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lunes, 27 de febrero de 2017

Chirigota Los Papamoskas 2017. "Conga Final"


Buen trabajo, chicos, he pasado un rato buenísimo viendo y escuchando vuestros vídeos. Gracias y felicidades por vuestro esfuerzo. Os debemos más de media hora de risas. Me hubiera gustado estar ahí cntemplando vuestra charanga en directo. Es más, me hubiera gustado participar con vosotros y cantar con el humor y la "mala leche" que ponéis en las letras. Os espero todos los años. Ánimo y adelante. Seguid así.  

Chirigota Los Papamoskas 2017: "Susana & Pedro"

Chirigota Los Papamoskas 2017. "Canciones infantiles"


Que canten los precarios
Dale Errejón
Los bancos

Chirigota Los Papamoskas 2017. "Canon independiente"

Chirigota Los Papamoskas 2017. "Mi aifon"

Chirigota Los Papamoskas 2017: "Segunda Ronda de Cuplés"



Gastronomía
Paraísos fiscales
De tal palo.

Chirigota Los Papamoskas 2017. Primera Ronda de Cuplés


Los Monarcas
Running
El Hospital de Burgos

Chirigota de Los Papamoskas 2017: "Canción de entrada"

CARNAVAL 2017 Homenaje Chirigota Papamoskas 2017

Un año más (y cada vez mejor) la chirigota burgalesa de los Papamoskas presenta sus nuevas canciones. Robando tiempo a las actividades cotidianas han reunido las horas de ensayo y composición necesarias para preparar la edición de este año. Como siempre encontraremos en sus canciones letras satíricas, poemas ingeniosos, crítica mordaz a partir de los acontecimientos del año transcurrido y una eficaz coreografía. Desde aquí mis felicitaciones a este grupo que consigue cada año la proeza de tener a punto unas murgas que nos harán sonreír.

Familiares y amigos están entre sus componente; pero aunque no fuera así se merecerçían nuestro apoyo. ¡Son geniales!  


Este vídeo sirve de presentación. Y después... las chirigotas del 2017

martes, 14 de febrero de 2017

Monacatus

Estoy terminado antiguos trabajos de edición pendientes. Este data nada menos que del 2011. Pero quería terminarlo. Y aquí está. 


Por fin, el 8 de agosto, pude visitar una de las exposiciones de "Las Edades del Hombre". Le había echado ganas a ver una de esas exposiciones que desde hace años se instalan en algún hermoso recinto religioso de Castilla León y que son surtidas con los valiosos ejemplares que albergan las once diócesis católicas de Castilla-León  (la riqueza patrimonial de esta autonomía abarca el 50% de todo el arte sacro de la nación).

Las exposiciones Edades del Hombre han visitado ya numerosas localidades: Valladolid, Burgos, León, Salamanca, Amberes, El Burgo de Osma, Palencia, Astorga, Zamora, Nueva York, Zamora, Ávila, Ciudad Rodrigo, Ponferrada, Soria, Medina del Campo y Medina de Rioseco. El ciclo expositivo llega ahora a Oña, Burgos, y ya ha superado los 10 millones de visitantes desde que se iniciara en 1988 en Valladolid.

Son todo un acierto los lugeres donde se instalan las exposiciones. En esta ocasión la exposición se instala en tierras burgalesas concretamente en la comarca de Las Merindades: Allí se encuentra El Monasterio Benedictino de San Salvador de Oña que acaba de cumplir un milenio. Efectivamente, se cumplen ahora mil años de la fundación del Monasterio de San Salvador (1011) por el Conde de Castilla Sancho García, nieto de Fernán González. El recinto albergará de mayo a diciembre la exposición por su valor cultural y su relación con la monarquía medieval, como muestran las tumbas de los reyes Sancho III de Navarra y Sancho II de Castilla sitas en el monasterio. Debemos recordar que Burgos fue sede de una de las primeras ediciones de este proyecto cultural en 1990 con la exposición: "Libros y Documentos en la Iglesia de Castilla y León", instalada en su catedral. En la nueva etapa del proyecto de Las Edades del Hombre se han buscado sedes no catedralicias buscando la revalorización del territorio y la utilización de lugares monumentales de significación relevante. En esta ocasión el visitante de 'Monacatus' podrá disfrutar de toda la comarca de la Bureba, de la que Oña ejerce de foco cultural y natural junto a los conjuntos históricos de Frías y Poza de la Sal y sus imponentes castillos; o la villa de Briviesca, con sus distintos hitos monumentales. Unos atractivos que se pueden prolongar a toda la provincia burgalesa. 

