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domingo, 29 de julio de 2018

Parábola del jardinero


Yo tuve por profesor a Miguel Ángel Santos Guerra hace muchos años en Tui allá por 1973-74, cuando era profesor de filosofía en el instituto de esa localidad pontevedresa. Después, por circunstancias de la vida, perdí su pista. Su influencia, aunque él  posiblemente no lo sepa, fue grande para muchos de los que convivimos con él, de alguna manera le hemos tenido presente en numerosas ocasiones. Recuerdo incluso haberme acercado hasta su casa con un compañero con ánimo de  visitarlo cuando era director de un colegio en Madrid (en los años 81-82, creo recordar). Yo había aprobado las oposiciones a maestro en el 80 y,  junto con otro de sus antiguos alumnos que conocía su dirección, nos presentamos en su casa; pero no había nadie. Desde entonces no había vuelto a tener noticias suyas hasta que un día encontré en la web "La fábula del pato". Se trataba de un muy ilustrativo cuento sobre el valor de la la diversidad en la escuela. Lo leí con interés y me pareció muy original y acertada la forma en que acercaba el tema a quienes son profanos  en materia de educación.  Después encontré otros textos que fui recopilando: "Carta a una señora de la limpieza", "Carta a un conserje"...  

Me gustaron aquellas parábolas que, al bíblico modo, acercaban los conceptos educativos a los no iniciados.

Hoy, Miguel Ángel, toca un tema que se presta a la parábola. Es verano y desde mi jubilación dedico un rato diario a mi pequeño jardín.  Casi inmediatamente surgió en mi cabeza la metáfora del jardinero.  La escribo a vuela pluma y admito que es un ejemplo trillado y nada original. Pero viene al caso.


" La parábola del jardinero"

El jardinero  siembra, esperanzado,  una de sus semillas más prometedoras. Piensa entonces  que adquirirá las formas y colores imaginados; pero la verdad es que ella crecerá como le de la gana. 

El buen jardinero espera, porque sabe que la planta está sana y conoce la evolución de las de su especie, que crezca de una manera armónica a su naturaleza. Y lo normal es que así sea; pero se equivocará si pretende convertirla en lo que no es. Lastimará su destino si alambra su tronco, poda excesivamente sus ramas y reduce la maceta a un mínimo cuenco donde las raíces se oprimirán en mínimos espacios. Si  pretendía mantenerla en su etapa infantil se encontrará finalmente con un delicado bonsai, pero ese no era el destino de su planta.     

Para que su planta alcance su  plenitud  debe darle los cuidados necesarios, que serán los justos: el sol y la sombra adecuada, el abono conveniente, el agua necesaria... todo ello ni más ni menos de lo preciso. Y, de esta manera, la mayoría de nuestras semillas germinarán y crecerán hermosas. 

Pero en su crecimiento pueden aparecer circunstancias que alteren su desarrollo. A veces ocurre que nuestra semilla está enferma,  es defectuosa,  sufrió daños durante su almacenamiento o al ser plantada. Entonces nacerá una planta singular que también puede ser portadora de singular belleza  aunque sea más pequeña, con menos flores o de formas menos espectaculares;  pero seguramente merecerá la pena y, cuando la mires, encontrarás una cualidad  especial y te admirarás de su valor de supervivencia.  

Otras veces tendrá que vivir en un jardín tan denso, tan competitivo entre pares, que quizá no pueda desplegar completamente su ramaje, o sus raíces tengan que pelear contra las otras por los escasos nutrientes. En este jardín tan selectivo quizá no sobrevivirá o puede que lo haga afectada de un raquitismo que la convertirá en un vegetal  mustio y frágil. 

En toda ocasión el jardinero tendrá, además, que estar atento a las enfermedades y plagas que pueden afectarla. Son situaciones que, si no son curadas a tiempo y con determinación, pueden dar al traste con un ejemplar perfecto. A veces incluso precisarán de amputaciones y tratamientos lastimosos pudiendo llegar a ser radicales en algunos casos.   

Con el paso del tiempo, el jardinero observa satisfecho como su planta crece, como toma completamente el mando de su destino. Sus raíces están bien asentadas, su ramaje es fecundo. Con su aparato radical, bien profundo, es capaz ya de conseguir agua por sí misma. Está bien protegida por su resistente corteza. Demuestra ya su fortaleza contra las enfermedades. Despliega su arborescencia de forma espectacular y una explosión de brotes, flores y frutos ilumina sucesivamente las estaciones de su vida. 

