martes, 30 de julio de 2013

En el pueblo, con mi madre.


Me admira la extensa red de relaciones sociales que ha tejido mi madre entre familiares y conocidos. Reconforta contemplar la sorpresa y el cariño de algunos cuando les cuenta alguna anécdota desconocida o les aporta alguna noticia de sus familiares: olvidadas historias sobre la sobrina del cura, confidencias de antaño, pequeños pecados de juventud... Sonreía aquel maduro señor de Valderrábano al recordarle el comentario que la hizo en el baile cuando, moza ella, bailaba junta a una amiga y se acercó a buscar pareja: "A estas no que soy viejas" - ¡Vieja será tu abuela!, le contestaron...
Se asombran, las que son de su quinta, por lo bien que se conserva y la miran con envidia y admiración las que, más jóvenes, aparentan muchos años más.
Otras veces comparte información y dolor cuando la desgracia ha sobrevenido a algún viejo vecino: -!Sí, es verdad, tuvieron que cortarle las dos piernas porque se le estaban gangrenando! Tenía fuertes dolores pero no se quiso quejar, intentó tirar para delante sin contárselo a nadie y al final hubo que amputarle porque ya era demasiado tarde...!
De un tiempo a esta parte todos son entierros y apenas alguna boda. Ningún bautizo. De las cuatro ramas del árbol familiar tan sólo una da frutos.

Me conmueve  el anhelo que muestra año tras año por pasar unos meses en el pueblo en la vieja casa de adobe que es toda su herencia: cada verano recién bajada del coche que la acerca al pueblo se apresura a entrar en el patio descuidado, se arremanga y se pone a arreglar sus flores, sus macetas... Luego durante varios días limpia la casa, acondiciona el viejo frigorífico, ordena y repone la oscura despensa... No pasa mucho tiempo antes de que esté trullando alguna pared, taponando una ratonera o sujetando con cemento (o lo que pilla) los viejos baldosines de la trébede.

Muchas veces me levanto antes de las 9, antes de que baje de su pequeña alcoba, la peor de la casa, que elige precisamente para dejarnos a nosotros las otras, mejores. Me gusta sentarme en el sillón del tío cura: el único asiento con brazos a lo largo del banco corrido adosado a la fría pared (tan fría que hay que colocar un cojín si no quieres enfriar tus delicados riñones). Está situado al lado de la trébede, muy cerca de la lumbre. Enciendo el fuego aunque no haga frío, sólo por el placer de contemplar las llamas.  Me encanta pensar mientras las llamas envuelven los viejísimos troncos traídos desde la improvisada leñera, acumulados allí hace decenas de años. De vez en cuando, desde la ventana, se observan dos gatitos jóvenes de la docena que protege Dari, la vecina de la parte de atrás, y que suelen jugar en nuestro patio. Se han acostumbrado a venir a esta parcela abandonada durante meses y aprovechan las primeras horas de la mañana, sin gente, para desplegar todo un abanico de acechos, persecuciones y peleas cariñosas: se turnan para esconderse, se agazapan ante el vuelo rasante de algún pájaro, saltan al aire en busca de una mariposa... Uno de ellos se acerca a mi coche, husmea el parachoques y finalmente le da unos legüetazos buscando la mínima golosina de los insectos estrellados en él.

Escribo esto sentado en el tosco sillón del tío cura mientras los trozos de madera de chopo arden sin calentar apenas (esos viejos restos de madera provenientes de la limpieza del río son el combustible más a mano que encontramos últimamente). Pequeñas lenguas de fuego abrazan las oálidas astillas y bajo ellas la brasas forman un brillante palacio de rubíes. Una delgada capa de ceniza blanca forma un pequeño alero nevado en el borde de la madera. Mi madre trae del patio un pequeño montón de cortezas medio  podridas. Yo, con las grandes tenazas de hierro, las echo al fuego. En pocos segundos, una docena de insectos xilófagos, sus íntimos habitantes, salen a la arrugada superficie buscando huir del intenso calor. Corren alocadamente de un extremo a otro de  su pequeño mundo buscando alivio, pero ninguno se decide a abandonar su conocido hogar de celulosa. Yo pienso ¡con lo fácil que sería huir por el fresco piso de cemento...! Uno de ellos, finalmente se decide y emprende una huida realmente vertiginosa para su pequeño tamaño. Un empujón con el escobajo de paja que usa mi madre para barrer la ceniza le devuelve al pequeño infierno.   Otras dos veces lo intenta y otras tantas la escoba le devuelve a las llamas. Increíblemente los xilófagos sobreviven cinco minutos más corriendo alborotados sobre las delgadas cortezas ya presas de las llamas.

La cabeza se llena de historias al calor de la lumbre. Me quedo pensando en este apego de estos pequeños animales a su mundo como una metáfora de la vida: vivieron allí y allí quieren morir, en su viejo hogar.  

2 comentarios:

  1. Hola Jesús!! Que bonito artículo, me encanta la ternura y las emociones que trasmites en sus detalles. Al leerlo vienen imagenes a mi memoria de casa de mis abuelos e incluso de la de mis padres. Pero sobre todo, viene a mi mente la imagen de tu madre, siempre tan luchadora, alegre y núcleo de relación social. Claro ejemplo de una saga de mujeres "todoterreno", como mi abuela y mis tias, que siempre se muestran afanosas por cuidar los recuerdos, ofrecer lo mejor de lo que disponen y orgullosas de sus familiares y amistades, siempre felices de reencontrarse con ellos y compartir relatos e inquietudes. Esa generación es muy necesaria es clave para una sociedad a veces tan fría y materialista.

    ResponderEliminar
  2. Hola, Estrella. Hace tiempo que leí tu comentario, pero he estado un poco liado... Ahora que tengo algo más de tiempo aprovecho para agradecer tu lectura, tus comentarios siempre positivos y animosos. Es un placer encontrar gente con esa capacidad para encontrar valores y bondades en las cosas y las personas.
    No cambies.
    Respecto a la ternura, soy más tierno en el blog que en el mundo real... ya sabes "si no fuera tan tímido..."
    Un saludo.

    ResponderEliminar