La gran novedad expositiva de esta edición reside en la cuidadosa puesta en escena donde jugará un papel importante la captación del mensaje por medio de los sentidos y de las vivencias en el contexto de la muestra. Integra contenido fotográfico, manifestación artística que hasta ahora no había tenido cabida en anteriores ediciones.

La exposición la forma seis capítulos y 138 piezas que abordan diferentes aspectos de la vida contemplativa, la vida cotidiana, la oración, los fundadores de órdenes y monasterios o la relación entre monarquía y monacato a través de sus propios objetos o de la visión de artistas de la talla de Zurbarán, El Greco, José de Ribera, Gregorio Fernández o Francisco de Goya. Agustín Lázaro es el Comisario de la exposición Monacatus.
En el Capítulo I con el tema Cristo como origen, fortaleza y término de toda vocación religiosa encontramos temas iconográficos seleccionados conforme a los comentarios de Juan Pablo II acerca de la vida consagrada.
El Capítulo II presenta los personajes bíblicos y los santos que marcharon al desierto, personajes históricos de Castilla y León y de Burgos, en particular, que se retiraron del mundo buscando un camino de mayor perfección cristiana, viviendo solos o en comunidad. También se abordan las primeras fundaciones cenobiales acontecidas en nuestra comunidad, con especial atención al Monasterio de San Salvador de Oña.
El Capítulo III está dedicado al “Ora” clásico de la vida religiosa: La Liturgia de las Horas, la celebración eucarística y la lectio divina.
En el capítulo IV se analiza la relación entre la monarquía y el monacato en Castilla y León, haciendo hincapié en la vinculación de Oña con el nacimiento de Castilla.
El Capítulo V aborda el “Labora” mediante desglosándolo en partes: la regla, el abad, el scriptorium, los horarios, la hospitalidad, la comida y todas aquellas cosas que conforman la vida comunitaria cotidiana de los monjes.
Finalmente en el capítulo VI se tratan las figuras de los santos fundadores y las órdenes monásticas presentes en Castilla y León (benedictinos, cistercienses, premostratenses, cartujos y jerónimos).

Así que realizamos la visita en una soleada tarde de agosto. Oña lucía en la mañana vestida de domingo como preparada para dar la bienvenida a los visitantes. Yo recordaba ese pueblo especialmente por sus cangrejos, unos cangrejos de grandes colas y gruesas patas que pescaba Ramiro, un familiar al que apreciábamos. Un par de veces visitamos su casa siempre aparecía esa especialidad gastronómica en la mesa. Era muy niño y me impresionaron entonces más aquellos magníficos crustáceos que toda su monumentalidad medieval y su imponente monasterio.