El jardinero disfruta de la planta que él ayudó a crecer. Y ella le corresponde generosa con su sombra y comparte sus frutos.  "

martes, 28 de febrero de 2017

Almendros en flor


Un ramito de flores de almendro he regalado a cada alumna. Uno también para las profesoras. Era un detalle con retraso pues el 14 de febrero, San Valentín, los almendros solo ofrecían diminutos botones florales, pequeños paquetitos de cinco pétalos plegados, que no se atrevían a asomar aún, asustados quizá por el frío de la primera semana de febrero.

La flor del almendro, la gota de nieve, viste las ramas del árbol anunciando con sus copos florales la primavera. Es el milagro de las flores precediendo a las hojas, del vestido blanco que dará paso al verde en la cercana primavera. Maravilla contemplar esta petalosa nevada cubriendo las ramas desnudas apenas una semana antes.

El almendro, árbol del amor, es el protagonista de historias muy hermosas. Rara es la cultura que no cuente la historia de una hermosa reina, nacida en lejanas y frías tierras, que añora nostálgica sus montañas nevadas. Y siempre hay algún solícito rey que decide sembrar los campos de miles de almendros que, en una hermosa mañana de febrero, regalarán a su amada el virginal espectáculo de la nieve en flor.


En el lejano oriente las almas sensibles de artistas, de pintores y poetas, no podían sustraerse de reflejar la belleza de los almendros en flor. En los cuadros, en los haikus, con el Fujiyama al fondo, en el delicado jardín japonés... las estampas de almendros florecidos son irrenunciables en sus composiciones. 

Incluso en el los textos sagrados de la Biblia, en el Éxodo, se describe el candelabro sagrado aludiendo a la forma de la flor del almendro. 

Y no solo por sus colores sino por su olor dulce y fragante, por su incontable florescencia, por su forma delicada y efímera, por su bella simetría, por la facilidad con que sus pétalos se desprenden como leves mariposas blancas, por su tacto fresco y húmedo, por su amistad con el rocío... eres mi flor preferida: representas la victoria de la humildad multiplicada, de la potencia de la sencillez, eres el triunfo de las pequeñas cosas bellas.

domingo, 15 de enero de 2017

Una palabra por mil imágen 43: "Ecología"

Voy a presentaros la película "Nausicaä del Valle del Viento", película de animación japonesa creada por Hayao Miyazaki en 1984. No sé bien porqué. No conozco la razón, pero me gustó. Alago tuvo que ver que la descubrí por casualidad navegando por la web cuando aún no se había estrenado en España y ni siquiera estaban dobladas todas sus secuencias (eso quizá picó mi curiosidad). En principio no me siento demasiado atraído  por las películas de dibujos. No a esta edad. Las considero infantiles, rígidas, saturadas de excesivo color... pero comencé a visionar Nausicaä y me atrapó. Me gustó la estética, me sedujo la personalidad de la protagonista, me interesó la trama y me fascinó el momento en que revela el trascendental papel del bosque contaminado y  los "aparentemente" agresivos pobladores del mismo a los que quieren exterminar. En resumen: toda una fantástica y hermosa lección de
ecología. 



Padezco una enfermiza predisposición a las películas postapocalípticas, a las aventuras de superviviencia en mundos devastados...¡Me gustan todas! ¿Hay algo antinatural en eso? A veces me lo pregunto... "Nausicaä del Valle del Viento" es una de ellas. Pero el film no hace sangre del mortífero conflicto: es un relato de esperanza.
Extraídos de Wikipedia tomamos algunos párrafos sobre el argumento:
"La película relata la historia de Nausicaä, princesa del Valle del Viento, que se verá enfrentada al ejército del reino de Tormekia, que intenta hacerse con el control de un "Dios de la Guerra" como arma para erradicar el Bosque Contaminado y a los insectos gigantes que viven en él, como los Oms. Nausicaä intentará por todos los medios impedir esa masacre. Mil años después de una horrible Guerra Mundial, la humanidad apenas sobrevive a orillas de un bosque contaminado con gases tóxicos e insectos mutantes gigantes, que cubren gran parte de la Tierra. El Valle del Viento es un reinado minúsculo, rodeado de reinos más poderosos y hostiles que guerrean entre ellos. Nausicaä es la única hija del rey Jihl, gran piloto y guerrera, es también compasiva y solícita de toda la vida. La princesa Nausicaä trata de encontrar un sentido del bosque contaminado y se resiste a ver a los insectos como enemigos. La crisis estalla cuando el reino vecino de Tormekia, liderados por su princesa, Lady Kushana, invade el Valle del Viento para intentar revivir a un mortífero Dios de la Guerra que vivió hace un milenio, con el propósito de triunfar contra sus enemigos y contra el bosque contaminado. La situación empeorará cuando el reino de Pejite entre en conflicto también."

