jueves, 18 de junio de 2009

Consumo: Este es el triste tema de esta canción.

Evidentemente los nuevos tiempos, ponen el intermitente, y me adelantan como una exhalación.
Soy personaje del siglo pasado. Uno de aquellos niños pobres de los suburbios que exploraban en la basura para encontrar sus propios juguetes y tesoros. En unos tiempos en que la basura ya había sido reciclada cuidadosamente en origen. ¿El reciclado un invento de hoy? ¡Ja! De niño conocíamos todas las escombreras, casas abandonadas, vertederos incontrolados... y allí teníamos nuestro supermercado. Entonces poníamos a buen recaudo nuestras adquisiciones en ocultos escondrijos. Guardábamos todo lo que nos interesaba. Lo que llamaba nuestra atención. Nada comprábamos.

Pero hoy...
Escucho las noticias: -"Hay que incentivar el consumo para salir de la crisis"... -"Las familias tienen que gastar, para impulsar el mercado..."

Pero... ¿No era al revés? ¿No había que ser ahorrador para poder tener algo en la vida?
¿Dónde quedó aquello de "Quién no ahorra un duro cuando puede no tendrá uno cuando quiere"? Se me rompen los esquemas.

Tengo mi pequeño garage abarrotado de cajas con pequeñas piezas recopiladas de los desguaces de mis electrodomésticos averiados, muebles, pequeñas máquinas del hogar... Se trata de motorcillos, cables, todo tipo de tornillería, engranajes... Ocupan un precioso (y carísimo) espacio en mis escasos metros cuadrados edificados. Me aproximo al síndrome de Diógenes. Un las cajas apiladas se abatirán sobre el coche y lo acribillarán con la metralla del terrorismo reciclante.

Reciéntemente me instalaron una puerta corredera con mando a distancia. El operario dejó algunos tornillos en el suelo. Al verme recogerlos me contó esta anécdota.

"Mire, yo antes, guardaba los tornillos que me sobraban en una gran caja de madera que teníamos sobre una estantería. Cuando algún tornillo quedaba viudo le enviabamos en gracioso vuelo hacia la caja. Un día decidimos bajarla. ¡No pudimos entre los tres! Pesaba ya como un demonio y tuvimos que utilizar una carretilla elevadora de pales para bajarla! Desde entoncen no recojo nada. Es más práctico utilizar lo nuevo y en cada momento." Y, poniendo en práctica su propio pensamiento, cambió la pieza que no funcionaba y puso otra nueva sin examinarla siquiera.

La vida está llena de anécdotas así. Los talleres de coche son el paradigma de estas prácticas de la modernidad. Mi viejo lada a punto de pasar su última revisión pasó por el taller... Los mecánicos veteranos pusieron mala cara y me sugirieron que no perdiera el tiempo... Un joven mecánico con su FP recién terminada se puso a bricolearme el motor y con soluciones ingeniosas, usando bridas en los manguitos y cosas así... me dejó el coche a punto... Sus compañeros le echaron la bronca: ¡Has perdido el tiempo! Le dijeron... A mí, el chico, me cayó simpático... me recordó a mí mismo.
Mi cuñado, sin ir más lejos, tuvo que pagar 800 euros por un ordenador a bordo de su citroen al haberse roto una patilla. Los mecánicos no quisieron arriesgarse con una simple soldadura: ¿seguridad o vagancia?

En mis tiempos de maestro joven me aficioné a la pretecnología. Esa especie de bricolaje científico con materiales de desecho me entusiasmaba. Hice un montón de cursillos y, en cuanto pude, me lancé a dar clases en el cole de esta asignatura. Vale. A los chicos les gusta. Esto marcha. Pero cuando empiezo a pedirles motorcillos de desguace de sus juguetes, cablecillos, bombillitas, chapa de hoja de lata, maderillas, gomas... surge un rosario escusas:
- Es que en mi casa no hay...
- Mi padre dice que dónde hay que comprarlo...
- Mi madre tira todo eso a la basura...
- Lo tenía pero mi madre lo tiró y además me riñó por guardar porquerías...
Decido entonces crear un depósito de materiales... Abarrotamos el taller con cables, puntas, maderillas... Las señoras de la limpieza me declararon enemigo público durante todo el curso...

