viernes, 9 de octubre de 2015

Caminos de Santiago.. "Camino de los tres ríos"


 Tramo de enlace desde Ayuela de Valdavia a Sahagún atravesando tres ríos palentinos: El Carrión, el Valderaduey y el Cea.


El  auténtico Camino a Santiago tiene comienzo en el dintel de la propia casa. El  Camino Francés, la  Vía de la Plata, la Ruta de la Lana, etc. son los ríos principales pero los afluentes, las fuentes originales comienzan en la casa de cada cual, en su pueblo, aunque este sea pequeño y desconocido…

Mi familia es originaria de un pequeño pueblo de Palencia. Ayuela de Valdavia está a una jornada a pie del tradicional camino francés (enlazando por Carrión, como punto más accesible). El pueblo vecino tiene un monte y una ermita llamada “De Santiago” y existe cierta tradición ligada al santo  por estos lares. Ya en alguna ocasión había llamado mi atención una reseña en la página web del Instituto de Saldaña referida por un estudiante de Buenavista en la que se daba constancia del paso de un señalado peregrino europeo por estas tierras: 
“En el año 1224 el rey Fernando III, el Santo confirmó el fuero que ya había otorgado el Emperador. El fuero es concedido por D. Rodrigo Rodríguez Girón conde de Saldaña y Carrión y señor del pueblo y Castillo de Agüero y por D. Murio Abad del monasterio de Santa María de la Vega en Renedo de la Vega, que estuvo antes en el valle de Cabarrosa por donde pasó uno de los peregrinos europeos que venían a pie dirección a Galicia. Medidas las distancias con sus ermitas y casas adjuntas desde Aguilar - Cozuelosnos – Pradanos – Congosto – Tablares – Rabanillo – El Nido – Pino del Río... hasta Sahagun."...

Pregunté por aquí y por allá y nadie conocía el asunto ni podía añadir información sobre la existencia de caminos de Santiago por la zona. Sin embargo que Santiago tenga una ermita dedicada en Tabanera y un topónimo, indicaba que había podía haber alguna relación con el tránsito Jacobeo. Escribí al director del colegio de Buenavista que me aportó alguna información (aunque vaga) de esa posible ruta:
“Este año ha sido el 25 aniversario del Colegio y hemos tenido visitas, así que he aprovechado para preguntar, de referencias de Unamuno, nadie me ha sabido decir nada, pero sÍ que me han hablado de dos antiguas rutas del Camino de Santiago. Una que venía de Aguilar y pasaba por Congosto, atravesando hacia la Virgen del Nido y de allí a Saldaña. Y otra que era más importante, que pasaba por San Andrés de Arroyo, ¿Prádanos? (no estoy seguro), Arenillas hasta Carrión”

Así que en el verano de 2012, en la primera quincena de julio se me ocurrió salir de la puerta de casa, en bici, y realizar el tramo correspondiente desde Ayuela a alguna de las poblaciones históricas del Camino Francés. Debía decidir entre Carrión y Sahagún que son las dos poblaciones importantes y cercanas al pueblo. Deseché Carrión pues, con un recorrido similar, me planto igualmente en Sahagún , ya más cerca de Santiago.  Además existen recuerdos e historias de antiguos viajes desde Ayuela a Sahagún a ferias y  mercados, o a por vino de Toro en los viejos carros. Lo que no estaba tan claro era el camino que seguían… Existía la posibilidad de hacerlo por Saldaña (unos 50 km) pero me pareció más interesante  mantener la latitud y cruzar los tres ríos que existen hasta Sahagún: El Carrión, El Valderaduey y el Cea. Así que, recién iniciado en el manejo de planos y GPS, elaboré una ruta con su correspondiente track. La haría en bici y me tomaría toda la tranquilidad del mundo para recorrer los 70-80 km correspondientes.  Al final, comprobé que hubiera podido realizar todo el recorrido en una sola jornada, pero decidí utilizar la tienda de campaña (para eso la llevé encima todo el camino) en Cea… Cuando uno comienza a pedalear sigue y sigue… hay que saber parar a tiempo para saborear un atardecer.
La vuelta la solucioné dejando el coche un par de días antes aparcado en Sahagún. Me pareció más práctico que tener a la familia pendiente de llamadas. De paso realizamos una pequeña excursión familiar por esta ciudad cidiana.

