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sábado, 25 de agosto de 2018

El sueño indio

Picoteando por aquí y por allá en la inmensa montaña de contenidos que Google nos vuelca cada vez que tecleamos alguna palabra que nos intriga he llegado a un artículo que rápidamente despertó mi interés.

El artículo, en cuestión comentaba que el ministro de educación de Francia había ordenado a las escuelas públicas que advirtiesen del peligro que representa el juego del foulard. Esta diversión se la llama así aunque no siempre se utilice el pañuelo. Este pasatiempo consiste en apretarse el cuello hasta provocar la asfixia y sentir sensaciones alucinógenas por la disminución del oxígeno y el aumento del gas carbónico en el cerebro.


Inmediatamente me vinieron a la memoria imágenes muy nítidas de este juego, aparentemente inocente para los que lo prácticábamos. Nosotros lo llamábamos el sueño indio. Estoy hablando de hace la friolera de 40 años. Lo conozco bien porque yo mismo lo practiqué.

Lo aprendí en Tuy (Pontevedra). En aquellos años de 1973 yo estudiaba en un internado con un centenar de compañeros. Vivíamos el desconcierto y las turbulencias de la adolescencia con nuestros 15 años. Los educadores maristas que nos atendían se cuidaban de dotarnos de un ámplio repertorio de actividades culturales, sociales y deportivas. Sin embargo, siempre abundan los tiempos muertos, los rincones ocultos, los momentos para la confidencia, la conspiración y la magia. Una de las actividades más sugestivas que nos fuimos mostrando unos a otros era el dormir a un compañero con el sueño indio. Buscábamos un lugar semioculto bajo alguno de los grandes eucaliptos de la residencia. Siempre éramos un grupo pequeño pero casi nunca -gracias a Dios- éramos sólo dos. Alguno proponía el juego y rápidamente, tocado de la curiosidad, un voluntario aceptaba ser "el dormido". Había algo de incredulidad y de reto en esta aceptación. Nos parecía casi imposible, mágico diríamos, que de una manera tan sencilla doblegaran nuestra consciencia. El juego era más o menos así: El voluntario tenía que hacer 20 flexiones (con esto se conseguía una respiración agitada y un consumo elevado de oxígeno en el cuerpo), luego debía cerrar los ojos y contener la respiración. A continuación con los dedos indice y medio, o bien con los pulgares, un compañero presionaba las carótidas a la altura del cuello. No era necesario hacer una presión excesiva. En pocos segundos nuestro compañero caía como un trapo al suelo. La pérdida de conocimiento duraba algunos segundos más y en ocasiones se sucedían algunas convulsiones. Esto nos fascinaba. En una proporción preocupante el dormido tardaba más de la cuenta en despertar, entoces lo agitábamos y dábamos algunas tortas para espabilarle. Todo quedaba en secreto como un juego iniciático que nos hacía sentirnos especiales y en participar de "sensaciones fuertes".
Para el dormido el despertar era desconcertante: veía las risas de sus amigos; poco a poco tomaba conciencia de lo sucedido y contaba las breves experiencias alucinatorias que había sentido: puntos de luz, sensaciones de vuelo, de bienestar... Luego pasaba turno y él era el encargado de "dormir" al compañero.

Seguí buscando en internet artículos relacionados con el tema. Resulta que este juego ha provocado ya centenares de muertes en todo el mundo. Está documentada esta actividad en prácticamente todos los países. Hoy en día han surgido asociaciones de padres afectados cuyos hijos han muerto o estuvieron a punto de hacerlo. Hay webs sobre juegos peligrosos en la adolescencia que la situan en lugar preferente por su peligrosidad. Tal es su incidencia que en cada país se la conoce por un nombre diferente ("el sueño azul", "aeroplaneando", "el foulard", "sueño azul", "el apagón", "sueño californiano", "juego del morirse", "el ascensor", "cruzar al otro lado", "andar por las nubes", "juego del nokeo" (Knockout Game), "viaje al cielo", “Cinco minutos en el paraíso”, “el despegue”, “viaje al más allá”, “el crucero del placer” ...). Estos nombres tan sugerentes dan idea de la extraordinaria fascinación que pueden producir en los chicos. Las distintas variantes de este peligroso juego se extienden a otros ámbitos: el erotismo de la axfisia durante la actividad sexual, el uso de sogas, pañuelos, cinturones para provocarse un "viaje" solitario y sin drogas...

Todas estas actividades, pero especialmente las practicadas en solitario, suponen un riesgo elevadísimo. La hipoxia (falta de oxígeno en el cerebro) puede producir daño cerebral e incluso la muerte. Esta actividad es tanto más peligrosa en cuanto que los padres no detectan señal alguna de su práctica: no hay marcas, no precisa de producto alguno, las secuelas no son detectables inmediatamente, los chicos no tienen alteraciones de caracter por su práctica ... Los hijos más inocentes del mundo, los más sanos y deportistas pueden haberlo practicado.

Hace años, en Torres de la Alameda, en el centro oí cometar su uso a un alumno. Como educadores, debemos estar alerta a su posible práctica entre nuestros alumnos. Para ellos es un juego. Para todos los demás su posible entierro.


La práctica más secreta

Los monjes budistas del Tíbet ya conocían estas prácticas como ha demostrado la reciente apertura de los templos donde permanecían en secreto murales de contenido iniciático ricamente coloreados y vedados al público general.

Los murales secretos del Tíbet son al budismo lo que la Capilla Sixtina al cristianismo. En los de la capilla privada del Dalái Lama en Luhhang, existen pinturas vedadas durante tres siglos a los "no preparados" ("No se debe enseñar el vacío a quién no está preparado para ello").
Lukhang es un pequeño palacio de tres plantas en la ciudad sagrada de Lhasa. En el tercer piso del templo, en una penumbrosa estancia, un inmenso y colorido tríptico muestra prácticas de sexo tántrico, deidades iracundas y técnicas secretas de meditación que, entre otras cosas, incluyen el estrangulamiento como medio para inducir experiencias cercanas a la muerte. Son escenas que, desde el s. XVIII, cuando ser pintaron, apenas habían tenido acceso a los lal'ais lamas y sus maestros, monjes yoquis tántricoa. Por razones de peso: eran peligrosas para los no iniciados.
Entre los murales "prohibidos" de lukhang destaca "El maestro introduce al estudiante en la presencia pura". En él, un yogui presiona la carótida a un alumno para introducirle una experiencia cercana a la muerte más allá de la mente conceptual. Es una técnica secreta de iniciación tántrica, la puerta del acceso indispensable hacia el budismo Vajrayana. Se trata de una técnica que solo podía ser aplicada por un maestro competente y en una habitación oscura.

DOCUMENTACIÓN
https://www.xlsemanal.com/conocer/arte/20180319/murales-tibetanos-budismo-tibet.html#foto7
https://www.taschen.com/pages/es/company/blog/1212.presentamos_murals_of_tibet.htm
https://youtu.be/i997q3lGkzM

viernes, 20 de enero de 2017

Una palabra por mil imágenes 45: "Poder"

El poder corrompe, bien lo sabemos. Intentamos ponerle límites dotandolo de fecha de caducidad, acompañándolo de poderes paralelos y vigilantes, sujetándolo a leyes superiores... Pero el poder lucha por zafarse aspirando a la omnipotencia. El poder tiene incluso la facultad de modificar el pasado desde el presente: corrompe la historia, la falsea a su antojo para perpetuarse, para borrar los pecados pretéritos testigos de su carnalidad, de su condición de Dios impostado. Diríase que es como un anillo pde dominio forjado por Sauron en tierra de los elfos y que te concediera el don de la invisibilidad. No me extraña que aquellos que sueñan con él se aferren a su posesión y lo persigan. Solo así pueden existir. Solo ese poder es capaz de ocultar sus flaquezas. Es su querida posesión: su tesoro, su Anillo de
Poder.



"Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos,
un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas."""

— Tolkien, 1993.


El Anillo Único contenía los poderes de todos los demás anillos de poder y los regentaba. Tenía la facultad de volver invisible a su dueño o hacer visibles las cosas que estaban ocultas, Permitía además conservar la apariencia y la longevidad. Su portador podía leer la mente de quienes usaban los anillos menores, controlarlos y esclavizarlos por completo. Otro de sus poderes era la capacidad de aumentar los que ya tuviera el propietario y así un personaje poderoso podría volverse demasiado grande y terrible. Acababa dominando a su portador provocando el deseo irresistible de su posesión. Aquel que portara el anillo, resultaba utilizado y devorado por él, alimentándose de su vida y haciéndola cada vez más insoportable, hasta el punto de solo preocuparse por el anillo.


Hoy, 20 de enero de 2017, un singular personaje se colocará en su dedo el anillo del poder. Con todo tipo de artimañas, con tretas propias de un orco formado en el fango, un empresario mediocre, una popular personalidad televisiva, un empresario de ética dudosa; asume el poder de la principal potencia del planeta. En su mano el gigantesco poder de los botones nucleares, la jurisdición sobre eficaces agencias gubernamentales, la potestad sobre el ejército más moderno, la  autoridad sobre el destino de millones de persona... Su campaña recibió, que recibió cobertura mediática sin precedentes y atención internacional, estuvo plagada de declaraciones en entrevistas, en las redes sociales y en las discursos de la campaña que eran probadamente polémicas o falsas. El odio resplandeció como el maligno fulgor del Anillo Único durante toda la campaña.

Trump, el hijo una inmigrante escocesa, el nieto de inmigrantes alemanes; poseído por el anillo del poder, arremete ahora contra los inmigrantes: les obligará a pagar sus propios muros, les perseguirá con saña de agente de la Gestapo, prometiendo expulsarles por tierra, mar y aire.

