viernes, 14 de febrero de 2014

San Valentín atemperado


Peleo contigo cada noche por mantener holgado el edredón de plumas. Estiro y desenrollo de tu cuerpo las sábanas entre las que ruedas por la cama, de un lado al otro, nerviosa en tu sueño. Soporto paciente tu codo sobre mi cara en esa postura tuya tan querida de dormir con los brazos separados y los codos sobre la almohada como queriendo empujar el aire que te cubre. Lucho por bajar a escondidas los 24º, tan de tu gusto, del programador de esta caldera sofocante. Te pregunto sin esperanza si te apetece dar una vuelta. Te apoderas del mando a distancia eligiendo tus series favoritas mientras yo te suplico que pongas una película interesante y que no cambies de canal cuando empiezo a concentrarme en la trama  que eliges. Te pido por favor que no me hables en la distancia, ni de espaldas, que no te alejes mientras lo haces... Me enfurezco cuando aprovechas una serena conversación para castigarme amenazando con una compra innecesaria. Te cedo resignado los derechos de gestión de las cuentas bancarias sin quejarme y sin pedir explicaciones. Te perdono las dietas incumplidas, la carga desmesurada en el supermercado, la comida desaprovechada. Acepto, dolorido, tus negativas a los juegos del amor...

Tú me ves muchas veces alejarme indiferente rumbo a mi habitación para enfrascarme en mis deberes, mis lecturas o mis escritos. Contemplas irritada el desorden que impera en mi cuarto de trabajo, el caos del garaje, el abandono de los cacharros sin fregar en el fregadero, el descuido de mi vestimenta. Me echas en cara que escatimo las sonrisas y los gestos amables. Aborreces mi desorden infinito, mi afán coleccionista, mi manifiesto síndrome de Diógenes. Deploras mi afición a la biopsia cotidiana en mi blog. Te duele mi carácter iracundo, mis contestaciones cortantes, mis estallidos de cólera. Me recriminas mi fobia social, mi indiferencia con la gente...

Y, sin embargo, te quiero con los grados del amor que nunca comprendí: 
Te quiero porque eres la única que me aguanta. La que me brinda un disimulado afecto, mal disfrazado a veces de desdén. Te quiero  porque aún sonríes a mis bromas.  Porque te siento frágil en tu aparente seguridad. Porque nos hemos hecho daño muchas veces y hemos lamido juntos nuestras heridas en contigua soledad. 
Te quiero porque eres mi educadora social: la que me guía en las selva de las relaciones sociales donde estoy perdido. La que me hace flotar en el mar de mi propio aislamiento. La que me anima a subir un peldaño en mis aspiraciones de perspectiva horizontal.
Te quiero porque sabes encontrar mi alma infantil, mi ser de niño desvalido y solitario. Porque eres la única con permiso para contemplar mis lágrimas y escuchar mis sueños. Te quiero junto a mí, sintiéndote a mi lado, rozando tu cuerpo. 

Sin ti no soy nada. Mi castigo es tu tristeza. Mi premio tu compañía. Tengo la suerte del jardinero descuidado al que una hermosa rosa le crece entre la maleza. Cuando me abracé a ti, Rosa de mi vida, sabía que tenías también espinas. Hace tiempo que se perdió la intensidad del color de tus pétalos, el frescor de tu corola; pero el tiempo los ha sublimado en suave perfume, que permanece.

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miércoles, 12 de febrero de 2014

Microrrelato (1 palabra) : Biografía completa.


Yo.

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Microrrelato (0 palabras): Nada


Un día se enteró de que existía un concurso de microrrelatos y decidió ganarlo como fuera. Por la noche tomó una cuartilla, limpió la tinta rebosante de su pluma y llamó a gritos a su inspiración exhuberante.
- Escribiré un relato de unas 10 frases, -pensó- una historia que sorprenda desde el principio y mantenga el interés incrementándolo a cada línea. Buscaré un título sugerente, un comienzo impresionante .... "
Pero nada se le ocurría.

