miércoles, 5 de marzo de 2014

Microrrelato (16 plabaras): Atentado terrorista.


Vieron un documental en la madrasa sobre las termitas suicidas. Después el palestino lavó su cuerpo.

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martes, 4 de marzo de 2014

¡No está!

He elaborado un poco más el microrrelato, para darle color.Pierde impacto y sorpresa, pero gana en color y sentimientos.



En la animada charla del café la  profesora de infantil nos hacía sonreír mientras contaba el pequeño drama de uno de sus alumnos.
El frío del invierno había hecho que las mamás trajeran a sus hijos al cole literalmente forrados hasta las orejas: - Parecen croquetas-había comentado una de las compañeras. Después de colgar los abrigos empezó la actividad escolar. A media mañana, uno de los niños, de los más tímidos de la clase, se levantó en medio de las actividades y se dirigió corriendo al servicio. Como tardaba en volver, su maestra fue a ver que pasaba. 
Allí le encontró, frente al pequeño urinario, llorando a moco tendido: ¡No está! , ¡No puedo encontrarla...!; y mientras palpaba desesperadamente con sus manitas la entrepierna. La maestra se le acercó preocupada mientras preguntaba: - ¿Qué te pasa cariño?-. El niño la miró desconsolado mientras explicaba: - Es que no está aquí, no la encuentro...- La maestra le cogió suavemente por los hombros y le dio la vuelta despacio: Tras el asombro inicial, su gesto se tornó tierno, comprensivo... El niño tenía debajo de toda la ropa un mono sin aberturas de la cabeza a los pies. El niño intentaba  encontrar su colita para aliviar su necesidad de orinar y no acertaba a encontrarla;  inexplicablemente hoy no estaba al alcance de sus manos... ¡No estaba allí!
¿Cómo explicar su desolación? ¿Cómo mitigar el sentimiento de castración que le invadía? La maestra le ayudó delicadamente a desvestirse y  le consoló dulcemente. Después pudo orinar a gusto, aunque el susto tardó en pasarse. A la salida de clase, la maestra tuvo unas palabras con la madre. El niño contó luego que su mamá había metido el mono en un cajón y nunca lo iba a volver a sacar. 

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Microrrelato (15 palabras): Complejo de castración


El niño lloraba ante el urinario: ¡No está!
Su mamá guardó aquel mono para siempre.

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lunes, 3 de marzo de 2014

Las arrugas del tiempo


"En los rostros de aquellos
que conocimos de jóvenes
reconocemos lo viejos que nos hemos vuelto"
Heinrich Böll

En su justificación sobre la concesión del Premio Nobel de Literatura en 1972 al alemán Heinrich Theodor Böl, la Academia destacaba en su obra "su combinación de una amplia perspectiva sobre su tiempo y una habilidad sensible en la caracterización". De este, el mejor escritor alemán de la postguerra, solo he leído "Opiniones de un payaso" pero la cita que encuentro hoy en mi agenda me invita a escribir una líneas sobre el sorprendente y, a veces, devastador efecto del paso del tiempo en nuestros cuerpos. El estar el Carnaval en puertas añade actualidad al extenso contenido icónico de esta entrada. 

Proliferan en internet, con un impacto visual impresionante, las fotos de antes y después de personajes famosos, principalmente actores, en series de éxito en nuestros años mozos. Sus rostros simpáticos, risueños y perfectos inundaron las revistas y muchos de ellos acabaron pegados  en nuestras carpetas escolares. Fueron los héroes de nuestra infancia. Eran el espejo donde nos mirábamos. Hemos estado sentados frente a ellos largas horas escuchando su conversación, viviendo sus aventuras, viéndolos crecer poco a poco. Pero el brutal emparejamiento de los rostros separados por veinte o más años provoca en algunos casos admiración, risa en la mayoría y pánico en ocasiones.

