Este obra de Jesús Marcial Grande Gutiérrez está bajo una
domingo, 8 de junio de 2014
Microrrelato (98 palabras): Gangrena
sábado, 7 de junio de 2014
Microrrelato (97 palabras): Parapente
Li-Pae, el constructor de cometas, se llevó a la tumba su secreto pese a las crueles torturas.
Semanas después su hijo, Hu-Yin, jugaba con la última cometa que le construyó su padre: un modelo nuevo que se dirigía a voluntad y aterrizaba con precisión sobre el tejado del taller.
viernes, 6 de junio de 2014
Microrrelato (96 palabras): Ataque mortal
jueves, 5 de junio de 2014
Las personas sordas
El 28 de septiembre se celebra en todo el mundo el Día Internacional de las Personas Sordas. No viene mal celebrarlo y significar ese día porque esta discapacidad (la sordera) es la más invisible de todas. Dice el refrán: "Ojos que no ven, corazón que no siente" y la sordera no se ve. Nada, en la persona sorda, denota que está perdida en el mundo de los sonidos, que navega en medio una niebla de ruidos que no comprende.
- El lenguaje de signos tiene un extraordinario valor lingüístico y expresivo y es capaz de llegar a cualquier nivel de abstracción.
- Aprendizaje temprano de la Lengua de Signos favorece la comprensión y el desarrollo cognitivo.
- El oralismo como único método de aprendizaje no ha dado los resultados esperados.
El debate entre el oralismo (aprender el lenguaje oral de los oyentes desde la posición de desventaja de no oírlo, método sumamente trabajoso y de resultados mediocres) y el lenguaje de signos (lenguaje natural y temprano en las personas sordas expresado con gestos manuales y expresiones faciales) aún está en vigor. En la actualidad parece decantarse (sobre todo en la comunidad sorda) por el lenguaje de signos aunque combinado con sistemas de apoyo para comunicarse con las personas oyentes (oralidad, dactilológía, escritura...)
La comunidad sorda ha sido beligerante en los últimos años en pro del lenguaje de signos, como su lenguaje natural, que les permite completarse como personas con rapidez (desarrollándolo ya desde la temprana infancia) con completa libertad y en situación de igualdad con las otras personas. Hay que recordar que la inmersión en el oralismo provocaba importantes retrasos en la adquisición del lenguaje, un costosísimo y complejo entrenamiento y unos resultados mediocres. Numerosos sordos aceptan gustosos restringir su campo de comunicación al grupo de las personas sordas como ellas, a cambio de participar plenamente y sin complejos en la comunicación. Visto así, quizás no sorprenda tanto encontrarse con parejas sordas que, ante el nacimiento de un hijo igualmente sordo como ellos, declaran que ha nacido "perfecto", pues podrán comunicarse con él en plano de perfecta igualdad.
Entrar el círculo de personas sordas sorprende desde nuestra perspectiva de oyentes: contemplar su expresión concentrada tratando de traducir nuestras veloces palabras, observar su expresión de aburrimiento ante una charlas que no puede seguir, notar su consciencia la monotonía de su voz, de esa sintaxis simplificada e imperfecta que provocan en el resto extrañeza; percibir la crispación de sentirse inferiores sin serlo... Pero todo eso cambia cuando se encuentras con sus iguales y entran en una alborozada expansión gestual, dibujando ágiles mensajes con las manos y pintando emociones en su rostro... entonces, el lenguaje oral, calla por completo. Visto lo cual uno empieza a entender la tradicional etiqueta de "la mala leche del sordo". Se puede bucear en la vida de Beethoven, o de Goya... y encontrar allí, en sus diarios o cartas, o pintadas sobre las paredes de la Finca del Sordo los efectos devastadores de su enfermedad que les llevaban a la depresión, el enfado, la soledad y la tristeza. El estereotipo de su mal carácter empieza ya en la escuela: son niños problemáticos, distraídos, testarudos, agresivos... muchas veces estas conductas son atribuidas a puro negativismo cuando en realidad son efectos de la incomunicación. Pero estos niños cambian radicalmente su carácter en cuanto pueden comunicarse con otros como ellos.
