martes, 7 de octubre de 2014

Sísifo en la biblioteca


Hay que reconocerles a los griegos su especial talento para inventar historias tan sugerentes y luminosas que sus  personajes han llegado a convertirse en mitos de la humanidad. El de Sísifo, condenado por los dioses a cargar con una enorme piedra para subirla a lo alto del monte Acrocorinto donde se había de construir el templo de Sisypheum, nos perturba al revelarnos que, al llegar a la cima, la piedra cae rodando una y otra vez hasta la base teniendo que recomenzar día tras día la penosa labor de subirla de nuevo. Esta inacabable tarea circular viene como anillo al dedo para describir mis repetitivos e inútiles trabajos de los últimos años como maestro bibliotecario. 

Desde hace tiempo vengo encargándome, en mis horas libres de docencia, de organizar junto a otros compañeros, la biblioteca de mi colegio. Cuando llegué a él, hace algo más de seis años, aún se podía ver en la web del centro una fotografía en gran angular que mostraba una amplia biblioteca con sus estantes alineados en la pared y sus mesas pulcramente colocadas. El ambiente que se percibía era relajado e invitaba a una plácida lectura. Fue en ese mismo año cuando unas finísimas grietas en las paredes parecieron engrosar. La separación de los bordes se hacían más evidente por momentos y se reclamó la presencia de los técnicos. Estos llegaron y colocaron testigos en cada fisura. Las pequeñas regletas milimetradas certificaron que las separaciones crecían lentamente. El suelo del colegio, asentado sobre yesos expansivos, cedía bajo el peso de los pabellones. Llegó un momento en que el temor al derrumbe de algún tabique hizo que se desalojara parte de los espacios y estos quedaron cerrados y apuntalados hasta el techo. La mitad del espacio de la biblioteca quedó afectado y hubo que empaquetar con carácter urgente los fondos existentes a la espera de un lugar alternativo. Finalmente se habilitó la mitad del recinto moviendo todas las estanterías hasta el cetro y dejando tras ellas un bosque de puntales del que nos aislábamos con una cortina formada por grandes plásticos grapados al techo. Tuvimos que volver a colocar los volúmenes en las estanterías con gran esfuerzo y recomenzamos en la parte "segura" nuestras rutinas bibliotecarias.  Sin embargo el recinto no pudo funcionar como sala de lectura pues los arquitectos nos advirtieron de la existencia de cierto peligro. En el lado precintado aparecían en el suelo algunos cascotes.
Durante dos años, poco a poco, en una paciente labor de hormigas desempaquetamos los viejos volúmenes y tras catalogarlos, etiquetarlos y reparar algunos de ellos;  los fuimos colocando cuidadosamente en los estantes vacíos.
En ese tiempo los técnicos deliberaban sobre el futuro del edificio. Se acometieron reformas, se aseguraron paredes y afianzaron cimientos; pero el suelo seguía cediendo y las regletas desplazándose inexorablemente denunciando el engrosamiento de las grietas. Entonces nos llegó la orden de volver a empaquetar; el colegio sería demolido y nos desplazaríamos a uno de nueva construcción. Con la perspectiva de un año, al menos, no nos preocupamos demasiado. ¡Había tiempo!. Comenzamos a acumular cajas en previsión del momento definitivo. Apiladas sobre las estanterías fuimos colocando las cajas vacías de los folios usados en la fotocopiadora que eran cajas de cartón de un tamaño manejable. Mientras tanto empaquetamos poco a poco los libros de secundaria (en el cole ya solo quedan niños de primaria) y los libros menos necesarios.
Se buscaron solares para el nuevo cole, se sacó a concurso su construcción, se adjudicó y se comenzó a preparar el terreno. Incluso se celebró la ceremonia (preelectoral, en los últimos días de campaña) de colocación de la primera piedra. Pero, según parece, la empresa no había previsto que bajo el suelo de tierra yacía un lecho de roca viva. Al encarecerse los costes abandonó la construcción y hubo de repetirse varias veces el proceso de adjudicación. Así que pasaron dos años más. El colegio nuevo (cual el templo Sisypheum al que subía piedras Sísifo), nunca se construía pese a ponerse la primera piedra, y una segunda primera, y una tercera... La situación se estancó iniciándose un prolongado compás de espera. Hasta que un día...

