega y diversión que, inevitablemente, se producen tras las cenas. Eran los momentos más peligrosos: aquellos en que se producía el trasiego entre habitaciones por los pasillos y, suplicando a Dios que no se le fuera a ocurrir a ninguno de nuestros alumnos, por los balcones contiguos. Tenía previsto llenar el día de actividades, movernos de un sitio para otro continuamente: playa, excursión, paseo, visitas.. contaba así que llegaría agotados a las 12:00 y se irían a dormir como angelitos. Pero "los condenados", aprovechaban los viajes en el autobús para dormir y recuperar fuerzas así que a medianoche estaban frescos como  lechugas. El único que estaba agotado a aquellas horas era  yo y aún tenía que mantenerme despierto y vigilar los pasillos  hasta alta horas de la noche. Cuando llegó el décimo día apenas había algo por las noches y estaba realmente agotado.

El hotel Samos, donde nos alojábamos, no estaba mal. Eso sí la comida era malísima y las habitaciones dobles se convirtieron en triples. Algunos decidieron cenar en el burguer de al lado aunque generalmente volvían para el hotel tras la cena para asistir a las sesiones de animación. Al acabar estas algunos salían con algún profesor hasta las 2:30.  Los dos profesores  nos turnábamos para acompañarles, aunque he de decir que la profesora del otro colegio fue la mayoría de las veces la que, por propia iniciativa, asumió esta tarea. Cuando me tocó a mí recuerdo, espantado, que en las discotecas era imposible controlar del todo lo que consumían los alumnos. Eran locales grandes donde los alumnos se desperdigaban y las bebidas se pedían directamente a los camareros. Sabiendo que alguno podía llegar a pedir un combinado no pude más que hablar con los camareros y pedirles que, si alguno lo hacía, rebajara todo lo posible la mezcla. En lo de "prohibido servir alcohol a menores de 18 años" ellos no se metían y montar un escándalo en plena discoteca no me parecía lo más conveniente. Me pasaba el rato vigilante a los grupos y observando sus consumiciones. La verdad es que se comportaron con normalidad, sin dar la nota y finalmente obedecían aunque a regañadientes cuando tocaba volver al hotel, pero yo acumulaba sucesivas dosis de estrés.

Haber conseguido un extra de tres días más tenía sus inconvenientes. Normalmente se llena una semana con mañanas y tardes de playa o piscina, visitas a Palma de Mallorca, excursiones por la isla, subidas al castillo... pero con tres días más necesitamos organizar por nuestra cuenta un par de excursiones para llenar esos días. Esas excursiones se hacían en transporte público y, en ocasiones terminaban con algún grupo "perdido". A los profesores nos tocaba perder siesta y la comida mientras buscábamos por Palma a los rezagados que, pos su cuenta, llegaba al hotel.

Realmente los padres no imaginan lo ingrato que puede resultar ser profesor a cargo de un grupo de alumnos las 24 horas del día. A veces nos tocaba mediar ante algún comerciante que se quejaba de que alguno había "mangado" una postal. Otras poner malas caras para que abandonaran la discoteca ante lo avanzado de la hora. Muchas veces echar la bronca en los pasillos a aquellos que molestaban. En una ocasión la profesora del otro grupo hubo de acudir a correos junto a  una de sus alumnas pues había tenido que solicitar un giro urgente al gastarse el dinero que llevaba comprándose unos vaqueros  preciosos que vio nada más llegar... Yo no llegaba a entender porqué había accedido a acompañar a su alumna (si gastó su dinero, pensaba, pues que tire lo que resta de viaje sin él)  pero lo comprendí más tarde: era la hija del alcalde de la localidad de su cole. Una gran decepción nos llevamos al visitar la Cartuja de Valldemosa; pese a tener pagada la visita ningún alumno quiso conocerla y prefirieron quedarse a la puerta comiendo helados. También surgieron imprevistos que pudieron dar al traste con,  por lo general, buena marcha del viaje. En la excursión a Soller perdimos (por causa ajena a nuestra voluntad) el último tren hasta Palma. Corríamos el riesgo de tener que pernoctar al raso todo el grupo de 50 alumnos y profesores. Finalmente lo solucionamos contratando un autobús con el dinero que a modo de dietas nos había facilitado la dirección a los profesores. Nos quedamos sin blanca pero salimos del paso.

Pese a esas anécdotas, el viaje fue un éxito. Así lo reconocieron los alumnos y los padres que, en años sucesivos, llegaron a echar de menos la organización y el esfuerzo que desplegamos.

