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lunes, 27 de febrero de 2017

Caraca, la ciudad perdida de los carpetanos.


Letrero anunciando el asentamiento de la población carpetana de Caraca
en las cercanías de Tiemes. 

Expurgo el blog. Limpio los borradores apenas esbozados. Completo las entradas dejadas a medias. Ahora, al repasar la lista de tareas pendientes, me encuentro con un proyecto de artículo sobre Caraca, uno de los más importantes asentamientos carpetanos, pueblo celtíbero que habitó el centro de la Península Ibérica desde su llegada, en el s. VI a.C. hasta su integración con la Hispania Romana. El proyecto me rondaba en la cabeza desde que, por motivos laborales, pasaba a diario por la N-III y a la altura del río Tajuña veía los cortados yesíferos horadados por aquellas tribus en sus paredes. Había visitado el lugar y subido hasta las cuevas, tomé fotos, reuní documentación... pero una noticia surgida en los últimos días ha modificado sustancialmente el contenido de mi entrada. Reunamos  primero algunos datos, para entender el asunto. 

La Carpetania se extendía sobre la práctica totalidad de las provincias de Madrid y Toledo y la mitad este de las provincias de Guadalajara y Cuenca. Sus vecinos en los cuatro puntos cardinales y en el sentido de las agujas del reloj eran los Vacceos  (al norte) y sucesivamente los olcades y celtíberos, los oretanos y los Vettones. Uno de sus núcleos urbanos más importantes era Caraca, cuya ubicación exacta se desconoce con precisión aunque se ha postulado que estaba situada en la actual Guadalajara, en Carabaña o en Driebes (Guadalajara). Esta es la referencia que debemos a Plutarco sobre la misma:

"Un pueblo situado más allá del río Tagonio, que no se compone de casas, como las ciudades o aldeas, sino que, en un monte de bastante extensión y altura, hay muchas cuevas y cavidades de rocas que miran al norte. El país que la circunda produce un barro arcilloso y una tierra muy deleznable por su finura, incapaz de sostener a los que andan por ella, y que con tocarla ligeramente se deshace como la cal o la ceniza. Era, por tanto, imposible tomar por fuerza a estos bárbaros, porque cuando temían ser perseguidos se retiraban con las presas que habían hecho a sus cuevas, y de allí no se movían."
(Plutarco sobre el asedio dirigido por Sertorio a sus habitantes, los caracitanos)
Viviendas troglodíticas en las cercanías de Tielmes, donde
 se suponía situado 
el poblado carpetano de Caraca. 

Su ubicación en Guadalajara (desde el s. XVI cuando se identificó -erróneamente- el río Tagonio con el Henares, originó el gentilicio "caracense" para sus habitantes) y actualmente es una teoría descartada. Posteriormente se identificó el río Tagonio con el Tajuña y  Caraca con Carabaña. Al fin y al cabo, en la vecina localidad de Tielmes existen cuevas dentro de la deleznable roca yesífera documentadas como asentamiento antiguo. El cartel que encabeza el artículo corresponde a una fotografía tomada en la base del cortado (junto al río Tajuña) de aquellas viviendas troglodíticas que dieron pie a suponer allí su ubicación.
Foto tomada desde una de las cuevas trogloditas de Tielmes.
La nueva situación de Caraca 
se sitúa ahora al otro lado
de la cuenca que vemos del del Tajuña en la cuenca del Tajo. 

En 1945 un descubrimiento casual relacionó su situación a un nuevo posible emplazamiento: durante la construcción del Canal de Extremera, apareció el "tesorillo de Driebes" (13,8 kg de piezas de plata datados en el s. III a.C.). En base a este hallazgo y a las noticias de frecuentes afloramientos de materiales constructivos en término municipal llamado "Cerro de la Virgen de la Muela", el año 1981, Jorge Sánchez-Lafuente Pérez realiza prospecciones en el mismo llegando a la conclusión de que podría identificarse con Caraca. A finales de 2016, una nueva prospección con georradar (en una exploración tan barata que apenas costó 6000 euros) confirmó la importancia del yacimiento.

