jueves, 5 de junio de 2014

El apabullante peso de las palabras.


Nuestro familiar diccionario on  line Wikidedia defina la comunicación como "el proceso mediante el cual se puede transmitir información de una entidad a otra. Los procesos de comunicación son interacciones mediadas por signos entre al menos dos agentes que comparten un mismo repertorio de signos y tienen unas reglas semióticas comunes."

Lo saco a colación  porque, confieso, me parece estar sufriendo importantes problemas de comunicación  con mis semejantes más próximos. En realidad debo acotar el repertorio de signos al habla y sus elementos: las palabra hablada y las reglas de la semiótica en la conversación.  Comunicación implica: emitir y recibir, hablar y escuchar. Para que esta interactividad sea justa hay que ponderar tiempos, contenidos, hay que ser equitativos en el uso de la palabra, repetar los turnos y adecuar mutuamente entre emisor y recetor de los procesos implicados  (codificación-decodificación).

En mi caso (como muchos otros) encaro este proceso desde una clara desventaja: en el canal auditivo-verbal mis órganos receptores, los oídos, presentan una capacidad deficiente (hipoacusia neurosensorial media). Esto no impide una conversación aceptable en un ambiente relajado y sin ruidos con una o dos personas; pero en una reunión más numerosa, o con ambiente bullicioso, o conversaciones superpuestas, o acústica inadecuada, o hablas rápidas o deficientes; pierdo o confundo fragmentos que me hacen trabajosa e insatisfactoria la experiencia. Cuando sobrepasa ciertos límites se hace odiosa y llega un momento en que te invade la frustración y la rabia, llegando a asumir sentimientos de incompetencia e idiotez. Uno trata de informar a sus semejantes, les advierte, les muestra sus dificultades y su desagrado pero el hábito se impone y las conversaciones, los sitios, las costumbres de siempre vuelven a regir el proceso en nuestra forma habitual (muchas veces a voces,  volviendo al sitio más ruidoso -"el ambiente", dicen- , en cuestión de minutos, a veces segundos). Uno acaba por rendirse y emprende el camino hacia la misantropía.

Malo, de por sí, aún es peor si tu oído es taladrado por un tínitus continuo, por un chorro de vapor que parece viejo como el mundo. Este silbido que te perfora se añade a los sonidos del emisor voviéndose aún más trabajoso y difícil su descifrado. El acúfeno, por otra parte, penetrante y enloquecedor, te agota psiquicamente, interfiriendo en todo proceso mental (no solo comunicativo).

Si a esto añadimos un pensamiento reposado, posibilista, paralelo más que secuencial, obtenemos una capacidad de elaborar respuestas pausada, comprobadora, lenta. En otras  palabras que "dado el costo yo no hablo gratis". Me pienso las intervenciones y, sólo después de bien meditadas, me decido a comunicarme. Sin embargo, muchas veces, he de dedicar toda mi capacidad de proceso a decodificar mesajes irrelevantes, frases intrascendentes, fórmulas sociales sin valor comunicativo alguno... Normalmente llego a olvidarme de mis propios pensamientos en aras de entender necedades que nada me dicen pero que al emisor que tengo enfrente le producen un placer evidente. Ese cotorreo de secuencias-basura, de reduplicaciones, de tantras locutivos me pone de los nervios. Con lo que cuesta desifrar un mensaje se me hace insoportable que lo inflen de aire: ¡al grano!
Tan costosa me es la comunicación-recepción que me reservo la mayor parte de las energías (y el uso del audífono) para el trabajo y las reuniones sociales más importantes.

Los castigos sociales a que te condena una sociedad como la española (vocinglera, coral, llena de estereotipias verbales) son devastadores. La soledad y la depresión es la pena menor. Siento como una dictadura el apabullante peso de las palabras de las personas con verborrea incontenible (confieso que muchas veces me da igual  que tengan razón o no, lo que quiero es que se callen). Por poner un símil: en la mínima cobertura de mi móvil producen una saturación de líneas.

Estoy seguro de que el uso de la palabra es una de las más poderosas y sutiles formas de manipulación. Desde el efecto de primacía (la primera intervención) al de recencia (última intervención) -ojo en las asambleas con los que piden siempre estos turnos de palabra-, hasta el abuso del turno (el típico pesado que agota los tiempos para que nadie más pueda intervenir -conozco muchos directores que aplican esto en los claustros), pasando por la creencia de estereotipos como que "el que calla otorga", o incluso la presentación manipulada de la información (la "letra pequeña" de una exposición donde se cuela lo que pretendemos imponer) . No os engañéis: ninguna comunicación es inocente.