Trump, el empresario, el emprendedor inmobiliario, el mago financiero de los negocios en ruinas, el que publicó a finales del 2007 un libro de título esclarecedor: "Piensa en grande y patea traseros en los negocios y la vida".

Trump, el showman de The Apprentice (El aprendiz) en la cadena NBC. El que se excitaba indecentemente cuando decía a uno de los concursantes de su reality sohw: "¡Estás despedido!"

Trump, el verborréico, al que definen sus declaraciones perfectamente como paleto (El calentamiento global es un "engaño", y es un concepto "creado por y para los chinos para hacer que el sector manufacturero estadounidense pierda competitividad"), el megalómano («Muéstrame a alguien sin ego y yo te mostraré a un perdedor»,«vpy a hacer América grande otra vez», «Putin siempre habla bien de mí», «¡Mirad, mirad, la cantidad de cámaras que me siguen!», «Me quieren todos, también los hispanos…» «Son millones los que están viniendo al Partido Republicano gracias a mí»,"Si yo llego a estar al mando, dudo que los terroristas del 11S hubiesen entrado al país"), el antidemocrático ("Aceptaré los resultados... si gano"), el gansteril ("Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos"), el racista ("Pido el bloqueo completo y total a la entrada de musulmanes en EEUU" ), el misógino (-y aquí hay textos literales vergonzosamente chabacanos-: "darle a tu mujer objetos de valor es un terrible error", "Las mujeres son, en esencia, objetos estéticamente agradables", "El acoso sexual en el ejército es algo totalmente esperable", "La leche materna es repugnante", "Todas las mujeres odian los acuerdos antes del matrimonio porque quieren cazar fortunas", "La mejor parte de cualquier película es cuando hacen callar a las mujeres" "no me gustan las mujeres "cerdas gordas, perras, patanes y animales asquerosos"), el rijoso ("Si eres famoso puedes coger a las mujeres por el coño" "Sería bonito ver cómo una modelo de Playboy se pone de rodillas"), el xenófobo (México nos envía a la gente que tiene muchos problemas, que trae drogas, crimen, que son violadores"), el grosero ("Él mismo,-declara-  y los Estados Unidos «no tienen tiempo de ser políticamente correctos»), el cínico ("Soy protestante, soy presbiterano. He tenido una buena relación con la Iglesia Cristiana. Creo que la religión es algo maravilloso. Creo que la mía es una maravillosa religión.")...

A los 70 años, se convertirá en la persona con mayor edad y riqueza en asumir la presidencia, la primera sin servicio militar ni cargo político ejercido anteriormente, y la quinta en haber perdido la elección por voto popular. Estadounidenses: ¿Sabéis realmente a quién habéis elegido vuestro presidente? ¿Sabéis a quién habéis entregado el "Anillo de Poder"?

Acaso es ya demasiado tarde, quizás finalmente enloquecido de felicidad al haber conseguido el preciado Tesoro cometa algún error fatal y caerá, junto con el anillo, al magma del Orodruin. Y su mundo, y el nuestro, será destruido. 

miércoles, 18 de enero de 2017

Una palabra por mil imágenes 44: "Fénix "

La solución está en nosotros mismos, pero hay que saber encontrarla. Esta parece una de las lecciones que nos ofrece la vida, pero que solo algunos aprenden. Tanto en los problemas de índole psicológica como en los  puramente materiales. Quizá la salvación del pasaje del Titanic estaba en el mismo barco como ya sugerí una vez (al fin y al cabo ese buque era una gigantesca caja de herramientas) o las más terribles tragedias tenían la solución al alcance de la mano: sólo hace falta tener unos ojos que miren "y vean". Dicen que había  un pájaro que resucitaba a partir de sus cenizas. Quizás las cenizas tienen su utilidad y su importancia. Quizás las cenizas permitan la supervivencia del 
Fénix. 


El Fénix, según cuenta las leyendas, era un ave fabulosa que era consumida por el fuego cada 500 años, para luego resurgir de sus cenizas. Según algunos mitos, vivía en una región que comprendía la zona del Oriente Medio y la India, llegando hasta Egipto, en el norte de África. Su figura es un mito muy presente en la poesía árabe. Los escritores de la antigüedad lo describen así: "Cuando le llegaba la hora de morir, hacía un nido de especias y hierbas aromáticas, ponía un único huevo, que empollaba durante tres días, y al tercer día ardía. El Fénix se quemaba por completo y, al reducirse a cenizas, resurgía del huevo la misma ave Fénix, siempre única y eterna. Esto ocurría cada quinientos años." 
No se puede negar un componente místico y religioso a la leyenda pues el Fénix muere para renacer con toda su gloria. Tampoco podemos evitar una sensación de perogrullada revestida con envoltorio  poético: ¿Acaso no "resucita", es decir "se prepetúa",  cada ave en el huevo que desarrolla e incuba? Al fin y al cabo nuestros padres, de alguna manera, resucitan en nosotros.

Aprovechando este mito, Robert Aldrich filma una película en 1965 de la que luego se realiza un remake en 2004 a cargo de Jhon Moore. Ambas tienen un argumento similar y están basadas a su vez en la novela de mismo título de 1964, escrita por Elleston Trevor). El film cuenta la historia de un vuelo que, tras una tormenta, ha de realizar un aterrizaje de emergencia en el desierto. El avión sufre daños que lo dejan inutilizado y los supervivientes se disponen a sobrevivir. Los espectadores reconocemos esa situación pues ha dado pie a numerosas películas ("Viven" sin ir más lejos). Incluso existen precedentes reales de situaciones parecidas. Como en todas ellas, se suceden los intentos por escapar: agotadoras expediciones hacia algún oasis lejano, intentos de solicitar ayuda a beduinos hostiles... todas ellas acabadas en tragedia. Cuando la apatía y la resignación se van imponiendo, uno de los pasajeros pasajeros, un diseñador aeronáutico alemán que se había mantenido al margen, propone construir un pequeño avión, utilizando para ello partes útiles del avión siniestrado. La tarea es titánica, pero entre la carga del avión encuentran algunas herramientas y equipos que pueden servirles para este propósito. Al principio la idea es rechazada por el capitán pero,al no existir otra alternativa, finalmente se aprueba y todos deciden colaborar para salvar sus vidas. El grupo entiende que el autor intelectual de la idea es un ingeniero de aviación, pero estalla la crisis al revelarse que, en realidad, es un constructor de aparatos de aeromodelismo. Ante la perspectiva de que un diseñador de "juguetes" les ha infundido falsas esperanzas se indignan con él. El ingeniero finalmente logra convencerles de que diseñar un aeromodelo no difiere sustancialmente del diseño de cualquier avión: los requisitos de ingeniería son los mismos, y aún mayores. Finalmente, el engendro de aeroplano monomotor, de aspecto bastante primitivo, es terminado y bautizado Phoenix, en honor a la leyenda del ave Fénix que resucita de sus cenizas.

Por supuesto, el avión logra elevarse y, en unas secuencias emocionantes, alcanza su objetivo: llegan a una zona habitada.

La idea de la película es factible. Los productores construyeron realmente un monomotor a partir de piezas de un avión real desguazado para la ocasión. El ajuste a la realidad fue tal que durante el rodaje, el extra y piloto de pruebas Paul Mantz se mató al intentar un aterrizaje de prueba del Phoenix original, hecho de los restos de un C-82. La filmación continuó, ya que estaba casi terminada, usándose un avión ensamblado sustituto, un North American O-47A para terminarla.

Interesante película, ejemplo de buen cine, que tuvo un considerable éxito de taquilla. La idea argumental es aprovechada en muchas otras "Seis días y siete noches", por ejemplo. Ejemplo de MacGyver de esos que como dice Anne Heche en la película citada es capaz de montar un supermercado con una navaja multiusos. Me ayuda a creer que la máxima que propongo al principio de la película es cierta: En nosotros mismos está la solución: sólo hay que saber encontrarla.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Una imágen y mil palabras 28: Psicosis

En una ocasión conocí a una persona esquizofrénica. Al parecer padecía una variante de la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob (comunmente conocida como la enfermedad de "Las vacas locas". Se trataba de una niña de unos diez años, una criatura normal hasta que comenzó a comportarse de manera extraña. Yo debía darle clases particulares, así que me presentaba en su domicilio un par de días a la semana. Todavía recuerdo sus comentarios mientras hacíamos los deberes del curso. Refería que oía voces en su interior, que una persona mala le decía que me odiaba, que era malo, que debía pegarme... En ocasiones, de forma brusca, me insultaba. Parecía poseída por algún demonio maligno a tiempo parcial. Su estado empeoró. Su madre y su hermana mayor estaban angustiadas. Esta última se era blanco de sus frecuentes amenazas. En una ocasión la madre la encontró pegándola con saña. La madre acudió al hospital y los especialistas empezaron a estudiarla. Debido a ello dejé de impartirle clases. En mi última visita la madre me contó sobrecogida que la había sorprendido el día anterior sentada en el sofá y mirando maliciosamente a su hermana  mientras le decía en voz alta: "La voy a matar, voy a matar a tu niña..."

No pude evitar recordar horrorizado esta secuencia. No pude dejar de pensar en la terrible posibilidad de que cumpliera su amenaza, de que se materializara un crimen como el ya conocido de la película
Psicosis. 