Una delicada mano infantil se apoyó en el cristal de una ventana y éste se rompió estrepitosamente produciendo un leve corte a la criatura. Entonces se dispararon todas las alarmas en la sede de la Conserjería de Educación. Las presiones sobre los marcos de las paredes en tensión, y el cristal roto que lo delataba, movilizaron en un día más que dos años de peticiones y protestas oficiales. En el breve espacio de una semana, se nos ordenó la evacuación inmediata del centro y la preparación y empaquetado de todo el material y mobiliario escolar. Yo, Sísifo de nuevo, entré ese día en la biblioteca y contemplé preocupado los estantes repletos. De nuevo habría que poner los libros en cajas ¡y en una semana!.  Durante esos días me afané en empaquetar lo que pude. Gracias a dios el colegio pudo encontrar una empresa de mudanzas lo suficientemente económica como para que las autoridades aceptaran su pago. Ellos terminaron, como pudieron, el empaquetado. La mayor parte de los 10000 fondos dormirían en un sótano del ayuntamiento durante un año entero. y el resto, el lote de unos 1000 ejemplares que repartimos entre las clases, nos acompañó al pabellón alquilado por un centro concertado donde les colocamos como pudimos en las aulas improvisadas.

Llegado junio nos tocó de nuevo reempaquetar nuestra biblioteca viajera. En septiembre serían trasladados al nuevo centro (construido en el tiempo record de unos seis meses)  los ejemplares entregados a las bibliotecas de aula y de E. Infantil. El grueso de los fondos llegarían unas semanas después. Un día antes de la inauguración mediática del colegio depositaron en el aula de biblioteca (con la mitad de espacio que la anterior) el mobiliario y las cajas con todos los libros. Hubo algún profesor que, en un arranque de optimismo (o tal vez de ironía) me aseguró que en una tarde y echándole horas podría ordenarse aquel desbarajuste: el tiempo justo para que las cámaras de la televisión autonómica pudieran filmar las estanterías repletas y  colocadas. Le miré desalentado, ni siquiera respondí. Tapamos con antiguos mapas los ventanales al pasillo y sellamos la biblioteca. Aquel berenjenal no empañaría la  buena imagen de cole recién estrenado con mobiliario impecable.

En los próximos días apenas tuvimos tiempo para organizar los montones de pesadas cajas, algunas reventadas por el peso de los ejemplares. Enseguida observamos que algo no cuadraba: no había  pared para tanto libro. Más de 35 metros cuadrados de las viejas estanterías habían sido desechadas por obsoletas. ¡Pero aún no estaban las nuevas! - No están, se las espera  -nos había prometido el director- y se comprarán si es necesario...

Ocupamos provisionalmente los 12 armarios modulares de aproximadamente un metro cuadrado de espacio con los libros de narrativa de E. Infantil y algunos de E Primaria. Lo hicimos con cierta desgana, pues muchos de ellos habrían de desplazarse por la sala a su ubicación definitiva. De nuevo Sísifo en acción. ¡Y ya no quedó más espacio! Apiladas quedaban aún medio centenar de cajas llenas de libros de narrativa para ESO y más de un centenar de cajas con libros de consulta. Solo era posible clasificar las cajas por su contenido (código CDU) y esperar.

Uno de esos días en que los dioses están irritados o nerviosos pues se les acumulan los problemas en el Olimpo, en director me interpeló: - Jesús: ¿Qué pasa con la biblioteca? ¡Coloca los libros: tiene que funcionar! Ante mis ojos apareció la imagen de Sísifo en la biblitoteca empujando cajas sobre armarios que luego habría de volver a bajar una, dos, tres veces más... Le vi rebelarse contra los dioses y exclamar: - ¡Es una tontería! ¡No pienso colocar una cosa que tendré que descolocar y recolocar a los pocos días".