El nombre de la exposición y el poster de presentación me provocaban la leve sospecha de que sería una exposición aburrida, muy contemplativa, lenta y monótona como un canto gregoriano. Pero al traspasar las salas y detenerme ante los expositores y las fotografías los recuerdos acudían a mí y alentados por los objetos que veía o las historias que leía en los paneles. Bien es verdad que no había vivido en ningún monasterio, sin embargo había situaciones compartidas en mi paso por tres juniorados maristas y algunas experiencias peculiares. Podría pensarse que un niño, y después joven, en un internado es refractario a espiritualidad alguna y es verdad que el cuerpo pedía jugar a la pelota, correr, nadar, cantar y gritar por los rincones; pero también es verdad que existen los atardeceres, las madrugadas aletargadas por el sueño, las largas horas de capilla,  las noches solitarias... El primer año, en el juniorado de Miraflores, en el mismo Burgos, compartíamos tapia de vecindad con la huerta de los cartujos. Algo de espiritualidad debieron contagiarnos. A veces los veíamos trabajar en el huerto al otro lado del muro y en muchas ocasiones visitamos la Cartuja con lo que estábamos familiarizados con la magnífica talla de San Bruno o los rosarios de pétalos de rosa que vendían a los turistas. A ellos, apenas se les veía pues su regla les impone recogimiento y silencio. En Arévalo, Dios lo sabe, con trece y catorce años resultaba difícil la introspección y el silencio. Pero a veces, se conseguía una atmósfera de trascendencia en las oraciones y ejercicios espirituales: algunos compañeros llegaron a tener visiones de la Virgen María ¡Ahí es nada! En Tuy, en plena adolescencia, el misticismo se mezclaba con las hormonas. Pero en ocasiones te sentías traspasado de espiritualidad, sobre todo si el ambiente era propicio: las luces tenues, las velas, la música religiosa, la obligada meditación... Llegué a tener mi "oratorio" particular en la azotea, sobre la hermosa capilla. Allí, en los atardeceres naranjas y verdes sobre Portugal, sobre la cinta azul de Miño, meditaba yo sobre la porción de la vida que me era permitido conocer. Un año más pasé en Salamanca, ya postulante. Este era un grado con alguna connotación premonástica. Aquí las meditaciones, oraciones y reflexiones eran más profundas. En el año siguiente se comenzaban los estudios eclesiásticos con asignaturas de nombre revelador como: Cristología, Mariología, Nuevo Testamento, Antiguo Testamento... Entre tanto estudiábamos la vida del Beato Marcelino Champagnat, fundador de la orden. Aquí, entre ratos de oración, estudio y tiempo libre en la habitación disponíamos de largas horas para reflexionar.
En realidad esa vida no difiere mucho de la vida en un convento. Muchas actividades eran comunes a las que se realizaban en los monasterios: estudio, oración, trabajo manual (huerta, limpieza, refrigerio...), canto... La vida en común, similar a la de los monjes (quizás más cómoda, aunque recuerdo algunas "semanas de la dureza" en las que el castigo al cuerpo no desmerecía de un cenobio medieval. Finalmente, como les pasa a algunos monjes inadaptados, fui amablemente invitado a dejarlo. Y, para mi sorpresa, me pilló tan de improviso que no supe qué hacer. Permanecí un par de días siguiendo con la rutina habitual como si no hubiera pasado nada hasta que fui llamado de nuevo y me recordaron que "ya no debía permanecer allí". Nunca entendí muy bien el motivo. Supongo que no me entregaba en cuerpo y alma a la vida religiosa. 

A partir de ese momento intenté desconectar de ese mundo. Aún asistía a las iglesias (el  hábito me hizo apreciar ese lugar para pensar) pero me fui alejando de aquella vida que fue la mía por seis años. 

Un día salí en bici desde Miranda de Ebro  para hacer una ruta por los Montes Obarenes. A unos 11 kilómetros al Suroeste de Miranda me topé con la tapia de un viejo monasterio. Era un día caluroso y no tenía agua. Paré en la puerta y mirando tras una rendija vi a un monje paseando. Me atreví a llamarle y este acudió lentamente. Me abrió la puerta y sus ojos me miraron inquisitivamente bajo su capucha. Le expliqué que necesitaba agua y me indicó un pilón al lado del muro, a unos cincuenta metros. Bebí y aproveché para refrescarme la cara abrasada por el sol. El monje se volvió, vergonzoso, mientras me lavaba. Cuando me acompañaba a la puerta me habló: - Sé porqué estás aquí. Dios te ha enviado. Él quiere que vengas a este monasterio.

Espantado monté en la bici y huí pedaleando despavorido. Como si el mismo diablo me hubiera tentado, no miré atrás. Dejé a mi espalda el Yermo, el Monasterio Camaldulense de Santa María de Herrera propiedad de la congregación de Eremitas Camaldulenses de Monte Corona que practican el eremitismo romualdino. 

Decididamente el monacato ya no era lo mío. 

miércoles, 4 de enero de 2017

Bodas de Diamante de Cecilio y Margarita


Dicen que el diamante es la piedra más dura que existe y también la más valiosa, mucho más que la plata y el oro. Hace falta mucho tiempo para que esta gema se forme en las profundidades de la Tierra. Los diamantes de la vida, Margarita y Cecilio, también tardan mucho en formarse. 