No hay forma de conciliar mi vieja educación con los nuevos tiempos. El consumismo empuja. Mi mujer ataca cada fin de semana con su asalto al Corte Inglés. Esa batalla deja heridas en nuestras vidas. Yo sigo con mis pequeños desguaces. Lo siento. Soy un romático.

jueves, 11 de junio de 2009

El traje nuevo del emperador.



Hace muchos años vivía en un lejano país un emperador tan honrado que, para no gastar los impuestos de sus súbditos en vestidos iba siempre desnudo. La ciudad en que vivía el emperador era muy alegre y bulliciosa. Sus súbditos estaban encantados con él. Emperadores vecinos le visitaban a menudo y le animaban por su valiente defensa de las arcas públicas. Todos aplaudían su altruísta decisión.

¡Qué bien te sienta la desnudez! - le decían. Y alababan su sacrificio por el pueblo.

Un día corrió el rumor de que el emperador había visitado en secreto un sastre para que le hiciera un traje... La gente del reino se indignó:

- ¡Son infundios de sus envidiosos enemigos! ¡Nuestro emperador jamás se haría un traje. Él sólo piensa en sus súbditos y nos da ejemplo con su digna desnudez!

Todo su pueblo salió en su defensa.

- ¿No veis lo desnudo que está? ¿No veis que no oculta nada?

La gente miraba y ¿sabéis lo que veía? Sólo la pálida piel blanca y desnuda. Pura como la de un niño.

El emperador, enternecido por las muestras de afecto, se deshacía en elogios a los más allegados de su corte:
- "Gracias, por vuestro desinteresado afecto. Os quiero un ... montón"

El Emperador se hizo aún más popular. Era querido y amado por su pueblo. Muchos se manifestaron en su favor y le entregaron su confianza ciega. Se paseaba orgulloso delante de sus vasallos. La gente le adulaba:

- ¡Tu desnudez te honra!
- ¡Tu auténtico traje es la valentía!
- ¡Tu cuerpo sin tapujos representa la verdad!

- ¡Pero si va vestido con un traje nuevo! -exclamó de pronto un niño.

La gente miró con estupor. Empezaron a oirse comentarios entre la multitud.

-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron alabando la digna desnudez de su emperador en cueros.

jueves, 4 de junio de 2009

Santa Mª de Garoña

Allá por el verano de 1970 se organizaron excursiones desde Burgos para visitar la casi terminada central nuclear de Santa María de Garoña. El viaje, para haberlo podido realizar, tuvo que ser gratis. Mi padre aprovechó la circustancia para llevarme con él a visitar las instalaciones.
Tenía 12 años. El autobús entró en el verde valle de Tobalina y paró suavemente en el aparcamiento de la central, cerca del río Ebro.
Bajamos y nos conducieron al interior de las instalaciones donde nos explicaron las características y el funcionamiento de las mismas. Quedamos impresionados por la magnitud de los espacios y la enormidad de la vasija, la compeljidad de las tripas y estómagos subterráneos de este ser atómico donde se digería el calor producido por la desintegración de unas barras de uranio exhalando y burbujeando vaporosos eruptos que hacían girar unas gigantescas turbinas. En mi cabeza infantil los equipos y maquinaria se asemejaban la parafernalia tecnológica del Castillo de Fumanchú cuyas películas veíamos a pares en sesión continua del mediodía al anochecer.
Con cierto dolor en la nuca por tanto alzar la cabeza en el recorrido escuchamos las excelencias de la moderna energía nuclear. Nada se nos dijo, evidentemente, de sus posibles peligros y, por si acaso alguno comenzaba a albergar dudas, la visita terminaba con vino, refrescos, bocadillos y picoteo, con lo que todo el mundo acallaba las dudas al tiempo que el hambre y volvía al autobús más contento que unas pascuas convencido de haber sido testigo de la poderosa ingeniería hispana.
Mañana se cumple el periodo de vida de esta central paisana mía. Se valora ahora la posibilidad de prolongar su uso. Si no es así, mañana expirará esta gigantesca y, ya anticuada, maquinaria
radiactiva a la que vi nacer.

lunes, 1 de junio de 2009

El primer año de un maestro novato


"Cada maestrillo tiene su librillo".