En estos días, periódicos de ámbito regional y nacional, se hacen eco de los resultados de icho exploración y publican la noticia del descubrimiento de la auténtica Caraca en Driebes, a dos kilómetros de las urbanizaciones próximas a Estremera de El Soto y Río Llano, Tajo arriba.  

La situación del poblado me llamó la atención. No hace mucho pasé con la bici acompañado de dos sobrinos por el el tramo del Camino de Uclés, que va desde Estremera a Barajas de Melo y pasa a escasos kilómetros del asentamiento. Ya desde ahora mismo me propongo visitar la zona en mi próxima peregrinación. Y hablando de caminos, hay que destacar que según los itinerarios romanos Caraca, que hasta ahora se creía que podría corresponder a la cercana Carabaña, estaba a medio camino entre Alcalá y Carthago Nova (Cartagena) pasando por Segóbriga; hecho este que cumple el nuevo emplazamiento propuesto. El recinto se sitúa en el llamado Cero de La Muela y limita al norte por un cerro y al sur con el Tajo que describe una curva en su base mientras que a ambos lados le rodean dos torrentes. Las dimensiones estimadas están entre 10 y 12 hectáreas (solo se ha sondeado una). Ya se tiene localizado el cardo y decumano (las dos calles principales) y un posible mercado. El urbanismo observado es el propio de una ciudad romana y se aprecian bien, además de lo citado, un foro porticado y las termas. Es llamativa la presencia 112 m. encontrados de un acueducto hormigonado (con "opus caementicium", el hormigón romano). El acueducto, similar al de Segóbriga, podría llegar a medir tres kilómetros y tener su cabecera en el manantial de Lucos, en Driebes. Al parecer la ciudad llegó a tener una población de unas 2000 personas.

Plano en 3D del Cerro de La Muela y parcela estudiada con el georradar (en rojo).

Los labradores propietarios del lugar allá por el año 79, siempre han encontrado dificultades al labrar en este paraje: "Era tierra muy mala, llena de vasijas y pedruscos. Empezamos a arar con vertederas y salían unos adoquines como esta mesa. Los teníamos que tirar por los costados del cerro para poder trabajar. Después ya decidimos meter el cultivador, que entra a menos profundidad". Los terrenos, dedicados al cultivo de la cebada, acababan siempre revendidos y los nuevos dueños maldiciendo la mala compra que habían realizado pues la aparición de piedras dificultaba enormemente el cultivo: "Yo me acuerdo como volvían maldiciendo cada vez que se encontraban un pedrusco gordo. No les hacía ninguna gracia porque tenían que moverlo”. En alguna ocasión podían aprovechar alguna de las piezas como algunas columnas que pasaron a adornar edificios de la localidad. Los sillares eran arrastrados hacia la ladera del monte y arrojados allí. Entre los restos aparecían también estucos, trozos de vasija (algunos de cerámica noble como era la "terra sigilata")  y mosaicos. En ocasiones se encontraban algunos núcleos de escoria de hierro procedente de antiguas fundiciones. 

Según el estudio arqueológico, los restos estructurales de la ciudad empiezan a aparecer a menos de 40 centímetros bajo la superficie y los resultados de la prospección geotécnica hacen presagiar, además, un magnífico estado de conservación. Se espera iniciar una segunda fase de exploración para confirmar los hallazgos del georradar y, en seis meses, recuperar la zona para convertirla en un yacimiento visitable. Para la siguiente fase hará falta bastante más dinero y todavía no está claro que vaya a conseguirse, a pesar de las expectativas que se han levantado. Mientras tanto la zona se ha dotado de vigilancia a cargo de la Guardia Civil y el Seprona para evitar la rapiña de los cazadores de tesoros. Ya hay precedentes de depredación arqueológica pues durante muchos años venía aquí gente con detectores de metales: "Alguno hubo que encontró un casco de romano, le dieron un millón y se compró un Lada Niva”, comenta un lugareño. Los mayores del pueblo hablan de la existencia de una cueva bajo el cerro, hoy hundida, por la que se accedía a galerías en forma de casas, lo que coincide con la descripción que hace Plutarco de la ciudad. También se produjo una pequeña "fiebre del tesoro", con su campamento de buscadores y todo,  al localizarse en 1945 el Tesorillo de Driebes. También los habitantes del lugar rebuscaron a menudo por la zona y, se asegura, que algunos tienen en sus casas piezas de valor que están dispuestos a donar para su exposición si esto redunda en beneficio de la localidad. La actitud de la gente del pueblo ha cambiado considerablemente pues al principio existía cierta desconfianza ante las idas y venidas de los jóvenes arqueólogos. El equipo multidisciplinar que ha llevado a cabo el trabajo (arqueólogos, físicos y matemáticos) se muestra pudoroso con su descubrimiento y sus miembros piden no ser fotografiados. 

