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viernes, 12 de agosto de 2016

Aquel viaje fin de curso.


Magaluf salta a la plana de los periódicos. La prensa se hace eco de lo que, en círculos juveniles ingleses, era vox pópuli. Magaluf es el lugar de unrito iniciático para los jóvenes británicos que, terminados los estudios, se introducen en la adulta faceta de experimentar el exceso (y exceder el experimento. Se llega a etiquetar el sitio con los adjetivos del vicio: desmadre, pasaje a la lujuria, lugar de perdición, hogar de Baco, casa de Dioniso... Sus "delicias" turísticas, pregonadas en el boca a boca juvenil, se publican ahora en la prensa: la desenfrenada ruta etílica del "Carnage Tour" (barra libre en cinco establecimientos de la cadena por 30 euros la noche), el "mamading" (bebida gratis  pagando con sexo oral), el "balconing" (salto de un balcón a otro o hacia la piscina práctica que produjo más de 8 muertos en 2014)... Por 300 euros/pax se prometen noches épicas, veladas de sexo fácil sobre las arenas de la playa, ebriedad y zarra no solo consentida sino bendecida...

Este es el destino que eligen muchos jóvenes con impaciencia y que temen muchos padres... y allí, precisamente, es donde nosotros llevamos a nuestros alumnos en aquel viaje de fin de curso. Claro que, hoy en día, nos hubiéramos cuidado muy mucho de elegir un destino así y, también es cierto, que en aquella época (hace más de 25 años) aún no se había llegado a estos extremos y aquel pueblo mallorquín aún compaginaba turismo familiar, incluso escolar, con una incipiente orientación al turista inglés joven y bullicioso.

En realidad, aquel viaje era una bicoca: diez días a precio de siete, dos excursiones incluidas, avión y alojamiento en hotel de 3 estrellas por un precio muy módico. Nuestro director se  había mostrado muy hábil negociando el viaje con las agencia e incluso, dado el pequeño número de alumnos que podrían hacerlo, se había molestado en contactar con otro colegio para completar el cupo de 60 plazas necesarias. Así que, tras recoger en su colegio a los alumnos del otro centro nos presentamos en el aeropuerto a las 1:30. Nosotros conocíamos ya a  los otros  compañeros  por haber hecho alguna excursión de convivencia previa. A estos les acompañaba una joven profesora interina muy dispuesta y ambos nos presentamos en el mostrador solicitando información de nuestro vuelo. Nos llevamos un gran susto cuando nada sabían del mismo. Parece que nuestro avión no existía. Angustiando terminé llamando a las 4 de la madrugada a mi director que se  tomó amablemente la molestia de levantarse y venir hasta el aeropuerto. Finalmente todo se aclaró: nos habían cambiado el nombre del vuelo y este salía a las 6:10. Tras cinco horas en el aeropuerto aterrizamos en la Palma a las 7:00.

Era mi primer viaje fin de curso con alumnos. Era entonces tutor de un grupo poco numeroso de 8º curso de la extinta EGB. Tenía un justificado miedo a esa actividad. Los comentarios y experiencias de otros compañeros me ponían alerta. Mi propia experiencia en viajes de fin de curso (en bachillerato y en magisterio) me proporcionaban sensaciones agridulces: resultan inolvidables, sí; pero estaban sujetos a riesgos de varios tipos. Alguno de mis colegas me advertía severamente de la necesidad de "extraer el veneno" a los alumnos como si de escorpiones se tratara. Yo alcanzaba a comprender lo que pretendía decirme, pero ¿cómo hacerlo?. Desde luego no quería volver con algún pasajero de más, algún pequeño "alien" alojado en el vientre de alguna de la alumnas. A esa invencible inquietud se unía mi inexperiencia con alumnos tan mayores y la dificultad de manejar un grupo de adolescentes, algunos de los cuales ni siquiera conocía.

Yo tenía mi pequeño plan para moderar las ganas de juega y diversión que, inevitablemente, se producen tras las cenas. Eran los momentos más peligrosos: aquellos en que se producía el trasiego entre habitaciones por los pasillos y, suplicando a Dios que no se le fuera a ocurrir a ninguno de nuestros alumnos, por los balcones contiguos. Tenía previsto llenar el día de actividades, movernos de un sitio para otro continuamente: playa, excursión, paseo, visitas.. contaba así que llegaría agotados a las 12:00 y se irían a dormir como angelitos. Pero "los condenados", aprovechaban los viajes en el autobús para dormir y recuperar fuerzas así que a medianoche estaban frescos como  lechugas. El único que estaba agotado a aquellas horas era  yo y aún tenía que mantenerme despierto y vigilar los pasillos  hasta alta horas de la noche. Cuando llegó el décimo día apenas había algo por las noches y estaba realmente agotado.

El hotel Samos, donde nos alojábamos, no estaba mal. Eso sí la comida era malísima y las habitaciones dobles se convirtieron en triples. Algunos decidieron cenar en el burguer de al lado aunque generalmente volvían para el hotel tras la cena para asistir a las sesiones de animación. Al acabar estas algunos salían con algún profesor hasta las 2:30.  Los dos profesores  nos turnábamos para acompañarles, aunque he de decir que la profesora del otro colegio fue la mayoría de las veces la que, por propia iniciativa, asumió esta tarea. Cuando me tocó a mí recuerdo, espantado, que en las discotecas era imposible controlar del todo lo que consumían los alumnos. Eran locales grandes donde los alumnos se desperdigaban y las bebidas se pedían directamente a los camareros. Sabiendo que alguno podía llegar a pedir un combinado no pude más que hablar con los camareros y pedirles que, si alguno lo hacía, rebajara todo lo posible la mezcla. En lo de "prohibido servir alcohol a menores de 18 años" ellos no se metían y montar un escándalo en plena discoteca no me parecía lo más conveniente. Me pasaba el rato vigilante a los grupos y observando sus consumiciones. La verdad es que se comportaron con normalidad, sin dar la nota y finalmente obedecían aunque a regañadientes cuando tocaba volver al hotel, pero yo acumulaba sucesivas dosis de estrés.

Haber conseguido un extra de tres días más tenía sus inconvenientes. Normalmente se llena una semana con mañanas y tardes de playa o piscina, visitas a Palma de Mallorca, excursiones por la isla, subidas al castillo... pero con tres días más necesitamos organizar por nuestra cuenta un par de excursiones para llenar esos días. Esas excursiones se hacían en transporte público y, en ocasiones terminaban con algún grupo "perdido". A los profesores nos tocaba perder siesta y la comida mientras buscábamos por Palma a los rezagados que, pos su cuenta, llegaba al hotel.

Realmente los padres no imaginan lo ingrato que puede resultar ser profesor a cargo de un grupo de alumnos las 24 horas del día. A veces nos tocaba mediar ante algún comerciante que se quejaba de que alguno había "mangado" una postal. Otras poner malas caras para que abandonaran la discoteca ante lo avanzado de la hora. Muchas veces echar la bronca en los pasillos a aquellos que molestaban. En una ocasión la profesora del otro grupo hubo de acudir a correos junto a  una de sus alumnas pues había tenido que solicitar un giro urgente al gastarse el dinero que llevaba comprándose unos vaqueros  preciosos que vio nada más llegar... Yo no llegaba a entender porqué había accedido a acompañar a su alumna (si gastó su dinero, pensaba, pues que tire lo que resta de viaje sin él)  pero lo comprendí más tarde: era la hija del alcalde de la localidad de su cole. Una gran decepción nos llevamos al visitar la Cartuja de Valldemosa; pese a tener pagada la visita ningún alumno quiso conocerla y prefirieron quedarse a la puerta comiendo helados. También surgieron imprevistos que pudieron dar al traste con,  por lo general, buena marcha del viaje. En la excursión a Soller perdimos (por causa ajena a nuestra voluntad) el último tren hasta Palma. Corríamos el riesgo de tener que pernoctar al raso todo el grupo de 50 alumnos y profesores. Finalmente lo solucionamos contratando un autobús con el dinero que a modo de dietas nos había facilitado la dirección a los profesores. Nos quedamos sin blanca pero salimos del paso.

Pese a esas anécdotas, el viaje fue un éxito. Así lo reconocieron los alumnos y los padres que, en años sucesivos, llegaron a echar de menos la organización y el esfuerzo que desplegamos.

Y es que, en la preparación de un viaje fin de curso, no debería centrarse la atención en el viaje en sí. Lo más importante y educativo debería ser la preparación y, en nuestro caso, fue modélica. Siempre he pensado que estos viajes no deberían ser de "turismo" al uso, o ¡Dios me libre! de desfogue y desenfreno como parecen estar hoy de moda en el Magaluf que entonces visitamos. Deberían consistir en visitas a un agradable lugar de convivencia donde se celebraran actividades lúdicas y deportivas: estoy hablando de albergues, lugares en la montaña o en la naturaleza con acceso a rutas, deportes y juegos más adaptados al os jóvenes. Por otra parte nunca debería tratarse de una actividad "pagada" por los padres (o en una parte mínima). Tendrían que ser los propios alumnos los que, durante todo el curso, ahorraran poco a poco de sus propinas para este fin; habrían de ser ellos los que realizaran pequeños trabajos para recaudar fondos, los  que organizaran eventos para financiarse. Las implicaciones pedagógicas de esas actividades son innumerables. En nuestro caso los alumnos plantaron y vendieron tiestos y plantas (con la experta ayuda del conserje del colegio), vendieron las consabidas papeletas navideñas y los típicos ambientadores, montaron una espectacular cena-cabaret y  organizaron una tómbola con productos que se encargaron de buscar entre muestras y propaganda de numerosas fábricas del polígono industrial de la localidad. Al final el viaje resultó casi pagado con estas actividades.  En las tutorías, de cuando en cuando, se exponía el ejercicio económico y el estado de cuentas, lo que abría un nuevo capítulo a la aplicación práctica de las matemáticas.

Al final, lo mejor del viaje, había ocurrido antes, sin salir del cole.

miércoles, 27 de abril de 2016

De Oca a Oca


Esta entrada va dedicada al personal camino de cada cual, al peculiar peregrinaje de aquí para allá que todos recorremos dando tumbos por la vida, avanzando en un tablero que no conocemos, pero que está lleno de casillas que nos están asignadas. El modo en que lo juguemos, la forma en que tiremos nuestros dados, trazará nuestro destino.

