Y, la verdad, se hacía necesario un paseo para bajar el contenido del aperitivo que acababan de terminar; un "ligero" tentempié a base de migas, pan de pueblo, vino, lomo, morcilla, torrezos, chorizo, somarro, morrera, dulces matencados y chupito de moscatel; todo ello de libre repetición. Las XXIX Jornadas gastronómicas de la Matanza habían comenzado con esta parrillada de carnes a las 11:30, y ahora, apenas una hora después estábamos de vuelta para "la comida fuerte del día", hasta de 11 platos de matanza que recorrían toda la topografía del cerdo y todas sus edades: desde el cochinillo, hasta el jamón ibérico, pasando por las mollejas, salchichas, manitas guisadas, picadillo, lengua escabechada, ensalada de oreja, pluma de cerdo y postre variado; todo ello regado de vinos, licores e infusiones varias. Un cortante de sorbete puso el punto seguido a la primera tanda de viandas porcinas.
Este entretenimiento gastronómico nos tuvo ocupados la mayor parte de la tarde. Algunos agradecimos los radiadores de hierro forjado de los salones pues fueron el alivio de nuestros muslos pegados a los pantalones que chorreaban agua. Mientras los platos se sucedían el cielo seguía descargando cortinas de agua agitadas por el frío viento soriano. Al acabar, en torno a las 6 de la tarde, se dio paso a un baile donde, inexplicablemente, algunas parejas tuvieron fuerzas para ensayar unos pasos antes de rendirse y replegarse a las sillas o a los grupos de conocidos. El pequeño soportal de la entrada era visitado frecuentemente en tandas sucesivas para el desahogo del cigarrillo; los ceniceros de la baranda aparecían repletos de colillas apagadas con las boquillas aplastadas a modo de púas erizadas sobre los recipientes.
Yo busqué el refugio de la taberna aledaña (de los mismos dueños), mucho más tranquila, que tenía una chimenea generosa que me secó completamente las perneras. El grupo aguantó hasta las 8 de la tarde, momento en el que volvimos a la carrera a los autocares bajo el aguacero implacable.La vuelta aún presentó algunos incidentes que pusieron de mal humor a uno de los responsables. Entre algún que otro mosqueo y el orujo, acabó recitando a gritos una loa a la bebida con dedicatorias obscenas a los políticos que, no sé muy bien, a cuento de qué les habían dado vela en ese entierro. Denegué amablemente la invitación a su bota de orujo y me dormí. Mi cuerpo ya no aguantaba más aquel día cochino.

Esta obra de Jesús Marcial Grande Gutiérrez está bajo una


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