¿Fue Sísifo, o quizás fui yo quien habló así? No estoy seguro. El director me miraba sorprendido.

lunes, 6 de octubre de 2014

Frases hechas: "Empinar el codo"


Recuerdo hace muchos años, en mis tiempos de estudiante, que tenía un amigo que invitaba con humor a acercarse al bar anunciando: "Vámonos a subir el olécrano". Luego sonreía contemplando la cara de extrañeza que ponían los no iniciados y les explicaba, finalmente, que el olécrano forma parte de la articulación del codo (exactamente es una apófisis de la parte superior del cúbito que tiene forma de prisma de base cuadrangular) y que es la que izamos más arriba cuando empinamos el codo apara beber un vaso de vino. Este extremo que forma la parte ósea y puntiaguda de un codo doblado se alza más aún al beber en bota o en porrón.
Y hoy, que la bonanza otoñal, me ha llevado a las más transitadas calles de Madrid, en el popular Mercado de San Miguel, he visto muchos alzamientos de olécranos. Y no precisamente izando vasos de vino o típicos porrones españoles, sino elevaciones de móviles haciendo selfihs. Ahora las lesiones del olécrano y las brusitis olecranianas son producidas mayormente por esta obsesiva gimnasia de mancuernas electrónicas.
¡Qué tiempos estos! Ya no se empina el codo para beber un vaso de vino con los amigos. Ahora se alza el olécrano para el selfish de rigor. Salimos perdiendo...

domingo, 5 de octubre de 2014

A fuerza bruta


Con la obstinación de un pitbul mordiendo a su presa me comprometí en la edición de este blog. Mi pacto conmigo mismo consistió en mantenerlo actualizado escribiendo una entrada diaria durante un año completo. Estamos en octubre y, de momento, estoy cumpliendo mi propósito.
Mi trabajo me  cuesta. Ponerse cada día frente al ordenador, a veces a primeras horas de la madrugada o avanzadas horas de la noche, a escribir una entrada con algún interés exige esfuerzo y constancia. Pero era una  promesa que me hice a mí mismo: no sería escritor por falta de talento, o por falta de calidad, o acaso no por no acertar con los temas que interesen al lector... pero lo sería por la fuerza bruta; escribiría tal cantidad de artículos y tan variados que alguno merecería la pena. Lo fié todo al acierto estadístico.
Hube de recurrir a las libretas de apuntes, a las agendas de ideas, incluso, en los momentos en que estuve desnudo de papel, a las servilletas de ocurrencias en  cafeterías ocasionales. Muchas veces, pese a todo, las musas me dieron calabazas y ya solo me quedó forzarlas. Aunque sea así: con la inspiración violada, yo escribo. Me pongo ante el ordenador y escribo. Tomo lápiz y papel, y escribo. Ideas, recuerdos, sugerentes anécdotas... se acumulan en mis borradores del blog. Cuando la inspiración se torna estéril acudo a la lista de temas pendientes, elijo el más sugerente y le ataco con desesperación. Normalmente me sorprendo del provecho que le saco. Antes de la primera línea me siento tan vacío que siento la tentación de tirar la toalla, pero una vez que se empieza crece el estado de excitación y las ideas empiezan a bullir en la cabeza. Mientras escribo cunde el desasosiego, quiero terminar pero me obligo a hacer algo que merezca la pena. Normalmente lo logro. Si no es así, mi insatisfacción me obligará a repasar la entrada al día siguiente y quizás a descartar el texto. La parte más difícil es el final. Rematar los temas exige, como en la traca final de los fuegos artificiales, un estallido espectacular y contundente. Cuando logras una idea o una frase redonda te sientes profundamente satisfecho.
Normalmente tengo varias entradas listas. Programo su aparición para poder cumplir mi objetivo: una diaria. En ocasiones, por la oportunidad de un tema, publico dos en la misma fecha. En vacaciones, con estancias en lugares donde no puedo acceder a un ordenador, programo series de relatos o capítulos por entregas de algún cuento.  Pero hay veces, como hoy mismo, que no tengo nada entre manos. Así que he decidido escribir una metaentrada, un artículo sobre la génesis de los artículos.
Aunque repasados varias veces, cometo deslices: palabras repetidas, incorrecciones sintácticas, errores ortográficos,  faltas de coherencia... errores que no percibo durante la fiebre creadora pero que, ante una lectura posterior, se tornan evidentes. Aún realizo una última corrección meses después, esta severa y afinada, antes de publicarlos en los volúmenes que los recopilan. Allí están es su versión más depurada.
Así se desarrolla este largo proceso de publicar 1000 entradas, recopilarlas en 6 libros autoeditados, y con el extra añadido de lograr este año publicar una por día.  Mi columna diaria en un periódico inédito me hace sentir escritor amateur, periodista becario, redactor sin sueldo... Siento una obligación casi profesional por cumplir con "mi trabajo", como si mi sustento dependiera de ello. Ofrezco mi altruismo en el altar de mi blog ignoto. Espero que los dioses de los escritores desconocidos perdonen mi arrogancia.  