Quiero, antes que nada, advertir que la conducta asesina del psicópata que presenta esta cinta no es, con diferencia, la conducta común en los psicópatas; y mucho menos si están tratados convenientemente. La mayoría de ellos llevan una vida completamente inofensiva para sus congéneres y, con sus peculiaridades y limitaciones, pueden vivir en el seno de la sociedad. He conocido a otras personas que padecen esquizofrenia y viven su vida de manera más o menos autónoma, aunque precisen de la tutela de familiares, amigos o profesionales. La gran mayoría deja en paz a la gente y repercuten sus problemas sobre sí mismos. Socialmente dan "el cante", pero muchos pueden adaptarse y llevar una vida relativamente normalizada.

No es el caso del personaje genialmente interpretado por Anthony Perkins, cuya doble personalidad encarnada por una madre protectora y posesiva le convierte en un asesino a su pesar.

La celebérrima escena de la ducha, que aquí presento, nos muestra a Marion (interpretada por Janet Leigh) acuchillada por el otro yo (el materno) de Norman. El pequeño fragmento del film es una obra maestra (de un director genial); no sobra ni falta un solo plano. La música de Bernard Herrmann, complementa perfectamente las imágenes.

El rodaje dejó su huella en la protagonista: "Leigh quedó tan afectada por la escena cuando la vio, que no se duchaba a menos que fuera absolutamente necesario; aseguraba todas las puertas y ventanas del cuarto de baño, y dejaba la puerta de la ducha abierta."

domingo, 30 de octubre de 2016

Una palabra y mil imágenes - 17: Posesión

Una noche, hace muchos años, cuando era aún adolescente terminé a altas horas de la madrugada de leer un libro que me tenía absorto desde el día anterior. Se trataba de "El exorcista" de William Peter Blatty, que basó su libro en un acontecimiento de 1984 del que había oído hablar en la Universidad Jesuíta de Gerogetown.

Hacia las tres de la noche cerré el libro, pero ya no pude dormir. Imaginaba mi cama moviéndose bruscamente por el cuarto y sentía la fétida y helada presencia del demonio bajo el somier esperando que alguno de mis miembros sobresaliera por los bordes. No me atreví a moverme acurrucado en el centro del colchón. Sentía mi cuerpo próximo a una inevitable

posesión.


Hay que situar mi visión de esta película en su contexto. Tenía yo diecisiete años y acababa de abandonar mis estudios religiosos en los Hermanos Maristas en Salamanca. Había cursado COU y, al haber suspendido química en junio, debía presentarme a la selectividad en septiembre. Mis antiguos hermanos maristas habían accedido a hospedarme un par de días en el postulantado para que pudiera realizar los exámenes y allí pasé una noche. Pero, acabado el examen, junto a otro compañero nos escabullimos del edificio hacia las diez de la noche y nos fuimos a ver la última sesión de esta película. 
El saltar por una ventana, el huir entre las sombras, el recorrer un par de kilómetros en la noche salmantina y entrar en la oscuridad de la sala para contemplar el catálogo de horrores de la cinta se conjuran para sentir la película de un modo especial. Cuando días después recreé la historia con la novela en las manos, como ya he contado, no pude dormir. 

Por primera vez ante una película sentí que, ante una posesión demoníaca, no podía hacer nada. Daba igual la voluntad, la bondad, la fortaleza... el demonio era invencible. Tan sólo una intervención divina en forma de exorcismo (y no siempre) podía devolverte a tu estado de persona humana. Esa horrible impotencia me pareció aterradora. Y jamás en la vida tuve tanto miedo. 

jueves, 22 de septiembre de 2016

Una palabra y mil imágenes - 1: Desolación

Si bien es verdad que una imagen vale por mil palabras, también lo es que en cada palabra pueden esconderse mil imágenes: un millar de fotografías que encierran un concepto. En el cine, a 24 fotogramas por segundo, se cuenta una historia que el lenguaje condensa en una palabra, en un símbolo de nuestro lenguaje hablado. Inicio aquí una serie de entradas en el blog en las que comentaré las escenas que más me han impactado en el universo cinematográfico que he tenido la dicha de contemplar. Quizás las compartas, quizá no; pero te aseguro que a mí impresionaron. A veces, cuando pienso en ciertas palabras, esas imágenes acuden desde el recuerdo y se reproducen ante mi. En 42 segundos y medio, mil imágenes desarrollan una danza que tiene nombre propio:  

"Desolación"



He recordado estas estas imágenes recientemente cuando leí el libro de Vladimir Arsenev sobre el que está basada la película "Dersú Uzala", "El cazador". A esas alturas de la película, Dersú Uzala, el cazador chino de la tribu Hezhen, que servía de guía al pequeño grupo de militares exploradores ya había sido presentado de forma magistral por el director del film: el genial Akira Kurosawa y el espectador era consciente de la profunda admiración y amistad que se profesan los protagonistas.

La aventura en cuestión transcurre en la inmensidad de un lago helado. Las escenas fueron rodadas en los escenarios originales de la taiga siberiana y el escenario es posiblemente idéntico al de la situación real vivida y narrada por Arsenev.  Las imágenes logran transmitir con su terrible belleza la desolación de aquellos parajes y el estado de ánimo del capitán, que comprende que van a morir. La única esperanza, la única fe, será la experiencia e inteligencia natural de Dersú, su guía, que le impone una actividad frenética cuyo sentido no llega a adivinar pero a la que se somete por la confianza que le inspira. La fotografía resulta bellísima y el desesperado frenesí de los personajes por construír su refugio está narrado con suma maestría por el genial director, que atravesaba por aquellas fechas una severa depresión que casi lo lleva al suicidio. Como la pareja protagonista, no se dejó vencer por las dificultades y el desánimo: la lucha y la determinación salvaron sus vidas.

martes, 17 de mayo de 2016

El niño y la cuerda


Veo esta foto publicada por el diario El País  y me viene a la memoria el recuerdo de las vacas de mi tío Felicísimo en el pueblo de Ayuela de Valdavia en la media montaña palentina. A ellas también se las sujetaba así: se clavaba una estaca en la tierra y se la ataba una cuerda que después se anudaba a la pata de la res. Así pastaba tranquila en un radio adecuado y no se escapaba. También vi aplicar el procedimiento a alguna de las mujeres del pueblo para con sus hijos. Cuando tenía que realizar alguna tarea en el campo, que era muchas veces,  y no pudiendo dejar al niño de otra manera, le sujetaba una cuerda al pie exactamente igual que como el niño de la foto, pero con la salvedad de que era más larga y le dejaba en un prado extenso. Ella mientras tanto realizaba sus inexcusables  labores no muy lejos de allí estando al tanto en todo momento de las evoluciones del pequeño. Pero es que el niño, que conocí bien, se las traía: más de una vez se metió jugando bajo las patas de las vacas y en otra ocasión casi lo atraviesa el rastrillo de púas de una segadora que se abatió sobre él cuando soltó el perno que lo sujetaba. Así que, a los que se horrorizan de la imagen, ya les asignaba yo la obligación de cuidar niños así y terminar su interminable ración de tareas agrícolas en los tiempos de Franco.  Para su tranquilidad les diré que el niño en cuestión no presenta problemas psicológicos en la actualidad ni vio su personalidad reprimida por este sistema, para algunos escandaloso, pero no menos efectivo que una cuna, una trona, un cuarto cerrado, un patio diminuto o, simplemente un bar-guardería de los que los padres actuales son tan aficionados en estos tiempos. 
Algo mucho más espeluznante es el sistema del enterramiento en arena que algunas mujeres chinas de la pasada generación practicaban con sus hijos de pocos meses cuando tenían que trabajar y no podían recurrir a nadie para que les cuidara. El procedimiento consistía en enterrarles en arena hasta la cintura y dejarles allí durante horas mientras ellas realizaban su trabajo. Efectivamente no tenían accidente alguno, pero estudios psicológicos años después mostraron que terminaron adquiriedo una personalidad pasiva y acomodaticia: nunca presentaban problemas, apenas protestaban... mostraban los síntomas de los animales  recluidos en cautividad. 
Hoy día, sin embargo, es muy fácil indignarnos y acusar a aquellas madres de crueldad; pero no tenemos en cuenta que ellas, quizás, ya fueron educadas así: es lo que conocieron y es lo que les enseñaron a aplicar. Y, lo más terrible, posiblemente no tenían otro remedio. La vida era muy difícil y era necesario trabajar. No debemos juzgarlas a la ligera: ¿Qué haríamos nosotros en su tiempo y en su cultura? Pienso en el  pequeño con el pie sujeto de mi pueblo y lo veo aplastado por las patas de las vacas o traspasado por el peine de púas de la segadora... Creo que aquella madre eligió la vida, la que podía darle. Francamente, no me atrevo a juzgarla desde mi cómoda posición actual. ¿Tú sí?   

miércoles, 3 de febrero de 2016

Sueño al volante



El sueño me reclama y me envía un puñado de caricias. Un Orfeo invisible me acompaña de copiloto en el coche. Mi mente se eleva, planeando sobre la carretera, lanzándose en un vuelo rasante por el paisaje. Mi voluntad se rebela e impone el obligado aterrizaje a mis alados espejismos. El león del sueño se despereza con su enorme bostezo devorando a mordiscos el tiempo que me falta. ¡Me duermo, dios mío! Desembarco el calor que me suspira, me desprendo del sopor e invito al aire fresco a que me abofetee con sus gritos helados. Me yergo sobre el asiento. Canto una canción. Aferro el volante... Prosigo mi viaje.  

martes, 8 de diciembre de 2015

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte XIII: Buena suerte navideña