Su creador, el famoso dibujante Hayao Miyazaki, creo el film basándose en un cómic publicado dos años antes. Hay que destacar que Miyazaki es autor de algunas de las mejores obras de dibujos animados de los últimos tiempos: Tras "Nausicaä del Valle del Viento", vinieron "La princesa Mononoke", "El viaje de Chirino", "Ponyo en el acantilado" y "El viento se levanta" entre otras con varios premios en los mejores festivales de cine del mundo. La mayor parte de su obra ha estado enfocada en los niños. Incluye mensajes antibélicos o aborda temas complejos como el ser humano y la naturaleza, el progreso, el individualismo y la responsabilidad, lo que le ha valido el reconocimiento de expertos, cineastas y muchos de sus seguidores, el público de Occidente y los especialistas.

Sin actuar como un juez, el creador plantea en la película un futuro en el que la avaricia de las personas ha llevado al planeta a una situación extrema. Sin embargo, como nos advierte esta famosa frase "El ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra" la actitud egoísta y aséptica de los gobernadores lleva a cometer los mismos fallos que se dieron lugar a la guerra que asoló la humanidad mil años antes.

Pero, consideraciones filosóficas  aparte, y teniendo en cuenta mis recuerdos de la película -ya un tanto difusos- me quedo con la belleza de sus imágenes, la valentía de Nausicaä y los ecológicos pasajes donde se explica cómo el bosque contaminado "se cura" a sí mismo. Ecología al fin. 

martes, 29 de noviembre de 2016

Una palabra y mil imágenes 27: Mar

A por el mar,
a por el mar que ya se adivina,
a por el mar,
a por el mar, promesa y semilla
de libertad,
a por el mar, a por el

 mar.



Allá por 1957, cuando yo nací, en la vecina Francia un grupo de guionistas cinéfilos empedernidos fundó un movimiento cinametográfico que llamaron "Nouvelle Vague". En el caldo de cultivo de los numerosos cineclubs galos creció aquel movimiento que postulaba la reducción al mínimo de la manipulación y la artificialidad y que resaltaba el papel del director como creador absoluto. Uno de sus directores más representativos fue Francois Troufeau al que llegué a conocer bien a través de los cineclubs patrios (y algo clandestinos) quince años más tarde, justo la edad que tendría el protagonista de nuestra película de nuestra entrada: "Los cuatrocientos golpes".

Antoine Doinel huye de una vida de penurias y, escapado de un correccional, se dirige corriendo (una carrera de de más de tres minutos de tiempo cinematográfico) hacia una playa desierta. La escena final, filmada en un memorable plano secuencia mediante un travelling de un minuto largo,  es una de las más famosas del cine. La película termina con Antonine entrando apenas en el mar y volviéndose hacia la cámara a la que mira mientras esta se acerca con el zoom para mostrar el rostro interrogante y desvalido del  protagonista ante un mar que le corta el camino.

François Truffaut, el director, volcó en esta película gran parte de sus experiencias de la infancia. El final, un final abierto que cada espectador completa a voluntad, fue tergiversado por la censura en España. Este hecho fue musicado por Luis Eduardo Aute en una de sus canciones emblemáticas "Cine, cine, cine".  Por cierto este cantautor es también el autor de la estrofa inicial que da paso a la entrada. Ambas están, en mi opinión, inspiradas en esta película imprescindible. 