La oca, animal sagrado para numerosas culturas, da nombre a un juego de origen incierto. Para muchos es una sencilla y lúdica manera de representar nuestro caminar por este mundo. Desde antiguo (en tiempos anteriores al 2000 a.C.) se tienen indicios de tableros en espiral con casillas marcadas con signos misteriosos. Uno de ellos es el singular disco griego de arcilla de Phaistos aún no descifrado y de factura enigmática. Algunos remontan su invención a la guerra de Troya como un juego creado para los resistentes que aliviara el tedio del asedio por parte de las tropas griegas. La primera versión datada de los tableros actuales se refiere a un juego de mesa regalado por el monarca florentino Francisco I de Médicis a Felipe II entre 1574 y 1578. El ejemplar más antiguo conocido está fechado en 1640 y es un tablero de madera realizado en Venecia. Las primeras versiones comerciales aparecen hacia 1980 y estaban decoradas con motivos de la época.

Existe una hipótesis que atribuye su invención a los templarios en el s. XII. Esta suposición afirma que era una representación críptica del Camino de Santiago. No le faltan algunos argumentos (las marcas de  pie de oca de los constructores en numerosos monumentos de la ruta, por ejemplo).

En realidad podría definirse como un juego de rol restringido por el determinismo. Tu futuro estaría escrito: hagas lo que hagas los dados del destino te llevarán por el tablero de la vida donde ellos quieran y solo ellos saben donde será. Tú nada puedes hacer salvo gozar o sufrir los avatares que te va adjudicando la vida. Eliges, al jugar, el papel de vivir; pero no podrá evitar retroceder (si toca)  avanzar (si procede), penar (si el azar te castiga) e incluso morir (si tus dados te deparan la suerte más adversa).

Como todos los juegos tiene sus reglas y limitaciones. Las diversas casillas se recorren al ritmo que marca el azar de los dados y el camino se limita a 64 tramos (que es un número de curiosas propiedades). Como en todos los caminos te esperan en él peligros y oportunidades. Tenemos la suerte distribuida por el tablero en forma de oca, cada nueve casillas (aunque hay ocas con el pico hacia atrás en algunas versiones que te harán retroceder hasta la oca anterior). Existen dos puentes que actúan como saltos en el espacio-tiempo (en ambos sentidos) donde decimos, ora eufóricos ora resignados: "De puente a puente y tiro porque me lleva la corriente".  Aparece una posada donde hay que descansar, quizá más bien sea un hospital donde curar los sucesivos achaques de la vida. Es posible que caigas en un pozo y ese percance te inmovilizará durante algún tiempo. Si la fortuna te deposita sobre la casilla donde están dibujado unos dados avanzarás o tirarás de nuevo (según versiones); esta segunda oportunidad también se presenta algunas veces en la vida.  Caer en el laberinto (de pasiones, de fortuna, de drogodependencias...) te hará retroceder o te dejará estancado durante largos y penosos periodos de tu vida y, si es que sales o quizás como consecuencia de él, puede que termines en la cárcel en la que habrás de soportar largas condenas. En tu camino te espera la muerte; si logra atraparte habrás acabado tu juego, es decir tu vida. Por caridad se te ofrecerá  un nuevo intento, pero tus compañeros y competidores por el éxito estarán ya muy lejos...
Llegará, por fin, un momento en que el éxito esté al alcance de tu mano; pero es entonces cuando el destino puede mostrarse más cruel. A las puertas del triunfo, y con tus enemigos afanándose por adelantarte, es posible que no aciertes con la llave exacta que abre esa puerta. Angustiado comprobarás que tus vanos intentos se estrellan contra una puerta cerrada y habrás de retroceder, volver a intentarlo y, en algún caso, morir pues la parca no anda lejos del éxito en el tablero de la vida.

A quienes hemos "jugado" varias veces los diversos Caminos de Santiago que surcan la Península no deja de sorprendernos las similitudes que encuentras con este juego: los albergues, los accidentes que te inmovilizan por un tiempo, los ríos y los puentes, la oca (como marcas en los antiguos edificios y como amistades que facilitan el camino), la cárcel puede, la muerte incluso (impresiona encontrar en algún rincón del camino el monumento a algún peregrino que murió en ese lugar sin poder llegar a su fin). Las semejanzas son más asombrosas cuando las aplicamos a nuestra propia vida.

A estas alturas de la entrada llego por fin al motivo inicial que me impulsó a escribir sobre este juego. En realidad quería hacer un relato sobre el insospechado camino de cada cual por la vida. Las cosas no suelen suceder como deseas, los caminos no son los proyectados,  los encuentros inesperados,  la fortuna decide a su aire... En mi caso podría casi poner nombre a cada casilla con los lugares en que habité durante más de un año: Ayuela (Palencia), Carrión de los Condes (Palencia), Burgos (capital), Miraflores (Burgos), Arévalo (Avila), Tuy (Pontevedra), Salamanca, Burgos de nuevo, Almería, Burgos otra vez, Arganda del Rey (Madrid), Vallecas (Madrid), Alcorcón (Madrid), Parla (Madrid), Móstoles (Madrid) Arganda nuevamente, Guadalajara...  Con este trajín viajero ¿Quién puede echar raíces? Yo las llevo puestas como unos segundos pies, caminan conmigo por los caminos de España. En cada  uno de estos lugares encontré posada, crucé sobre corrientes que querían arrastrarme, me vi proyectado a una nueva oca al poco tiempo... y, en ocasiones, tropecé y caí en algún profundo pozo, incluso podría decir que estuve a punto de dar con mis huesos en la carcel (en realidad en el calabozo, pues fue en la mili). Como muchos otros, sentí en mi nuca el aliento de la muerte que pasó a mi lado rozándome algunas veces. Cada vez el camino es menos largo y me voy aproximando a la casilla 64, esperando que la cuenta no sea casilla por año y La Parca me deje disfrutar de mi jubilación por mucho tiempo.

A veces pienso que un tal Satanás nos ha cambiado los dados, que juego con unos trucados: ¡Son tan extrañas y absurdas algunas etapas de mi viaje! Pero, en fin, sigo jugando con ilusión y aunque sé que mi suerte está echada fuerzo un giro inesperado a mi muñeca cada vez que me toca tirar. Quizás pueda poner algo de mi parte y engañar a mi destino.

sábado, 26 de marzo de 2016

Semana Santa en Burgos


El tiempo sonrió el Jueves Santo. Mis hermanos solteros partieron alegres hacia los puertos de Aliva, para pasar el día y llegarse después a Llanes. Sol y nieve para su gozo. Mi hermano casado y mi cuñada acomodaron a mi sobrina para el viaje a Segovia donde pasará los días Santos de la semana en convivencia con viejas amigas. Después viaje a Llanes, pasando por Potes donde estarán estos días junto a mis otros dos hermanos. Su hijo menor, que también marcha para ese pueblo asturiano lo hará con su grupo de scouts al que ha preparado unas rutas por la zona. Ni se verán; Los jóvenes seguidores de Baden Powel estarán a su aire en campo y playa. La acampada esta vez será urbana, en un albergue local. La Semana Santa este año se nos fue a Llanes

Nosotros, en Burgos, celebrándola en la forma tradicional, acompañando a nuestros ancianos padres a los que aprovechamos a ver en fechas como estas: vacaciones y cumpleaños principalmente.

Vengo a Burgos y cada año me da la impresión de que la ciudad ha envejecido décadas. Será quizás el efecto de acompañar a mis padres por las rutas de la ancianidad: paseos a la orilla del río Vena, tardes soleadas en la abrigada plaza cercana, la cita diaria a misa de 12, tardes de telenovela o de procesiones televisadas... Y si hay fútbol, cita obligada en esa cadena para entretener a mi padre con una de las poquísimas cosas que aún le interesan en la vida. Paseo por la ciudad y veo las calles llenas de ancianos que caminan lentos, encorvados.; Asidos a la escasa seguridad de su bastón, apoyados en el brazo algo más fuerte de algún familiar, con la mirada asustada de quién teme no llegar.

Burgos decae. Se convierte cada año un poco más en una ciudad de jubilados y pensionistas. Las iglesias están llenas de viejos. De vez en cuando alguna joven alegra la serie de rostros arrugados en los fila sobre los bancos. Muchas miradas se dirigen a ella con curiosidad. A veces aparecen algunos niños contemplados con envidia y simpatía por el resto de los ancianos feligreses. Las canciones suenan tristes y lentas en los altavoces, en ocasiones es el cura el único que canta... Misas solemnes, Vía crucéis, Oficios, Vigilias... las celebraciones litúrgicas se suceden. Mi madre intenta acudir a las que puede. A veces visita las tres iglesias es los alrededores de su casa.

Al anochecer, en estos días amables, el centro se llena de gente. Hay muchos turistas por las calles y plazas. La Semana Santa Burgalesa tiene cierta fama, sobre todo por el marco incomparable donde se desarrollan las procesiones; la catedral y el Arco de Santa María ofrecen un encuadre difícil de superar. Este año, no sé la razón, descubro un mayor respeto ante el desfile de los pasos (hubo algún año en que incluso alguna moto cruzó por entre los cofrades). Especialmente hermosa y emotiva es la procesión del encuentro con dos imágenes muy realistas: "La Virgen tiene una mirada que su dolor parece que te traspasa con los ojos" -dice mi madre. Pero lo que más me impresiona a mí es la música, sobre todo los tambores con sus ritmos simcopados, y sus repiques ora floridos, ora austeros y graves. Observo que estos años han renovado repertorio la mayoría de las bandas. Aún recuerdo aquella banda multitudinaria de niños y jóvenes del Círculo Católico con sus jóvenes cornetas y sus tambores, casi niños, ataviadas con sus capas blancas con una cruz de Santiago estampada en el pecho. El bramido de los tambores y el petardeo de las cajas era impresionante. Me fascinaba que fueran tan jóvenes y tan disciplinados. Me admiraba la seguridad y maestría de aquel adolescente, director de aquellas centurias, con el brazo en alto volteando la corneta en el aire a golpe de muñeca para marcar la entrada a los clarines al unísono.

