martes, 30 de julio de 2013

En el pueblo, con mi madre.


Me admira la extensa red de relaciones sociales que ha tejido mi madre entre familiares y conocidos. Reconforta contemplar la sorpresa y el cariño de algunos cuando les cuenta alguna anécdota desconocida o les aporta alguna noticia de sus familiares: olvidadas historias sobre la sobrina del cura, confidencias de antaño, pequeños pecados de juventud... Sonreía aquel maduro señor de Valderrábano al recordarle el comentario que la hizo en el baile cuando, moza ella, bailaba junta a una amiga y se acercó a buscar pareja: "A estas no que soy viejas" - ¡Vieja será tu abuela!, le contestaron...
Se asombran, las que son de su quinta, por lo bien que se conserva y la miran con envidia y admiración las que, más jóvenes, aparentan muchos años más.
Otras veces comparte información y dolor cuando la desgracia ha sobrevenido a algún viejo vecino: -!Sí, es verdad, tuvieron que cortarle las dos piernas porque se le estaban gangrenando! Tenía fuertes dolores pero no se quiso quejar, intentó tirar para delante sin contárselo a nadie y al final hubo que amputarle porque ya era demasiado tarde...!
De un tiempo a esta parte todos son entierros y apenas alguna boda. Ningún bautizo. De las cuatro ramas del árbol familiar tan sólo una da frutos.

Me conmueve  el anhelo que muestra año tras año por pasar unos meses en el pueblo en la vieja casa de adobe que es toda su herencia: cada verano recién bajada del coche que la acerca al pueblo se apresura a entrar en el patio descuidado, se arremanga y se pone a arreglar sus flores, sus macetas... Luego durante varios días limpia la casa, acondiciona el viejo frigorífico, ordena y repone la oscura despensa... No pasa mucho tiempo antes de que esté trullando alguna pared, taponando una ratonera o sujetando con cemento (o lo que pilla) los viejos baldosines de la trébede.

Muchas veces me levanto antes de las 9, antes de que baje de su pequeña alcoba, la peor de la casa, que elige precisamente para dejarnos a nosotros las otras, mejores. Me gusta sentarme en el sillón del tío cura: el único asiento con brazos a lo largo del banco corrido adosado a la fría pared (tan fría que hay que colocar un cojín si no quieres enfriar tus delicados riñones). Está situado al lado de la trébede, muy cerca de la lumbre. Enciendo el fuego aunque no haga frío, sólo por el placer de contemplar las llamas.  Me encanta pensar mientras las llamas envuelven los viejísimos troncos traídos desde la improvisada leñera, acumulados allí hace decenas de años. De vez en cuando, desde la ventana, se observan dos gatitos jóvenes de la docena que protege Dari, la vecina de la parte de atrás, y que suelen jugar en nuestro patio. Se han acostumbrado a venir a esta parcela abandonada durante meses y aprovechan las primeras horas de la mañana, sin gente, para desplegar todo un abanico de acechos, persecuciones y peleas cariñosas: se turnan para esconderse, se agazapan ante el vuelo rasante de algún pájaro, saltan al aire en busca de una mariposa... Uno de ellos se acerca a mi coche, husmea el parachoques y finalmente le da unos legüetazos buscando la mínima golosina de los insectos estrellados en él.

