Encerrados en la ratonera de la crisis, los ratones se devoran en su propia jaula. Ratones, que no gatos... estos están estudiando este "comportamiento en estrés" de sus covayas: Provoca conflicto, haz que compitan por el espacio, por la comida... se producirán conductas violentas, se acabarán las amistades...
El primero en ser mordido y atacado se llamaba "Ratonario". Nadie acudió en su ayuda. Se negó a realizar sus labores de mantenimiento en la jaula y los demás le echaron en cara su dejadez, su comodidad, la seguridad de su rincón al lado de los barrotes... Se quedó sólo lamiéndose sus heridas. Ahora el resto de los ratones de Ratonia se dan cuenta de que la rebaja en el queso es para todos. Se convoca una huelga general y piden a Ratonario que se sume a ella... Pero Ratonario está excarmentado: ¿Quién apoyó mis justas reivindicaciones? ¿No era un privilegiado con mis seguras migajas de queso diarias? ¿Acaso no eran superfluas mis tareas de limpieza, de enseñanza a las crías, de orden en la jaula?
Lo siento, compañeros, no me apoyásteis cuando a mí me tocó el primero... Y ahora, ¡qué importante os parece la solidaridad!
Los gatos nos miran desde lo alto y sonrien.
martes, 28 de septiembre de 2010
sábado, 18 de septiembre de 2010
Sórdidas historias en Los Macías
Leo sorprendido y apenado una noticia en el País de hoy: La Audiencia juzga a un hombre que violó y prostituyó a una niña. Podría ser una triste noticia cotidiana. Todos los días miles, probablemente millones de niños/as en todo el mundo son obligados a prostituirse. Pero a medida que recorría las líneas del texto, surgían en mi memoría lugares, imágenes, situaciones familiares que conectaban la noticia con momentos de mi pasado. Hace ya 30 años.
Algo más diré de aquellas instancias: limpieza escasa, sábanas cambiadas cada semana, intimidad relativa... Aunque pagaba las habitaciones por todo el mes, en alguna ocasión faltaba una semana entera por vacaciones. En una de esas ocasiones, al volver un día antes de lo previsto, me encontré al entrar en mi cuarto al hijo de la dueña durmiendo en mi cama... Aprovechó esa noche que no tenía habitaciones libres para él, al saber que yo no estaría, se excusó...
Allí preparaba mis clases, dormía mis noches, descasaba después de las salidas a cenar y hacer la ruta acostumbrada de bares y locales. Allí estuvo mi novia, después mi mujer, visitándome en alguna de aquellas habitaciones donde yo tocaba la guitarra (o lo intentaba) para deslumbrarla...
Y ahora me entero de que en esas mismas habitaciones, en concreto en la 113, ha sido violada durante dos años, lunes, míercoles y viernes, una niña peruana de 14 años. El suplicio se prolongó durante dos años, de 2005 hasta 2007, y por 100 euros un puñado de miserables se acostaba con la menor que era sistemáticamente recogida de un instituto de Torrejón bajo amenazas y llevada a esas habitaciones donde era violada y grabada. Me sobresalta saber que uno de ellos era el dueño del hostal, persona con la que me crucé tantas veces. Pienso en la dueña y esposa, en el hijo que durmió en mi cama...
¡Qué terribles secretos guardan esas paredes entre las que viví! Trozos de historias terribles, soledades, miserias, ilusiones, decepciones, violencia... ¿Acaso alguna vez ternura?
He pasado por allí este último año. Quise curiosear y me acerqué a la puerta. El Hostal estaba cerrado. Entre sus paredes sólo habitan los fantasmas del horror.
En 1980 tomé posesión en Arganda de mi primer puesto de trabajo. Era la primera vez que viviría de forma independiente, ganando un sueldo y organizando mi vida a mi aire. La situación era excitante. Me parecía haber encontrado un fascinante tesoro. Por mi educación espartana y hábitos modestos busqué un hostal barato. Encontré uno llamado Los Macías, muy céntrico al que se accedía por una calle cerrada que ascendía en rampas escalonadas. En la esquina, en la planta baja, había un bar El Labrador que preparaba un menú suculento. La primera noche maldormí. Me instalaron en la habitación que hay sobre el bar. El ruído del local y de la calle y, sobretodo, los terribles chirridos de los autobuses urbanos me sobresaltaban a cada momento. Pedí cambiar de habitación y me instalaron en otra con acceso al patio interior de la entrada.