Burgos está muy limpio este año. No se ve un papel por el suelo. Y la gente parece más respetuosa y menos crispada. Con calma, relajadamente, se agolpan en el recorrido de las procesiones, en las calles de más ambiente. En los bares y restaurantes no cabe un alfiler. Me imagino, horrorizado, que estos lugares son el sitio ideal para un atentado yihadista. Apartó inmediatamente esta idea de mi cabeza por si este solo pensamiento pudiera inspirar a algún terrorista suicida de paso por esta vieja ciudad. 
Mañana, domingo, volvemos a Guadalajara. La semana que viene retornamos a la rutina diaria. La primavera se ha instalado con antelación en el palco del calendario. De nuevo comienza la función de la vida renovada. 

martes, 1 de marzo de 2016

El Algarrobito

El 16 de diciembre de 2011 escribí este artículo dando por hecho la inmediata demolición del Hotel del Albarrobito. Han pasado cinco años y parece que ¡por fin! se va a llevar a efecto. Rescato aquella entrada pues la demolición se fue posponiendo sucesivamente y la noticia nunca dejó de ser actualidad. Ahora parece que, definitivamente, dejará de ser noticia y pasará a ser historia.

Algarrobito, la Cañada de Don Rodrigo, el río Alias, Agua Amarga, la Mesa de Roldan... Sus nombres acuden a mi memoria cuando se remueve el polvo del olvido. Una noticia los ha rescatado del baúl de la juventud, ahora depositado en el desván del tiempo. Por esas playas, por el seco caude del río Alías andube yo en 1979 en patrulla de reconocimiento, en una de esas situaciones a la que te obliga la mili. Por aquellas playas desiertas, en los parajes inhóspitos del Cabo de Gata, bajo el sol abrasador, el agua escaso y los caminos impracticables excepto con los todoterrenos del ejército.

El apuntarse a una de esas patrullas era la oportunidad de salir de aquel agobiante campamento alambrado con 6000 militares rodeado de los áridos  paisajes de Viator en Almería. Cualquier cosa menos la rutina, la desidia y la convivencia forzada de la compañía. Mi primer intento por salir del círculo, la Sección Cultural, fue un fracaso. Mi segundo intento por formar parte del los empleados en "oficinas" se estrelló en la prueba de mecanografía. Este era el tercer intento por salir de las alambradas, por abandonar la rutina de las guardias y la instrucción. Se trataba de realizar una salida de 10 días y recorrer una amplia superficie por caminos y pistas recónditas para actualizar la topografía y el catálogo de infraestructuras de la zona. Se pidieron voluntarios y yo, aficionado a la fotografía, me apunté como "fotógrafo profesional". En una breve entrevista aseguré estar bregado en reportajes y fotos, pues disponía de un laboratorio fotográfico en Burgos (la realidad escueta era mi afición y un precario laboratorio en la buhardilla de un amiguete). Me aceptaron y me entregaron una cámara bastante sofisticada (para lo que eran mis conocimientos).   Me pasé algunos días estudiándola y, un tanto angustiado por la posibilidad cierta de pifiarla, embarqué en uno de los tres land rober que formaban la patrulla. El grupo estaba al mando de un maduro teniente de aspecto brutal. Le secundaba un joven sargento, más accesible pero disciplinado. El resto nos repartíamos entre los conductores, el topógrafo, el especialista en transmisiones, el mecánico, el cocinero y mi persona como fotógrafo.

Una sensación de libertad nos embriagó cuando, sentados en los asientos espartanos de los vehículos,  enfilamos las carreteras que nos llevaban a la Mesa de Roldán, que se adentra en el Mar de Alborán partiendo en dos el territorio que nos correspondía explorar. Excitados por la anhelada independencia que nos ofrecía la situación contamplábamos risueños los agrestes parajes almerienses. En 1979 Almería no estaba tan poblada como ahora. Siendo muchos ya los turistas, estos se concentraban en los lugares de fácil acceso. El interior y gran parte de la costa estaban comunicadas por caminos de tierra y carreteras difíciles. Así que gran parte del territorio era aún virgen.  El primer día hicimos noche en Agua Amarga. Nos pareció un pueblo precioso. Quizás influyó que nos diéramos un baño en sus aguas que nos supo a gloria. Mis primeras fotos se tiraron allí. Aún conservo, emparejada con una similar en la actualidad, la foto que nos hicimos en el bar del pueblo (entonces debía ser el único). Trece años después, con la risueña compañía de mis sobrinos, posé de nuevo en el mismo bar, en la misma postura...


Al día siguiente iniciamos la exploración de decenas de lugares increíbles. Las formidables vistas de la Mesa de Roldán, la impresionante playa de Carboneras (de alto interés estratégico pues en ellas hacían maniobras de desembarco los americanos de la VI Flota) en cuyos alrededores se extendía una larga explanada con los restos de los campamentos de los marines. Me hizo mucha ilusión encontrar abandonado un ejemplar de bolsillo de un libro de Arthur C. Clarke (en aquella época yo era un gran aficionado a la Ciencia Ficción). Los restos del desembarco se desplegaban por doquier: infiernillos de un solo uso, latas de conservas, alguna prenda abandonada... También aparecían restos de granadas con profusión. 
En los días posteriores visitamos lugares despoblados y bellísimos. En la desolación del desierto almeriense descubrimos escondidos cortijos habitados por gente sencilla que vivía de imposibles huertitos, con minúsculos rebaños y que bebían agua de aljibes escavados en la roca. Casas sencillas con la única sombra de una higuera para mitigar aquel hiriente sol andaluz.  Tomábamos notas y fotografías de algunos depósitos de agua impermeabilizados con plástico y alambrados. En uno llegamos a bañarnos pese a la expresa prohibición. En ocasiones nos dividíamos en grupos, uno por vehículo, y entonces la libertad era plena. A la hora de las comidas nos juntábamos y "disfrutábamos" del menú de campaña realizado por nuestro pobre cocinero que, al segundo día, ya cometió en terrible error de echar los macarrones con el agua tibia. La pasta pegajosa con que nos sorprendió irritó sobremanera al teniente que estuvo a punto de golpearle con los puños apretados. El  pobre muchacho pasó el resto del periodo de patrulla compungido y esperando el anunciado calabozo por mentir al presentarse voluntario (Yo rezaba porque mis fotos salieran bien, y no las tenía todas conmigo...).
A partir de aquel día el teniente se ocupó personalmente de la preparación de los menús. Dejando muy clara instrucciones al cocinero amateur y tomando a su cargo la preparación de un par de comidas especiales: una gloriosa paella y un riquísimo cabrito en caldereta que compró en uno de los cortijos.


Las noches, acampados al aire libre, al abrigo casi siempre de unas escasas higueras o cercanos a la playa, daban ese aire de acampada juvenil donde priman las bromas y el buen humor. En varias ocasiones el teniente y el sargento encelados se acercaban a las pequeñas urbanizaciones de la costa en busca de algún ligue o para rondar alguna turista francesa a la que habían echado el ojo y cuyo marido, con problemas de próstata, parecía no cumplir sus obligaciones conyugales. Al parecer, les había enviado señales inequivocas de ligue... La vueltas borrachos en medio de los acampados con un deje de frustración mostraba que se equivocaban completamente.
Tras la vuelta al campamento deViator quedabala la delicada tarea del revelado de los carretes. Sólo algún comentario del sargento me hizo comprender que habían quedado un poco grises y oscuras. Yo ya sabía la causa. Debía haber utilizado un filtro de UV (de eso me enteré a la vuelta). Salí del paso explicando que con tanto sol los rayos UV hacen eso a todas las fotos (me cuidé de comentar que un simple filtro lo hubiera eviado). Unos meses después descubrí los negativos olvidados en el cajón de la mesa de la oficina de la compañía. Me los llevé. Me recordaban agradables experiencias y quería tenerlos. Aún los conservo.


Hoy, más de treinta años después, una gigantesca mole se alza en medio de aquella playa larga y hermosa que conocimos. El hotel inconcluso del Algarrobito completamente terminado espera entre protestas de ecologistas y trámites administrativos la decisión final de su destrucción. Los que conocimos aquella playa desierta, virginal, los que viajamos por la vieja carretera costera embriagados por aquellos por parajes increíbles, los que disfrutamos la sensación de libertad, las visitas a cortijos perdidos, los aljibes, las mínimas higueras, los sufridos matorrales, las chumberas, los preciosos y escasos rincones con agua, las planicies sembradas por los restos de desembarcos; los que nos bañamos en su mar y ascendimos  el faro sobre al Mesa de Roldan, los que recorrimos caminos casi intransitables en poderosos todoterrenos militares... celebraremos su destrucción, porque él estaba ya destruyendo nuestros recuerdos.

lunes, 19 de octubre de 2015

En la Vera


Unos pocos días en la Vera, al remanso de Gredos, caldeados por el sol del sur que calienta las estribaciones de la Sierra y guarda su calor al resguardo del frío del Norte. Pernoctando en una casa rural, no lejos de la garganta del Alardos con su puente de reminiscencias romanas y su doble ojo. Perdidos en una soledad que de noche asusta y de día apacigua. Próximos a la antigua ciudad celta del Freíllo, donde los vetones contruyeron un magnífico castro de 20 Ha, hoy cubierto de helechos y cercado por formaciones de robles. Visitando este poblado de la Edad del Hierro y paseando sus camino de ronda hasta las abruptas laderas que dan al Alarcos donde hay un mirador que invita a imaginar la dificultad del asalto por aquel lado. Pensando que desde el s. III a.C. se vivió en esta ciudad que prosperó hasta el s. I a. C. cuando los romanos destruyeron parte de sus murallas para impedir levantamientos y resistencias, y esto hizo que los habitantes se trasladaran al llano a una zona no fortificad (en la zona del Castañar) donde más tarde se encontró una necrópolis de la que desenterraron un tesorillo (el terorillo de "El Raso). Pensando que a necrópolis de El Freíllo depararía un tesoro mucho más espectacular si lograran ubicarla y escabarla, cosa que aún no ha podido hacerse. Circulando por la comarcal EX-203, con sus márgenes espectaculares de gargantas y picachos, con sus coquetas labores de jardinería al paso por El Losar, con sus pueblos pintorescos donde se alzan fachadas y balcones inverosímiles. Degustando por precios asequibles los manjares locales: cluletones de Ávila, morcilla de calabaza, lacón a la gallega salpimentado con auténtico pimentón agridulce de la Vera, licores de cereza del cercano valle del Jerte, perrunillas veratas... Visitando el particular museo del juguete de Candeleda y escuchando embelesados a su dueño mientras contaba anécdotas sin fin de sus preciados juguetes. Avistando desde Gisando las laderas meridionales de Gredos, percibiendo continuamente los perfiles de sus picos, encontrando a cada paso veredas que se internan hasta el espinazo de la sierra y llegan a los Galayos, o a la Laguna Grande e incluso al mismo Almanzor. Internándonos en cuevas gigantescas, subterránea catedral de piedra caliza con bóbedas inmensas repletas de esculturas naturales bellísimas.  Relajándonos en la antigua soledad de Yuste, hoy tumultuosa y más si es doce de octubre, fiesta nacional, donde la entrada es gratis. Solazándonos con breves paseos entre pinos y castaños. Picoteando un higo chungo a la orilla de la carretera. Triscando entre grandes rocas de granito y ollas de gigante en las pétreas gargantas de los ríos serranos... Así pasamos Charo y yo, estos cuatro días de puente y aquí lo cuento como homenaje a esta comarca de la Vera tan rica en todos los sentidos menos en el económico (que ahí no se la ha sabido valorar lo suficiente).