Mis primeros maestros fueron los hermanos maristas del Liceo Castilla, un colegio privado religioso de Burgos. Accedí a entrar en él por casualidad pues, por sus escasos ingresos, mis padres no hubieran podido pagarme la matrícula. Una circustancia especial (el incendio de otro de sus colegios dedicado a niños más pobres) hizo que se crearan unas becas extraordinarias para que pudiéramos seguir estudiando.

Así que la imagen de los hermanos maristas, sus clases, sus patios, su organización, su forma de enseñar; crearon una impronta que perduró en el tiempo hasta que, recién cumplidos los 17 años, recalé en la Escuela Universitaria del Profesorado de Educación General Básica de Burgos.

"Ven Capitán Trueno, haz que gane el bueno"
En las postrimerías del franquismo pasé tres años estudiando (mayormente memorizando) en la escuela de Magisterio. Las cosas buenas de aquella época tenían que ver con nuestras experiencias adolescentes, la vida social, los deportes... El aspecto académico formaba parte de un mundo arcáico donde se enseñaba a base de viejos apuntes con contenidos desfasados. Un profesorado desigual con algún personaje brillante de vez en cuando entre una mayoría anodina y gris.
En el último año (que coincidió con la muerte de Franco) editamos una revista mural anónima donde desfogábamos nuestra frustración. Por aquella época, el grupo musical Asfalto, editaba su popular "Ven Capitán Trueno, haz que gane el bueno... que el mundo está al revés"


"La Extensión Cultural"
Sugiere este nombre una gran llanura llena de monumentos... En realidad era el nombre de la sección del servicio militar que se encargaba de la alfabetización de los reclutas que no tenían el graduado escolar. A los que éramos maestros nos asignaban un grupo de aquellos soldados y nos liberaban de otras labores más aburridas o penosas. Fue mi primera experiencia como enseñante, pero duró apenas una semana. El Capitán Capellán del Campamento, que dirigía la sección, consideró que no me implicaba lo suficiente, al enterarse de que estaba inscrito en la patrulla de tiro del batallón para un concurso dentro de la región militar (curiosamente éramos elegidos por los mandos y su pertenencia obedecía a una orden directa...). Caí demasiado tarde en la cuenta de que debía haber apuntado a un metro del sargento en las pruebas de tiro del batallón...


"La oposición es la puta, con perdón,
que no se quiere acostar
con un señor del montón"

No pude presentarme a la oposición en el año ymedio que duró la milli. Un problema burocrático hizo que no fuera inscrito a tiempo así que, al acabarla, estuve un largo año estudiando la oposición sobre la base de unos apuntes de la academia a distancia CEIS. Fueron largas jornadas en el estudio de la Caja de Ahorros Municipal que tiene en el centro, al lado del Arlanzón... Lo alternaba con la Casa de Cultura, pero ahí las chicas distraían la atención con esas facultades disruptoras de que la naturaleza les ha dotado. Después, en casa, venían las largas horas de resúmenes, mapas conceptuales, fichas... En ese año aprendí realmente a estudiar. las paredes de mi habitación era un auténtico panel continuo donde colgaban con pinzas sobre cuerdas los folios en los que trazaba diagramas, esquemas, mapas... Allí desplegaba los conceptos, los intentaba relacionar y memorizar... Para la ortografía cree un sistema de fichas donde apuntaba las palabras más problemáticas clasificadas por dificultades específica...