Y es que, en la preparación de un viaje fin de curso, no debería centrarse la atención en el viaje en sí. Lo más importante y educativo debería ser la preparación y, en nuestro caso, fue modélica. Siempre he pensado que estos viajes no deberían ser de "turismo" al uso, o ¡Dios me libre! de desfogue y desenfreno como parecen estar hoy de moda en el Magaluf que entonces visitamos. Deberían consistir en visitas a un agradable lugar de convivencia donde se celebraran actividades lúdicas y deportivas: estoy hablando de albergues, lugares en la montaña o en la naturaleza con acceso a rutas, deportes y juegos más adaptados al os jóvenes. Por otra parte nunca debería tratarse de una actividad "pagada" por los padres (o en una parte mínima). Tendrían que ser los propios alumnos los que, durante todo el curso, ahorraran poco a poco de sus propinas para este fin; habrían de ser ellos los que realizaran pequeños trabajos para recaudar fondos, los  que organizaran eventos para financiarse. Las implicaciones pedagógicas de esas actividades son innumerables. En nuestro caso los alumnos plantaron y vendieron tiestos y plantas (con la experta ayuda del conserje del colegio), vendieron las consabidas papeletas navideñas y los típicos ambientadores, montaron una espectacular cena-cabaret y  organizaron una tómbola con productos que se encargaron de buscar entre muestras y propaganda de numerosas fábricas del polígono industrial de la localidad. Al final el viaje resultó casi pagado con estas actividades.  En las tutorías, de cuando en cuando, se exponía el ejercicio económico y el estado de cuentas, lo que abría un nuevo capítulo a la aplicación práctica de las matemáticas.

Al final, lo mejor del viaje, había ocurrido antes, sin salir del cole.

viernes, 22 de julio de 2016

Los ratones coloráos



El búho listo, el zorro astuto, el gato curioso, el perro viejo, los ratones coloráos.... esa es la fauna de la sabiduría, los seres que atesoran la enciclopedia del conocimiento animal.

En la especie humana también tenemos nuestros congéneres talentosos: "Sabe más que los ratones coloráos", decimos cuando alguien demuestra una acrisolado conocimiento sobre algunos aspectos de la vida. Y es verdad, pensamos también, que "el diablo sabe más por viejo que por diablo". Estamos hablando del extraordinario valor de la experiencia.

Aprender de nuestros errores es una forma dolorosa, pero muy efectiva, de aprender. A veces, ante la excesiva arrogancia, resultará la única. Quizás esos inteligentes ratones estén coloráos por tanta vergüenza como tuvieron que pasar debido a sus muchas equivocaciones.

martes, 19 de julio de 2016

Metagrafía

Ante el vagón, frente a la puerta que se abría empujada por el aire comprimido, el viajero miraba distraídamente el cartel. El mensaje, una exhortación al usuario para que se apresurara y no se interpusiera en los accesos, se iniciaba con una explicación pedagógica y continuaba con un par de instrucciones precisas. Algunas de las letras habían sido raspadas pacientemente con un objeto punzante. Intenté recomponer el mensaje original:

"EN BENEFICIO DE TODOS
ENTREN Y SALGAN RÁPIDAMENTE.
NO OBSTRUYAN LAS PUERTAS"

Luego me fijé en el nuevo contenido que resultaba al suprimir las letras borradas:

 "EL PENE      DE TODOS
ENTRE  Y SALGA  RÁPIDAMENTE.
NO    UYAN  LAS PU  TAS"

El viajero, nuevo en aquel Madrid de 1980, pasó todo el viaje reflexionando sobre aquella original modificación de la cartelería del suburbano.. Concedió un admirativo homenaje interior a aquel subversivo desconocido que mataba su tiempo creando calenturientas interpretaciones a partir de tan formales y cívicos mensajes. Esto le puso en disposición de prestar atención a cuantos mensajes publicitarios encontró después, a lo largo de su vida,  modificados de forma imaginativa y sorprendente. 

Se denomina metagrafía al "arte de modificar un mensaje escrito mediante la adición, supresión o alteración de alguno de sus elementos". Hoy en día participan de este fenómeno elementos tan populares como los smails o los emoticonos y es un elemento recurrente en la publicidad. Yo voy a mostraros mi pequeña selección de mensajes modificados, mi personal museo de la metagrafía.

El mejor, el más completo y original, es el que comentamos en el encabezamiento de la presente entrada. Me he aplicado a buscar una fotografía de aquellos carteles en internet; en aquellos años había muchísimos pero en la actualidad no he encontrado ninguna. Pese a ello queda registro de aquella obra maestra en la portada de un disco del grupo de rock Siniestro Total con la que también se confeccionaron llamativas camisetas:



Una reelaboración muy común en los carteles de muchos de nuestros ríos la encontré por primera vez en el la orilla del río Arra en Villaba en el Camino de Santiago, allá por 1995.  Describo así el encuentro en mi diario de peregrino:
"... A mitad de camino escucho a mi espalda unas voces que me avisan de que he tomado la ruta equivoca. Me vuelvo y continuo el camino con dos mujeres, de entre treinta y cuarenta, que forman uno de esos grupos esporádicos de los que he hablado. Una es profesora de español en los Ángeles. Se llama Karen. La bautizo para mis adentros como "Mujer Siux" por su empeño y dedicación, algo obsesiva, en buscar y seguir las flechas amarillas. Está en España para perfeccionar el idioma (sin embargo habla poco y prefiere marchar en cabeza). Después nos contará que la universidad le proporciona dinero para el viaje a cambio de que aporte algunos materiales de sus experiencias. Entre estos expondrá una diapositiva de dos españoles (uno el que suscribe) debajo de un letrero del camino al lado de un río en el que alguien había borrado algunas letras y rezaba así: 
PROHIBIDO
LAVAR
####CULOS.
He encontrado carteles similares en otros lugares, incluso en América: 


Aunque, a veces, mediante el sencillo procedimiento de quitar una letra, nos niegan esa parte del cuerpo tan necesaria para tirar la basura:

O, directamente, no se responsabilizan de ella: 



  En cambio, en el distrito de Anaba en Santa Cruz de Tenerife, prohíben directamente los traseros que excedan determinado tonelaje: 



A veces veces nos quedamos boquiabiertos al descubrir una trabajosa supresión de letras sesudamente pensada para publicitar determinado producto: ¿Quién habría pensado que se puedan anunciar unos ricos pastelillos rellenos de crema  a partir de los famosos anuncios de "Prohibido fijar carteles. Responsable la empresa anunciadora"?


Incluso existe un metro alternativo trufado de carteles de estaciones convenientemente metagrafiados:



En ese metro surrealista los iconos son modificados de maneras sugerentes: 


 Como no podía ser menos, también en superficie, se aprovecha el cartel de una ruta prohibida para confeccionar otros diferentes ajustados a las diferentes necesidades o, aplicándolos a personales  anuncios profesionales:

La cosa también puede funcionar con una leve capa de pintura y así, dejar al descubierto determinados vicios ocultos: 


O mediante la dejadez no intencionada de olvidarse de reponer una letra caída, que es como tirar piedras a tu propio "calzado": 


En ocasiones nos encontramos con una nueva versión de la clásica reivindicación "Prohibido prohibir":




Otros ejemplos lo tenemos en el uso del calambur (esta figura retórica es una modalidad de la metagrafía que consiste en agrupar las sílabas de una o varias palabras de modo que varíe su significado, como en el acertijo "blanca por dentro, verde por fuera, si quieres que te lo diga, es/pera"). Es muy celebrado este realizado a partir de un eslogan publicitario de la cadena de televisión autonómica Telemadrid. Oficialmente, fue fruto de una coincidencia sin intención alguna, pero muchos aseguran que realmente pretendía transmitir un mensaje oculto que expresara una queja a la otrora presidenta de la Comunidad, la señora Esperanza Aguirre, alias "Espe".



Y no podía faltar, en este periodo que vivimos trufado de corruptelas municipales, la irónica modificación de la palabra AYUNTAMIENTO:

Sirvan, pues, de ejemplo estas deliciosas muestras del arte metagráfico.  Remuevan los mensajes en su cabeza como un bombo y encuentren los crípticos mensajes que seguramente esconden. Es mejor que buscar figuritas en Pokémon GO.

lunes, 18 de julio de 2016

El tiempo amarillo



Tal es la mala virtud
del rayo que me rodea,
que voy a mi juventud
como la luna a mi aldea. 
...
Sigue, pues, sigue cuchillo,
volando, hiriendo. Algún día
se pondrá el tiempo amarillo 
sobre mi fotografía. 

(Miguel Hernández, El rayo que no cesa. Fragmento)