El sordo es el más suscepetible, el más débil y frágil socialmente: su incapacidad de comunicación convencional es total. De ahí su beligerante reinvindicación del lenguaje de signos. Sorprende que los Sordos tengan sus propias universidades en EEUU, que sean capaces de aprender el lenguaje de signos de otra nacionalidad (sí, al igual que en el lenguaje oral, cada nación tiene su lengua diferente, también de signos) y lo hagan con una facilidad pasmosa como si, en sus genes, tuvieran programado todo el sistema de señales y solo hiciera falta ajustarlo. Sorprende que en España funcione tan bien la ONCE, pero no haya ninguna organización similar para este otro tipo de discapacidades. Cuesta entender las dificultades que han tenido para que fuera reconocida la Lengua de Signos como idioma en plano de igualdad.
El sordo es el más suscepetible, el más débil y frágil socialmente: su incapacidad de comunicación convencional es total. De ahí su beligerante reinvindicación del lenguaje de signos. Sorprende que los Sordos tengan sus propias universidades en EEUU, que sean capaces de aprender el lenguaje de signos de otra nacionalidad (sí, al igual que en el lenguaje oral, cada nación tiene su lengua diferente, también de signos) y lo hagan con una facilidad pasmosa como si, en sus genes, tuvieran programado todo el sistema de señales y solo hiciera falta ajustarlo. Sorprende que en España funcione tan bien la ONCE, pero no haya ninguna organización similar para este otro tipo de discapacidades. Cuesta entender las dificultades que han tenido para que fuera reconocida la Lengua de Signos como idioma en plano de igualdad.
A los normoyentes les cuesta mucho comprender las dificultades de las personas sordas para acceder al lenguaje oral. Normalmente se empieza por explicarles la diferencia entre ser sordo "prelocutivo" o "postlocutivo". Un sordo prelocutivo nunca habrá escuchado los sonidos, así que desde su nacimiento (y antes) no se habrá entrenado en el complejísimo procesamiento de secuencias sonoras y tonales que constituyen el habla. Puede parecer fácil, pero sólo los potentes ordenadores actuales, son capaces de realizar procesos semejantes. Al faltarle al sordo estos estímulos claves en el periodo en que se modela el cerebro y se establecen los circuitos neuronales provocará que "jamás" sea capaz de hablar como una persona normalmente entrenada: ni a nivel fonético, ni sintáctico (también la sintaxis exige secuencia, flexión, orden y combinación). Son conocidos los problemas de estructuración temporal de las personas sordas y pueden achacarse a su deficiente manejo de secuencias sonoras). Un sordo postlocutivo, en cambio, habrá estado inmerso en el complejo mundo de los sonidos durante un tiempo. Esto le habrá permitido experimentar con secuencias sonoras y tendrá adquiridas las bases del lenguaje oral. Con un entrenamiento adecuado logrará hablar de forma oral con relativa corrección.
A pesar de estas diferencias en cuanto a su capacidad para adquirir el lenguaje oral todos los sordos sufren en mayor o menor medida graves dificultades de socialización. Así como los ciegos mueven a la gente a prestarles atención, participan activamente en las conversaciones, cuentan chistes, hacen amigos con facilidad... los sordos pasan por se personas ariscas y solitarias, no cuentan ni ríen los chistes, evitan la conversación, no invitan a la proximidad y la charla. De ahí a considerarlos deficientes mentales solo hay un paso. Ya en el año 1554, en el Lazarillo de Tormes, se describe al "sagacísimo ciego" cuando a los sordos se les consideraba poco menos que idiotas: "este no puede hablar; pues no puede pensar". Sería un animal, diría Aristóteles para el que el atributo esencial del ser humano era el lenguaje.
Dejadme ahora que aporte mi experiencia personal de sordo moderado a la madura edad de 30 años. La hipoacusia neurosensorial que me sobrevino en el ecuador de mi vida marcó completamente mi segundo periodo existencial. Lejos en el recuerdo quedan ya mis habilidades con el canto, mi afición a los instrumentos musicales, mi interés por los idiomas... Todo eso se acabó el día en que oír empezó a resultarme costoso y desagradable. Pero restringido el campo de mis aficiones, lo más angustioso resultó acomodar mi nueva circunstancia a mi actividad profesional: ¿Cómo podría atender a treinta niños bulliciosos si apenas podía entenderlos? Por si fuera poco, sobreañadido, un ruido persistente comenzó a atormentarme los oídos para no cesar jamás. Los que conozcan los efectos del tínnitus, la gota malaya del zumbido constante, entenderán lo desquiciante que resulta esta enfermedad. Día y noche ¡y mucho peor por las noches!) el silbido de una olla a presión torturaba mis nervios hasta desear, agotado, la muerte (existe significativa incidencia estadística de suicidios en individuos aquejados por estos síntomas; por otra parte, es conocido el uso de la sobreexposición a ruidos para quebrar el ánimo de prisioneros como método de tortura).