Pongamos por ejemplo el caso de Pippi Longstocking, protagonizada en los años setenta  por la actriz sueca Inger Nilsson. A mis trece años, sería casi una novia para mí. Llena de personalidad, gracia e ingenio envidiaba en ella incluso su hermoso caballo. Veinte años más tarde se había convertido en una hermosa mujer, icono de la sueca despampanante, pasando en la década siguiente a ser una agraciada mujer madura para convertirse finalmente, una docena de años más tarde, en un rostro inquietante cuya expresión casi nos asusta.
pippi grown


pippi grownpippi grownpippi grownpippi grown

O fijémonos en  Haley Joel Osment  que interpretó al niño Cole Sear que podía ver a los fantasmas en la famoso película "El Sexto sentido" o interpretaba al moderno Pinocho en Inteligencia Artificial , su desmejorada imagen actual acusa el efecto de conducir ebrio por la vida a velocidad de ferrari.



Otra heroína de la infancia, la entrañable Laura Ingalls de La Casa dela Pradera, aguanta los embates del tiempo con dignidad. La hermana que todos hubiéramos querido tener es ahora una mujer madura con la piel aún tersa,  la mirada directa y la pose segura.



Mi serie favorita durante años: Aquellos maravillosos años, protagonizada por Fred Savage en el papel de Kevin Ardnol y por Danica McKellar como Winnie Cooper. Aquellos amores adolescentes me sorbían el seso y la música de Joe Cocker me excitaba el lacrimal. Será por la perspectiva de mi sexo, pero me parece que Danica McKellar ha resistido mucho mejor el paso del tiempo.



Los protagonistas de Harry Potter realizan el salto del tiempo que va de la filmación de su infancia y adolescencia a una saludable juventud, pero... ¡Han perdido la magia!

Pero fijémonos en Macaulay Culkin, el niño de solo en casa: pasó de tener una mirada despierta y una muecas, pura acción en sí mismas,  a mostrar unos ojos adormecidos y una expresión aburrida.




Entre los juguetes rotos de la iconografía española de los años 50 y 60, Joselito (José Jiménez Fernández, 1943) ocupa un lugar destacado como un niño especialmente dotado para el canto y con un encanto especial en los papeles infantiles en el cine. Tras su cambio de voz y de físico, los gustos del público y los vaivenes de la moda, Joselito dejará las cámaras y se sumergirá en un silencio de casi tres décadas. Al llegar a la edad adulta, se convirtió en empresario y posteriormente se le llegó a acusar de mercenario en África. Luego fue encarcelado en España tras un episodio relacionado con sustancias prohibidas.


O Pepa Flores, aquella Marisol que era el modelo de todas las mamás para sus hijas. Renegando de ser icono del régimen vive, digna, huyendo de la celebridad.


Curiosamente algunos parecen haber ganado con la edad, como  George Clooney. Mis compañeras de colegio hicieron que me sintiera realmente avergonzado al no conocer al personaje... Pero ¡qué tiene de especial este hombre!... Quizás si le hubieran conocido a sus 18 años... 


El mismísimo Brad Pitt, con ese aire intelectual en su primera juventud, conserva  un rostro interesante ne la madurez. También sale ganando con el tiempo. 


Algunos como Fernando Alonso, si lo miras bien, apenas han cambiado nada, nada... incluso parecen llevar el mismo mono de trabajo...


Pero los políticos, los hombres de estado a los que vemos cada día mil veces en los medios ¿Cómo fueron?

Pues algunos ya apuntaban maneras... desde la tierna infancia:


Pero de este joven de color que parece posar con su sombrero de Alabama, ¿Quién podría pensar que llegaría a Presidente de EEUU?


Y de este otro, de juvenil imagen a lo Gardel, ¿quién pensaría que cantaría el tango de la revolución?


Pero aquí, cerquita de casa, también tenemos a quién comparar...


Olé mi dulce niña, que el tiempo endurece ...

o el  Photoshop mejora...



Y, por último, para no abrumar con este pequeño álbum de añoranzas y actualidades, apeemos de su pedestal al héroe haciéndole bajar las escaleras del tiempo. ¡Salve Conan, Governator de California! 


