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sábado, 17 de septiembre de 2016

Fascinantes historias de la Ciencia - 18: En el ala derecha del sombrero de Gauss

Recuerdo la vez en que, emulando sin saberlo al viejo profesor del genio de las matemáticas Carl Friedrich Gauss, encomendé a los alumnos de 8º de EGB (equivalente al 2º de ESO actual) la suma de los números del 1 al 100. Ninguno, al igual que pasaba entonces a los compañeros de Gauss, fue capaz de percibir la relación entre los términos equidistantes de esta serie que forman 50 parejas que suman 101 cada una. Una simple multiplicación posterior nos da: 101 x 50 = 5.050. Adivinar este resultado en apenas unos segundos se les antojaba a los alumnos asombroso. Pero veamos cómo cuentan sus biógrafos la anécdota en cuestión:


"Al cumplir los 10 años, Gauss ingresó en la clase de Aritmética. Como se trataba de las primeras clases, ninguno de los muchachos había oído aún hablar de una progresión aritmética. Era pues fácil pare el heroico maestro maestro Büttner, que debía bregar con un centenar de alumnos a un tiempo, plantear un problema que les entretuviese largo tiempo atareados. El problema consistía en lo siguiente: Debían sumar una serie de números del tipo 81297 + 81495 + 81693 + ... + 100899. La pizarra contenía finalmente la extenuante suma de 100 números de 5 y seis cifras. La costumbre de la escuela era que el muchacho que primero hallaba la respuesta colocase su pizarra sobre la mesa del profesor y el siguiente hacía lo propio sobre la primera y así sucesivamente. Büttner apenas había acabado de plantear el problema cuando el pequeño Gauss escribió una cifra y colocó su pizarra sobre la mesa diciendo: "Ya está". Pasó una larga hora de brazos cruzados mientras sus compañeros trabajaban afanosamente en sus pizarrines sosteniendo de vez en cuando su mirada contra la sarcástica sonrisa del profesor quien imaginaba que el muchachito era un perfecto necio y esperaba la ocasión para manifestarlo en público. Cuando el Büttner examinó las pizarras, la de Gauss, con un sólo número, era la única que contenía la respuesta exacta. En algún lugar de su privilegiada mente había descubierto que su maestro planteaba una serie aritmética de 100 números que resultaban de sumar consecutivamente 198 al anterior. Tan asombrado quedó su rígido maestro  por esta prueba de su aguda inteligencia que, al menos pare é pequeño Gauss, fue en adelante un profesor "humano" que incluso le compró el mejor manual de aritmética editado y favoreció su trabajo conjunto con su joven ayudante Johann Martín Bartels, con el que estableció una cálida amistad que duró toda la vida"

Gauss puede considerarse, junto con Arquímedes y Newton,  uno de los tres matemáticos más originales e innovadores que hayan existido. Llamado con toda justicia "El Príncipe de las Matemáticas" es, posiblemente, el más grande desde la antigüedad. Al contrario que sus colegas nació pobre, en una miserable casucha de Brunswick, en la Alemania de 1777. Su abuelo era un pobre campesino, su padre fue jardinero y albañil,  su abuelo por el lado materno era picapedrero y el  hermano de su madre, su tío Friederich era tejedor. Este último, "un genio innato" según juzgaba el  propio Gauss, era de una aguda inteligencia y supo ver el potencial de su sobrino enseguida. Desde muy pequeño hizo cuanto pudo por desarrollar la rápida lógica del muchacho. Su madre se sintió orgullosa de su hijo desde su nacimiento hasta que murió a los 97 años, defendiéndolo de la obstinación de su marido que prefería que se mantuviera ignorante y continuara su oficio. Se cuentan anécdotas de aquel niño prodigio que era capaz de corregir las sumas de la contabilidad de su padre a los tres años, que aprendió a leer por sí solo y que fue capaz de comprender el valor de los dígitos probablemente al enumerar el alfabeto. Ya desde entonces encontramos a Gauss sentado en el ala derecha del sombrero de la genialidad.


Aunque los trabajos de Gauss abarcan numerosos campos como las matemáticas, la física e incluso la filología su nombre ha quedado asociado a la conocida "Campana de Gauss". Dicha campana es una gráfica que obedece en estadística a una distribución normal o gaussiana (una de las distribuciones que aparece más frecuentemente en lo fenómenos naturales). Esta gráfica tiene forma acampanada y es simétrica respecto del parámetro estadístico estudiado. Permite modelar numerosos fenómenos naturales, sociales y psicológicos cuyas variables se rigen por efectos aleatorios complejos. Siguen este modelo de curva normal fenómenos naturales como los caracteres morfológicos de los individuos (la estura, por ejemplo), los efectos fisiológicos de un fármaco, el consumo de determinados productos por los individuos, los errores cometidos al medir ciertas magnitudes o los caracteres psicológicos de las personas (como el CI). La forma acampanada y simétrica que posee su función de densidad hace que los elementos más comunes estén más centrados, mientras que los más raros se sitúan en los extremos. El propio Gauss, cuyo CI estimado podríamos cifrar entre 185-201 estaría en el extremo derecho de la curva con un porcentaje de 99'9995 sobre el resto de la población (aproximadamente solo una persona de cada 18 millones sería capaz de llegar a ella).

Hay que decir en honor a la verdad que "su curva" no fue un descubrimiento del propio Gauss. El estudio sobre la distribución normal lo comenzó un tal "De Moivre" a finales del s. XVIII, más de 50 años antes. Gauss legó su nombre a esta función al haber sido el primero en aplicarla como una herramienta en el análisis de datos astronómicos. El prolífico genio matemático de Gauss le "robó" el sombrero al profesor De Moivre. Como contrapeso en la balanza de la justicia atributiva de descubrimientos sirva la constatación, años después de su muerte, de que Gauss anotó en su diario científico (Noizenjournal) 146 anotaciones extraordinariamente breves de notables descubrimientos matemáticos. Algunos de los cuales no publicados en vida, permanecieron inédito mientras que otros autores los reclamaron muy posteriormente como descubrimientos pioneros. Gauss nunca pretendió la  prioridad cuando otros autores se le adelantaron en la publicación.

Llegados a este punto siente uno la tentación de reflexionar un poco sobre "la genialidad". Un genio (nos cuenta la Wikipedia) es una persona que destaca por sus talentos intelectuales. La genialidad aparece asociada a logros creativos, originales y universales sin precedente. En su raíz etimológica latina ("gens", familia) y en el sustantivo del verbo latino "gigno, genui, genitus" (que significa "traer a la vida", "crear") encontramos los matices que lo relacionan con el sentido creador, inventivo (la ingeniería), con la inspiración o el talento. Existen, por otro lado, referencias sobre una relación estadística entre la creatividad de un genio con la psicosis y otros trastornos mentales (hay una larga lista de ejemplos de esto último: Vincent van Gogh, Torquato Tasso, Jonathan Swift, John Forbes Nash, Ernest Hemingway...). También parece claro que los mentores y maestros juegan un papel importante en desarrollar la maestría de un genio; sin embargo, solo se les puede enseñar hasta cierto punto, puesto que muchas de las capacidades de un genio son implícitas. Para Kant, por ejemplo, la genialidad sería la capacidad de aprender sin que nadie te haya enseñado lo que implica seguir reglas diferentes, caminos inexplorados...
El calificativo de "genio" está íntimamente relacionado con el concepto general de inteligencia. Una manera comúnmente aceptada de intentar medir la inteligencia es con los test. Para algunos autores la genialidad comienza cuando te sientas en el nivel de CI=140, aunque otros son más exigentes y alejan a los genios del centro del sombrero de Gauss, hasta la grada del CI=180 o más.

En el aspecto social los genios suelen presentar dificultades. No solo porque su actividad mental se aleja de los territorios comunes, sino por el poderoso e inaccesible aparato de su inteligencia. Además, como afirma Heme, las personas con características de genio son tenidas como una individuos desconectados de la sociedad, como quien trabaja remotamente, en la distancia, alejado del resto del mundo.

Los genios suelen saber que lo son y no les preocupa demasiado ser así de excepcionales. Les interesa mucho más explorar los campos de su interés y descubrir aspectos desconocidos. A veces, por necesidad, descienden a tareas rutinarias y transigen con ciertas rutinas, pero su afán es lo novedoso, lo desconocido, lo oculto. Viven jugando un perpetuo juego de detectives y se emplean a fondo para resolver lo "crímenes de la ciencia".
Muchos de los genios fueron ya desde niños geniales. Niño prodigio sería la persona que a una edad temprana (diez años) domina uno o más campos científicos o artísticos. Es común que aparezcan niños prodigios en matemáticas (el propio Gauss, sin ir más lejos), ajedrez (José raúl Capablanca), las artes visuales (Steven Spielberg o Shirley Temple) o la música (el singular caso de Mozart).


