miércoles, 12 de noviembre de 2014

Si las piedras hablaran -11: "La Peña de los 20 duros"

Peña de los 20 duros (en una cresta montañosa próxima a Navalguijo)

El granito está en el origen de la tierra que pisamos. Él forma el grueso de los cimientos de los continentes. Esta roca plutónica, constituida esencialmente por cuarzo, feldespato y mica, es la roca más abundante de la corteza continental. Se produjo al solidificarse lentamente y a muy alta presión el magma silíceo proveniente del manto terrestre (o de materiales sedimentarios profundos sobrecalentados y derretidos). Hoy aflora en gran parte de nuestras montañas peninsulares.

Conozco personalmente tres parajes graníticos singulares entre los que se desarrollan algunos capítulos de mi biografía. El primero, en plena adolescencia, fue el macizo Galáico Leonés. Éste se formó hace mucho tiempo (el paleozóico) y ha sido fuertemente erosionado durante eones aunque sufrió algún plegamiento en la orogenia alpina. Pero, aparte de estas explicaciones técnicas, lo que yo recuerdo de él son las rocas del monte Aloya (Tui) donde subíamos de excursión: rocas viejas, verdinegras por la acción de los musgos y las algas; desgastadas y semienterradas por la hierba, lamidas incontables veces por la lluvia gallega, rodeadas de vegetación...
Otro  paisaje granítico, que conocí en plena juventud, fue el Sistema Central. Lo visité con mi profe de Geología, El Plasti, que nos acercó a La Cabrera y a la laguna de Peñalara. La verdad es que de aquella excursión recuerdo más la bella topografía adolescente de mis compañeras de clase que la geología serrana. Después me acerqué a él, con el vulcanismo hormonal apagado de la madurez, y lo descubrí por mi cuenta en muchas excursiones por la Sierra de Guadarrama. La Senda Smith, Siete Picos, La Calzada Romana... fueron la figurada mesa de minerales graníticos que utilicé para su estudio in situ. Por último citaré el lugar más impactante, el que produjo un golpe mineral más certero en mi infancia: El Macizo de Gredos.

Esta  prolongación del Sistema Central se extiende al OE de Madrid y entra en la provincia de Ávila. Existe allí un pueblecito encantador, Navalguijo, que fue base de nuestros campamentos infantiles desde el año 1968 a 1975. Allí el contacto con este duro mineral se hizo íntimo. Acampábamos en sus valles, a orillas de un río cristalino que se alimentaba de chorreras heladas y neveros, con un agua prístina. Estábamos rodeados por altas montañas, murallas graníticas de un gris poderoso e incluso amenazador (quién no haya pasado una noche al raso en medio de tormenta plagada de rayos y truenos entre estos gigantes pétreos no conoce realmente lo que es el terror). Nos bañábamos en pozas escavadas por el agua en las rocas. Pescábamos truchas con nuestras propias manos entre las piedras del río. Hacíamos excitantes carreras saltando peligrosamente entre los grandes cantos rodados del cauce... Solíamos terminar aquellas excitantes actividades haciendo un chocolate exquisito en grandes latas de conserva vacías utilizando el mismo agua de la corriente y rallando aquellas pastillas de La Trapa tan ricas... Y, sobre todo, recorríamos los valles y montañas en agotadoras marchas que nos entrenaban en la dureza, pero que nos hacían gozar el cielo de los escaladores, del paraíso de los senderistas.

Poco a poco, imperceptiblemente, creció mi amor por estas  piedras, desapercibidas por lo comunes; pero de cualidades excepcionales. La dureza del granito, por ejemplo, es extraordinaria. Posee cuarzo, mineral durísimo (7 en la escala de Mohs). Mica, normalmente biotita de color negro brillante y feldespato que amalgama los anteriores y de color blanco o rosado generalmente. Esta roca, que los arquitectos llaman berroqueña, posee unas propiedades óptimas para la construcción: gran dureza, resistencia a los golpes y los roces, mejor soporte de la presión que el hormigón, no absorbe agua,  admite el tallado... por eso, los mejores edificios conservados de la antigüedad están hechos de granito, destacando las pirámides de Egipto. Lo único realmente difícil para los antiguos canteros era su pulido, pues existen pocos minerales más duros que el cuarzo que se pudieran emplear como lija. Los egipcios fueron maestros en su manejo: tenían grandes canteras y utilizaban técnicas muy ingeniosas para cortarlo (entonces no existía el hilo de diamante para hacerlo, como ahora): encendían fogatas alineadas en el lugar deseado y, tras calentar intensamente la línea de los fuegos las apagaban de golpe con agua fría. Entonces ocurría algo asombroso: se escuchaba un fuerte crujido y la piedra se partía limpiamente a lo largo de la fila de hogueras.  De esta manera cortaron obeliscos de hasta 32 metros o más.