A las cinco despertó. Había dormido cuatro horas y media lo cual no estaba mal para lo que era habitual en ella -pensó-; la media pastilla de somnífero que se tomó la noche anterior había hecho su efecto, así que se estaba contenta. Aguantaría aún cuatro horas más en la cama; no quería levantarse antes que su hijo mayor que dormía en la habitación contigua. Se dispuso a pasar el tiempo que le faltaba lo mejor posible antes de levantarse y visitar su amado patio para comprobar el crecimiento de las nuevas flores y  contemplar el aspecto del retal de huerta que tenía junto a la tapia.
Al principio revisó las actividades del día anterior: la llegada al pueblo, el saludo a las viejas conocidas (que ya eran pocas y cada vez serían menos), las muchas faenas necesarias en una casa vieja desocupada durante un año entero...  Luego pensó en lo que tenía que hacer en el nuevo día : cocinar el  conejo que había comprado la víspera (lo prepararía ella -decidió-, pues su hijo no sabía hacerlo como su madre, que era como a ellos les gustaba), había que fumigar el cerezo cuyas brotes aparecían infectados de miríadas de pulgones que arrugaban las hojas y le hacían desprender un líquido pegajoso... Al cabo de una hora había repasado la lista mental de las tareas diarias; las horas siguientes las pasó como cada noche recordando.
Resultaba asombroso la nitidez con que se acordaba de los mínimos detalles de su infancia. El día anterior, durante el viaje, estuvo contando largas historias de la familia: nos hizo  un vívida descripción de su madre en el lecho de muerte con su tío a solas con ella inclinado sobre la cama y pidiéndola perdón poco antes de morir: - "Peregrina ¿me perdonas?. Íbamos descubriendo sobre la marcha historias de celos, abusos y envidias que nunca sospechamos... Después abrió el capítulo de la añoranza por su querido pueblo: contó los niños que había en la escuela,  revisó la lista uno por uno como un maestro al inicio de su clase. Algunas anécdotas se agolparon entonces en su memoria: la temida visita de la inspectora y el gesto de alivio de su maestro cuando ella, una de las alumnas más aplicadas, pasó a la pizarra y con sus cinco añitos escribió con letra primorosa la palabra "vaca" a petición de la ilustre visitante; la vez que se escapó unos pocos minutos y se escondió tras el hueco de la escalera ante la llegada del maestro que la buscaba, lo aplicada y voluntariosas que era para los estudios....  Pasó después  revista a la cuadrilla de jóvenes de su época de moza y nuevos recuerdos la visitaron: las bromas que gastaban a los mozos cuando se juntaban unas cuantas amigas y los pillaban desprevenidos: esconderles la comida,  aguarles el vino de la bota, bajarles los pantalones si les sorprendían solos y se sentían atrevidas... Pasó un rato entresacando de la lista a los que aún vivían: eran ya tan pocos... y ¡Dios mío: en qué estado se encontraba la mayoría! Entonces daba gracias a Dios por conservarse tan bien a sus 93 años, por mantener la cabeza en su sitio y ser capaz de hablar con la gente, de aconsejar a los hijos y de poner un poco de orden e interés en la cabeza de su marido, enfermo en los últimos años. 
A las siete visitó mentalmente las calles de la aldea e inspecciona todas sus casas. En su cabeza dibujó un plano preciso con la disposición de las viviendas ochenta años atrás. Pasó un buen rato verificando  una a una los cambios que habían tenido lugar:  las nuevas construcciones, los derribos, los anexos construidos... transitó de las viviendas recientes de ladrillo a aquellas otras viejas más frescas, de paredes blandas y terrosas, de sonidos amortiguados...   Recordaba perfectamente su olor: el aliento animal de las cuadras, el ajo sofriéndose en la cazuela, el humo de la lumbre, el rancio aroma del tocino, el acre de la paja, el dulzón de la hierba, el caliente y húmedo del estiércol...
El día comienza a clarear. Entre las rendijas de las contraventanas carcomidas asoman los  primeros rayos del sol. Ella sigue en la cama esperando que suenen las ocho campanadas del reloj de la torre de la ermita. Hoy tarda demasiado, le parece; y concluye que debe estar estropeado; seguramente el mecanismo digital del programador se averió. ¡Sí, a eso hemos llegado: el vibrante sonido de las campanas lo producen ahora modernos altavoces! Por fin se levanta. Baja con cuidado los viejos escalones de madera relamida mil veces por la fregona. El hijo mayor está ya en la cocina sentado en el extremo del bando más próximo a la lumbre que arde mortecina. Se halla recostado en el  "sillón del tío cura", un espacio acotado, con dos reposabrazos, y reservado desde hacía un siglo para el clérigo que siempre se hospedó en la casa de la familia. Uno de los brazos aún conserva un hoyo pequeño tallado en su extremo donde aquel honorable p.ersonaje cascaba las nueces, privilegio gastronómico que junto con algunos pichones tenía por autoridad y peculio. El hijo escribe en una agenda caducada hace ya dos años pero que usa para tomar notas y apuntes de sus escritos en un blog. La mujer le saluda y le cuenta el tiempo que lleva despierta. Luego, torpemente, coge las cerillas y va a encender un pequeño quemador en la desvencijada cocina de gas. Coloca un cazo requemado con un poco de leche y sale a toda  prisa a visitar el patio recorriéndolo apresuradamente y tropezando a cada paso entre la hierba a media altura cuajada de rocío. Aspira con gozo el aire de la mañana y se dirige enseguida a unas matas de flores: coloca los tallos revueltos y excava un poco la tierra en su base con una pequeña azada; luego coge la manguera del suelo y riega los brotes de lechugas y cebollas de su minúscula huerta... En tanto el cazo olvidado sobre la cocina rebosa la leche hirviendo. El hijo se levanta apresuradamente para apagar el gas: - Hemos de instalar un microondas cuanto antes-piensa-. No podemos estar quemando cazos  cada día...