Luego pensó que, si de microrrelato se trataba, mejor un par de frases: algo que contara entre líneas un drama terrible... Pero nada concebía su pensamiento.

Decidió entonces inventar un escrito minimalista; una palabra, dos a lo sumo: el impacto de un concepto, la contundencia de un sustantivo. ¿Dios?, sería suficiente para plantear la duda existencial de la divinidad o ¡Yo!, que dejaría clara la voluntad del ego...
Pero le pareció una tontería.

Pasó la noche entera hilvanando pensamientos en elaborados tapices: todos terminaban hechos jirones... Al amanecer, miró su cuartilla blanca, inmaculada. Llorando su impotencia la introdujo en el sobre y escribió el título con desesperación: "Nada".

Ganó el concurso.

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martes, 11 de febrero de 2014

La huerta


En la historia de los hombres primero dependimos de los animales salvajes, de su caza; después aprendimos a domesticarlos y empezamos a valorar el territorio; finalmente establecimos firmes lazos a la tierra que poseímos. Más tarde aprendimos a apreciar el agua. Esta es la historia de una huertita alimentada por un escaso manantial en el pequeño pueblo de mis padres. Parece un asunto baladí, pero las cosas de la tierra, por mínimas que sean, afectan al carácter de los hombres y generan conflictos enquistados.

La fuente, en medio del lindero de las dos fincas, no era ya conocida por muchos paisanos. Solo algunas vecinos de edad avanzada y los cercanos propietarios sabían de ese pequeño manantial que brotaba entre las dos huertas. La mayor parte de las veces estaba cegada por la maleza y mis padres y hermanos la limpiaban de vez en cuando. Hacía ya más de cien años que aquella fuente servía con su diminuto caudal para cultivar algunas verduras y regar los escasos frutales de alrededor. En tiempos hubo de saciar muchas veces la sed de los dueños y refrescar alguna bota de vino. Una frondosa salguera a pocos metros dulcificaría los momentos de descanso bajo el tórrido sol del mediodía. El diario trajinar por los alrededores grabó en la memoria de los vecinos la topografía del territorio circundante: la antigua tapia de cantos y barro, hoy abandonada y cubierta de maleza, la verde y estrecha franja, en leve pendiente, que marcaba con su humedad la enterrada ruta del agua, la exacta posición de los árboles que ellos mismos habían plantado... Hoy día, gracias a las antiguas fotos de aviones americanos que fotografiaron todo el territorio nacional (el conocido  por "Vuelo americano de 1956") se llega a apreciar la franja de la linde antigua, claramente alejada de la actual. Incluso sobre las ortofotos del SIGPAC se pueden ver proyectadas sobre las parcelas nítidas líneas que siguen el curso de los límites recordados, pero que (por extrañas razones) no coinciden con las descripciones topográficas del catastro.

Aquella huerta que heredó mi madre es protagonista de recuerdos de mi niñez. En uno de ellos bordeamos la tragedia cuando mi hermano Luis fue atacado por un enjambre de avispas enfurecidas y corrió buscando la ayuda de mi madre que le sumergió en la charca formada por el manantial, por entonces más profundo y ancho que ahora. Las avispas, que entonces se abalanzaron sobre mi madre, estuvieron a punto de hacerles perder la vida de forma horrible. De mi juventud recuerdo algunos paseos con mis padres, a curiosear cuantas ciruelas o peras tenían los pequeños frutales que mi tío Felicísimo había plantado hacía tiempo cerca de la linde. En mi madurez, quise experimentar trasplantando media docena de almendros importados del pueblo de Guadalajara, donde les habían plantado en sendas macetas. El vecino, amigo nuestro desde hacía años, observó mi tarea con desconfianza: -¿Tú crees que eso te va a crecer?. Como para mí, era un juego, le dije que seguramente sí, que eran árboles muy duros... Incluso,  con las prisas por acabar, introduje los últimos en la tierra con su propia maceta, previamente rajada para poder dejar paso a las raíces. Por cierto aquellos árboles sí crecieron hasta que la falta de riego o, más probablemente, las ovejas acabaron con ellos.