La vida puede curar las viejas heridas. Quedan las cicatrices. Te quitan belleza, te producen achaques, pero ya no duelen. Aún escucho música (con cascos a tope, naturalmente) pero sólo de aquellas melodías que ya conocía. De los nuevos grupos, soy capaz de entusiasmarme con las canciones de Amaral, por ejemplo, pero a base de oírlas decenas de veces. Ya no silbo como antes (que me encantaba), la última vez que lo hice por los pasillos del cole, la conserje me pidió que no lo hiciera porque desafinaba terríblemente... Los viejos instrumentos (la flauta, la guitarra) acumulan polvo en el desván o fueron heredados por algún familiar. Aprender inglés (un sueño de los veinte años) se demostró proyecto imposible (aún chapurreo algo del francés del bachillerato). Mi adaptación al puesto de trabajo resultó compleja: salí del paso como pude los primeros años: un estilo más directivo en las clases, menos preguntas y más ordenadas... y mientras tanto realizar un curso exprés de Audición y Lenguaje para poder dar clase a grupos pequeños como logopeda. Realicé un máster un poco pirata (contra lo prometido no fue reconocido por la Administración) y me presenté al examen de habilitación para logopedia. Tras aprobarlo empecé a trabajar como logopeda en diversos centros hasta que, finalmente, decidí abandonarlo al comprobar que mis problemas de audición repercutían en la reeducación del lenguaje en los niños de E. Infantil a los que me costaba enormemente entender. Actualmente, he creído encontrar el puesto que se acomoda al perfil de mi deficiencia en la atención domiciliaria, aunque algunos de los niños que atiendo también presenten dificultades para hacerse entender. En mi guerra contra los acúfenos, inicialmente cruenta, he estabilizado la línea del frente y me defiendo mejor. Puedo olvidarme de ellos la mayor parte del tiempo (siguen presentes, ahora los sigo oyendo, pero he aprendido a ignorarlos.
Intenté aprender el lenguaje de signos. Dediqué muchos fines de semana de un verano a realizar un curso intensivo y, posteriormente, llegué a realizar el primer curso en lengua de signos. Me resultó duro y doloroso comprobar que, a mis cuarenta y cinco años, era sobrepasado en todos los aspectos de este aprendizaje por todas mis compañeras, jóvenes estudiantes de magisterio.
Porto audífonos intraauriculares, por lo que la gente, no percibe mi problema (A mi padre, sordo también, le aconsejé que sus audífonos fueran retroauriculares; así la gente sabría a qué atenerse cuando hablara con él). Odio los sitio ruidosos (por ejemplo el colegio, cuando lo es), evito fiestas, lugares "con marcha", lugares bulliciosos... Detesto las reuniones informales en grupo (bares, comidas...) donde apenas puedo hablar con la persona de al lado estableciendo una posesiva conversación en pareja. Me encantan los sitios tranquilos, silenciosos. Me vuelco en la comunicación virtual en la que no es preciso "escuchar" sino "leer"; aunque curiosamente leer, que siempre me encantó, me cuesta más ahora. Busco el murmullo del agua en fuentes y arroyos (porque enmascaran mis acúfenos). Duermo mucho siempre que puedo (es agotadora la escucha dificultosa). Intento pasear, pedalear un poco... Cuando converso: odio las frases irrelevantes, los latiguillos, las repeticiones, las inconcreciones; enturbian la claridad de los mensajes, esos que tan difíciles me resultan de entender. No me río con los chistes (porque casi nunca los entiendo). Cuando me preguntan tardo en responder y no siempre adecuadamente...
Me gustaría que, tras esta lectura, entendierais un poco mejor la personalidad de las personas sordas. No lo tienen nada fácil. Os invito a colocaros un día unos tapones en los oídos y tratar de "sobrevivir" en el mundo sonoro, enmudecido de repente: en casa, en el trabajo, en la calle... porque ya sabes el refrán: "Oídos que oyen, corazón que no siente".
Ataque de denegación de servicio
A veces es difícil explicar a las personas de tu entorno el estado emocional que le provocan a uno ciertas situaciones comunicativas. A los demás les cuesta entender las reacciones de enojo, de ansiedad o negativismo; que me invaden cuando no logro participar de un equilibrado intercambio de mensajes. Si la situación se mantiene durante mucho tiempo, pese a mis explicaciones y peticiones de modificar algunas costumbres comunicacionales en aras del mutuo entendimiento, puedo llegar al resentimiento. No logro evitarlo, aunque generalmente lo disimulo.