Las habitaciones eran sórdidas pero baratas. Suficientes para mí, que apenas alguna vez en mi vida (tenía ya 22 años) había dormido en posadas y hostales. En mi educación primaba tanto el ahorro y la eliminación de lo superfluo que acababa en los restaurantes hasta la última migaja de los menús aún a costa de rebentar. Nada debía desperdiciarse. Así que, para mí, la habitación podía resultar incluso lujosa. Disponía de una cama más bien pequeña, un armario una sencilla mesa y un lavabo. El servicio y las duchas eran comunes en el pasillo. El aislamiento deficiente. Idas y venidas por el pasillo, portazos, voces... todo se oía a través de sus paredes. Una recepción con algún sofá y la televisión era el lugar común. Allí solía estar la dueña ya algunos inquilinos, raras especies que preferían vivir en una fria habitación a la intimidad y libertar de un piso alquilado. Aún he visto, muy desmejorado, a alguno de ellos deambular, 30 años más tarde, por las calle de Arganda.
Ninguna historia estimulante de aquel año. Intenté alquilar un piso en el pueblo pero fue imposible. La desconfianza de la gente, la resistencia a poner en manos ajenas su propiedad y la escasez de viviendas hacía que las entrevistas tuvieran un matiz kafkiano:
- Así que es usted de Burgos... No me gusta la gente de Burgos...
- "Es que los jóvenes sois muy abandonados con el piso, si fueran chicas..."Nada podía contra los tópicos. Intenté que me aceptaran en el piso que tenían alquilado dos compañeras. Les expuse mi necesidad, pero desconfiaron. No me quedó más remedio que pasar en las cutres habitaciones de Los Macías todo un año. Algo más diré de aquellas instancias: limpieza escasa, sábanas cambiadas cada semana, intimidad relativa... Aunque pagaba las habitaciones por todo el mes, en alguna ocasión faltaba una semana entera por vacaciones. En una de esas ocasiones, al volver un día antes de lo previsto, me encontré al entrar en mi cuarto al hijo de la dueña durmiendo en mi cama... Aprovechó esa noche que no tenía habitaciones libres para él, al saber que yo no estaría, se excusó...
Allí preparaba mis clases, dormía mis noches, descasaba después de las salidas a cenar y hacer la ruta acostumbrada de bares y locales. Allí estuvo mi novia, después mi mujer, visitándome en alguna de aquellas habitaciones donde yo tocaba la guitarra (o lo intentaba) para deslumbrarla...
Y ahora me entero de que en esas mismas habitaciones, en concreto en la 113, ha sido violada durante dos años, lunes, míercoles y viernes, una niña peruana de 14 años. El suplicio se prolongó durante dos años, de 2005 hasta 2007, y por 100 euros un puñado de miserables se acostaba con la menor que era sistemáticamente recogida de un instituto de Torrejón bajo amenazas y llevada a esas habitaciones donde era violada y grabada. Me sobresalta saber que uno de ellos era el dueño del hostal, persona con la que me crucé tantas veces. Pienso en la dueña y esposa, en el hijo que durmió en mi cama...
¡Qué terribles secretos guardan esas paredes entre las que viví! Trozos de historias terribles, soledades, miserias, ilusiones, decepciones, violencia... ¿Acaso alguna vez ternura?
He pasado por allí este último año. Quise curiosear y me acerqué a la puerta. El Hostal estaba cerrado. Entre sus paredes sólo habitan los fantasmas del horror.
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jueves, 16 de septiembre de 2010
Liberada sindical
Vuelve nuestra desEsperanza Aguirre, con su eterna mueca de falsa sonrisa, a levantar un nuevo espectáculo político mediático para desviar la atención y acaparar el estrado.
Ahora le ha tocado el turno a los liberados sindicales de su comunidad.
Otra vez la acusación fácil. El buscar los bajos instintos de las masas preocupadas por el paro, la crisis y la inseguridad en el empleo (frutos, por cierto de las políticas liberales que preconiza). Agita los intestinos de la gente bien enterada de los comentarios ligeros y simples de las barras de los bares: "Los sindicalistas no se tocan el bolo", "Son una panda de vagos", "no hacen nada", "están en ese puesto porque son desertores de su curro", "enchufados", "chupones"...
