martes, 29 de septiembre de 2009

De caza.



Hoy estoy experimentando la caza de personas de mi pasado con la poderosa herramienta de del buscador de Google.
Es curioso, del medio centenar de compañeros que convivimos en Arévalo, posiblemente la mitad aparecen en el buscador. La mayoría son profesores. Algunos de ellos siguen siendo maristas como Carpintero, Ángel Muñoz, ... Muchos otros profesores como es el caso de J. L. Benavides. Muchos de los nombres con sus dos apellidos entrecomillados nos remiten a las más variopintas profesiones: empleados de banca (CajaDuero: Ángel María Álvarez) , agentes inmoviliarios, miembros de Un grupo espeleológico (Edelweis: Domingo de Pedro), programador de microsoft (Francisco García), traductores (Ricardo García), agricultores que venden castañas (Jesús Marcos), inventores de sencillas patentes (Anastasio Moreno), Jefes de la sección Técnica del Agua en Valladolid (Pinillos) ... pero no es seguro que todos sean los antiguos compañeros... Nombres y apellidos coinciden a veces en múltiples personas. Aunque filtro por edades, perfiles, referencias... muchas veces queda la duda. Los aquí reflejados parecen coincidir con los buscados (residen en España -preferentemente Castilla/León, tienen en torno a 50 años, profesiones medias, algunos se relacionan con la educación o los maristas... En algunos casos hay tantos que descarto confirmarlo como excompañero y paso al siguiente. Estos casos son mayoría. Hay tantas personas con mismo nombre y apellido que se vuelve aventurado asignar "futuro" a aquellas imágenes de compañeros que dormitan en mi memoria. Dejo la tarea para más adelante. Necesito más información para establecer un filtro esclarecedor. Además, aún la red está muy verde. No aparece constancia de muchas personas. Al menos no en los buscadores.
De todas formas tomo nota de mis hallazgos. Quizás algún día me ponga en contacto con ellos... ¿Eres tú fulanito de tall, que estudió en los maristas de Arévalo en los años entre 1971 -1973? Yo soy Jesús ¿me recuerdas? Ponte en contacto conmigo si quieres compartir recuerdos...

viernes, 4 de septiembre de 2009

La buena y la mala acción.

Miércoles, 3 de septiembre. Escucho por la radio esta noticia que luego busco en la prensa digital para reproducir aquí.

Un ciudadano francés descubre 100 mil euros en la basura y los devuelve



París.- Un francés encontró 100.000 euros (142.000 dólares) pertenecientes a una pareja de ancianos en un cubo de basura y los devolvió, informó hoy el diario francés "La Voix du Nord" en su edición online.

El hombre en un primer momento pensó en cumplir su sueño con el dinero y comprarse una caravana, pero luego se dio cuenta de que su deber era devolverlo. El dinero pertenecía a una pareja de ancianos.
El dinero se encontraba en una caja de metal que el hombre retiró de un volquete en un almacén de materiales de construcción cerca de Lille.
Cuando el hombre y la mujer se mudaron a un asilo de ancianos, la hija regaló las pertenencias de sus padres, incluyendo la caja. Al hombre que la encontró le llamó la atención y la tomó sin abrirla.
Gracias a un sobre que se encontraba en la caja, el hombre encontró a los dueños del dinero.
Según confesó al diario, en un primer momento pensó en cumplir su sueño con el dinero y comprarse una caravana, pero luego se dio cuenta de que su deber era devolverlo.

DPA


La locutora se vuelca en loas al altruísta individuo. A mí me viene a la memoria una vieja historia que me contaron mis padres. Historia parecida pero de final opuesto y en la que se cambia la esperanza por la amargura.

Son mis padres personas muy viajeras. Me refiero a viajes de zapato y últimamente de coche desvencijado. Son mayores pero aprovechan siempre que pueden una salida a los pueblos de alrededor. Así pues un día se acercaron con su viejo seat 127 amarillo hasta Estépar, un pueblo de los alrededores de Burgos. Aparcaron a las afueras y empezaron un paseo junto a los cerezos abandonados, que salpican los alrededores de la vía de un tren. Al pasar por una caseta en ruinas encontraron una maleta. La maleta en perferto estado. Nueva. La abrieron y encontraron varios fajos de billetes en divisas de varios países. Mis padres no supieron calcular la cantidad pero a juzgar por el grosor de los fajos era importante. También había dinero nacional. Varios fajos de billetes de mil, de las antiguas pesetas.
Ciudadanos cumplidores de su deber, postergaron sus muchas necesidades de familia pobre, sin casa en propiedad, ni ahorros, con 4 hijos pequeños que mantener; y se dirigieron con la maleta a una comisaría de Burgos donde entregaron la maleta y dieron cuenta detallada de las cirsustancias del hallazgo. El guardia de turno se hizo cargo de la valija. Agradeció escuetamente su colaboración y sin ningún otro trámite les despidió.