Del río Avión al Carrión
El día señalado me levanté temprano, sobre las 7:00, y en media hora estaba desayunado y listo para partir. Salí de casa sin hacer ruido y pedaleé los cincuenta metros escasos que hay hasta el caño del pueblo. Realicé el rito inexcusable de llenar el bidón en el caño y beber un sorbo. Luego un repaso a las  gomas que sujetan el equipaje. Llevaba para la ocasión unas alforjas ligeras con algo de ropa de abrigo, algunos bocadillos y fruta, el saco y sobre tode ello una tienda iglú de unos dos kilos.  Este equipaje me habilitaba para pernoctar en cualquier descampado y era más que suficiente para este pequeño trayecto. Comienzo el camino con tranquilidad (“hay que empezarlo como un viejo, para acabarlo como un joven” –aconsejan los paisanos de por aquí-). La mañana es fresca pero el día se adivina caluroso. Apenas una neblina de madrugada en el horizonte. Aunque pedaleo despacio los tendones protestan levemente. No estoy dispuesto a quemarme enseguida, así que me amoldaré al ritmo que haga falta.  Elijo seguir la carretera (el camino por la otra orilla del río Avión estaba programado, pero conozco el trayecto y prefiero reservar fuerzas yendo por la carretera). Paso junto al nido de la cigüeña. La  única ocupante hoy voló unos 100 metros más allá cuando me aproximaba. Pasada Presalacántara me compensa una pareja de corzos (madre y cría). Tardan en verme llegar. La madre emprende una veloz carrera para alejarse cruzando la carretera ente mí y la cría trata de seguirla pero se retrasa. Si me hubiera puesto a ello podría haberla cortado el paso a la altura de la carretera.
 

Llego a Tabanera cuando la bañan los primeros rayos de sol. Contemplo al fondo el Monte Santiago, primer hito del camino. Ya en el casco urbano giro a la derecha. Hay un camino que cruza el río. Tras pasar el puente continuo  hasta la fuente de Perennal. Luego me acerco a la falda del monte  y desmonto. Subo andando, empujando la bici. Durante la subida saco algunas fotografías de las pequeñas ermitas que guardan pequeños Santiaguitos. Sentado de espaldas contra la pared de la ermita escribo las líneas precedentes.


(Al reincorporarme a la ruta me desvío del track previsto y voy por la carretera hasta Rabanillo)
A las 9:00 (viajando despacio) ya estoy en la ermita de Rabanillo.
Al rodear el monte de Santiago un raposo (zorro pequeño) me sorprende cruzando el camino desde un trigal próximo y se interna en la espesura de la ladera. La subida asfaltada hasta el alto la realizo zigzagueando. Me sienta como un tiro cuando ya estaba frío, pero la hago sin bajarme de la bici. Subo el último repecho resoplando como una locomotora.


En Rabanillo el sol está 30º sobre el horizonte. La ermita está desierta bañada por la luz rasante que la ilumina de costado perfilando su blanca pared y su entrada de piedra coronada  por una espadaña encalada que enmarca una pequeña campaña. Rodeo la edificación hasta la puerta trasera que tiene señalada en sus piedras el año de 1781, fecha de su edificación. Bajo hasta la fuente. Lleno mi bidón de agua y me entretengo un rato ene ngrasar la cadena. La próxima anotación será en Pino.