Escribo esto sentado en el tosco sillón del tío cura mientras los trozos de madera de chopo arden sin calentar apenas (esos viejos restos de madera provenientes de la limpieza del río son el combustible más a mano que encontramos últimamente). Pequeñas lenguas de fuego abrazan las oálidas astillas y bajo ellas la brasas forman un brillante palacio de rubíes. Una delgada capa de ceniza blanca forma un pequeño alero nevado en el borde de la madera. Mi madre trae del patio un pequeño montón de cortezas medio  podridas. Yo, con las grandes tenazas de hierro, las echo al fuego. En pocos segundos, una docena de insectos xilófagos, sus íntimos habitantes, salen a la arrugada superficie buscando huir del intenso calor. Corren alocadamente de un extremo a otro de  su pequeño mundo buscando alivio, pero ninguno se decide a abandonar su conocido hogar de celulosa. Yo pienso ¡con lo fácil que sería huir por el fresco piso de cemento...! Uno de ellos, finalmente se decide y emprende una huida realmente vertiginosa para su pequeño tamaño. Un empujón con el escobajo de paja que usa mi madre para barrer la ceniza le devuelve al pequeño infierno.   Otras dos veces lo intenta y otras tantas la escoba le devuelve a las llamas. Increíblemente los xilófagos sobreviven cinco minutos más corriendo alborotados sobre las delgadas cortezas ya presas de las llamas.

La cabeza se llena de historias al calor de la lumbre. Me quedo pensando en este apego de estos pequeños animales a su mundo como una metáfora de la vida: vivieron allí y allí quieren morir, en su viejo hogar.  

sábado, 27 de julio de 2013

La última curva


Santiago es un hervidero en el día del santo. Los albergues están abarrotados y los peregrinos invaden las calles y los establecimientos. La austeridad del camino se relaja cuando se llega a la meta, ansiada por tantos días. Santiago en este, su día, es una fiesta.

Pero la víspera un tren Alvia con su carga de viajeros y peregrinos descarriló en A Grandeira en el barrio de Angrois, en la penúltima curva de su trayecto y la última de su recorrido. Las imágenes del escalofriante accidente ponen los pelos de punta. Al tiempo uno se pregunta cómo pudo ocurrir una desgracia así.

Aún dejando tiempo a la consecuente investigación, he dedicado unos minutos a investigar con los escasos medios al alcance de cada cual, algunas de las extrañas circunstancias del suceso. Leo atentamente las noticias sobre el siniestro, me desplazado con google maps hasta el punto exacto del descarrilamiento, visiono media docena de veces el vídeo del accidente y consulto varias páginas web. Investigado además el rumor (confirmado confirmado con los pantallazos de los comenarios) de que el maquinista tenía una cuenta en facebook enorgulleciéndose y bromeando sobre la velocidad de la máquina que estaba conduciendo en ese momento (9 de marzo de 2012, a las 17:56) y que fotografió seguramente con su móvil. Igualmente repasé las conversaciones (públicas o no) que realizó, por desde la locomotora del tren, desde su móvil y a las personas que le acompañaron tras el accidente (algunas de las cuales se niegan a extenderse en detalles sobre las mismas, pues detallarlas podría perjudicar gravemente a su autor).

De todo ello (todas son presunciones) podría deducirse que:
1. La velocidad del tren (más del doble de la permitida) era "extrema". Será muy difícil probar que no existió error o voluntariedad en ese punto porque:
a) Tenía 10 años de experiencia y, probablemente conocía todo el trazado de la vía (la habría realizado  unas 60 veces, afirma el presidente de RENFE). La curva se iniciaba nada más salir de un túnel de más de medio kilómetro, el segundo al final de una la larga recta de 80 kilómetros que se iniciaba casi en Orense (lugar donde se puso al mando de la locomotora)
b) Si la información es cierta (como parece) el conductor alardeaba en facebook hace algo más de un año de la velocidad de la máquina que conducía: "Estoy en el límite, no puedo correr más, si no me multan". Así como bromeaba sobre una posible multa con el radar de la guardia civil a Renfe por exceso de velocidad.  Lo grave aquí (y me hace preguntarme sobre la inocuidad de las redes sociales) es presumir de ello y ¡sobre todo! utilizar el teléfono móvil en un trabajo de tanta responsabilidad y atención haciendo fotos, editando comentarios... Cualquier distracción, como se demostrará, puede resultar fatal. La fotografía que muestra del velocímetro a 200 km/h está tomada en marzo del año pasado (aún no conducía el modelo híbrido del Alvia siniestrado)
c) Una medida aproximada sobre la escala del mapa sitúa dicha curva a unos 3 km de la estación. Frenar un tren, con su inercia gigantesca, no es lo mismo que frenar un automóvil. Si 4 km antes de esta curva está ya señalizada la necesidad de reducir a 80 km/h, aunque no existiera la curva en cuestión, el convoy se vería muy apurado para detenerse en la estación en el corto recorrido restante (y eso sin contar otra curva similar, en dirección contraria, un kilómetro después).

