En los primeros capítulos pensé, como muchos, que era un loco gracioso con cierta vocación de payaso, un exhibicionista desvergonzado... pero, vistos ya media docena, empiezo a reconocer que realmente le gusta lo que hace, que le importa un bledo lo que piensen de él y que sabe muy bien lo que quiere hacer en este mundo (un mundo bien grande, del que él ha escogido un país remoto y exótico para casarse y trabajar). Pensé que se le acabaría la cuerda en media docena de capítulos, pero veo que ha dado con la varita mágica y será capaz de rodar una larga serie.
Hoy me lo he pasado tan bien contemplando una tras otra sus azarosas exploraciones por las selvas tailandesas, sus encuentros insospechados con bichos, su relación "de colegas" con sus cámaras, sus descacharrantes problemas con el gps, la policía, los exóticos personajes a los que trata con una naturalidad y respeto (aunque luego bien se ríe de todo el mundo, empezando por él mismo); que he decidido dedicarle una entrada de mi blog.
Tan lejos, pero también tan cerca, de aquel otro personaje (otro gran animal televisivo) que fue Félix Rodríguez de la Fuente, Francisco Javier Cuesta es leonés y tiene 41 años. Su vida profesional iniciada como prometedor tenista se vio frustrada por las lesiones y desde entonces va de un lado a otro como la pelota del deporte en que se inición. Así, animada de rebotes imprevisibles, ingresó en la prestigiosa escuela de entrenadores de Nick Bolletieri en Florida y, ganada la confianza de su director, se fue a Talilandia a montar una sucursal de la misma: la Frank Cuesta Tennis Academy. En un nuevo rebote de la vida, se casó con una conocida modelo y cantante tailandesa con la que ha tenido cuatro hijos Z (Zipi- que murío- Zape, Zorro y Zen). Su academia marchaba estupendamente y él aprovechó todo su tiempo libre para explorar el maravilloso país en que residía. Con su emblemático uniforme (atuendo de tenista con gorra vuelta, pequeña y ajada mochila, chaclas rojas de goma...) exploraba las selvas del país, habiendo llegando a perderse durante días enteros en la selva de Bruma y tener que ser rescatado después de sobrevivir precariamente. Fascinado por la vida salvaje realizó estudios de herpetología (estudio de reptiles y anfibios) y se interesó por todos los detalles de la biología del entorno. Pronto, debido a su afición, fue reclamado para desalojar serpientes, encontrar tarántulas escondidas en los armarios, rescatar pequeños dragones... Encontrando que, en el país, nadie se preocupaba de los reptiles que capturaba (y nunca mataba) decidió fundar la Asociación de Ayuda a los Reptiles en Talilandia. Grababa pequeños videos caseros de sus "pequeños salvamentos" de animales salvajes que acabaron llamando la atención de la TV tailandesa con la que realizó un programa llamado "Mirad esto" que ocupó el horario de máxima audiencia. El equipo de "Callejeros viejeros" le encontró siguiendo la pista de un extraño rumor que afirmaba que en Bangkok vivía un Indiana Jones español que estaba como una cabra. Tras el programa ambientado en Tahilandia, realizará uno en España "La selva en casa" y piensa ya en proyectos africanos...
La naturalidad, el desparpajo, la desinhibición que muestra en las formas sorprenden incialmente, incluso pueden producir inicial rechazo, pero a medida que se nos muestra en cada momento de su vida, de sus rodajes, de sus aventuras descubres su calidez y afloran momentos de ternura. Vive la vida como un niño. Escucha la llamada de la vida y acude a ella dispuesto a comérsela a mordiscos si es preciso. Ha sufrido la picadura de 16 serpientes, una infección de triple cepa de malaria, dos comas, un accidente de helicóptero... Un periódico sensacionalista Tailandés ha realizado una encuesta para pronosticar el año en que morirá y se apuesta a más temprano que tarde... Pero Frank ha superado las mordeduras de la vida. Es él quien muerde con ferocidad: mordiscos a las adversidades, al conformismo, al aburrimiento.

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