Apenas dejar Rabanillo enfrento un pequeño repecho. La pista que se dirige hasta Bascarrión es llevadera.  Cuando me alejo, acierto a distinguir la ermita tras los trigos, en un resquicio que permite la espesura de los robles. El próximo hito del camino es “El barracón”. Éste decepciona por la suciedad, la basura,  los restos de botellones y los sofás amontonados que han clocado allí los jóvenes de los pueblos de alrededor para sus fiestas. Podía ser un lugar hospitalario con su mesa, su chimenea, su amplio espacio cubierto, pero…


 Mientras hago una foto denuncia aparece una lechuza blanca que se posa en el marco de la ventana. Me mira inquisitiva con sus grandes ojos redondos  (¿amenazadores?). Enseguida vuela hasta las vigas del techo. No me muevo del sitio mientras aprovecho para sacar la cámara lentamente y para hacerle una foto para la posteridad. Desde allí, donde ya, por fin, hay   cobertura de telefonía móvil, pongo un mensaje a mi sobrino Raúl. Hoy es su cumple. Después apago el dispositivo (no puedo desperdiciar batería, no sé qué me deparará el viaje ni cuánto durará). Enfilo el camino a Pino que está indicado dejando a mi izquierda el cortafuegos de “Las Vallejas Traidoras” (un nombre poco tranquilizador, la verdad…). El tramo hasta el vértice geodésico está en obras. Están consolidando el firme con grava. Muchos camiones han pasado por aquí repartiendo grava y formando una alargada meseta central que luego una pala reparte hasta el borde del camino hasta igualarla.  He de apartarme a su paso pues ocupa toda la pista.  Un kilómetro más allá, en un claro, aparecen los vehículos de los trabajadores y más maquinaria. Un peón enfundado en su mono verde espera (quizás)  a un camión en pie al lado del camino oteando el extremo de la pista. Yo no tardo en llegar a la ermita de Nido, bella tras los resplandecientes rayos frontales del sol.  ¡Peo no tiene fuente! Una ermita sin fuente es como un inválido: parece que te falta algo que llevarte a la boca. Al fondo, como siempre, el dentado borde de la Montaña Palentina brumoso, escoltado por nubes inquietas que presagian lluvia. En la carretera de Pino, que nace al pie de la ermita, inicio una bajada veloz y Pino aparece pronto, a la vera del Carrión, con su impresionante obelisco de 45 m. que el paisano Eutimio Montero Macho dedicó a su esposa Concha Villacorta Martín,  destacando ante el casco urbano.


 El lugar parece solitario, apenas una mujer asciende por la carretera con la mano a modo de visera para protegerse de la violencia del sol rasante que asoma tras la ladera. Al otro lado del pueblo encuentro el hermoso rincón del área recreativa con la acequia que alimenta su piscina y las mesas bajo la cubierta al aire libre. Una pasarela conduce lateralmente al área y, un poco más adelante, se divisa la bonita entrada al lado de un cartel de publicitando los puntos de interés de la Vega. Sigo por el asfalto hasta tomar el desvío a la izquierda que me incorpora a la carretera de Acera y prosigo hasta el salto de agua que se divisa a la derecha, a unos 200 m.  
En el trayecto me cruzo con varios octogenarios ciclistas de sorprenden por su aparente robustez. Uno de ellos arregla su bici al lado de un potente chorro de agua. En las inmediaciones del pueblo de Acera, en su esplendido y cuidado campo de futbol, escribo estas últimas anotaciones. Los rayos del sol se inclinan  ya a 60º sobre el horizonte. El cielo, entre tanto, se ha vendió poblando de nubes y temo por la lluvia.
La vega del Carrión, entre Pino  y Acera, acariciada por los tibios rayos de la mañana se muestra verde y feraz. Cultivos de patatas, remolacha y maíz alternan con el cereal (mucho más verde aún que el de la Valdavia) y que atravesé hace una hora.