martes, 13 de octubre de 2015

Caminos de Santiago: "Camino del Desastre (2ª parte): El Regreso"




Allí estaba otra vez, seis años después. Volvía al Camino de Santiago después de tener que abandonarlo aquel final de primavera del 2003. Pero... ¿Por qué estaba allí? ¿Qué motivos me hacían volver a un camino del que no guardaba buenas experiencias? Podía encontrar complicadas respuestas sobre la fragilidad humana y los deseos de superarse y encontrarse con uno mismo; pero no, la respuesta era más sencilla: estaba allí para terminar algo que empecé. Así que, con esa determinación, desempolvé mi credencial de peregrino metí el ajuar de siempre en la mochila, dejé cerrada mi casa y avisé a la familia para que me regara los tiestos (a la par que me gorronearan las cervezas). Allí estaba yo de nuevo con escasas expectativas y algo de escepticismo. Había que terminar y arrancar esa pequeña espina que tenía clavada desde hacía tres años.


28-8-2009 ALMUÑA-PIÑERA
29-8-2009 PIÑERA-TOL
30-8-2009 TOL-GONDAN
5-9-2009 ARZUA-SANTIAGO



26 de Agosto de 2009. Miércoles. Tres años después.
CAMINO DEL DESASTRE (2ª parte)

Eran las 6:30 de la mañana. En la estación no había mucha gente a esa hora. Apenas tres autobuses. En uno de ellos dormitaban algunos pasajeros. Otros, esperaban fuera a que el conductor abriera las puertas para coger sitio en él. Gente corriente, con sus maletas y bolsos de viaje. Sólo dos portaban mochila. Ya no eran jóvenes y un observador perspicaz deduciría enseguida que no eran terroristas suicidas con sus bombas a la espalda dispuestos a perpetrar la masacre del año en la línea Barcelona-Gijón. Ambos llevaban distintivos suficientes para saber que eran peregrinos en ruta a Santiago por alguno de los caminos del Norte.
Y allí estaba yo. Era uno de esos dos peregrinos. Con mi mochila roja a la espalda. Mi gorro caqui en la mano. Mi cara de indiferencia y algún que otro bostezo. Allí estaba otra vez. 6 años después. Volvía al camino de Santiago, después de tener que abandonarlo aquel final de primavera del 2003.
Pero, ¿por qué estaba allí? ¿Qué motivos me hacían volver a un camino del que no guardaba buenas experiencias? Podía dar complicadas respuestas sobre la fragilidad humana y los deseos de superarse y encontrarse con uno mismo. Pero no. La respuesta era más sencilla. Estaba allí para terminar algo que empecé. Así que, con esa determinación, desempolvé mi credencial de peregrino, metí el ajuar de siempre en la mochila, dejé cerrada mi casa, y avisé a la familia para que me regaran los tiestos mientras me gorroneaban las cervezas.
Allí estaba yo. Con poca expectación y algo de escepticismo. Había que terminar y quitar esa pequeña espina que tenía clavada.
El conductor del autobús abrió la puerta y accedí al asiento asignado. En cuanto arrancó busqué la soledad de las plazas del fondo que estaban vacías. Allí iba yo. Con mis pensamientos.
Transitando por la autovía de Santiago se veían de vez en cuando peregrinos del camino francés. Eran un goteo continuo. Poco a poco me fui solidarizando con ellos. Dentro de pocas horas yo también sería uno de los miles, que por toda la geografía española, caminarían rumbo a la ciudad del Apóstol.
Cuando llegamos a Oviedo el otro peregrino se apea. “Uno que va a hacer el camino Primitivo” pienso. Yo sigo hasta Gijón. Allí tomo otro autobús hasta Soto de Luiña. Mientras me acerco a mi destino, observo que el paisaje ha cambiado. La autovía que estaban construyendo y que tanto me desesperó entonces, está ya terminada.
Haciendo actualidad mis recuerdos llegó a Soto. Aviso al conductor que tengo equipaje. Antes observé que no espera por nadie. Incluso dejó a un pasajero sin subir porque iba muy lento. Bajo, cojo mi mochila y respiro profundamente.


26 de agosto de 2009. Miércoles.
SOTO DE LUIÑA-SANTA MARINA

Son las 13:20. Algún peregrino me ve bajar del autobús. “Un jeta que devora las etapas en autobús” pensará. Yo bajo la cabeza y sigo hacia adelante. Paro a la sombra de la iglesia. Saco de mi mochila la vieira y la cuelgo por fuera. No solo hay que ser peregrino, sino también hay que parecerlo. Lo primero que hago es acercarme al albergue. Que distinto me parecía ahora, a aquel que hace 6 años recibió, en soledad, mis huesos reventados y mi ánimo quebrantado. A la puerta hay varios peregrinos. Tienen pinta que ya no van a andar más. Intercambio breves palabras con ellos. Les digo que yo voy a andar todavía y parecen quedar entre asombrados y extrañados. El poco sudor de mi camisera les debe de alertar.
Antes de empezar paro en el primer bar. Me tomo una cerveza y pienso en comer algo, pero como no tengo apetito decido no tomar nada. En el bar entran varios peregrinos. Uno de ellos es el que me vio bajar del autobús. Decido sincerarme. Les cuento que en este mismo momento reinicio el camino que dejé en este mismo lugar.
Cojo la carretera nacional 634. Aunque hace algo de calor se anda bien por ella. A estas horas encuentro pocos coches. La nueva autopista ha absorbido mucho del tráfico que antes había. Sin apenas salir del asfalto vas pasando por pueblecitos. Entre Albuerne y Novellana la carretera vislumbra la línea de costa. La certeza se impone: “ya estoy en el camino costero”. En Novellana se olvida la carretera y se adentra en un camino muy sombrío, que el espíritu agradece. Nuevamente por asfalto se llega a Castañeras. Allí hago un lapsus en el camino y me desvío hacia la “playa del Silencio”. A mitad de camino y viendo el desnivel que hay que bajar, decido verla desde lo alto y seguir mi camino.
Cuando llego a Santa Marina busco la pensión Prada. Ayer reservé una habitación ante la perspectiva de no llegar a ningún albergue. El siguiente parece lejano. Estos 12 kilómetros de esta tarde son un buen entrenamiento. Me asignan una habitación que da a la entrada principal. No me molesta mucho, al fin y al cabo voy a dormir en una “casa de indianos”.
A las 18:30 tengo echas todas las tareas peregrinas: ducharse, lavar algo de ropa, descansar un poco. Salgo de la pensión y busco un lugar para dedicarme a la contemplación. Andando hacia la costa encuentro un prado tranquilo en el que unos caballos están pastando plácidamente. Las vistas sobre la playa del Silencio son hermosas. Salto la alambrada y me sitúo en la esquina opuesta a los equinos. El sol, que ya está en el crepúsculo, tamiza la luz sobre los acantilados que rodean la playa. La roca que la rodea brilla más y capta toda la fuerza luminosa del poniente. Ante este paisaje tan sugestivo no puedo menos que extasiarme. (Es lo que tiene la luz crepuscular). Pero, mira tú por dónde, los cuatro caballos que comparten conmigo el prado se acercan con todo su batallón de moscas alrededor, y se colocan a un metro de mí. En otras circunstancias hubiera agradecido una situación como ésta. Ahora, sin embargo, la rechazo. Intento la irracional tarea de razonar con los caballos. “-Mirad, que el prado es grande para todos. Mirad que yo no os he molestado en absoluto. Que en este momento no quiero contender con vosotros”. Todo inútil. En unos segundos docenas de moscas empiezan a revolotear sobre mí. Mi momento mágico se esfumó. Molesto, me levanto y me voy.
Me voy a cenar a un bar que hace de apoyo gastronómico a la Pensión. Por el camino me encuentro a tres jóvenes peregrinos que siguen su ruta hacia el próximo albergue. Parecen extranjeros. (Más tarde, coincidiendo con ellos supe que eran eslovacos, y que casi siempre llegaban los últimos a los albergues. Allí lo primero que hacían era comer).
Ceno un poco fuerte. Hoy no he comido. Me tomo un orujo de hierbas para que me tiente el sueño y me voy a dormir tranquilamente. O eso pensaba yo. Dormir sólo en una habitación, sin que nadie te moleste, es un lujo en el camino de Santiago. Al rato tengo que levantarme y untarme con loción repelente de mosquitos. Ya me habían picado dos. Por lo menos no eran de ese tipo de mosquitos que me dejan el cuerpo con señales para dos semanas.