En Navalguijo, enclavado entre montañas macizas de este mineral descubrimos auténticas maravillas minerales como perfectos prismas exagonales de cuarzo cristalizado, hermosos cristales de biotita, incluso galena argentífera en una mina abandonada que se explotó durante la Segunda Guerra Mundial. De la dura aspereza de su textura dan fe las sangrantes patitas del perro del capellán del campamento al que hubo que calzar unas "botitas" hechas con bolsitas de cuero. A veces, coronando las crestas montañosas divisábamos intrigantes "piedras caballeras" en posición inestable, dando la impresión de echarse a rodar en cualquier momento. Estos bolos de granito se habían formado por la erosión diferencial de sus elementos (siendo la parte inferior la que antes se desgastó) y están redondeadas debido al azote de los agentes erosivos (lluvia y viento). La más famosa de todas era la mítica "Peña de los 20 duros" que se recortaba contra el cielo en la cresta de la pared rocosa del valle. Una leyenda corría de boca en boca sobre el curioso nombre de aquella enorme roca granítica. Se decía que dos jóvenes acamados habían hecho una apuesta: se trataba de que uno de ellos debía subir hasta la peña y bajar en menos de 30 minutos. Se cruzaron apuestas y se cronometró la ascensión. El temerario joven consiguió acabar esta carrera de montaña (hoy es un duro deporte oficialmente reconocido) en el tiempo previsto y ganó la apuesta: 20 duros (100 de las antiguas pesetas). Desde entonces la roca quedó bautizada con ese nombre.

Yo, saco esto a colación,  porque en una de mis visitas senderistas a la Sierra de Guadarrama y, muy próximo a La Granja, siguiendo el camino que acompaña al curso del Eresma desde Valsaín, encontré este trozo de granito rosa que os presento. No es el grantio gris de mis historias (en el interior peninsular el granito de este color es mucho más raro); pero sirve para remover los recuerdos y hablaros de este interesante mineral que nos rodea por todas partes y que, a la larga, ha producido el suelo que nos sustenta bajo los pies.


martes, 11 de noviembre de 2014

Si las piedras hablaran - 9: Un viejo tren del oeste


El joven foragido cubrió la parte inferior de la cara con un pañuelo. Después abrió de una patada la puerta del vagón de viajeros. Los pasajeros alzaron la vista asombrados:
- ¡Esto es un atraco! ¡Manos arriba!
Luego, al ver la cara de asombro del pasaje, se echó a reír.

Se quitó el pañuelo y, con un guiño travieso pidió disculpas a la media docena de personas que ocupaban los bancos de madera.
-¡Lo siento: Es que no pude resistirlo:  parece un tren del oeste...!

El joven, de unos 17 años, formaba parte de un grupo scout que recién embarcado en Espinosa de los monteros se dirigía hasta la laguna de Arija (Pantano del Ebro) para iniciar allí un campamento volante que marcharía a pie río abajo hasta el precioso pueblo burgalés de Orbaneja del Castillo. El Alto Ebro es uno de los parajes más bellos y singulares de nuestra geografía y en aquella época, 1980, era aún un gran desconocido para el turismo de masas que nos asola. Los compañeros del "forajido" estaban de buen humor. Aquellos diez días solos, a sus anchas, sin la presencia de adultos y con el aliciente de viajar en plena naturaleza siguiendo el curso de un río enbravecido era muy estimulante. Eran jóvenes y eran felices: ellos, inquietos y fogosos; ellas,  risueñas y hermosas.

El campamento resultó una experiencia maravillosa, pero es aquel tren el que vuelve ahora a mi memoria. Aquel viejo tren de vía estrecha recorría la cornisa cantábrica desde La Robla (León) hasta Bilbao. El objetivo de aquella línea fue inicialmente acercar la importante producción carbonífera de las cuencas mineras leonesa y palentina a su consumo en los altos hornos de la poderosa industria siderúrgica de Vizcaya, sin embargo en aquellos años se empleaba ya casi exclusivamente para el transporte de pasajeros. Su primer tramo fue inaugurado en 1854 y su recorrido se fue ampliando hasta 1972 en que entró en quiebra y la empresa pública FEVE (Ferrocarriles Españoles de Vía Estrecha) se hizo cargo de la línea. Bajo su gestión la situación empeoró aún mas. En 1991 cesó su utilización para el tráfico de pasajeros. En 2003, finalmente, se reanudaron distintos servicios entre León y Bilbao. Su recorrido atraviesa las provincias de León, Palencia, Cantabria, Burgos y Vizcaya; y debido a su influencia económica y social a lo largo de más de un siglo es considerado uno de los ferrocarriles más emblemáticos de España. Hay que destacar que hasta 1955 aún funcionaba con locomotoras de vapor y que para 1980, año de nuestra aventura, utilizaba locomotoras con motores diesel que recorrían, con pausado run-run y velocidad de trotecillo de caballo, la accidentada geografía del norte peninsular. Entre las curiosidades de este ferrocarril está que en él se inventó la "olla ferroviaria": guiso ideado por antiguos maquinistas y fogoneros que, aprovechando el calor de la caldera vapor de la locomotora, se cocía en una olla especialmente diseñada. Potajes de garbanzos, patatas con carne de ternera de Mataporquera o potaje de alubias de Valmaseda eran las especialidades del menú del tren que aún hoy se sirven en restaurantes de su recorrido.

Los tiempos cambiaron y las viejas vías, por años abandonadas, sirvieron para poner a prueba un invento diseñado por los lugareños: "El ciclorraíl" que aprovechaba antiguas plataformas rodantes de mantenimiento modificadas para adaptar unas bicis a rodillos y circular sobre las vías como si de vagones autopropulsados se tratase. El invento captó la atención del mundo mundial.

Aquel viejo tren minero que nos llevaba al pantano del Ebro tenía los bancos de madera y traqueteaba como los auténticos convoyes de la Union Pacific. Veinte años más tarde,  en la película "A galope tendido" Sancho Gracia recrearía ese ambientesobre este mismo trazado ferroviario.