El sol alcanza su cénit cuando me siento a escribir en la única sombra en kilómetros, bajo un grupo de robles, a la vera del camino. Poco antes, divisé un pastor, también protegiéndose de los rayos verticales del mediodía mientras bajo algún roble, hablando por su móvil (¡Que tiempos estos…! Me dio por pensar cómo sería el cuento de “¡Que viene el lobo!” en versión actualizada, es decir, con uso de móvil, helicópteros, internet para contar la anécdota…). El horizonte clarea. Parece que se aleja la amenaza de lluvia.


Del río Carrión al Valderaduey


Había decidido pasar por Villosilla y sentí abandonar las márgenes del Carrión. Villosilla de la Vega, pedanía de Acera de la Vega,  se sitúa en la ladera de  un cerro poblado de robles, ya lejos del cauce, y es el límite de la Vega. Es un pueblo pequeño con una iglesia pesada de oscuros ladrillos. El pueblo me recuerda a Ayuela:  parecidos caminos de cantos, bosquetes de robles y muchas fuentes de buen caudal . Tres llegué a fotografiar en los alrededores del pueblo. Luego, siempre guiado por el GPS, tomé un camino de cantos en regular estado que ascendía al páramo (como Ayuela, ¡Cuánto me lo recuerda…!) En el último repecho bajé sin rubor de la bici y remonté a pie hasta alcanzar la pequeña meseta. Grandes extensiones de cereal se despliegan ante la vista y los atravieso recelando de haber escogido elegido sobre el plano camino ya desaparecido o en estado lamentable (trazas de ello me daba la vía que se adentraba entre la cebada).

Avanzo por largas pistas siempre flanqueado de doradas espigas. A lo lejos, en la línea del horizonte, algunas hileras de chopos son la avanzadilla de una vegetación mucha más verde que aguarda en retaguardia. Pronto llegaré a Villota.



De la vega del Carrión al río Valderaduey

Villota aparece, uno o dos kilómetros detrás de la línea de chopos. Es, como su nombre indica, un pueblo del páramo. Tiene una bonita iglesia (que están arreglando en estos días) cuya nave se cubre con bóvedas de cañón y cúpula ciega en el crucero y portada de arco de medio punto. A los pies de la torre de ladrillo un cementerio chiquitín se ha quedado en medio del pueblo. Hay un ayuntamiento coqueto con un bar en los bajos, pero no aparece fuente alguna. Tuve que preguntar y una buena señora me indicó su situación no sin advertirme antes que pudiera estar sin agua pues, muchas veces, los chiquillos la estropean. La fuente funcionaba y llené el bidón. Alejada la preocupación de la sed, me lanzó páramo adentro hacia San Andrés de la Regla por una cómoda carretera local. En este pequeño pueblo solo destaca su iglesia con una hermosa espadaña. San Andrés de la Regla recibió su nombre del apóstol hermano de San Pedro que fuera martirizado en una cruz en forma de aspa; lo de la Regla es que la villa se encontró dependiendo de un monasterio de la regla de San Benito. Se ha considerado en este pueblo el texto de un Auto de los Reyes Magos, representación barroca desde finales del siglo XVII.



Es ya pasado el mediodía. No tengo forma de saber la hora, pero calculo la 1 o las 2. Enseguida .partiré hacia Carbajal de Valderaduey (escribo esto sentado en la baranda de cemento de un puente y arroyo que  pasa rodeando el pueblo, tras la iglesia. Hay allí una pequeña laguna y una fuente).


De San Andrés de la Regla a Carbajal hay un camino incómodo pero aceptable. Es un tramo largo en el que se alcanza la loma y luego se desciende hacia Carbajal en una larga bajada. En medio un robledal.
Carbajal no vale mucho y su iglesia, que carece de encanto alguno, está cerca del cruce con la carretera con las casas apiñadas alrededor y las calles descuidadas. No me detengo. Ya estamos en León y el río Valderaduey se descubre al frente, tras la carretera.