Por eso permitidme que os escuche atento pero crítico, justo pero desconfiado, callado pero exigente... y permitidme también que os hable: celoso de mi turno, escueto y preciso en lo posible; y por pavor, permitid que me equivoque, dadme la oportunidad de elaborar un mensaje erróneo. Tengo tanto derecho a equivocarme como el que más: al fin y al cabo me he tragado tantos procedentes de vosotros sin rechistar tantas veces...

Microrrelatos (86 palabras): Clones


En el año 2000 se terminó de secuenciar el genoma humano. Algunos años después los ordenadores operaban con facilidad sobre los 3.200 Mb de bases del ADN. En el año 2078 una computación muy desarrollada era capaz de digitalizar cada molécula del cuerpo de una persona y mediante impresoras 3D biomoleculares reconstruirlo hasta en sus mínimos detalles: incluso con sus pensamientos y recuerdos. Pronto cada cual encargó su provisión de clones. 
Como en un estúpido juego virtual, los humanos hacían ahora las guerras con vidas infinitas.   

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miércoles, 4 de junio de 2014

Promiscua soledad


La más dolorosa, la más humillante, la más hiriente de las soledades es la que se produce en compañía. Acabo de regresar de la comida de fin de curso donde, se supone, la camaradería reina y todos se sienten integrados y unidos. Y realmene parece ser así para la mayoría, excepto para unos pocos, para muy pocos, para la unidad autógrafa que está escribiendo ahora.
¡Qué triste suena la canción del mudo en la sinfonía coral! ¡Qué pobre la gris contribución de la paleta de un ciego en el gran cuadro plástico colectivo!  ¡Qué impotente el esfuerzo del sordo por entender el sentido de la conversación, la chispa de la charla!

Hace tiempo que sé que debo limitar mis conversaciones al radio del medio metro, sopesando en cada momento la posibilidad de aburrir a mi interlocutor al que intento monopolizar en medio de los deslumbrantes fuegos artificiales de algarabía colectiva. Minuto a minuto me trago el orgullo de preguntar continuamente de quién se habla, qué chiste era ese, cual es el tema de la conversación... Cruzo la mirada inescrutable con los ojos que me interpelan, intento descifrar el gesto  incomprensible vedado de un contexto que no entiendo, sonrío simplemente en medio de la lluvia de carcajadas ante un chiste fugaz que no llegé a descifrar...

Este no comprender, no reaccionar, no encontrar sentido a los otros... ese autismo sobrevenido por la incapacidad de oir, de entender... tiene el sangrante plus de saber lo que te pasa, de sufrir la consciencia de tu soledad...  Porque no me queda ni el  callado consuelo de la escucha, pues nada entiendo; ni el bálsamo de la propia iniciativa pues en la costura sólo alcanza a la primera puntada.  No me queda más que la sonrisa bobina, la mirada imperturbable, la cara de poker. Desear que se acabe cuanto antes, tener algo en las manos, beber de la copa (y procurar que sea agua lo que contenga), degustar el guiso y salir corriendo, buscando la misericordiosa soledad del que está solo.
                                

Microrrelato (94 palabras): La fiesta de los peces.


Temía el momento de la fiesta con los compañeros: la comida con su animada charla, los chistes y las bromas rebotando entre los comensales, el fin de fiesta vocinglero... Decididamente todos se encontrarían como peces en el agua: ¡Todos menos uno! Él, no podía ser pez payaso, ni estrella de mar, ni siquiera tiburón... acaso debería conformarse con el silencio de la ostra. Se sintió habitante de otro mundo,  poseedor de alas que surcaban mares diferentes: en la fiesta de los peces la rana se divierte media hora, la paloma se ahoga en un minuto.

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martes, 3 de junio de 2014

Microrrelato (93 palabras): El sherpa


Llevaba el doble de equipo que aquel inglés, tan cansado. En el último escalón vertical se adelantó a tender la cordada jugándose la vida. Al llegar a la cima le tendió la mano en su último esfuerzo. El inglés le pidió fotos, muchas fotos: él solo contra el fondo azulado del Himalaya. En el campamento base radió la noticia: "Alcancé la cima en solitario: mi nombre entrará en la historia".   El sherpa, silencioso, guardó sus 6.000 euros y se fue a negociar la próxima expedición a la tienda de un insolente deportista americano. 

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Este obra de Jesús Marcial Grande Gutiérrez está bajo una 

lunes, 2 de junio de 2014

La Feria del Libro

¡Ya llegó la Feria! No la Feria de los caballitos, los coches de choque, tombolas, los fuegos artificiales y los puestos de tapeo: sino una feria de atracciones tan extraordinaria que incluye todo eso y mucho más pues dentro de ella caben todos los lugares, todas las aventuras y todas las emociones imaginables. Llegó la feria del libro.

