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domingo, 21 de agosto de 2016

De chorizo.


El padre estaba inclinado sobre la mesa de la cocina con el paquete de embutidos abierto mientras  preparaba los bocadillos para el viaje. Había elegido el jamón que tenía una pinta excelente. Dos emparedados estaban ya listos y envueltos en reluciente papel de plata. Al llegar al tercero, se detuvo un momento y gritó volviéndose hacia el patio de la casa: - ¿Tú, Raúl, también quieres el bocadillo de jamón?. Una voz adolescente contestó desde el exterior: - No, yo quiero de chorizo...

El padre le replicó: - Pero, hijo, siempre quieres chorizo: en el plato de lentejas un chorizo entero, con los huevos fritos: chorizo, para merendar, chorizo... ¿No te apetece este jamón? Está muy bueno...
La voz juvenil se reafirmó levemente irritada: - Yo ¡de chorizo!

El padre apeló  una vez más a la pedagogía: - Pero escucha, siempre comes lo mismo; tienes que diversificar tus gustos, tienes que aprender a comer de todo.. Piensa que cuando seas mayor y busques trabajo puede que tengas que decidirte por uno que no te guste. Quizás tengas que aceptar un empleo de albañil, o de cartero, o de funcionario... lo que te ofrezcan.

El hijo le contestó retador: - No, yo de chorizo.    

viernes, 15 de abril de 2016

El ataque de las sillas virtuales.


La invasión de  las sillas virtuales comenzó el 10 de abril a las 12:21 horas. Todo comenzó con una búsqueda en Google sobre sillas de oficina: mi mujer estaba interesada en cambiar la que tiene que le está produciendo fuertes dolores de espalda y, como pretendía comprarla on line, buscó la tienda virtual de Amazon. Desde allí tecleó en la ventana de búsquedas "sillas de oficina" y la tienda le propuso un extenso catálogo con múltiples marcas y precios, la verdad, más baratos que los que habíamos visto en algunas tiendas de muebles. Estuvo una media hora consultando las diversas propuestas y, ya decidida por el modelo, finalizó la búsqueda y apagó el ordenador.

Esa misma tarde, al abrir de nuevo el navegador y realizar una búsqueda relacionada con mi trabajo, me encontré, al acceder a los resultados, con un asalto desde un marco añadido en la parte superior de la pantalla de una larga fila de sillas invitando a mi ratón a sentarse sobre ellas. Me aparté de esa ventana e hice clic sobre un nuevo resultado. Ahora las sillas aparecían en los laterales y se alineaban verticalmente en matrices de 3 x 5. Aquellas 15 sillas estaban ocupando la tercera parte de la pantalla. Continué examinando resultados y, en cada uno, me asaltaban las sillas desde posiciones aleatorias. Nuevos pop out se abrían de imporoviso desde el centro de la pantalla:  incrustados en los artículos sobre El Paleolítico habían aparecido unos cómodos sillones ante un neandertal que los miraba con extrañeza.

Llevo dos días sufriendo este indeseable amueblamiento virtual de mi pantalla. Creo que el asalto durará varios días más, quizás eternamente... A estas alturas ya odio las sillas. Miedo me da que un día le de a mi mujer por buscar lencería: no podría soportarlo; ya tengo bastante con los catálogos de Vinca que se amontonan en casa. Google está convirtiendo mi ordenador en el Corte Inglés.

Y lo curioso es que, investigando sobre este fenómeno ¡en el mismo navegador y en medio de más sillas incrustadas! me entero de que Google y Amazón son enemigos comerciales y directos competidores empresariales. Pero la publicidad es algo muy serio. Google obtiene su poder y su mucho dinero de los usuarios que hacen búsquedas a diario y recorren infinidad de sitios mediados por el buscador. Cada clic comercial que se realiza desde sus páginas supone un ingreso a las arcas de la compañía. Es notable que con el único fin de exprimirnos el poco dinero que tenemos, hasta los grandes enemigos se unen y colaboran juntitos en Google Adword.


NOTA: ¿Te están apareciendo sillas virtuales al leer esta entrada? Pídele cuentas a Google. Hasta ahí llegan sus tentáculos.

jueves, 31 de marzo de 2016

Todos con el dedito


Escucho al teléfono a mi madre de 92 años enfadada, realmente enfadada: -No se puede contar ya nada nuevo -me dice- , todo lo sabéis. ¡Como estáis siempre "con el dedito"...!

Y, desde su perspectiva, tiene toda la razón. Los diez minutos diarios de charla con su hijo mayor, en la lejana Guadalajara, se vacían de contenido si no tiene algo que contarme, si no puede dar un parte de novedades con que llenar la conversación:
- ¿Sabes que tu hermano estuvo en el concierto de tu sobrina?
- Sí, mamá. La vi tocando con la orquesta en una foto que me enviaron. El director casi la tapaba. Menuda orquesta, lo menos de treinta músicos...
- Pero.. ¿Cómo te han enviado esa foto? Yo ni siquiera la he visto...
- Con el whatsapp mamá.
- ¡Vaya no puede decir uno nada, ya lo sabéis todo! ¡Y mejor que yo! ¡Ya no puede una ni hablar!

Su humor se agría un poco más si le cuento después que, además, la vi en un vídeo y que tocó de maravilla. Al final, acabo callándome muchas cosas por deferencia, pues podría hablarle de sus actividades del día a día que, mediante continuos mensajes, van publicando mis hermanos; o de las noticias de otros familiares y amigos que en los distintos grupos desgranan novedades y cotilleos.

Claro que, en contrapartida, es la que más conversa "en directo", poniéndose de mil demonios cuando está hablando y algún hijo o nieto se abandona un momento a "tocar con el dedito" la pantalla de su móvil dejándola con la palabra en la boca.

Ya el colmo le llegó cuando compraron un móvil a su consuegra. Esta no tardó en aprender los rudimentos del aparto y el manejo del conocido chat. Entonces llegó el acabose. Cuando se encontraban la buena señora echaba mano del aparatito y se aplicaba a enseñarle fotos de hijos y nietos y a leerle los mensajes. Mi madre, educada, no la despedía con cajas destempladas; pero no se privaba de comentarle amargamente lo que le parecían estas nuevas formas de comunicación.

Pero empezó a sentirse discriminada. El adaptarse a los nuevos tiempos le resulta muy difícil ("No pongas leyes nuevas en casas viejas", era uno de sus refranes favoritos). Ya le parecía lioso el manejo del teléfono fijo con sus teclas de volumen, de menú y rellamada y ponerse ahora a aprender los rudimentos de las nuevas tecnologías se le hacía impensable. Con todo, aprovechando una tablet que se nos había quedado obsoleta, estas vacaciones le abrí una cuenta en whatsapp para manejarla desde allí, vía internet. Teniendo un fijo, como es el caso, no presenta problema. Así podría al menos cacharrear un poco, al menos con nuestra ayuda mientras estamos con ella.

Para mi madre el mundo es un pañuelo y en las cuatro esquinas encuentra gente conocida. Le ocurre en su pueblo y pueblos de alrededor donde, cuando va, empieza a visitar y preguntar por gente de sus años mozos encontrado siempre algún amigo o familiar compartido. Le pasa también en el barrio, donde atando cabos, aparecen relaciones impensables para mí. ¡Le pasa incluso cuando va de vacaciones a lugares tan lejanos como las Islas Canarias o la costa levantina, donde acaba encontrando siempre algún conocido común, entre empleados o clientes de los apartamentos! Así que el día que instalamos el programa no tardó ni diez minutos en recibir una llamada telefónica (vía whatsapp) que nos sobresaltó a todos (la tableta no tenía tarjeta SIM así que nadie esperaba un tono de llamada apremiante. Rápidamente apretamos el botón de contestar y, de inmediato, sonó la voz de una tal "Margarita" que desde Galicia solicitaba hablar con mi madre. Nos quedamos de piedra. Mi madre tomó la tableta en las manos como si fuera una bandeja, sin saber muy bien cómo se  hablaba por aquel teléfono tan plano y delgado. Estuvieron charlando entrecortadamente un rato, pero las interrupciones se hacían continuas por la mala cobertura de la wifi, así que tomé el aparato y, muy despacio, le dije a su interlocutora que mejor llamara directamente al teléfono fijo. Así nos enteramos de que al abrir su whatsapp su libreta de direcciones le informó de que mi madre se había unido a la comunidad digital.