Al tomar la carretera equivoco el sentido y acabo en Velilla justo cuando quería parar a comer. Así que recorrro un buen trecho paralelo al río Valderaduey hasta Renedio. Doy media vuelta y alcanzo de nuevo Carbajal. En unos minutos estoy en Villalmanzo. Pero antes de llegar al casco urbano aparece al lado de la carretera el bar “las Flores” (también llamado “El Pajarito”) con un precioso rincón para comer.
 Empujo la puerta de la fachada pero está cerrado. ¡Mejor!, salvo por la cerveza fresquita prefiero la soledad. Me siento a comer en una silla plegable junto a una mesa redonda montada aprovechando una piedra de molino.  Unos pequeños bancos, viejos pero encantadores, junto al seto verde y a la pared. Enfrente de la ventana del bar con la persiana bajada (seguramente un improvisado mostrador).  Como en la gloria pues el frescor de la cubierta vegetal se añade la suave brisa de este día nublado, ideal para la excursión. Con el bocadillo a medio consumir se abre de repente la persiana frente a mí y un hombre delgado de pelo gris, algo rizado y revuelto, aparece con la camisa desabrochada y con cara de sueño. Se queda sorprendido al verme. Abre la ventana. Me acerco y le pregunto si va a abrir. Me pregunta por qué y le digo que por pedirle  una cerveza. Me pregunta de dónde era. Le explico que de La Valdavia, que vengo a conocer la zona. Me trae un botellín y se vuelve a adentro ocupado en preparar la apertura del bar. Poco después llega la camioneta frigorífica que transporta los helados. Cuando termino mis dos bocatas me acerco a pedirle otra cerveza y pagarle. El hombre habla bajísimo y ve mal. Mira varias veces las monedas al darme las vueltas. Le comento que apenas oigo, que estoy un  poco sordo y replica:  - “Tú oyes poco y yo veo mal…”
Le informo de que dormiré un poco en el viejo banco que tiene afuera, bajo unos frutales; y que luego, antes de marchar, me pasaré a tomar un café. Entre tanto le bromeo un poco:
- “Seguro que si te hago una pregunta la sabes…”
- ¿Por qué? –replica escamado-.
L e señalo un libro sobre una de las mesas (una especie de enciclopedia sabelotodo) con un título categórico: “Respuestas para todo”. Luego, al café, hablamos del negocio, de dónde partí… (que me lo ha preguntado ya tres veces…), del tiempo, de la ruta, de lo deportivo que soy… (¡Ja!). Al abandonar el local  se despide amablemente y me acompaña a la puerta. Se queda mirando el cable con cierre de clave arrollado al cuadro (le explico que es un cable de seguridad, él pensaba que era un muelle de amortiguación: ¡Así de mal ve el pobre hombre!).

Me alejo de aquel  acogedor merendero (con muchos posibles por fuera pero bastante cutre por dentro). Doblo por Villazanzo y cruzo el Valderaduey por primera vez sobre el pontón. A continuación busco el primer camino a la izquierda para llegar a la ermita donde escribo esto.
En vez de seguir el GPS vuelvo a la orilla del río. El camino, al lado del cauce atraviesa un paraje bucólico, como en el caso del Avión: una tupida pared de salgueras deja al río en penumbra. Descubro a mi paso, apelotonadas bajo la sombras del ramaje, un rebaño que se resguarda del duro sol del mediodía.



La pista se pierde finalmente cegada por la maleza, pero se abre un acceso a mi derecha hacia la pista. Me olvido del GPS y la sigo hasta el paso (de cemento) del río. Dejo el camino de la orilla y continúo la pista hasta Velasco. La llegada parece digna de un pueblo de ecuatorial y un alto bosque de galería hace de antesala al pueblo que nos ofrece la torre de su iglesia oscura al estilo del país.