2. El análisis de las manifestaciones del conductor tras el siniestro hacen pensar en una elaboración postraumática de los hechos tratando de alejar de sí la terrible sensación de culpabilidad que la tragedia provoca:
a) Su visualización en presente del accidente cuando declara: "Tenía que ir a 80 y voy a 190", parecen revivir la última imagen antes del impacto sin explicar qué pudo haber pasado segundos antes para ir a 80 en un tramo conocido.
b) Un reconocimiento de culpa, pero atenuado: «Somos humanos, somos humanos, espero que no haya muertos porque caerán sobre mi conciencia»,
c) Un cierto fatalismo: «Descarrilé, qué le voy a hacer, qué voy a hacer», como intentado culpar al destino.
d) Una posible negación de su "responsabilidad" (que etimológicamente guarda relación con "responder") al negarse a responder ante la policía. Aún salvaguardando los derechos a no declarar, si sus sentimientos son realmente honestos, pienso que debería colaborar con todo aquello que aclarara lo que pasó. El cierre de su cuenta en facebook, tras el accidente, también sugiere cierto encubrimiento planificado (el cierre de la cuenta, imagino, precisa de contraseñas que normalmente solo conoce su usuario). Alguien que le conociera, y con la cabeza muy fría, tuvo que preguntarle directamente al conductor por la misma y, éste, prestarse a colaborar a tal fin.

3. Ha existido un error humano evidente.
a) El mismo conductor lo reconoce en sus declaraciones, aunque no aclara las posibles causas del mismo.
b) Una de ellas podría ser la existencia de tres túneles intercalados en esta última parte del trayecto que hace pensar en la posible confusión del conductor que creyó (cuando atravesaba el segundo túnel)  que, en realidad, lo estaba haciéndolo a través del primero con lo que le daría margen (aunque ajustado) para reducir a la mitad la velocidad como habitualmente hacía. Si es así ¿qué pudo influir para que "olvidara" que el primer túnel había pasado?. Las declaraciones del propio conductor y de su ayudante podrían ayudar a determinarlo. Es difícil comprender, con todo, que este tipo de error se pueda cometer (por profesionales, en equipo de dos -que se vigilan mutuamente- , por trayectos conocidos y con "puntos críticos" tan significados como este).

4. Es  posible (los técnicos lo establecerán) que el diseño de la infraestructura no fuera adecuado. Habrá que dilucidar hasta qué punto se puede dejar "en manual" un proceso que podría hacerse "automático" siendo salvaguarda del error humano. El debate entre la idoneidad de los dos sistemas automáticos empleados, su relación costes-efectividad, las posibles implicaciones políticas y económica a la hora de diseñar los trazados y los sistemas...

Nos espera un proceso que esperamos clarificador y útil para el futuro. Las repercusiones humanas, políticas, económicas e incluso internacionales (está en juego la concesión del AVE en Brasil) son importantes. Esperemos que el proceso no descarrile en alguna de sus curvas.

jueves, 25 de julio de 2013

Carpe diem


Que los dioses tienen envidia de los hombres, ya lo pensaban los clásicos que describían la vida en el Olimpo de una comunidad de seres intemporales con pasiones humanas, pero vida insustancial. La inmortalidad aburre. Ese es el valioso tesoro de los hombres: el tiempo irrepetible, los días contados.