¿Y porqué no yo?

No sé, amigo lector, si soñaste alguna vez con ser un genio. No sé, quizá ser un compositor extraordinario, un novelista genial (¿alcanzaría Cervantes -genio de las letras- a tener un CI tan elevado?), un ingeniero revolucionario en el campo de los dispositivos electrónicos, un futbolista al estilo de Messi... Yo sí lo he hecho, sobre todo en la infancia. Pero resulta que, fantasía aparte (en eso me siento en el extremo derecho del sombrero de Gauss) no destaco particularmente en ningún aspecto, más bien tengo serias dificultades en algunos de los factores de la inteligencia según las desglosan algunos autores. Recuerdo en mi infancia y juventud algunos comentarios de mis compañeros: "tienes muchas cualidades"; pero yo añadía para mis adentros "y una muy mala memoria", "además soy lento", "y me cuesta concentrarme", "soy vago", "y muy vergonzoso"... Efectivamente, aunque mi pensamiento era original y no meramente repetitivo, me faltaban un montón de cosas para llegar a la genialidad: memoria (y no solo la memoria eidética, patrimonio de los genios, sino la más vulgar para recordar simples poemas, o poner nombre a una cara), dominio de los procesos automáticos (aún me sigo confundiendo más que un aprendiz en las cuatro operaciones), el dominio de la lectura (padezco una dislexia insuperable)... ¿Cómo puede uno ser un genio con un bagaje así?
Pero aún confío (pobre iluso, me dirás) en crear algo genial. Porque, a veces, siento el destello de alguna idea original (¿aún existen?). Quizás aún alcance a las migajas de la tarta de la genialidad.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Fascinantes historias de la Ciencia 17: La Divina razón y los arquitectos de la vida.

Para gustos - dicen- los colores, y la belleza - razonan- es subjetiva. Pero hay una divina proporción, un canon universal que despierta en todos nosotros una sensación de armonía, de perfección en las formas: se trata del número de oro. 

La frialdad de este número: φ =1'618033988749894... esconde el secreto de la proporción áurea, esa que permitió a Fideas esculpir sus maravillosos relieves, o pintar a Leonardo su enigmática Giconda y su equilibrada Última Cena, o que inspiró a los arquitectos de las pirámides, del Partenón o de la más moderna Torre, construída por Eifel...


Este número irracional, desesperante por la infinitud de sus decimales, irritaría a cualquier artista temperamental e impaciente que acaso despreciara la ciencia como algo opuesto a la inspiración y la creación artística. Sin embargo nuestro artista debería estudiar con atención lo que las matemáticas han revelado sobre las misteriosas reglas del arte. Creedme: la realidad supera a la fantasía; la naturaleza posee la clave de toda belleza y, esta, se construye con las matemáticas. 

Desde el místico o satánico pentáculo, pasando por el grosor de los troncos y sus ramas en los árboles,  la distribución de las hojas en los tallos o las relaciones entre sus nervaduras, las humanas proporciones de nuestro cuerpo, o la "belleza de los rectángulos" (véase la experiencia de Gustav Fechner)... Todas estas proporciones están relacionadas con τ (tau) la letra griega que significa "acortar", aunque hoy en día se prefiere  utilizar φ (la "phi" griega, en honor al escultor Fideas por ser la inicial de su nombre). El número áureo está literalmente en todos lados: en las figuras geométricas, en los cristales, en los siderales tamaños de la galaxias, en las conchas de los caracoles, en las plantas y en una infinidad incontable de cosas: la temperatura corporal, los logos comerciales, las dimensinones de la cruz cristiana, las tarjetas de crédito...  

De todas las criaturas, desde nuestra mentalidad antropocéntrica, podemos escoger el hombre y estudiar su armoniosa arquitectura. el número áureo aparece por todas partes: ya Fideas esculpía sus figuras de acuerdo a la razón áurea: altura de la persona / altura hasta su ombligo, pero es que también se repite esta proporción en la relación brazo/antebrazo, pierna/pantorrilla, falanges de los dedos ... Y la más maravillosa y compleja de todas: las numerosas razones áureas que se dan al medir las facciones de los rostros considerados "bellos". Este último aspecto se estudia muy  bien con la llamada "Máscara de Dimitros".
Este modelo esquematizado de los diversos parámetros que hacen el rostro bello fue creado por el doctor Stephen Marquardt, después de años de experiencia en el campo de la cirugía plástica y tras una búsqueda exhaustiva de la belleza física. Aplicando sus parámetros sobre un rotro se puede apreciar su simetría y adaptación a los principios de belleza clásicos que, a su vez, coinciden con reiteradas razones áureas en sus medidas. Puedes practicar con cualquiera de tus fotografías (si estás seguro de que tu autoestima no sufrirá grandes daños).  


Íntimamente relacionada con este número mágico, intuido desde la prehistoria (parece que en Mesopotamia ya existía predilección por las figuras con esas proporciones) y conocido desde muy antiguo por griegos, egipcios e hindúes; en el siglo XIII un genial matemático, Leonardo de Pisa, hijo de Bonacci, y por esto llamado Fibonacci (Fillius Bonacci, hijo del bonachón), escribió en el borde de uno de sus tratados un pasatiempo aparentemente trivial sobre el número de conejos que se obtendrían al reproducirse una pareja y sus descendientes al cabo de sucesivos periodos de cría.

El número de parejas contando progenitores y crías resultaba ser en las sucesivas generaciones: 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 889, 144... Lo que inicialmente pareció una curiosidad matemática se ha demostrado con el tiempo de una importancia crucial para las Ciencias de la Naturaleza, el Arte, las Ciencias de la Computación, las matemáticas y la Teoría de Juegos.


La sucesión de Fibonacci (uno de cuyos desarrollo en espiral es muy atractivo visualmente -observar la fotografía precedente) ha tenido intrigados a los matemáticos durante siglos, debido a su tendencia a presentarse en los lugares más inopinados, pero lo más excitante es que hasta el más novel de los matemáticos aficionados, aun con conocimientos poco más allá de aritmética elemental, puede aspirar a investigarla y descubrir curiosos teoremas inéditos, de los que parece haber variedad inagotable. Son apabullantes los ejemplos de la naturaleza donde la disposición de las estructuras de la vida guarda relación con la sucesión de Fibonacci y, no por casualidad precisamente, aparecen asociados al número áureo. Efectivamente, al realizar la razón entre los sucesivos números de Fibonacci nos aproximamos cada vez más al valor de la divina razón, de tal forma que en el infinito coinciden completamente. Así que muchas figuras que utilizan estas razones están creadas por estructuras organizadas en torno a los números de esta sucesión: la espiral del nautilus, la forma de algunas galaxias, la orientación de las ramas en los troncos, los pétalos de las flores, la disposición de las semillas del girasol, la estructura de las piñas, la colocación de las hojas en la alcachofa, o la yuca... Son tan abundantes en la naturaleza que uno querría encontrar la suya propia: una que aún no haya sido evidenciada por nadie. Existen tantas que alguna, de especial relevancia para mí, quizá no haya sido aún descubierta: acaso la estructura de las hojas de las siemprevivas de mi jardín, el dibujo de la piel de alguna culebra que acampe en mi estanque, o una fórmula musical, o la secuencia de burbujeo de un refresco, o la disposición de las hojas de mi melia, o la caida en espiral de una semilla, o una salpicadura en el agua, o los trenes de ondas de mi estanque, o el ojo humano (la abertura de los párpados), o el número de pelos de una pestaña, o la caída de unos senos, o una apuesta ganadora (apostar siempre por lo la suma de lo que voy perdiendo), o un dibujo muy  bello basado en esas espirales o en la sección aúrea... Quizás hurgando en la historia: templarios, templos y pirámides, construcciones antiguas... En fin que no me resisto, aún a riesgo de parecer lunático, a recolectar todo tipo de objetos y fotografías extrañas para su posterior análisis en el laboratorio matemático.


Porque esta sucesión, que no serie, amigo lector es la guía de la vida. Esta se despliega sobre su matemática arquitectura. Incluso para ti, poeta del amor, tu pasión se le somete. Recuerdalo cuando, excitado, acudas a una humilde margarita solicitando su oráculo sobre los sentimientos de la amada por la que suspireas. Ten en cuenta que el número de sus pétalos sigue la sucesión de Fibonacci: acuérdate de deshojar la margarita empezando en Si o en No según esta regla o tu amor quedará en entredicho.