 En sus alrededores, un reloj de sol marca las cuatro (hora solar). Recorro el pueblo arriba y abajo intentando conectar con la ruta preestablecida pero, tanto los bares señalados con  una jarrita de cerveza en el mismo (ya desaparecidos) como los caminos son irreconocibles. Aparezco en la carretera que pasa por la parte alta del pueblo y (como no pinta nada en la ruta) vuelvo finalmente sobre mis pasos para tomar finalmente una pista de cantos menudos (al estilo del país)  que me llevará con el Valderaduey a la derecha, lejos de estos campos de cereal, hasta San Pedro de Valderaduey. Me acerco flanqueado por los altos molinos de viento asentados en la loma. Tras una foto de la iglesia  busco una fuente. Consulto el plano de mi GPS y compruebo que de aquí a Cea ya no hay población alguna. Quizás pase la noche en el campo o quizás, finalmente, me decida a llegar hasta la población que, acaso, tenga camping.


Me fotografío junto a la rueda de molino y me acerco a la ermita del Humilladero. Llego a su puerta realmente humillado por cientos de  pinchos adheridos a mi calzado (esas anclas vegetales precursoras del velcro, auténticos anzuelos para zapatillas y calcetines.
      


 Dedico un buen rato a quitármelos sentado a la sombra bajo el dintel de la puerta.   Mientras escribo estas líneas el sol avanza unos grados más por su arco celeste, lo suficiente para que acabe iluminando estas últimas líneas. Siguen las nubes empujadas por altos vientos y las aspas triples de los molinos marcan veloces tres veces el tiempo en sus imaginarias esferas transparentes.

     Del Valderaduey al Cea


Pronto, más de lo esperado, se llega a Cea. Tan pronto que me planteé por un momento seguir hasta Sahagún, coger el coche y volver antes del anochecer al pueblo. Pero supondría pedalear porque sí, hacerlo sin sentido,  sin disfrutar de los parajes que pretendo visitar. Así que, me lo tomo con calma,  y callejeo un poco por el plano inclinado donde se asienta la localidad. Visito la plaza del ayuntamiento con su curioso monumento a las personas centenarias de la ciudad, subo hasta la iglesia, continuo por el camino que asciende hasta el castillo en ruinas con sus muros desdentados abriéndose sobre el Cea… Me acerco a sus almenas, me introduzco en la gran torre del Homenaje, de planta cuadrada con sus paredes agrietadas y desmoronadas, a las puertas casi colmatadas por los escombros… Se aprecia que tenía tres pisos por las marcas de los apoyos de las vigas de los pisos en los muros,  aún los ladrillos dejaron su huella en los muros de la fachada. Dos torres laterales aún muestran en su interior los peldaños de subida a lo alto de los muros. No quiero tentar a la suerte y subir, pero se podría (dejaremos estas hazañas para que los jóvenes locales impresionen a sus parejas). Desde sus ruinas se domina el Cea, el puente romano, la verde explanada junto al río.  Un paisano me comentó que podría pernoctar allí: “Muchos lo  hacen” - me dijo-. No hay camping hasta Sahagún y unos feriantes se han instalado con sus roulotes en la orilla del río., cerca del puente, al lado de los árboles.



Bajo a inspeccionar el lugar. Es un buen sitio, quizás con la única pega de la proximidad de la tropa de feriantes con sus niños y su presumible “animada” vida nocturna. Las atracciones están al otro lado de la explanada, hacia la población, junto al frontón de la villa. ¿Será fiesta o están de paso? Tras dudar un instante decido quedarme. Mato el tiempo en el bar “La Sierra”, tras el silo, a la espera de que los rayos del sol alarguen las sombras multiplicando por cinco la longitud de los cuerpos erguidos. Se aproxima el atardecer. Entonces buscaré un lugar alejado en la explanada junto a unas mesas y merendaré un bocata de tortilla de cinco huevos. Con las primeras sombras montaré la tienda (la última vez que la usé fue en la vía de la Plata, en el camping de Sanabria y lo hice mientras empezaba a llover poco antes de  la madrugada… con las prisas quedó algún resto de comida que ha derivado en algunos lamparones mohosos).