Según los estudios de los expertos en Caraca se vivía del esparto y la minería. Es posible que se explotara también el lapis como en Segóbriga. La ciudad pudo quedar despoblada hacia el s. II d.C. debido por problemas económicos pues no hay indicios de saqueo violento o batallas alrededor. 

Los investigadores suponen que existe aún una segunda Caraca en el valle del Henares y ven probable su situación en la Muela de Alarilla, al lado del Henares y próxima a la ciudad de Guadalajara. Esta sería, según ellos, "la que fue asaltada en la guerra de Sertorio mediante una estratagema descrita por Plutarco".


NOTA: En Ser Guadalajara se puede escuchar una entrevista con uno de los directores de la investigación, Emilio Gamo.

Se quiere presentar públicamente el hallazgo en un acto que se celebrará en el Palacio del Infantado de Guadalajara el próximo 8 de marzo a las 19.30 horas, dentro de un ciclo sobre trabajos arqueológicos en la provincia. En esa conferencia, presentarán el plano de la ciudad.

sábado, 21 de enero de 2017

América



Dios salve América,
Tierra de amor.
Y en su campo  florezca
la guirnalda de la eternidad.

Y en el cielo
brille siempre
el sol de la libertad.


Américo Vespucio fue un cosmógrafo florentino nacido en 1454 que hizo negocios en Sevilla y colaboró con Colón en algunos de sus viajes. Se nacionalizó castellano en 1505 y trabajó desde entonces al servicio de la corona de Castilla. Su fama universal se debe a dos obras publicadas bajo su nombre entre 1503 y 1505: el Mundus Novus y la Carta a Soderini, que le atribuyen un papel protagonista en el Descubrimiento de América y su identificación como un nuevo continente.

La impresión que estas obras provocaron en los editores (pese a que se ha demostrado que se atribuye viajes y exploraciones ajenas) hizo que en Europa se bautizara el Nuevo Continente con su nombre e incluso se le atribuyese su descubrimiento. En realidad, en aquella época, los castellanos lo llamaban "las Indias" o "las Antípodas", los portugueses bautizaron las costas brasileñas como "Vera Cruz" o "Tierra de Santa Cruz". Cristóbal Colón desde su tercer viaje, dedujo que la tierra en la que se encontraba era "otro mundo (...) una tierra enorme". En 1504 Pedro Mártir de Anglería acuñó el término "Nuevo Mundo" para las nuevas tierras.
Sea como fuere, el 25 de abril de 1507 salieron del taller de la imprenta de la abadía de Saint-Dié-des-Vosges en Lorena, Francia, las dos primeras ediciones de un pequeño tratado sobre las nuevas tierras en la que,  en el capítulo IX del texto, se sugería que el nombre del Nuevo Mundo debería ser "América" (femenino por analogía a "Europa", "Asia" y "África") y en honor de quien la reconociera como tal: ab Americo Inventore (...) quasi Americi terram sive Americam ("De Américo el descubridor (...) como si fuese la tierra de Américo o América". La voz tiene tal eufonía y guarda tanta consonancia con las palabras "Asia" y "África" que inmediatamente se afincó en las lenguas noreuropeas.
Fuente: Wikipedia.  