Durante ese tiempo germinó mi vocación poética. Todo era mejor que el tedioso estudio de unos contenidos que no me interesaban. Leí a Miguel Hernández, García Lorca, Machado... con gran interés... Descubrí la vital energía del Rayo que no cesa y empecé a componer... Pequeñas colecciones de poemas, breves relatos de ciencia ficción... Eran mi consuelo y la alternativa a las áridas páginas del temario.

Ocasionalmente nos reuniamos tres compañeros para estudiar juntos. Lo hacíamos en una pensión donde vivía uno de ellos en la zona de Las Llanas. Allí mezclábamos el estudio serio con la charla, el disparate o las discusiones con una joven y guapa Testigo de Jeová que pretendía redimirnos... (y nosotros a ella pervertirla).

Cuando llegó la fecha de la oposición, mi amigo Jesús y yo, viajamos a Madrid un día antes. En aquella tarde trepidante de Madrid buscamos una pensión barata en la zona de Cuatro Caminos. En el calor de la noche, me impuse la exigencia de repasar mientras me recomía la envidia porque mi compañero había quedado con su novia para verse esa noche. A la soledad se unía la desesperanza y la angustia.

Al día siguiente, sentado ante la mesa a la espera del formulario del examen, uno de los "oponentes" tuvo la ocurrencia de proponerme un acertijo matemático: ¿Cómo construir 4 triángulos equiláteros con tan sólo 7 palillos?. Con un candor infantil entré al trapo y, después de estrujarme el cerebro durante 10 minutos, no di con la respuesta... "¡Hay que usar el pensamiento divergente!" - me dijo aquel cabrón después de que me rindiera y me mostrara la respuesta... ¿Cómo se puede putear a la gente de esta manera justo antes de un examen?


Finalmente, con el examen delante, mi ánimo se desplomó... La parte de matemáticas bien... podría hacerla en la totalidad prácticamente perfecta... pero el de ciencias... ¡El ciclo de Krebs!. la respiración celular... el intercambio de moléculas energéticas ATP... algo que nuestro profesor de biología "El Plasti" nos había explicado mediante maquetas y esquemas más o menos crípticos... Me quedé paralizado... Miré a mi alrededor... Todos escribían como locos... ¡Está bien, yo también escribiré, aunque me lo tenga que inventar todo...!

Parece que, al final, la cosa no salió tan mal... A la puerta del Instituto donde nos examinábamos (en la Glorieta de Marqués de Vadillo) los profesores de academia ya habían preparado fotocopias del exámen resuelto y las repartían junto a una pequeña propaganda de sus academias... Matemáticas: 10... En el apartado de ciencias no había muestra resuelta... la cosa era más peliaguda...

Lo importante es que aprobé (algo justo, pero lo hice). Luego vienieron dos exámenes más y finalmente la confirmación de que había accedido al cuerpo de maestros.

"Durmiendose en los laureles..."
Una vez aprobado el exámen, me puse a esperar la llamada de la administración para ocupar mi plaza. Nos habían pedido teléfonos y direcciones por triplicado así que no parecía que tuvieran problemas para contactar conmigo pese a vivir en Burgos, pensé...

La insistencia de mi madre me hizo acercarme un viernes por Madrid para ver en qué fechas más o menos pudieran llamarme para ocupar la felizmente conseguida plaza de maestro. Esa misma mañana, en la Dirección Provincial de la calle Vitruvio recibí anonadado una noticia:
Los opositores aprobados que deseaban trabajar ese mismo curso académico habían tenido hacía semanas un acto público y estaban todos en su destino... La convocatoria, al parecer, se hizo mediante papel con chincheta en el tablón de anuncios de dicha Delegación Provincial. Desconsolado peregriné por diferentes despachos explicando que no conocía semejante convocatoria y que deseaba trabajar... Tuve suerte. Necesitaban un profesor en ese momento así que me ofrecieron una plaza. Instantes después me propusieron una permuta a un puesto de profesor en Arganda. Yo no conocía Madrid ni tenía preferencia alguna, así que accedí y esa misma tarde acompañé al profesor al colegio donde fui presentado.

