viernes, 6 de noviembre de 2015

La ciudad sin Dios



Ayer, en un arrebato de curiosidad y de nostalgia, lancé una búsqueda por internet. Desde el buscador Google tecleé "La ciudad sin Dios" y aparecieron en la pantalla  8.210 resultados en 0,43 segundos. Estos resultados sorprenderían a cualquiera hace una década, pero hoy en día (y mucho tiene que ver el álgebra de Boole de la que hablábamos en la entrada anterior) los ordenadores aplican la lógica booleana a velocidades impresionantes. Cierto es que más del 80% de ellos se referían a la obra "El inobediente o la ciudad sin Dios" de Lope de Vega, y un 15 % proceden de expresiones recogidas de textos y/o declaraciones de personaje varios; pero el 5% restante despertó mi interés y me empujó a  rescatar del olvido y completarla
la información sobre la única obra de teatro completa en la que he participado en mi vida en uno de los personajes principales.

Hacía tiempo que quería hincar el diente al texto de este drama del periodista y autor dramático Joaquín Calvo Sotelo. Este escritor publicó la mayor parte de su obra en el periodo que va desde la Guerra Civil hasta pocos años antes de su muerte en 1993. De su producción destaco su buen hacer como articulista en lo periodístico y su trabajo como dramaturgo en el que despliega un fino sentido del humor, siendo un magnífico dibujante de caracteres y dominando perfectamente la técnica teatral. Sin embargo, se le achaca una cierta tendencia al sermoneo y un lenguaje y una sintaxis demasiado literarias y algo rebuscadas para resultar naturales. Es esencialmente un moralista que sabe plasmar en su teatro la hipocresía moral, el materialismo y las miserias de la mediocre sociedad burguesa surgida tras el franquismo. Su ideología es conservadora y profundamente cristiana. En el caso de "La ciudad sin Dios", el argumento contiene un duro alegato en torno a la necesidad de la religión aderezado con algunas críticas anticomunistas. O sea, miel sobre hojuelas para  los hermanos maristas que nos educaban en esos principios esperando que fuéramos "alter ego" de sus propias personas: moralistas, conservadoras y cristianas; al menos eso mostraban las apariencias.

La obra se había estrenado en 1957, justo el año de mi nacimiento, y las hemerotecas nos permiten leer hoy las críticas de su estreno. Igualmente desde Wikipedia se nos facilita la descargar del libreto en pdf. En otro enlace, desde la web del Centro de Documentación Teatral, ponen a nuestra disposición diez fotos de la representación en el Teatro María Guerrero de Madrid. No pude resistirme a comparar mis viejas fotografías de aquellos años con las más viejas aún de los actores profesionales durante su estreno. Por un momento analicé parecidos y diferencias y sí, me reconozco en aquellas poses. La alquimia de las sales de plata ofrece denominadores comunes en las sombras de las imágenes.







Tenía yo quince años, cuando me propusieron para uno de los papeles. Mediada la década de los 70 me encontraba en Tui, formándome como junior que aspiraba ser hermano marista. Teníamos un proyecto educativo con cierto grado de autogestión y un montón de actividades. Aparte de las sesiones de teatro leído (que me gustaban mucho) realizábamos frecuentemente obrillas no muy largas, de unos 15 minutos; pero "La ciudad sin Dios" se trataba de una obra "seria" que se habían estrenado unos 15 años antes y perduraba seguramente en el recuerdo de algún hermano que la presenció entonces y decidió organizar su representación con tan jóvenes actores.

Participar en una obra "profesional" suponía un subidón para la autoestima y más aún si te adjudicaban el papel de "El comisario" (un comisario de propaganda de un país comunista que pretende acabar con los sentimientos religiosos de la ciudad de Welskoye). Iba a ser "el malo", pero resultaba estimulante meterse en aquel papel tan subversivo y provocador. Me apliqué con interés en los ensayos y sufrí lo indecible para aprender de memoria los largos párrafos de texto que debía recitar. Mi memoria verbal, ineficaz y perezosa, me obligaba a imponerme ensayar durante largas horas con el librillo en las manos paseando por los alrededores ajardinados del Juniorado. Me recuerdo recitando largas parrafadas  y consultando cada poco el libreto desesperando de llegar a aprender mi papel antes del estreno. En los ensayos miraba suplicante al apuntador ante los frecuentes bloqueos y lloraba por dentro de rabia e impotencia cuando observaba la facilidad con que otros recordaban el texto de su personaje. Tras incontables ensayos terminé por aprender mi papel justo a tiempo para la representación. Los que han pasado por una situación así saben que, al final, las cosas salen mucho mejor de lo esperado y una ciega mecánica te impulsa a hacer lo correcto; los largos ensayos buscan eso, automatizar la mayor parte posible de los actos para poder dejarte llevar en el momento de la verdad. 

Creo recordar que la función salió bastante bien. Me imagino a mí mismo algo rígido sobre el escenario; pero eso se disimulaba bastante bien por el frío carácter de mi personaje: un oscuro comisario político de un estado comunista. Representamos la obra varias veces, incluso en el salón de actos de una residencia de chicas (algunas alumnas de allí participaban en los papeles femeninos). Hubiera sido un buen momento para romper el hielo con aquellas adolescentes, fascinantes y maravillosas, pero en mi estupidez me quedaba entre bastidores en vez de salir al tablado, cuando en los descansos de los ensayos, nos relajábamos todos se relajaban un poco (menos yo, claro está). Suspiraba al llegar el final de cada representación y comprobaba aliviado que no me había equivocado significativamente y había cumplido "mi papel" con dignidad. 

Nunca más he realizado una obra así. Pasados los años considero muy meritorio mi esfuerzo y participación en ella. Tanto me hizo sufrir el aprendizaje del maldito papel que he intentado muchas veces encontrar el texto. He fisgado en librerías de viejo, he buscado en bibliotecas,  he consultado en internet... Nunca encontré el libreto. Pero ayer precisamente encontré su texto en pdf y lo descargué. Leí de nuevo aquellas líneas: con su lectura revivía la trama, pero no lograba recordar ni una sola frase de aquellas largas parrafadas: el texto era nuevo para mí, como si un vendaval hubiera arrancado las hojas del árbol de la memoria. Sentí un poco de pena: me había esforzado tanto entonces...

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