Así que, debido a una errónea atribución, el nombre de Américo se estableció para el Nuevo Continente. Continente he dicho, que no nación. La precisión es oportuna porque existe una nación que requisa la multipropiedad de este sustantivo para uso propio, negando a las demás naciones allí asentadas el derecho de denominación. Esa nación, todos los sabemos (aunque acaso no muchos de sus ciudadanos) es Estados Unidos de "América". Me parece injusta esa "manía" de llamarse a sí mismos "América" que tienen los estadounidenses. Pueden llamarse "El País del Tío Sam" o "Gringolandia" o "Yanquilandia" si quieren, pero ¿"América"? ¿No excluye eso a un montón de dignas naciones? Ni siquiera Norteamérica me parece correcto, pues dejaría de lado a Canadá y Méjico. Resulta irónico que se hayan apropiado del  nombre continental los habitantes de un territorio aún sin explorar cuando se hizo popular el término (1507). 

Escucho al nuevo presidente de EEUU prometer que "Volverá a hacer grande a América" y supongo que piensa en realidad en el coto cerrado referenciado geofráficamente con código ISO 3166: 840 / USA / US; pues si no, no sería explicable que simultáneamente quisiera construir una valla transcontinental en el propio territorio americano. Quiero creer, por tanto, que se refiere a la Federación de 50 estados existente en América del Norte y que se bautizaron como "Estados Unidos de la América" (denominación original en su Declaración de Independencia).
Escucho frecuentemente una de las frases más populares en ese país: "God Bless America" (Dios bendiga América) y pienso que de nuevo la parte se adueña del todo y los estadounidenses se apropian del continente entero.
Son muchos los estadounidenses que se autodenominan "americanos" (lo cual es cierto y los hermana con los mejicanos, cubanos, ecuatorianos, peruanos, argentinos...), pero me malicio que, en realidad, se refieren exclusivamente a los habitantes de un país al sur de Canadá. Incluso la prensa internacional, el cine y la literatura contribuyen a este equívoco que no dejaría de ser anecdótico si no escondiera una profunda injusticia y una forma maniquea de percibir el mundo.
He realizado la sencilla experiencia de buscar en la base de datos de google las palabras que obedecen a la conjunción de "América + bandera". En el primer pantallazo obtengo 119 resultados de los que la mitad (61) son banderas de EEUU. Si busco "americano + bandera" el resultado asciende al 100%.
Es curiosa esa expansión nominal del propio país. De una confederación de 50 estados que ocupan menos de la mitad del subcontinente, pasaron a autodenominarse norteamericanos, después americanos... ¿Cuál será el siguiente paso? ¿Mundanos? ¿Habitantes de un lugar llamado Mundo? La frase resulta bonita, inspiradora; pero pensemos: solo resulta generosa si perteneces a su "Mundo", es decir, si naciste en los actuales EEUU. El resto es suyo; pero no intentes habitar en su territorio. Serías un ilegal, pese a que te ampare el nombre.

Nuestra Real Academia Española de la lengua zanja el asunto determinado que «debe evitarse el uso de la palabra americano para referirse exclusivamente a los habitantes de los Estados Unidos, uso abusivo que se explica por el hecho de que los estadounidenses utilizan a menudo el nombre abreviado America (en inglés) para referirse a su país. No debe olvidarse que América es el nombre de todo el continente y son americanos todos los que lo habitan». Y "doctores tiene la santa madre Iglesia..."

lunes, 9 de enero de 2017

Una palabra por mil imágenes 36: "Époque"

La Belle Époque (La Bella Época, Los Viejos Tiempos, La Época Dorada... - que de todas esas maneras podría traducirse-) es una expresión internacionalizada para referirse al periodo de la historia europea comprendido entre 1871 y 1914 (año del estallido de la Primera Guerra Mundial). Esta designación responde por un lado a los nuevos valores de las sociedades europeas del momento (imperialismo, capitalismo y fe en el papel de la ciencia y el progreso como benefactores de la humanidad); pero también describe una época en que se transformaban todas las capas sociales gracias al creciente uso de la tecnología. Además con esa expresión describe una visión nostálgica que tendía a embellecer el pasado europeo anterior a 1914 presentándolo como un paraíso perdido tras el salvaje trauma de la Primera Guerra Mundial.

En la película que comentamos es esta última acepción la que se adecua a la temática del film, aunque en este caso referida a un periodo histórico posterior en la historia de España. Los autores del film quieren reflejar en el título el clima de libertad que acompañó a la proclamación del nuevo régimen en los años previos al estallido de la Guerra Civil española. En aquellos tiempos en España se vivió su particular
Belle Époque



La acción transcurre en una pequeña localidad española durante el invierno de 1930, en vísperas de proclamarse la II República. Aunque la película fue rodada en Portugal, por dificultades presupuestarias, tanto la ambientación como los actores hacen que asumamos fácilmente lugares y personajes como propios.