Han pasado ya sesenta años desde que un frío 4 de enero de 1957 os jurasteis, el uno al otro, lealtad y respeto. En la bóveda de la iglesia de Ayuela resonaron entonces estas palabras:

"Prometo serte fiel, amarte, cuidarte y respetarte, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad; todos los días de nuestra vida"

Hoy, seis décadas después, podéis afirmar que habéis cumplido la promesa. ¡Y, mira que han pasado cosas! Menos la lotería os ha tocado de todo: habéis gozado de salud y la disfrutasteis, sufrido la enfermedad y os sobrepusisteis; superasteis las necesidades demostrando que el dinero no es lo más importante; os desprendisteis generosamente de vuestras pequeñas riquezas para dar la mejor educación posible a vuestros hijos; disfrutasteis de las cosas buena de la vida: la alegría de los hijos, el bullicio de los nietos, compartisteis sus  éxitos, supisteis consolarlos en los fracasos , ayudarlos en sus necesidades, guiarlos en los caminos errados de la vida... y lo seguís haciendo en la medida de lo posible, mientras el cuerpo aguante. 

Han pasado sesenta años ¡quién lo diría! Sesenta años compartiéndolo todo: el primer año de convivencia en Ayuela, los años de Carrión y, al final, los largos años habitando en Burgos, la ciudad en la que vivís desde hace tanto tiempo, desde cuando la casa en la que habitáis era un campo de cereal. En cada ciudad, en cada barrio, mantenéis buenos amigos que os recuerdan con aprecio. Han pasado  21.915 días en los que han cabido innumerables bromas y enfados, risas y llantos, frustraciones y esperanzas. Días que han dado de sí para disfrutar de largos viajes, incontables excursiones, largas temporadas en el pueblo que os vio nacer, infinidad de visitas a familiares y amigos...


Hoy estamos aquí los que os amamos. Queremos ser como el noble metal que abraza la gema que representa vuestro aniversario, el anillo que rodea el diamante de vuestros sesenta años de matrimonio. Hemos hecho un hueco en nuestras vidas para acompañaros, para demostraros nuestro afecto. Queremos que sea un día feliz. Tenemos mucho que agradeceros y poco tiempo para demostrároslo.  Por eso me apresuro a terminar: gracias por vuestra vida, que es parte -y buena parte- de la nuestra. Gracias.  

domingo, 20 de noviembre de 2016

Un paisano de Sedano


El coche paró al costado de la carretera, bajo un nogal. Sedano no estaba lejos. El conductor bajó apresuradamente y alivió su vejiga contra el grueso tronco del árbol. Con un suspiro de satisfacción cerró la cremallera mientras volvía la cabeza para contemplar el entorno. En el suelo, ya limpio por la rebusca de las nueces de temporada, descubrió una nuez, escondida entre la hierba. Se agachó y la cogió. Tenía buen aspecto y le apeteció probarla. Montó en el coche y apretó la cáscara con las dos manos esperando oír el crujido que le anunciara el libre acceso a su rico contenido. Pese al dolor de una fuerte presión la nuez se mantenía intacta.
- ¡Jodeeerr...!
El exabrupto salió por la ventanilla y su sonido voló por los alrededores...

El paisano, con la boina calada que tapaba sus canas de sesentón,  detuvo su bicicleta de medio siglo al lado del vehículo. Levantó la barbilla en dirección al viajero que seguía peleando con la nuez:
- ¿Es suyo ese árbol?
- No...
- ¿Lo ha plantado usted?
- No...
- Y si no es suyo y no lo ha plantado: ¿Por qué coge esa nuez?
- Porque estaba en el suelo.
- Ya, pero, si no es suyo el árbol... ¿por qué coge usted esa nuez?
- ¡Pero si era la única!
- Pero no es suyo el árbol ¿verdad?
- ¡Que solo es una nuez, que estaba abandonada, que se iba a pudrir!
- ¿Pero la nuez era suya o no era suya?
...

