Reviso mis escritos y descubro demasiados adjetivos y demasiado malos. Reflexionemos sobre el tema...Seamos sencillos,
Un adjetivo puede destrozar una frase: por inapropiado,
El adjetivo es contrario a la acción. Se recrea en los detalles. Inunda de pinceladas la escena trabando son su pincel la galopada del verbo, la contundencia del sujeto. Pongamos los adjetivos contados,
Cito (adaptando el texto) a Alejo Carpentier en "El adjetivo y sus arrugas": "...quienes elaboran una materia verbal destinada a perdurar, desconfían del adjetivo, porque cada época tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas. Así el romanticismo tuvo un riquísimo arsenal de adjetivos sugerentes, de cuanto fuera lúgubre, melancólico, sollozante, tormentoso, ululante, desolado, sombrío, medieval, crepuscular y funerario... Los simbolistas reunieron adjetivos evanescentes, grisáceos, aneblados, difusos, remotos, opalescentes... en tanto que los modernistas latinoamericanos los tuvieron helénicos, marmóreos, versallescos, ebúrneos, panidas, faunescos, samaritanos, pausados en sus giros, sollozantes en sus violonchelos, áureos en sus albas. Al principio de este siglo, cuando el ocultismo se puso de moda en París, Sar Paladán llenaba sus novelas de adjetivos que sugirieran lo mágico, lo caldeo, lo estelar y astral. Anatole France, en sus vidas de santos, usaba muy hábilmente la adjetivación de Jacobo de la Vorágine para darse "un tono de época". Los surrealistas fueron geniales en hallar y remozar cuanto adjetivo pudiera prestarse a especulaciones poéticas sobre lo fantasmal, alucinante, misterioso, delirante, fortuito, convulsivo y onírico. En cuanto a los existencialistas de segunda mano, prefieren los purulentos e irritantes.
Así, los adjetivos se transforman, al cabo de muy poco tiempo, en el academismo de una tendencia literaria, de una generación. Tras de los inventores reales de una expresión, aparecen los que sólo captaron de ella las técnicas de matizar, colorear y sugerir: la tintorería del oficio. Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrerías, de la adjetivación.
Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribió el Quijote.
Sobreadjetivar es excesivo,perniciosos, abusivo, tedioso, torpe, cursi, cargante..."
Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribió el Quijote.
Sobreadjetivar es excesivo,

No puedo estar en mayor desacuerdo. Puede ser que lo innecesario sobre, pero la ausencia de una adjetivación suficiente sólo nos dice que estamos, o ante un pésimo autor sin recursos, o ante un corifeo de algunos de esos autores considerados vacas sagradas y que para mí son auténticos meapilas.
ResponderEliminarPor otra parte, la literatura -especialmente la que cuida tanto el fundamento como el ornamento- debe entenderse en una musicalidad tal que sea, en su propio estilo, una sinfonía no exenta de sonoridad. Véase el caso de Miguel Hernández, por poner sólo un ejemplo.
En fin, que siento disentir. Y lo hago tan radicalmente, que cuando leo una obra contemporánea, basada en principios para mí aberrantes como éste que indica el autor, me parece estoy leyéndolas todas, con palabras como adoquines perfectamente estructurados formando un paredón donde fusilar la belleza. Esa es la tarea ominiosa que llevan a cabo esas bestias literarias llamadas "correctores de de estilo": uniformar la expresión plástica de los autores -que también la tiene la literatura-, hasta el extremo de que ninguno se parezca a sí mismo.
Ángel Ruiz Cediel
Vaya,todo un escritor de "luenga" producción por aquí...
ResponderEliminarEn primer lugar te diré que leo tu página con asiduidad. Estando en desacuerdo en muchas de las cosas que escribes, me parece , muy interesante e inspiradora la forma de expresarlas.
Respecto a los adjetivos, tanto el título como los contenidos, son más bien una llamada de atención a los peligros de sobreadjetivar o no hacerlo con propiedad (despilfarro de recursos o empleo inadecuado de los mismos). Por supuesto que unos adjetivos bien elegidos y bien colocados clarifican, enriquecen, colorean y hasta musicalizan el texto, pero algunos estamos aprendiendo (nunca acabaremos de hacerlo, parece)y, la verdad, sentimos que a veces metemos la pata convirtiendo nuestro cóctel literario en "excesivamente cargando" o "mal combinado". Sí, reconozco que a veces no me acaba de gustar el brebaje que preparo.
En primer lugar saludar a los dos comentaristas. Por circunstancias de la vida tengo la suerte de conocerlos a los dos.
ResponderEliminarQuizás ninguna de las dos opciones extremas son las más adecuadas, no podemos pasarnos ni por exceso ni por defecto y pudiera ser que en un término medio estuviese lo más adecuado. Creo que además del negro y del blanco, también podemos utilizas los grises. Pero luego dependerá del toque personal de cada autor, ya sabemos que para los gustos se hicieron los colores.
Sólo por coloquiar con quienes compartimos inquietudes, apunto que lo que más me importa cuando leo a alguien es saber cómo piensa y se expresa ese alguien, y no que su naturalidad esté ordenada por criterios de otros. Fue una vaca sagrada la que dijo aquel improperio de la sobreadjetivación, que estaría bien para él -allá cada cuál- pero que desde luego no tenía ningún derecho, y no creo que lo intentara siquiera, en universalizarlo.
ResponderEliminarPo último, y como anécdota, ley ayer una novela de María Duenas -"Mi vida entre costuras"-, y, francamente, como si hubiera leído a cualquier otro autor de cualquier parte del mundo: ladrillos puestos unos tras otro, adivinándose la mano de un corrector literario al uso. Sin expresividad propio, sólo frases convencionales sucesivas, facilonas y sin estilo propio. Vulgar, en fin, y, desde luego -y he aquí lo más importatante-, sin una tesis y una antítesis que derivara una síntesis que pretendiera enseñar o hacer comprender algo. Una historieta, en fin, formal y todo eso, pero nada más.
Se puede, se le debe pedir al autor -¡ojo!, al autor, no al escritor-, que dé su punto de vista con su estilo, que nos enseñe lo que cree que debe enseñarnos o que simplemente nos regale una historia que redunde sobre un asunto inquietante o de preocupación general. Leer una historieta -sucesión de hechos y transiciones- es algo así como mirar por el ojo de una cerradura la vida de otro, y como que, para mí al menos, la literatura debe ser otra cosa. Creativa, constructiva, con sus dosis justas de fundamento y ornamento. Arte, en fin.
Un abrazo, y felicitaciones por tu excelente página, que con tanto gusto y frecuencia visito.
Ángel Ruiz Cediel