Colgado del arco de la entrada y sujeto a duras penas con una mano en lo alto del mismo pensé en una fracción de segundo en la mala pinta que tenía la situación.  La escalera terminaba de caer aparatosamente sobre el suelo con estrépito con su vértice desencajado y quedaba justo bajo mis pies en una posición forzada. A una altura de metro y medio, comprendí enseguida el riesgo de dejarme caer y pisar de mala manera alguno de aquellos peldaños. Podría, como mínimo,  partirme una pierna si no acertaba a posar mi pie en uno de los huecos. Pero lo peor sería que cayera hacia atrás golpeándome la cabeza. Sabía lo que significaba un hematoma subdural pues mi padre lo había padecido tras un accidente de coche: meses de postración y dependencia total de los demás para todo. Y eso contando con que no fuera más grave: tengo familiares cercanos que han muerto tras caerse de una escalera.
La mitad de las luces de navidad, embutidas en una manguera transparente, colgaban desde la clave del arco y la estrella luminosa aparecía caída junto a la escalera. Esta vez me  había confiado demasiado, me había impulsado desde el último peldaño para alcanzar un enganche tras el arco y al pisar haciendo  una presión lateral el vector resultante de mi peso y el empuje lateral se salió de la base de sustentación que formaban las patas: la bisagra de la tijera que formaban las patas sufrió un tremenda torsión y cayó dislocada al suelo.  Yo solté inconscientemente la estrella de armazón metálico que llevaba en las manos y me aferré con los dedos al borde del arco. Pero no podía aguantar mucho en esa posición. Así que en menos de dos segundos, cuando la escalera apenas había terminado de descomponerse tras la caída salté intentando que mis pies quedaran uno en el interior de la tijera y otro en el exterior de uno de los rieles. Tuve suerte. Tan solo me golpeé la tibia con el riel al posar los pies y caer hacia mi derecha. Pero al apoyar la muñeca tratando de amortiguar mi caída lateral sentí un agudo dolor. Salí a gatas del revoltillo de aluminio que formaban los restos de la escalera y me senté sobre el suelo mientras examinaba la mano derecha y comprobaba aliviado que no había fractura. Eso sí, el fuerte dolor ya me hizo suponer que tenía una contractura o un esguince de caballo. Me imaginé, al menos, una semana vendado con las incomodidades que conlleva, pero sonreí para mis adentros: ¡Había tenido mucha suerte!    

lunes, 3 de agosto de 2015

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte-XII. "La espiga"


Un recuerdo dormido se despierta hoy en mi memoria mientras paseo por los campos, aún verdes, del pueblo de mis padres que también es el mío, propiedad ganada a través de los años que he pasado veraneando aquí. El suceso, que estuvo a punto de costarme la vida, tiene que ver con las curiosas propiedades de las espigas. Estas estructuras vegetales se caracterizan porque están formadas por una serie de frutos o flores en forma de flecha, o anzuelo, que se desprenden del tallo impulsándose como arpones, y se clavan por la punta de delante, de tal forma que, al ser más anchos en la parte posterior y con formas incisivas, provocan que sea fácil su penetración, pero no su salida. Ya de pequeño me fascinaron por su eficiente diseño de sujeción y perforación. Uno de nuestros juegos favoritos consistía en arrojarnos estas vegetales saetas que se clavaban en nuestra ropa con endiablada eficacia. Incluso en el cabello conseguían perforar suavemente la primera capa del pelo y sujetarse. Aquellas batallas infantiles eran extraordinariamente divertidas. Eran nuestra diversión favorita en primavera debido a la facilidad de disponer de dardos abundantes al alcance de la mano, en cualquier parcela o camino donde crecían las gramíneas silvestres. Era, por lo demás, una actividad completamente inofensiva, pues nunca llegábamos a herirnos con sus diminutas puntas vegetales. O eso podía pensar yo hasta que un día casi me cuestan la vida.
Muchas veces he reflexionado sobre las fascinantes propiedades de algunas de las plantas que conocía. Entre ellas estaba el galium aparine (en castellano llamado también "amigo del caminante") que se encontraba, abundante, entre la maleza de los solares, este curioso vegetal tiene la curiosa propiedad de que sus tallos y hojas se adhieren como cello a nuestras vestiduras; o las diminutas y erizadas semillas de los cardamoños que se pegaban los calcetines de lana  por cientos con una pegajosidad impresionante y que, bien pensado, podrían registrar por su diseño el copyright del velcro industrial; pero las espigas, precursoras del anzuelo, esencia de la punta de flecha..., poseen en su estructura el mejor mecanismo de perforación jamás inventado. De su eficacia en la zapa a través de las fibras o su eficiencia de catéter en los orificios tengo una amarga experiencia.
En mi inconsciencia infantil se me ocurrió (o quizá la idea fue sugerida  por algún malintencionado compañero de juegos) meterme una de ellas en la boca con la punta dirigida hacia dentro. Una vez la hube soltado dentro de la cavidad bucal, noté que sus filamentos se apoyaban en la lengua y el cielo del paladar ejerciendo cierta presión que la impulsaba hacia el interior. Asustado, intenté maniobrar con la lengua para sacarla y esto empeoró la situación: la espiga se introdujo un par de centímetros más rozando la úvula y produciendo escozor y ganas de vomitar. Las pequeñas convulsiones hacían que se propulsara hacia adelante penetrando más y más hacia la faringe. Parte de ella se estaba aproximando en la epiglotis y empezaba a ahogarme. La sensación de urgencia y terror se apoderó de mí. Era consciente de que cualquier movimiento hacía avanzar la espiga sin posibilidad de retorno. Poco a poco me estaba asfixiando. Con lágrimas en los ojos, aguantando el llanto cuyos espasmos hacían progresar más aún este endiablado artefacto vegetal, hice un último intento por sacarla abriendo la boca y llevando los dedos hasta el fondo tratando de sujetar los últimos filamentos vegetales aún a mi alcance. Venciendo las náuseas que provocaba aquella operación logré asir las últimas barbas que asomaban aún. Tiré de ellas extrayendo al completo la inflorescencia en medio del escozor que sus finas varillas, ancladas a contramarcha, provocaban en la delicada dermis de mi garganta; arrojé aquella panícula, toda empapada de saliva, lejos de mí; tosí enérgicamente llevándome la mano a la garganta y carraspeé durante bastante tiempo hasta que, finalmente aliviado, regresé a casa donde saludé al entrar con la voz enronquecida.
No se lo conté a nadie, hasta hoy, que lo expongo en un nuevo capítulo de esta serie de experiencias peligrosas cercanas a la muerte. Incluso lo había olvidado. Pensaba yo que había agotado el repertorio de sucesos peligrosos de mi vida, cuando mira por donde, la visión de unas espigas al lado del camino animó el recuerdo dormido de este peligroso suceso infantil.  Y, ahora que lo pienso bien, creo que en algunos otros momentos también recordé vívidamente esta experiencia. En algún lugar de la historia de España (suceso del que no he encontrado rastro en todo internet, lo que me ha hecho pensar que lo he soñado) se describe la horrible muerte de un personaje (en un primer momento pensé que se trataba de Viriato) que murió al serle introducida una espiga por el orificio del pene. Sólo de pensarlo se me pone la carne de gallina.
Lo que sí está documentado es la gran cantidad de lesiones que se producen en las mascotas por la penetración de espiguillas en el cuerpo de estos animales. Suelen penetrar por la piel, ojos, nariz, oídos, incluso por la vulva y el prepucio. Sus consecuencias siempre son problemáticas y frecuentemente graves. Entre la especie humana existen relatos de niños que casi mueren ahogados al ingerir una espiga y que son milagrosamente salvados por la virgen (uno de estos milagros está relatado en Cantiga 315 -“Esta e como Santa María guareceu en Tocha, que e cabo Madride, un menyno que tijnna hua espiga de trijgo no uentre”).
También he encontrado en algún viejo libro el relato de un milagro a la atención de la Virgen de Las Hermitas salvando a un niño que había tragado una espiga. Sea como sea, por intercesión de quien fuere; doy gracias a mi ángel de la guardia particular, a aquel que veló por mí en tantas ocasiones. Quizás su nombre sea Suerte; no importa: gracias por si acaso, tal vez te vuelva a necesitar.




martes, 26 de mayo de 2015

Caperotwitter y el lobofacebook feroz



Un día, la mamá de Caperotwitter le encargó que hiciera una visita virtual a su abuelita para enseñarle unas preciosas fotos de la tarta que acababa de hacer. La niña subió contenta a su habitación y abrió la tablet entusiasmada. Mientras enrutaba el dispositivo hacia el perfil de su abuela se entretuvo embelesada en los apremiantes mensajes de su cuenta de tiwtter, y se distrajo con las llamativas fotografías del  bosque digital que poblaban su facebook. Perdió la noción del tiempo mientras veía vídeos de animalillos graciosos, de grupos musicales y de bromas divertidas. En ese bosque fascinante muchos de sus habitantes habían solicitado su amistad y ella, generosa, aceptaba su demanda sin reparos. Era hermoso tener tantos amigos. Lobofacebook, que había observado los hábitos exploratorios de la niña, obtuvo así permiso para introducirse en su círculo de amistades y compartir su espacio de confianza. Como era muy astuto había creado una cuenta falsa a nombre de su abuelita clonando el contenido de la despreocupada anciana, así que ahora, estaba escribiendo mensajes en su nombre y publicando divertidas fotos que llamaban poderosamente la atención de la niña.

Caperotwitter, comentó asombrada una foto de su abuelita
- ¡Abuelita, abuelita! ¡Qué vestido más raro llevas! ¿Porqué vas en bañador, si no estás en la playa?
- Es porque hace calor, Caperotwitter.      