  


NOTA: Podéis ver este hermoso vídeo de animación digital construido mediante y para explicar esta maravillosa sucesión. 

jueves, 25 de agosto de 2016

La Cueva de la Mora Encantada (Primera parte)


La joven era hermosa. Su piel morena. El cabello largo y los ojos, esos ojos cuyo blanco relucía bajo la luna, eran de negro azabache, pura obsidiana apostando con ventaja sobre la noche manchega. Había salido de la oscura cueva que tenia su entrada oculta en la base de la colina. Respiraba el aire tibio de la noche que movía su cabello perfumado meciendo sus ondas acaracoladas con dulzura. Cada noche de luna llena salía de su escondite y se sentaba en lo alto de la colina observando a lo lejos, a un kilómetro, el brillo de los candiles del pueblo de Torrejoncillo del Rey y contemplando, a sus pies, el reluz de la piedra de lobo, el destello de las láminas de espejuelo esparcidas por el suelo. Peinaba su cabello y cantaba una dulce canción llenando el aire de nostalgia de desierto, de aromas de palmeras, de ricas  especias de mercados persas y perfumes de Damasco. Nadie sabía el tiempo que llevaba allí, encerrada y escondida, encantada bajo la tierra en una cueva perdida. Los más viejos del lugar hablaban de su belleza, de su dulce tristeza. Presa, quizá, por un amante despechado; sujeta, acaso, a un mágico hechizo por un delito de amor. Pero nadie la había visto.

Aquel joven del pueblo, curioso y soñador, pasaba las noches al pie de la colina. Dormía al raso bajo la luz de la luna esperando el mágico acontecimiento. Un día la vio. estaba sentada sobre una piedra blanca, contrastando su piel oscura y su vestido de seda azul sobre la palidez de la cal. Largo tiempo estuvo mirándola mientras la joven morisca se peinaba y acicalaba a la luz de la luna. Después, sin ser consciente de ello, se acercó. La joven, alarmada, huyó ladera abajo desapareciendo para siempre. Él, contó en el pueblo su relato. Nadie reconoció creerle, pero la burla y la duda construyeron la leyenda.

Corría el año 1955 y Pedro Morales, labrador del pueblo, se acercaba frecuentemente a la colina. Había oído contar muchas veces, desde niño, aquella leyenda sobre una cueva escondida y una mora encantada. La historia le afectaba personalmente pues la colina del cuento era un terreno de su propiedad aunque, por más que había buscado, no aparecían restos de cueva alguna y la cima de la colina no tenía encanto alguno así, vista de día, mientras araba los campos de alrededor. Pero sí que el suelo relucía con cristales de espejuelo. Y también era verdad que, en el vallecito contiguo el aire cálido del verano, se poblaba por las noches de aromas silvestres y murmullos casi imperceptibles que no podían ser causados por la brisa que refrescaba los campos. A  veces se sentaba allí y permanecía mucho tiempo escuchado, intentando sentir el mensaje que le enviaba la tierra.

Un día, su sueño, ese sueño recurrente que le asaltaba desde hacía tiempo tomó una forma precisa. Aquella noche soñó que descendía por un largo pozo y que al final se posaba sobre un suelo rocoso, en medio de una amplia cavidad, con las paredes acristaladas e iluminadas por cientos de lamparillas de aceite. En medio de aquella capilla subterránea, brillaba un blanco ataúd. Pedro se acercó emocionado. Esperaba, quizá, encontrar a la joven mora de la leyenda acostada como una bella durmiente a la espera de alguien que deshiciera su eterno hechizo. Pero no; cuando abrió el ataúd lo encontró repleto de monedas de oro. La Mora Encantada había desaparecido, pero dejó allí escondido su rico tesoro, su valiosa dote de doncella.

Pedro despertó sudoroso, excitado. En los días siguientes pareció volverse loco. Pasó los días y las noches deambulando por la colina. Escavó pozos y realizó catas en las laderas. Se tumbaba sobre la cima y dejaba que las sensaciones de la tierra le mostraran el camino hacia la cueva del tesoro. No podía estar muy lejos  pues la colina no era grande. Además había demostrado ya que poseía cierta inexplicable percepción para detectar las corrientes de agua: parecía que fuera capaz de escuchar las voces de la tierra y que le hablaban. Finalmente un día empezó a cavar un pozo. Eligió el punto más alto de la cima y pidió ayuda a su amigo Alfonso y a Juan, su yerno. No tuvo problemas para convencerlos pues su fama de mahorí era notoria en el pueblo y ya había encontrado antes agua en parajes impensables. Además, a los pocos metros, efectivamente encontraron un  pozo de unos dos metros de diámetro escavado en la roca. Pedro dispuso un tronco cruzado sobre la boca y descendió sin temor al interior. Cuando hizo pie, a unos diez metros, iluminó con su farol la gran sala reluciente de cristales de yeso. Su sueño parecía convertirse en realidad.

Pedro y sus dos ayudantes buscaron entere las cavidades talladas a pico de la cueva. Alguien se  había tomado mucho esfuerzo para construir aquella ciudad enterrada, lógicamente pretendían poner a salvo algo muy valioso y él estaba seguro de que el preciado ataúd debía estar enterrado en alguna de las galerías que aparecían cegadas y cubiertas por escombros. Durante meses  logró convencer a sus compañeros de la proximidad del tesoro. Pero no encontraban el anhelado ataúd.

Desesperado hizo público su hallazgo. Autoridades y curiosos descendieron hasta la cueva y la visitaron. Los periódicos se hicieron eco del descubrimiento de una asombrosa ciudad subterránea olvidada por el tiempo. Pero superado el asombro inicial, Pedro, no recibió ningún apoyo en su tarea. Poco a poco la expectación creada cedió y dio paso al olvido. Pedro continuó solo, durante toda su vida, escavando galerías; explorando fondos de saco y ampliando gateras con la esperanza de encontrar un día el preciado ataúd. Pedro Morales finalmente murió. En sus trabajos había logrado limpiar un acceso lateral desde la base de la colina que arrancaba con unos escalones tallados en la piedra. La puerta, inundada cada invierno, se cubrió de maleza. Los chiquillos del pueblo jugaban a explorar su interior provistos de linternas. Algunos visitantes curioseaban por sus galerías y dejaban su inscripción en los blandos cristales de yeso. Pasaron los años y la cueva cayó en el olvido.

lunes, 22 de agosto de 2016

El patito feo



Lo vi de reojo mientras regaba el jardín. Estaba acurrucado bajo las arizónicas, hecho una bola con su plumaje gris y relamido, como si hubiera salido del huevo hacía un minuto. Pero era muy grande. - Será un polluelo de pato -pensé-. Al menos tenía un pequeño pico en espátula; sin embargo parecía no guardar proporción con el gran pico de estos ánades. - Quizá sea una cría de cuervo. Hay muchos por estos tejados -concluí-.

Me acerqué un momento para que se acostumbrara a mi presencia, pero parecía tan aterrado que no era capaz de moverse. Sólo, cuando aproximaba la mano, hinchaba el pecho y erizaba levemente el plumón  preparándose para retroceder: -No hay prisa, acabará acostumbrándose a mí al comprobar que no le hago daño... -pensé y respeté su temerosa soledad-. Él, desamparado, me miraba con ojos tristes desde su oscuro rincón.

Por la noche, al regar el jardín, lo vi de nuevo. Se había ocultado entre las leylandis y parecía esperar, muy quieto y encogido, la dudosa venida de su madre. Su  imagen era la viva expresión de una tristeza infinita. Volví a repetir el ritual de aproximación. Pensé en El Principito y las reglas de amistad para con la desconfianza natural e su encuentro con el zorro: -Me va a llevar tiempo y no sé si sobrevirirá a la soledad, o al hambre (¿sabrá buscarse por su cuenta las lombrices del jardín?), o al gato depredador de caracoles que salta la valla muchas noches y se pasea confiado por nuestro patio... Quizá muera pronto, antes de iniciar las primaras lecciones de domesticación. Si es un cuervo sé que son sumamente inteligentes y pueden aceptar la compañía de los hombres...

Mientras pensaba en estas cosas aparté el chorro de la manguera para no mojarlo. Le dejé pasar la noche por su cuenta confiando en que su instinto le permitiría buscarse solo la vida en mi jardín mientras pensaba que hacer con él. Charo, mi mujer, ya me había advertido de que lo sacara de allí cuanto antes, que no lo quería en absoluto dentro de su espacio vital.