Pasaron treinta y cuatro años desde nuestro viaje. El ferrocarril de la Robla es hoy en día un ferrocarril turístico que aprovecha un recorrido lleno de historia e interés medioambiental. A su paso por Santibañez de la Peña, Guardo, y el norte de León no carga ya sus vagones de carbón: las minas están abandonadas y hace tiempo que los altos hornos de Bilbao se apagaron por falta de hierro. A veces, eso sí,  lleva algunas cargas a la central térmica de Velilla, cerca de Guardo.

Ese ferrocarril de mi niñez (jugué muchas veces en Santibáñez de la Peña, cerca de sus vías) asienta sus negras traviesas sobre la piedra blanca triturada que forma el balastro. El ancho de vía es de 1 metro de trocha y el tren no puede circular a gran velocidad pues descarrilaría.  Es por esas vías, cerca de la población de Pisones, poco antes de la Estación de Santibáñez, que mi hermano Luis realizaba una ruta senderista este verano.  Sabedor de que pasaría por los parejas mineros de la montaña palentina le pedí que me trajera algún mineral interesante que encontrara por el camino. Mientras caminaba junto a las vías distinguió una piedra negra que destacaba entre el blanco del balastro. Le piedra era curiosa: parecía carbón, pero no tiznaba. Tenía un aspecto reluciente, casi plástico. Evidentemente se trataba de una variedad de carbón ¿Pero cúal?

Cuando me lo entregó, busqué durante varias horas en internet. Quería clasificar correctamente el mineral. Podría tratarse de lignito por su textura, incluso me hizo pensar en el azabache, pero lo descarté porque su brillo no llegaba ser tan intenso. La hulla, con sus componentes bituminosos no parecía tampoco  adecuada. ¿Sería antracita? Si así fuera sería la variedad de carbón más calorífica con más de un 85% de carbono, ardería con dificultad y no tiznaría. Me dispuse a comprobarlo. Tomé un trocito con los alicates y lo acerqué a la llama de uno de los fogones de la cocina de gas. El negro pedacito tardó un poco en ponerse incandescente. Cumpliendo las expectativas apenas produjo humo y la llama era mínima. Pero lo que más llamó mi atención fue su dureza y la capacidad de escribir sobre un papel como si fuera un lápiz. Aplicando uno de sus vértices sobre el papel pude escribir una frase entera con nitidez y un color gris claro (como un lápiz de dureza 3 ó 4). ¿Acaso esta antracita había llegado al estado más puro de grafito?

Así que el mineral que incorporo a la colección del cole tiene también su historia. Posiblemente fuera una trozo de antracita destinado a alimentar los altos hornos de Bilbao, donde se fundía el hierro con carbón asturiano, leonés o palentino. Haría muchos años que cayó de su vagón quedando sobre las piedras blancas del balastro hasta que un caminante, precisamente mi hermano, lo recogió para dárselo al pesado del hermano mayor que le hizo cargar con el pedrusco en su mochila durante un par de días. Y ahora que lo tienes delante y has leído este artículo quizás hayas aprendido algo de viejos trenes del oeste circulando por el norte de España, de aventuras adolescentes y de las variedades de los carbones. ¿No es apasionante lo que puede enseñar un simple pedrusco?

     

domingo, 9 de noviembre de 2014

En tiempos de tribulación no hacer mudanzas.


"En tiempos de tribulación no hacer mudanzas."Lo decía un santo. San Igancio de Loyola lo advertía en sus ejercicios espirituales. Precisamente él, en tiempos arrogante y vanidoso, capaz de comerse el mundo.

Hoy, 9 de noviembre, un buen grupo de ciudadanos y convecinos votan en una consulta, más o memos legal, más o menos rigurosa, sobre su deseo de mudarse. Sobre gustos y deseos está todo escrito; rara es la idea que aún no está impresa, que aún no vio la luz. Todas son legítimas en el pensamiento, en la manifestación (con el respeto por delante a las opiniones ajenas), incluso son votables; pero no nos equivoquemos: ¡No son imponibles!¡Existen leyes! ¡Existen normas! Las hicieron nuestros padres y nos las dimos nosotros mismos ¡Todos las votamos legalmente! ¡Revisemos las hemerotecas!

La idea de nación es demasiado grande para que la voten solo unos cuantos. La secesión es demasiado trascendente e irreversible como para ser votada a plazo fijo, a golpe de ultimatum,  con ínfulas de "liberación", con pretensiones de "Guerra Santa".

Yo también me quiero independizar de la crisis. Porque es eso, ¡todos queremos alejarnos de esta tribulación que nos asola!, ¡todos queremos castigar a "la casta" (ahí está el auge de Podemos)!. Soy el primero en votar "Sí a un estado puro, incorrupto, limpio y solidario". Pero no seamos bisojos, no practiquemos una estrábica mirada que se enfoca sobre el resto peninsular y no ve las corruptelas del "Molt Honorable" y sus adláteres. En el "río revuelto" actual" pescan pescadores de oscuros intereses. ¡Cuidado!

