Es verdad que con el paso del tiempo nos volvemos más rígidos en nuestras costumbres, nos acartonamos en los hábitos y tendemos a ser inflexibles en nuestras ideas; pero también es cierto que la vida es un cambio permanente, que necesita una flexibilidad constante: lo contrario sería la rigidez de la muerte.
La vida es una continua adaptación y se lleva muy mal con la esclerosis del pensamiento. Un tallo joven y tierno que se inclina y curva ante la potencia del viento resistirá mejor los vendavales. La rama agarrotada con el tiempo se romperá... la flexibilidad nos hace capear el temporal.
Yo entiendo que mi madre, a sus noventa años, le cueste mucho aceptar las novedades, digerir la enorme profusión de estímulos que nos presenta la vida actual. Manejar la cantidad y magnitud de los sucesos pasando a gran velocidad en el ocaso de su existencia. Y, aunque ella no lo crea, se adapta bastante bien. Sabe distinguir perfectamente lo importante y lo accesorio y, venciendo las protestas de un cuerpo bajo mínimos lucha por adaptarse. Hace tiempo que tiene claro que vive horas de descuento.
A veces le replico que, como cristiana que es, no debe pensar así: ¿Acaso no exige Dios la conversión de los hombres, sean niños o viejos? ¿No será grande el cambio que le pide, y sin embargo, lo demanda?

Esta obra de Jesús Marcial Grande Gutiérrez está bajo una
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