Letra de Cine, cine (L. Eduardo Aute)

"Recuerdo bien
aquellos «cuatrocientos golpes» de Truffaut
y el travelling con el pequeño desertor,
Antoine Doinel,
playa a través,
buscando un mar que parecía más un paredón.
Y el happy-end
que la censura travestida en voz en off
sobrepusiera al pesimismo del autor,
nos hizo ver
que un mundo cruel
se salva con una homilía fuera del guión.

Cine, cine, cine,
más cine por favor,
que todo en la vida es cine
y los sueños,
cine son.

Al fin llegó
el día tan temido más allá del mar,
previsto por los grises de Henri Decae;
cuánta razón
tuvo el censor,
Antoine Doinel murió en su «domicilio conyugal».
Pido perdón
por confundir el cine con la realidad,
no es fácil olvidar Cahiers du cinéma,
le Mac Mahon,
eso pasó,
son olas viejas con resacas de la Nouvelle Vague."

jueves, 22 de septiembre de 2016

Una palabra y mil imágenes - 1: Desolación

Si bien es verdad que una imagen vale por mil palabras, también lo es que en cada palabra pueden esconderse mil imágenes: un millar de fotografías que encierran un concepto. En el cine, a 24 fotogramas por segundo, se cuenta una historia que el lenguaje condensa en una palabra, en un símbolo de nuestro lenguaje hablado. Inicio aquí una serie de entradas en el blog en las que comentaré las escenas que más me han impactado en el universo cinematográfico que he tenido la dicha de contemplar. Quizás las compartas, quizá no; pero te aseguro que a mí impresionaron. A veces, cuando pienso en ciertas palabras, esas imágenes acuden desde el recuerdo y se reproducen ante mi. En 42 segundos y medio, mil imágenes desarrollan una danza que tiene nombre propio:  

"Desolación"



He recordado estas estas imágenes recientemente cuando leí el libro de Vladimir Arsenev sobre el que está basada la película "Dersú Uzala", "El cazador". A esas alturas de la película, Dersú Uzala, el cazador chino de la tribu Hezhen, que servía de guía al pequeño grupo de militares exploradores ya había sido presentado de forma magistral por el director del film: el genial Akira Kurosawa y el espectador era consciente de la profunda admiración y amistad que se profesan los protagonistas.

La aventura en cuestión transcurre en la inmensidad de un lago helado. Las escenas fueron rodadas en los escenarios originales de la taiga siberiana y el escenario es posiblemente idéntico al de la situación real vivida y narrada por Arsenev.  Las imágenes logran transmitir con su terrible belleza la desolación de aquellos parajes y el estado de ánimo del capitán, que comprende que van a morir. La única esperanza, la única fe, será la experiencia e inteligencia natural de Dersú, su guía, que le impone una actividad frenética cuyo sentido no llega a adivinar pero a la que se somete por la confianza que le inspira. La fotografía resulta bellísima y el desesperado frenesí de los personajes por construír su refugio está narrado con suma maestría por el genial director, que atravesaba por aquellas fechas una severa depresión que casi lo lleva al suicidio. Como la pareja protagonista, no se dejó vencer por las dificultades y el desánimo: la lucha y la determinación salvaron sus vidas.

domingo, 20 de marzo de 2016

Es primavera


La brisa barre los aires viciados del alma. Es la primavera del pensamiento, el mayo de las ideas, la mañana de las flores del espíritu. Una luz vivificadora arranca destellos a la  esperanza. Los trinos llenan el espacio detrás de las hojas. Partículas de vida habitan el aire. Caricias de frescor sobre la piel, cosquillas en el pelo, caleidoscopio de la floresta en el jardín, risas de aves en el aire, caminantes pausados, coches por rígidos caminos, personas por sus azares... Es primavera.



martes, 15 de marzo de 2016

Un puñado de flores.