Nada trascendió del hecho en los días siguientes. Mi madre consultaba los periódicos, escuchaba la radio... pero ninguna noticia se refería al extraño encuentro y entrega de la maleta a la policía.

Mi madre empezó a desconfiar por la falta de noticias. Puede que esperara su "momento de fama" o, más probablemente, le extrañara que no apareciera una noticia como esta. Como las que ella solía leernos a menudo: historias de niños buenos de Operación Plus-Ultra, de buenas acciones...


Finalmente un día se acercó a la comisaría y, disimuladamente, dejó caer que mi padre (trabajaba de agente judicial en el juzgado) había comentado en el trabajo el hecho y que, extrañamente, no había llegado al juzgado ninguna notificación oficial.

Algunos resortes debieron moverse pues al día siguiente apareció una escueta nota en la prensa local.
Lo que no explica la nota es que en el atestado del suceso nada decía de las divisas extranjeras indicándose sólo la presencia de divisas nacionales.

¿Qué hacer cuando es la propia policía la que roba?



lunes, 20 de julio de 2009

En la luna

Me han atribuido el viaje a nuestro satélite frecuentemente. Me refiero a la popular expresión "estar en la luna". Sí, soy propenso a los viajes espaciales.
Pero hoy se celebra el 40 aniversario de la llegada de los primeros hombres al suelo lunar. Imágnenes que vimos por TV y que recuerdo.
El día 20 de junio de 1969 tenía 11 años. Vivía en un minúsculo piso abuardillado en la calle del Barrio Gimeno en Burgos. No teníamos televisión. Es posible que nuestros padres nos hubieran hablado del importante acontecimiento que se avecinaba. Lo cierto es que nos despertaron hacia las dos de la madrugada y, recién arrancados del sueño, la luna nos importaba un pepino. Casi a la fuerza y frotándonos los ojos pasamos a casa de nuestros vecinos que sí tenían tele. Allí nos juntamos varias familias. Los niños en pijama delante del televisor , sentados en el suelo y medio dormidos. Los mayores atendiendo reverentemente sentados y recostados en la pared. Los adultos habían permanecido de guardia a la espera del descenso al suelo lunar del comandante Neil Armstrong entretenidos con las informaciones y conexiones preliminares. Cuando el pie se posó suavemente en el polvo lunar marcando ese sencillo y sugerente diseño se escucharon murmullos de admiración.
Estuvimos aún más de una hora delante de la televisión, en penumbra, viendo unas imágnes, bastante lentas y aburridas. A mí me parecía natural que se llegara a la Luna y no había por qué montar tanto jaleo ¡Y mucho menos despertarme a medianoche!
Cuando conté ese verano a mi vieja abuela en el pueblo de Ayuela que los hombres habían llegado a la luna, no quiso creerme. Pensó que eran exageraciones o bromas de nieto. Más tarde asistí asombrado a numerosas investigaciones que ponían en duda este hecho (aportaban sugerentes pruebas fotográficas, argumentos relacionados con la carrera espacial e incluso apuntaban a que fue Stanley KIubric quien filmó las secuencias en un estudio del desierto de Nevada). Pero no tenía tanta importancia. Sólo era cuestión de fechas. El suceso era del todo previsible.
Aquella noche en Burgos era una noche calurosa. Antes de acostarnos de nuevo eché un vistazo por la claraboya del techo abierta al cielo estrellado. Entonces tuvo lugar mi primer viaje personal a la luna en el Apolo XI de mi imaginación.

viernes, 17 de julio de 2009

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte IV: Las avispàs.