Obi, Lena, Yeniséy, Amú Darya, Syr Darya...
Me sorprendió tener que impartir Ciencias Sociales a niños de 7º de Primaria... Cuando hojeé los libros caí en la cuenta de que la última vez que estudié geografía e historia fue a la misma edad que mis alumnos... El fin de semana y el viaje en autobús los pasé memorizando los ríos de Asia y el arte y la historia del Renacimiento.



"Sólo ante el peligro"
A las 2:30 de la tarde de un lunes de octubre me enfrenté por primera vez a mis alumnos. Me esperaban 5 horas de convivencia en un medio hostil. Las clases desde 4º de EGB eran vespertinas pues el colegio doblaba turno ante la falta de plazas escolares en Arganda del Rey. Nuestra clase era utilizada por las mañanas por los alumnos de 2º de EGB. Cuando llegábamos a clase a las 2:30 aún estábamos salibando el postre. Muchos de mis alumnos habían pasado la mañana jugando y divirtiéndose por el pueblo. Agunos cazaban conejos en la Dehesa. Por la tarde, la verdad, no estaban muy motivados por la geografía de Asia...

No tardaron en tomarme medidas, pronto aparecieron los primeros retos... Intenté manejar la situación echando mano de los recursos que empleaban los maestros de mi niñez: la autoridad:

- ¡Si sigues comportándote así, tendré que llamar a tu padre y hablar con él seriamente!

La respuesta del alumno me descolocó:

- Pues nos haría usted un favor, se fue de casa y hace días que no sabemos dónde está...


- ¡Touché!

La señorita Rotenmeyer
La primera visita de una inspectora impone. Un día corrió el rumor de que se presentaría en el colegio, pediría programaciones, pasaría por las clases... A mí no me preocupaba pues tenía programada una visita a una sala de exposiciones local donde un pintor del pueblo colgaba sus cuadros. Durante la visita, cedí lógicamente el papel más didáctico al pintor que se puso al frente del grupo de niños explicándoles cuadro a cuadro su obra. Yo permanecía al fondo como un visitante más... Nuestra inspectora se presentó de improviso en la exposición y se autoinvitó, sin preguntar a nadie, a continuar la charla de nuestro pintor preguntando a los niños y dando explicaciones más o menos ocurrentes sobre los cuadros... Después de un buen rato de meter la pata hasta las corvas, se dirigió al pintor para preguntarle sobre "sus alumnos". Este, que la había escuchado boquiabierto durante todo el rato, le explicó que el maestro era yo, una pobre figura camuflada, al fondo... Ruborizada farfulló una disculpa y abandonó la sala rápidamente.
Ese día, en el claustro de profesores al que acudió se mostró mucho más cercana... Bernardo, un profesor de 8º, nos provocó unas risas apenas disimuladas cuando le comentó lo tranquilo que se sentía al conocerla de cerca pues tenía una imagen previa de su figura como "De señorita Rotenmeyer" la conocida y severa institutriz de Heidi, el más popular personaje infantil de la TV de la época.

To Sir With Love (mi primera enamorada)
Así se pasaba el año. Me esforzaba por hacer las clases interesantes. Buscaba la forma de acercarme a aquellos adolescentes que tanto se resistían. Luchaba por actualizar mis esquemas mentales a esta nueva situación. No servían los modelos de mi infancia. Este no era el colegio de religiosos donde estudié y no funcionaban las mismas soluciones. En esos meses me di cuenta de lo absolutamente inútil que habían sido la mayoría de las cosas que estudié. Lo único que servía era lo que había aprendido por mi cuenta, lo que aprendía de Tere y Jose mis compañeros de nivel que me ayudaron en todo momento...
Mi inseguridad, mi desamparo y mi candorosa ingenuidad; en algún momento fueron aprovechados para la burla (en las fiestas de fin de trimestre un grupo de alumnos improvisó una pieza de teatro con el curioso título de "En clase" y un profesor con una caracterización muy parecida a mi persona). Pero también encendieron, supongo, un cierto instinto maternal en alguna de las chicas mayores. El caso es que, una de ellas, empezó a frecuentar las primeras filas de pupitres, a mirarme con interés, a ser amable conmigo... Durante un tiempo se hacía la encontradiza. Incluso se mostró celosa cuando llegaron dos alumnas de prácticas de la escuela de magisterio. No duró mucho la situación. No pudo competir con una de las recién llegadas, ya adulta, y que acabaría siendo mi esposa.