Sorprendidos por la rapidez con que relacionaba los contactos el programa cada uno de los presentes envió algún mensaje de bienvenida y yo me dispuse a explicarle muy despacito los rudimentos para que lo manejara poco a poco. Entonces la batería se nos agotó y el cargador, para más "inri" se nos había quedado en Guadalajara. Dejamos de nuevo a mi madre a dos velas. Seguiremos intentando el reto digital. Esperemos que no nos tiemble el dedo.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Navidades.com (Cuento triste de Navidad)


En el año 2025 el último arcángel cerró con una de las llaves de San Pedro el candado de los almacenes del cielo. Las enormes depósitos, ocultos entre los vapores helados de las nubes, guardaban así para siempre el incontable material del atrezo navideño que empleaba el buen Dios en adornar cada año la Navidad. Aquellas gigantescas factorías quedaron selladas y allí reposarían desde entonces, como en un inmenso panteón, grandes depósitos de nieve blanquísima, transparentes ráfagas de viento helado, grandes bolsas de brillantes copos, enormes mantos de firmamentos cuajados de estrellas, innumerables lunas de plata, miles brillantes cometas de cabello dorado... Nadie reclamaba ya los pinos jóvenes del bosque y las largas filas de muñecos de nieve se derretían junto a la pared. En las esquinas se amontonaban los troncos para las hogueras y las chimeneas. Los belenes, con sus figurillas envueltas en virutas de madera, se apilaban empaquetados en sus cajas precintadas; ya nadie los solicitaba. Ninguno de los habitantes del planeta se preocupaba de mirar al cielo en las noches de Navidad.
En la sección de regalos, las grandes naves estaban abarrotadas de lindos juguetes: sacos enormes de balones multicolores, miles de cajas de preciosas muñecas, montañas de suaves peluches, incontables estuches de lápices de colores... Ya nadie encargaba esos juguetes y el enorme stock producido durante alis había consumido todo el espacio de almacenaje. Ahora nadie trabajaba allí, no hacía falta. Los niños ya no pedían esos regalos. Todo el personal de logística había sido trasladado a las nuevas oficinas informatizadas. La plantilla de ángeles al completo habían se vio obligada a tomar cursos acelerados de programación y trabajaban ahora frente a las pantallas de sus ordenadores creando videojuegos.
Papá Noel había prescindido hace años de su equipo de gnomos y los viejos renos habían sido sacrificados y repartidos, por trocitos, en latas de carne. Ahora presidía el equipo de regalos virtuales. En su oficina trabajaba frente a una pantalla vestido con un cómodo suéter. De vez en cando tomaba un sorbo de refresco mientras repasaba los formularios excel enviados por millones de niños desde sus tablets y smartphones. Luego pulsaba en una larga lista sobre los videojuegos solicitados y estos eran enviados inmediatamente adjuntos a un correo electrónico. En cada entrega virtual incluía una postal animada de sí mismo, de hace muchos años, en la que surcaba el cielo en su viejo trineo arrastrado por unos renos un poco pixelados y arrojaba un paquete envuelto en grandes lazos por la chimenea. Cuando los niños pedían una consola o una nueva tablet o un más moderno teléfono inteligente, la sección de drones se encargaba de depositar el paquete en la misma puerta de su casa.        
En el departamento de restauración se ofrecían, vía web, tentadores menús navideños: Big-Nochevieja, Doblepavo con queso, NaviPizza familiar, Pack de turrón con sabor a coca-cola... Ya nadie cocinaba, no merecía la pena. Hacía décadas que los niños rechazaban los menús clásicos que preparaban amorosamente las abuelas. Al final, las pobres, habían optado por gastarse los ahorros de su pensión en aquellos lotes de comida empaquetada en innumerables cajitas. Con nostalgia y pena miraban de reojo la delicada vajilla que aún guardaban en sus viejas alacenas.
Nadie recordaba cuando se había compuesto el último villancico. Ahora resultaba más fácil realizar versiones sintéticas de los clásicos que, pareciendo diferentes y novedosas, gustaban a todo el mundo porque la melodía les resultaba familiar. Así todo el mundo los reconocía al instante y entraba antes "en ambiente".  
Desde su ventana celestial, en su nube capitana, el buen Dios miraba el desolado aspecto de su mundo. Las ciudades estaban llenas de luces estridentes, parpadeando frenéticas como presas de un ataque epiléptico. El firmamento oscurecido por el humo, apenas lograba ser traspasado con el pálido fulgor de una agotada estrella. El cambio climático había acabado con la nieve en muchos lugares y los pinares morían sin dejar descendencia en los pinos jóvenes, esos que antaño eran cortados y adornaban cada hogar sus ramas repeinadas; ahora ocupaban su puesto árboles artificiales de láminas metálicas y brazos de alambre vendado con plástico verde.
El buen Dios recogió sus escasas pertenencias y las metió en una caja. Después bajaría a despedirse de sus viejo amigo Claus, de los Tres Reyes Magos ahora reconvertidos en camelleros que paseaban turistas por desiertos de serrín, de sus fieles ángeles colaboradores... Aún no se explicaba cómo le había sorprendido esta crisis en la humanidad. Quizás no tuvo los necesarios reflejos cuando aquel agresivo yuppie, venido de nadie sabe donde, organizó el lanzamiento de una agresiva OPA hostil contra el troust celestial. Sin saber cómo la compañía "Navidades.com" se había quedado con todo... Mientras releía el acuerdo de cesión que había tenido que firmar se fijó en la rúbrica de aquel especulador ruin. Lo curioso, pensaba, es que su cara le sonaba, le parecía haberlo visto antes... Sí, aquel apuesto Reficul que había encandilado a todos, estaba seguro, había trabajado antes para él. En ese momento vio el nombre de aquel miserable reflejado en el marco plateado del portafotos que estaba sobre su mesa al lado del documento y entonces lo comprendió todo.

sábado, 12 de septiembre de 2015

¿Persuasión o perogrullada?

Tal vez usted haya visto este anuncio. Si no es así, tómese un momento para hacerlo.
 


(Esto es lo que usted oye)
 (Musiquilla con suave punteo de guitarra)

"Cuando trabajes, trabaja;
cuando descanses, descansa;
cuando pedalees, pedalea;
cuando bailes, baila;
salta cuando saltes;
y cuando grites, grita;
si tienes que pelear, pelea;
cuando ayudes, ayuda;
y cuando lo intentes, de verdad, inténtalo.
Cuando avances, avanza;
cuando juegues juega;
y cuando sueñes, sueña...

Cuando ganes, gana;
y cuando pierdas, sobre todo cuando pierdas, pierde.

Cuando conduzcas, conduce."


(Esto es lo que usted, seguramente piensa)

Este hombre puedo ser yo. Tenemos la misma actitud. También yo puedo llega a ser un triunfador como él, al que todo le va bien: Disponer de un despacho en unas oficinas magníficas en una planta elevada con hermosas vistas a una ciudad moderna,  tener un aspecto magnífico con un aire maduro pero jovial, ser respetado y saludado con admiración por todo el mundo... Puedo vestirme con una camisa de un blanco inmaculado aún después de una larga jornada de trabajo, portar una cómoda mochila en vez de la rígida cartera de ejecutivo (sí, puedo ser un hombre que sabe saltarse los convencionalismos, que se enfrente sin complejos a las reglas sociales). Usaré una bici como él (haciendo bandera de todas las ecologías y haciendo gala de respeto por el medio ambiente: Mi bici estará atada con un candado corriente (como todo habitante del pueblo llano) y me incorporé valientemente pedaleando sobre ella a la calzada. Aprovecharé la ventaja de mi liviana montura para adelantar a los coches sorteándolos en los semáforos  y atajaré por laterales y aceras saltándose las obras. Luego accederé a elegantes pasarelas poniéndose en pie sobre la bici para ganar potencia (y dispondré del divino privilegio de no sudar, y de la poderosa magia de llevar ropa inarrugable. Ningún cerco de sudor en las axilas ni la humedad de la mochila pegada la espalda delatará mi humana  transpiración). Gozaré de mi paseo ciclista bajo las copas de los árboles que regalarán a mis ojos la belleza de sus copas tornasoladas. Me divertiré serpenteando por la pasarela mientras desciendo suavemente y relajaré mi cuerpo soltando el manillar y dejando colgar mis brazos despreocupado mientras pedaleo. Atravesaré parques magníficos y soleados y, finalmente, doblaré con pericia la esquina de mi casa y, con algún mando a distancia cuya existencia es un secreto, abriré la puerta del impoluto garaje al que accederé, inclinando levemente la cabeza, en el momento justo en que se termina de levantar la puerta. Después cogeré con firmeza mi bicicleta y la colgaré al lado de "mi flamante BMW", la auténtica máquina maravillosa, la que reservo para los grandes acontecimientos, la que ocupa el centro y casi la totalidad de mi garaje.  