- "Carpe diem:  aprovechad el momento, chicos... haced que vuestra vida sea extraordinaria".- Susurra el profesor John Keating a los nuevos alumnos de la prestigiosa academia Welton mientras les muestra la orla de la primera generación de estudiantes del colegio y les dice que ellos no entendieron el concepto del carpe diem y que ahora, desde el más allá, les invitan a no perder un tiempo que no volverán a recobrar. La magnífica secuencia del film "El Club de los Poetas Muertos" es poderosamente sugerente.

Cuando el poeta latino Horacio escribió en una de sus Odas, apenas unos años antes del nacimiento de Cristo, este verso; no pensó que nos dejaba el legado de una de las frases más conocidas y utilizadas en la literatura, aunque quizás no en el sentido exacto con que él la usaba:
"Dum loquimur, fugerit invida aetas: carpe diem, quam minimum credula postero." 
(Mientras estamos hablando, he aquí que el tiempo, envidioso, se nos escapa: aprovecha el día de hoy, y no pongas de ninguna manera tu fe ni tu esperanza en el día de mañana.)


Este tópico de la literatura universal fue interpretado de diferentes maneras en las sucesivas épocas históricas: si durante la Edad Media se entendía como una invitación a gozar de los placeres del presente dejando a un lado el incierto futuro, en el Renacimiento se orientó a los ideales de belleza y perfección  (la belleza es mutable y se marchitará, aprovecha su esplendor), después en el Barroco retornó a la antigua concepción de la Edad Media pero poniendo un mayor énfasis en la muerte y finalmente con el Romanticismo se pone el acento en la invitación a gozar de la juventud, de la belleza y del sexo, mientras se está a tiempo. Algunas expresiones populares nos resumen, de manera simplificada, las diferentes interpretaciones del concepto: "Hoy comamos y bebamos que mañana moriremos" (canción de Juan del Encina) o las más actuales: , "Vivir a tope!"; En el refranero podemos encontrar expresiones populares como "!Que nos quiten lo  bailao! " o "No dejes  para mañana lo que puedas hacer hoy"En literatura se suele acudir al icono arquetípico de la rosa como símbolo de la belleza efímera: "Collige, virgo, rosas, dum flos novus, et nova pubes, / et memor  esto aevum sic properare tuum (Coge, doncella, las rosas, mientras está fresca tu juventud, pero no olvides que así se desliza también tu vida”), (elegía de Ausonio casi transliterada por Walt Whitman en el poema de nuestra fotografía de presentación:
Toma las rosas mientras puedas;
 veloz el tiempo vuela,
 la misma flor que hoy admiras
 mañana estará muerta”.
Walt Whitman)

El mensaje, al fin, querido lector, es la necesidad de vivir intensamente, buscar el límite; aprovechar cada momento precioso que se nos ha dado. No confíes en el mañana:  "Llena el minuto inolvidable y cierto, de sesenta segundos que te lleven al cielo... y entonces serás hombre, hijo mío." (Kiplin) y considera que,

"Aunque el resplandor que en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas,
aunque nada pueda hacer volver la hora
del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos, pues encontraremos
fuerza en el recuerdo"
 William Wordsworth
  (Poema que da título a la película de Elia Kazan: "Esplendor en la hierba", 1061)