Sucintamente describe la llegada de un joven soldado, desertor del ejército, que llega a los parajes cercanos a una villa de campo habitada por un un maduro artista que vive aislado de la realidad política de la España de entonces y sus cuatro hermosas hijas. La convivencia hará que el joven desertor acometa la seducción de las cuatro hermanas una tras otra.

Un argumento, así resumido en unas pocas líneas, no da idea de la obra maestra que llega a realizar Fernando Trueba (director de mi devoción aunque sus comentarios fuera de lugar en la entrega de los penúltimos premios Goya le bajaran del Olimpo cinematográfico a mis ojos). La idea es genial y el desarrollo del guión - por parte del genial Rafael Azcona- muy inteligente. Los actores (una de las interpretaciones corales en el cine que causaron asombro en el mundo entero) bordan su papel. Es posible que contribuyera a ello el buen ambiente en que se rodó el film (En Portugal, en ambiente de vacaciones, con actores muy jóvenes y otros consagrados que congeniaron muy bien...) y el natural talento que desarrollan. Los críticos destacan que "Cada vez que la película se estrenaba en un país gustaba, divertía y fascinaba a la crítica". El gran éxito de crítica y público, culminó con su consagración internacional al recibir el Óscar a la mejor película extranjera en 1993.

Sólo decir, por mi parte, que su visión me produjo una sensación de bienestar y felicidad que me hizo salir del cine con una sonrisa en los labios. Disfruté cada escena y admiré y envidié la libertad y alegría con que Ariadna Gil, Penélope Cruz, Maribel Verdú, Miriam Díaz-Aroca y el afortunado Jorge Sanz disfrutan de la vida de sus los personajes. Todo ello sin olvidar a un enorme Fernando Fernán Gómez, bordando uno de los papeles cumbres de su carrera.

Cuando el aire frío de la noche me recibió a la salida de aquel cine de Madrid, estaba henchido de optimismo: pesaba para mis adentros: "La vida es bella".

domingo, 25 de diciembre de 2016

Una palabra por mil imágenes 42: Navidad

¡Plácido! Esa es justamente la película que me viene a la cabeza cuando llegan estas fechas y me pongo a escribir la entrada de hoy dedicada, como estas últimas fechas, al cine de mis recuerdos. Plácido es la antítesis de estas fiestas  edulcoradas que nos suele presentar el cine, es algo así como "Pesadilla en Navidad" en carne y hueso, en versión adulta y creíble. No hay, Plácido lo sabe muy bien, caridad en
Navidad.


A punto de ser la primera película española en alcanzar los Óscar, Plácido es una obra maestra del cine mundial.  Con apariencia de comedia oculta dramas dolorosos y críticas feroces a la sociedad, a la religión, a la hipocresía de los seres humanos que transitan por sus escenas. Y todo ello hecho con ritmo, con unos actores en estado de gracia, con una factura técnica excelente... Así se cuenta la Navidad en blanco y negro, la Navidad de los pobres, la Navidad en la España de Franco... Yo la viví. Yo la conozco bien. Acaso a ti te parezca trememendista esta película; a mí me resulta familiar y cercana. Y no tan diferente de la de ahora. Piénsalo bien.
«Madre en la puerta hay un niño y gritando está de frío, ande dile que entre y así se calentará, porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido ni nunca la habrá.»

viernes, 26 de junio de 2015

Í-spn-ya



Quiero pensar que, entre las variadas hipótesis sobre el nombre de nuestro país, la que defiende que proviene del término fenicio "i-spn-ya" (término documentado en tablillas de escritura cuneiforme ugaríticas desde el segundo milenio antes de Cristo), sea la correcta. Lo que sí es seguro es que los romanos le dieron a "Hispania" el significado de "tierra abundante en conejos" y no me extraña pues, si dudas tuvieron, éstas se disiparon al caminar por sus calzadas y sorprenderse de los abundantes conejos que las cruzan, especialmente al amanecer. Muchos historiadores se refieren además a Hispania como península "caniculosas" (conejera) y en algunas monedas acuñadas en la época del emperador Adriano figuran personificaciones de Hispania como una dama sentada y con un conejo a sus pies.