Y todo esto que veo y pienso ocurre mientras escucho mensajes con invitaciones al desarrollo de potencias juveniles: "trabajar", "pedalear", "bailar", "gritar", "pelear", "avanzar", "jugar", "soñar", "ganar"... y "conducir"; alternadas, eso sí, con llamadas a la moderación: "descansar", a la solidaridad: "ayudar" y a la autosuperación: "perder". De una tacada nos muestran todos los ingredientes de "ser guay".

Además, en una tautología recurrente, nos repiten machaconamente cada mensaje con un cansino esquema: 
cuando + (verbo en presente de subjuntivo), (verbo en presente de indicativo) 
emparejando continuamente voluntad con ejecución.. Así, el anuncio, se convierte en una cadena de afirmaciones obvias, vacías y redundantes. Acaso podría tener un valor retórico, pero su belleza se acaba cuando aparece la palabra "conducir" (definitivamente asociada al consumo y que, al fin, descubre las motivaciones últimas del anunciante).

A las imágenes, tan sugerentes, se une una voz sumamente persuasiva. Se expresa en un tono que infunde seguridad, con una cadencia en las frases que rompe hábilmente en ocasiones para mantener la atención, con una inversión sintáctica de vez en cuando para no aburrir, con alguna subordinada temporal en la más pesimista y negativa (para dejar claro que sabemos perder)...
Todo el anuncio puede considerarse una joya publicitaria o una majadería. Para un espectador desprevenido le resultará vitalista, optimista, cercano y persuasivo. Para un espectador crítico una perogrullada y un cuento infumable. ¿Tú que piensas?


NOTA:

La RAE define tautología como "Repetición de un mismo pensamiento expresado de distintas maneras" en una primera acepción y como "Repetición inútil y viciosa" en una segunda. Esta figura tiene relación con otras, en cierto modo similares como: pleonasmo, perogrullada y redundancia; y a veces tiene valor retórico. Se utilizan mucho en campañas publicitarias: hay ejemplos famosos:
“Café, pero café café, café La Morenita”
"El único que es único"
"Las decisiones se toman en el momento de tomarse"
(Mariano Rajoy)...

La publicidad usa continuamente un lenguaje seductor. Para ser seductor hay que ser auténtico. Y la realidad (lo auténtico) nunca es seductor. En la publicidad el único objeto que es auténtico es el producto, el resto es pura fantasía. Puesto que en realidad el producto que se vende es superficial (si su necesidad fuera profunda, no necesitaría anuncio alguno) hay que rodearlo de seducción. Esto se materializa a través de la aplicación del “sin sentido” (juegos de palabras, originales, seductores y superficiales). Y son muchos los que, entonces, picarán el anzuelo.

viernes, 5 de junio de 2015

Una huerta en en medio de la ciudad


El huerto Molinillo, quién lo diría, está en medio de la ciudad. Su topónimo, tomado de la calle que le da entrada es una reliquia del nomenclátor, con cierto valor arqueológico, que nos habla de aquellos tiempos en que la ciudad era más pequeña y los huertos se extendían a partir de sus murallas. Algún pequeño molino tomaba entonces sus aguas en el cercano Arlanzón muy cerca de esta zona.  Es un huerto urbano 100%. Su codiciado terreno, valorado en términos de edificabilidad, tendría un precio casi astronómico. Pero es un huerto de convento, un espacio cerrado a cal y canto donde unas monjas, durante un siglo, cultivaron sus verduras para  su propio abastecimiento. En los últimos años este convento de las monjas trinitarias que actualmente solo alberga 7 monjas, algunas muy ancianas, tenía la huerta completamente abandonada y presentaba el aspecto agostado de la ilustración.  

Pero, algunos ojos inquietos habían tiempo que se habían  fijado en las posibilidades de dar uso a estos terrenos, entonces yermos, creando de una tacada un triple beneficio social: cuidar y mantener el huerto de las monjas pagando un alquiler, dar salida a algunos ingenieros agronómos actualmente en paro y promover una agricultura ecológica y solidaria. Miembros de la Fundación Alter y Promoción Solidaria alquilaron el terreno y crearon grupos de consumo de soberanía alimentaria. La idea era evitar los intermediarios y potenciar el consumo cercano y sostenible. Así nació la Huerta Molinillo, con un invernadero de 1.500 metros cuadrados, que proporciona cestas semanales de alimentos a 60 familias a un precio razonable.

Al proyecto le pone cara Rafael Martínez, miembro de las dos agrupaciones citadas, que dirige la iniciativa. pero son muchas las personas que colaboran con su trabajo desinteresado. Lo sé muy bien, pues mi hermano y mi cuñada nos han dejado "plantados" algunas veces para pasar algunas horas ayudando en las tareas de la huerta. Después de una inversión inicial en la que las organizaciones citadas y muchos ciudadanos particulares aportaron el capital necesario para herramientas, maquinaria, invernaderos, riego... la huerta se puso finalmente en marcha en febrero de 2014.  La prensa local se hacía eco de la noticia. 


Rafa Martínez resumía así la filosofía del proyecto:
«Vamos a devolverle el uso que tuvo la finca y que las monjas ya no podían otorgarle. Plantaremos cebollas, zanahorias, tomates, puerros, calabazas, patatas, guisantes, judías, pimientos, calabacines, coles, habas... con la idea de que sea accesible y asequible para los socios de la iniciativa» ... «Lo que se busca es vincular el producto con el consumidor y hacer responsables a los consumidores de lo que comen, sin intermediarios. El planteamiento es el de soberanía alimentaria, que está en contra de las empresas transnacionales que comercializan con alimentos, que los productos no tengan que recorrer cientos de kilómetros provocando miseria en los países de origen para que nos lleguen... Es volver a vincular al agricultor con el consumidor», añade mientras recuerda la frase de Gustavo Duch: «Mucha gente pequeña, en muchos lugares pequeños, cultivarán pequeños huertos… que alimentarán al mundo».

El carácter social de la iniciativa se ve reflejado en estos comentarios editados por el Diario de Burgos del 5 de mayo:  "Está pensado también para subrayar el valor de acercar el producto, garantizando unas buenas prácticas agrícolas, una ausencia de tratamientos químicos y evitando las injusticias que se cometen en las zonas de producción cuando éstas se encuentran lejos: la rentabilidad de la venta en Europa sería imposible si no es partiendo de agriculturas intensivas, sueldos bajísimos para los productores o, directamente, prácticas abusivas."

La  huerta empezó a dar sus frutos en septiembre y desde entonces, los socios cooperativistas, reciben una cesta de unos cinco kilos con verdura de temporada. Cuando los productos agrícolas escasean suplen esta carencia con productos adquiridos a agricultores de confianza de varios pueblos burgaleses que les  proporcionan legumbres y otros productos alternativos. El terreno está acondicionado sobre bancales y permite a los curiosos visitantes pasear entre las siembras. El riego es por aspersión y goteo y los techos de los invernaderos, montados por una empresa especializada de Almería, permiten la apertura cenital para regular automáticamente el calor. El abono, estiercol de oveja, lo obtienen de un pastor del pueblo de Monasterio de Rodilla y cuentan, para el especifico calendario agrícola de Burgos,  con el asesoramiento del propietario de la explotación agrícola de La Montañuela en el Valle de Tobalina. Ello hace que puedan escribir en su blog optimistas comentarios como este del pasado jueves, 4 de junio: "Con la buenas temperaturas que hemos tenido las semanas pasadas, la huerta está dando mucho fruto. Las cebollas y los guisantes ya se recogieron, pero ahora es el turno de la alubia verde, que está en plena floración y promete unas vainas muy tiernas y sabrosas. La fresa sigue dando unos frutos espectaculares y la patata se nos desborda del bancal. También están empezando a salir los pepinos, los pimientos y los tomates (¡increíblemente pronto para Burgos!) que harán las delicias de todas y todos ya en junio"

Desde hace algún tiempo complementan su producción en invernadero con una explotación a cielo abierto en Rabé de las Calzadas, junto al Camino de Santiago.

