jueves, 20 de febrero de 2014

Relato: El salvamento del Cinatit


El 14 de abril de 1912 el Cinatit avanzaba a veintidós nudos por las heladas aguas del Atlántico Norte, a unos 600 km. al SE de Terranova. El capitán, Edward Smith, tomó el papel que le extendía el radiotelegrafista. El mensaje advertía de que la corriente del labrador había desplazado numerosos icebergs muy al sur, en el camino de su ruta. El mar, extraordinariamente en calma, era un inmenso líquido espejado donde los icebergs se hacían menos perceptibles. El capitán se retiró dejando vigías extras en cubierta, pero se negó a disminuir la velocidad del buque.

A las 2:40, a 22,5 nudos; Flet, el vigía de proa, hizo sonar la campana de alarma tres veces y telefoneó puente de mando: "Iceberg a la vista: a 500 metros a proa, de una altura de unos 30 metros" En menos de un minuto la inercia de las 46.328 toneladas del buque y la errada maniobra de invertir el sentido de las hélices no pudieron evitar que el costado del buque se llagara en su encuentro con el hielo.

Recién llegado al puente, momentos después, el capitán recibía el parte de daños: 100 metros de rasgaduras en 6 brechas diferentes en estribor a cinco metros de profundidad. Cinco compartimentos abiertos de los 12 mamparos. El buque estaba sentenciado.

Sobreponiéndose a la desesperación, dio la orden con voz firme: "Virar 180º. Volvemos al iceberg". El piloto titubeó antes de marcar el nuevo rumbo. El capitán se impuso: "¡He dicho 180º. Obedezca! Sé lo que me hago."

Veinte minutos más tarde el buque acercaba su costado lentamente al acantilado formado por las paredes del gigantesco bloque de hielo, tan alto como el propio puente. Los marineros ya tenía preparados los cabos de amarre. Un pequeño grupo de voluntarios se desplazó en un bote y escaló las helada paredes hasta subir a la cornisa del témpano. Sujetaron los extremos de los cabos y se las ingeniaron para subir varios cubos de agua caliente. Escavaron rápidamente unos cuantos hoyos en el hielo. Después introdujeron dentro los gruesos cabos anudados en el extremos y los llenaron de agua. En unos minutos el hielo había soldado firmemente los anclajes. Después empezaron a trasladar con tirolinas al pasaje. Un grupo lo hizo en bote, hasta una zona baja, próxima al mar, más accesible. El capitán y los oficiales quedaron en el puente. El barco, semihundido, aguantó hasta la llegada del Aihtaprac, que recibió la llamada de socorro de los radiotelegrafistas.

El capitán abandonó el último el barco montado en el último bote. Ordenó entonces cortar los cabos. El Cinatic se hundió pesadamente. El pasaje, al completo, comenzó a ser embarcado en el Aihtaprac. Dieron gracias a Dios: ninguno había muerto. 


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Esta obra de Jesús Marcial Grande Gutiérrez está bajo una 

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