Peleo contigo cada noche por mantener holgado el edredón de plumas. Estiro y desenrollo de tu cuerpo las sábanas entre las que ruedas por la cama, de un lado al otro, nerviosa en tu sueño. Soporto paciente tu codo sobre mi cara en esa postura tuya tan querida de dormir con los brazos separados y los codos sobre la almohada como queriendo empujar el aire que te cubre. Lucho por bajar a escondidas los 24º, tan de tu gusto, del programador de esta caldera sofocante. Te pregunto sin esperanza si te apetece dar una vuelta. Te apoderas del mando a distancia eligiendo tus series favoritas mientras yo te suplico que pongas una película interesante y que no cambies de canal cuando empiezo a concentrarme en la trama que eliges. Te pido por favor que no me hables en la distancia, ni de espaldas, que no te alejes mientras lo haces... Me enfurezco cuando aprovechas una serena conversación para castigarme amenazando con una compra innecesaria. Te cedo resignado los derechos de gestión de las cuentas bancarias sin quejarme y sin pedir explicaciones. Te perdono las dietas incumplidas, la carga desmesurada en el supermercado, la comida desaprovechada. Acepto, dolorido, tus negativas a los juegos del amor...
Tú me ves muchas veces alejarme indiferente rumbo a mi habitación para enfrascarme en mis deberes, mis lecturas o mis escritos. Contemplas irritada el desorden que impera en mi cuarto de trabajo, el caos del garaje, el abandono de los cacharros sin fregar en el fregadero, el descuido de mi vestimenta. Me echas en cara que escatimo las sonrisas y los gestos amables. Aborreces mi desorden infinito, mi afán coleccionista, mi manifiesto síndrome de Diógenes. Deploras mi afición a la biopsia cotidiana en mi blog. Te duele mi carácter iracundo, mis contestaciones cortantes, mis estallidos de cólera. Me recriminas mi fobia social, mi indiferencia con la gente...
Y, sin embargo, te quiero con los grados del amor que nunca comprendí:
Te quiero porque eres la única que me aguanta. La que me brinda un disimulado afecto, mal disfrazado a veces de desdén. Te quiero porque aún sonríes a mis bromas. Porque te siento frágil en tu aparente seguridad. Porque nos hemos hecho daño muchas veces y hemos lamido juntos nuestras heridas en contigua soledad.
Te quiero porque eres mi educadora social: la que me guía en las selva de las relaciones sociales donde estoy perdido. La que me hace flotar en el mar de mi propio aislamiento. La que me anima a subir un peldaño en mis aspiraciones de perspectiva horizontal.
Te quiero porque sabes encontrar mi alma infantil, mi ser de niño desvalido y solitario. Porque eres la única con permiso para contemplar mis lágrimas y escuchar mis sueños. Te quiero junto a mí, sintiéndote a mi lado, rozando tu cuerpo.
Sin ti no soy nada. Mi castigo es tu tristeza. Mi premio tu compañía. Tengo la suerte del jardinero descuidado al que una hermosa rosa le crece entre la maleza. Cuando me abracé a ti, Rosa de mi vida, sabía que tenías también espinas. Hace tiempo que se perdió la intensidad del color de tus pétalos, el frescor de tu corola; pero el tiempo los ha sublimado en suave perfume, que permanece.

Esta obra de Jesús Marcial Grande Gutiérrez está bajo una

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