NOTA: 
Que escriba en mi blog sobre los huertos urbanos es una iniciativa que surge de la experiencia familiar. Dos de mis  hermanos participan activamente en la cooperativa y adquieren dos cestas semanales. han colaborado económicamente y han trabajado duro (recuerdo el día que fueron a comprar los guantes y la azada). Las verduras de la cesta (en realidad una caja de plástico) están buenísimas y mis padres (destinatarios de una de ellas) han comido sano durante todo el año aunque se quejen del exceso vegetal de su actual dieta. Hace un par de meses tuve la oportunidad de visitar personalmente El Molinillo acompañando a mi hermano Miguel a recoger su cesta semanal. Allí, en una caseta de madera, se alineaban las cestas con sus productos equitativamente repartidos: acelgas, ajetes, patatas, fresas, alubias, fresas... Bajo los invernaderos muchos bancales recién sembrados con los primeros brotes asomando: "Han brotado hoy todas las judías, decían admirados" mientras retiraban algún caracol que se desperezaba ante los brotes tiernos. Con amabilidad nos explicaron el funcionamiento de aspersores e invernaderos y nos hablaron de los cultivos en curso. Mientras  acudían los visitantes ocasionales o los socios a retirar su cesta, los chiquillos (hijos de colaboradores y visitantes) jugaban felices entre algunos enseres del recinto. Ciertamente los productos logrados con tantos cuidados y trabajo son más caros que los comercializados.  Pero da gusto ver lo bien que funciona el proyecto y los réditos sociales que implica. Felicitaciones a los protagonistas.

Por otro lado en mis paseos mañaneros por la orilla del Canal del Henares paso al lado de los huertos de ocio y autoconsumo que el Ayuntamiento de Alovera  pone a disposición de los jubilados del p ueblo. Da gusto contemplar como crecen las lechugas, como maduran los tomates, o trepan las judías  por los soportes de caña... Los mayores que los cuidan se entretienen y charlan animados la mayor parte del tiempo (aunque también trabajan) y después llevan orgullosos sus verduras a casa para invitar y regalar a la familia.       


martes, 5 de mayo de 2015

Los futbolistos y los futbotontos


Pensaba hace algunos momentos en qué escribir en el día de hoy. Me había propuesto escribir alguna cosa, crear algún pequeño texto. Me lo impongo porque soy sumamente vago y necesito obligarme a sentarme en la silla frente al ordenador y estrujar  unos momentos la mente. Inicialmente pareces estar vacío, piensas que te repetirás sin remedio; pero al cabo de algunos minutos alguna sensación, alguna idea, vendrá en tu ayuda y comenzarás a teclear con rapidez antes de que se te escapen esos pensamientos que, por momentos, se te amontonan en la cabeza. 

En este caso he decidido escribir unas líneas sobre mi desdén por el fútbol: fue un buen deporte mientras lo jugué, de infancia a juventud; resultó entretenido verlo desde el sofá al llegar a la relajación de la madurez; pero me resulta ahora completamente indiferente, si acaso con un punto de desprecio. Porque en este circo mediático, los payasos ejecutan sin gracia su numerito sobre sus propios egos; los dignos patriotas de cada club hacen promesas de fidelidad que romperán enseguida; los espectadores pontifican sobre aspectos técnicos ("para entrenador, al igual que para maestro, vale cualquiera"); los asalariados del balón cobrarán sumas inconcebibles (y les parecerá  poco); los aficionados (mercenarios de los sentimientos) supeditarán su estado de ánimo a los resultados de su equipo...

Quizá mi actitud tenga que ver con que en este momento dos tercios de la vecindad están reclinados en sus sofás viendo entusiasmados el partido de semifinales de la Copa de Europa del Madrid contra el Inter: "La gente mira a la hormiga y se pierde el eclipse" que dice un refrán chino; resulta que nos interesamos extraordinariamente por ver cómo unos privilegiados dan patadas a una pequeña esfera sin pensar que otros privilegiados, más peligrosos,  pelotean sin compasión con otra esfera mucho más grande en la que vivimos. En ambos casos nos manipulan a base de puntapiés ¿Es que no os dais cuenta? 

sábado, 2 de mayo de 2015

En la oficina del copyright


Muchos buscamos el invento que nos hará ricos. Algo tan increíblemente sencillo y evidente como un caramelo con palo o una balleta al final de un bastón. Quizás la necesidad nos haya obligado a diseñar unos pañales muy eficientes o un cierre con velcro. Acaso importamos el genial invento de la hamaca tras descubrir lo sencilla, cómoda y eficaz que resultaba para evitar los mareos en los barcos. Puede que no nos demos cuenta de lo higiénico y eficiente que resulta el váter y el bidet. El caso es que estamos rodeados de inventos que nos dulcifican la vida y algunos son tan simples y accesibles que nos asombra que no se nos hayan ocurrido a nosotros mismos. Pero, ilusionados por la halagüeña  perspectiva del fácil enriquecimiento, nos ponemos a pensar en algo novedoso, creativo, rotundo... y, con una humillante sensación de nulidad, llegamos a la conclusión de que todo lo que merece la pena ya ha sido inventado. A veces exploramos alguna idea con posibles; por ejemplo a mi hermano Javi se le ha ocurrido una aplicación de móvil para reconocer setas (esto, tras muchas jornadas de dudas existenciales sobre la toxicidad de algunos ejemplares de apariencia apetitosa); o a mí mismo, que pagaría unos cuantos euros por una aplicación que me ayudara a encontrar los servicios en el Corte Inglés de Nuevos Ministerios... Pero, al final, a nuestras ideas le falta la chispa, la originalidad o la utilidad contrastada con nuestros semejantes.
Muchas veces nos quejamos amargamente de que se nos han colado en la fila de la oficina de  patentes. ¡Joder, -decimos cabreados- si el palo del selfie se me había ocurrido a mí hace tiempo...! Otras planteamos ideas que, casi con seguridad, ya han sido puestas en práctica (a mí se me ocurrió obligar en todas las nuevas construcciones de viviendas a instalar un sistema de varios tubos en cada piso para arrojar directamente la basura  y así poder separar en origen sin dificultad alguna: cada tubo conduciría a un depósito diferente en los sótanos o parte baja que podría descargar con facilidad en los camiones de recogida).

Pero, querido lector, el genio aparece a veces tras una búsqueda, a veces tras una equivocación y, otras, es fruto de una observación atenta. Ahí está implícita la necesidad, o la sorpresa y; también, el expolio de la enorme sabiduría de la naturaleza. Ella, autora de infinitos inventos, nunca patentó nada.

lunes, 9 de febrero de 2015

Este año tendrás payaso, cariño...


"Este año tendrás payaso, cariño..." dice la madre con gesto decidido, casi vengativo, a su pequeña, completamente traumatizada porque en su fiesta de cumpleaños el que hizo de payaso para divertir a sus amigos fue su papá.
"Papá, no solo es un payaso... es un mal payaso", parecen pensar ambas. No volverán a pasar por la  humillación de un papi que se hace el gracioso. El payaso es una cosa seria.
¡Y la mamá va a ahorrar, comprando el producto X que le hace rebajitas! Parece una revivida Scarlett 0'Hara jurando contra el cielo de poniente que no volverá a pasar hambre.