Esa huerta siempre fue la tierra más valorada por mi madre así que, con la concentración parcelaria, solicitó que no entrara en la concentración. Y así se hizo, pero una vez realizadas las valoraciones y repartos, levantados ya los planos definitivos, su contorno quedó desplazado unos metros con lo que el pequeño manantial quedaba completamente dentro del terreno vecino. Parece ser que la historia de un posible camino antiguo, del que ya nadie tenía constancia, estaba en el origen del desplazamiento. Sin embargo, la finca vecina, también excluida de la  concentración, se veía crecida a costa del camino y del manantial. Mis padres que no residían en el pueblo no se dieron cuenta a tiempo de que los límites no coincidían con los que ellos recordaban. Al fin y al cabo las señales naturales: árboles plantados por ellos mismos, tapias, matorrales, la misma gran salguera que conocían desde hacía más de cincuenta años seguían allí señalando el territorio. Cuando comprobaron que los límites del plano diferían de los de sus nítidos recuerdos (a lo largo de estos últimos años hemos comprobado la fidelidad de cuantas observaciones han hecho al respecto) decidieron reclamar pero el plazo administrativo había pasado. Cuando acudieron a los ingenieros, aunque estos les daban la razón, quedó claro que no moverían un dedo por arreglarlo. Sólo quedaba una reclamación oficial de dudosa eficacia. El argumento estaba claro: si esas tierras no entraron en concentración no debían desplazarse, crecer ni encoger a su costa.

Con el tiempo, los nuevos propietarios de las tierras vecinas decidieron vallarlas. Uno de ellos, poseedor del terreno junto al que se situaba el manantial, fue advertido de que el asunto del límite estaba sujeto a reclamación y podía verse obligado a retirarla si era procedente. Pero el hombre, aferrado al plano dela concentración, no atendió a razón alguna e instaló la alambrada dejando el querido manantial a uno o dos metros a su lado del cerco. Por si fuera poco realizó una severa tala de la espléndida salguera que tanto nos gustaba. Mis padres y hermanos habían intentado hablar varias veces con él y, cuando habían conseguido alguna entrevista, siempre habían acabado mal y en alguna de ellas nuestros vecinos llegaron al insulto. Así que, con la valla alzada, se denunció el hecho en el juzgado. Con el  otro vecino, que también se había adentrado un poco en la propiedad de mi madre (incluso sobre los planos actuales) también se mantuvieron conversaciones para tratar de solucionar el caso. El asunto habían envenenado las relaciones entre ambas familias y el anterior dueño, padre del actual propietario, nos habían llegado incluso a colgar el teléfono en medio de una conversación.
Con el propósito de hacer las cosas lo mejor posible se convocaron reuniones para un acuerdo amistoso que finalmente, con algunas incomparecencia de la otra parte, no condujeron a nada.

Finalmente se fue a juicio. Se contrataron peritos. Se completó una larga y compleja instrucción. Se buscaron testigos. Mis padres se sorprendieron de las reticencias de sus paisanos por testificar; quién más quién menos tenía intereses en el pueblo con ambas partes y no querían predisponerse con ninguno. Los testigos más fiables eran ya ancianos y sus propios familiares les recomendaron no testificar.

El juicio, mal preparado, tuvo al frente una juez (suplente del juez instructor) y un abogado de la otra parte curtido en estas disputas territoriales que,  sobrepasando sus funciones, no dudó en presionar y humillar a alguno de los testigos y familiares presentes. Sin embargo, ante la pasividad de la juez, logró llevarse el gato al agua. No se modificaba límite alguno y la parte reclamante pagaría las costas y los peritos.Mis hermanos no salían de su asombro al comprobar lo mal que se había dado la sesión. Al escuchar las cintas grabadas de las declaraciones encontraron multitud de errores en su estrategia y claras extralimitaciones del abogado de la otra parte. Finalmente decidieron recurrir la sentencia.  En la resolución final se les concedió el beneficio de la duda y se ordenó repartir los costes pero no se alteraron los límites de las fincas.