El otro día, curioseando sobre los mecanismos de ataques más usuales en internet encontré una luminosa semejanza que me permitiría realizar una mejor pedagogía de mi problema y, quizás, hacer comprender a algunas personas "cómo funciono". Eso mejorará su empatía, lograremos entendernos mejor y yo podré enterrar mis emociones negativas en lo profundo de mi sistema límbico (que se entretengan jugando a las cartas en esa mazmorra cerebral). Sólo necesitarán conocer algunas nociones de La teoría de la Información y haber leído alguna cosa sobre los "ataques de denegación de servicio" (DoS): Denial of Service, en inglés.
Pongamos un ejemplo: el DoS empezaría así (dígase rápido y si pausa):
... ¡Arranca!, ¡Jesús, cuidado con el coche rojo!
- ¿Llevas la cartera?
- ¿Metiste la maleta pequeña?
- ¡No te has traído los audífonos!
- ¿Porqué vas por ahí? - ¡Pásate al carril de la derecha!
- Mete la segunda: ¿No oyes el motor?, lo vas a destrozar...¡Mira el semáforo!
- ¡Pon la calefacción! ¿No enciendes la radio?...
Para la mayoría de las personas, para los que disponen de un hardware normal, esto no pasa de ser algo molesto, pero asumible: el ordenador se calienta, pero funciona. No hay cortocircuito. Pero quién tiene problemas con el descifrado de datos, para aquel al que estos paquetes de información llegan alterados se produce un auténtico
overflow, una saturación del buffer que no puede montar los paquetes de información a tiempo para comprenderlos. Si a esto le añades que está corriendo en máquina un programa de grandes exigencias (conducir un automóvil en medio de un tráfico denso) se entiende que el sistema emita mensajes de alarma en forma de emociones agresivas: ¡te está diciendo que hay una prioridad para la integridad de la máquina y que el resto es accesorio: que cortes el rollo! Si el sistema está configurado para aceptar información (los humanos llaman buena educación a tratar escuchar al que habla) y trata de priorizar la comprensión se produce un auténtico bloqueo, un nocaut que le deja a uno pasmado, con cara de idiota, y respuestas incoherentes. Para luchar contra ese faltal desenlace, se emiten señales de alarma en forma de emociones agresivas (la función de las emociones está estudiada y bien entendida como reacciones relacionadas con la supervivencia):
- ¡Déjame!
- ¡Cállate!
- ¡No hables del tráfico!
- ¡Hago lo que me da la gana!...
Y esto puede acompañarse de algún grito de desahogo. Lo he hecho a veces.
Otra forma de bloquear el servidor es colocarle en una situación de respuesta a múltiples peticiones de información simultánea. Imaginemos un grupo de gente en un salón, hablando varias de ellas a la vez, en todo de voz elevado... situemos a nuestro organismos receptor en medio de todos ellos recibiendo datos confusos que debe descifrar a toda velocidad. Incluyamos en el tráfico de datos un montón de información extensa (Ping de la Muerte), irrelevante (Nuke) o repetitiva (Ping flood) . Su sistema de inerpretación no puede descifrar estos paquetes de datos rápidos y difusos para él con lo que se produce una denegación de la atención (Denial of Service). El individuo deviene en isla en medio del océano comunicativo.
¿Y que puede ocasionar que una máquina pensante humana deniegue el servicio a las comunicaciones de las restantes unidades pensantes?. En mi caso es un problema sensorial: entrada de datos (hipoacusia) En otros casos es causa del procesador interno (deficiencia cerebral), o máquinas obsoletas (ancianos) o códigos intraducibles (desconocimiento de idiomas), software insuficiente (falta de educación), porgramación incorrecta (autismo), etc.
Lo terrible muchas veces es nuestra falta de empatía (incapacidad para reconocer este problema en los demás). Porque en todos los casos el problema no es tan grave como para no poder establecer una comunicación eficiente. Solo hay que adaptar el protocolo (TCP/IP) y todo vuelve a funcionar. ¿Es tan difícil?
Mis amigos creen que soy rico.