Mis queridos vecinos catalanes: en estos últimos años he descubierto con estupor que yo soy un "español" que nos os comprende, que os desprecia, que os roba, que no valora vuestra cultura, que falsifica vuestra historia, que obstaculiza el empleo de vuestra lengua... La verdad, que me lo habéis tenido que enseñar, palabra; porque en mi examen de conciencia personal jamás había pensado eso... ¿Quién os lo ha enseñado a vosotros?  ¿En qué escuela estudiasteis? ¿Quién escribió vuestros libros?
¿Quién hizo vuestras cuentas, esas que afirman que los españoles "robamos"?, ¿Quién impide a vuestro niños hablar catalán y estudiarlo profusamente?, ¿Quién jalea eso de que "os despreciamos"?, ¿Quién ha tachado de los libros de visitas mi firma cuando pasé por vuestros museos?  ¿Quién borró  las fotos que hice allí? ¿Quién ha robado mis discos de Serrat? ¿Quién ha hurtado mi admiración por el Barça de los últimos años?

Tras el estupor me llega el enojo. ¿Porqué esa desafección? ¿Porqué personalizar sus problemas en el españolito de a pie? ¿Porqué ese jugar a tirar la piedra y esconder la mano? ¿A qué viene tanta lección que, se supone, nos estáis dando?... Pero al final, me puede la tristeza. En una cosa tenéis razón: nadie podrá impediros una independencia perseguida con tanta tenacidad, si realmente la mayoría la desea. Lo realmente difícil será volver a la unidad: juntarse para crecer juntos.  Creo que os equivocáis. Si se cruza el umbral será difícil abriros después la puerta. Llamad a casa del vecino si pensáis que os tratará mejor. Quizás os equivoquéis por segunda vez: echad un vistazo a vuestra historia, esto ya ha pasado.

Si las piedras hablaran - 7: Historia de un talismán de amor.




Siempre recordaré las playas del Báltico. Por ellas paseábamos hace más de 30 años mi mujer y yo buscando el preciado ámbar entre las piedrecillas que el mar arrojaba a la arena. La región báltica alberga la mayor concentración de esta piedra semipreciosa del mundo, alcanzando el 80% del total existente y debía resultar sencillo -pensábamos- encontrar alguna. Este ámbar procede de la resina de antiquísimas especies de coníferas, hoy extintas, que poblaban la zona hace más de cuarenta millones de años. Era nuestro viaje de novios y teníamos la esperanza de convertir alguna de aquellas bellísimas piedras fósiles en amuleto de nuestro amor. Al final, tuvimos que conformarnos con comprar algunas sencillas joyas de recuerdo. En aquel paseo de playa, no encontramos ninguna.

Pero siempre admiramos aquellos guijarros pulidos y relucientes que parecían hechas de miel solidificada. Siempre sentimos curiosidad por este mineral fósil (el único que proviene directamente de una especie vegetal). Siempre pusimos interés en conocer su origen, en saber de sus propiedades, en conocer los secretos que encierra. El ámbar ha sido empleado como objeto precioso desde la prehistoria, lo cual no es extraño pues su color, su textura y su calidez le hacen especialmente deseable como adorno personal o como amuleto. Y también se usó en medicina o con propósitos religiosos. Los griegos descubrieron su fascinante propiedad electrostática de atraer objetos livianos como la lana al ser frotado.

Aunque lo que ha dejado asombrado al mundo científico son las inclusiones de material biológico que algunas de estas piedras fósiles poseen. Hay que pensar en las prodigiosa oportunidad que estas cápsulas del tiempo ofrecen para estudiar, o incluso recuperar, especies extinguidas. Steven Spielberg, en su película Parque Jurásico, nos mostró a todos la posibilidad de recrear especies de dinosaurios a partir del ADN de sangre conservada en mosquitos hematófogos apresados en gotas de resina fosilizadas en ámbar. Imaginemos la historia: un mosquito hembra se posa sobre la dura piel de un dinosaurio, localiza un capilar, e inyecta su larga y afilada probosis. El inicio del pinchazo se acompaña de una pequeña expulsión de saliva para lubricar "la aguja" y narcotizar la zona con el fin de que el gigantesco saurio no la perciba, al tiempo que tiene también propiedades anticoagulantes para asegurar la fluidez del plasma. Tras llenar su abdomen con la sangre transfundida se aleja volando. Entonces, quizás, el dinosaurio percibe la picazón y realiza un movimiento brusco con sus patas delanteras que arrojan al mosquito contra el tronco de una conífera próxima. Allí, al contacto con una gotita de resina, el mosquito queda atrapado en esa excreción pegajosa. La resina, que fluye lentamente de la fractura de una rama acaba engulléndolo y muere. El mosquito ha quedado enterrado, sin aire que lo pueda descomponer, en una cápsula herméticamente cerrada. Con el paso de los años el árbol acaba cayendo y es enterrado por los aluviones de lodo procedente de las crecidas del río cercano. Allí aguarda millones de años, bajo el peso de toneladas de tierra acumulada. La resina se torna ámbar y el mosquito se mantiene fresco y retractilizado en su envoltorio anaeróbico. Un día es encontrado por un geólogo y... - ¡Santo Dios: si tiene una inclusión de mosquito con el abdomen repleto de sangre!. El resto lo tienes bastante bien contado en la película de Spilberg (aunque el guión se basa en la novela original escrita por Michael Crichton).