  

Adriano, que nació en Itálica, y le tiraba el terruño, acuñó una moneda en conmemoración de uno de sus viajes a la provincia de Hispania. Ésta es la alegoría de Hispania más famosa se acuñó en Roma; se trata de una figura femenina con una túnica larga, timbrada con laurel u olivo, reclinada hacia la izquierda, con su brazo izquierdo sobre unas rocas, que podrían hacer referencia a los Pirinieos. Con su mano derecha sostiene una rama de olivo. A los pies de la figura aparece un conejo, el animal que teóricamente los fenicios emplearon para nombrar a la península: Hishphanim.

Jesús Marcialem, hispano descendiente de algún lejano antepasado germánico, también hacía sus excursiones temprano por las cercanías de su pequeña villae-adosada en la Hispania Citerior y, aún sin las doradas monedas del imperio, sí iba provisto de móvil donde recogió la lejana imagen de algún gazapo y grabó algunas impresiones:

"Paseo desde las siete de la mañana por la vía de servicio del Canal del Henares que rodea mi urbanización en Cabanillas del Campo durante un kilómetro y luego se alarga hasta Meco. Me he incorporado al camino de tierra a la altura de un pequeño puente y, desde entonces, lo recorro a buen paso disfrutando del aire templado de la mañana y, también hay que decirlo, intentando ponerme en mediana forma después de un año de costumbres sedentarias. El camino está flanqueado a la derecha por un talud de tierra que refuerza el perfil del canal y que aparece horadado por cientos de galerías escavadas por esos pequeños roedores que dieron nombre a la Península. A la izquierda, tras la maleza, se extienden la naves industriales y, más allá, los campos pintados de un verde primaveral. A ambos lados crecen, abundantes, cardos y los hierbajos y, sobre ellos, se elevan numerosos árboles (olmos y álamos) que hidratan sus raíces en el suelo con la humedad que se filtra del canal. Enseguida, desde que me puse a caminar, empezaron a sorprenderme los pequeños "cunículus" que saltaban por todas partes. Estimulado por su numerosa aparición comencé a contarles: 1, 2, 3..  Cruzaban siempre desde el terraplén a los matorrales (4...) del otro lado donde la espesura les protegía. Los que, apurados por mi llegada (5, 6...), no se atrevían a cruzar, se escondían rápidamente en alguna de las numerosas madrigueras: todo menos dirigirse al borde mismo del canal donde estarían irremisiblemente perdidos. Escasamente andaba diez pasos, apenas doblaba un recodo, aparecían correteando  por el camino (7, 8...)  Mientras avanzaba (9...) estudiaba su comportamiento. Debían notar mi llegada, más que por avistarme. que jamás miraban al camino, porque me oían llegar; entonce se situaban en un borde del camino de perfil, con una de las orejas orientadas hacia mi posición, y esperaban un momento para asegurarse (el número 10 se había detenido...). Si me detenía se quedaban así, inmóviles a un lado del camino, agazapados, prestos a saltar inmediatamente a la espesura. Podía quedarme varios minutos y el pequeño herbívoro seguía inmóvil, cuando me decidía a dar un paso las vibraciones del terreno o su finísimo oído le alertaban y corría entonces hacia alguna senda secreta en el laberinto de matorrales. Sé que notan las vibraciones del terreno porque cuando voy con la bici tardan mucho más en darse cuenta de mi llegada, hasta el punto de que en una ocasión atropellé a uno de ellos arrollándolo inevitablemente. Al reiniciar la marcha el número 10 saltó hacia los cardos. Enseguida aparecieron muchos más (11, 12, 13... 14...). Zigzagueaban por el camino, corrían por el lateral y, por sorpresa, cambiaban de dirección saliendo  perpendicularmente con una agilidad pasmosa (el 15, de improviso...). Sorprendí al número 16 con la guardia baja, al apercibirse demasiado tarde de mi presencia: subió desesperado el talud de la derecha levantando una mediana polvareda antes de introducirse en una de las cuevas. Yo seguía mi  madrugadora ruta (17,18...); si caminaba despacio podía, con el sol a mis espaldas, acercarme mucho. A veces les sorprendía a esa distancia (el 19 cruzó cinco metros por delante de mí). Pensaba en la oportunidad de disponer de una escopeta con esos cartuchos que abren las postas