Especialmente sensibilizada como dirigente "del partido de los trabajadores", legitimizada porque es "una pobre de pedir" que "no llega a fin de mes" arremete contra esas personas con ánimo de convertirse en la "tía con más cojones" de la política española en el momento en que su situación está más comprometida: al borde de una huelga general y con la opinión pública desconcertada por la crueldad y duración de esta crisis.
Poco más o menos viene a decir que sobran, que están de adorno, que no curran y que además, son ilegales, pues su número (por ley) debería ser mucho menor.
Como marido de una trabajadora que estuvo liberada durante bastantes años doy fe de que ser liberado sindical no es ninguna ganga. Fueron muchos días de llegar a casa a las tantas debido a las reuniones y trabajo sindical, festivos partidos por la mitad para acudir a menifestaciones, reuniones, congresos, viajes... Preocupaciones sin cuento, cabreos, lágrimas...
Durante años se levantó cada día a las 5:30 de la madrugada para viajar en autobús desde Guadalajara a Toledo volviendo a las 11 de la noche. Noches en que dormía agotada con apenas un saludo, un beso y un vaso de leche.
Llegó a conocer muy bien a los dirigentes de las secciones de la función pública. Participaba de las tediosas reuniones para arrancarles todas las mejoras posibles a sus representados. Estudiaba complejos equilibrios para respetar los legítimos intereses de las partes, vigilando siempre porque los trabajadores obtuvieran acuerdos dignos. Llevaba de equipaje, cada día, los sinsabores y también las alegrias de su trabajo: las zancadillas de sus colegas o los de sindicatos afines, las trampas de los negociadores, el agradecimiento de los empleados, el afecto de los compañeros...
Y yo respetaba su trabajo, muchos más duro que el mío. Escuchaba los comentarios de tanta gente que les criticaba sin explicarme su ligereza al juzgarlos...
Creí que eran personas poco informadas, prejuiciosas, resentidas... pero ahora me encuentro con una exministra de cultura haciendo lo mismo. En esta batalla, no vale todo, señora Aguirre. No cuente con mi voto jamás.
Ahora le ha tocado el turno a los liberados sindicales de su comunidad.
Otra vez la acusación fácil. El buscar los bajos instintos de las masas preocupadas por el paro, la crisis y la inseguridad en el empleo (frutos, por cierto de las políticas liberales que preconiza). Agita los intestinos de la gente bien enterada de los comentarios ligeros y simples de las barras de los bares: "Los sindicalistas no se tocan el bolo", "Son una panda de vagos", "no hacen nada", "están en ese puesto porque son desertores de su curro", "enchufados", "chupones"...
Especialmente sensibilizada como dirigente "del partido de los trabajadores", legitimizada porque es "una pobre de pedir" que "no llega a fin de mes" arremete contra esas personas con ánimo de convertirse en la "tía con más cojones" de la política española en el momento en que su situación está más comprometida: al borde de una huelga general y con la opinión pública desconcertada por la crueldad y duración de esta crisis.
Poco más o menos viene a decir que sobran, que están de adorno, que no curran y que además, son ilegales, pues su número (por ley) debería ser mucho menor.
Como marido de una trabajadora que estuvo liberada durante bastantes años doy fe de que ser liberado sindical no es ninguna ganga. Fueron muchos días de llegar a casa a las tantas debido a las reuniones y trabajo sindical, festivos partidos por la mitad para acudir a menifestaciones, reuniones, congresos, viajes... Preocupaciones sin cuento, cabreos, lágrimas...
Durante años se levantó cada día a las 5:30 de la madrugada para viajar en autobús desde Guadalajara a Toledo volviendo a las 11 de la noche. Noches en que dormía agotada con apenas un saludo, un beso y un vaso de leche.
Llegó a conocer muy bien a los dirigentes de las secciones de la función pública. Participaba de las tediosas reuniones para arrancarles todas las mejoras posibles a sus representados. Estudiaba complejos equilibrios para respetar los legítimos intereses de las partes, vigilando siempre porque los trabajadores obtuvieran acuerdos dignos. Llevaba de equipaje, cada día, los sinsabores y también las alegrias de su trabajo: las zancadillas de sus colegas o los de sindicatos afines, las trampas de los negociadores, el agradecimiento de los empleados, el afecto de los compañeros...