Padezco hipoacusia postlocutiva. El adjetivo de la frase es determinante. Los sordos prelocutivos (de nacimiento, antes de aprender a hablar) tendrán determinado su pensamiento, su personalidad y su lenguaje por unos factores, para nosotros imperceptibles, pero trascendentales para desarrollar sus procesos mentales y comunicativos. Su cerebro aplicará patrones diferentes para un montón de procesos, entre los que destaca la comunicación. Todo el universo de rapidísimas secuencias tonales y auditivas del habla que a su vez está asociado a extensas secuencias gráficas se verá desplazado por elementos visuales con sus propias leyes y significados. Es por eso que es tan difícil (imposible, prácticamente) que un sordo prelocutivo llegue a hablar (oralmente) y escribir correctamente.
Pero los sordos postlocutivos experimentaron con todas esas secuencias y las procesan con habilidad. Pueden hablar y escribir perfectamente aunque ya no oigan en absoluto. Su cerebro tiene establecidos los circuitos necesarios. Por eso, cuando está junto a normooyentes, es difícil distinguirle en un primer momento. Todos dan por supuesto que escucha la conversación. Pueden pensar, a lo sumo, que es un poco raro, que no entiende los chistes, que está aburrido o distraído por algo... no pueden imaginar que no entiende ni papa.
En un master de audición y lenguaje, al que asistía por afinidad con mi déficit y como salida profesional de emergencia (soy maestro), uno de los profesores (sordo) nos contaba que la gente con la que alternaba ocasionalmente acababan por creerle rico. Llegaban a esta conclusión después de varias rondas en las que siempre acababa pagando con un billete de 50 o 100 euros. Tras darse cuenta de lo bien amueblada en divisas que tenía la cartera llegaban a pensar que nadaba en la abundancia. Craso error como yo mismo he comprendido a lo largo de estos años pues también acabé adquiriendo esta costumbre. Y es que no me queda más remedio; debo llevar una nutrida billetera si quiero pagar la ronda de turno. Llamar al camarero y preguntarle en medio del bullicio cuánto se debe es un martirio. Nunca se le entiende y si se porfía en la demanda se redobla la frustración. Así que extiendo un billete de bastante valor y pago sobrado que ya me dirán las vueltas el valor de la ronda y no quedaré por imbécil (a costa de parecer rico, eso sí).
¡Qué difícil es entender la psicología del sordo! Después de convivir con algunos en el master, estudiar su lenguaje en diversos cursos o tratarlos en alguna asociación descubres que, a fuerza de intentos fallidos, desisten de explicar a los oyentes sus dificultades. Recuerdo otra anécdota del mentado profesor. Ésta me llamó grandemente la atención y me hizo reflexionar sobre lo poco que sabemos de su mundo. El profesor nos refirió el pasaje evangélico donde se narra la curación por Jesús de un sordomudo. Está tomado de un pasaje de San Marcos, capítulo 7, 31-37:
"De nuevo, salió de la región de Tiro, vino a través de Sidón hacia el mar de Galilea, cruzando el territorio de la Decápolis. Le traen a uno que era sordomudo y le ruegan que le imponga la mano. Y apartándolo de la muchedumbre, le metió los dedos en las orejas y le tocó con saliva la lengua; y mirando al cielo, suspiró, y dijo:
Effetha – que significa: “Ábrete”.
Al instante se le abrieron los oídos, quedó suelta la atadura de su lengua y empezó a hablar correctamente."
Y, nuestro sabio profesor añadía por su cuenta:
"Y entonces corrió desesperado, fuera de sí, se subió a lo alto de una roca y se despeñó arrojándose al vacío"
Y ante la perplejidad de los asistentes explicaba a continuación:
La gente no puede imaginar que una persona sorda que nunca ha escuchado sonido alguno al enfrentarse de golpe al universo sonoro, tan caótico y complejo, sienta la experiencia como enloquecedora y cruel. En su océano de silencios se desató una tormenta de ruido insoportable. Puede creerse perfectamente que quisiera evitar esta caos de estímulos incomprensibles y violentos a toda costa.
El apabullante peso de las palabras.
Nuestro familiar diccionario on line Wikidedia defina la comunicación como "el proceso mediante el cual se puede transmitir información de una entidad a otra. Los procesos de comunicación son interacciones mediadas por signos entre al menos dos agentes que comparten un mismo repertorio de signos y tienen unas reglas semióticas comunes."