Paseábamos mi hermano y yo junto con otro chico del pueblo de Ayuela en compañía de mi madre por una de las huertas (situada justo al lado de la calle de La Fragua). Íbamos curioseando por aquí y por allá mientras mi madre se había adelantado unos metros. Por un momento nos quedamos mirando un agujero que había en el suelo y en torno al cual revoloteaban algunos insectos alados. El chico que nos acompañaba quiso explorar el agujero y metió el palo removiendo su interior. Una enjambre de avispas, como un pequeño tornado, salió y se dirigió hacia la cabeza de mi hermano pequeño (nosotros más avispados -¿se dirá así por las avispas?-, ya habíamos echado a correr). Se cebaron en él durante largos segundos hasta que mi madre vino corriendo e intentó quitar a manotazos el enjambre sobre su cabeza. Las avispas la tomaron entonces con ambos y sólo la presencia de un pequeño manantial cercano en el que sumergieron la cabeza les salvó probablemente la vida.Mi hermano estuvo varios días con la cara hinchada y mantuvo durante mucho tiempo un pánico especial por estos insectos

."Por cierto... todavía estoy buscando al responsable de meter el palo en el avispero... SE BUSCA, para arreglar cuentas...

martes, 14 de julio de 2009

El secreto del liderazgo: las tripas llenas.