en abanico; seguramente mataría aquellos tres de un tiro (20, 21,22...) o, siendo más realista -no soy cazador-  podía haber traído mi tirachinas y, quizás, a alguno hubiera acertado ¡Estaban tan cerca! (el 23, extrañamente calmoso, caría seguro...). En una ocasión, recordé, había construido un arco con las elásticas lamas de un somier de madera y varillas de paraguas como flechas: hubiera sido un buen momento para probar la efectividad del invento sobre el 24 que esperaba, alertado, confirmar mi llegada con la vibración de mis pasos. A unos cincuenta metros salieron de los arbusto el 25 y el 26. Y, tras el siguiente recodo un grupo más grande salió al camino y se desperdigó por los laterales (27, 28, 29... 30...). El último saltaba en ese momento, mientras yo fantaseaba sobre la trágica posibilidad de una guerra que nos obligara a buscar el alimento por nuestra cuenta en la naturaleza cercana: unos cuantos lazos en la boca de las muchas madrigueras darían de comer a un familia durante un tiempo... (31, 32... ¿era un conejo aquello que se movía? 33...)   Los pequeños herbívoros seguían apareciendo incluso en las proximidades de los polígonos industriales y sus accesos; al parecer no sentían ningún temor por los trabajadores y las máquinas (34...). Yo seguía caminando en silencio entre salto y salto: 35... 36... 37... El número 38 lo encontré inmóvil y tieso en medio del camino, su pellejo hinchado revelaba que la mixomatosis aún hacía estragos en la población.  Continué la marcha, mientras los pequeños animales no cesaban de aparecer (39...). Encontraba de vez en cuando montoncitos de excrementos en medio del camino, pero siempre en un lugar despejado que facilitaba su fuga. Alguien me contó en una ocasión que, desconfiando de los lugares escondidos, los conejos prefieren realizar sus evacuaciones en lugares abiertos donde  pueden auscultar el entorno fácilmente (el número 40 cruzó velozmente a apenas dos metros por delante de mí...). Los excrementos que ahora observaba y que hubieran resultado un excelente abono para mis macetas, estaban ya probablemente reciclados, pues la coprofagia es una necesidad biológica para estos animales que necesitan aprovechar la vitamina B12 que aún contienen sus heces (el 41 y el 42 se alejaron corriendo mostrando al correr la intermitente bandera blanca de sus ancas descubiertas al alzar la cola).  Mientras saltaba hacia la maleza derrapando en el borde del camino el número 43 distinguí, ya cercanas, las urbanizaciones de Alovera, el pueblo vecino. Poco antes de abandonar los tramos arbolados me sorprendió un numeroso grupo que se desplegó por el camino alejándose a un tiempo después de que uno de ellos golpeara el suelo fuertemente con sus patas traseras como señal de aviso (44!... 45, 46, 47, 48...). La mayoría eran gazapos muy jóvenes, apenas un bocado para el posible cazador. Ya rebasada la línea de árboles aún me encuentro alguno más  mientras me acercaba al puente que cruza sobre el canal
(49... 50... 51...). Poco antes de pasar al otro lado del canal asusto a una familia de patos con sus pequeños patitos que salen huyendo desplegados en abanico aguas arriba; entonces entreveo en los arbustos al número 52 escondiéndose silenciosamente. A partir de aquí, ya próximas las huertas de ocio para la tercera edad del pueblo alcarreño de Alovera, no vuelven a aparecer hasta que, en el camino de vuelta por el otro lado del canal, aparecen tres más que se ocultaron rápidamente entre unos altos matorrales en un cruce de caminos, casi al lado de las tapias de los primeros chalets (el 53, 54 y el 55, parecían estar a gusto entre la basura abandonada al lado del camino). 
Ya de vuelta dejé de contarlos. Seguían apareciendo, eso sí, pero avanzaba el día y, estos, son animales de hábitos crepusculares. Además, los practicantes de footing corrían ya por la pista asustando desde larga distancia a los sensitivos animales. No fueron tantos como en el temprano amanecer, pero seguían saltando gazapos rezagados... "
Jesús Marcialem, el germano, llegó a su villae contento. Esa prodigiosa fecundidad que observó en el campo le había inspirado. Subió a la habitación de su esposa que se desperezaba y se tendió a su lado...