miércoles, 24 de julio de 2013

Los pilares del mal


Las vacaciones de sombrilla y tumbona pueden llegar a resultarme terriblemente aburridas, así que, como todos los años, acudo a la playa bien provisto de libros para pasar el rato. Puedo encontrar entretenido observar la conducta de la gente, dar un paseo, bañarme un rato... pero finalmente quedan ociosas un montón de horas que lleno con la lectura. Cuando me canso de contemplar a los niños asombrarse ante la inmensidad del océano, admirar la inconmensurable extensión de la playa o divertirse con sus juegos circulares de construcciones y persecución; echo mano de alguna novela de lectura pendiente. 
Debajo de la roja sombrilla, aprovechando al máximo el área sombreada, me recuesto en la tumbona dejándome broncear apenas por la brisa cálida, a veces abrasadora. El poder de hipnótico de la lectura es tal que este año sentí el frío polar de las heladas montañas de Alaska mientras leía "La llamada de lo salvaje" de Jack London y me sumergí en las tenebrosas callejas de Londres cuando devoraba "Estudio escarlata" de Donald Conley, e incluso fui capaz de viajar al futuro de la Tierra casi un millón de años después con "El viaje en el tiempo" de H.G. Wels. Eran todos libritos baratos de una colección de novelas clásicas, las primeras que encontré, ya con prisas, cuando estábamos a punto de emprender el viaje desde Cabanillas a Peñíscola. 
A los tres días, ya había acabado con mi provisión de lecturas. Charo, al verme extrañamente contemplativo, me animó a comprar alguna otra en alguna de las tiendas del paseo marítimo. Tras una pequeña exploración encontré una veintena de Best Seller en edición de bolsillo y me decidí por "Los pilares de la Tierra", empujado por la popularidad del relato y lo sugerente de la trama. Eran 1039 páginas de letra menuda y apretada que me resultarían incómodas de leer, pero no estaba dispuesto a realizar un gasto excesivo (me rebelo contra los infinitos gastos extras de las vacaciones). 
Me pareció interesante la introducción del propio autor, Ken Follett, situando esta obra como algo extraño dentro de su bibliografía (hasta entonces con una temática muy alejada de los clásicos trillers con los que se ganaba la vida). Explica su obra como fruto de una afición y una aventura (casi un reto) que, pese a la opinión de todos sus conocidos, obtuvo un éxito sin precedentes. 
Su temática describe la eterna lucha entre el bien y el mal, combate donde nunca parece habar una victoria definitiva. Contrapone la alegría de la vida, la lucha por sobrevivir, la honestidad y la justicia contra la el poder, la violencia, la manipulación y la calumnia. 
Recorrí sus páginas durante cuatro días embrujado por la trama, interesado por los detalles históricos y arquitectónicos que trata, indignado constantemente por la facilidad con que el mal se impone en la historia, asombrado por los complejos artefactos que disponen los hombres para la manipulación y el engaño...
Mientras leía, en la televisión del apartamento, se sucedían avances informativos y programas especiales sobre "El caso Bárcenas". La ola de estiércol que se abalanza sobre el partido en el gobierno se nutre con variadas podredumbres: sobornos, corrupción, chantaje, manipulaciones, calumnias, robo, fraude y evasión fiscal... nada se sabe de muertes y torturas, pero todo podría ocurrir.  Yo alternaba la atención entre la trama del libro y la trama Gurtel y el caso Bárcenas; y comentaba sorprendido a mi mujer: "¡No sé qué es más intrigante, si la corrupción del poder que plantea mi libro o la corrupción financiera y  política de estos hombres!" La contabilidad B del PP (Con B de Bárcenas), la cadena de chantajes y manipulaciones, la servidumbre de los favores debidos, la ambición desmedida, el enriquecimiento a toda costa, la maquinación para burlar la justicia, la mentiras descaradas al pueblo... son los mismos "pecados" que en la novela. 
No pude dejar de preguntarme: ¿Existe el bien? ¿Dónde están los hombres buenos? ¿Vale todo en política? ¿Podemos fiarnos de los poderosos? 
Como a lo largo de la novela los malvados hacen cuanto pueden para presentar a los demás hombres justos como villanos, como los auténticos malhechores: los indignados y los que practican los escraches serían terroristas, los partidarios del aborto asesinos, los parados vagos, los trabajadores incompetentes y, en el colmo del cinismo, los pobres tontos por no haberse sabido enriquecer como ellos. 
Agobiado por esta catedral de la justicia que nunca llega a construirse apuro las últimas  páginas del libro de Ken Follet. Tras el último asesinato, casi un magnicidio, que aparentemente quedará impune, me sorprendo asistiendo a la lectura de lo que sería un auténtico escrache medieval; 
"Contaremos nuestra historia en todas las ciudades de Inglaterra. Mostraremos a la gente la espada que mató a Thomas Becket. Dejaremos que vean sus vestiduras manchadas de sangre. Lanzaremos un clamor que se extenderá por toda la Cristiandad, que llegará incluso a Roma. Haremos que todo el mundo civilizado se enfrente a los bárbaros que han perpetrado este crimen terrible y blasfemo". Y más sorprendido aún me quedo cuando termino de leer la última página donde el mismísimo representante del poder, el propio Rey, confiesa ser causa del asesinato del arzobispo Becket y, humillado de rodillas, se somete a ser azotado... En ese momento, en las noticias, aparece Mariano Rajoy aceptando acudir al congreso a dar explicaciones sobre el caso Bárcenas... El libro termina. Leo la última frase: "A partir de aquel día el mundo sería un poco mejor".  