Seguían llegando más fotos...
- ¡Abuelita, abuelita! ¿Porqué te quitas más ropa? ¿Vas a ducharte?
- Es porque así estoy más cómoda, Caperotwitter. Y tú deberías hacer lo mismo, verás que a gusto se está...

La última foto sí que era extraña.
- Abuelita, abuelita: ¿porqué eres tan peluda?
- ¡Ah! ¿Acaso tú no lo eres? No me lo creo. Envíame una foto desnuda  para demostrármelo...

La niña se hizo la foto y se la envió. En ese mismo instante Lobofacebook devoró a Caperotwitter.

viernes, 24 de octubre de 2014

Robar el guiño



En la edad de la inconsciencia, en la niñez de mis 8 años, no podíamos pensar que lo que hacíamos a aquellos coches aparcados junto a la acera podía ser la causa de un fatídico accidente. No recuerdo quién inventó aquel entretenimiento, quizás fuera yo mismo, pero el juego de robar los bombines de los intermitentes a los Seat 600 y Seat 850 ofrecía unos alicientes poderosos: ¡era tan fácil! ¡tan emocionante! y, por si fuera poco ¡tan productivo para nuestra colección de bombillas...!

Aquellos modelos tenían dos diminutas pilotos intermitentes en los costados, a unos 20 centímetros sobre las ruedas. Para facilitar el cambio de las lámparas disponían de una tetilla de goma que se ajustaba a un relieve interno de la chapa. De allí salía un cable hacia el cuadro de fusibles. Nosotros nos agachábamos junto a la rueda y metiendo la mano por el interior del chasis agarrábamos la tetilla (como si fuera la teta de una vaca, era muy parecido) y con un fuerte tirón la desprendíamos de la chapa. Entonces, ya fuera, con otro tirón hacia el exterior arrancábamos el cable quedándonos con el portalámparas y su bombilla: ¡Otra más para la colección! Después pasábamos al otro lado.

Este juego de "robar el guiño" a los 600 lo practicamos muchas veces, hasta que un día alguien nos vio y tuvimos que correr de lo lindo. Quizás entonces comenzamos a ser conscientes del peligro para los conductores y no solo del nuestro. Posiblemente empezamos a recapacitar e las consecuencias de que un coche no pudiera avisar en un giro y alguien se estrellara con él. ¡Sabe Dios si llegamos a provocar algún accidente! Y, quién sabe también, la de fusibles que hubieron de  fundirse al dejar los cables pelados y colgando dentro de la carrocería. Del cabreo de los sufridos conductores de los años sesenta, no quiero ni hablar...

Humildemente pido perdón por estas travesuras infantiles. En aquellos tiempos de juegos en la calle, estas travesuras eran corrientes. Se solucionaban con un buen tortazo y nadie se traumatizaba por ello. Entre el ardor de las mejillas y las estrellas bailando ante nuestros ojos, uno está más en condiciones de ponerse en el papel de quien se ha estrellado por nuestra culpa.

jueves, 20 de febrero de 2014

Relato: El salvamento del Cinatit


El 14 de abril de 1912 el Cinatit avanzaba a veintidós nudos por las heladas aguas del Atlántico Norte, a unos 600 km. al SE de Terranova. El capitán, Edward Smith, tomó el papel que le extendía el radiotelegrafista. El mensaje advertía de que la corriente del labrador había desplazado numerosos icebergs muy al sur, en el camino de su ruta. El mar, extraordinariamente en calma, era un inmenso líquido espejado donde los icebergs se hacían menos perceptibles. El capitán se retiró dejando vigías extras en cubierta, pero se negó a disminuir la velocidad del buque.

A las 2:40, a 22,5 nudos; Flet, el vigía de proa, hizo sonar la campana de alarma tres veces y telefoneó puente de mando: "Iceberg a la vista: a 500 metros a proa, de una altura de unos 30 metros" En menos de un minuto la inercia de las 46.328 toneladas del buque y la errada maniobra de invertir el sentido de las hélices no pudieron evitar que el costado del buque se llagara en su encuentro con el hielo.

Recién llegado al puente, momentos después, el capitán recibía el parte de daños: 100 metros de rasgaduras en 6 brechas diferentes en estribor a cinco metros de profundidad. Cinco compartimentos abiertos de los 12 mamparos. El buque estaba sentenciado.

Sobreponiéndose a la desesperación, dio la orden con voz firme: "Virar 180º. Volvemos al iceberg". El piloto titubeó antes de marcar el nuevo rumbo. El capitán se impuso: "¡He dicho 180º. Obedezca! Sé lo que me hago."

Veinte minutos más tarde el buque acercaba su costado lentamente al acantilado formado por las paredes del gigantesco bloque de hielo, tan alto como el propio puente. Los marineros ya tenía preparados los cabos de amarre. Un pequeño grupo de voluntarios se desplazó en un bote y escaló las helada paredes hasta subir a la cornisa del témpano. Sujetaron los extremos de los cabos y se las ingeniaron para subir varios cubos de agua caliente. Escavaron rápidamente unos cuantos hoyos en el hielo. Después introdujeron dentro los gruesos cabos anudados en el extremos y los llenaron de agua. En unos minutos el hielo había soldado firmemente los anclajes. Después empezaron a trasladar con tirolinas al pasaje. Un grupo lo hizo en bote, hasta una zona baja, próxima al mar, más accesible. El capitán y los oficiales quedaron en el puente. El barco, semihundido, aguantó hasta la llegada del Aihtaprac, que recibió la llamada de socorro de los radiotelegrafistas.

El capitán abandonó el último el barco montado en el último bote. Ordenó entonces cortar los cabos. El Cinatic se hundió pesadamente. El pasaje, al completo, comenzó a ser embarcado en el Aihtaprac. Dieron gracias a Dios: ninguno había muerto. 


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jueves, 30 de enero de 2014

T for two

8:05 PM. RNE 1 desgrana las noticias del día mientras conduzco mi automóvil por la R2 a la altura de Torrejón. Realizan la habitual toma del pulso político donde los latidos enfermos del corazón del PP se auscultan con atención por los medios intentando determinar si la arritmia detectada es soplo o un infarto. Después toca el turno a los sucesos. Estoy en la M-50 cuando escucho el breve resumen de un hecho luctuoso: "En Rivas, una niña de 11 años ha muerto golpeada en la cabeza por la barra de un columpio donde jugaba con otra compañera..." Al oír la localidad subo el volumen. Precisamente me dirijo a Rivas. El locutor continúa ofreciendo detalles del suceso. "...en torno a las 3:00 horas en un parque... en la zona de la Cañada Real más próxima a las  urbanizaciones de Covibar...". - ¡Dios mío, si es donde la alumna a la que atiendo esta mañana! "... el columpio  había sido revisado el jueves pasado por la empresa contratada para el mantenimiento..." - Pienso enseguida en los parques de aquellas calles sin salida. Hay varios próximos al colegio El Olivar, ¿será en alguno de ellos?. A los quince minutos estoy dejando la Avenida de Covibar, en Rivas, para tomar la calle Plaza de Rafael Alberti, en un costado del colegio. Mientras la recorro observo el parque cercano, a la derecha, donde la brisa de las 8:30 h, agita una cinta azul y  blanca de la policía local.
- Seguramente este es el lugar, -pienso para mí. Aparco en las proximidades y, aprovechando que tengo tiempo sobrado, me acerco a echar un vistazo. A esas apenas hay algún transeúnte por las calles, aún no ha salido la pequeña procesión de papás con sus hijos pequeños camino del colegio.


El pequeño parque,  rodeado de bloques de pisos por los cuatro costados aparece desierto y rodeado en todo su perímetro por la cinta de seguridad de la policía local. En el centro, entre un castillete de actividades y un columpio tradicional, un hoyo flanqueado por dos montones de arena revela la situación donde estaba el columpio que ya ha sido retirado. El Equipo de Criminalística de la Guardia Civil y la policía local han estado examinando la consistencia del terreno y los anclajes. En un parque cercano también han examinado y retirado un columpio idéntico, ambos de construcción holandesa y del modelo denominados "T for two" debido a su forma peculiar con dos brazos que sustentan los asientos colgantes. Aún, gracias a la memoria foto-topográfica de google-street se puede apreciar en su posición original hace pocos años.

Abandono el lugar y me dirijo a la casa de mi alumna, pensando que quizá conozcan a la familia de la niña fallecida. Al fin, también son marroquíes como ellos y van al mismo colegio. Apenas dados los buenos días les pregunto por el suceso y me explican entristecidos que, efectivamente, conocen bien a la víctima y a su familia. Incluso mi pequeña alumna ha jugado algunas veces con ella. Eran casi vecinos. Están conmocionados. Me cuentan los detalles que conocen. Me dicen que estuvieron entre los primeros en acudir al parque Rafael Alberti, lugar del incidente. Que los primeros en llegar fueron el director y algunos profesores del colegio cercano que acudieron avisados por los niños que estaban a punto de entrar (eran las 2:55 y estaban a punto de formarse las filas). Incluso entre los profesores allí presentes costó levantar la pesada T tubular que formaba el columpio. Nada se pudo hacer: la niña había sido golpeada en la nuca y, prácticamente había fallecido, aunque los servicios de urgencia del SUMMA intentaron reanimarla durante 45 minutos. Me hablan de la falta de sujeción, sólo tierra, de los anclajes; de los efectos de la lluvia y del bamboleo sobre una estructura ni siquiera asentada en hormigón ni sujeta con tornillos. Me hablan de la familia, del padre Ali Aghmir y la madre, atendida por un ataque de ansiedad... Mi pequeña alumna asiste callada a la conversación. Quizás medite sobre este segundo paseo por los aledaños de la muerte. En este caso, afortunadamente, no es ella protagonista.