lunes, 2 de enero de 2012

Arqueología fotográfica

¡Vaya, hoy he aprendido a hacer un álbum con la herrramienta Picassa del todopoderoso Google! Así que os presento el primer álbum del blog.



Pero merece un pequeño artículo. En homanaje a la nostalgia...

1978. Burgos. Una tarde cualquiera. Dos jóvenes alocados, inquietos, soñadores. Una vieja buhardilla de la calle Romanceros. Un tejado abrasado por el sol de la tarde sobre sus cabezas. Un techo inclinado y bajo. Paredes enfoscadas en cemento gris. Trastos. Bidones de fuel para la calefacción. Cajas. Enseres. Una puerta que comunica con el pasillo a la derecha. Las bisagras al costado de la pared (apenas un palmo más alta que sus cabezas). Frente a la puerta un ventanuco vuelto opaco con telas y cartones. Una vieja mesa de madera contra la pared. Una luz roja. Una ampliadora de saldo. Negativos en desorden, húmedos aún...

Apagan unos segundos la luz roja. Aún se perfila en el marco de la puerta un resquicio de luz. Meten el chasis en la bolsa negra junto al tanque de revelado. Una mano, a tientas, extrae el rollo de negativos y lo introduce en la espiral del tanque. Son metro y medio de película Negrapan 21. Unas 36 fotos.

Ya fuera de la bolsa echan el ácido de revelado desde su botella de plástico convenientemente abollada para achicar todo el aire posible y que la oxidación no estropee el ácido. Un reloj y un termómetro. Espera de 8 minutos. A continuación, rápidamente, desalojan el ácido y añaden un baño de paro con una ligera disolución de vinagre. Posteriormente, sin perder un instante, el baño fijador. Esperan de nuevo mientran charlan y escuchan la música de Queen que suena a todo volumen desde el cassete. Después se devuelve el fijador a su recipiente, se enciende la luz y se extrae la larga tira del negativo. Se sujeta entre índice y pulgar de cada mano. Se estira y se observa a contraluz aún con los ojos entrecerrados por ese resplandor desacostumbrado.

Diminutas imágenes, brillantes y húmedas, aparecen ante sus ojos.

- ¡Bueno, no han salido mal!
- ¡Vaya caras!
-Mira. ¿has visto a esta parejita?
- ¡A ver, déjame!...

Cuelgan los negativos con pinzas en una cuerda ante la pared. Esperan unos minutos a que se sequen. El positivado es gratificante, pero el papel caro. Apenas les queda algún sobre de Valca y media caja de papel de 7 x 10. Sacarán algunas. Las que estén mejor. Las de las chicas favoritas. las de los más íntimos...

- ¿Y el resto?
- Haremos un positivado de los negativos directemente sobre papel con un cristal.

Y un par de horas después saltan los positivos desde la pulida placa de níquel de la esmaltadora (también de saldo). Pequeñas fotos que se repartirán el día siguiente en clase. Y un par de positivos de 18 x 24 con positivos por contacto de las tiras ya cortadas en grupos de 7 fotogramas.

Al finalizar los negativos se guardan en sus fundas de papel. Pese a ello el polvo ya habrá hecho estragos en su delicada superficie. Después el pequeño sobre alargado se guarda en algún cajón o se deja símplemente sobre la mesa.

Así, como tantas otras, esas intantáneas de la vida quedan olvidadas, perdidas, guardadas en algún lugar desterrado de la memoria.

Sin embargo, de vez en cuando, aparecen aquí o allá. De una manera u otra. Y los rescatamos con sorpresa y ternura. Los desenterramos como a viejos dinosaurios. Y los volvemos a exponer en el museo de la vida.