sábado, 4 de octubre de 2014

El baile


Le encontré un día por casualidad. Una alerta en el buscador me informó de que había localizado ese día en la red una referencia a uno de mis antiguos colegios. Se trataba de un portal social, hoy desaparecido y con el dominio en venta, algo así como un Facebook prehistórico. Uno de sus usuarios había indicado mi antiguo centro como lugar de estudios. Apenas había completado en su perfil unas breves referencias personales y una foto en la que enseguida identifiqué a un antiguo alumno; solo que ahora se llamaba Adriana y en la casilla sexo escribió: chica.

Me quedé asombrado;  es cierto que ya entonces, unos diez años atrás, apuntaba un aire femenino, ciertas maneras delicadas; pero la foto le mostraba exhibiendo un modelo atrevido, con mucha superficie de piel a la vista y posando desnuda su pierna fuera de la falda mientras la apoyada en una silla.  No me sorprendió el travestismo en sí, sino el aire sórdido que reflejaba.

Me vino a la memoria la escena de aquel baile. Allí estaba él, diez años antes, abrazado por el abusador de la clase que le movía girando en un baile de burlas y risas. No se inmutó cuando aparecí, como dando a entender, que todos conocíamos sus inclinaciones y que no importaban las risas porque era declaradamente marica. Una profunda tristeza se apoderó de mí y, muy serio, le pedí que lo dejara. Él todavía me miró con incredulidad:
-¡Pero si le gusta!...  
- ¡No le gusta! - repliqué yo. Podía adivinar la callada humillación, el nerviosismo en la risita del alumno acosado. Él no dijo nada. No se defendió. Su acosador se enfrentó conmigo y el asunto terminó con una amonestación grave y una mirada de rencor del acosador.

A los profesores nos preocupaba aquel alumno. No tanto por sus inclinaciones sino por el extraño mundo que empezó a habitar: siempre relacionándose con adultos extraños, fantaseando con ocupaciones y trabajos inverosímiles. Llegó a trabajar en la radio, él lo afirmó así en su perfil,  y declaraba que para ella lo importante era ser una misma , sin miedos; que le gustaría disfrutar de la vida, de las risas y de la gente legal . Yo, sinceramente, espero que así sea; que disfrute y encuentre gente legal. Y deseo fervientemente que sus parejas de baile en la vida sean legales, sinceras... pero no sé; me quedo con muchas dudas.

viernes, 3 de octubre de 2014

Frases hechas: "Haz el amor y no la guerra"




¡No lo niegues: estoy seguro de que cuando has leído esto pensaste en el sexo! ¡Apuesto a que imaginaste una pareja (o grupo) hippie en la isla de Wihgt, o quizás en Ibiza o en una romántica aventura rodante a bordo de una furgoneta cubierta de flores estampadas...!

Y, sin embargo, en la década de los 70, el significado para muchos de nosotros de esta mítica frase era muy diferente. Es verdad que nos llegaban ecos distorsionados del contexto del famoso lema: teníamos noticias de reuniones de jóvenes alegres, pacifistas, tranquilos; músicos de expresión arrebatada, mirada tierna, propensos a los besos y los abrazos... pero vivíamos inmersos en nuestro propio contexto, poderoso e inmediato, donde la palabra "amor" tenía un significado muy alejado del cariño carnal.

Me explicaré.