Pese a las sensación de injusticia con que se acogió esta decisión (supongo que todos los que pugnan con buena fe por lo que creen que es justo tienen esta misma sensación cuando una sentencia no les da la razón) el fin del juicio tuvo un efecto catárquico en el espíritu de mis padres. Durante esos años, mis padres sufrieron una honda tristeza. La sensación de que les habían quitado un trozo de su tierra (y su medio manantial) les dolía profundamente. Las airadas conversaciones con sus antiguos amigos y familiares, los recelos, las acusaciones de daño voluntario por reclamar lo que creían justo agrió viejas amistades y les proporcionó muchas noches de mal dormir. Mis hermanos, amparados por su creencia en que era justo lo que reclamaban, emprendieron la demanda casi como algo terapéutico para mis padres: no recuperarían nada pero al menos, lo intentarían. Dice un viejo refrán usado como amenaza: "Ojalá tengas juicios y los ganes" y deja entrever los sinsabores que, incluso con sentencia favorable, se producen en las batallas legales. En este caso valdría añadir "Pero ten un juicio aunque lo pierdas" pues la sensación de humillación ante lo injustamente perdido es mayor si no intentamos luchar contra ello.

Y de toda esta historia, por un pequeño manantial de agua, por unas metros a un lado u otro de un viejo lindero, solo quedan  amistades perdidas, mutuos disgustos, incomprensiones, algunas  humillaciones y el doloroso recuerdo de aquel manantial que visitábamos de niños. En las viejas paneras duerme con el polvo la antigua barra de hierro retorcida en espiral con la que durante años se drenaba el pequeño manantial. ¿Tanto costaba reconocer a mis padres, octogenarios, un poquito de razón?

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lunes, 10 de febrero de 2014

Microrrelato: Diagnóstico


En la consulta, el médico le comunicó muy serio su diagnóstico:
- Padece usted alzheimer. Es una grave enfermedad degenerativa...
- ¡Dios mío, Doctor... es terrible!...  Dígame, doctor: ¿Tiene ya mi diagnóstico?.

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domingo, 9 de febrero de 2014

Una barquita de corcho, un molino eléctrico y el coche de la Barbi.


Muchas veces sorprendo a mi cuñada en medio de una conversación contando a sus interlocutores lo orgullosa que se mostraba mi sobrina (o más bien ella misma) al pasear el primer día tras los Reyes con un flamante coche de la Barbi ¡motorizado! Muchas niñas tenías un coche similar, pero a ninguna se lo habían tuneado con un motor eléctrico acoplado a sus ejes lo que lo hacía único. Mi cuñada lo recuerda a menudo y no duda en ponerme en un pedestal como "el manitas" de la familia. En esos momentos yo, que ni me acordaba, pienso en lo que le puede impresionar a alguien ese pequeño gesto tecnológico de mínima importancia.  Igualmente mi sobrina guarda aún, sobre la repisa de un armario en su recién estrenada casa, un molino de contrachapado también con las aspas motorizadas que realicé junto a ella para un trabajo de tecnología allá cuando cursaba 5º de EP. Que aún lo conserve refleja una pequeña veneración por esta faceta de ingeniero amateur que tiene su tío. Otro de los recuerdos fetiches que, hasta hace poco, guardaba su hermano mayor, es una barca realizada con corteza de pino y tallada a navaja. Tosca como era, me extrañó encontrarla colocada durante años en una repisa de su habitación al lado de otros valiosos juguetes. Para él montamos además un gran escalextric sobre un tablero y mediante ruedas lo metíamos debajo de su cama.