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domingo, 2 de marzo de 2014

Pisar los muertos


Esta historia, un puzle muy friki donde se mezcla muerte con cenizas, campos de fútbol y politeísmo deportiva, me produce estupor tras leerla en el diario: "El Barcelona C.F. construirá en una zona reservada del Camp Nou un columbario con capacidad para 30.000 urnas. El proyecto parece nacer de una demanda histórica y se agiliza tras conocer que muchos familiares de aficionados fallecidos aprovechan las visitas al estadio para llevar la urna con las cenizas del fallecido y  extenderlas por el césped"

Ser enterrado en un lugar especial ha formado parte en algún momento de mis aspiraciones: Me veo enterrado junto a las raíces de un gran árbol en lo alto de una colina. Puedo anhelar, como muchos otros hicieron, esa conexión con la naturaleza viva y el deseo trascender de alguna manera en nuevos brotes... Pero ¡servir de alfombra a un grupo de privilegiados, bien pagados de sí mismos y del club, machos alfa de la manada que besan la hierba de los muertos como Judas y que, a la mínima tentación, se venderán  por 30 monedas de plata... me produce estupor! ¡Me provoca espanto y me apena!

En este Mundo Feliz alguien nos ha estado manipulando durante años con su mensaje grabado en las cintas repetidas una y otra vez por los medios: "Los niños Alfa visten de color gris. Trabajan mucho más duramente que nosotros, porque son terriblemente inteligentes. De verdad, me alegro muchísimo de ser Beta, porque no trabajo tanto. Y, además, nosotros somos mucho mejores que los Gammas y los Deltas. Los Gammas son tontos. Todos visten de color verde, y los niños Delta visten todos de caqui. ¡Oh, no, yo no quiero jugar con niños Delta! Y los Epsilones todavía son peores. Son demasiado tontos para..."  Sólo había que cambiar las letras griegas por equipos de fútbol y ponerles el color de las camisetas.

Desde luego “el Barça es más que un club”. Su Camp Nou es ya el cementerio de los segundones, el calcinado pedestal de los becerros de oro, la verde alfombra pateada de los muertos...
 
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sábado, 1 de marzo de 2014

Un día cochino.




El día de excursión se nos pasó por agua. La excusa cultural, la visita a las ruinas de la ciudad celtíbero-romana de Tiermes y su pequeño mueso, apenas la completaron tres personas más el guía  de las 75 del autocar. Llovía incansablemente y un viento frío azotaba la colina encajonándose las ruinas de la ciudad romana. El viento destrozó mi paraguas nada más salir del autobús. Charo me dejó el suyo, pero apenas protegía la cara y los hombros; de la cintura para abajo la ropa quedó completamente empapada. Seguimos al guía cuanto pudimos, pero el hombre se detenía parsimonioso en medio de las calzadas (yo me asombraba de que no buscara el abrigo de los muros) y nos soltaba bajo el aguacero todo el programa informativo, hasta los mínimos detalles. Uno de los visitantes no cesaba de animarle con preguntas  (miel sobre ojuelas para el guía) rayos y truenos para nosotros que chapoteábamos entre los charcos. En pocos minutos la mediana partida de unas veinte personas fue retornando en pequeños grupos a la carrera al autocar. Pero, el cuarteto, impertérrito completó su visita ante el asombro y los comentarios de los viajeros que o llegaban a entender en interés de las piedras en tales circunstancias. El suyo era, en estos momentos, puramente meteorológico. La mayoría se hubiera conformado con un típico día de invierno: frío, incluso ventoso... pero la lluvia lo hacía impracticable hasta para estirar las piernas.
Y, la verdad, se hacía necesario un paseo para bajar el contenido del aperitivo que acababan de terminar; un "ligero" tentempié a base de migas, pan de pueblo, vino, lomo, morcilla, torrezos, chorizo, somarro, morrera, dulces matencados y chupito de moscatel; todo ello de libre repetición. Las XXIX Jornadas gastronómicas de la Matanza habían comenzado con esta parrillada de carnes a las 11:30, y ahora, apenas una hora después estábamos de vuelta para "la comida fuerte del día", hasta de 11 platos de matanza que recorrían toda la topografía del cerdo y todas sus edades: desde el cochinillo, hasta el jamón ibérico, pasando por las mollejas, salchichas, manitas guisadas, picadillo, lengua escabechada, ensalada de oreja, pluma de cerdo y postre variado; todo ello regado de vinos, licores e infusiones varias. Un cortante de sorbete puso el punto seguido a la primera tanda de viandas porcinas.