Sí, amigos, del 30 de mayo al 15 de junio se celebra en el parque del Retiro la 73º Feria del libro de Madrid. 



Nada menos que 502 expositores, en 364 casetas, que mostrarán muchos de los 81.000 títulos que se han editado en España en el año 2013.  Fijaros si es importante que 1 de cada 5 libros que se venden cada año en el país se hace en est0s 15 días en la feria. Es tan interesante que más de 800 autores pasarán por ella para firmar sus libros a los que lo deseen.  

Crónica de nuestro corresponsal biblitecario.

El domingo, 1 de junio, amaneció tibio y soleado. Después de la lluvia del día anterior era el momento perfecto para dedicar la mañana a acercarse al Retiro y pasear tranquilamente entre las casetas de la feria. Próxima al Hospital del Niño Jesús está una de las puertas del Parque que, en apenas 200 m. nos llevó a unode los extremos de la larga fila de casetas. Justo allí un equipo móvil de la cadena de radio SER realizaba un programa en directo: estaban entrevistando a Almudena Grandes una autora que quizás vuestros papás conozcan. 
   
Es curioso contemplar uno de esos programas con una pequeña carpa bajo la que se instalan las mesas al aire libre, los controles de sonido, los grupos electrógenos insonorizados, la presentadora y los invitados  con sus auriculares y micrófonos...Después dela entrevista la autora se dirigió a su caseta (medio kilómetro más allá) pues la esperaban muchos admiradores (hasta media hora tuve que esperar yo para que me firmara la novela "Las tres bodas de Manolita", su último éxito. 

Luego empecé el recorrido por el amplio paseo, con casetas a ambos lados y muchísimo público (muchos niños como vosotros). En buena parte de las casetas había autores firmando sus obras. Muchos me sonaban o me eran conocidos. Es sorprendente verles en "carne y hueso", tan frágiles, tan humanos... pues uno tiende a idealizarlos, a pensar en ellos como una especie de dioses lejanos. Con una sonrisa o la mejor de sus caras firmaban a sus admiradores ejemplares de sus obras. 

¡Había tanta gente...! Todos se tomaban con mucha calma el caminar frente a las casetas; muchos se paraban a ojear los ejemplares. Los niños cogían sus cuentos y empezaban a leerlos directamente (y, a veces, los acababan porque eran cortitos). Había también muchos famosos firmando: directores de cine, periodistas, incluso personajes de cuento firmado porque, cuando eres famoso, suele darte por escribir libros, digo yo. Allí vi a Álex de la Iglesia, a José Luid Garci (que son directores de cine) por ejemplo.

Los mayores nos interesamos por escritores más serios Fernando Sabater, Rosa Montero, Javier Marías, Almudena Grandes, Rosa Montero, Álvaro Pombo, Jesús Ferrero, Luis García Montero, Javier Reverte, Andrés Ibáñez, Julia Navarro, Dolores Redondo... pero los había demedio mund: el irlandés John Connolly, la francesa Anna Gavalda, los ingleses Neil Gaiman y Ben Brooks, el colombiano Jorge Franco, el cubano Leonardo Padura y los chilenos Isabel Allende y Rafael Gumucio. Cineastas como Alex de la Iglesia; fotógrafos como Chema Madoz. Incluso encontré algún viejo conocido como Javier Urra que fue defensor del menor en la CAM hace años y me firmó un libro que regalé a mi mujer.
Pero los niños tenían lugares especiales para ellos: desde casetas de editoras especializadas como Kalandraka, hasta talleres de cuentos con tableta digital de Samsung. Y, muchas, muchas, casetas con libros infantiles.
Así, sin darme cuenta, se me pasaron las tres horas ¡y no había visto ni la mitad!. Llegó la hora de comer, así que tuve que dejar la feria. Lo bueno también se acaba.








Microrrelato (92 palabras): Su propia medicina.


En aquel camping de París el niño, hijo de unos conocidos, se reía con el engreimiento que dan 10 años malcriado mientras me provocaba:  "Me cago en todos los chinos de Cuenca". Le recriminé seriamente  su comentario mientras que sus padres, sin embargo, lo tomaron a broma. Entonces comprobó que me era molesto y añadió con tono cruel: ¡Putos rumanos!, mientras echaba a correr por el sendero. Estaba volviendo la cabeza para ver si le perseguía cuando chocó con una gruesa señora que volvía su tienda. Ésta le increpó: ¡Espagnol de merde!   

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