El viajero, estupefacto, se queda con la boca abierta. La nuez le quema como una brasa en las manos. Sale del coche y soltándola la da un puntapié que la manda cincuenta metros más allá, sobre los campos de labor.
- ¡A tomar por culo la dichosa nuez!
Y montando enfadadísimo en el coche arranca al instante.

El paisano, aún de pie sobre la bicicleta, le grita mientras se incorpora a la carretera:
- Bueno, pues si usted quería nueces, yo le puedo vender...

jueves, 16 de junio de 2016

Wellington ad portas

Un siglo antes de que naciera mi madre (cuyo 93º cumpleaños hemos celebrado este 12 de junio) y recién aprobada la Constitución de Cádiz, llamada La Pepa, durante la Guerra de la Independencia tuvo lugar en Burgos la batalla por la toma del Castillo de la ciudad protagonizada por el aglomerado de tropas del general inglés Wellington y las del general napoleónico Dubreton.

Por primera vez en la historia de la ciudad se aprobó este año la iniciativa de realizar una recreación histórica de este hecho de gran transcendencia para la ciudad. El poderoso castillo que coronaba la ciudad con su austera silueta saltó por los aires un año después de aquella batalla, minado por las propias tropas francesas que  habían resistido los asaltos a que fue sometido durante un mes por las tropas inglesas, portuguesas y españolas. Algunas de las piedras que volaron por los aires cayeron sobre los tejados de la catedral y varias iglesias. Eso nos dejó un castillo derruido en medio de dos colinas de gran belleza forestal y que fueron lugares favoritos de mis  juegos infantiles y paseos adolescentes. En aquella época coronábamos las murallas desdentadas, nos adentrábamos en los derruidos torreones, explorábamos cuevas y pasadizos... Desde el espléndido mirador del Castillo contemplábamos con ensoñación la ciudad identificando los lugares conocidos y los que desearíamos conocer y explorar en los días venideros. En sus descampados jugábamos a fútbol o nos adentrábamos en la floresta jugando al eternos juego de sorprender o ser sorprendidos.
 
Pero por aquellos días de septiembre y octubre de 1812, en aquellos bucólicos parajes, se escuchaban las descargas de fusilería y las disparos de los cañones desde el hornabeque del Cerro de San Miguel. En los rincones arbolados se habían construido parapetos y varias minas avanzaban hacia las murallas desde diversos puntos. En los  bosques de alrededor eran frecuentes las refriegas y los avances y retiradas de tropas en medio de la confusión se sucedían continuamente. En la humbría, bajo los árboles, en los claros del bosque, en las llanuras que coronan los cerros combatieron al estilo de la época soldados de cuatro nacionalidades.

Comentadas por potentes altavoces situados en el mirador de aves del Cerro de san Miguel los dos ejércitos recrearon las maniobras de aproximación de las tropas de Wellington y la resistencia de las tropas  el general Dubreton. El ascenso a la colina, a pie, me recordó que ya no estaba tan en forma como en mis años jóvenes cuando subía corriendo de un tirón hasta este mismo cerro y más allá en las heladas mañanas burgalesas nada más levantarme de la cama y antes de dirigirme a estudiar la oposición en la biblioteca de la caja de Ahorros Municipal. Llegué resoplando y regurgitando las croquetas de la comida. Me encontré allí un público que se apretaba contra las vallas de madera que rodean el perímetro en un largo de kilómetro aproximadamente. A esa distancia, más o menos, se encontraban las fuerzas de ambos ejércitos diseminadas en pequeñas formaciones de compañías y patrullas. La artillería, cañones reales de época, atronaban literalmente mientras disparaban exclusivamente con pólvora; pero con fogonazos y humareras de gran realismo. Los setecientos figurantes, muchos de ellos venidos de varios países: Inglaterra, Francia, Portugal y España (Galicia, Madrid...) lucían vistosos uniformes, perfectamente diseñados siguiendo los modelos de la época, y portaban fusiles de avancarga (algunos originales) que disparaban tras avanzar líneas en descargas cerradas dirigidas por oficiales que, y esto me llamó considerablemente la atención, se tomaban su papel perfectamente en serio, arengando y dictando las órdenes con una convicción impresionante.  En su progresión hacia las defensas francesas se apreciaba claramente el despliegue de las patrullas que hostigaban los flancos en parejas de a dos que se protegías y alternaban en los disparos. Con disciplina militar se desplegaban a una orden de su superior y se replegaban ante el avance de la caballería francesa formando un cuadro con las bayonetas caladas y alzadas contra las monturas. Pude comprobar su  buen adistramiento pues incluso se perfilaban tras el compañero para exponerse lo menos posible a las descargas de fusilería que, pese a su poca efectividad en distancias de cien metros, suponían  una lotería de plomo mortífera.