El día 8 llevé tres narcisos a la clase. Dos para mis compañeras que fueron entregadas por mis alumnas dentro de dos usados vasos de café y una para mi clase que después prometí a una de las alumnas, embarazada. Algo celosillas, las compañeras protestaron porqué a ellas les traía una flor. -¡No tengo tantas flores -exclamé-. Mi pequeño jardín quedaría arrasado...Pero prometí parar en alguna cuneta, arrancar un puñado de florecillas y traérselas. Un ramillete de margaritas blancas y amarillas, doradas, petalosas...
Así que, a pocos días de comenzar la primavera, circulo por la comarcal ojo avizor a las cunetas, donde la carretera hace de vierteaguas y riega las orillas dejando un reguero de flores.
Me gustan los caminos con sus costados en flor: malvas, margaritas, dientes de león, crocus, amapolas, pequeñas campanillas... Me fascina la humilde belleza de lo pequeño, la que te obliga a detenerte y a agacharte para percibirla. La que invita a la mano a sentir diminutas caricias, la que juega en los ojos con diminutas explosiones de color, la que se adentra, perfumada, suavemente por la nariz inspirando aromas de tomillo y manzanilla, la que se acompaña del zumbido de  las abejas que revolotean zigzagueando entre las flores, la del sabor a mora y a frambuesa...  

Se acerca la primavera. Lo dicen las primeras flores, los bulbos que asoman sus dientes sobre la tierra; los campos que se adornan con alfombras de verdes lazos. El cambio de estación ya está aquí. Se va un invierno que no llegó. Llega la esperada, la deseada, la nueva estación. El cuerpo nos pide flores.

martes, 1 de marzo de 2016

El Algarrobito

El 16 de diciembre de 2011 escribí este artículo dando por hecho la inmediata demolición del Hotel del Albarrobito. Han pasado cinco años y parece que ¡por fin! se va a llevar a efecto. Rescato aquella entrada pues la demolición se fue posponiendo sucesivamente y la noticia nunca dejó de ser actualidad. Ahora parece que, definitivamente, dejará de ser noticia y pasará a ser historia.

Algarrobito, la Cañada de Don Rodrigo, el río Alias, Agua Amarga, la Mesa de Roldan... Sus nombres acuden a mi memoria cuando se remueve el polvo del olvido. Una noticia los ha rescatado del baúl de la juventud, ahora depositado en el desván del tiempo. Por esas playas, por el seco caude del río Alías andube yo en 1979 en patrulla de reconocimiento, en una de esas situaciones a la que te obliga la mili. Por aquellas playas desiertas, en los parajes inhóspitos del Cabo de Gata, bajo el sol abrasador, el agua escaso y los caminos impracticables excepto con los todoterrenos del ejército.

El apuntarse a una de esas patrullas era la oportunidad de salir de aquel agobiante campamento alambrado con 6000 militares rodeado de los áridos  paisajes de Viator en Almería. Cualquier cosa menos la rutina, la desidia y la convivencia forzada de la compañía. Mi primer intento por salir del círculo, la Sección Cultural, fue un fracaso. Mi segundo intento por formar parte del los empleados en "oficinas" se estrelló en la prueba de mecanografía. Este era el tercer intento por salir de las alambradas, por abandonar la rutina de las guardias y la instrucción. Se trataba de realizar una salida de 10 días y recorrer una amplia superficie por caminos y pistas recónditas para actualizar la topografía y el catálogo de infraestructuras de la zona. Se pidieron voluntarios y yo, aficionado a la fotografía, me apunté como "fotógrafo profesional". En una breve entrevista aseguré estar bregado en reportajes y fotos, pues disponía de un laboratorio fotográfico en Burgos (la realidad escueta era mi afición y un precario laboratorio en la buhardilla de un amiguete). Me aceptaron y me entregaron una cámara bastante sofisticada (para lo que eran mis conocimientos).   Me pasé algunos días estudiándola y, un tanto angustiado por la posibilidad cierta de pifiarla, embarqué en uno de los tres land rober que formaban la patrulla. El grupo estaba al mando de un maduro teniente de aspecto brutal. Le secundaba un joven sargento, más accesible pero disciplinado. El resto nos repartíamos entre los conductores, el topógrafo, el especialista en transmisiones, el mecánico, el cocinero y mi persona como fotógrafo.