Contemplo con pena infinita y desesperanzada este anuncio, auténtico certificado del consumismo:
- No, hija, no haremos la fiesta del cumple en casa ¡Qué ordienariez!
- Sí, hija, te mereces un buen payaso, no ese imbécil de papá que pierde la vergüenza por hacer reír a la chiquillería. ¡Es que es el más infantil de todos!
- Sí hija, serás una triunfadora: podremos contratar el mejor payaso. ¡Tendremos dinero para ello, ya lo verás! ¡Vamos a ahorrar!
- Se acabaron las fiestas tristes porque no hay payaso: ahora vas a ser la reina de los cumpleaños, serás admitida en el círculo de las niñas guais, serás aceptada e integrada como Dios manda...

¿Es que no hay nadie que se de cuenta de los mensajes que enviamos a nuestros pequeños?

A veces pienso que soy un payaso en medio de este mundo consumista. Un payaso triste y derrotado, que ni siquiera hacer reír. Hoy en día, hasta para hacer reír a nuestros hijos, necesitamos un profesional de la risa. ¡Qué pena!

lunes, 1 de diciembre de 2014

Los Juegos del Hambre


Asistimos al éxito de este cuento adolescente, que funciona con engranajes de ciencia ficción, donde unos jóvenes guapísimos se encargan de catalizar el descontento y la lucha contra la desigualdad y la injusticia en un mundo empobrecido. Se me antoja una versión mítica de Podemos trufada de aventuras y escenarios futuristas y romáticos. Para mi entrada de hoy, me interesa poner sobre la mesa la metáfora del título: "Juegos del Hambre", especie de lotería donde te juegas la vida y obtienes, si triunfas, un futuro libre de las angustias de la penuria y plena de honores y riquezas.

Sin el tremendismo del drama presentado en la serie, sin los escenarios de miseria de los distritos esclavizados; la situación, debidamente escaldada, recuerda un poco a la crisis actual. Los señores del mundo explotan miserablemente al resto en su propio beneficio dirigiéndolo desde una élites que controlan el poder y los recursos. Las personas, desesperadas, sobreviven como pueden y, para olvidar su desesperación, asisten obligados -pero fascinados- al espectáculo de una lotería dramática donde está en juego la propia vida.

Nosotros tenemos nuestros propios Juegos del Hambre. No nos jugamos la vida, eso sí; no asistimos al drama de morir en el intento de forma gloriosa: nos arruinaremos poco a poco en medio de pequeñas frustraciones, de décimos de fracaso, de participaciones malogradas.

Nuestros juegos del hambre se llaman Lotería, y la de Navidad, es el Superjuego, el Juego de los Juegos, una especie de Vasallaje de los Veinticinco. En ella se echa el resto, se acepta cualquier participación que nos ofrezcan. Después, el día 22 de noviembre, se iniciará el "Tour de la Victoria", la exhibición mediática del éxito selectivo. Será la ocasión de magnificar la suerte, de maridarla con el  milagro, con la justicia divina. Será el momento de los héroes, de los Manueles y Antonios, de los "tributos" vencedores en los que querremos identificaremos todos.

Ayer, durante una cena con un grupo de vecinos, asistí completamente desplazasdo, a la preparación individual de los "tributos" de los juegos. Todos hablaban excitados de la profusión de décimos y participaciones que ya recopilaban a un mes vista del sorteo: - Llevo más de veinte décimos - decía un ciudadano de la crisis; -Yo llevo lotería de todos los puntos de España - comentaba otro españolito errante, camionero de profesión; -El que os reparto es de Doña Manolita - explicaba el anfitrión muy ufano de haber conseguido el número en la administración insignia de la suerte navideña. Yo callaba,  no llevo ni una mínima participación. Tan solo adquirí dos décimos de mi colegio cediendo a una insistente petición de Charo, mi mujer,  que no puede soportar que me quede tristón y roto como "Manuel". Fueron veinte minutos de silencio que solo rompí para mostrar humilde, pero dignamente, mi postura antilotera: Yo no compro lotería: me parece un timo comercial y espiritual.
N
Aparte de quedar como bicho raro; aunque alguno piense que no tengo corazón, ni ilusión, ni fe, ni esperanza, ni caridad: no creo en los Juegos del Hambre. Quizás sea un superviviente del Distrito 13.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Musas out



"A veces hay que empezar a escribir así, sin ideas precocebidas, sin rumbo fijo. Iniciaremos entonces, sin darnos cuenta, un viaje apasionante, Porque dentro de nosotros mismos hay un mundo inexplorado y aventuras increíbles por descubrir. Los viajes interiores peden ser así más espectaculares que una saga intergaláctica."

En blanco. El boli sigue entre mis dedos, apoyado sobre el dígitus medius, rodando sobre la falange medial mientras es girado entre el pollex y el índex en sentidos alternos. ¿Qué escribir? Hoy tengo las musas out.
Acudo la contenido de las noticias pero ¡no soporto profundizar ahora en esta colección de vicios y miserias! Apelo a las sensaciones que provoca la dura madrugada, al odio a la tiranía del despertador, al somnoliento viaje hasta el trabajo cada día más corto a base de recortar curvas y sincronizar incorporaciones en continuo perfeccionamiento. Repaso mentalmente el día y sus quehaceres: los momentos agradables, los retos, los fracasos anunciados, las incertidumbres... Entre el casos de las ideas hace su aparición el zumbido del tínnitus. Estaba ahí, latente, camuflado. Aparece ahora y se muestra amplificado entre la maleza de los pensamientos: caos sobre caos. Lucho por encontrar un camino entre el fragor de esta selva repleta de sonidos reales e imaginarios.
Pronto me enfrentaré a la primera clase del día; clase en casa ajena, en territorio impropio, donde se alzan a veces defensas infranqueables. Uno querría trabajar tranquilamente, con las clepsidras rotas; pero trabaja a tiempo tasado.  Constreñimos la actividad ajustándola a horarios encasillados hasta los bordes. Y tabulas también los pensamientos.

Escribo desde la mesa del rincón, en los Tres Tréboles. En la cafetería del área de servicio dos hombres se enfrentan a su café inclinando la espalda sobre la barra. Miro la televisión  que nos preside en lo alto de una esquina. Por un momento me parece que es ella quién realmente me mira a mí. Me figuro que es un ojo que nos contempla mientras nos entretiene con una sucesión de imágenes aceleradas. ¿Dónde queda la pausada contemplación? ¿La relajada percepción del lento acontecer? ¿El delicado sabor del tiempo?

Consulto nervioso mi reloj; apenas me queda tiempo. En el bar de carretera el ambiente se espabila. Las conversaciones se hacen frecuentes, la cucharillas y los platos inician la cantarina percusión que precede a los desayunos, la televisión aumenta su volumen de forma misteriosa... Son las 8:55. salgo inmediatamente para realizar el último tramo hacia el trabajo.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Rémoras.


Las rémoras son pequeños pececillos que viven y viajan adheridos a otros peces mayores. Así, por ejemplo, un tiburón nodriza puede cargar durante toda su vida con varias rémoras que se fijan como ventosas a su lomo y le acompañan hasta su muerte.

En nuestro viaje por la vida también nos acompañan nuestras particulares rémoras. Pocos habrá que viajen ligeros de equipaje, casi desnudos como los hijos de la mar; como decía el poeta. Voy a hablaros de mis propias rémoras, mis personales parásitos.

Por un lado están las rémoras inanimadas e inútiles, los objetos que un día adquirimos y que finalmente no sirven para nada pero dejamos por ahí, por la pura pereza de quitarlos, de deshacernos de ellos. Algunos los veo a diario en mi hogar: la cubertería que nunca usamos, el dispensador de cerveza roto que jamás llegó a funcionar, o la llave del registro electrico que compré de hueco cuadrado cuando la necesitaba triangular... han pasado quince años y todavía la encuentro en el cestillo de la mesa de la cocina de vez en cuando.

Por otro lado, almaceno por doquier objetos potencialmente útiles pero con un costo de almacenaje tan alto que su conservación pierde sentido. Sin embargo ahí están: apilados en el garaje tengo una buena provisión de cables, tornillos, frascos, botellas, plásticos... Se hizo necesario construir un altillo para colocar todas las cajas que contienen esas rémoras útiles. No soy el único: mi mujer acumula también conservas, vajillas, ropa...