27 de agosto de 2009. Jueves.
SANTA MARINA - ALMUÑA

Despierto con las primeras luces del alba. Son las 7:10. Media hora después, con un café con leche y una par de magdalenas en el estómago, me pongo a andar. Lo primero que hago es quitarme el jersey. Se me olvidaba que no estoy en la meseta norte, donde a estas horas suele hacer 5 o 6 grados menos.
En la carretera hay escaso tráfico. La gente no madruga mucho en agosto. Así se anda bien, con la tranquilidad necesaria para sacar gusto al caminar. Desde su atalaya, la totémica autovía del Cantábrico vigila mis sosegados pasos. Parece ser que me acompañará todo el trayecto asturiano.
Pasando Ballota, el camino deja un rato la carretera y se interna por una pista que desciende. La pista se convierte en camino, y el camino en senda. Prácticamente llegas a una ensenada de piedras a la orilla del mar donde las olas chocan con insistencia. Cruzando el “puente que tiembla” (La verdad es que no ves la estructura por ningún sitio. Todo está cubierto de vegetación) se inicia un duro ascenso hasta Tablizo, donde se vuelve a coger la carretera. Un tramo de lo más placentero.
Casi sin darme cuenta me presento en Cadavedo. Mi intención es ir a la ermita de “La Regalina”, que está al borde del acantilado y dicen que tiene buenas vistas. Cuando me entero por dónde tengo que ir ya me he pasado un par de kilómetros. Así que prosigo mi camino y ando y ando hasta que sólo me quedan 9 kilómetros para el final de etapa. Encuentro un desvío que pone “playa de Cueva”. Mientras me tomo una cerveza en el bar de al lado, pregunto sobre la playa y el camino. Me dicen, “que por la playa y cogiendo un carretil se vuelve a salir al camino e incluso se adelanta algo”. En vista de que me sobra tiempo decido acercarme a la playa y si es menester darme un chapuzón.
Mi irrupción en una playa llena de veraneantes, con botas y mochila deja extrañado a más de uno. La pereza me puede y al final solo me conformo con meter un poco los pies. Tener que quitarse la ropa, los audífonos, esperar para secarse, quitarse la arena y sal de las orejas etc. Todo esto hace que se me quiten las ganas. De todos modos disfruto del momento. Aunque parezca mentira no volveré a tocar el mar en este camino costero.
La tarde se va nublando. En el camino veo a los primeros peregrinos de hoy. Uno, es un alemán pintoresco. Camina con sandalias y paraguas de colores. Los otros son los tres jóvenes que vi ayer en Santa Marina. Me dicen algo en inglés que después de un rato entiendo: una de ellas había perdido un jersey. Todos éstos se desviaron hacia Luarca. Yo miré los papeles de la guía y seguí la carretera hasta Almuña. En el polígono industrial del pueblo paro a comer un menú del día.
Cuando llego al albergue (Está situado 550 metros de la carretera principal) no encuentro a nadie. Al poco aparece el alemán. Intercambiamos una pequeña conversación. Resulta que vive y regenta un pequeño albergue en el pueblo de La Faba, en el camino Francés. Hacía el camino costero para sentirse peregrino una vez más y disfrutar del caminar.
Fuera empieza a orvallar, aunque la temperatura es buena. En vista de la perspectiva de la tarde, una vez hechas las labores me acuesto para dormir un poco. No es posible. Las moscas no me dejan en paz. Me levanto y llamo por teléfono a Pablo, un amigo mío desde la infancia. Sé que está veraneando con la familia por esta zona de Asturias. ¡Bingo! A la sorpresa inicial, responde que están de visita en Cudillero, volviendo hacia su residencia veraniega. Al poco rato se presentan en las puertas del albergue. El suegro, Bernardo, que ya ha hecho 10 veces el camino Francés, en seguida entra en el albergue para comparar. Nos tomamos una cerveza en al bar más próximo, mientras hablamos del verano y del camino. Con la promesa de volver a llamarles mañana, se van. Habían venido en plan playero y no tenían nada que ponerse ante el frescor de la tarde
Yo me acerco a un supermercado y compro algo para cenar. También llevo una botella de vino para compartir. Mi sorpresa es que, cuando vuelvo al albergue, los 4 peregrinos que hay ya están soplando vino. Así que los 5: el alemán, dos holandeses y un bilbaíno que peregrinaba por séptima vez seguida a Santiago en bici (por cierto, le he vuelto a ver en pleno noviembre en Burgos haciendo nuevamente el camino Francés), y yo, nos ponemos a cenar y beber vino en el porche. La hospitalera se metió a las 9 en una habitación. Se cerró con llave y no apareció hasta las 9 de la mañana. Parece ser que no se fiaba mucho de 5 varones que no hacían más que hablar, reírse y beber vino. Sobre las 11 de la noche y 4 botellas de tinto después, nos vamos a descansar. Por si acaso yo me echo un buen repelente de mosquitos. Fuera deja de orvallar para ponerse a llover.


28 de agosto de 2009. Viernes.
ALMUÑA - PIÑERA

A las 8 me levanto y miro por la ventana. Llueve. Muy lentamente van levantándose los demás. Una mañana así impone sus reglas. No hay prisa. Los holandeses desaparecen en cuanto llega un taxi que han llamado. El alemán está francamente contrariado y comunica que va a coger un tren hasta Gijón. (No volví a ver a ninguno) A las 9, con el poncho de lluvia y los pantalones largos puestos, me echo a andar. Llueve. Llego a Luarca. Llueve. Entró en un bar a tomarme un café con leche. Sacudo el agua del poncho fuera. Mis pantalones mojados hasta más arriba de la rodilla provocan el comentario del dueño del bar. “-Sería mejor ir con pantalones cortos y secarse con una toalla de vez en cuando”. Yo contesto amablemente que “es preferible que se mojen los pantalones a que se moje por dentro una bota.”
A las 10:30 me pongo nuevamente a andar. Llueve. Hasta las 13:00 no para de llover. ¡Aleluya! Todo este tramo tiene una orientación un poco confusa. A veces hay que preguntar
Pasado Villapedre me llama mi hermano Javi. Teléfono en mano y con el sig-pac asturiano en la pantalla de su ordenador, me va indicando y describiendo el camino que tengo que seguir. ¡Qué cosas éstas de la tecnología! Pienso que dentro de poco crearán un G.P.S. para el camino que te indicará todo. (Unos días después leí en un periódico gallego, que en un grupo académico estaban ultimando el dicho G.P.S.)
Entro en Piñera a las 14:30. El camino hasta aquí ha seguido carreteras terciarias y caminos solitarios. Aunque el albergue está en la carretera general, para sellar y coger la llave hay que dar una excursión por el pueblo. Piñera es pueblo pequeño que no tiene ni siquiera bar. En una casa particular, que también ofrece la posibilidad de cenar, me dan las llaves del albergue. Cuando llego, ya están esperando para entrar 2 peregrinos italianos: padre e hijo. El padre ya ha hecho el camino 8 veces y habla bastante bien el español. El hijo también lo ha hecho. Es más reservado.
Como algo en el porche que hay en las traseras del albergue y me echo una buena siesta. Cuando despierto en el albergue hay 5 personas más. Todos extranjeros. Salgo al porche a escribir cuatro letras para este diario. Hay una joven peregrina extranjera escribiendo algo también. Con mi mejor sonrisa me pongo a su vera a escribir. En un castellano lento le digo unas palabras que no se si entiende. (En una conversación con peregrinos extranjeros empiezo siempre hablando frases sencillas en castellano. Es la mejor manera que se vayan habituando. Algunos llegan al camino sin entender nada de nada en español.)
Como no hay mucho que hacer en este pueblo y mientras sigue llegando algún peregrino que otro, llamo a Pablo. Está a 4 kilómetros de Piñera, en un pueblo costero que se llama Puerto de Vega. Cuando llega y me monto en su coche algunos ponen cara de curiosidad. Así que la tarde la paso con su familia dando vueltas por su residencia veraniega y comiendo el marmitaco que habían hecho las mujeres del pueblo para los turistas. Por un rato me olvido de la pureza del camino y del compartir peregrino para disfrutar del ocio y el turisteo con los amigos. A pesar de haber andado poco, tampoco he descansado mucho. Me despido de la familia de Pablo y hago promesa de no volverles a molestar más.
Cuando llego al albergue tres jóvenes peregrinos apuran sus últimas conversaciones en el porche. La curiosidad de mi ausencia vespertina y de mi hora de llegada se queda sin respuesta. Yo me voy al saco a dormir. De la docena de peregrinos que estamos yo soy el único español.


29 de agosto de 2009. Sábado.
PIÑERA - TOL

Otro día que duermo mal. El albergue de Piñera está situado en la carretera general. Las ventanas dejan pasar todas las luces de los focos de los automóviles. A las 7:30 me levanto parsimoniosamente. Miro por la ventana. Parece que no hay nubes. En el porche está desayunando a base de galletas y yogures la peregrina de ayer. Me pregunto si se habrá movido de allí en toda la tarde y la noche. Yo triscando una manzana, me pongo a andar por la carretera general buscando el primer bar abierto en el que tomarme un café con leche.
El camino parece que disputa con la nacional, y aunque busca caminos alternativos, el avance aparenta lentitud. Hasta que no llego a ”la Caridad” no paro. En previsión de no encontrar dónde comer, compro algunas viandas ligeras: pan, embutido, fruta y una cerveza.
Pasando el pueblo de Porcia las guías señalan una bifurcación. Durante 30 minutos estoy dando vueltas hasta que me obligo a preguntar. Yo pretendo ir a Tol y no a Tapia. Empiezo a notar una pequeña molestia en los dedos de los pies. Una molestia que mi cerebro recuerda e identifica enseguida. En un prado, a la sombra y al aire que sopla, me como lo que llevo. Descubro mi ampolla, que resultó ser sólo una dureza, e intento echar un poco de siesta.
El camino hasta Tol es de pistas solitarias. Ni coches, ni personas. Al llegar al pueblo de Brull veo a la primera persona. Es una joven con pinta de extranjera que camina en sentido contrario. Si no fuera porque de su mochila cuelga una mini tabla de surf diría que es una peregrina. Parecía un poco perdida, pero como no me preguntó nada, supuse que no necesitaba ayuda.
Cuando llego a Tol tocan las campanas de la Iglesia. Pregunto si va a haber misa y decido entrar. Dentro hay poco más de 12 personas. Todas arregladas para la ocasión. Para no desentonar con mi atuendo sudoroso me pongo en el último banco. Otra peregrina con rasgos eslavos también entra y como yo se queda a oír misa. La misa, ¡lo juro!, duró 20 minutos con homilía y todo.
El albergue de Tol es pequeño y tiene servicios mínimos, pero es nuevo, está cuidado y limpio. Es una pena que la persona que lo cuida no apareciera por allí. Me hubiera gustado darle las gracias. Cuando llego la puerta estaba abierta y la llave encima de la mesa. La gente del pueblo, amablemente me indica un restaurante para comer. Me acerco allí y rehúso porque es un complejo hotelero asociado a un campo de golf. ¡Con el cariño que tengo yo a esos engendros lúdicos! Así que me acerco a la pequeña tienda del pueblo y hago acopio de latillas, jamón y una botella de sidra. ¡Como Dios!
Este pueblo es de lo más tranquilo. Creo que ha sido un acierto pernoctar aquí. En el albergue sólo estoy yo. Apuro las últimas luces del día mientras termino la sidra.