domingo, 7 de julio de 2013

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte X: El último viaje


El coche había rodado casi treinta metros sobre el plantío de cebollas y había desplazado los tubos metálicos del riego, que ahora yacían apilados en un lateral. Aún se observaban las rodadas que dejaban de ajustarse a la curva del asfalto y se desviaban rectas hacia el talud lateral  perdiéndose luego entre la maleza del arcén. Un par de metros más adelante aparecía tronchado el tronco de un poderoso arbusto enraizado en la ladera. Este primer obstáculo probablemente le salvó la vida al frenar ligeramente el vehículo antes de caer unos metros más allá desde la altura de metro y medio en que se situaba la carretera comarcal. Literalmente había volado 4 o 5 metros salvando este desnivel y tras el golpetazo con el lateral derecho se enderezó continuando por inercia su recorrido hasta pararse 30 metros más allá, junto a un arroyo.  El seat 127, un modelo de hace dos décadas, quedó parado mientras el conductor intentaba reponerse del terrible golpe que se había dado contra el volante. Tenía el cuerpo dolorido, sangraba ligeramente y los hematomas le cubrían la cara; pero sobre todo estaba desorientado y asustado. Por sí mismo salió del coche y a duras penas, sangrando y cojeando, caminó por la carretera hasta el pueblo cercano, apenas unos centenares de metros.

A las cinco de la tarde, se cumplió el plazo que va de la preocupación a la certidumbre. La mujer llamó a la policía: su marido no había regresado a casa y no había noticia alguna de su paradero, lo cual era rarísimo. En comisaría no tenían constancia de ningún accidentado con ese nombre, pero ella insistió llamando a continuación a los hospitales. En uno de ellos le informaron que una persona con el nombre indicado estaba ingresada después de haber sido trasladada en ambulancia a causa de un accidente. Junto a la cama el hombre, ya mayor, intentaba explicar la causa del siniestro: - Estaba vigilando la aguja del depósito porque me quedaba sin gasolina y no vi la curva...- Nadie: ni su mujer ni sus hijos le preguntaron más sobre el accidente. Ni siguiera sacaron la conversación en los próximos días.

Un sentimiento de pena y tristeza les embargaba, pero sobre todo ello flotaba una sensación de alivio. Era consolador que ninguna de las heridas fueran graves, aunque los moratones le cubrieran la cara. Ya podrían descansar ante la certeza de que no conduciría más pues era la batalla que siempre perdían ante su tozudez. Daban paso al desahogo de saber que ya no les saltaría el corazón en el pecho cuando, como testigos o pasajeros, le acompañaban en los viajes... Sí, habían tenido mucha suerte: ninguna herida grave, ningún tercero afectado... Pero podría haber sido diferente y entonces...