Verano de 1973. Walden 3, ciudad joven, se asentaba en el imponente edificio del juniorado marista de Tuy. Casi un centenar de jóvenes nos formábamos para ser futuros hermanos maristas. En el instituto de la localidad cursábamos 5º y 6º y, uno de los meses de las vacaciones escolares los pasábamos en en aquellas instalciones, realizando todo tipo de tareas: desde ejercicios espirituales a suaves trabajos agrícolas, pasando por un amplio repertorio de actividades: estudio, paseo, deporte, excursiones, música, fiestas, etc...
Cierto día, nos sorprendieron a todos organizando una actividad muy orininal. Casi era un atrevimiento. Desde el punto de vista de la responsabilidad de nuestros formadores podía calificarse de osada y arriesgada. Se trataba de formar grupos y darmos libertad para organizar una ruta de 4 días con sus noches por la zona, incluyendo la posibilidad de alejarse más de 30 kilómetros. Todo esto en tienda de campaña y con un fondo para alimentos prefijado.
Recibimos encantados la propuesta. A nuestros 15-16 años la posibilidad de convivir en pandilla y libres de cualquier adulto durante tres días nos excitaba. Los hermanos habían calculado la cantidad para manutención en 80 pesetas por persona y día. Era lo que el hermano ecónomo había calculado que gastábamos en nuestro internado. También debíamos comunicar con antelación el lugar a donde nos dirigiríamos. Por estar en 6º y ser jefe de nudo (grupos en que estábamos organizados), me nombraron responsable y jefe del grupo.
Así que, un luminoso día de madrugada, salimos alborozados a los caminos de Galicia. Habíamos previsto dirigirnos a La Guardia. La ruta seguía a grandes trazos los 30 kilómetros de carretera que unen ambas localidades. Así que avanzamos orillados a la izquierda y cargados con nuestras mochilas, la tienda de campaña... Preguntámos aquí y allá por algún sendero o atajo para alternar la monotonía del asfalto. En uno de esos frescos caminos de Galicia una mujer con un cesto de manzanas, nos llamó desde la puerta de su pequeño huerto:
- ¡Eh, pobriños, venid! ¿Vais a la guerra, verdad? Tomad, coged estas manzanas...
Aunque le explicamos el objetivo de nuestra excursión no pareció entendernos y, divertidos, acabamos cogiendo las manzanas y agradeciéndo a la pobre mujer estas frutas que nos ahorrarían algunas pesetas del escueto presupuesto.
A medio día paramos para comer. La comida se compuso de varios bocadillos con embutido que compramos en algún pueblo del camino. Un largo rato de descanso y volvimos al camino. Ibamos sin prisa bromeando todo el tiempo. Nunca negábamos una parada cuando la curiosidad o el cansancio nos lo pedían. Así que a falta de unos 8 kilómetros para La Guardia decidimos acampar y pasar el resto de la tarde en un hermoso prado cerca del camino. Montar la tienda, preparar las mochilas, acercarse al cercano arrollo a enfriar el agua de las catimploras... todo lo hacíamos como si de una pequeña fiesta se tratase. Éramos completamente libres sin sentir por ningún lado el ojo vigilante de los hermanos. Llegó la noche. Hicimos un pequeño fuego. Nuestro pequeño fuego de campamento no fue muy original. Algunas bromas, malos chistes, otra cena con bocadillos y leche con cola-cao, más fruta... Finalmente nos metimos en la tienda y tras algunos minutos de trajín el baile de las linternas en la lona se apagó. Al llegar la medianoche todos dormíamos cuando, de repente:
- ¡Salid ahora mismo! ¡No podéis estar aquí! ¡No queremos que acampen gitanos cerca del pueblo!
Una decena de hombres armados con palos y provistos de linternas rodeaban la tienda. Estaban realmente enfadados. Dentro de la tienda cundió el desconcierto y el pánico. Por un momento pensamos que era la Guardia Civil, pero al salir de uno en uno y contemplar la fiera mirada de aquellos hombres nos temimos lo peor. Ellos se nos observaban extrañados al vernos tan jóvenes. Su enfado se tornó asombro.
- ¿No sois gintanos? Habíamos pensado que érais gitanos que veníais a acampar aquí. No queremos que los gitanos se queden en las tierras del pueblo. No traen más que problemas. Nos habían dicho que unos gitanos habían acampado aquí... pero ¿Quienes sois vosotros? ¿Qué hacéis aquí?
Les contamos como pudimos el objeto de nuestra actividad. Se tranquilizaron y pidiendo disculpas se retiraron murmurando quedamente en dirección al pueblo. Dormimos como pudimos pensando que nos habíamos librado por poco de una somanta de palos.
Al día siguiente recogimos el campamento aún con la mosca tras la oreja. Huimos, mas que marchamos, de aquel prado y pronto, las dos horas de camino hasta La Guardia, nos hicieron olvidar el incidente.
Pasamos el día en la Guardia. Era el sitio perfecto. Mar, río y montaña. Nos bañamos en la desembocadura del Miño. La playa era hermosa y, en ese día estaba poco frecuentada. Cogimos mejillones en las rocas. Pescamos camarones y cangrejos en las orillas. Todo acabaría en unos macarrones con tomate. Además de galletas, fruta y alguna delicatesen que nos procuramos: pastelillos y chocolate. Éramos siete bocas que devoraban con frenesí. Yo como responsable y ecónomo forzado pensaba, con preocupación, que el presupuesto no llegaría al tercer día...
Por la tarde subimos al monte Santa Tecla. Cuando el sol se abatía ya veloz sobre mar, preparamos la cena. La sopa de sobre era barata y había que ahorrar. Las salchichas franfurt baratas, el segundo plato. Esa noche no había problema para instalar la tienda. Había zonas de acampada libre. Con los últimos refejos del sol en el horizonte pensamos lo que haríamos el día siguiente. En un principio habíamos pensado llegar a vigo por la costa. Pero, ya nos quedaba claro que no tendríamos tiempo, ni muchas ganas de andar tampoco. Eran 50 kilómetros andando. Propuse una idea arriesgada. Mi plan era coger el autobús hasta Vigo. Eso nos consumiría una buena parte del presupuesto alimenticio, pero podríamos arriesgarnos. Nos hacía ilusión llegar a Vigo. Había que reservar también dinero para la vuelta. Practicamente no nos quedaba nada para pasar el día, pero... ¡Dios proveerá!
Al día siguiente recogimos la tienda y nos presentamos con nuestras mochilas en la parada del autobús. Pagué preocupado comprobando la delgadez de nuestros fondos. Mis compañeros charlaban felices contemplando el paisaje y felicitándome por la idea del autobús.
El día en Vigo empezó bien. Habíamos acabado la leche y las galletas, así que nuestros estómagos aún estaban gratamente reconfortados. Lo que no sabían mis compañeros es que tendríamos que comer 7 personas con el presupuesto de 1. Pasamos la mañana visitando el puerto. Nos hicimos fotos en las gigantescas anclas oxidadas frente al mar, en un viejo cañón de las defensas del puerto, ante los grandes buques... Llegó la hora de comer. Les avisé que hoy la comida sería escasa. Compramos una lata grande de sardinas y una hogaza. Nos supo a poco. Nos quedamos francamente con hambre. Deambulamos por Vigo para matar el gusanillo con las curiosidades de sus calles. Al final de la tarde estábamos buscando algún sitio donde poner la tienda. Podeis imaginaros lo difícil que es encontrar, en plena ciudad, un lugar donde acampar. Finalmente, en un descampado rodeado de altos eficicios instalamos la tienda. Fue una noche marcada por los retortijones (no hubo cena) y el miedo a una nueva aparición de vecinos o autoridades. Sorprendentemente a nadie pareció importarle la presencia de nuestra tienda. Por la mañana la recogimos y nos dispusimos a pasar un largo día de ayuno.
Volvimos al puerto. Pero no había la misma ilusión. Además el hambre avinagraba el caracter de todos. Algunos murmuraban. Otos se quejaban abiertamente.
- ¡Dios, que hambre! ¡Será tonto el tío este que no ha guardado dinero para comer hoy!
Yo, el jefe, iba quedándome solo. Me sentía mirado de reojo. Veía el fastidio que les producía la situación. Incluso mis mejores amigos se callaban cuando les pedía con la mirada una palabra de aliento... Parece ser que decidí erróneamente. Yo guardaba celosamente el dinero de vuelta en el autobús, pero aparecieron ya las insinuaciones de gastárnoslo en unas cuantas barras de pan...
Finalmente aguijoneado por la necesidad, intenté una salida desesperada. Me dirigí al colegio Champagnat (un colegio enorme de los hermanos maristas en Vigo) y solicité hablar con el director del colegio. Me hicieron esperar en una agradable sala y después pasé al despacho. Conté al director nuestra aventura y la necesidad en que nos encontrábamos. Me preguntó sobre algunos detalles y le di cuenta de nuestra última comida del día anterior. Se despidió de mí invitándome a que esperara en el gimnasio con mis compañeros un momento. Nos llevaron a luminoso gimnasio cubierto de madera. Allí nos sentamos a esperar. Al poco rato nos llamaron. Nos condujeron a una sala con unas mesas repletas de aperitivos y refrescos. Para 7 gatos la comida de 7 leones. Asombrados dimos cuenta de todo ello, tal es el hambre que teníamos. Luego nos permitieron visitar las insalaciones del centro. Allí pasamos la tarde. Llegado el momento cogimos el autobús y nos presentamos en el colegio a la hora de cenar.
Cuando llegamos los hermanos nos preguntaron por el incidente del colegio. Evidentemente habían hablado por teléfono contando que uno de los grupos "había llegado al convento pidiendo alimento y asilo". Sorprendentemente no hubo bronca alguna. Creo que incluso les pudo parecer bien que hubiérmaos sabido salir del paso, aunque fuera con el fácil recurso de pedir ayuda "a la familia". Allí nos enteramos de que a todos los grupos les había pasado lo mismo. El dinero no les llegó. Algunos tuvieron suerte y "dicen" encontraron un billete de 500 pesetas en el camino... otros habían llevado un "depósito de emergencia" (no estaba permitido en las normas de la actividad)... Supongo que, aparte de querer espabilarnos, algo había de concienciación de lo que realmente cuesta mantenernos y los esfuerzos que han de hacer para que no saliéramos muy caros a la congregación...
Por mi parte, fui aclamado como excelente lider, por la satisfecha tropa de tripas llenas y durante toda la tarde y en días sucesivos escuché lisonjas alabando lo listo que era y lo bien que había resuelto la situación.