30 de agosto de 2009. Domingo.
TOL - GONDAN

Al final me pudo la prudencia. Me tentó la idea de ir por Vegadeo siguiendo la orilla de la ría, en vez de por Ribadeo. Pero supuse que allí no habría señalizaciones y chuparía carretera como un camionero. Así que opté por Ribadeo. Mi andar solitario hasta la villa, por los maizales que me vienen acompañando desde ayer, es muy tranquilo
Al llegar a Figueras me pierdo un poco y tengo que estar dando vueltas hasta encontrar la traza. Resulta más difícil de lo que parece llegar al inicio del puentazo que hermana las dos orillas de la ría. El puente, todo hay que decirlo, es soberbio. Y un paseo matutino por el andadero de peatones es espectacular. Siempre que no tengas que interrumpirlo continuamente para permitir el paso de los ciclistas que también lo utilizan. Atravieso Ribadeo lo más rápidamente posible. Es domingo. La mayoría de los bares están cerrados y las tiendas también. En una panadería me aprovisiono de pan (tengo jamón de ayer) y un buen trozo de empanada.
El transitar sosegado por carreteras comarcales y caminos se hace ameno. A la vera de la iglesia de Estofado me encuentro una peregrina extranjera ya mayorcita. La saludo escuetamente y veo después por lo menos 15 peregrinos de la misma edad. Pongo cara de asustado. No es para menos. Tal cantidad de gente te llena cualquier albergue. Como parece que van a ir a Lourenzá, yo empiezo a sopesar si no será mejor quedarse en Gondan. En Estofado no hay tienda, pero en un recodo encuentro una máquina expendedora. Aprovecho y compro una lata de Acuarius (me salen 2) y unas natillas. Con eso y la empanada que llevaba como vorazmente. Me arrepiento enseguida. Delante de mí tengo 4 kilómetros de ascensión que me obligan echar una siesta en un prado con vistas al valle. Mientras estoy plácidamente en esa tarea me adelanta el grupo de 15. No los volví a ver.
A media tarde caigo en Gondan, un villorrio de casas esparcidas, sin servicios de ningún tipo. Decido quedarme allí. Hago tiempo conversando con un paisano sobre el terruño particular de cada uno. Hechas las labores, aparecen los jóvenes eslovacos. Nos saludamos en mi nulo inglés. Ellos no saben ni francés ni español. Su idea es ir a Lourenza. Las siete de la tarde les parece una hora temprana para dejar de andar. También aparece la peregrina joven que encontré en Piñera. Resulta que es de Toulouse. Hablamos un poco en francés. Ella no iba a andar más. Le digo que yo voy a ir al bar más próximo (son 2 kilómetros) a cenar en condiciones. Marie, que así se llama, rehúsa tajantemente la idea. Ella no da ni un paso más.
Carretera abajo, en una tarde agradable, llego al bar y me trisco un plato combinado con dos cervezas grandes. Para hacer la digestión nada mejor que volver andando otra vez. Gasto las últimas horas del día viendo anochecer y escribiendo ésto. Cuando llego al refugio (que todo hay que decirlo es muy digno y tiene detalles como algunas flores silvestres encima de la mesa) está Marie y otra peregrina joven. Se han preparado algo de comer, que yo prefiero no saber lo que era. La otra peregrina era aquella que me encontré caminando en dirección opuesta con su tabla de surf colgando. Se llama Beatrix y es húngara. Como hablaban en inglés apenas me metí en la conversación. Beatrix sacó una flauta y se puso a tocar. Yo me despedí. Le rogué que no dejase de tocar. Me quité los audífonos delante de ella y entendió. Me fui a dormir.


31 de agosto de 2009. Lunes.
GONDAN - MONDOÑEDO

Vuelvo a dormir mal. El sueño nocturno y yo, no somos buenos amigos. Así que con el primer fulgor matutino me levanto y recojo con todo el silencio que puedo. No me pongo los audífonos (no me gusta ponérmelos tan pronto). Sospecho que el ruido que monto doblando bolsas de plástico en el silencio de la mañana es bastante estruendoso. Mientras hago esta operación echo miradas furtivas a las jóvenes peregrinas que comparten el albergue conmigo. Ajenas a mi alboroto ellas siguen con su sueño. Yo, por mi parte, no dejo de empatizar con ellas y desearía seguir durmiendo.
Afuera no hay nadie. La disposición del albergue en un entorno rural me hace admirar la tranquilidad y pureza del entorno antes de ponerme a andar.
Como mi destino es cercano me mentalizo para ir despacio. A las 9:30, cuando llego a Lourenzá, el sol ya empieza a calentar. Hoy hará calor. La villa estuvo anoche en fiestas. A estas horas apenas está despertando.
Después de beber agua en la fuente de la plaza y descansar un rato pongo los pies y el corazón en caminar. Como siempre, encuentro dificultades para salir. Las señales de los núcleos urbanos: o son confusas o escasean. Por el contrario, en el campo, a veces, hay sobreabundancia.
De Lourenzá a Mondoñedo son poco más de 8 kilómetros. A mí se me hacen eternos. Subidas del 25 %. Bajadas del mismo desnivel. Un auténtico rompe piernas. No obstante el camino es entretenido. Alterna carretiles asfaltados con corredoiras y sendas.
Agobiado por el calor y la ansiedad, sólo pienso en meter una cerveza fresca en el gaznate. Pero desde que llego a Mondoñedo hasta que encuentro el primer bar pasan 30 minutos. (Juro que llegué a creer que los bares estaban prohibidos en esa localidad)
Son las 14:00 cuando llego a las puertas del albergue. Una peregrina argentina que salía de él, me explica que primero hay que sellar en la policía municipal y allí te dan una llave. Así que dejo la mochila dentro y credencial en mano bajo a la policía municipal. No hay nadie. En la puerta hay un letrero que dice que vuelven enseguida. Decido hacer tiempo comiendo. Vuelvo a la policía. No hay nadie. Echo una siesta en un jardín de al lado. Vuelvo. No hay nadie. Subo al albergue. Está cerrado. En esto a parecen Marie y Beatrix. Les explico cómo puedo, que primero hay que sellar en la policía. Que yo todavía no he sellado. Me preguntan dónde está mi mochila. Yo les respondo que es una historia muy larga. La verdad es que no me veo capacitado para explicarles, en idiomas que apenas entiendo, la verdad: que está dentro.
Así que vuelvo por enésima vez a la Policía. Ahora acompañado de mis amigas (A partir de ahora las llamaré amigas porque coincidimos en muchos albergues más) Por enésima vez vuelve a estar cerrado. Cabreado como estoy, voy a una cabina telefónica cercana a llamar a un número de emergencia que había apuntado a la puerta (el móvil lo tengo en la mochila). Al fin viene alguien.
Cuando volvemos al albergue con la llave que me han dado, descubrimos que hay dos peregrinas dentro: la argentina, que va en bici y una joven polaca que habla castellano. (Con tanto joven europeo esto parece el programa “ERASMUS”).
El albergue es un buen edificio que tiene 2 pisos de dormitorios. Las mujeres se instalan en el primero. Yo pienso en el pudor ajeno y decido irme al de arriba con la excusa de que ronco.
La calurosa y plácida tarde la dedico a callejear por Mondoñedo. Una gran cerveza en una terraza la da por terminada.
Ya en el albergue, ceno fruta y departo brevemente con las 3 peregrinas que hay. Marie tiene un libro en alemán. Se lo pido. Resulta que es el “El peregrino” de Claudio Coello. Se lo devuelvo corriendo como si del diablo se tratara y pongo cara de repulsión. (A veces pienso que muchos extranjeros vienen al camino un poco equivocados por la literatura barata que leen. El libro de Coello no deja de ser una novelita de ficción. Pero me extraña que enganche tanto como para que sea un motivo determinante para hacer el camino. Otros libros son todavía peores. El de Shirley Maclaine es infumable. De este libro siempre comento cuántas pastillas y porros se iba tomando la autora por el camino. Muchos peregrinos vienen al camino a buscar no sé qué, pero son cosas muy raras.)
Me voy a dormir. En el dormitorio de arriba estoy solo.