Mis hermanos y yo, recorrimos el perímetro rodeando la explanada y nos situamos al borde del talud opuesto al grueso de los espectadores. Desde esta posición más desahogada de público se descubrían mucho mejor los innumerables y curiosos detalles que se ponían en juego: no faltaban las mujeres que acarreaban munición, agua o incluso portaban fusiles y formaban parte de las compañías; ocasionalmente se veía aparecer un médico con un escalpelo en la mano y su delantal ensangrentado con aspecto de carnicero; un pequeño tamborilero que marcaba el paso de la compañía con el redoble de su tambor, el general Wlellintong a caballo arengando y dando órdenes, la caballería francesa atacando los flancos y la retaguardia (eso sí andaban un poco escasos de caballos, pues solo vimos 6-8 por toda la campa),,,   En a refriega final, ¡por fin! vimos caer a algunos soldados que imitando un  rictus de dolor al estilo de las viejas películas (nos empezaba a extrañar que no se "muriera" nadie con tanta descarga de fusilería porque, la verdad, las descargas y las salvas se sucedían frenéticamente poblando el aire de nubes de pólvora y de las particulares detonaciones de los fusiles de chispa).        

El público comentaba curioso todas estas cosas. Algún mozalbete no paraba de criticar el espectáculo aduciendo que era "una mierda", que en las películas era mucho mejor; mi hermano observaba que la mayoría de los figurantes parecían jubilados (eso sí, evidenciando una férrea disciplina castrense); los niños miraban arrobados  el brillo de los uniformes y sonreían felices cuando al final, algunos de los soldados se dejaban retratar con ellos cediéndoles la gorra... Sorprendía el verismo de sus maniobras, su marcha al paso, su postura militar...
Tras la batalla en la llanura, se dramatizó el asalto a una posición en lo alto de un terraplén con defensas y parapeto. Yo, personalmente, sufría por aquellos jubilados que subían sudorosos colina arriba mientras cargaban una y otra vez, compulsivamente, sus fusiles. Algunos habían agotado ya las 50 o 100 cargas que llevaban en su morral (por cierto las cargas las empaquetaban en papel de periódico formando pequeños cartuchos que mordían con los dientes y con los que llenaban el cañón de su mosquete al que luego pasaban la baqueta: unos diez segundos para cada disparo más o menos).

Tras este último encontronazo se sucedieron las escaramuzas (ya sin orden ni concierto) por los bosques cercanos en cuyas inmediaciones se encontraban los campamentos a los cuales visitamos. Nos asustamos un poco al ver la enorme hoguera que los "voluntarios de Madrid" habían encendido en medio de los árboles con la hierba seca, tras haber sido cortada hacía días y un montón de sacas de  paja: no es ya que estuviera prohibido (que lo está), es que el peligro de incendio era muy cierto.

Aquí, todo el mundo desperdigado, fue la diáspora de tropas y público. Algunos se dirigieron al cerro del castillo (y de paso visitaron el campamento de infantería francesa) y otros no retiramos hacia la ciudad bajando hasta la catedral donde nos esperaba el resto de la familia.

Como conclusión os diré que la experiencia me resultó muy interesante. Me conmovió el enorme esfuerzo de esos voluntarios en organizar un evento semejante. Me desconcertó el contemplar en vivo la inmensa carnicería que suponían ese tipo de batallas donde  se avanzaba a paso lento en apretada formación expuesto al pin-pan-pun de la fusilería enemiga: no podía encontrar ninguna gloria en eso. Me encoraginé un tanto por los vándalos que, en las semanas anteriores, habían destruido todas las defensas que el grupo de scouts de mi sobrino habían ayudado a construir como contribución al evento. Me alegré de saber un poco más sobre la historia de esta ciudad con posibles y me congratulé con mis conciudadanos por el simpático ambiente de esos días con lustrosos soldados por las calles, gran cantidad de turistas y visitantes y bullicio de las calles. Al final, algo tan aparatoso y criticado por algunos, incluso merece la pena.     