Este entretenimiento gastronómico nos tuvo ocupados la mayor parte de la tarde. Algunos agradecimos los radiadores de hierro forjado de los salones  pues fueron el alivio de nuestros muslos pegados a los pantalones que chorreaban agua. Mientras los platos se sucedían el cielo seguía descargando cortinas de agua agitadas por el frío viento soriano. Al acabar, en torno a las 6 de la tarde, se dio paso a un baile donde, inexplicablemente, algunas parejas tuvieron fuerzas para ensayar unos pasos antes de rendirse y replegarse a las sillas o a los grupos de conocidos. El pequeño soportal de la entrada era visitado frecuentemente en tandas sucesivas para el desahogo del cigarrillo; los ceniceros de la baranda aparecían repletos de colillas apagadas con las boquillas aplastadas a modo de púas erizadas sobre los recipientes.

Yo busqué el refugio de la taberna aledaña (de los mismos dueños), mucho más tranquila,  que tenía una chimenea generosa que me secó completamente las perneras. El grupo aguantó hasta las 8 de la tarde, momento en el que volvimos a la carrera a los autocares bajo el aguacero implacable.La vuelta aún presentó algunos incidentes que pusieron de mal humor a uno de los responsables. Entre algún que otro mosqueo y el orujo, acabó recitando a gritos una loa a la bebida con dedicatorias obscenas a los políticos que, no sé muy bien, a cuento de qué les habían dado vela en ese entierro. Denegué amablemente la invitación a su bota de orujo y me dormí. Mi cuerpo ya no aguantaba más aquel día cochino.

"Mi querido cochino". El auator en La Alberca (monumento al cerdo)



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El punto azul.


Entré en el ascensor y vi la nueva pegatina adherida en la chapa metálica sobre los pulsadores. El texto que la encabezaba rezaba: "Mira el punto azul si no quieres hablar del tiempo"; luego, bajo unos iconos meteorológicos, un punto azul en le centro del recuadro.   

Me quedé perplejo por que, la empresa de mantenimiento, colocara semejante estupidez en las instalaciones a su cuidado: "No se juega con las cosas de comer", pensé. Porque, si bien es verdad que la gente suele hablar del tiempo cuando no sabe qué decir para romper el hielo en el minúsculo espacio de un ascensor o que, otras veces, enfoca la mirada en un punto cualquiera del habitáculo  (preferentemente los pulsadores o el marcador digital de los pisos en tránsito); me parece de mal gusto delatar esos mecanismos de aliviar la tensión. ¿Qué pensará la persona que se encuentra a mi lado si no hablo del tiempo y me dedico a mirar obsesivamente el punto azul? Evidentemente que le caigo  fatal: tan mal como para no dirigirle la palabra ni dedicarle una mirada de reojo. 

La próxima vez que suba al ascensor me echaré unas risas al observar cómo todo el mundo mantiene la vista fija en el dichoso punto azul. Luego comentaré lo ridículos que parecemos mirando todos al pequeño oráculo circular del elevador. Seguro que esto rompe el hielo mejor que hablar del tiempo. 

Los  puntos a mirar se han puesto de moda en distintos lugares: desde las lucecitas de los móviles para alinear nuestra pupila a la lente, hasta el punto rojo de la cámaras en antena durante una entrevista en televisión o incluso, en los inodoros, donde un puntito negro (a veces sustituido por una inquietante araña) obliga a fijar la mirada en la diana de nuestra micción evitando distraernos y mear fuera del tiesto.   

Nunca me había costado abstraerme en un recinto donde la estrechez hacía peligrar la intimidad de los presentes. Me bastaba mirar a cualquier espacio libre y desenfocar levemente mi cristalino. A partir de hoy, en que me invitan a hacerlo sobre su punto azul, enfocaré nítidamente los rostros de mis compañeros de viaje vertical e, insolentemente, escrutaré su belleza y sus arrugas; leeré en sus rostros su biografía. Y hablaré con ellos de cualquier cosa, menos del tiempo. 

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