Y yo respetaba su trabajo, muchos más duro que el mío. Escuchaba los comentarios de tanta gente que les criticaba sin explicarme su ligereza al juzgarlos...
Creí que eran personas poco informadas, prejuiciosas, resentidas... pero ahora me encuentro con una exministra de cultura haciendo lo mismo. En esta batalla, no vale todo, señora Aguirre. No cuente con mi voto jamás.
viernes, 10 de septiembre de 2010
La culpa la tiene Zapatero
Tenía que llegar una crisis así para que se liberaran los monstruos del prejuicio, la intolerancia, el revanchismo, la injuria, la acusación fácil y ramplona.
De repente "todos" nos hemos vuelto preclaros economistas. Habíamos previsto desde hace tiempo la llegada de esta crisis, veíamos en nuestra burbuja de cristal la burbuja inmobiliaria, incluso anticipamos que el paro aumentaría... Pero curiosamente seguimos invirtiendo en bonos basura, compramos alegremente el último piso y acudimos a cobrar nuestro sueldo con el ánimo próximo a la beatitud.
Y que bien viene tener un chivo expiatorio: La culpa la tiene Zapatero. Hasta en una obra escolar creada por las madres de los niños de infantil del cole aparecía la coletilla (y era varios años antes de la crisis).
¡Cuánto me gustaría observar a este hombre una tarde en la intimidad de su hogar, en las noches de insomnio que dejan su fruto en las ojeras y arrugas de su rostro!
Aguantar el tiro al blanco, el pin, pan, pun, ser monigote de feria contra el que todos disparan y permanecer ahí, sin torcer el gesto, siguiendo en tu puesto, tratando de hacer lo posible en medio de lo imposible. Consciente de que hay que estar a las duras y a las maduras. En el puente cuando el barco zozobra.
Todos nos llenamos la boca con recetas maravillosas. Desde Aznar a Rajoy, desde Jesús Neira hasta Esperanza Aguirre. Dede mi vecino hasta mi hermano Javi... ¿Será posible tanta unanimidad?
Sería cansado rebatir sus argumentos. No por difiíciles, sino por inutilidad. Símplemente necesitan una cabeza de turco:
"LA CULPA LA TIENE ZAPATERO."
De repente "todos" nos hemos vuelto preclaros economistas. Habíamos previsto desde hace tiempo la llegada de esta crisis, veíamos en nuestra burbuja de cristal la burbuja inmobiliaria, incluso anticipamos que el paro aumentaría... Pero curiosamente seguimos invirtiendo en bonos basura, compramos alegremente el último piso y acudimos a cobrar nuestro sueldo con el ánimo próximo a la beatitud.
Y que bien viene tener un chivo expiatorio: La culpa la tiene Zapatero. Hasta en una obra escolar creada por las madres de los niños de infantil del cole aparecía la coletilla (y era varios años antes de la crisis).
¡Cuánto me gustaría observar a este hombre una tarde en la intimidad de su hogar, en las noches de insomnio que dejan su fruto en las ojeras y arrugas de su rostro!
Aguantar el tiro al blanco, el pin, pan, pun, ser monigote de feria contra el que todos disparan y permanecer ahí, sin torcer el gesto, siguiendo en tu puesto, tratando de hacer lo posible en medio de lo imposible. Consciente de que hay que estar a las duras y a las maduras. En el puente cuando el barco zozobra.
Todos nos llenamos la boca con recetas maravillosas. Desde Aznar a Rajoy, desde Jesús Neira hasta Esperanza Aguirre. Dede mi vecino hasta mi hermano Javi... ¿Será posible tanta unanimidad?
Sería cansado rebatir sus argumentos. No por difiíciles, sino por inutilidad. Símplemente necesitan una cabeza de turco:
"LA CULPA LA TIENE ZAPATERO."
EncTierros
María del Carmen López, de 48 años, murió ayer durante el encierro de reses bravas que celebrabó en Arganda del Rey. La mujer asomó la cabeza a través de los barrotes de una valla pensando que los toros ya habían pasado de largo, sin percatarse de que uno de ellos había quedado rezagado. El morlaco corrió pegado a la talanquera a toda velocidad. La mujer sufrió entonces una cornada en las cervicales y un fuerte golpe en la cabeza que resultaron mortales.