Espero poder dormir. Los últimos rayos dorados lamen las murallas del castillo en su alto promontorio, frente a mí. Mientras anochece  intento un sonetillo:


En las riberas del Cea
un lienzo verde esmeralda,
en él tiendo mi espalda
al terminar mi tarea.


Que ha de saber quien lea
que dejé Ayuela a mi espalda
y llegaré a Sahagún sin falta
pedalea que pedalea


Pero esta noche me quedo
descansando a tus orillas
lo exige mi cuerpo y cedo.


Mañana, desde esta villa
llegaré a Sahagún si puedo
y a Santiago por Castilla.

Sobre las 9:30 monto la tienda. Conecto el teléfono y llamo a las 10, más o menos, para informar y tranquilizar a mis padres. Por la noche, vueltas, desvelo, inquietud… Hará ya más de 10 años que no duermo sobre el duro suelo (ni tan siguiera traje el aislante). La tienda muy bien: ligera, fácil de montar, práctica… Al anochecer apareció una fuerte corriente de aire por el fondo del valle siguiendo el curso del río. Los vientos producen fuertes tirones sobre la lona que me intranquilizaron. Duermo, a medias, hasta las 8. Amaneció sobre las 6:00. Yo permanecí un par de horas más en el saco: son los momentos más apetecibles.
El cuerpo tendido sobre el suelo mejor de lo previsto. Eso sí roté las tres posiciones:  decúbito supino, lateral y prono alternadas cada 15’ y así toda la noche. Los feriantes, aparcados al lado, permanecieron viendo la televisión hasta las 12:00. Sus enormes pantallas podían verse desde mi pequeña tienda, a 50 m.,  más alejada y solitaria. Hoy, a las 9:00, aún no se han despertado. Trinan ya los pájaros y el sol acaricia mi espalda calentándola mientras escribo estas notas en la mesa cercana del área recreativa. Cea aún parece dormida, tan solo algún caminante madrugador se dirige ligero hacia los caminos del río. Me pongo en marcha a las 9:15. Aunque primero buscaré algún bar abierto para tomar un café y cargar agua.
Son las 12:08 y estoy en la cafetería “La Ruta” en Sahagún, frente al templete de la Plaza Mayor.
De Cea a Sahagún podría haber llegado en muy poco tiempo (hubiera tardado poco más de una hora), pero las alegrías de proyectar sobre plano te conducen a tomar vericuetos a veces intransitables. Nada más salir de Cea tomé el camino paralelo al río pero llegó un punto en que la senda desaparecía entre la  maleza.  Matorrales, ríos y choperas a través; llegué a la carretera de Villamol. En el pueblo hago una foto a la musgosa fachada norte de la iglesia (oscura y pesada como todas) y me entretengo frente a un panel informativo. En el cartel se informa de la existencia de una villa romana en los alrededores (Santa Coloma), de un yacimiento de la edad del hierro (Los Castros) y de las ruinas de un monasterio del s. XII que estuvo habitado hasta el s. XVI por los agustinos (Monasterio de Trianos). Pregunto a un lugareño qué merece la pena visitar de este interesante menú y me asegura que lo único interesante es el monasterio, en ruinas, pero que donde quizás los dueños (que viven en una finca aneja) me lo quisieran enseñar. Me indica el camino y me recomienda una parada en el molino, poco antes de llegar.

El monasterio se ubica dentro de una propiedad privada cerrada con dos hermosas puertas enrejadas. Llego sin problemas por el camino que se inicia paralelo al Cea (también se puede ir por la carretera CL-611 pues un camino te conduce a ella en apenas 300 m.) Poco antes, se cruza la casa del molino que es realmente hermosa y apacible. (¿Qué tendrá el agua que hace cobrar vida hasta a las mismas piedras?) Poco después aparece un pequeño poblado que envuelve al antiguo monasterio que aparece tras las puertas enrejadas, tras una tapia.