Dentro de la gigantesca ballena de los recuerdos también viajan las rémoras de tiempos pretéritos: los apuntes de la facultad, antiguos escritos, viejos libros, anticuados fetiches... Su valor sentimental justifica, quizás, su compañía. Siempre dependerá de como será mi travesía: si la travesía de la vida exige una mochila ligera, lo mejor será desprenderse de ellas.

Siempre es difícil deshacerse de las rémoras de los sentimientos. Se adhieren como lapas, se pegan como ventosas y nos arrastran al fondo. A veces hay que arrancarlas con dolor y dejan heridas...

Las rémoras del pensamiento se fijan profundamente en nuestra mente. Extirparlas exige delicadas operaciones a cargo de doctores expertos. Algunas rémoras llegan a apoderarse del puente de mando y dirigen nuestra navegación. Solo nos libramos de ellas con cirugía, con una pequeña carnicería, pero muchas veces se hace necesaria.

Quiero despojarme de mis rémoras. Despediré a mis huéspedes. Alzaré mi espalda encorvada por el peso de esta mochila llena de objetos innecesarios. Y seré ¡libre!

viernes, 21 de noviembre de 2014

El secreto de Puente Viejo


Voy a desvelarte el secreto de Puente Viejo; lo siento, te arruinaré el suspense. Primero habrás de saber que toda esta megahistoria arranca con un resumen de medio folioa partir de un argumento de una frase: "Una mujer a la que le roban el hijo". Con tan pocos mimbres se ha tejido una una historia que llegará a 1000 episodios al menos (ya están en puertas, van por el 952 y con el mes y medio de adelanto con que se producen lo más seguro es que hayan llegado ya al millar). Aurora Guerra, la autora de la idea original, piensa que el secreto de la serie se debe a que es es "un filón inagotable de ideas al hacer que cada personaje tenga un secreto". La receta es de éxito seguro: cualquier cosa puede ocurrir pues hay una vida oculta, paralela, que se saca a relucir cuando sea preciso.

Así cocinan, según Aurora, la pócima misteriosa de su éxito: "En un principio creamos la idea, la desarrollamos primero con los argumentistas, después con los de escaleta y luego con diálogos. Cuando todo está desarrollado me llega a mi y lo edito, luego los paso a la cadena y luego a la productora para que se ruede"

Y así explica el enigma de su origen: La cadena necesitaba un producto para rellenar la sobremesa. Así que realizó un encargo con las premisas de franja horaria de primera hora de la tarde, emisión diaria, ambientación de época... Entonces, tras un brevísimo bosquejo inicial que gustó a la compañía se produjo un bloque de 65 capítulos (un trimestre de emisión) y, al gustar al público, otros 65 más... así hasta escribir toda "la Biblia" (como se llama técnicamente a esta sucesión centenaria de capítulos).

Y ahora descubrimos las claves de su continuidad: Tras un tiempo en audiencia se valoran opiniones en redes sociales y se hacen estudios de opinión. Con esos datos se orientan los futuros guiones y se reasigna protagonismo a los personajes en función de como caen al público, de cómo conectan con los espectadores... hay secundarios que pasan a principales y viceversa.

Y os desvelamos cómo se elaboran las historias: Los guionistas, un equipo de diez personas divididos en dos grupos, desarrollan la trama: los escaletistas describen las escenas y cuentan que va a suceder y los dialoguistas escriben los diálogos. Diez cocineros para elaborar un menú diario que guste a la mayoría. Hay que imaginar a este numeroso equipo sudando tinta (literal) para introducir un poco de  congruencia en una historia en la que el protagonista ha de morir porque el actor deja la serie, o cambiar drásticamente el nudo argumental al encontrarse con la desafección del público en un momento dado o intentando no suicidar la coherencia de la serie con desenlaces imposibles (lo que puede estar pasando a estas alturas).

Y, finalmente, os confiamos el auténtico secreto de Puente Viejo no: ¡No existe!. No es tal, porque no se ha escrito: será un secreto inventado cuando los espectadores, exhaustos, lo pidan a gritos o expresen su mortal aburrimiento. Entonces el sesudo equipo de guionistas trabajará horas extras para alumbrar un final truculento que disimule la insensatez de esta serie demencial. 

jueves, 20 de noviembre de 2014

Yo tenía un álbum



Yo tenía un álbum. En él pegaba con cariño y emoción mis  antiguas fotografías: aquellas viradas al sepia por el tiempo, las que atraparon un instante del bebé que fui, del niño dentro del que crecí. También las había de mis padres y abuelos. Incluso conservaba como valiosas rarezas algunas de mis bisabuelos. En sus páginas fui colocando mis fotos de adolescente, de juventud, de madurez. Allí encontraron lugar preferente las del noviazgo, la boda, las de la vida en común de casado... Todas tenían un elevado valor, todas rememoraban instantes inolvidables.
Pero desde hace algunos años el tiempo se detuvo en una de sus páginas. Fue a partir el día que compré mi primera cámara digital. Desde entonces empecé a dedicar apenas un segundo a preparar cada foto y tan solo unos momentos a mirarlas para luego archivarlas inmediatamente en una carpeta virtual que, al final, quedará perdida u olvidada en alguna lejana rama del árbol de directorios del PC. También es posible (ya me ha pasado) que en algún trasiego de bits su imagen se corrompa y jamás pueda volver a contemplarla. Perdidas, deterioradas o borradas en un descuido nuestras fotografías desaparecen por millares. Se destruyen a la misma velocidad que fueron creadas.

Mi viejo álbum guardaba recuerdos añejos, como envejecidos en la lenta barrica de la vida. Cada vez que realizabas una cata te sorprendía con reminiscencias recuperadas, con emociones antiguas conservadas en el tiempo. Ahora dispongo de infinidad de fotos. El vino nuevo se colecta por toneladas. Imágenes ligeras, de uso temprano, como mosto de cosecha joven. Lo bebes y, rápidamente, te olvidas.

Tomo mi móvil y visito mi galería. Ingentes cantidades de imágenes, la mayoría enviadas como chiste o gracieta y con personajes que me importan un bledo. Deslizo mi dedo buscando algo que me interese de verdad... Voy descartando fotos de tarjetitas, presentaciones, vídeos poco o nada cómicos... Paso pantalla ante fotos parecidísimas de mis conocidos sin solución de continuidad... Al final encuentro alguna que merece la pena, quizás por su belleza, acaso por su protagonista... pero no me provoca el mismo sentimiento que las fotos de mi viejo álbum. ¿Porqué será?

martes, 18 de noviembre de 2014

Se acabó el exotismo


He visto mucho. Estoy muy viajado. Conozco todos los países, he paseado por sus ciudades y su territorio, vi a sus gentes. He llegado incluso a visitar el universo... Lo hago cada día: lo veo en el cine, en la tele; lo visito sentado en mi sillón de mando, dirigiendo mi viaje con  el tablero de mandos de mi ordenador, a golpe de ratón... se acabó el exotismo.

El mundo real se copia virtualmente de modo interminable. En Internet se puede encontrar cualquier lugar, ver sus fotografías, conocer sus singularidades... se acabó el exotismo.

Ya nada nos sorprende. Todo se vuelve frívolo, caduco, pasajero y efímero. Nos vacunamos a diario contra la admiración. Nada nos cautiva ya, nada nos atrae. Caminamos por parajes extraordinarios a golpe de clic, con gesto rutinario y la mirada apagada. La contemplación pausada se minimiza, se acorta a los milisegundos. Nuestra atención se torna lábil, impaciente. Los ojos pasan de una imagen a otra en un ping pong virtual: se compartimenan ventanas, tocamos con el cursor, apenas dedicamos atención a las frases,  desechamos los textos de más de dos líneas,  leemos con líneas de acción cono en los cómics, los logos se multiplican y se superponen... La vista se aproxima, el enfoque en corto deforma nuestro cristalino, la miopía crece, el ángulo recto se apodera de la geometría... se acabó el exotismo.

Viajamos con gps, evitamos el extravío, la opción aventurera. Ya no nos perdemos por ahí, no descubrimos veredas ignoradas, no tenemos el privilegio de la equivocación y sus sorprendentes consecuencias. No ponemos atención a lo imprevisto, ya no hace falta... se acabó el exotismo.