En 1975, un centenar de jóvenes vivíamos en Tuy, internos en un juniorado (una especie de seminario de aspirantes a hermanos maristas). A nuestros 15 ó 16 años se alborotaban fácilmente sentimientos y hormonas en nuestros cuerpos adolescentes. Los hermanos que nos formaban (como futuros alter egos de sí mismos) se afanaban en inculcarnos mensajes cristianos, actitudes responsables y un espíritu perfeccionista que me ha hecho mucho daño en la vida futura. Las consignas evangélicas, los lemas religiosos, los rezos, el estudio de la Biblia... era el pan de cada día. Caían sobre nuestras cabezas las palabras de Jesucristo: "Que os améis los unos a los otros como yo os he amado", "Amad al prójimo como a vosotros mismos." " Amad a vuestros enemigos y orad por quienes os persiguen..." así que, héroes por Cristo, estábamos casi dispuestos a seguir el ejemplo de santa Teresa niña e ir cantando alegremente a tierras de infieles a que nos cortaran nuestra risueña cabeza.

Así entendido el amor, con ese matiz masoquista y heróico, incluiamos la frase en nuestros murales y carteles. El sentido original, hubiera resultado escandaloso, pornográfico... Nosotros nos referíamos a practicar el amor (¡perdón, vuelve a pervertirse el sentido!) a seguir el mandato de Xto: Amaros los unos a otros como yo os he amado... sí, nos referíamos al amor cristiano, a la caridad...

Y, mi engaño, duró varios años más; hasta que a base de encontrar el común denominador de centenares de fotos y con las lecturas alternativas de un ambiente más liberal entendí la enorme metedura de pata que cometíamos los grafiteros del juniorado y comprendí por fin las expresiones de contrariedad de los hermanos cuando veían colgados en las paredes carteles encabezados por la dichosa frasecita.

jueves, 2 de octubre de 2014

Allanamiento de chalet


Existe un antiguo barrio en la ciudad de Burgos, algo apartado del casco urbano, que se vertebra en torno a la comarcal BU-800, carretera de Cardeñajimeno. Su nombre, Paseo de los Pisones, alude probablemente a los holgados chalets que, allá por la década de 60 se alineaban a ambos lados de la calzada. Nosotros, críos de 10 años, nos acercábamos desde la calle San Joaquín, cerca del circuito de motocros, en nuestras correrías infantiles y mirábamos con curiosidad las solitarias viviendas, muchas abandonadas, con aquellos patios tan prometedores como lugar de juego y exploración. Inevitablemente llegó el momento en que nos decidimos a saltar la tapia de una de ellas que parecía abandonada y nos dirigimos excitados a curiosear por el interior.
El primer día sólo reconocimos el patio. Entre los restos de antiguos setos y jardineras resecas husmeábamos los suelos, mirábamos por las ventanas y lanzábamos gozosas exclamaciones cuando encontrábamos algún juguete abandonado descolorido por el sol y años a la intemperie. Junto a la tapia había una caseta cuya puerta forzamos. Dentro encontramos lo que, a nuestros ojos, era artefactos fascinantes: recuerdo una vieja radio de válvulas a la que desguazamos y de la que nos llevamos de recuerdo aquellas viejas lámparas que usaban. En un rincón estaba una vieja estufa eléctrica que hoy nadie se atrevería a enchufar. De una de las cajas desenterramos interruptores eléctricos obsoletos, cables acartonados, algún timbre inservible... Entre los montones de botellas (algunas llenas, que no nos atrevimos a probar), había frascos con productos intrigantes: reconocimos por el olor algunas: alcohol, lejía y aguarrás. En los cajones de un viejo armario encontramos cientos de viejas revistas que revolvimos con interés...

Días más tarde volvimos a visitar nuestro chalet (parecía que hubiéramos tomado posesión de aquel lugar y queríamos asegurar su pertenencia). Volvimos a recorrer los mismos lugares, pero sin la novedad y la excitación de la primera vez nos aburrimos pronto.  Nos marchamos echando una última mirada a las ventanas a cuyo través se veían amplias habitaciones entarimadas en madera con algunos muebles y enseres desperdigados.