Hoy, al acercarme a regar el césped, lo he encontrado en el suelo tendido y estirado. De entre el plumón estropeado y cubierto de hormigas sobresalían estiradas, tiesas, sus patitas negras. Del repertorio de mis sentimientos emergió una pena incontenible: -Pobre patito abandonado -pensé-. Debí ayudarte cuando aún era tiempo.

He recogido su pequeño cadáver y lo he metido en una bolsita negra. Con este improvisado ataúd lo he enterrado en el contenedor de la basura. Cumplí con un minúsculo duelo mientras lo llevaba; había algo familiar en este patito solo, desvalido y feo.  

sábado, 21 de mayo de 2016

Fascinantes historias de la ciencia 15. "En busca del fuego"


Del rescoldo de un tronco fulminado por el rayo tomaron la semilla del ser de luz roja y lenguas abrasadoras. Lo alimentaron y engordaron para que tuviera una vida larga y fecunda, para que pudiera crear muchos hijos con que extender su estirpe a lo largo del tiempo y del espacio de la vida del clan. Durante años conservaron su semilla protegida dentro de pequeñas calaveras; preservaron su aliento en el interior del cráneo descarnado de algún pequeño animal cazado con trampas. Él fue su luz y su calor, su defensa contra las fieras, la magia que ablandaba los alimentos, el brillo que les orientaba en la noche... pero un día el espíritu dorado se extinguió; por una extraña conspiración se apagaron las tres hogueras. Un lúgubre lamento se alzó desde la garganta de sus guardianes como pidiendo perdón anticipado por las vidas que se iban a perder.  

Tres hijos del clan, fuertes y jóvenes, partieron hacia el sur. Los más viejos hablaban de una montaña ardiente; en ella brotaba fuego de la tierra desde el interior de un pozo en la cima. Ríos de fuego se desparramaban ladera abajo de aquel monte humeante manteniendo viva su semilla largo tiempo. Era un fuego sin troncos, sin grasa ni hierba seca; un fuego que moría y se convertía en piedra;  pero su espíritu transmitía igualmente la magia de su poder a una antorcha. La montaña estaba lejos, ninguno de los jóvenes la había visto jamás.

Pasaron tres lunas mientras atravesaban territorios extraños. Ocultos de noche en cuevas y oquedades, caminando todo el día, cazando lo imprescindible, alimentándose con raíces y plantas en los arroyos... Llegaron así muy lejos hacia el sur, hasta la orilla de un lago enorme cuyas aguas, de salado sabor, se perdían en el horizonte.  En todo ese tiempo evitaron los encuentros con los otros aunque muchas veces estuvieron a punto de ser descubiertos; pero la gente del clan era muy hábil haciéndose invisibles en la naturaleza y sus cuerpos jóvenes aguantaban bien las privaciones de largas esperas inmóviles: podían incluso casi hibernar como un oso si era preciso, por nada se expondrían a fracasar en su misión.

En el norte el resto de la tribu sufría los mordiscos de las fieras y, los peores, del frío que ni siguiera la cueva detenía. Bajo las pieles, en la oscuridad de la noche, tras la empalizada alzada contra las alimañas; el sueño se veía alterado por el miedo, lo impedía el helado pavor a una muerte cierta.

Por fin los exploradores llegaron a la Montaña Cuna del Espíritu Dorado. Se divisaba a lo lejos su forma perfecta como la de un gigantesco hormiguero. Pero no se elevaba de su cima el oscuro aliento de la respiración del Dorado Espíritu. Cuando subieron a su cima observaron que la madre del espíritu había quedado yerma. Sus entrañas, antes rojas y humeantes, se habían convertido en piedra.

Entonces retornaron al Camino del Norte sabiendo que solo había una manera, que solo de una forma podrían llevar el fuego sagrado a su clan. Conocían que Los Otros estaban en posesión del espíritu dorado;  habían visto durante muchos días las columnas grises del humo que subían perezosas hasta el cielo desde sus  poblados y,  por la noche, distinguían los brillos de las hogueras entre las chozas. Pero Los Otros eran gente peligrosa: eran numerosos y siempre estaban listos para la caza y la guerra. Disponían de lanzas ligeras de largo alcance que (y esto era asombroso) eran capaces de arrojar desde muy lejos aunque su fuerza no era mucha. Los Otros formaban partidas de muchos cazadores y luchaban como enjambres. Los del clan los evitaban, no querían luchar en campo abierto contra ellos porque siempre perdían muchos hombres mientras que ellos parecían no acabarse nunca.

Hub, el más hábil rastreador de los jóvenes del clan, logró acercarse al poblado pasado el crepúsculo. Pasó la noche escavando un hoyo en las afueras del poblado, en el suelo, donde enterrar su cuerpo excepto la cabeza que camufló dentro de un arbusto. La tierra batida de los alrededores disimulaba bien los restos esparcidos en torno a su escondrijo. Entonces se hizo piedra y esperó el día.
La jornada en el poblado de los otros comenzaba al amanecer. Sus costumbres eran extrañas y complejas. Desde su posición a ras de suelo Hub se dispuso a observar.  No disponían de guardianes del fuego, por eso pudo llegar hasta allí sin ser descubierto por la noche,  pero los fuegos se habían apagado. Apenas asomó el sol en el horizonte uno de los hombre salió de su cabaña acercándose hasta donde estaba oculto el joven del clan y se plantó adormecido ante el arbusto. Hub evitó reprimió un grito cuando aquel chorro amarillo, caliente y humeante, se desparramó sobre su cabeza. El hombre, cuya dentadura mostraba que ya era viejo, volvió a la cabaña y salió después llevando un arco y un pequeño morral de piel en la mano. Se sentó en el suelo muy cerca del escondite del hombre del clan. Sacó de la bolsa de cuero una varilla de flecha sin punta ni pluma guía, una vértebra de uro y un trozo de madera seca.  Tomó la mazorca de una enea y la despeluchó haciendo una especie de nido con los vilanos. Preparó después un puñado de ramitas secas que colocó sobre la ceniza de una de las hogueras apagadas. El joven cazador del clan lo observaba fascinado mientras el viejo trabajaba durante un rato con un pequeño cuchillo de sílex sobre el trozo de madera: parecía querer abrir una especie de cuña transversal en aquella rama partida longitudinalmente. Después la dejó en el suelo sobre una hoja seca apretándola bajo la rodilla; mientras con la otra mano sujetaba el arco cuya cuerda había enrollado con una vuelta en la varilla y colocaba su punta roma justo sobre el ángulo de la cuña en la madera. El joven Hab, escondido, miraba incrédulo la extraña forma en que sujetaba la flecha al arco: evidentemente el viejo estaba loco. Éste finalmente sujetó el extremo superior con la vértebra de uro aprovechando un rebaje en forma de agujero tallado en el hueso.  Mantuvo así sujeta la varilla contra la madera mientras agarraba el arco por un extremo y empezaba a realizar un suave movimiento de va y ven. El hombre del arbusto seguía mirando cada vez más interesado. Por un momento no pasó nada. El ir y venir del arco se sucedía frenético y no encontraba sentido a la maniobra. De pronto una pequeña voluta de humo blanco ascendió desde la madera. La pequeña columna de humo se mantuvo y aumentó en los instantes posteriores hasta convertirse en una pequeña humarera. El hombre del arbusto, desde su escondrijo, miraba asombrado; ya no sentía el cuerpo abotargado por la obligada inmovilidad y olvidó que la sed le atormentaba cruelmente. Había visto con sus propios ojos el nacimiento del niño fuego y, estaba seguro de que aquel hombre viejo, aquel sabio de los otros, sabría hacerlo crecer: sus movimientos parecían seguros como los de un cazador experimentado. El viejo aceleró un momento el movimiento del arco y apretó con fuerza la vértebra sobre la varilla. Después arrojó el arco a un lado arrastrando consigo la varilla que salió despedida unos metros más allá. Luego se inclinó con cuidado sobre el tronco humeante y raspó con la punta de su cuchillo de sílex en el pequeño hoyo negruzco que se había producido. El rojo fulgor de una brasa diminuta cayó sobre la hoja. Después la llevó hasta el nido de vilanos y la hizo caer en su interior. Sopló vivamente hasta que el humo blanco empezó a salir por entre las finas vellosidades vegetales de las semillas de enea. Entonces lo cogió entre sus manos y lo movió de un lado a otro con movimientos rápidos. En un instante brotó una llama del interior de su interior y comenzó a arder. El viejo lo arrojó entonces sobre los palitos que había dispuesto en la hoguera apagada y esperó un momento a que comenzaran a arder, después colocó los troncos más gruesos que yacían apilados en un montón. El fuego empezó a crepitar y rugir con aliento poderoso.
La tribu se desperezaba. Las mujeres colocaron piedras redondas sobre el fuego y llenaron los odres para hacer la sopa del desayuno. Los niños cargaron adormecidos los pellejos para acarrear el agua y fueron bostezando hasta el arroyo. Los cazadores prepararon rápidamente su equipo y se sentaron alrededor del fuego a la espera del desayuno antes de la partida de caza. Cuando las piedras estuvieron calientes las mujeres cogieron unas ramas en forma de horquilla y sujetándoles con ellas las introdujeron en el interior de los odres. Un chorro de vapor ascendió anunciando que el agua había comenzado a hervir. La sopa la tomaban directamente de los odres ayudándose de conchas. Estas las traían de muy lejos los Habitantes de los Grandes Lagos del Sur y las cambiaban por pieles.