jueves, 18 de junio de 2009

Consumo: Este es el triste tema de esta canción.

Evidentemente los nuevos tiempos, ponen el intermitente, y me adelantan como una exhalación.
Soy personaje del siglo pasado. Uno de aquellos niños pobres de los suburbios que exploraban en la basura para encontrar sus propios juguetes y tesoros. En unos tiempos en que la basura ya había sido reciclada cuidadosamente en origen. ¿El reciclado un invento de hoy? ¡Ja! De niño conocíamos todas las escombreras, casas abandonadas, vertederos incontrolados... y allí teníamos nuestro supermercado. Entonces poníamos a buen recaudo nuestras adquisiciones en ocultos escondrijos. Guardábamos todo lo que nos interesaba. Lo que llamaba nuestra atención. Nada comprábamos.

Pero hoy...
Escucho las noticias: -"Hay que incentivar el consumo para salir de la crisis"... -"Las familias tienen que gastar, para impulsar el mercado..."

Pero... ¿No era al revés? ¿No había que ser ahorrador para poder tener algo en la vida?
¿Dónde quedó aquello de "Quién no ahorra un duro cuando puede no tendrá uno cuando quiere"? Se me rompen los esquemas.

Tengo mi pequeño garage abarrotado de cajas con pequeñas piezas recopiladas de los desguaces de mis electrodomésticos averiados, muebles, pequeñas máquinas del hogar... Se trata de motorcillos, cables, todo tipo de tornillería, engranajes... Ocupan un precioso (y carísimo) espacio en mis escasos metros cuadrados edificados. Me aproximo al síndrome de Diógenes. Un las cajas apiladas se abatirán sobre el coche y lo acribillarán con la metralla del terrorismo reciclante.

Reciéntemente me instalaron una puerta corredera con mando a distancia. El operario dejó algunos tornillos en el suelo. Al verme recogerlos me contó esta anécdota.