EL PAÍS.COM 10/09/2010
Intento imaginarme lo que siente un toro en nuestras fiestas. Primero encerrado en pequeños toriles tras una vida de completa libertar. Después expulsado hacia una puerta abierta apresuradamente. Recibido por una luz cegadora. Espoleado por voces y ademanes de una multitud que grita, le golpea y le provoca. Así es que sale enloquecido, embistiendo, arrollando cuanto encuentra a su paso.
Si yo fuera toro moriría mantando a todos cuantos pudiera. Si mi muerte fuera arte, la suya sería venganza y justicia.
Escribo esto todavía bajo la impresión que me produjo la muerte de una mujer espectadora de los encierros de Arganda del Rey. Trabajo en este pueblo y hoy, viernes, es fiesta. Estoy ahora en la lejana Guadalajara escribiendo en este blog. Reuno mis recuerdos e impresiones a la luz de este acontecimiento luctuoso.
En el año 83 las fiestas en Arganda, como hoy -los toros son tan sagrados o más que la propia virgen de la Soledad-, tenían alto porcentaje de estos ungulados. Los encierros concetraban el acto más popular y participativo: suponían un magrugón considerable teniendo en cuenta la farra de la noche anterior. Un sol tibio que ya calentaba a las 9. Las calles se poblaban de gente excitada que se dirigía a ocupar un buen puesto tras las talanqueras. En el centro de la calzada se reunían pequeños grupos que estudiban los balcones y alturas desde donde burlar el acoso de los astados cuando su cercanía fuera inevitable.
Normalmente las talanqueras quedaban rápidamente repletas de curiosos y valientes de pacotilla.
Cuando sonaba el chupinazo salían los toros en estampida resbalando por la rampa que los bajaba del camión donde eran transportados. En apenas unos metros, en la más leve curva, derrapaban sobre el asfalto y se derramaban a lo largo de la calle como un negro torrente arrasando la multitud.
Las mujeres gritan con una histeria consentida, casi celebrada. Reclaman atención, cuidado, se asustan, aconsejan... pero en el tono y en la forma parecen pedir sangre. Un encierro calmo seria aburrido. Agarradas con ambas manos a los tubos de metal, apretando su cuerpo, sus senos y sus vientres contra las talanqueras.
En mis recuerdos sigue viva aquella mañana de septiembre, tal día como hoy, en las mismas fiestas en honor de la Virgen de la Soledad que celebra de esta forma sangrienta su 200 aniversario.
Corría el año 1983. Era mi segundo año con destino en aquella localidad. Ya había contemplado el año pasado varios de los encierros. No se acostumbraban estos festejos en el norte, donde yo viví. Ni en Burgos, ni en Ayuela de Valdavia se tienen noticia de estas celebraciones (sin embargo, es curioso, que Saldaña, a apenas 15 kilómetros de mi pueblo tiene documentada la corrida de toros más antigua que se conoce). Así pues, estaba excitado, curioso y animado a saltar al medio de la calle y retar mi valor aguantando lo más posible la llegada de los astados. Sin embargo, el miedo -o la prudencia- hicieron que, ante un toro rezagado que se arrancó de prongo hacia la multitud me diera la vuelta y corriera hacia las talanqueras más próximas. Llegué con el tiempo justo hasta ellas pero al intentar pasar al otro lado me encontré con el cuerpo firmemente amarrado de una mujer gruesa que gritaba histérica sin apartarse un milimetro.Tuve que, literalmente, empujar su orondo cuerpo para lograr un mínimo espacio donde guarecerme. El muchacho que venía tras de mí intentó entrar por el mismo espacio pero ya era imposible desplazar más allá aquella persona irritada que nos insultaba por desalojarla de su bien guardado mirador.
Con un escalofrío vi pasar fugazmente las astas del toro a escasos centímetros del pecho del joven que se había quedado indefenso aplastado contra los tubos de la valla. Apenas pasado el toro me recriminó que no le dejara hueco: ¡Pero si apenas me han dejado pasar a mí!
No vi en el rostro de la mujer espanto, ni arrepentimiento... acaso indignación por habérse arrebatado su sitio.