Terminó la época de los pioneros, de los exploradores. Nos han engañado: el "explorer" no nos descubre nada: sólo vende sueños, engatusa con mundos virtuales. Nos empacha con imágenes y nos enmascara la realidad... se acabó el exotismo.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Escáner íntimo.


El gorjeo del pájaro azul: 
El diario El País publica hoy un artículo sobre la popular red de microblogs Twitter: "Los secretos del pájaro azul". En él nos recuerda que más de la mitad de la población mundial (es decir 2000 millones de personas) usan las redes sociales, de las que 1000 millones lo hacen en las redes chinas Qzone  y Sina Weibo. Después nos alerta de que, el aparente caos de los millones de mensajes constituye una decisiva fuente de información sobre hábitos, gustos y opiniones (incluso políticas) susceptibles de ser usadas para conocer nuestros secretos y de esta manera manipularnos a su antojo. Sólo en Twitter (280 millones de usuarios) sería posible conocer perfectamente nuestras opiniones políticas, nuestro  perfil económico, nuestra situación laboral, nivel de educación... (nuestras faltas de ortografía no son indiferentes, sino inferentes; nuestro horario delata nuestro posible desempleo, el uso masivo la falta de trabajo y una perniciosa acumulación de tiempo libre, etc).   Por otro lado los seguidores, retuits,  hashtag y  trending topic, son elementos de análisis suficientes para trazar un gigantesco sociograma colectivo muy útil para los especialistas en la manipulación social.

El libro de las caras: 
El mito de Narciso, la compulsiva necesidad de enseñar nuestras caras (y nuestros gustos y disgustos, nuestras vidas y las ajenas, nuestros amigos e intereses, nuestros familiares...). Nuestra cháchara virtual, tan insípida en realidad, analizada con potentes robots procesadores puede realizar un escáner íntimo más detallado que un TAC.  
A veces, cuando enlazo a mi perfil, mi ordenador me sorprende con un "cuelgue" de diez segundos, mientras tanto las minipantallas de la barra de tareas  que muestran el tráfico de datos con la red
 permanecen encendidas delatando un tráfico intenso entre mi máquina y el servidor de la red social. ¿Qué diantres está leyendo en mi PC? ¿Cuántos datos realmente necesita?

Mirando hacia afuera: 
Outlook, mi programa de correo, opera también a mis espaldas. MI codiciada libreta de direcciones es apetecida por muchas aplicaciones de redes sociales. Me lo preguntan una y otra vez: ¿Permite que accedamos a ella para aumentar sus círculos de amigos, bal, bla, bla...? En algún momento de descuido puedo dar a aceptar y...
En la página que me interesa, en el súper, en el comercio que visito... todos se empeñan en conocer mi dirección de correo electrónico. Si picamos como pardillos, pronto comprobaremos que la cuenta se nos llena de mensajes publicitarios masivos. A veces utilizamos el mismo truco que las comunidades de vecinos: habilitamos un buzón para la propaganda, para el correo basura; y creamos cuentas a propósito para acumular allí el spam y desahogar las importantes.  
Por lo que tarda en gestionar mi pequeño correo y por otras referencias he descubierto en algunas ocasiones que alguna de mis cuentas estaba infectada y enviaba automática y ocultamente mails a direcciones insospechadas o a mis contactos sin permiso ni conocimiento. No siempre mira hacia afuera como se deduce del nombre del programa: me mira a mí, conoce mis gustos y mis amigos...

Todos estos vigilantes, con la escusa de hacerme un favor, me inspeccionan, me analizan, diagnostican mi éxito, mi fracaso o mi nadería; me escanean, elaboran mi perfil, me localizan, me insinúan, me tientan... casi son como Dios, pero sin buenas intenciones.


sábado, 1 de noviembre de 2014

Fósforo verde


Nací sin teléfono en casa. En los primeros años de mi vida, mis padres tenían que cruzar cuatro calles para poder hablar por él  y había que hacerlo desde una casa particular llamando al timbre y esperando que la encargada conectara las clavijas correspondientes. Sólo de mayor, en los años 80, mis padres colgaron un aparato en el pasillo.

Soy de la época de las filminas de carrete, de las diapositivas sin carro automático. Nací al tiempo que la televisión en España, pero no vi aquellas pantallas parpadeantes hasta pasados los cinco años, en casa del vecino que pudo comprársela. En el pueblo habilitaron un teleclub para toda la  población con bancos corridos y se llenaba.  Sólo a mediados de los años setenta pude ver desde mi casa El hombre y la Tierra, pero en blanco y negro. Mientras tanto tuve que conformarme con la radio escuchando  por las tardes larguísimas novelas como Lucecita o el Santo Rosario o los Cuarenta Principales.

Yo he escrito y recibido auténticos telegramas (¿Te suena qué es esto?). Jugué de adolescente con walky-takyes baratos que interferían los buscas del hospital cercano, pues las frecuencias no estaban reguladas. A veces "copiaba" emisoras de radioaficionados.

Vi u ordenador por  primera vez en alguna oficina tributaria. Después pude tocarlos en el colegio cuando empezaban a informatizarse las secretarías. Más tarde aparecieron los primeros PC en la enseñanza, incluso realicé un curso de ofimática que hoy en día me parece prehistórica. Por entonces se utilizaban grandes discos flexibles con una capacidad miserable. En las escuelas de verano para  profesores realicé también un curso de LOGO  que me encantó (había una lógica fascinante en aquellas rutinas repetidas una y otra vez). Una operación de menisco y una larga convalecencia me animaron a comprar un pequeño ordenador amstrad con pantalla de fósforo verde y aquellos discos compactos tan caros. Con el aprendí BASIC y creé mis propios programas. Por entonces, en mi colegio, había unos amstrad similares, pero de cinta de cassette. Se cargaban con silbidos infernales y tardaban un montón. Realicé algunos programillas para los chicos: recuerdo haber creado una rutina para calcular los primeros 1000 números primos y un solucionador aritmético y gráfico de raíces cuadradas. Debo tener el código por ahí guardado. Por fin llegó mi primer PC, un IBM que quedó obsoleto en un pis-pas. Luego vino un segundo con una capacidad que me pareció asombrosa y, encima, con pantalla a color. Quedó anticuado en un par de años. El tercero fue encargado con un perfil de potencia sobrado: ya va petao desde hace años. Este es el cuento de nunca acabar. Lo último en llegar a mi mesa son las pantallas planas, las tablets y los móviles.

Ahora veo a las nuevas generaciones, las de la pantalla táctil. Admiro su capacidad de tacto, su automatización de la escritura con minúsculos teclados, ¡su buena vista!, su capacidad para adaptarse a los procesos en aplicaciones y sistemas operativos.... Y me pregunto: ¿Qué será de los viejos diccionarios, si las búsquedas en línea son más cómodas y rápidas? ¿Cuándo llegará el ocaso de las bibliotecas ante el poder de internet y su universo de contenidos? ¿Quiénes ensañarán en el futuro las cuatro reglas si las calculadoras operan por nosotros?  ¿Qué ocurrirá con el aprendizaje de los idiomas cuando los traductores mejoren hasta alcanzar la perfección?

Falta poco para la inserción de chips conectados a nuestros sentidos y al cerebro. Se acerca la era del ciborg. ¿Lo veremos cuando estemos en nuestros asilo, soñando con carreras de comecocos en fósforo verde?








cabna

sábado, 18 de octubre de 2014

Síndrome de Diógenes


Hoy toca Diógenes. Tengo apuntada la entrada desde hace meses, cuando en algún momento de desaliento comprobé la cantidad de objetos inútiles que acumulo. Más concretamente, pues, la entrada de hoy estará dedicada al Síndrome de Diógenes.