Estas pequeñas cosas a veces alcanzan para algunos un valor insospechado. Para mí  siempre fue divertido realizar maquinitas, montar y desmontar las cosas... Ya de maestro los cursos de pretecnología fueron mis favoritos: fabricar operadores, realizar máquinas de efectos desencadenados,  construir motores, bombas de agua, máquinas robotizadas...
Recuerdo lleno de fascinación la primera clase de un curso de Acción Educativa (empresa dedicada a innovación pedagógica) en la calle Libertad de Madrid. Corría el año 1983 y teníamos que desplazarnos desde Arganda para participar en aquella actividad de formación del profesorado. El local era una habitación de alto techo de una vieja casa con suelo entarimado. El profesor Ramón Gonzalo, brillante en la tecnología casera y genial en la pedagogía para enseñarla, nos reunió en una habitación; sacó del bolsillo un imán y un cable nos emplazó a construir un motor. Mis ideas preconcebidas sobre los ingenios eléctricos (misteriosos aparatos regidos por complejos mecanismos y diabólicas leyes) me predisponían a la incredulidad. Contemplar la pasmosa facilidad con que creó el artefacto y lo bien que funcionaba quitó el velo del misterio al mundo de la tecnología.  Repetí cursos similares muchas veces e incluso impartí durante algún año la asignatura de pretecnología. A lo largo de mi vida posterior he aplicado todos aquellos prácticos conocimientos a muchas actividades de la vida. Llevado de mi osadía (y también del ímpetu de mis primeros años de maestro) realicé con mis alumnos un parque de atracciones animado espectacular. Después me he quedado con ganas de montar con los alumnos mayores una ginkana tecnológica en el gimnasio con pruebas tipo "Indiana Jones" para alguna fiesta escolar. Incluirían piedras gigantes rodantes, resortes que accionan trampas, puertas que se abren tras resolver algún enigma, muros que se desploman, flechas que se disparan... ¡Sería una gozada ya solo diseñarla y construirla!

Por supuesto que una de mis series favoritas de la TV ha sido McGyver, el héroe del minimalismo tecnológico: la navaja suiza como única herramienta para resolver los problemas, los objetos más comunes con aplicaciones insospechadas, la inteligencia como arma...  hicieron que durante años su protagonista fuera objeto de mi admiración.

Aún guardo mi colección de operadores construidos con materiales de deshecho, objetos tan vulgares como palos de chupachús o latas de sardinas... Colocados en sus cajas duermen la llave de cruce, la bomba de agua y la de aire, interruptores de clip, reductoras, motores, voltímetros... incluso conservo intacto el juego de sensores de células fotosensibles con las que, sujetas con ventosas a la pantalla, robotizábamos las máquinas mediante los antiguos ordenadores spectrum programados en logo.

Pero, lo que pervivirá en el recuerdo de mis sobrinos, será una barquita de corcho, un molino eléctrico y un personalísimo coche de la Barbi.

TECNOREPORTAJE

CURSO DE PRETECNOLOGÍA. 1983. ACCIÓN EDUCATIVA.
Ramón Gonzalo y los compañeros de aquel primer curso de
Pretecnología en la calle Libertad. Acción Educativa. 1983.
 

Una de las máquinas de efectos desencadenados.


Máquina de efectos desencadenados. 

 CURSO DE PRETECNOLOGÍA. Años 80. 
ACCIÓN EDUCATIVA. Ciudad Escolar (Cantoblanco)

Máquina de efectos desencadenados. Exposición final.


Máquina de efectos desencadenados.

Máquina de efectos desencadenados.


Máquina de efectos desencadenados.

Muñeco animado. trasera.


Máquina de efectos desencadenados.



PARQUE DE ATRACCIONES realizado  por los alumnos.
Colegio Fontarrón (antiguo Nuestra Señora del Madroño). Vallecas. 
Tiovivos...


Plataforma del parque.


Avión propulsado con hélice (colgado del techo)

Circuito de carreras.

Teleférico con llave de cruce, torre mirador...


Laberinto de espejos, noria...


Atracción tipo pulpo con varillas de paraguas...


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