Miserias de la vida. Absurdo de una muerte así.
EL PAÍS.COM 10/09/2010
Intento imaginarme lo que siente un toro en nuestras fiestas. Primero encerrado en pequeños toriles tras una vida de completa libertar. Después expulsado hacia una puerta abierta apresuradamente. Recibido por una luz cegadora. Espoleado por voces y ademanes de una multitud que grita, le golpea y le provoca. Así es que sale enloquecido, embistiendo, arrollando cuanto encuentra a su paso.
Si yo fuera toro moriría mantando a todos cuantos pudiera. Si mi muerte fuera arte, la suya sería venganza y justicia.
Escribo esto todavía bajo la impresión que me produjo la muerte de una mujer espectadora de los encierros de Arganda del Rey. Trabajo en este pueblo y hoy, viernes, es fiesta. Estoy ahora en la lejana Guadalajara escribiendo en este blog. Reuno mis recuerdos e impresiones a la luz de este acontecimiento luctuoso.
En el año 83 las fiestas en Arganda, como hoy -los toros son tan sagrados o más que la propia virgen de la Soledad-, tenían alto porcentaje de estos ungulados. Los encierros concetraban el acto más popular y participativo: suponían un magrugón considerable teniendo en cuenta la farra de la noche anterior. Un sol tibio que ya calentaba a las 9. Las calles se poblaban de gente excitada que se dirigía a ocupar un buen puesto tras las talanqueras. En el centro de la calzada se reunían pequeños grupos que estudiban los balcones y alturas desde donde burlar el acoso de los astados cuando su cercanía fuera inevitable.
Normalmente las talanqueras quedaban rápidamente repletas de curiosos y valientes de pacotilla.
Cuando sonaba el chupinazo salían los toros en estampida resbalando por la rampa que los bajaba del camión donde eran transportados. En apenas unos metros, en la más leve curva, derrapaban sobre el asfalto y se derramaban a lo largo de la calle como un negro torrente arrasando la multitud.
Las mujeres gritan con una histeria consentida, casi celebrada. Reclaman atención, cuidado, se asustan, aconsejan... pero en el tono y en la forma parecen pedir sangre. Un encierro calmo seria aburrido. Agarradas con ambas manos a los tubos de metal, apretando su cuerpo, sus senos y sus vientres contra las talanqueras.
En mis recuerdos sigue viva aquella mañana de septiembre, tal día como hoy, en las mismas fiestas en honor de la Virgen de la Soledad que celebra de esta forma sangrienta su 200 aniversario.
Corría el año 1983. Era mi segundo año con destino en aquella localidad. Ya había contemplado el año pasado varios de los encierros. No se acostumbraban estos festejos en el norte, donde yo viví. Ni en Burgos, ni en Ayuela de Valdavia se tienen noticia de estas celebraciones (sin embargo, es curioso, que Saldaña, a apenas 15 kilómetros de mi pueblo tiene documentada la corrida de toros más antigua que se conoce). Así pues, estaba excitado, curioso y animado a saltar al medio de la calle y retar mi valor aguantando lo más posible la llegada de los astados. Sin embargo, el miedo -o la prudencia- hicieron que, ante un toro rezagado que se arrancó de prongo hacia la multitud me diera la vuelta y corriera hacia las talanqueras más próximas. Llegué con el tiempo justo hasta ellas pero al intentar pasar al otro lado me encontré con el cuerpo firmemente amarrado de una mujer gruesa que gritaba histérica sin apartarse un milimetro.Tuve que, literalmente, empujar su orondo cuerpo para lograr un mínimo espacio donde guarecerme. El muchacho que venía tras de mí intentó entrar por el mismo espacio pero ya era imposible desplazar más allá aquella persona irritada que nos insultaba por desalojarla de su bien guardado mirador.
Con un escalofrío vi pasar fugazmente las astas del toro a escasos centímetros del pecho del joven que se había quedado indefenso aplastado contra los tubos de la valla. Apenas pasado el toro me recriminó que no le dejara hueco: ¡Pero si apenas me han dejado pasar a mí!
No vi en el rostro de la mujer espanto, ni arrepentimiento... acaso indignación por habérse arrebatado su sitio.
Miserias de la vida. Absurdo de una muerte así.
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