1 de septiembre de 2009. Martes.
MONDOÑEDO - VILLALVA

¡36 kilómetros del ala! Aunque madrugo, los trámites burocráticos me hacen perder casi media hora (tengo que entregar las llaves en la policía municipal)
Los primeros pasos del día, siempre cuesta arriba, los doy en compañía de la ciclista argentina. El haber visitado Argentina me da más juego en la conversación. La primera cuesta abajo nos despide, imagino que para siempre. Con los ciclistas, esto es así.
A estas horas de la mañana el camino es solitario y agradable. Una pequeña carretera de tercer orden me lleva por un valle con multitud de árboles en las veredas y en los montes. Empieza a aparecer la media montaña. Algunas aldeas, con sus prados y huertos, motean el paisaje. Según me interno en el interior el paisaje me agrada más. De momento los pies aguantan, aunque están un poco renqueantes.
Pasados 9 kilómetros se deja la carretera y se inicia un duro ascenso. Mientras subo voy parando en los zarzales para degustar un buen puñado de moras. Muchas ya están maduras. En Gontan hago mi primera parada y mi primera cerveza. Compradas unas viandas para el camino sigo andando, pues queda mucho trecho.
El camino, asfaltado o no, sigue la N-634, pero apenas topa con ella. A 12 kilómetros de Villalva me encuentro con las obras de la autovía. Esto me preocupa porque una construcción de este tipo arrasa con cualquier señalización. No quiero repetir viejas experiencias con la autovía. Menos mal que en esta ocasión se ha respetado el simbolismo de esta ruta y se han habilitado caminos alternativos bien señalizados.
Paro a comer en un prado tranquilo. Empiezo un pequeño ritual. Buscar lugar con sombra y si es posible, con vistas. Sacar de la mochila las viandas y la cerveza (siempre un poco de alcohol). Preparar el consabido bocadillo o lo que sea. Quitarse las botas y comer con los pies al aire. Recoger. Tumbado, con la gorra tapándote los ojos y las pilas del los audífonos fuera de ellos, echarte un siestorro con la cabeza apoyada en la mochila. Todo un rito. El peregrino tiene muchos ritos, como la vida misma. Cerca, en la autovía, hacen alguna voladura. Pero yo no me inmuto particularmente. Esta media hora es sagrada.
Prosigo mi peregrinaje. Adelanto a Marie. Mientras voy tatareando la marsellesa para empatizar. Dice que no va bien. Yo le animo y le engaño en la distancia que queda. Más adelante encuentro a Beatrix en una escena muy “pastoril”. A la sombra del camino, teniendo como únicos testigos las vacas de un prado, está sentada tocando la flauta. Me pareció tan tierna y entrañable esta imagen que me dieron ganas de darla un besazo. Sigo adelante. Ella va a esperar a Marie.
Un poco fatigado llego al albergue. ¡Todo un albergue! Parece que no hay nadie, pero dentro hay una docena de personas. Todos tirados en las literas. Si éstos han llegado entre las 15:00 y las 16:00, eso quiere decir que llevan un par de horas tirados en la cama. Yo me instalo, ducho, lavo la ropa, espero a mis jóvenes peregrinas, y ¡todavía no se han levantado de la cama!
El albergue está a 1,5 kilómetros del pueblo. Me informan que están en fiestas y que las tiendas estarán cerradas. Yo no llevo apenas comida. La cocina del albergue no funciona. ¡Qué perspectiva! Decido acercarme al pueblo. Quizá puedan hacerme en algún bar algo para comer y llevar. En el primero encuentro la barra vacía. El segundo proclama con rótulos que se hacen tortillas. “Este es mi bar”- me digo. Una joven morenita con acento de otros lares me atiende. Entra en la cocina para preguntar. Como no me da una respuesta negativa y yo veo movimiento de sartenes en la cocina, interpreto que van a hacerme una tortilla.
Al cabo de media hora de espera, empiezo a sospechar que aquí hay un malentendido. Pregunto a la joven y efectivamente, no hay tortilla, ni la van a hacer aunque venga el obispo de Roma (esto del obispo es cosecha mía). Prefiero callarme y tragar. Entre lo mal que habla (no me extraña, la pobre viene a trabajar a Galicia y tiene que aprender dos idiomas de una tacada) y lo poco que oigo yo, no nos hemos entendido.
De mal humor me vuelvo hacia el albergue, sin cenar y sin llevar cena a nadie. En la calle hace un frío del carajo. Y yo con camiseta de manga corta, pantalones cortos y sandalias.
Aunque el albergue cobija 20 personas hoy, en el dormitorio apenas estamos 4 o 5. Intento apagar las luces pero no encuentro el interruptor. Por lo visto hay un interruptor general que no me atrevo a tocar. Así que me lío la toalla a la cabeza y a dormir. A eso de las 12:30 viene un grupo. Ahora entiendo las tres horas de siesta. La luz todavía está encendida. Alguien decide apagarla.


2 de septiembre de 2009. Miércoles.
VILLALVA - BAHAMONDE

Etapa corta. 20 o 22 kilómetros. Cuando me despierto medio albergue está ya en pie. Fuera hay niebla. Entro en Villalva cuando sus gentes acaban de despertarse. No me entretengo. Intento salir rápido, pero tengo dificultades para seguir la ruta. Busco señales en los postes, en las farolas, en las esquinas y en las paredes, hasta que encuentro la lógica de Villalva: conchas en el suelo.
El camino viene a ser una continuación de los de estos últimos días. Desviarse de la carretera nacional, y transitar por carretiles asfaltados y por caminos. Con todo, hay que decir que de esta manera el camino se alarga hasta en un 20%. Todo sea por ganar en tranquilidad.
Adelanto a Marie. Es curioso, aunque empiezo las jornadas antes que ella, siempre la adelanto. Yo siempre me entretengo en algún bar.
Llego a Bahamonde a las 13:30. Como es pronto y mientras decido seguir o no, me tomo una cerveza y entablo conversación con el taxista del pueblo. Resulta que su mujer es natural de Pradoluengo, pueblo serrano burgalés famoso por la confección de calcetines y boinas. Mientras hablo con él, observo que muchos peregrinos siguen hacia el siguiente albergue que está en Mirad. A 16 kilómetros. Preveo que se va a llenar. Así que decido quedarme en Bahamonde y pasar una tarde placentera sin hacer nada especial. Marie decide continuar para quitar kilómetros a la etapa de mañana, que se prevé durilla.
El refugio está muy bien. Capacidad sobre 60 personas con cocina, sala de estar, porche, jardín, habitaciones de 4 literas… Cada vez se ven más peregrinos. Es de suponer que muchos han empezado en Ribadeo y por eso coincido con ellos ahora. Los españoles somos más cada vez.
Como en un restaurante cercano llamado “Galicia”. Un anciano con barba y cabello blanco y largo que ejerce de maître, me enumera los platos que hay para comer, como si de pociones de druidas se trataran. Termino de comer y me ducho antes que venga la marabunta. Luego siesta sosegada.
Por la tarde el cielo se cubre de nubes. La verdad es que cuando no tengo que andar por la tarde, ésta se hace muy larga. No sabes que hacer. Hoy termino visitando todos los rincones del pueblo, tengan o no tengan interés. Al albergue sigue viniendo gente. Por la noche se puede decir que hay un aforo considerable, aunque no llegue a completarse. Hay un buen grupo de españoles, pero da la casualidad que termino hablando más con los extranjeros porque se enrollan más. (Me puede el orgullo de arropar más a los extranjeros, por el simple hecho de que se lleven de este país una buena impresión. Supongo que por mis propios medios no lo conseguiré). He tenido que compartir la botella de vino con los extranjeros porque los españoles estaban desaparecidos.
He cenado 4 piezas de fruta. Mientras, Beatrix nos amenizaba con su inseparable flauta. Terminas cogiendo aprecio a las personas que ves todos los días. Ni que decir tiene que mi amiga húngara brindó conmigo. Mañana será otro día.


3 de septiembre de 2009. Jueves.
BAHAMONDE - SOBRADO DOS MONXES

La etapa ha sido larga. Esto, sumado a que la noche ha sido mala, muy mala, hace que ahora esté realmente cansado. Creo que desde que he empezado no he pasado una noche en condiciones. Además hoy he tenido el estómago revuelto.
Cuando me levanto todavía es de noche. La etapa es larga y prefiero madrugar. Preparo en silencio mis cosas. Mis compañeros de habitáculo, ajenos a estos avatares, ni se percatan. Me tomo un café en el bar que está abierto. Está lleno de madrugadores. Ni un solo peregrino que me acompañe. Eso sí, hay un montón de trabajadores tomándose de lo más variopinto: café solo, orujo, brandy, jerez… ¡Cualquiera diría que son las 7:20 de la mañana y no las 12 de la noche!
Me pongo a devorar kilómetros con firmeza y decisión. Tengo por delante 41. El tiempo acompaña para andar: 20-21grados. La carretera es mi guía durante cuatro kilómetros. Después, un giro a la izquierda me mete por caminos y carretiles asfaltados. Lo habitual en los últimos días. Se pasa por multitud de poblaciones; aldeas más bien.
A media mañana llego a Miraz. Callejeo un poco por sus calles y me quedo sorprendido por su interesante y rotunda arquitectura.
Sigo andando hasta las 14:00. En una aldea, al lado del carretil que llevo, hay un bareto. ¡El primero que veo en 25 kilómetros! A la puerta está el taxista de Baamonde. Me informa que la mujer que regenta el establecimiento vendrá enseguida y me proporcionará algo para comer. Por lo que cuenta, viene de llevar a Sobrado a algunos peregrinos en malas condiciones para andar. (Empiezo a explicarme algunas cosas. Algunos peregrinos no los ves en todo el camino y sin embargo llegan bastante antes que tu al albergue. En fin; necesidad manda.) La dueña del bareto se presenta. Le sugiero la necesidad de comer algo. Ella no se lo piensa y me saca queso (¡Hay que joderse! Yo, que no puedo ver el queso ni en pintura.), salchichón y chorizo casero, media hogaza de pan y el cuchillo. A servirse a discreción. Por 4 euros me pongo tibio a embutido.
En el primer prado que veo me echo la siesta. Después de casi 30 kilómetros bien merezco un descanso. Da gusto andar por Galicia. Siempre tienes un prado a mano para echar la siesta.
Sigo andando dejándome llevar por la inercia. Algunos peregrinos me adelantan. Es gente curtida. Con algunos ya he coincidido. Otros los veo por primera vez. Antes de llegar a Sobrado se pasa por una laguna muy bonita. Un buen lugar para el reposo. El tiempo nublado y las ganas de acabar esta larga etapa me empujan a no hacerlo.
El monasterio de Sobrado dos Monxes tiene buena pinta. Aunque históricamente tuvo más auge. A los peregrinos nos meten en lo que fueron las caballerizas. Menos mal que se entra por un claustro. Un poco de solemnidad.
En el albergue hay bastante gente. Mejor no pensar como han venido algunos. Encuentro muchas caras nuevas. Vuelvo a encontrarme a Marie e intercambiados algunas palabras en mi insufrible francés. Se alegra de verme. Con el paso de los días hay una familiaridad y complicidad que no había antes. A la hora aparece Beatrix, con su mini tabla de surf a la espalda. (¡Ya tiene bemoles! ¡Desde San Sebastián con la tabla a cuestas! Supongo, que para quien no la conozca, será toda una extrañeza verla). Le enseño brevemente la zona de dormitorio. Poca elección tiene: o compartir litera conmigo o escoger una solitaria que está al lado del baño, con lo que eso significa. Ruido continúo. Se lo piensa y elige la del baño. Yo sonrío. “¡Con el poco peligro que yo tengo!” Quizás es que ha oído alguna vez mis ronquidos y las docenas de vueltas que doy en la cama.
Un albergue lleno tiene otra medida. Hay que ajustarse a los demás. En el comedor te juntas con otros. Compartes viandas y conversación. Te bebes una botella de vino con los demás. Saludas a los que hace días que no has visto. Hoy he vuelto a ver a los eslovacos. Como siempre aparecieron tarde. Cenaron y después se ducharon. Compartí con ellos el vino y una lata de espárragos. Beatrix apuró también un vaso de vino. Veo que no hace ascos a un vino decente.
A eso de las 10 apareció un hermano del monasterio y nos mandó a dormir. A esas horas también, empezaba una partida de mus en las dependencias de la cocina.