De todas formas ante esta situación estaba condicionado para responder con el máximo desapego. Era una respuesta tan poderosa como la secreción salivar del perro de Pavlov. La consecuencia condicionante radicaba en una historia que me contaron nada más llegar al centro.

Pocos años antes, un maestro joven y primerizo como yo, había llegado al centro. Durante el curso una de sus alumnas resultó embarazada y, ante la presión de los padres, acabó acusando a su joven profesor. El pobre chico pasó unos días terribles expuesto a la reprobación pública de padres y alumnos... No pudo sustraerse de los comentarios de los albañiles de la obra próxima que le gritaban al paso: ¡Por qué no lo haces con una de tu edad, cabrón!... Tiempo después se supo que el causante del embarazo fue un tio de la niña. Ya era tarde. El muchacho quedó marcado por esta triste historia y abandonó el cuerpo.

Aquella chica de prácticas...
Es para mí un secreto inexplicable qué pudo ver aquella chica de prácticas en el joven profesor que le tutelaba en el colegio. Apenas retengo imágenes de su estancia en el aula. Todos los recuerdos se dirigen a que, por expresa invitación suya, acabé saliendo con su grupo de amigos a Madrid. Para mí era la salvación ante la triste perspectiva de pasar tardes y fines de semana aburrido en Arganda sin conocer a nadie, sólo con la compañía ocasional de otros inquilinos tan solitarios como yo...
¿Qué llamaría su atención de mi persona? ¿Acaso encontrara divertidos mis comentarios o la ingenua forma con que me enfrentaba a las situaciones de mi nueva vida? Parece que le divirtió mucho el comentario: "¡Esto es un orgasmo virtual!" realizado durante la proyección de la película "Ópera Prima" en el cine de Arganda (mira que era hortera yo...). Quizás fue que le hiciera reir en el Bora-Bora, local hawayano donde servían bebidas exóticas, cuando pensando que el fuego que desprendía la bebida obedecía a la quema del alcohol del combinado sorbí con mi pajita todo el depósito del alcohol de quemar que había en uno de sus compartimentos. Fue una fatal interpretación del principio de los vasos comunicantes pero el caso es que empecé a salir con ella por Arganda. Un agradable cosquilleo y un aroma de melaza me envolvía cuando escuchaba Noches de Blanco Satén con su cabeza apoyada en mi hombro en la penumbra del pub.

La Solitaria vida de un maestro en Los Macías...
En aquellos años de la transición (1980-81) tuve que vivir hospedado en el Hostal Los Macías. Intenté encontrar un piso en Arganda para alquilar o compartir, pero lo que preveía un simple trámite se convirtió en misión imposible. Apenas había casas en alquiler. Las pocas personas que alquilaban te sometían a un duro interrogatorio: -Ah, ¿es usted de Burgos?. No me gusta la gente de Burgos... Así te contestaban en el barrio de la Soledad... Otros ni siquiera se molestaban en hacerte la ficha: ¡Mira no alquilamos a los chicos! Es que dejan la casa perdida... No limpian... Sólo me quedaba el recurso de buscar otros colegas para compartir con ellos gastos y alquiler. Pocos tenían piso. Tan sólo encontré una compañera de otro colegio que tenía un piso compartido con otra maestra. Cuando le propuse entrar a formar parte de esta sociedad tan acogedora, se negó pese a saber mi estado de necesidad...
Iba rellenando, cromo a cromo, el album de los prejuicios en Arganda.
No me quedó más remedio que contratar en alquiler una habitación por mensualidades. La habitación tenía un pequeño lavabo y la ducha era común... El precio no estaba mal, pero el habitáculo era más bien cutre. Un oscuro salón con TV a la entrada hacía las veces de recibidor y sala común. Algunos de los inquilinos eramos fijos. Nos juntábamos por las noches para dar una vuelta por Arganda. Con ellos visité el cetro regional de Andalucía, donde caían algunos finos. En una de las cenas en sociedad fuimos testigos gracias a la TV del 23-F en compañía de un cubano que contemplaba asombrado aquellas imágenes de militares tan distintas (o quizás no) a su patria revolucionaria... No faltó alguna visita al Coquimbo para conversar calidamente con las chicas de la barra... (al menos eso pretendían mis anfitriones, que yo estaba cortadísimo...).