¿Fascinante verdad? Pues siento desilusionarte, querido lector: las cadenas de ADN, incluso en óptimas condiciones de conservación tienen una vida media de solo 521 años. El ADN de aquel saurio mítico sería ahora un revoltillo de aminoácidos. Pero quién sabe... "Las ciencias adelantan que es una barbaridad", que decía mi madre. Quizás algún día sea realmente posible. Nuestra cápsula del tiempo sigue a la espera de quien sepa aprovechar lo que hay en su interior. De momento lo que nos permite es también deslumbrante: muchísimas especies y su delicada morfología se conocen hoy día gracias a estas piedras-sarcófagos.

Hace tres años visitamos en Cantabria la espectacular cueva del "Soplao". Además de la impresionante visita por las galerías, en la recepción de visitantes, está expuesta una interesantísima exposición de piezas de ámbar encontradas en la carretera de acceso a la mina. No hace muchos años que en España se han descubierto yacimientos de un ámbar excepcional, la mayoría del Cretácico. Actualmente están en marcha varios proyectos de estudio de las miles de inclusiones de artrópodos que presentan algunos de ellos. Además de pequeñas avispas, moscas, chinches, arañas, cucarachas y mosquitos chupadores de sangre que se alimentaban picando a los dinosaurios; el ámbar de El Soplao encierra una tela de araña que ha llamado poderosamente la atención de los científicos.

Así es que, aunque jamás en mi vida encuentre mi pequeño amuleto de enamorado, no me sustraigo a recoger unas humildes muestras de la resina de unos cuantos pinos en las proximidades de La Virgen de la Hoz, en las cercanías de Molina de Aragón. Allí, en la senda resinera -una ruta didáctica sobre el aprovechamiento de la resina de los pinos para la obtención de aguarrás- recogí estos trozos de resina solidificada, el primer paso para que se conviertan en ámbar. Quizás si los entierro un kilómetro bajo el suelo y espero unos cuantos millones de años tenga mi propio ámbar, mi propio talismán de amor.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Si las piedras hablaran - 8: El artista de las cuevas