4 de setiembre de 2009. Viernes.
SOBRADO DOS MONXES - ARZUA

La etapa de hoy es corta. Así que me lo tomo con tranquilidad. Pretendo levantarme tarde. Pero a las 6 de la mañana el personal empieza a levantarse. Linternas en la noche, puertas que se abren, pisadas en el entarimado. Todo un festival que no deja dormir. Y eso que yo estoy un poco sordo. No me queda otra alternativa que levantarme. Un café en el bar y a andar.
Aunque pretendo ir despacio la inercia de estos días me puede e imprimo el ritmo de siempre (4,5-5 kilómetros por hora). Antes de la hora de comer estoy en Arzúa. ¡El camino francés!  Me acerco al albergue municipal con pocas esperanzas de encontrar sitio. Tengo suerte. Lo hay. Alguna cara conocida. La gran mayoría son anónimas. Son las de los peregrinos del camino Francés. Mucha gente joven. Un señor ya mayor y yo somos los más veteranos. Una hora después el albergue ya está lleno.
Como de restaurante. Un menú del día en una mesa corrida. Vuelvo al albergue. Me siento un poco extraño entre tanta gente desconocida. Encuentras jóvenes musculosos de gimnasio que sin embargo flojean de aquello que no practican: los pies. Los hay de todos los idiomas y razas. Faltaban los asiáticos y africanos y los encontré. (No recuerdo haber visto en todos mis caminos ningún peregrino africano de color.) A todos, la cercanía de Santiago les produce cierta excitación. A mí, perro viejo, eso ya no me conmueve.
Intento pasar la tarde como puedo. ¡Larga tarde! Ayer en Sobrado habría unos 30 peregrinos. Hoy en Arzúa, repartidos por albergues y pensiones, seremos más de 100. La villa está que bulle de gente. Con algunos intercambias unos momentos de conversación. Me hago unos cuantos kilómetros más paseando calle arriba y calle abajo. Si sé de este absurdo periplo hubiera pernoctado un poco más cerca de Santiago. En este momento ya tengo ganas de terminar esta peregrinación. Creo que el propósito con el que empecé lo tengo al alcance de la mano. Aunque la etapa de mañana sea dura, no me arredra. En peores situaciones me las he visto yo.
No he visto apenas a nadie con los que coincidí en Sobrado. Eso sí. Los eslovacos estaban comiendo a las siete de la tarde en al albergue. No sé dónde ni cuándo habrán ido a dormir
Se hace de noche. La gente en el albergue no tiene prisa por acostarse. Para muchos la expectación es poderosa. Tuve que recriminar amablemente a uno que dejara de fumar en un sitio cerrado. A primeras no me hizo mucho caso. No era momento ni lugar de hacer una escenita. Con la autoridad que me dan los años entre tanto jovencito decido apagar la luz del dormitorio a las 11. Nadie protesta.


4 de septiembre de 2009. Sábado.
ARZÚA - SANTIAGO

Última etapa. Ya repetida otras veces. Directo a Santiago. La primera vez que hice el camino pernocté en el Monte del Gozo. Entonces juré que no lo volvería a hacer. No sólo por el ambiente tan impersonal que encuentras, sino también porque no descansas nada. Todo el mundo está de juerga.
Aunque es una etapa de casi 40 kilómetros, no tengo intención de madrugar. Sin embargo ¡Ay! A las 5:45 empieza a haber movimiento en el albergue. Se me olvidaba que la gran mayoría vienen de meterse madrugones en el camino Francés. Intento seguir durmiendo, pero me resulta imposible. Amanece a las 7:15. Decido levantarme. Miro a mí alrededor. Sólo hay otros dos en la litera. Curiosamente son peregrinos del camino del Norte.
Rápidamente me pongo a andar. Poco importa ya que me salgan ampollas. Es el último día. Los primeros kilómetros están llenos de peregrinos. Sin embargo son extraños. Nunca los he visto. Me dejo llevar por la inercia de esta procesión. A algunos los adelanto yo y otros me adelantan a mí. No te queda más que el recuerdo del cortés “¡Hola! ¡Buenos días! ¡Buen camino!” Esta rutina dura hasta que con el calor de la tarde llego a Santiago.
Mi primera intención es hospedarme en alguna de las numerosísimas pensiones que ofrece la ciudad, pero al final me decido por el ambiente más personal y peregrino del seminario. La gestión del seminario se debe haber privatizado. Al ser más profesional te cobran más. 12 euros en dormitorio corrido y 15 en habitación individual. Ante esta escasa diferencia opto por la habitación.
Una vez hechas las labores me dispongo a salir. ¡Oh, sorpresa! En la puerta de la calle encuentro a mis jóvenes amigas peregrinas: Marie y Beatrix. Pensé que no las volvería a ver más. Después de los abrazos y felicitaciones decidimos asaltar juntos las calles de Santiago con nuestra presencia. Hay que celebrar el fin de la peregrinación. Como Santiago no es una desconocida para ninguno de los tres no tenemos mucho que hacer. Sólo pasear por sus enlosadas calles. Mi exigua conversación se pierde en idiomas que apenas conozco.
Por la noche mis acompañantes femeninas se entretienen a la puerta del seminario, interpretando algunas canciones húngaras y de Taizè. Mientras, yo, escribo esto y pienso “¿Qué sé yo de ellas? ¿Qué saben ellas de mí? Apenas nada. Y sin embargo aquí estamos. No somos desconocidos. Somos fruto del peregrinaje. De ratos compartidos sin más. De complicidad en un destino. De búsqueda de un ideal, pequeño, pero ideal al fin y al cabo. De tal manera, que tengo más en común con ellas que con el vecino de tu casa.”


5 de septiembre de 2009. Domingo.
SANTIAGO - BURGOS

A pesar de que tengo una habitación para mí sólo y nadie me molesta, no consigo dormir bien. Durante todos los días del camino no he conseguido dormir ni un día bien. ¡Hoy que no hay ninguna prisa! Así que me levanto pronto. A las 9:30 ya estoy en la calle. Hoy es el día tonto. El día que dejas de andar y no sabes que hacer. La inercia de los días te empuja a seguir andando. He cumplido mi objetivo que era llegar a Santiago. Lo demás es accesorio.
Llego a la oficina del peregrino para sacar la credencial de la peregrinación. Aunque es temprano, encuentro una cola considerable de peregrinos. La mayoría, con sus mochilas al hombro, llegan ahora. En la cola encuentro una cara conocida. Resulta que es el joven al que recriminé en Arzúa por fumar dentro del albergue. Después de unas palabras de desconfianza, sigo hablando amigablemente con este riojano saludable, de la vida y del terruño particular. Porque no nos vimos después, sino todavía nos tomábamos una cerveza juntos. ¡Cosas del camino!
Una vez sacada la credencial me siento a la vera de la plaza de la catedral, esperando que comience la misa del peregrino que es a las 12. Allí saludo y felicito a algunos del camino del Norte con los que he coincidido. Incluso veo llegar, con sus grandes mochilas, a los jóvenes eslovacos. Por una vez llegan pronto a un final de etapa. Conversando con unas peregrinas catalanas de la conveniencia o no de ir a la misa, les intento explicar que la peregrinación no acaba hasta que oyes misa y veneras al Santo. Que no es una costumbre ni un rito más. Que la Iglesia es la única institución que te recibe en esta ciudad. Que si no fuera así, no tendríamos la dignidad de peregrinos. Seríamos unos vulgares mochileros… No sigo hablando porque no creo que entiendan algo de lo que hablo, si la mitad de los 150 kilómetros que han recorrido no han sido andando.
(Siempre me he preguntado qué sería de la ciudad de Santiago si no fuera por los peregrinos. No sería nada. Y sin embargo las instituciones civiles de la ciudad apenas hacen nada por recibir al peregrino. No digo yo que el alcalde salga a recibir a todos los que llegan, pero estoy seguro que ni siquiera tienen una concejalía dedicada exclusivamente a los peregrinos. ¡Y eso que ése es su ser! Así como la Xunta gallega si muestra su apoyo, la ciudad de Santiago calla. O por lo menos, esa es la impresión que yo siempre me llevo.)
Antes de misa aparecen Beatrix y Marie. Les acompaño hasta la oficina del peregrino. Ellas van a ir en autobús hasta Finisterre. Tomamos un último café juntos mientras intercambiamos direcciones y nos despedimos hasta otra ocasión. Si es que la hay. Produce un poco de tristeza despedirse. He terminado cogiéndoles estima. Aunque el idioma dificulta la relación, no por ello hemos dejado de entendernos.
La misa del peregrino está llena. Es domingo. Cuando el cura reconoce los esfuerzos de los que han llegado hoy en peregrinación y lee sus orígenes, sale mi persona:” un burgalés que comenzó en La Robla, y por el camino primitivo y el costero llegó hasta aquí.” Respiro aliviado. Las dos últimas veces que vine no mentaron mi peregrinación.
Después de misa voy a la estación de trenes a comprar un billete para volver mañana a Burgos. La tarde la paso como puedo. Santiago ya no tiene nada que ofrecer a mi ser peregrino. Así que dejo de serlo para convertirme en un turista más.

FIN DE LA PEREGRINACIÓN