"Mire, yo antes, guardaba los tornillos que me sobraban en una gran caja de madera que teníamos sobre una estantería. Cuando algún tornillo quedaba viudo le enviabamos en gracioso vuelo hacia la caja. Un día decidimos bajarla. ¡No pudimos entre los tres! Pesaba ya como un demonio y tuvimos que utilizar una carretilla elevadora de pales para bajarla! Desde entoncen no recojo nada. Es más práctico utilizar lo nuevo y en cada momento." Y, poniendo en práctica su propio pensamiento, cambió la pieza que no funcionaba y puso otra nueva sin examinarla siquiera.

La vida está llena de anécdotas así. Los talleres de coche son el paradigma de estas prácticas de la modernidad. Mi viejo lada a punto de pasar su última revisión pasó por el taller... Los mecánicos veteranos pusieron mala cara y me sugirieron que no perdiera el tiempo... Un joven mecánico con su FP recién terminada se puso a bricolearme el motor y con soluciones ingeniosas, usando bridas en los manguitos y cosas así... me dejó el coche a punto... Sus compañeros le echaron la bronca: ¡Has perdido el tiempo! Le dijeron... A mí, el chico, me cayó simpático... me recordó a mí mismo.
Mi cuñado, sin ir más lejos, tuvo que pagar 800 euros por un ordenador a bordo de su citroen al haberse roto una patilla. Los mecánicos no quisieron arriesgarse con una simple soldadura: ¿seguridad o vagancia?

En mis tiempos de maestro joven me aficioné a la pretecnología. Esa especie de bricolaje científico con materiales de desecho me entusiasmaba. Hice un montón de cursillos y, en cuanto pude, me lancé a dar clases en el cole de esta asignatura. Vale. A los chicos les gusta. Esto marcha. Pero cuando empiezo a pedirles motorcillos de desguace de sus juguetes, cablecillos, bombillitas, chapa de hoja de lata, maderillas, gomas... surge un rosario escusas:
- Es que en mi casa no hay...
- Mi padre dice que dónde hay que comprarlo...
- Mi madre tira todo eso a la basura...
- Lo tenía pero mi madre lo tiró y además me riñó por guardar porquerías...
Decido entonces crear un depósito de materiales... Abarrotamos el taller con cables, puntas, maderillas... Las señoras de la limpieza me declararon enemigo público durante todo el curso...

No hay forma de conciliar mi vieja educación con los nuevos tiempos. El consumismo empuja. Mi mujer ataca cada fin de semana con su asalto al Corte Inglés. Esa batalla deja heridas en nuestras vidas. Yo sigo con mis pequeños desguaces. Lo siento. Soy un romático.

jueves, 11 de junio de 2009

El traje nuevo del emperador.



Hace muchos años vivía en un lejano país un emperador tan honrado que, para no gastar los impuestos de sus súbditos en vestidos iba siempre desnudo. La ciudad en que vivía el emperador era muy alegre y bulliciosa. Sus súbditos estaban encantados con él. Emperadores vecinos le visitaban a menudo y le animaban por su valiente defensa de las arcas públicas. Todos aplaudían su altruísta decisión.

¡Qué bien te sienta la desnudez! - le decían. Y alababan su sacrificio por el pueblo.

Un día corrió el rumor de que el emperador había visitado en secreto un sastre para que le hiciera un traje... La gente del reino se indignó:

- ¡Son infundios de sus envidiosos enemigos! ¡Nuestro emperador jamás se haría un traje. Él sólo piensa en sus súbditos y nos da ejemplo con su digna desnudez!

Todo su pueblo salió en su defensa.

- ¿No veis lo desnudo que está? ¿No veis que no oculta nada?

La gente miraba y ¿sabéis lo que veía? Sólo la pálida piel blanca y desnuda. Pura como la de un niño.

El emperador, enternecido por las muestras de afecto, se deshacía en elogios a los más allegados de su corte:
- "Gracias, por vuestro desinteresado afecto. Os quiero un ... montón"

El Emperador se hizo aún más popular. Era querido y amado por su pueblo. Muchos se manifestaron en su favor y le entregaron su confianza ciega. Se paseaba orgulloso delante de sus vasallos. La gente le adulaba:

- ¡Tu desnudez te honra!
- ¡Tu auténtico traje es la valentía!
- ¡Tu cuerpo sin tapujos representa la verdad!

- ¡Pero si va vestido con un traje nuevo! -exclamó de pronto un niño.

La gente miró con estupor. Empezaron a oirse comentarios entre la multitud.

-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron alabando la digna desnudez de su emperador en cueros.