Pero no podemos desligar el Síndorme del personaje en que se inspira. Para documentarme sobre este cínico (de la escuela filosófica de la ciudad griega de Sinope, y concretamente del gimnasio Ciosarges donde solía enseñar Antístenes, su fundador), he recurrido a la información en red. Es curioso que, cuando uno se compromete en tratar un tema (sobre todo si ha de escribir sobre él), estudia y aprende con una eficacia incomparablemente mayor que en el obligado estudio académico habitual, ¡Y además se divierte!. La escuela cínica (kínicos, procede de la palabra griega "perro" y ellos la adoptaron ya que sus comportamientos se asemejaban al de los perros) y sus discípulos fueron famosos sus excentricidades, por su aguda crítica social, la composición de numerosas sátiras o diatribas contra la corrupción de las costumbres y los vicios de la sociedad griega de su tiempo y la práctican de una actitud muchas veces irreverente (la llamada anaideia). Los esoticos fueron influídos fuertemente por los cínicos, pero en vez de permanecer en una postura crítica respecto a los males de la sociedad, los estoicos se aplicaron a la práctica de la virtud.
En la Edad Contemporánea el cinismo también aflora en los comprotamientos sociales. En 1930, Bertrand Russell, en el ensayo sobre el cinismo juvenil, pudo describir la medida en que el cinismo había penetrado en las conciencias occidentales en masa, y puso acento especial en las áreas parcialmente influidas él: la religión, la patria (el patriotismo), el progreso, la belleza, la verdad. La primera mitad del siglo XX, con sus dos guerras mundiales, ofrece pocas esperanzas a las personas que deseen adoptar un idealismo diametralmente opuesto al cinismo.

Pero es hora ya de presentar a la estrella más deslumbrante de este movimiento: Dógenes de Sínope. Hijo de un banquero, fue expulsado de la ciudad por un delito de falsificación de moneda. Se trasladó a Atenas donde se presento ante Antíostenes (fundador de la escuela cínica y antiguo discípulo de Sócrates) al que insistió tanto que, finalmente, le aceptó como discípulo. Diógenes vivió como un vagabundo en las calles de Atenas, convirtiendo la pobreza extrema en una virtud. Se dice que vivía en una tinaja y que de día caminaba por las calles con una lámpara encendida diciendo que “buscaba hombres” . Sus únicas pertenencias eran: un manto, un zurrón, un báculo y un cuenco (hasta que un día vio que un niño bebía el agua que recogía con sus manos y se desprendió de él). Puso en práctica de esta manera la idea cínica de autosuficiencia: una vida natural e independiente a los lujos de la sociedad. Según él, la virtud es el soberano bien. La ciencia, los honores y las riquezas son falsos bienes que hay que despreciar. El principio de su filosofía consiste en denunciar por todas partes lo convencional y oponer a ello su naturaleza. El sabio debía tender a liberarse de sus deseos y reducir al mínimo sus necesidades. Curiosamente, en estos tiempos de calenturas independentistas, se le considera inventor de la idea del cosmopolitismo, porque afirmaba que era ciudadano del mundo y no de una ciudad en particular.

Así que éste es el personaje que presta su nombre a un síndrome curioso que, en relación con el estilo de vida del autor, tiene en realidad muy poco. 

Definen los profesionales el Síndrome de Diógenes como "un trastorno del comportamiento que afecta, por lo general, a personas de avanzada edad que viven solas. Se caracteriza por el total abandono personal y social, así como por el aislamiento voluntario en el propio hogar y la acumulación en él de grandes cantidades de basura y desperdicios domésticos"
Pase lo de vivir como un perro (por el abandono de su cuidado), pero completamente desacertado para explicar el aislamiento social (Diógenes vivía entre la plena agitación del ágora, y dormía en los soportales de los templos, a la vista de todos) y el desprendimiento de todo lo accesorio era su filosofía vital.

Este síndrome tiene un componente obsesivo compulsivo relacionado con la tendencia a guardarlo todo, a almacenar y acumular objetos. Yo puedo reconocerme moderadamente en estos síntomas:  mi buhardilla está repleta de libros y carpetas, mi garaje rebosa de cajas con herramientas, botes de tornillería, frascos, botellas... El altillo que construí al efecto está abarrotado de cajas con contenidos inverosímiles... ¿Realmente necesito todo esto? Evidentemente no ahora mismo, pero ocurre que en el futuro siempre tenemos que echar mano de alguna de estas cosas... La pregunta práctica: ¿merece la pena guardarlo con el costo de su organización y mantenimiento, al doloroso precio del metro cuadrado de las viviendas? Otra cosa sería disponer de una nave industrial  (posiblemente ampliaría el campo de objetos a guardar y sería peor... ¿verdad?;  me doy perfectamente cuenta de ello, pero el síndrome es así: irracional)
Tengo una larga historia de acumulador: en mi biografía son muchos los momentos de "rebuscador", "basurilla", "reciclador de deshechos"... En la antigua cuadra de la casa del pueblo guardo infinidad de enseres de dudosa utilidad, en uno de los colegios donde enseñé pretecnología dejé en herencia una sala llena de materiales de deshecho (cables, tablas, tapas, fundas de rotuladores...), actualmente en el colegio me encargo de la biblioteca y me crea tensión la necesaria tarea de expurgar los ejemplares viejos o desfasados...
 
Sin embargo puedo vivir, como Diógenes, en una leve tienda de campaña (incluso me agrada), evito la mayoría del equipaje prescindible cuando viajo, salgo con lo puesto, paso de las cinco estrellas en los hoteles, de los cuatro tenedores... esta tendencia ascética quizá me salve. Y respecto a las costumbres y esclavitudes sociales soy más bien un "cínico". Del "Síndrome de Diógenes" me quedo con la segunda parte, con el nombre y el pensamiento del filósofo y su estilo de vida (en mi caso muy descafeinado). Y no puedo acabar sin reflejar aquí el apodo que,  de niño, me adjudicaron mis compañeros de cole: "El filósofo". Si lo hicieron por humillarme, lo adopto: Filósofo como Diógenes (y a mucha honra).  

lunes, 6 de octubre de 2014

Frases hechas: "Empinar el codo"


Recuerdo hace muchos años, en mis tiempos de estudiante, que tenía un amigo que invitaba con humor a acercarse al bar anunciando: "Vámonos a subir el olécrano". Luego sonreía contemplando la cara de extrañeza que ponían los no iniciados y les explicaba, finalmente, que el olécrano forma parte de la articulación del codo (exactamente es una apófisis de la parte superior del cúbito que tiene forma de prisma de base cuadrangular) y que es la que izamos más arriba cuando empinamos el codo apara beber un vaso de vino. Este extremo que forma la parte ósea y puntiaguda de un codo doblado se alza más aún al beber en bota o en porrón.
Y hoy, que la bonanza otoñal, me ha llevado a las más transitadas calles de Madrid, en el popular Mercado de San Miguel, he visto muchos alzamientos de olécranos. Y no precisamente izando vasos de vino o típicos porrones españoles, sino elevaciones de móviles haciendo selfihs. Ahora las lesiones del olécrano y las brusitis olecranianas son producidas mayormente por esta obsesiva gimnasia de mancuernas electrónicas.
¡Qué tiempos estos! Ya no se empina el codo para beber un vaso de vino con los amigos. Ahora se alza el olécrano para el selfish de rigor. Salimos perdiendo...

domingo, 21 de septiembre de 2014

Los hombres del rectángulo


Hay una ventana en mi casa por la que, cada día, se cuelan miserables ladrones. Entran en mi hogar rociándome con un spray paralizante y, en mi presencia, roban a placer mis más preciadas posesiones: mi voluntad, mi juicio, mis ideas... Soy culpable, lo confieso, pues en mi descuidada indolencia  les franqueo el paso voluntariamente. No hay póliza de seguros que cubra descuidos semejantes. Nada puedo reclamar. En este atraco tengo que declararme cómplice necesario.

Son los hombres del rectángulo, descuideros expertos en desvalijar cerebros incautos. Son habilidosos en el arte de timar mentes relajadas. Manejan las artes de Fajín operando sobre nuestras creencias. Aplican el cepo a nuestras convicciones e infectan con virus nuestros intereses.

Son los profesionales del recuadro, habitantes de Pantallilandia: presentadores, artistas, showmans, contertulios, tertulianos, expertos,  famosos, políticos... y demás fauna televisiva del zoo mediático.

Por favor, distribuya usted este aviso de la policía del alma: cierre bien sus ventanas. Programe este sencillo antirrobo cuya efectividad está garantizada:

  1. Busque su mando a distancia de la TV.
  2. Busque el botón de apagado.
  3. Haga "clic".