Era difícil entender que se negara a dejar de conducir su viejo automóvil, un auténtico trasto que a duras penas pasaba la ITV gracias a "la mano" del mecánico conocido de toda la vida; un cacharro en toda regla que su dueño aceleraba como un avión al borde del despegue cuando iniciaba la marcha, con una dirección tan dura que había que emplear los dos brazos para moverla en parado y con el espejo retrovisor fijado al cristal con pegotes de silicona. Su familia rezaba todos los años  porque le rechazaran en la revisión, pero siempre salía inexplicablemente airoso de la misma. Muchas veces pensaron sabotear el motor pero se contenían ante la sugerencia de que "necesitaba un coche nuevo". Pusieron su esperanza en que no lograra obtener el certificado médio, al fin y al cabo era ya bastante mayor y tenía algunos problemas de riego en el cerebro, pero cuando finalmente su clínica habitual tuvo el valor de hacerlo se buscó otra donde lo superó sin dificultades.

Ahora ya no habría problemas.  El coche siniestrado había sido sacado con ayuda de una grúa desde el punto en que se detuvo. Allí la altura del terraplén era ya de unos 4 metros. Si hubiera salido por ese punto el accidente hubiera sido mucho más grave: -¡Ha sido un milagro - decía su hijo cuando visitó el lugar- Literalmente voló!. Luego se dirigió al depósito del taller donde reposaba el coche con su lateral destrozado y el capó abollado y pidió un martillo.