Cuando llego a la entrada encuentro la puerta abierta mostrando las ruinas sin techo de lo que fue desde el s. XII y hasta la desamortizaciónde 1835 un monasterio más bien modesto donde se enseñaban humanidades, filosofía y teología llegando a tener cátedras de cierto renombre.  Un cartel a la derecha indica “Propiedad privada” junto a la silueta de un perro. Me quedo a la puerta y espero un rato (quizá apareciera en tanto alguien de la finca y me franqueara el paso). El vehículo de un instalador eléctrico sale marcha atrás y me obliga a orillarme a los goznes. Le pregunto por señas si puedo pasar y él me responde señalando el letrero del perro amenazante… Prosigo unos  metros más paralelo a la tapia y encuentro otra puerta  que da acceso a una finca magnífica. Está cerrada. Cuando vuelvo a la entrada anterior una mujer está cerrando las puertas. Le pido permiso para pasar y accede a posponer cinco minutos el cierre.  “Serán incluso menos” - Le replico, agradecido, no queriendo abusar y presumiendo que la visita no podría durar demasiado por el penoso estado de las ruinas-. La dueña se alejó y me dejó sólo frente al viejo edificio devastado por el tiempo. Inspecciono brevemente los restos. Una zona se mantiene cubierta (reparada  hace tiempo) posiblemente la Sala Capitular, el resto prácticamente arruinado. La erosión ha hecho estragos en algunos capiteles románicos que se ofrecen a la intemperie. Algunos, más protegidos, muestran  centauros agarrándose las colas semejando grandes orejas de conejo.


Me voy antes de los cinco minutos prometidos. A partir de ahí sigo la carretera CL-611 hasta Sahagún. Paso al lado de Villapeceñil pero no parece ofrecer nada especial y no me detengo, apenas quedan dos kilómetros para Sahagún. Entro en la ciudad por un complicado acceso (el mismo que realicé en coche al venir de Ayuela). Me dirijo inmediatamente al lugar donde aparqué mi peugot (siguiendo en dirección contraria y prohibida el camino señalado para los peregrinos). Deshago el equipaje y coloco la bici en el portaequipajes. Dentro del coche me cambio de ropa. Así, más cómodo y relajado, doy un paseo por la localidad hasta  las 12:10. Luego localizo un Lupa (supermercado) para comprar los ingredientes de la paella que pienso hacer mañana. Finalmente me siento durante una hora en una de las  terrazs de  la plaza frente a una jarra de cerveza helada.

Decenas de peregrinos, todos extranjeros,  van recalando en las mesas vecinas. Mientras la jarra se vacía, al tiempo que se calienta, escribo estas últimas notas.

Desde aquí a Santiago el camino ha sido hollado mil veces, fue pisado por mil pies. Un caudaloso río de peregrinantes fluye por los caminos polvorientos. Es un camino ya muchas veces recorrido. No hay novedad, no hay misterio que te anime a proseguir. Me vuelvo a Ayuela con la satisfacción de que el cuerpo aún responde a pequeñas aventuras y de conocer algunos pueblos olvidados por el progreso y por la historia. Es mi pequeño camino castellano de los tres ríos que ahora acaba.


MÁS FOTOS SOBRE ESTE CAMINO (Álbum Picassaweb): https://picasaweb.google.com/103246749404663080384/RutasAlrededorDeAyuela#



MAPA DE LA RUTA:

2 comentarios:

  1. Fin de semana festivo en Alcalá dedicado al autor más universal.
    En su memoria y con una dedicatoria especial a tu aventura, me atrevo a decir:
    "En un lugar de Palencia, de cuyo nombre no quiero acordarme vivía un hidalgo aventurero que recorría los caminos, atravesados por ríos y pisados por mil pies..."

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  2. El autor más universal nos ha dejado un ojo más del puente, un trocito festivo más largo para juntar cuatro días y formar unas minivacaciones que aprovechamos para visitar la comarca de La Vera. Un sitio muy agradable y de gran belleza.

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