Cuando volvimos ya habíamos decidido asaltar la vieja casona. Elegimos una ventana de la parte trasera y lanzamos una piedra contra los cristales a la altura de la manilla interior. El cristal se rompió en un estruendo amplificado por nuestro miedo. Nos escondimos. Después de un buen rato, volvimos bajo la ventana, izamos al compañero más ligero hasta el poyete y, después de apartar algunos trozos de cristal que aún se sujetaban al marco, éste logró hacer girar la manilla. Empujó la hoja con fuerza pero no se movió: estaba ajustada con fuerza tras hincharse la madera con la humedades de lluvias incontables. Por fin cedió produciendo un alarmante crujido. Nos ayudamos unos a unos a otros hasta que todo el grupo de cuatro amigos estuvo dentro. Luego empezamos a recorrer las habitaciones lanzando apagadas exclamaciones ante cada nuevo descubrimiento. La casa había sido abandonada con cierta urgencia, sin molestarse mucho en recoger o empaquetar bien su contenido, así que había un numeroso ajuar a nuestra disposición. En un librería encontramos cientos de libros que respetamos (sabíamos valorarlos más que ahora). En la cocina aún se alineaban platos y soperas en los armarios y alacenas. En el piso de arriba, bajo el alero del tejado, se abría al sol una galería acristalada hermosísima (pero peligrosa pues estaba expuesta a la vista desde la calle); nos conformamos con visitarla unos segundos. Pasamos varias horas recorriendo todas sus dependencias. Incluso bajamos al oscuro sótano donde se acumulaban enseres de todo tipo, cubiertos de polvo de años. Con la caída del sol nos escurrimos de nuevo por la tapia hasta la calle y regresamos contentos a nuestras casas.

Aquel chalet fue nuestro sitio secreto de reuniones muchas otras veces. Incluso en una ocasión me acerqué yo solo a visitarlo y pasé un buen rato estremecido por el miedo y excitado por el peligro y la soledad. 

He vuelto a pasar por allí muchos años después. Aquel viejo chalet ha desaparecido. Sólo queda su recuerdo y constancia en estas líneas. Busco con google en vista satélite trazas de aquel lugar. No quedan rastro de nuestro escondite. Sólo cabe ya buscarlo haciendo arqueología en mis recuerdos.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Cabañas.


Cabañas, casetas de  madera, chozas de ramas... el juego infantil de reminiscencias neolíticas cuando los hombres abandonaron la vida nómada y comenzaron a asentarse sobre el terreno.
Hoy me toca recordar aquellos años de la infancia cuando vagábamos por los antiguos caminos del extrarradio burgalés pasando las tardes de primavera, verano y otoño, cuando acumulábamos tablones y plásticos para fabricar una mínima choza que apenas podía albergar dos o tres pequeños cuerpos cuando unas gotas amenazaban. Allí quedaba, al lado del camino, hasta que el impulso destructor de otra pandilla arrasaba su frágil arquitectura.
Cabañas de barro y tablas en Burgos, camino de Villagonzalo, donde jugábamos a construir con nuestras pequeñas manos un mundo a media. Cabañas dela infancia donde jugábamos a ser mayores y crear mundos.
Cabañas sólidas y trabajadas en las riberas del Adaja, en  Arévalo, hechas con palos de los árboles de la orilla, claveteadas con puntas, cubiertas de ramas bien dispuestas... cabañas de la adolescencia donde nos juntábamos en pandilla descubriendo la vida, aprendiendo la convivencia la estrecha convivencia bajo mismo techo.
Casetas en los árboles que se construyen a los niños para que vean el mundo desde arriba, trampolín del vuelo de la vida, nido de águila donde observar críticamente el trajín de los adultos.
Casetas de campamento, de diseños eficientes y construcción sólida; que exigían planificación previa y de resultados satisfactorios. ¡Cuántas han quedado abandonadas en los campos, en los claros de los bosquecillos de aquellos campamentos scouts en que participábamos...! Aún hoy, encuentro algunas, anónimas, entre los robles del cercano pueblo de Barriosuso en Palencia.

Cabañas, casetas, chozas de ramas... fuisteis mi primer hogar independiente, mi primera segunda vivienda, mi primer mundo construido. Hoy, arrasadas, solo quedáis en el recuerdo...