El día se le hizo muy largo a nuestro joven intruso. El dolor del cuerpo por la prolongada inmovilidad se le hacía intolerable;  peor aún resultaba la sed. Con todo se prometió a sí mismo que aguantaría oculto en aquella incómoda situación, su descubrimiento tenía tal transcendencia para el clan que no podía permitirse flaquear. La noche tardó en llegar. Cuando lo hizo se sentía presa de calambres insoportables. Los Otros no se retiraron inmediatamente sino que, al calor de las fogatas, pasaron mucho tiempo charlando, riendo y bebiendo un extraño brebaje que olía a semillas fermentadas. Hub creyó distinguir durante el día que lo preparaban cociendo cebada y dejándola reposar. Había nmerosos odres llenos de aquel líquido colgados en una de las chozas. Pasadas unas horas Los Otros danzaban felices, pero torpes y mareados, en torno a la hoguera como si hubieran ingerido setas venenosas. Bajo su vientre enterrado, por entre sus piernas, notó la cálida corriente de la orina: ya no podía aguantar más.  Cuando todos dormían, salió a duras penas de su agujero. Le costó horrores desenterrar su cuerpo acalambrado. Las piernas no le respondía y estuvo frotándolas un buen rato hasta que pudo incorporarse. Después se acercó a la fogata. Podía robar el fuego en ese mismo instante. Podía coger una gruesa rama bien encendida y correr hasta la colina donde le esperaban sus compañeros. Eso era lo que esperaban, pero delante de la hoguera y con una estaca encendida en la mano, tomó una decisión. Dejó la rama ardiente de nuevo en su sitio y se acercó sigiloso hasta la choza de aquel viejo de Los Otros que era el amo del fuego y levantó la piel que cubría la entrada con temor. Lo que pensaba hacer podía dar al traste con todos los esfuerzos realizados por los tres exploradores y el propio clan, pero merecía la pena. Buscó en la penumbra del recinto el morral donde el viejo guardaba los instrumentos mágicos que traían al mundo al hijo del espíritu dorado. Los vio apoyados en un rincón cerca del viejo que dormía solitario envuelto en pieles, pero no encontró el arco. Es igual, pensó, ya lo fabricaría él mismo; había visto bien como era. Luego despacio, con las piernas torpes y doloridas, se alejó caminando hacia la colina.

Cuando llegó sus compañeros le miraron alarmados. ¿Dónde estaba el fuego?¡Lo había tenido al alcance de la mano y volvía sin él! Defraudados por su incomprensible comportamiento le miraron con resentimiento y decidieron acercarse hasta los rescoldos de las hogueras y robar algunos tizones. Quizás lograran reavivar en el viejo Espíritu Dorado el aliento joven de su fuerza.  Pero el joven cazador se lo impidió. Les contó que los otros sabían encerrar dormido el Espíritu Dorado en un morral y que él sabía despertarlo. Tristes, incrédulos, se resignaron. No creían en absoluto la historia que les contaba, pero no les quedaba más remedio que esperar: en el poblado había muerto el brillo de las ascuas en todas las hogueras.

Al día siguiente el joven cazador quiso mostrar a sus compañeros la magia que había robado a Los Otros. Construyó un arco y trenzó fibras vegetales para fabricar una cuerda.  Luego probó cientos de veces a frotar con la varilla sobre la madera con ayuda del arco. Sus compañeros desesperaban. Irritados como estaban habían comenzado a pensar en abandonarlo; quizás aún pudieran hacerse con el espíritu latente en el ascua enterrada en ceniza de una hoguera abandonada. Decidieron volver al poblado esa noche y robar el fuego de sus hogueras pero fueron descubiertos por una mujer que  salió a orinar. Ante los gritos de la mujer toda la tribu cayó sobre ellos hiriéndoles gravemente. Antes de morir, al amanecer, tuvieron la oportunidad de comprobar con sus propios ojos la realidad de la magia que les había contado su amigo. Luego, fueron sacrificados por ese mismo fuego cuyo nacimiento contemplaron: en aquel poblado se comía a los hombres.

El joven cazador, en solitario, emprendió la marcha hacia el norte. Los días se habían vuelto grises y la niebla se alzaba sobre los ríos. Pronto llegaron las lluvias y, más al norte, la nieve brillaba ya sobre las montañas. Se detenía muchas veces a practicar con el arco y la varilla. Hubo de trenzar muchas cuerdas rotas por el uso. La madera que usaba el viejo se había vuelto inservible hacía tiempo horadada por tantos agujeros. Buscó otra intentando que fuera del mismo árbol. Había pulido infinidad de varillas. En cada intento lograba iniciar una débil columna de humo, pero no conseguía llegar a formar la mínima brasa en sus maderas. La humedad le penetraba hasta los huesos y la tristeza por su fracaso, por sus compañeros muertos y por su clan desvalido le atenazaban. Probaba cada día frotando la varilla pero seguía sin despertar del todo el Espíritu Dorado, tan solo lograba entrever el lejano aliento de su respiración.

Llegó el último día de su viaje y el sol lucía raramente esplendoroso en el cielo. Estaba muy cerca ya del  territorio del clan. Apenas le quedaba cruzar las oscuras montañas que se contemplaban al sur desde su cueva y, que ahora tenía enfrente. Eran montañas de rocas negras de basalto que se calentaban con el sol llegando a ser abrasadoras al mediodía. Se apoyó en una de aquellas rocas desesperado. Por sus mejillas rodaron las lágrimas y cayeron sobre la roca; estaba tan caliente que se secaron enseguida. Sacó de su morral los instrumentos mágicos aunque, pensaba ahora, seguramente habían perdido su poder. Los esparció en el suelo dispuesto a hacer un último intento. Pero tuvo que retirarse a la sombra de una grieta. La desesperación le invadía y lloró de nuevo largamente. Al fin decidió afrontar su fracaso, su crimen contra el clan. Volvió la vista hasta la roca donde estaban esparcidos el arco, la varilla, la madera y la vértebra. Pensaba dejarlo todo allí; ninguna de aquellas cosas servía para nada. Antes de resignarse por completo decidió hacer un último intento. Caminó hacia ellos sobre la superficie abrasada de la roca. Aquellos instrumentos llevaban varias horas calentándose sobre ella y ahora estaban calientes y secos. Enroscó la varilla en el arco, sujetó la madera con la rodilla y aplicó con fuerza la vértebra sobre la misma. El aliento del Espíritu Dorado no tardó en aparecer; pero esta vez empezó a crecer y a hacerse vigoroso. Pronto una pequeña columna de humo se elevó hasta su nariz. Hub inspiró excitado el acre olor de aquel humo e imprimió más rapidez al movimiento del arco. Instantes después apartó la varilla: una brasa diminuta se mantenía humeante entre el hollín ennegrecido. Se apresuró a coger un puñado de vilanos de enea y vertió sobre él mismo aquella ascua diminuta. El Espíritu Dorado despertó de pronto y su llama prendió en aquellas finísimas vellosidades.