Hab volvió a la caverna cargado con su saco de cuero.  El fardo era de piel recia, de la pantorrilla de un uro desollado. Estaba cerrado con un nudo a la altura de los tobillos y la boca atada con tiras de la misma piel.  Ese día, en las paredes rocosas del otro lado del valle donde se encontraba su caverna, había encontrado una buena cantidad de piedras sangrantes.  Saludó a las mujeres que cocinaban carne de búfalo en odres de piel haciendo hervir el agua con grandes cantos rodados del río que se calentaban sobre las brasas de la hoguera que ardía cerca de la entrada. Nubes de vapor se alzaban cada vez que, ayudadas por una rama en forma de horquilla,   sumergían  la piedra ardiente en el odre. Algunos chiquillos alzaron la vista desde el suelo donde partían almendras con un canto percutor.  El tallador de sílex no había salido a cazar. Tenía amontonados en un rincón, en las afueras de la cueva, una gran cantidad de núcleos de sílex que tallaba con precisión. Muchas lanzas desportilladas necesitaban reparación y las mujeres exigían raederas eficientes para cortar la carne de a caza que, por aquellos días de verano, era abundante en el valle.
Hab era el hechicero del clan. Era respetado y también temido.  No poseía la fuerza de los buenos cazadores, pero tenía otras habilidades. Pensaba cosas que sus compañeros no podían ni imaginar. Podía soñar con el futuro precediendo en muchas lunas la llegada de las estaciones, ningún miembro del clan miraba tan largo en el tiempo. Era capaz de contar bastantes más búfalos que sus compañeros utilizando las falanges de ambas manos, así  podía llegar a 24. Había enseñado a las mujeres de la tribu el secreto de de cómo las plantas engendran los hijos y ahora podían criarlas en las terazas del valle para tener alimentos para el invierno. Conocía los poderes curativos de muchas planas y las propiedades de las piedras.  Estaba en el secreto de atrapar con la magia de la pintura el espíritu de los animales  de caza. Las piedras sangrantes contenían el espíritu del cuerpo del búfalo y él aplicaría su magia esta noche, alumbrado por un fuego brillante en  el centro de la sala sagrada.  Ocupó el resto del día en preparar la magia de los colores.
Trituró en un pequeño molino de piedra pequeños trozos de la piedra sangrante obteniendo un polvo rojo intenso. Limpió la piedra de moler y depositó un poco de la piedra del otoño, la que tenía la magia del color de las hojas muertas.  Fue hasta la hoguera y recogió algunos tizones aún ardientes y los sumergió en agua. Después los pulverizó con ayuda del mortero; así obtuvo el polvo de la noche.  Ya tenía los tres colores principales en pequeños montones sobre trozos de piel. Hab tomó de su mochila algunos vegetales que había recolectado para completar su paleta de artista: hortigas para un verde brillante, hojas fermentadas de isatis para el índigo…  Luego  acercó al fuego un saco con grasa de bisonte. Cuando la grasa se tornó pastosa, casi líquida,  la vertió en cada montón mezclándola con los  polvos coloreados. Removió cada mezcla con un palo y aguardó la llegada de la noche. 
En el rito de la caza de los espíritus debía estar solo. Esperó a que todos los miembros del clan estuvieran dormidos arropados con sus pieles y se adentró en la profundidad de la cueva. Cuando llegó a la sala de los espíritus aplicó su antorcha sobre una pequeña pila de leña seca que ya tenía preparada. Las llamas iluminaron la estancia haciendo bailar sus espíritus de fuego sobre las paredes. Hab había provisto un buen montón de leña seca cerca de la hoguera; tenía que mantener el fuego avivado durante muchas horas.  La ceremonia de atrapar los espíritus era larga y debía realizarse con cuidado. Cerró los ojos. Guió a su espíritu valle abajo en busca de los bisontes. Les encontró pastando cerca del río. Los vio allí: la mayoría estaban de pie, mirándolo  desafiantes; otros tenían baja la testuz mientras pastaban,  unos pocos yacían acostados en  la hierba.  Entonces lanzó el desgarrador grito de la caza. Los bisontes se irguieron. Una lluvia de flechas y lanzas se abatió sobre el grupo: los espíritus de los cazadores atacaban la manada. Ese era el momento, ese es el instante que perseguiría con su magia.  Abrió los ojos y contempló el techo de la cueva.  Estuvo un buen rato buscando  los animales. Sabía que su espíritu se escondía entre los bultos y las formas de la roca. Poco a poco los encontró. Allí, bajo esa superficie abombada,  yacía el vientre de un soberbio macho.  En aquella roca arriñonada  se ocultaba un  joven ejemplar moribundo retorcido por el dolor.  La protuberancia de uno de los extremos escondía la altiva cabeza del jefe de la manada que le miraba  irritado. Tomó un trozo de carbón y dibujó rápidamente sus contornos, antes de que escaparan. Luego, con algunos trozos de sílex arañó los bordes para encerrar sus espíritus en la piedra. Después aplicó los colores más claros, los ocres y amarillos. Cuando hubo terminado de aplicar los colores del otoño, empezó con los ocres sangrientos imitando la lana rojiza de los animales.  Con un extremo de su bastón cubierto de en una bolsita de piel suave, aplicaba los colores despacio, con seguridad. Lo había hecho muchas veces y, ahora, ya nunca se le escapaban los espíritus por falta de práctica. Se había convertido en uno de los mejores cazadores mágicos de todos los clanes.
Cuando acabó los cuerpos de los animales relucían empapados en sangre. Entonces tomó la piel con el pigmento de la noche.  Mojó en él un bastón más pequeño y dibujó con habilidad los contornos. Silueteó los ojos, la cornamenta, marcó las pezuñas, trazó delicadamente los cabellos de sus colas. Por último frotó suavemente con  un trozo de piel  en ciertas zonas oscureciendo los colores, imitando las sombras que daban volumen al animal…  los bisontes cobraban vida.  Hacía calor en la cueva. En el ambiente cerrado de la cavidad se respiraba con dificultad pese a su amplitud. El fuego había consumido buena parte del oxígeno y estaba exhausto. Volvió a la entrada de la caverna. Afuera, en el exterior, apuntaba ya la claridad del amanecer.  Atizó las brasas de la gran hoguera de la entrada y echó algunos troncos. El fuego empezó a crepitar. Varios cuerpos se revolvieron inquietos dentro de sus pieles.  Una mujer se levantó y acercó el saco con la sopa de carne al calor de la lumbre, después cogió unas de las piedras puestas a calentar y las echó en el recipiente… El clan se desperezaba. Desayunaron: primero la carne cocida, luego un buen trago de sopa caliente. El jefe miró a Hab.
- ¿Has terminado?
Hab asintió. Entonces todos los cazadores se dirigieron a la sala sagrada. A la luz de una docena de antorchas contemplaron impresionados el trabajo de Hab.  El hechicero cantó una larga canción, un recitado que hablaba de espíritus, de magia y de suerte en la caza. A continuación, de uno en uno, apoyaron su mano de cazador con los dedos separados en la lisa superficie de la roca. Hub tomó una piel en la que había esparcido un poco de polvo rojo de la piedra sangrante y, con ayuda de una pajita de centeno, sopló con fuerza sobre cada una de ellas. El negativo de la mano del cazador quedó grabada para siempre en la roca. Su espíritu dominaba ahora a las bestias.
Acompañó a la boca de la cueva al grupo de cazadores. Bajo la visera del saliente que protegía la entrada agitó su mano para despedirles. Cuando se alejó la partida, volvió al lugar donde tenía sus pieles. Antes de tumbarse y dormir largamente,  recogió los trozos sobrantes de la piedra sangrante y los arrojó en un rincón.
En la cueva de Altamira, muy cerca de la sala de los bisontes, decenas de miles de años después, alguien encontró unos pequeños trozos de hematites. Los análisis realizados comprobaron que procedían de la misma piedra que había sido utilizada para el pigmento rojo en la bellísima Sala de los Bisontes.



 

viernes, 7 de noviembre de 2014

Si las piedras hablaran - 6: La fiebre de la plata en Hiendelaencina.


En 1844 en el pequeño pueblo guadalajareño de Hiendelaencina situado al pie de la sierra del Alto Rey  junto al cañón del río Bornoba se desató la fiebre de la plata. Se cuenta que fue un geólogo navarro, Pedro Estéban Górriz el que descubrió la existencia de un rico filón, el Filón de Castro Blanco, en el subsuelo. Los 38 vecinos (133 almas) del poblado, dedicados a la ganadería y agricultura, se vieron en cuestión de días invadidos por buscadores de plata . En pocos años la población se multiplicó por 40 y muchos mineros asturianos emigraron a esta pueblo con la esperanza de la riqueza. Se comenzó abriendo la mina de Santa Cecilia a la que después le siguieron muchas otras: "La verdad de los artistas","La Bella Raquel"... y se construyó "La Fábrica de la Costante" una planta de procesamiento del mineral. Cerca de ella se fundó un poblado para alojar a los trabajadores, "La Costante", que llegó a tener teatro, hospital y casino.  La afluencia de trabajadores no cesó durante años. En 1845 había ya más de 200 pozos abiertos. A los 13 años la población del lugar alcanzaba los 3.500 habitantes y, en tiempos,  llegó a tener 9000 (más que la propia capital, Guadalajara). A la par, en el cercano pueblo de La Nava de Jadraque se exploraron también minas de oro.