Terminada la clase paso de nuevo por el parque. Se descubren en los alrededores los vehículos de transmisiones de TVE y otras televisiones que han acudido con cámaras y corresponsales al lugar. Ahora está más animado: varias personas ociosas, la mayoría de origen magrebí, forman grupos junto a los equipos de reporteros. Una periodista toma declaración a uno de los presentes; le hace deletrear su nombre para transcribirlo correctamente en su artículo. El padre de mi alumna, que vuelve con la compra, indica a un cámara la existencia de un columpio igual en un parque cercano. El periodista le explica que ya han estado allí, que lo habían retirado ya... Tomo alguna foto para mi blog. He decidido que el artículo de mi entrada diaria versará sobre este suceso con el que me he topado de casualidad. La lista de entradas se desplazará en una fecha.

En unos minutos, tomando un café a la espera de la siguiente clase, reflexiono sobre los ignorados  calendarios de La Parca y los accidentes y casualidades a los que nos exponemos quienes trabajamos con niños. Una constelación de riesgos rodean la actividad infantil: bisagras amputadoras de dedos, toboganes que cortan como cuchillos, columpios que ceden, alcantarillas que atrapan manitas infantiles, piedras de aparición impensable que sobrevuelan cabezas, escaleras traidoras, trayectorias brownianas de las carreras por el patio en el recreo... Yo mismo choqué de cabeza con toda la inercia de mi carrera infantil contra una columna del patio de mi colegio a mis tiernos 10 años. No quiero imaginar lo que hubiera ocurrido si este suceso hubiera tenido lugar en el patio del colegio. Recuerdo a mi sobrina aprovechando que la puerta de su casa quedó mal cerrada precipitándose con el taca escaleras abajo. La veo también colándose en el garaje comunitario mientras la puerta se abatía sobre ella... Pero, evidentemente, no hay ángeles de la guardia para todos, o bien, están muy ocupados y no dan a basto.
Extraño columpio en forma de T. Robusto y sólido; tenía los pies de barro. Un barro mojado donde su planta se escurría como la sombrilla en la arena de la playa: quizás el viento, quizás la lluvia, quizás la acción de fuerzas pendulares combinadas... Queda aclarar porqué resquicio se filtró la desgracia. Alguien tendrá que responder por algún punto incumplido del protocolo, que seguramente, establece la normativa sobre instalaciones y su seguridad. Mientras tanto, en Rivas, los niños tienen miedo de montar en los columpios.

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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Simulacros


Ya preparado el simulacro del cole para el curso 2013-14, nos le cambian y nos llevan a dar clase a un cole ajeno, en un bloque desocupado. Todas las copias con la organización prevista van a la basura.
Por otro lado, más que un simulacro de incendio deberíamos haber programado uno de derrumbe, que vendría más al caso. Al fin y al cabo nos lo han demolido de todas formas. El desencadenante: una niña se cortó con un cristal de una ventana que se rompió al apoyar en él la mano (parece que las presiones repartidas por las pareces afectaban al marco y ponían ya en tensión el vidrio). 

Se impone pues realizar el simulacro en las nuevas instalaciones. Con humor nos comentaba nuestra secretaria que, por fuerza, lo estamos haciendo ya todos los días. La entrada y la salida  por dos escaleras no muy anchas de 502 niños a la misma hora ya suponen un desalojo complejo cada día (un proceso dos veces en cada dirección). Así que, cronómetro en mano, vamos mejorando nuestro record día a día.

Esto de los simulacros me trae a la memoria anécdotas curiosas. Recuerdo simulacros con aviso previo (sí, los he vivido) con lo que de "simulacro" nada... en todo caso "ejercicio de desalojo". Y en los que se ajustan más al objetivo de la actividad siempre teníamos algunas pistas para adivinar el momento: solía ser a última hora, un viernes... quizás el último día del trimestre... Siempre se aprovechaban los momentos en que interfiriera menos en la actividad escolar, con lo que las fechas se reducían. 

En uno de aquellos simulacros de incendios me quemé vivo. Resulta que, muchas veces por razones de mi continua itinerancia, tengo que ocupar cualquier espacio libre cuando llego al centro. Suelo trabajar en la biblioteca que me brinda tranquilidad y de la que me ocupo en los tiempos sin alumnos. Hace algunos años, sonaron los timbrazos correspondientes y se puso en marcha el protocolo establecido: Los niños dejaron sus cosas y se pusieron rápidamente en fila. Las clases fueron desalojadas en orden y los almnos bajaron ordenadamente las escaleras sin gran alboroto. Más de la mitad de los alumnos del pabellón principal pasaron delante de la puerta de la biblioteca. Yo, que estaba dentro,  no percibí los timbrazos (parte por mi hipoacusia, parte por ser una sala aislada) y nadie me avisó. Permanecí allí dentro, trabajando mientras el director cronometraba y comprobaba satisfecho la rapidez y orden del desalojo. Los alumnos volvieron a sus clases y yo tampoco lo noté. . Días más tarde, enterado de todo aquello, se lo dije al director para que lo tuvieran en cuenta. Supongo que el informe final sería más o menos así: " Desactivación de gas y alumbrado correcta. Los 500 niños desalojados con orden y rapidez. Espacios de seguridad controlados. Aulas, servicios y pasillos revisados. Profesor carbonizado en la biblioteca."

domingo, 20 de octubre de 2013

En la habitación del pánico


Escribo esto desde el retrete. Antes he redactado un protocolo de seguridad a rajatabla: comprobar techos y paredes, examinar el espejo, buscar agujeros y rendijas... La NSA es capaz de todo. Aquí construí mi jaula de faraday: Tengo el recinto del WC forrado de papel albal, a prueba de pulsos electromagnéticos.
Hace meses que sabemos que Obama ha querido convertirse en confesor no autorizado de la humanidad. Sólo Dios puede valorar el bien y el mal (no hay nadie por encima) y  "El fin no justifica los medios"... pero el presidente pronuncia la contraseña que autoriza soslayar a la ética: "Salvar vidas americanas". Un moderno Maquiavelo que piensa que vale todo por el bien del Imperio. Como daños colaterales un impúdico espionaje a escala mundial, la invasión de la intimidad de amigos y enemigos, de naciones y personas individuales, de los propios conciudadanos.
Un desvelar preventivo, pero... en íntima contradicción con sus ideas: un brutal acoso y castigo a los que levantan el velo de los desveladores: Julián Assange,  Bradley Manning, Hervé Falciani
 y tantos otros piratas de la información, Robins Hood de los datos, que devuelven al pueblo  la consciencia del saqueo de su presuntamente segura intimidad.
Tengo miedo de que puedan escuchar mis propios pensamientos. Intento distraer mi propio discurrir con tonterías e intrascendencias. Temo volverme loco. Tiro de la cadena para ahogar el susurro de mis propios pensamientos. Un murmullo se escapa de mi garganta: Hijos de puta.

lunes, 2 de septiembre de 2013

The Warner Bros Park

Varios años llevo pasando por la carretera que conduce desde Perales del Río a San Martín de la Vega. Tras pasar La Marañosa, en las proximidades de San Martín, se divisa a lo lejos la parte superior de unas extrañas estructuras metálicas. Destaca un alta torre con un escudo en la parte superior. Se trata del emblema de la Warner Bros. El Enigma (ese es su nombre) es visible en 50 km a la redonda y es la estructura estrella de sus instalaciones con sus 115 m. de altura. No anima, la verdad, acercarse a un parque de atracciones que se vislumbra en medio de unas colinas sin apenas vegetacion, en el que asoman calvas yesosas presentando un panorama semidesértico y sin árboles. Sin embargo, al acercarnos al recinto, se aprecia el importante esfuerzo por forestar la zona y rodearla de un manto vegetal más amable. Imagino que hubo de abastecerles un buen grupo de viveros para implantar esa pequeña masa arbórea y aclimatarla. Los ejemplares debían ser ya jóvenes cuando fueron plantados aquí.

Me pregunto si lo de parque de "atracciones" no se está refiriendo realmente a "las de la gravedad", pues esa poderosa fuerza de atracción de la naturaleza es la que rige el funcionamiento de la mayoría de sus entretenimientos, y es que todas las atracciones estrellas tienen que ver, sobre todo, con esta fuerza brutal que nos impulsa contra el suelo y que deriva luego en otras fuerzas que intentan descoyuntarte mediante impulsos  centrífugos, lanzamientos verticales, complejos tirabuzones en el aire, alocados volteos, loopings vertiginosos...  Otras veces se añade a lo anterior el traqueteo de los vagones al discurrir sobre los rieles suspendidos de sospechosas estructuras de madera "pino Soria" semejantes a las construcciones de palillos que los reos suelen realizar en décadas de vacaciones obligadas (y, aparentemente, no mucho más seguras). En el Supermán, Batman o El Enigma; el cerebro se arrincona en el fondo del cráneo refugiándose en el cogote, el culo se despega del asiento durante un segundo levitando mientras caes a velocidad de vértigo imaginando la hostia que te vas a pegar, las barras protectoras te oprimen la cintura incrustando la hebilla del cinturón en el ombligo como una sello sobre el lacre, tus vísceras se alborotan al perder la ubicación original y tus extremidades son desmembradas como en un potro de tortura... También seremos marcados, como reses, en las puertas con la marca del oso Yogui condición sine quan on para poder entrar y salir del recinto. Esto se hace necesario pues no dejan pasar comida ni bebida (excepto agua) y, con los bolsillos adelgazados, no nos queda más remedio que salir a comer unos bocatas en los bordillos del aparcamiento a la sombra de los plátanos que flanquean el camino hacia la entrada. 
Diríase que un parque de atracciones es una colección excesos. Los hay acuáticos y ahí el goce consiste en dejarse arrastrar por rápidos mareantes, caer por una cascada casi vertical y zambullirse en las reposadas aguas de lagos artificiales. Es obligatorio mojarse (cuanto más mejor), y se siente una satisfacción infantil en recibir chapuzones, chorros y salpicaduras. Pero los más llamativos tienen que ver con gigantescos muelles metálicos estirados y diseñados por los ingenieros de modo que el peralte de las modernas vagonetas aplaste al espantado viajero voluntario contra el asiento impidiendo que experimente la parte final de un accidente de aviación o el instante último del descarrilamento del Alvia de Santiago.  Todo lo demás es igualito.