NOTA: En esta página tenéis muy bien documentada la batalla del Castillo. Os la recomiendo.

lunes, 2 de enero de 2012

Arqueología fotográfica

¡Vaya, hoy he aprendido a hacer un álbum con la herrramienta Picassa del todopoderoso Google! Así que os presento el primer álbum del blog.



Pero merece un pequeño artículo. En homanaje a la nostalgia...

1978. Burgos. Una tarde cualquiera. Dos jóvenes alocados, inquietos, soñadores. Una vieja buhardilla de la calle Romanceros. Un tejado abrasado por el sol de la tarde sobre sus cabezas. Un techo inclinado y bajo. Paredes enfoscadas en cemento gris. Trastos. Bidones de fuel para la calefacción. Cajas. Enseres. Una puerta que comunica con el pasillo a la derecha. Las bisagras al costado de la pared (apenas un palmo más alta que sus cabezas). Frente a la puerta un ventanuco vuelto opaco con telas y cartones. Una vieja mesa de madera contra la pared. Una luz roja. Una ampliadora de saldo. Negativos en desorden, húmedos aún...

Apagan unos segundos la luz roja. Aún se perfila en el marco de la puerta un resquicio de luz. Meten el chasis en la bolsa negra junto al tanque de revelado. Una mano, a tientas, extrae el rollo de negativos y lo introduce en la espiral del tanque. Son metro y medio de película Negrapan 21. Unas 36 fotos.

Ya fuera de la bolsa echan el ácido de revelado desde su botella de plástico convenientemente abollada para achicar todo el aire posible y que la oxidación no estropee el ácido. Un reloj y un termómetro. Espera de 8 minutos. A continuación, rápidamente, desalojan el ácido y añaden un baño de paro con una ligera disolución de vinagre. Posteriormente, sin perder un instante, el baño fijador. Esperan de nuevo mientran charlan y escuchan la música de Queen que suena a todo volumen desde el cassete. Después se devuelve el fijador a su recipiente, se enciende la luz y se extrae la larga tira del negativo. Se sujeta entre índice y pulgar de cada mano. Se estira y se observa a contraluz aún con los ojos entrecerrados por ese resplandor desacostumbrado.

Diminutas imágenes, brillantes y húmedas, aparecen ante sus ojos.

- ¡Bueno, no han salido mal!
- ¡Vaya caras!
-Mira. ¿has visto a esta parejita?
- ¡A ver, déjame!...

Cuelgan los negativos con pinzas en una cuerda ante la pared. Esperan unos minutos a que se sequen. El positivado es gratificante, pero el papel caro. Apenas les queda algún sobre de Valca y media caja de papel de 7 x 10. Sacarán algunas. Las que estén mejor. Las de las chicas favoritas. las de los más íntimos...

- ¿Y el resto?
- Haremos un positivado de los negativos directemente sobre papel con un cristal.

Y un par de horas después saltan los positivos desde la pulida placa de níquel de la esmaltadora (también de saldo). Pequeñas fotos que se repartirán el día siguiente en clase. Y un par de positivos de 18 x 24 con positivos por contacto de las tiras ya cortadas en grupos de 7 fotogramas.

Al finalizar los negativos se guardan en sus fundas de papel. Pese a ello el polvo ya habrá hecho estragos en su delicada superficie. Después el pequeño sobre alargado se guarda en algún cajón o se deja símplemente sobre la mesa.

Así, como tantas otras, esas intantáneas de la vida quedan olvidadas, perdidas, guardadas en algún lugar desterrado de la memoria.

Sin embargo, de vez en cuando, aparecen aquí o allá. De una manera u otra. Y los rescatamos con sorpresa y ternura. Los desenterramos como a viejos dinosaurios. Y los volvemos a exponer en el museo de la vida.