El trabajo de aquellos buscadores de plata (en este caso en los túneles de los pozos mineros) era muy duro: jornadas de 12 horas diarias a veces hasta a 47 grados de temperatura, casos de argiria (una grave enfermedad producida por ingestión de plata), accidentes con decenas de fallecidos... Con el trabajo de sus manos se llegó a producir 50.000.000 kg. de plata. En los niveles más profundos (se ha llegado a los 600 m. de profundidad, se han encontrado vetas con una ley de plata de 200 Kg de plata pura por cada tonelada de mineral).

Esta fiebre de codicia sobre este yacimiento, uno de los más ricos del mundo, tuvo dos episodios de febril actividad  1844‐1870 y 1889‐1897. Después sólo tuvo labores esporádicas hasta 1926. A partir de ahí se abandonó completamente su explotación. De sus  pozos se obtuvieron siete variedades de plata y los minerales donde se encuentra son muy raros en el mundo. El museo de Ingenieros de Minas, en Madrid, guarda con celo algunas muestras únicas en el mundo.                        

Yo arrivé un día a esta pequeña localidad montado sobre mi bici. Tenía proyectada una ruta desde el pantano de Pálmaces y, sin sospechar siquiera la rica historia del municipio, me llamaron la atención desde la carreteras unas altas torres, cual chimeneas de ladrillo, que se alzaban solitarias en sus alrededores. Me desvié para visitar aquella singularidad y me encontré con una torre de ventilación de lo que parecía ser un pozo, ahora cegado. Hice algunas fotos y, desde allí, divisé unos antiguos almacenes, al lado de una enorme montaña de arena. Aquello llamó mi atención y me dirigí hasta el lugar. Ascendí lo que parecía una enorme duna. En lo alto se extendía una larga planicie arenosa de centenares de metros (su altura superaba la decena) de fina y dorada arena. No daba crédito a mis ojos: ¿era posible un pequeño desierto en medio de la Alcarria?  ¿Acaso me había izado sobre la montaña de áridos de alguna gravera cercana?... El caso es que nadie había por los alrededores y no había signos de actividad alguna. El lugar parecía desierto y abandonado. Después de curiosear un rato me marché preguntándome qué sitio sería aquel y el secreto de aquella enorme montaña de arena solitaria. 

Tiempo después me enteré de que, en "Allende la Encina" (Hiendelaencina) se había descubierto siglo y medio antes un filón de plata riquísimos. Así que, cuando se organizó el geología del año 2012 y supe que se ocuparía de mostrar la geología de esta comarca minera, me apresuré a inscribirme y aprender todo lo posible sobre este yacimiento mítico.  La actividad no me defraudó y aprendí muchísimas cosas sobre la historia de estas minas. Del paseo por los distintos lugares y yacimientos destaco la visita a la mina de Santa Cecilia, la mayor y más importante, que aún conserva muchas de sus estructuras así como la colección de testigos de las prospecciones de tanteo. Paseamos por los alrededores y visitamos las escombreras donde se arrojaban los escombros y las menas de escaso valor. Recogí algunos minerales singulares con algunas inclusiones metálicas (la plata de Hiendelaencina proviene de fluidos hidrotermales cargados de sulfuro de plata que, al introducirse por fisuras de las rocas, precipitaron en ellos la plata formando los ricos filones explotados). Junto a la mina nos mostraron la planta de tratamiento. En aquellas naves trituraban el mineral hasta pulverizarlo y luego lo hacían pasar por una piscina de mercurio. El mercurio disolvía la plata, que luego recuperaban, y las arenas restantes se arrojaban en los terrenos circundantes: ¡Dios mío, era eso! ¡La enorme montaña de arena provenía de la molienda de millones de toneladas de mineral! ¡Y todas ellas pasaron por el baño de mercurio...! Ahora entendía su extraña existencia. Ahora me explicaba que nadie las utilizara (quizás el mercurio -altamente venenoso- impidiera su uso para otras actividades). 

Se produce una curiosa sensación de placer, una pequeña sensación de paz consigo mismo cuando encontramos respuesta a alguna duda que nos inquietó. Así me sentía yo: satisfecho, alegre de poder explicarme otro pequeño misterio del mundo. Miré con interés mis pequeñas muestras de mineral, quizás no fueron tratadas por su pobreza en plata; incluso escaparon a la repesca de las escombreras que realizaron sistemáticamente en años posteriores. No tendrían siguiera la plata de un pequeño pendiente, pero servirían para dar a conocer a los alumnos una curiosa historia que no pasó en el lejano Oeste, sino en España, a apenas 125 kilómetros de la capital, Madrid.