El clan aprendió a convocar al Espíritu del Fuego aquel año. También aprendió que no solo el agua, sino también la humedad es un veneno que le impide nacer. Las montañas oscuras fueron declaradas sagradas. En algunos días claros sube todo el clan hasta las rocas y hacen una gran fogata. El fuego dura allí toda la noche. En esa noche toda la gente del clan baila y ríe alrededor del fuego y se cuentan historias. Al cabo de unas horas empiezan a ser poseídos por dentro por el Espíritu Dorado y perciben en sus estómagos un calor renovado;  el joven Hub también había recordado como los otros fabricaban su cerveza.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Navidades.com (Cuento triste de Navidad)


En el año 2025 el último arcángel cerró con una de las llaves de San Pedro el candado de los almacenes del cielo. Las enormes depósitos, ocultos entre los vapores helados de las nubes, guardaban así para siempre el incontable material del atrezo navideño que empleaba el buen Dios en adornar cada año la Navidad. Aquellas gigantescas factorías quedaron selladas y allí reposarían desde entonces, como en un inmenso panteón, grandes depósitos de nieve blanquísima, transparentes ráfagas de viento helado, grandes bolsas de brillantes copos, enormes mantos de firmamentos cuajados de estrellas, innumerables lunas de plata, miles brillantes cometas de cabello dorado... Nadie reclamaba ya los pinos jóvenes del bosque y las largas filas de muñecos de nieve se derretían junto a la pared. En las esquinas se amontonaban los troncos para las hogueras y las chimeneas. Los belenes, con sus figurillas envueltas en virutas de madera, se apilaban empaquetados en sus cajas precintadas; ya nadie los solicitaba. Ninguno de los habitantes del planeta se preocupaba de mirar al cielo en las noches de Navidad.
En la sección de regalos, las grandes naves estaban abarrotadas de lindos juguetes: sacos enormes de balones multicolores, miles de cajas de preciosas muñecas, montañas de suaves peluches, incontables estuches de lápices de colores... Ya nadie encargaba esos juguetes y el enorme stock producido durante alis había consumido todo el espacio de almacenaje. Ahora nadie trabajaba allí, no hacía falta. Los niños ya no pedían esos regalos. Todo el personal de logística había sido trasladado a las nuevas oficinas informatizadas. La plantilla de ángeles al completo habían se vio obligada a tomar cursos acelerados de programación y trabajaban ahora frente a las pantallas de sus ordenadores creando videojuegos.
Papá Noel había prescindido hace años de su equipo de gnomos y los viejos renos habían sido sacrificados y repartidos, por trocitos, en latas de carne. Ahora presidía el equipo de regalos virtuales. En su oficina trabajaba frente a una pantalla vestido con un cómodo suéter. De vez en cando tomaba un sorbo de refresco mientras repasaba los formularios excel enviados por millones de niños desde sus tablets y smartphones. Luego pulsaba en una larga lista sobre los videojuegos solicitados y estos eran enviados inmediatamente adjuntos a un correo electrónico. En cada entrega virtual incluía una postal animada de sí mismo, de hace muchos años, en la que surcaba el cielo en su viejo trineo arrastrado por unos renos un poco pixelados y arrojaba un paquete envuelto en grandes lazos por la chimenea. Cuando los niños pedían una consola o una nueva tablet o un más moderno teléfono inteligente, la sección de drones se encargaba de depositar el paquete en la misma puerta de su casa.        
En el departamento de restauración se ofrecían, vía web, tentadores menús navideños: Big-Nochevieja, Doblepavo con queso, NaviPizza familiar, Pack de turrón con sabor a coca-cola... Ya nadie cocinaba, no merecía la pena. Hacía décadas que los niños rechazaban los menús clásicos que preparaban amorosamente las abuelas. Al final, las pobres, habían optado por gastarse los ahorros de su pensión en aquellos lotes de comida empaquetada en innumerables cajitas. Con nostalgia y pena miraban de reojo la delicada vajilla que aún guardaban en sus viejas alacenas.
Nadie recordaba cuando se había compuesto el último villancico. Ahora resultaba más fácil realizar versiones sintéticas de los clásicos que, pareciendo diferentes y novedosas, gustaban a todo el mundo porque la melodía les resultaba familiar. Así todo el mundo los reconocía al instante y entraba antes "en ambiente".  
Desde su ventana celestial, en su nube capitana, el buen Dios miraba el desolado aspecto de su mundo. Las ciudades estaban llenas de luces estridentes, parpadeando frenéticas como presas de un ataque epiléptico. El firmamento oscurecido por el humo, apenas lograba ser traspasado con el pálido fulgor de una agotada estrella. El cambio climático había acabado con la nieve en muchos lugares y los pinares morían sin dejar descendencia en los pinos jóvenes, esos que antaño eran cortados y adornaban cada hogar sus ramas repeinadas; ahora ocupaban su puesto árboles artificiales de láminas metálicas y brazos de alambre vendado con plástico verde.
El buen Dios recogió sus escasas pertenencias y las metió en una caja. Después bajaría a despedirse de sus viejo amigo Claus, de los Tres Reyes Magos ahora reconvertidos en camelleros que paseaban turistas por desiertos de serrín, de sus fieles ángeles colaboradores... Aún no se explicaba cómo le había sorprendido esta crisis en la humanidad. Quizás no tuvo los necesarios reflejos cuando aquel agresivo yuppie, venido de nadie sabe donde, organizó el lanzamiento de una agresiva OPA hostil contra el troust celestial. Sin saber cómo la compañía "Navidades.com" se había quedado con todo... Mientras releía el acuerdo de cesión que había tenido que firmar se fijó en la rúbrica de aquel especulador ruin. Lo curioso, pensaba, es que su cara le sonaba, le parecía haberlo visto antes... Sí, aquel apuesto Reficul que había encandilado a todos, estaba seguro, había trabajado antes para él. En ese momento vio el nombre de aquel miserable reflejado en el marco plateado del portafotos que estaba sobre su mesa al lado del documento y entonces lo comprendió todo.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Viaje vida


Comencé el camino un día frío de octubre abriendo los ojos al final del túnel. Allí abandoné la gigantesca criatura que me traía al mundo como un Jonás expulsado por la ballena. Aún tardaría varios días en procesar la claridad que me envolvía; en tanto luces y sombras danzaban ante mí mientras averiguaba su significado. Poco a poco exploré las playas húmedas de mi piel y reconocí torpemente las rías de mis dedos, los cabos y penínsulas de mis extremidades.

En aquellos primeros años descubrí el continente de mi cuerpo. De cuando en cuando sufría el ataque de plagas devastadoras que arrasaban los campos: tenían nombres temibles como sarampión o gripe o anginas y dejaban el territorio devastado. Como un volcán en erupción sentí una noche mi piel contra la lava cuando caí sentado de culo sobre la lumbre. La tierra calcinada de mis glúteos tardó muchos años en reponerse de aquella erupción.

Tenía siete años cuando se resquebrajó el territorio de la pierna y se rompieron los diques de sangre roja sobre la piel. Aquel violento vertido pudo acabar con mi viaje si no se hubiera reparado pronto. Un año después fui a topar de frente, a la carrera, contra una columna de cemento que se interpuso en mi camino. El territorio del cráneo quedó colapsado durante minutos: inundado de sangre, incomunicado, caótico. Sobreviví al golpe, pero aún conservo cicatrices de aquel encuentro.

Durante muchos años abusé de mis paseos por el territorio de los ojos. Imprudentemente recorrí muchas veces de noche sus pasajes, apenas iluminados.  Me entretuve en buscar minúsculos tesoros forzando la vista. Contemplé desprevenido sus paisajes fosforescentes... Viajo desde entonces con la luz quebrada, solo enderezada por cristales curvados y pulidos.

En mi juventud visité el territorio del menisco. Allí, dentro de la rodilla, mi fémur saltó bruscamente encima de la delicada almohadilla donde se apoya sobre la tibia y se rompió. Desde entonces ambos huesos boxean sin guantes bajo la carpa de la rótula. Les llevo conmigo en perpetuo combate. A veces escucho los chasquidos de sus golpes al levantarme.

A los treinta año, en el mar tranquilo de la madurez, llegué a los escarpados barrancos del hueso temporal. Allí, colgado de la pared se encuentra el pabellón de entrada de una cueva profunda cueva escavada en la roca. En su interior las oscuras galerías están inundadas por ríos de endolinfa y se giran en espiral. Las corrientes de agua que las atraviesan hablan lenguajes misteriosos que solo la roca comprende. Aquellas cavidades semejan un caracol y al pasar en mi viaje por aquí escuché el rugido de un oleaje inexistente. Aquí el fragor de las olas era ensordecedor y algunos viajeros se arrojan al vacío intentando escapar del ruido infernal. Tras años de lucha logré encontrar la paz en medio de la tormenta, pero en ocasiones, la furia del viento se imponía con sus silbidos a la voluntad y la vence. Entonces enloquecía.

Después llegaré al territorio del páncreas, lugar lejano del que no sabía siquiera que existiera. En el ocaso de la vida crecerá como un sol poniente apretándose contra las nubes. Una fina y dolorosa lluvia que caerá sobre las latitudes de la vejez.