El paseo por el recinto es agradable, si el tiempo acompaña. Se reproducen escenarios, se adaptan (más o menos adecuadamente) atracciones a situaciones fílmicas de la productora, se puebla de personajes conocidos (en forma de estatuas, actores...) las calles y recintos. Se aprovecha, por ejemplo, las salas de acceso a la atracción de acero de Supermán, para instalar un eficaz decorado del Dayle Planet, el periódico de la ciudad de Metrópolis donde el alter ego del superhéroe trabajaba de incógnito. Es quizás la atracción más famosa con sus vehículos lanzados a más de 100 km/h; muy adecuada para sentir en propia piel el vértigo del hombre pájaro. No le va a la zaga las espirales amarillas de la Fuga de Batman que vuelcan tu cuerpo cabeza abajo hasta cinco veces en su medio kilómetro de recorrido lleno de bucles suicidas...  Las descargas de adrenalina literalmente "se huelen" (o quizá fuera otra cosa más relacionada con los sudores recientes o añejos de los afanosos clientes). Y así una atracción tras otra que se hacen a la carrera y sólo se reposa en la espera,  haciendo fila para la entrada. Si el cuerpo aguanta (y el de mis sobrinos aguantaba mucho) se pueden repetir innumerables veces, incluso consecutivas... El vuelo de Supermán lo hicieron en cinco ocasiones y estudiaron "El Enigma", 2 ó 3 (mañana y tarde, que cambian el programa del ascensor). Los adultos nos hacemos valientes por necesidad, para acompañar y animar a los retoños, pero en realidad nos colocamos con cierta desgana al final de la fila y al cabo de unas cuantas nos rendimos: nuestros estómagos empiezan a reclamar el vómito. Se agradecen entonces las atracciones de transición como los coches de choque o sentarte un buen rato a contemplar las piruetas sobre ruedas de los especialistas en el espectáculo "Loca Academia de Policía". Claro que luego volveremos con los mareos y vértigos en La Casa Embrujada... ideal para agitar el oleaje de tu  endolinfa y provocar olas de surf en el caracol. El cuerpo lleva ya mucho tiempo en alerta roja y desea visitar las numerosas instalaciones de restauración, pero los precios asustan más que las propias atracciones de "rombo" (las más fuertes, según la catalogación por iconos del parque). También resulta prohibitivos los recuerdos en forma de foto realizada  en pleno viaje. (5 euros). No queda más remedio que desechar con añoranza esa imagen de indisimulado espanto en que apareces con los dientes apretados y los ojos cerrados...

Es jueves. El parque está animado, pero no hay demasiada gente. Es extraño ver algunas parejas con niños muy pequeños: ¿Pero pueden montarse en algo las criaturas? A mitad de la jornada los adultos nos limitamos a esperar a los más jóvenes en la salida de las atracciones. Ellos, inagotables, repiten una y otra vez... Tras media hora esperando en el túnel de salida de los vuelos de Supermán y aburrido del chirriar de los raíles distingo una silueta diminuta en la lejanía que se acerca y se introduce en el túnel velozmente:
- ¿Es un avión?
- ¿Es Supermán?...
- No. No es el esperado superheroe, ni una vagoneta desprendida, ni un avión imposible. Es... ¡Un pájaro! una oscura golondrina que atraviesa vertiginosa la boca del túnel y se posa en la esquina de una gruesa viga de hierro en el techo. Allí, en un rincón apenas visible, tiene su nido de barro del que asoman cuatro polluelos hambrientos. De todo el día, me quedo con esta imagen que contemplo embelesado mientras la fotografío.

El día pasa rápido en el parque. Hacia las 10 de la noche nos encaminamos a las puertas de salida. Tenemos el cuerpo seco de adrenalina. El joven encargado de la puerta nos despide. Él también está cansado y a punto de terminar su turno. Todavía se escuchan las protestas del menor de los sobrinos: ¡Es pronto, podríamos quedarnos más tiempo!

sábado, 27 de julio de 2013

La última curva


Santiago es un hervidero en el día del santo. Los albergues están abarrotados y los peregrinos invaden las calles y los establecimientos. La austeridad del camino se relaja cuando se llega a la meta, ansiada por tantos días. Santiago en este, su día, es una fiesta.

Pero la víspera un tren Alvia con su carga de viajeros y peregrinos descarriló en A Grandeira en el barrio de Angrois, en la penúltima curva de su trayecto y la última de su recorrido. Las imágenes del escalofriante accidente ponen los pelos de punta. Al tiempo uno se pregunta cómo pudo ocurrir una desgracia así.

Aún dejando tiempo a la consecuente investigación, he dedicado unos minutos a investigar con los escasos medios al alcance de cada cual, algunas de las extrañas circunstancias del suceso. Leo atentamente las noticias sobre el siniestro, me desplazado con google maps hasta el punto exacto del descarrilamiento, visiono media docena de veces el vídeo del accidente y consulto varias páginas web. Investigado además el rumor (confirmado confirmado con los pantallazos de los comenarios) de que el maquinista tenía una cuenta en facebook enorgulleciéndose y bromeando sobre la velocidad de la máquina que estaba conduciendo en ese momento (9 de marzo de 2012, a las 17:56) y que fotografió seguramente con su móvil. Igualmente repasé las conversaciones (públicas o no) que realizó, por desde la locomotora del tren, desde su móvil y a las personas que le acompañaron tras el accidente (algunas de las cuales se niegan a extenderse en detalles sobre las mismas, pues detallarlas podría perjudicar gravemente a su autor).

De todo ello (todas son presunciones) podría deducirse que:
1. La velocidad del tren (más del doble de la permitida) era "extrema". Será muy difícil probar que no existió error o voluntariedad en ese punto porque:
a) Tenía 10 años de experiencia y, probablemente conocía todo el trazado de la vía (la habría realizado  unas 60 veces, afirma el presidente de RENFE). La curva se iniciaba nada más salir de un túnel de más de medio kilómetro, el segundo al final de una la larga recta de 80 kilómetros que se iniciaba casi en Orense (lugar donde se puso al mando de la locomotora)
b) Si la información es cierta (como parece) el conductor alardeaba en facebook hace algo más de un año de la velocidad de la máquina que conducía: "Estoy en el límite, no puedo correr más, si no me multan". Así como bromeaba sobre una posible multa con el radar de la guardia civil a Renfe por exceso de velocidad.  Lo grave aquí (y me hace preguntarme sobre la inocuidad de las redes sociales) es presumir de ello y ¡sobre todo! utilizar el teléfono móvil en un trabajo de tanta responsabilidad y atención haciendo fotos, editando comentarios... Cualquier distracción, como se demostrará, puede resultar fatal. La fotografía que muestra del velocímetro a 200 km/h está tomada en marzo del año pasado (aún no conducía el modelo híbrido del Alvia siniestrado)
c) Una medida aproximada sobre la escala del mapa sitúa dicha curva a unos 3 km de la estación. Frenar un tren, con su inercia gigantesca, no es lo mismo que frenar un automóvil. Si 4 km antes de esta curva está ya señalizada la necesidad de reducir a 80 km/h, aunque no existiera la curva en cuestión, el convoy se vería muy apurado para detenerse en la estación en el corto recorrido restante (y eso sin contar otra curva similar, en dirección contraria, un kilómetro después).

2. El análisis de las manifestaciones del conductor tras el siniestro hacen pensar en una elaboración postraumática de los hechos tratando de alejar de sí la terrible sensación de culpabilidad que la tragedia provoca:
a) Su visualización en presente del accidente cuando declara: "Tenía que ir a 80 y voy a 190", parecen revivir la última imagen antes del impacto sin explicar qué pudo haber pasado segundos antes para ir a 80 en un tramo conocido.
b) Un reconocimiento de culpa, pero atenuado: «Somos humanos, somos humanos, espero que no haya muertos porque caerán sobre mi conciencia»,
c) Un cierto fatalismo: «Descarrilé, qué le voy a hacer, qué voy a hacer», como intentado culpar al destino.
d) Una posible negación de su "responsabilidad" (que etimológicamente guarda relación con "responder") al negarse a responder ante la policía. Aún salvaguardando los derechos a no declarar, si sus sentimientos son realmente honestos, pienso que debería colaborar con todo aquello que aclarara lo que pasó. El cierre de su cuenta en facebook, tras el accidente, también sugiere cierto encubrimiento planificado (el cierre de la cuenta, imagino, precisa de contraseñas que normalmente solo conoce su usuario). Alguien que le conociera, y con la cabeza muy fría, tuvo que preguntarle directamente al conductor por la misma y, éste, prestarse a colaborar a tal fin.