Freiesbelenita y barita. (Mina de Santa Cecilia. Hiendelaencina).

jueves, 6 de noviembre de 2014

Si las piedras hablaran - 5: "El Tobazo"


Aquel día de julio de 1981 un grupo de jóvenes caminábamos con nuestras mochilas al hombro por el fondo del valle del Ebro. Este campamento volante por la zona santanderina de Polientes, siguiendo el curso del Ebro y atravesando las espectaculares hoces escavadas por el río, estaba resultando maravilloso. Éramos jóvenes y la travesía, libre de adultos, resultaba excitante. Habíamos salido desde el pantano de Arija días antes y acabábamos de pasar Villaescusa de Ebro. Antes de alcanzar el precioso pueblo de Orbaneja del Castillo, sin duda para mí el más hermoso de España, nos desviamos para visitar la famosa cascada del "Tobazo". Pocas veces en mi vida he visto  un paraje tan bello. Aquellas pared vertical llena de viseras y salientes a diversas alturas recorrida por risueñas cortinas de agua me  produjo una impresión imborrable. Las mejores diapositivas de mi corta vida como fotógrafo aficionado las hice allí. Aún hoy son las más bonitas de mi colección: El fresco tapiz de musgos, de un verde brillante y eléctrico; los destellos plateados de las cintas de agua que se escurrían entre las rocas, el aura vaporosa de minúsculas gotas en suspensión que se elevaban desde el estrépito de los chorros que se despeñaban desde la altura, el rosario de pequeñas esferas cristalinas que se descolgaban en hilos invisibles desde los tallos acostados en las paredes, los collares de  perlas transparentes, las cortinas líquidas, los pequeños estanques recorridos por ondas incansables... Mis ojos adolescentes fijaron entonces el patrón de la hermosura.  
Pasaron los años y siempre busqué nostálgico una cascada tobácea como aquella. La encontré, parecida, en El Nacimiento del Río Cuervo y ahora, cuarenta años después, otra un poco más pequeña en la pequeña ciudad escavada e la roca de Cívitas (próxima a Brihuega, Guadalajara). No resultaban tan luminosas como la del Tobazo, pero moderaban la nostalgia. En las tres se aprecia muy bien la formación de tobas calizas. En ellas, el agua precipita sobre las plantas depósitos de carbonato (caliza), efecto químico producido por la reducción del CO2 disuelto (que resulta evaporado) y que es provocado por la fuerte agitación del agua (turbulencias, corrientes, colisiones...) y su absorción por las plantas. Dichas aguas se han cargado previamente de concentradas soluciones de carbonatos en el interior de la tierra en su paso por grandes masas de rocas calizas a las que disuelven poco a poco. Así que, apenas salidas de los manantiales y removidas por las corrientes, se llegan a las plantas que crecen profusamente regadas con su próxima humedad. Al bañarlas se reduce el CO2 que portan y precipitan una ligerísima capa de caliza. Esto se repite continuamente de forma que en años, meses e incluso en días; se puede apreciar que los musgos, los cañizos, juncos y carrizales se van convirtiendo en moldes de cal, como si fueran pequeñas esculturas vegetales en piedra. Estas minúsculas estatuas amortajadas con pequeños sudarios de blanca cal y amontonadas por billones, llegan a formar montañas enteras. 

La roca que se obtiene de este proceso se llama "toba" y es una roca curiosa que la gente de los alrededores ha empleado con profusión en la construcción de sus casas. Como es fácil de manejar, pues se fractura con facilidad al golpearla, se han horadado cuevas y oquedades en sus entrañas. La ciudad de Cyvica está toda ella escavada en toba. También es posible cortarla, incluso con una sierra de carpintero, y tallar complejas figuras con facilidad. Su ligereza, producida por los poros que dejan los tubos y huecos delos vegetales petrificados, la hacen especialmente apropiada para cubrir las bóvedas de los edificios. En contra tiene su poca resistencia, su inconsistencia ante la lluvia que la disuelve y su facilidad para absorber y retener agua lo que produce humedades en los edificios (puede llegar a duplicar su peso con el agua que absorbe).   

Mi persecución de los territorios tobáceos, me ha llevado a visitar muchos lugares que lo albergan. Muchos geotopónimos nos dan pistas de por dónde se localiza: Tobazo, Valle de Tobalina, La Toba deValdivielso, Tubilla del agua, Tubilleja, Tobera... Todos lugares donde abunadan las surgencias de aguas calizas. 

Aparte del fascinante Tobazo cántabro; la cascada tobácea de Cyvica, en las inmediaciones del río Tajuña unos kilómetros antes de su paso por Brihuga, me ofreció el pequeño milagro de contemplar con mis propios ojos la formación de pequeñas tobas directamente sobre las plantas de las paredes (fenómeno que se puede apreciar claramente en la fotografía que encabeza esta entrada). 



Otras tobas singulares son las que recogí en la localidad alcarreña de Gárgoles de abajo, en las proximidades de la ermita de  San Blas; de uno de los muros que flanquean el camino que asciende a la ermita recogí una excelente muestra de toba para el cole.


Y, ¡asómbrate, querido lector!, las humildes tobas no solo pueden formar grandes montañas, sino que su lentísimo repintado calizo de plantitas puede llegar a construir, en la desembocadura pequeños estanques, grandes diques que acaban formando auténticas lagunas. Recuerdo una preciosa, la de Taravilla, en el Alto Tajo, solitaria y coqueta en la cabecera de su pequeño valle. Esta es la lección que esta singular piedra nos enseña: el trabajo constante, aunque lento, acaba consiguiendo grandes cosas.