Al final de mi viaje quizás pierda la memoria de los lugares visitados; acaso llegue al país de las cosas sin nombre. Entonces vagaré sin rumbo por el laberinto gris de las circunvoluciones cerebrales sin encontrar la ruta de salida y esperaré aterrado que el Minotauro devore mis últimos recuerdos.

Entonces, agotado, el barco de mi vida encallará en las arenas blancas de unas playas limpias y remotas. Entonces miraré los mapas de la navegación, consultaré el cuaderno de bitácora que escribí robando horas al sueño y entenderé las cicatrices de mi cuerpo. Entonces comprenderé que he vivido. 

domingo, 30 de agosto de 2015

Ayuela - Shangri La

Cada uno en su villorrio, cada cual en su localidad, todos en su pequeño pueblo pueden encontrar motivos para imaginar que su rinconcito en el mundo es un auténtico Shangri La. Este verano pasé unos días en el pueblo de mis padres, Ayuela de Vadavia. De mis caminatas de madrugada, de los paseos al atardecer con mis padres quedan imágenes en mi retina y recuerdos en mis pensamientos suficientes como para considerarla un locus amoenus ideal.
Desde cada perspectiva personal encontraremos motivos para demostrarnos que nuestra minúscula villa ofrece los más agradables placeres de la vida. Ahí va la prueba: estas son las maravillas que ofrece mi pueblo. ¿Álguien da más por tan poco precio?


Océanos de cebada que darán lugar a varios hectolitros de cerveza.


Miles de enebros cuyas miríadas de enebrinas serán la base de deliciosas ginebras.


Afrutadas endrinas; esencia de agridulces pacharanes que darán sabor a excitantes licores caseros.


Delicados líquenes, la más suave textura para limpiarse el trasero después de un apretón en el monte.




Levítico paraje de leche y miel. Tierra de pan llevar y de vino incipiente que ha comenzado a cultivarse.





Variada farmacopea silvestre, surtida de tes, manzanillas, poleos, hierbabuena, orégano, cornezuelo, dedaleras, milenrama...




Parque de atracciones natural con excitantes actividades como arrancar y acarrear enebros, alimentar el fuego de una hoguera de alegre chisporroteo, bañarse en una chorca campestre, golf con acceso peatonal a escasos tres kilómetros, fiestas y concursos infantiles, pedos de lobo...


Reino de las bestias salvajes, tierra de gamos y corzos, territorio del raposo, solar de la culebra, dominio de las águilas, cielo de la cigüeña, auditorio de las ranas, camino del lobo...


Riqueza de setas, agayugas, cardo silvestre, moras, ciruelos, miel, cangrejos, ancas de rana...



Tierra de las mil fuentes con un auténtico manantial de la eterna juventud en el centro del pueblo.


Ermita mítica con historias de degollamientos, moros y conventos antiquísimas.


Sugerentes leyendas: La Cabra Carbonera, Las cabras del tío Hilario, La Mata de los Carlistas, Los cimientos de la ermita de Rabanillo, El pozo de la yegua...


Rutas de ensueño, senderos olvidados, caminos perdidos,


Todo bajo el influjo poderosos de un cielo limpio cuajado de estrellas, donde la luna llena es el sol de medianoche y la cercanas montañas ejercen su influencia mágica sobre los valles y colinas del lugar.

viernes, 26 de junio de 2015

Í-spn-ya



Quiero pensar que, entre las variadas hipótesis sobre el nombre de nuestro país, la que defiende que proviene del término fenicio "i-spn-ya" (término documentado en tablillas de escritura cuneiforme ugaríticas desde el segundo milenio antes de Cristo), sea la correcta. Lo que sí es seguro es que los romanos le dieron a "Hispania" el significado de "tierra abundante en conejos" y no me extraña pues, si dudas tuvieron, éstas se disiparon al caminar por sus calzadas y sorprenderse de los abundantes conejos que las cruzan, especialmente al amanecer. Muchos historiadores se refieren además a Hispania como península "caniculosas" (conejera) y en algunas monedas acuñadas en la época del emperador Adriano figuran personificaciones de Hispania como una dama sentada y con un conejo a sus pies.

  

Adriano, que nació en Itálica, y le tiraba el terruño, acuñó una moneda en conmemoración de uno de sus viajes a la provincia de Hispania. Ésta es la alegoría de Hispania más famosa se acuñó en Roma; se trata de una figura femenina con una túnica larga, timbrada con laurel u olivo, reclinada hacia la izquierda, con su brazo izquierdo sobre unas rocas, que podrían hacer referencia a los Pirinieos. Con su mano derecha sostiene una rama de olivo. A los pies de la figura aparece un conejo, el animal que teóricamente los fenicios emplearon para nombrar a la península: Hishphanim.

Jesús Marcialem, hispano descendiente de algún lejano antepasado germánico, también hacía sus excursiones temprano por las cercanías de su pequeña villae-adosada en la Hispania Citerior y, aún sin las doradas monedas del imperio, sí iba provisto de móvil donde recogió la lejana imagen de algún gazapo y grabó algunas impresiones:

"Paseo desde las siete de la mañana por la vía de servicio del Canal del Henares que rodea mi urbanización en Cabanillas del Campo durante un kilómetro y luego se alarga hasta Meco. Me he incorporado al camino de tierra a la altura de un pequeño puente y, desde entonces, lo recorro a buen paso disfrutando del aire templado de la mañana y, también hay que decirlo, intentando ponerme en mediana forma después de un año de costumbres sedentarias. El camino está flanqueado a la derecha por un talud de tierra que refuerza el perfil del canal y que aparece horadado por cientos de galerías escavadas por esos pequeños roedores que dieron nombre a la Península. A la izquierda, tras la maleza, se extienden la naves industriales y, más allá, los campos pintados de un verde primaveral. A ambos lados crecen, abundantes, cardos y los hierbajos y, sobre ellos, se elevan numerosos árboles (olmos y álamos) que hidratan sus raíces en el suelo con la humedad que se filtra del canal. Enseguida, desde que me puse a caminar, empezaron a sorprenderme los pequeños "cunículus" que saltaban por todas partes. Estimulado por su numerosa aparición comencé a contarles: 1, 2, 3..  Cruzaban siempre desde el terraplén a los matorrales (4...) del otro lado donde la espesura les protegía. Los que, apurados por mi llegada (5, 6...), no se atrevían a cruzar, se escondían rápidamente en alguna de las numerosas madrigueras: todo menos dirigirse al borde mismo del canal donde estarían irremisiblemente perdidos. Escasamente andaba diez pasos, apenas doblaba un recodo, aparecían correteando  por el camino (7, 8...)  Mientras avanzaba (9...) estudiaba su comportamiento. Debían notar mi llegada, más que por avistarme. que jamás miraban al camino, porque me oían llegar; entonce se situaban en un borde del camino de perfil, con una de las orejas orientadas hacia mi posición, y esperaban un momento para asegurarse (el número 10 se había detenido...). Si me detenía se quedaban así, inmóviles a un lado del camino, agazapados, prestos a saltar inmediatamente a la espesura. Podía quedarme varios minutos y el pequeño herbívoro seguía inmóvil, cuando me decidía a dar un paso las vibraciones del terreno o su finísimo oído le alertaban y corría entonces hacia alguna senda secreta en el laberinto de matorrales. Sé que notan las vibraciones del terreno porque cuando voy con la bici tardan mucho más en darse cuenta de mi llegada, hasta el punto de que en una ocasión atropellé a uno de ellos arrollándolo inevitablemente. Al reiniciar la marcha el número 10 saltó hacia los cardos. Enseguida aparecieron muchos más (11, 12, 13... 14...). Zigzagueaban por el camino, corrían por el lateral y, por sorpresa, cambiaban de dirección saliendo  perpendicularmente con una agilidad pasmosa (el 15, de improviso...). Sorprendí al número 16 con la guardia baja, al apercibirse demasiado tarde de mi presencia: subió desesperado el talud de la derecha levantando una mediana polvareda antes de introducirse en una de las cuevas. Yo seguía mi  madrugadora ruta (17,18...); si caminaba despacio podía, con el sol a mis espaldas, acercarme mucho. A veces les sorprendía a esa distancia (el 19 cruzó cinco metros por delante de mí). Pensaba en la oportunidad de disponer de una escopeta con esos cartuchos que abren las postas en abanico; seguramente mataría aquellos tres de un tiro (20, 21,22...) o, siendo más realista -no soy cazador-  podía haber traído mi tirachinas y, quizás, a alguno hubiera acertado ¡Estaban tan cerca! (el 23, extrañamente calmoso, caría seguro...). En una ocasión, recordé, había construido un arco con las elásticas lamas de un somier de madera y varillas de paraguas como flechas: hubiera sido un buen momento para probar la efectividad del invento sobre el 24 que esperaba, alertado, confirmar mi llegada con la vibración de mis pasos. A unos cincuenta metros salieron de los arbusto el 25 y el 26. Y, tras el siguiente recodo un grupo más grande salió al camino y se desperdigó por los laterales (27, 28, 29... 30...). El último saltaba en ese momento, mientras yo fantaseaba sobre la trágica posibilidad de una guerra que nos obligara a buscar el alimento por nuestra cuenta en la naturaleza cercana: unos cuantos lazos en la boca de las muchas madrigueras darían de comer a un familia durante un tiempo... (31, 32... ¿era un conejo aquello que se movía? 33...)   Los pequeños herbívoros seguían apareciendo incluso en las proximidades de los polígonos industriales y sus accesos; al parecer no sentían ningún temor por los trabajadores y las máquinas (34...). Yo seguía caminando en silencio entre salto y salto: 35... 36... 37... El número 38 lo encontré inmóvil y tieso en medio del camino, su pellejo hinchado revelaba que la mixomatosis aún hacía estragos en la población.  Continué la marcha, mientras los pequeños animales no cesaban de aparecer (39...). Encontraba de vez en cuando montoncitos de excrementos en medio del camino, pero siempre en un lugar despejado que facilitaba su fuga. Alguien me contó en una ocasión que, desconfiando de los lugares escondidos, los conejos prefieren realizar sus evacuaciones en lugares abiertos donde  pueden auscultar el entorno fácilmente (el número 40 cruzó velozmente a apenas dos metros por delante de mí...). Los excrementos que ahora observaba y que hubieran resultado un excelente abono para mis macetas, estaban ya probablemente reciclados, pues la coprofagia es una necesidad biológica para estos animales que necesitan aprovechar la vitamina B12 que aún contienen sus heces (el 41 y el 42 se alejaron corriendo mostrando al correr la intermitente bandera blanca de sus ancas descubiertas al alzar la cola).  Mientras saltaba hacia la maleza derrapando en el borde del camino el número 43 distinguí, ya cercanas, las urbanizaciones de Alovera, el pueblo vecino. Poco antes de abandonar los tramos arbolados me sorprendió un numeroso grupo que se desplegó por el camino alejándose a un tiempo después de que uno de ellos golpeara el suelo fuertemente con sus patas traseras como señal de aviso (44!... 45, 46, 47, 48...). La mayoría eran gazapos muy jóvenes, apenas un bocado para el posible cazador. Ya rebasada la línea de árboles aún me encuentro alguno más  mientras me acercaba al puente que cruza sobre el canal
(49... 50... 51...). Poco antes de pasar al otro lado del canal asusto a una familia de patos con sus pequeños patitos que salen huyendo desplegados en abanico aguas arriba; entonces entreveo en los arbustos al número 52 escondiéndose silenciosamente. A partir de aquí, ya próximas las huertas de ocio para la tercera edad del pueblo alcarreño de Alovera, no vuelven a aparecer hasta que, en el camino de vuelta por el otro lado del canal, aparecen tres más que se ocultaron rápidamente entre unos altos matorrales en un cruce de caminos, casi al lado de las tapias de los primeros chalets (el 53, 54 y el 55, parecían estar a gusto entre la basura abandonada al lado del camino). 
Ya de vuelta dejé de contarlos. Seguían apareciendo, eso sí, pero avanzaba el día y, estos, son animales de hábitos crepusculares. Además, los practicantes de footing corrían ya por la pista asustando desde larga distancia a los sensitivos animales. No fueron tantos como en el temprano amanecer, pero seguían saltando gazapos rezagados... "
Jesús Marcialem, el germano, llegó a su villae contento. Esa prodigiosa fecundidad que observó en el campo le había inspirado. Subió a la habitación de su esposa que se desperezaba y se tendió a su lado...

sábado, 16 de mayo de 2015

El caballo blanco



En el camino llevaba mi mochila y mi pena. Recorría las hoces del Tajuña por el lecho del río al fondo del tajo abierto en la tierra mientras mi pensamiento transitaba a su vez por las llagadas heridas del alma. Una verde tristeza me embargaba. La primavera mostraba su impúdica lujuria insinuándose obscena ante mi alma circunspecta.  Sentía una punzada de dolor en el pecho, como si en mi corazón se agitara el espíritu del fracaso. Al un lado del camino un toro me miraba. Era negro como mis pensamientos, amenazante como una tormenta. Me miraba enojado, irritado por mi insolente presencia. Esperé su acometida pensando lo que alcanzaría a correr con mis piernas cansadas. Al otro lado un caballo blanco, el más hermoso animal que  haya visto jamás, pastaba tranquilamente. Alzó la cabeza al acercarme. 
En ese momento se produjo un suceso sorprendente. Mientras el toro levantó la testuz, giró el cuello hacia un lado y al otro y se apartó con un salto nervioso alejándose unos metros; el caballo comenzó un suave trote directo hacia mí con actitud confiada. El corazón me dio un vuelco, por un momento pensé que me arrollaría con aquel cuerpo musculado y perfecto que brillaba en el claroscuro del bosque; pero permanecí tranquilo y extendí mi mano abierta esperando la llegada de su magnífica cabeza. Se acercó sin temor alguno y se dejó acariciar. Aproximó sus ollares a mi pecho olisqueando, reconociendo mi excitación. Estuve así con él un buen rato, hablándole como había visto en las películas, halagando sus oídos mientras le declaraba  mi admiración por su hermosura, agradeciéndole su compañía...  Con delicada paciencia, sin prisa, se dejó mimar un buen rato y después, sin alejarse, continuó pastando los brotes verdes al lado del camino. 

Me alejé lentamente. Cuando volví la cabeza, el negro toro aún colérico me miraba desconfiado mientras  el caballo blanco, no lejos de él, pastaba plácidamente. Yo continué mi camino con una sonrisa. Sentí su encuentro como la mágica visita de un Unicornio de pureza, como el inapreciable aliento de un  Vencedor de dragones.  

domingo, 18 de enero de 2015

Invierno


Tardó en llegar; pero esta mañana, por fin, al apartar las cortinas me topé con la lenta danza de los copos cayendo tras la ventana. Era este un invierno extraño: días despejados, primaverales mañanas, tardes caldeadas por el sol de poniente que invitaba a un paseo ligero de ropa por el campo... Noches frías, eso sí; pero soportables y con la luna brillando como una moneda de plata en el cielo (¿Cómo serán las metáforas a la luminosa luna llena a partir de estos tiempos tan tecnológicos: "luna de led azul"?). Llegamos a la casa familiar en Nochebuena con los pies calientes como si el trayecto se tratara de un amable paseo otoñal, celebramos la Nochevieja tirando petardos sin que se nos helaran las manos como ocurría en años anteriores en los que apenas podíamos rascar el mechero por tener los dedos ateridos. 

Pero ha llegado. El invierno blanco se asoma a las calles. Llega con un frío tolerable, como una caricia en las mejillas de un viejo amable. Lo esperaba impaciente. Tenía nostalgia de su soplo helado y su regalo de estrellas diminutas desplomadas en el suelo en número incontable formando una vía láctea espesa y blanca que alfombraba nuestros pasos.  Llevaba mucho tiempo calzando las botas de siete leguas para recorrer con mi imaginación soñados paisajes nevados. Ahora podré desempolvar mis botas impermeables, sentir el crujido de la nieve en mi mano para hacer una bola helada que lanzaré como un chiquillo, hacer muñecos arrastrando blancas bolas por el suelo, buscar palos, zanahorias, ropa vieja para hacer el monigote helado a la puerta de mi casa 

Llegó el momento de recorrer el campo, pisar ese suelo que cede levemente, avanzar con paso alto entre las pequeñas dunas heladas hacia la campiña, con su suelo virgen aún no hollado más que por las diminutas pisadas de los pájaros o las livianas huellas de algún conejo. Admirar la nueva arquitectura de los árboles, las suaves formas de las colinas, la brillante joyería de los tallos, el reluciente cristal de los canelizos en los tejados. 

Respirar por la nariz sintiendo el aire glaciar penetrando dentro del pecho,  beber  un sorbo helado de la fuente,  chupar un carámbano arrancado de su caño, tocar la nieve, probar su textura, romper las cristaleras de los charcos, resbalar por la plana pendiente de una calle... 

El invierno llegó. Y con él vuelve mi infancia. Están frescas aún las sensaciones de mi invierno burgalés  en la nevera de los recuerdos. Bienvenido, viejo amigo, con tus barbas de plata. Te echaba de menos.