Tenía las mañanas libres y las ocupaba en preparar las clases, leer... Pero antes me impuse el hábito de caminar una hora por las mañanas. Un compañero del cole realizaba diariamente un paseo en las primeras horas por la dehesa... A lo largo del año fueron muchos los paseos y las conversaciones que tuvieron lugar por esos bellos parajes de los alrededores de Arganda. Mi acompañante era una persona muy culta y la conversación era densa y enriquecedora.

Neumonía atípica
Muchas veces comíamos el menú del día de alguno de los bares cercanos al colegio. Eran menús contundentes con primeros untuosos y segundos con filetes bien colmados de patatas fritas. Todo ello bien empapado del aceite caliente de freir. Estos bares estaban cerca del mercadillo de los jueves donde de vendían todo tipo de frutas y verduras e incluso aciete a granel. Durante la comida, en los teledirarios, se daba la noticia de una extraña epidemia que derivaba en una neumonía atípica. Se apuntó a las aves domésticas como propagadoras de la epidemia y muchas familias se dehicieron de los canarios. En Arganda aparecieron numerosos casos. Algunos alumnos del colegio contrajeron la enfermedad. La gente seguía con inquietud la evolución de la epidemia sin imaginar su procedencia. Los casos eran aislados inmediatamente, pero las numerosas pruebas no daban con el virus o el agente patógeno... Todo esto sucedía a nuestro alrededor sin que nos diéramos cuenta de que allí mismo, en nuestro plato, estaba posiblemente la causa de esta rara enfermedad. El aceite barato, a granel, comprado en el mercadillo y del que se surtían muchos restaurantes estaba adulterado con aceite de colza desnaturalizado. Sabe Dios en qué dosis habré sido afectado por ello.

Ángeles negros volaban por el aire del poniente.

Y ángeles negros volaban
por el aire del poniente.
Ángeles de largas trenzas
y corazones de aceite.



No era nada fácil adaptarse a esta situación tan exigente para mí. En ocasiones me embargaba la melancolía. Me refugiaba en solitarios paseos por la dehesa. Una tarde, al anochecer, sentado bajo un olivo encontré el sentido a esas palabras de Lorca.
Yo nunca había visto olivos. En las tierras del norte no crece este árbol. Así que, cuando ví recortados contra el horizonte las ramas y las olivas, entendí en ese mismo instante esa bella metáfora. Yo tenía mis propios ángeles negros que me empujaban al abandono. No podría soportar esto mucho tiempo. Pregunté cuanto tiempo era necesario trabajar antes de solicitar una excedencia. Me dijeron dos años y pensé que quizás no aguantaría tanto.

Epílogo
Finalmente acabó el curso. No resultó tan difícil al fin y al cabo. Incluso dejé buenos recuerdos compartidos con mis alumnos y colegas. Con el tiempo he encontrado a algunos de ellos y, con la perspectiva del tiempo pasado, hemos pasado revista a los viejos conocidos. Algunos han acabado mal y nos entristecimos, otros han prosperado. Uno de ellos me ha arreglado la bici en su próspero taller...

Y, como un péndulo alzado al máximo hasta detenerse, poco a poco -pero acelerando- el siguiente curso me trajo el impagable regalo de 28 niños de 6 años con unas ganas enormes de aprender. Sus sonrisas y su cariño cicatrizaron las heridas de la primera batalla.