3. Ha existido un error humano evidente.
a) El mismo conductor lo reconoce en sus declaraciones, aunque no aclara las posibles causas del mismo.
b) Una de ellas podría ser la existencia de tres túneles intercalados en esta última parte del trayecto que hace pensar en la posible confusión del conductor que creyó (cuando atravesaba el segundo túnel)  que, en realidad, lo estaba haciéndolo a través del primero con lo que le daría margen (aunque ajustado) para reducir a la mitad la velocidad como habitualmente hacía. Si es así ¿qué pudo influir para que "olvidara" que el primer túnel había pasado?. Las declaraciones del propio conductor y de su ayudante podrían ayudar a determinarlo. Es difícil comprender, con todo, que este tipo de error se pueda cometer (por profesionales, en equipo de dos -que se vigilan mutuamente- , por trayectos conocidos y con "puntos críticos" tan significados como este).

4. Es  posible (los técnicos lo establecerán) que el diseño de la infraestructura no fuera adecuado. Habrá que dilucidar hasta qué punto se puede dejar "en manual" un proceso que podría hacerse "automático" siendo salvaguarda del error humano. El debate entre la idoneidad de los dos sistemas automáticos empleados, su relación costes-efectividad, las posibles implicaciones políticas y económica a la hora de diseñar los trazados y los sistemas...

Nos espera un proceso que esperamos clarificador y útil para el futuro. Las repercusiones humanas, políticas, económicas e incluso internacionales (está en juego la concesión del AVE en Brasil) son importantes. Esperemos que el proceso no descarrile en alguna de sus curvas.

domingo, 7 de julio de 2013

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte X: El último viaje


El coche había rodado casi treinta metros sobre el plantío de cebollas y había desplazado los tubos metálicos del riego, que ahora yacían apilados en un lateral. Aún se observaban las rodadas que dejaban de ajustarse a la curva del asfalto y se desviaban rectas hacia el talud lateral  perdiéndose luego entre la maleza del arcén. Un par de metros más adelante aparecía tronchado el tronco de un poderoso arbusto enraizado en la ladera. Este primer obstáculo probablemente le salvó la vida al frenar ligeramente el vehículo antes de caer unos metros más allá desde la altura de metro y medio en que se situaba la carretera comarcal. Literalmente había volado 4 o 5 metros salvando este desnivel y tras el golpetazo con el lateral derecho se enderezó continuando por inercia su recorrido hasta pararse 30 metros más allá, junto a un arroyo.  El seat 127, un modelo de hace dos décadas, quedó parado mientras el conductor intentaba reponerse del terrible golpe que se había dado contra el volante. Tenía el cuerpo dolorido, sangraba ligeramente y los hematomas le cubrían la cara; pero sobre todo estaba desorientado y asustado. Por sí mismo salió del coche y a duras penas, sangrando y cojeando, caminó por la carretera hasta el pueblo cercano, apenas unos centenares de metros.

A las cinco de la tarde, se cumplió el plazo que va de la preocupación a la certidumbre. La mujer llamó a la policía: su marido no había regresado a casa y no había noticia alguna de su paradero, lo cual era rarísimo. En comisaría no tenían constancia de ningún accidentado con ese nombre, pero ella insistió llamando a continuación a los hospitales. En uno de ellos le informaron que una persona con el nombre indicado estaba ingresada después de haber sido trasladada en ambulancia a causa de un accidente. Junto a la cama el hombre, ya mayor, intentaba explicar la causa del siniestro: - Estaba vigilando la aguja del depósito porque me quedaba sin gasolina y no vi la curva...- Nadie: ni su mujer ni sus hijos le preguntaron más sobre el accidente. Ni siguiera sacaron la conversación en los próximos días.

Un sentimiento de pena y tristeza les embargaba, pero sobre todo ello flotaba una sensación de alivio. Era consolador que ninguna de las heridas fueran graves, aunque los moratones le cubrieran la cara. Ya podrían descansar ante la certeza de que no conduciría más pues era la batalla que siempre perdían ante su tozudez. Daban paso al desahogo de saber que ya no les saltaría el corazón en el pecho cuando, como testigos o pasajeros, le acompañaban en los viajes... Sí, habían tenido mucha suerte: ninguna herida grave, ningún tercero afectado... Pero podría haber sido diferente y entonces...

Era difícil entender que se negara a dejar de conducir su viejo automóvil, un auténtico trasto que a duras penas pasaba la ITV gracias a "la mano" del mecánico conocido de toda la vida; un cacharro en toda regla que su dueño aceleraba como un avión al borde del despegue cuando iniciaba la marcha, con una dirección tan dura que había que emplear los dos brazos para moverla en parado y con el espejo retrovisor fijado al cristal con pegotes de silicona. Su familia rezaba todos los años  porque le rechazaran en la revisión, pero siempre salía inexplicablemente airoso de la misma. Muchas veces pensaron sabotear el motor pero se contenían ante la sugerencia de que "necesitaba un coche nuevo". Pusieron su esperanza en que no lograra obtener el certificado médio, al fin y al cabo era ya bastante mayor y tenía algunos problemas de riego en el cerebro, pero cuando finalmente su clínica habitual tuvo el valor de hacerlo se buscó otra donde lo superó sin dificultades.

Ahora ya no habría problemas.  El coche siniestrado había sido sacado con ayuda de una grúa desde el punto en que se detuvo. Allí la altura del terraplén era ya de unos 4 metros. Si hubiera salido por ese punto el accidente hubiera sido mucho más grave: -¡Ha sido un milagro - decía su hijo cuando visitó el lugar- Literalmente voló!. Luego se dirigió al depósito del taller donde reposaba el coche con su lateral destrozado y el capó abollado y pidió un martillo.

martes, 11 de junio de 2013

Obama Big Data contra Osama Bin Laden


En estos mismos momentos estas palabras son leídas y parcialmente interpretadas por PRISM, un potente sistema informático creado por la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) de Estados Unidos. Palabras como "bomba", "terrorista", "Alcaida", "atentado"... son texto señal que un sofisticado software interceptará, archivará y cruzará con millones de otros textos y autores buscando referencias, relaciones, perfiles y modelos que me llevarán a través de un complejo diagrama de flujo a la casilla de "individuo sospechoso". Seré identificado, localizado, etiquetado, grabado e incluído en un nivel mayor de vigilancia a partir de ahora.

Gracias a las revelaciones de Edward Snowden (técnico informático contratado por la CIA con un sospechoso ataque de ética universal) a The Guardian nos enteramos (si acaso no lo sabiamos) que "La NSA ha construido una infraestructura capaz de interceptarlo casi todo"

Tras el 11S se hizo legal poder analizar metadatos" de llamadas telefónicas en EEUU, que incluyen números, duración o localización de las llamadas; pero es que ahora descubrimos que PRISM permite acceder directamente a los servidores de nueve de las mayores empresas de internet, entre ellas Microsoft, Google o Apple; para vigilar mensajes, vídeos o fotos en el extranjero con los que encontrar patrones relacionados con actividades terroristas. O sea que nuestro sistema operativo más popular tiene una puerta trasera, nuestro buscador favorito está pinchado y nuestro facebook está abierto a cualquier mirón de la agencia... y esto parece ser solo la punta del iceberg. Todo lo que hagamos, escribamos, digamos, compartamos o señalemos en la Red es susceptible de ser permanentemente archivado en una carpeta con nuestro nombre en el Centro de Datos de Utah de la Agencia Nacional de Seguridad. Obama lo ha justificado alegando que “el espionaje masivo es crucial en la guerra contra el terror”, como posiblemente la tortura fue esencial para acabar con Bin Laden... el fin justifica los medios. Es posible que el ingenuo Barack hiciera un cursillo acelerado sobre "El Príncipe" de Maquiavelo nada más llegar al despacho oval.

Esa supersesera se llama Prisma. Curioso nombre que sugiere transparencias, facetas pulidas y caras poliédricas dispuestas en ángulo recto (que no en recta ética). Curioso también que una agencia de detectives (vulgo "husmos" "sabuesos" y cotillas) española que ha sido contratada por el top institucional español se llame también así.

Y es que un conocimiento comprometedor sobre tu persona le dará inmenso poder sobre ti. Ese inmenso sociograma colectivo detectará tus redes de amistades, tus flancos de influencia, los cerebros grises que manejan los hilos en que estás atrapado dentro de la telaraña mundial de la WWW. Tenemos ya intervenidos los 5 sentidos: saben lo que oyes, miran lo que ves, escuchan lo que dices, conocen lo que tocas, ¿sienten lo que hueles? Somos objeto de estudio de un CSI gigantesco, de un Bones mundial.

Los que están en el ajo lo saben. Saben incluso como defenderse ellos mismos (los que están en el secreto) de las armas propias usadas por el enemigo: la estrategia de la confusión, intoxicación, megainformación falsa, lanzamiento de señuelos:¡que los árboles no dejen ver el bosque!

¿Cómo no pensar en una teoría conspiranóica? Lo que estamos descubriendo nos induce a una paranoia justificada.

¿Todavía no pueden penetrar en nuestra mente? Todo se andará. Cuando logren manipular nuestros pensamientos, solo podremos defender nuestra autenticidad sembrando islotes en el tiempo. Nada es igual después del ahora. Todo fluye. El ahora que desconocen será secreto. Se tratará de un testamento que después no reconoceremos.

Gacias a Dios las unidades de carbono todavía somos más fuertes. Nuestro hardware es aún mucho más complejo que las supermáquinas de silicio. ¿Pero hasta cuando? La SF ha explorado esta idea en miles de obras (rindo mi particular homenaje a Isaac Asimov). Todavía siguen funcionando los viejos códigos, los trucos ancestrales para proteger nuestros secretos: el lenguaje metafórico, las claves emocionales, los recuerdos compartidos... pero el gran cerebro crece mucho y aprende deprisa.