Lo saco a colación porque, confieso, me parece estar sufriendo importantes problemas de comunicación con mis semejantes más próximos. En realidad debo acotar el repertorio de signos al habla y sus elementos: las palabra hablada y las reglas de la semiótica en la conversación. Comunicación implica: emitir y recibir, hablar y escuchar. Para que esta interactividad sea justa hay que ponderar tiempos, contenidos, hay que ser equitativos en el uso de la palabra, repetar los turnos y adecuar mutuamente entre emisor y recetor de los procesos implicados (codificación-decodificación).
En mi caso (como muchos otros) encaro este proceso desde una clara desventaja: en el canal auditivo-verbal mis órganos receptores, los oídos, presentan una capacidad deficiente (hipoacusia neurosensorial media). Esto no impide una conversación aceptable en un ambiente relajado y sin ruidos con una o dos personas; pero en una reunión más numerosa, o con ambiente bullicioso, o conversaciones superpuestas, o acústica inadecuada, o hablas rápidas o deficientes; pierdo o confundo fragmentos que me hacen trabajosa e insatisfactoria la experiencia. Cuando sobrepasa ciertos límites se hace odiosa y llega un momento en que te invade la frustración y la rabia, llegando a asumir sentimientos de incompetencia e idiotez. Uno trata de informar a sus semejantes, les advierte, les muestra sus dificultades y su desagrado pero el hábito se impone y las conversaciones, los sitios, las costumbres de siempre vuelven a regir el proceso en nuestra forma habitual (muchas veces a voces, volviendo al sitio más ruidoso -"el ambiente", dicen- , en cuestión de minutos, a veces segundos). Uno acaba por rendirse y emprende el camino hacia la misantropía.
Malo, de por sí, aún es peor si tu oído es taladrado por un tínitus continuo, por un chorro de vapor que parece viejo como el mundo. Este silbido que te perfora se añade a los sonidos del emisor voviéndose aún más trabajoso y difícil su descifrado. El acúfeno, por otra parte, penetrante y enloquecedor, te agota psiquicamente, interfiriendo en todo proceso mental (no solo comunicativo).
Si a esto añadimos un pensamiento reposado, posibilista, paralelo más que secuencial, obtenemos una capacidad de elaborar respuestas pausada, comprobadora, lenta. En otras palabras que "dado el costo yo no hablo gratis". Me pienso las intervenciones y, sólo después de bien meditadas, me decido a comunicarme. Sin embargo, muchas veces, he de dedicar toda mi capacidad de proceso a decodificar mesajes irrelevantes, frases intrascendentes, fórmulas sociales sin valor comunicativo alguno... Normalmente llego a olvidarme de mis propios pensamientos en aras de entender necedades que nada me dicen pero que al emisor que tengo enfrente le producen un placer evidente. Ese cotorreo de secuencias-basura, de reduplicaciones, de tantras locutivos me pone de los nervios. Con lo que cuesta desifrar un mensaje se me hace insoportable que lo inflen de aire: ¡al grano!
Tan costosa me es la comunicación-recepción que me reservo la mayor parte de las energías (y el uso del audífono) para el trabajo y las reuniones sociales más importantes.
Los castigos sociales a que te condena una sociedad como la española (vocinglera, coral, llena de estereotipias verbales) son devastadores. La soledad y la depresión es la pena menor. Siento como una dictadura el apabullante peso de las palabras de las personas con verborrea incontenible (confieso que muchas veces me da igual que tengan razón o no, lo que quiero es que se callen). Por poner un símil: en la mínima cobertura de mi móvil producen una saturación de líneas.
Estoy seguro de que el uso de la palabra es una de las más poderosas y sutiles formas de manipulación. Desde el efecto de primacía (la primera intervención) al de recencia (última intervención) -ojo en las asambleas con los que piden siempre estos turnos de palabra-, hasta el abuso del turno (el típico pesado que agota los tiempos para que nadie más pueda intervenir -conozco muchos directores que aplican esto en los claustros), pasando por la creencia de estereotipos como que "el que calla otorga", o incluso la presentación manipulada de la información (la "letra pequeña" de una exposición donde se cuela lo que pretendemos imponer) . No os engañéis: ninguna comunicación es inocente.
Por eso permitidme que os escuche atento pero crítico, justo pero desconfiado, callado pero exigente... y permitidme también que os hable: celoso de mi turno, escueto y preciso en lo posible; y por pavor, permitid que me equivoque, dadme la oportunidad de elaborar un mensaje erróneo. Tengo tanto derecho a equivocarme como el que más: al fin y al cabo me he tragado tantos procedentes de vosotros sin rechistar tantas veces...
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