viernes, 5 de julio de 2013

Locus amoenus


Anhela el hombre recuperar el Paraíso Perdido. El Edén primigenio arrebatado es un mito recurrente en todas las civilizaciones, un arquetipo de la humanidad. Hoy, en mi búsqueda documental sobre los "Locus amoenus" encuentro una pléyade de autores que escribieron sobre ese lugar paradisíaco, ese sitio ideal siempre relacionado con naturaleza, jardines, fuentes y ambientes templados y fértiles. Aprendemos así que, si queremos construir nuestra pieza literaria ambientada en un "Locus amoenus" clasico, deberemos hacer provisión de amables términos botánicos, topográficos y meteorológicos: bellos paisajes, verdes praderías, flores abundantes (mejor diremos "lujuriosa floresta"), árboles generosos ("selvas" en el Romanticismo), frescas humbrías, arbustos exuberates ; ríos sosegados, arroyos placenteos y lagos tranquilos, recónditos y solitarios parajes, sombreados rincones... lugares siempre recorridos por suaves y frescas brisas, ambientados por pájaros canores y reidoras corrientes de agua... A lo largo de la Historia (en la Prehistoria, en el Paleolítico, el locus amoenus sería probablemente la cálida y segura oscuridad de una buena cueva) aparecen ya en las primeras fuentes escritas referencias a un Paraíso primitivo. El Génesis se inicia con una hermosa descripción (inspirada inequívocamente en la mitología sumeria pues es parecidísima a la referida en la epopeya de Gilgamesh) del Jardín del Eden: idílico lugar sito en el Oriente donde el hombre disponía de todo aquello que necesitaba para obtener gozo, placer y armonía en medio de la naturaleza. Posteriormente los primeros ejemplos de Locus Amoenus en la literatura clásica podemos encontrarlos en autores como Horacio, Virgilio o Teócrito; que encuadraban las escenas de su poesía en parajes compuestos por los elementos anteriormente descritos. Horacio, por ejemplo, usa este tipo de lugares imaginarios en sus Pastorales donde la naturaleza participa de lo divino siendo el hogar de las ninfas, y en la Odisea nos describe el Jardín de Alcinoo sembrado de fértiles prados surcados por corrientes de agua y poblado de flores y árboles que fructifican el año entero: es decir la eterna primavera. En España, Berceo sitúa algunos Milagros de Nuestra Señora en verdes prados, llenos de fuentes y verdor. Con Petrarca este concepto llegó a los poetas renacentistas, que lo hicieron suyo y lo introdujeron como elemento esencial de sus obras líricas. Garcilaso fue el primer poeta castellano que lo introdujo en sus Églogas y Fray Luis de León vinculó el Locus Amoenus con el Edén o el paraíso perdido. Boccaccio, otro ejemplo más, ambienta sus diez historias del Decamerón en un jardín idealizado. Para el maestro Shakerspeare, es un lugar alejado de las ciudades, un sitio misterioso y oscuro, un lugar femenino, opuesto a la rígida estructura civil masculina donde las pasiones eróticas pueden ser libremente exploradas ocultas al orden social. Posteriormente, durante el Romanticismo se le añade un carácter más salvaje, prefiriendo representar lugares más sombríos, más duros, menos felices y más asilvestrados. Más adelante, en el siglo XIX, el concepto se introdujo en el mundo urbano: los bosques se convirtieron en jardines y los ríos en fuentes de piedra. Actualmente se encuentran miles de ejemplos del Locus Amoenus, sobre todo en la publicidad, aunque en muchos casos el placentero campo es sustituido por soleadas playas tropicales de arena virgen. Y, al llegar el siglo XXI, aparece un locus amoenus virtual, un ecosistema en red sin locus real donde el ipad, la tablets, los ordenadores... crean ambientes y estancias imaginarias y la suave brisa se sustituye por el continuo zumbido del aire acondicionado.
Puedo recordar Locus Amoenus idealizados por los pueblos del mundo: El Eden Mesopotámico de la Biblia, la Granada musulmana; Israel, la tierra que manaba leche y miel para los antiguos judíos, para algunos reyes se llamó Babia, para sus súbditos era Jauja, las verdes praderas del Oeste Americano lo fueron para los colonos, Ibiza, para muchos hippies en los años 60... todos buscamos un cielo sobre la tierra, algo que se parezca al cristiano Edén, al Yannat musulmán, al Shangri-La tibetano, al nórdico Valhalla... muchos personajes famosos adquirieron alguna privilegiada porción de tierra para crear su lugar ideal: para Gerald Brenan estuvo en las Alpujarras en los años veinte, Kiplin lo describió en su Libro de la Selva, paraiso de un Mowli salvaje y feliz; para Aristóteles Onasis la isla de Skorpios en el mar Jónico, Marlon Brando quiso encontrarlo en una pequeña isla de Taití... y para otros, más anónimos como algunos urbanitas desencantados, se encontra en pueblos abandonados como Matallana en Guadalajara, en la Sierra de Ayllón; o, como en el caso de mi madre, en su pueblecito natal de Ayuela, donde conviven en su recuerdo las impresiones de una infancia feliz; o en ese paraje rural, con una pequeña casita de piedra no muy alejado del mar que busca mi hermano Luis en la costa cantábrica, o en un pueblo manchego en medio de extensos campos de labor con la vida social a pie de calle y el sol iluminando los patios como el Palomares de la familia de mi mujer... Yo lo imaginé, a veces, en Galicia; en las verdes colina de Tuy femeninas y acogerdoras.
Busco mi Locus amoenus particular muchas veces, lo persigo en sueños y en los momentos en que, relajado, la fantasía se apodera de mis pensamientos. Lo construyo a partir de mis recuerdos con fotografías sacadas del álbum de la vida, imágenes de los valles de Ayuela, el monte Aloya de Tuy, los cambieantes parajes burgales, las montañas de Gredos; todos ellos paisajes coleccionados en paeos, excursiones, campamentos infantiles... Lo imagino estimulado por lecturas de viajes, de aventuras; iluminado por escenas de películas maravillosas que transcurren el lugares exóticos... Lo recreo en minúscula escala en mi pequeño jardín, incluso en minúsculas macetas; en él paso impagables momentos acompañando el atardecer... Lo busco en mis viajes, en mis paseos senderistas, en mis rutas ecológicas; está ahí, donde me bajo de la bici y me siento a contemplar el entorno con admiración....

Me gustaría vivir siempre en mi locus amoenus particular, junto a mi compañera amoenus también, pero me temo que el suyo sea más bien un locus playero o un locus de salón poblado de fauna televisiva. Es difícil, lo sé, complacer a todos: hasta los dioses se aburren en el Olimpo. Una curiosa especie lleva buscando su Locus Amoenus desde el Paleolítico, parece que todavía no lo han encontrado. Algunos dicen que cada día está más lejos.