Una sensación de libertad nos embriagó cuando, sentados en los asientos espartanos de los vehículos,  enfilamos las carreteras que nos llevaban a la Mesa de Roldán, que se adentra en el Mar de Alborán partiendo en dos el territorio que nos correspondía explorar. Excitados por la anhelada independencia que nos ofrecía la situación contamplábamos risueños los agrestes parajes almerienses. En 1979 Almería no estaba tan poblada como ahora. Siendo muchos ya los turistas, estos se concentraban en los lugares de fácil acceso. El interior y gran parte de la costa estaban comunicadas por caminos de tierra y carreteras difíciles. Así que gran parte del territorio era aún virgen.  El primer día hicimos noche en Agua Amarga. Nos pareció un pueblo precioso. Quizás influyó que nos diéramos un baño en sus aguas que nos supo a gloria. Mis primeras fotos se tiraron allí. Aún conservo, emparejada con una similar en la actualidad, la foto que nos hicimos en el bar del pueblo (entonces debía ser el único). Trece años después, con la risueña compañía de mis sobrinos, posé de nuevo en el mismo bar, en la misma postura...


Al día siguiente iniciamos la exploración de decenas de lugares increíbles. Las formidables vistas de la Mesa de Roldán, la impresionante playa de Carboneras (de alto interés estratégico pues en ellas hacían maniobras de desembarco los americanos de la VI Flota) en cuyos alrededores se extendía una larga explanada con los restos de los campamentos de los marines. Me hizo mucha ilusión encontrar abandonado un ejemplar de bolsillo de un libro de Arthur C. Clarke (en aquella época yo era un gran aficionado a la Ciencia Ficción). Los restos del desembarco se desplegaban por doquier: infiernillos de un solo uso, latas de conservas, alguna prenda abandonada... También aparecían restos de granadas con profusión. 
En los días posteriores visitamos lugares despoblados y bellísimos. En la desolación del desierto almeriense descubrimos escondidos cortijos habitados por gente sencilla que vivía de imposibles huertitos, con minúsculos rebaños y que bebían agua de aljibes escavados en la roca. Casas sencillas con la única sombra de una higuera para mitigar aquel hiriente sol andaluz.  Tomábamos notas y fotografías de algunos depósitos de agua impermeabilizados con plástico y alambrados. En uno llegamos a bañarnos pese a la expresa prohibición. En ocasiones nos dividíamos en grupos, uno por vehículo, y entonces la libertad era plena. A la hora de las comidas nos juntábamos y "disfrutábamos" del menú de campaña realizado por nuestro pobre cocinero que, al segundo día, ya cometió en terrible error de echar los macarrones con el agua tibia. La pasta pegajosa con que nos sorprendió irritó sobremanera al teniente que estuvo a punto de golpearle con los puños apretados. El  pobre muchacho pasó el resto del periodo de patrulla compungido y esperando el anunciado calabozo por mentir al presentarse voluntario (Yo rezaba porque mis fotos salieran bien, y no las tenía todas conmigo...).
A partir de aquel día el teniente se ocupó personalmente de la preparación de los menús. Dejando muy clara instrucciones al cocinero amateur y tomando a su cargo la preparación de un par de comidas especiales: una gloriosa paella y un riquísimo cabrito en caldereta que compró en uno de los cortijos.


Las noches, acampados al aire libre, al abrigo casi siempre de unas escasas higueras o cercanos a la playa, daban ese aire de acampada juvenil donde priman las bromas y el buen humor. En varias ocasiones el teniente y el sargento encelados se acercaban a las pequeñas urbanizaciones de la costa en busca de algún ligue o para rondar alguna turista francesa a la que habían echado el ojo y cuyo marido, con problemas de próstata, parecía no cumplir sus obligaciones conyugales. Al parecer, les había enviado señales inequivocas de ligue... La vueltas borrachos en medio de los acampados con un deje de frustración mostraba que se equivocaban completamente.
Tras la vuelta al campamento deViator quedabala la delicada tarea del revelado de los carretes. Sólo algún comentario del sargento me hizo comprender que habían quedado un poco grises y oscuras. Yo ya sabía la causa. Debía haber utilizado un filtro de UV (de eso me enteré a la vuelta). Salí del paso explicando que con tanto sol los rayos UV hacen eso a todas las fotos (me cuidé de comentar que un simple filtro lo hubiera eviado). Unos meses después descubrí los negativos olvidados en el cajón de la mesa de la oficina de la compañía. Me los llevé. Me recordaban agradables experiencias y quería tenerlos. Aún los conservo.


Hoy, más de treinta años después, una gigantesca mole se alza en medio de aquella playa larga y hermosa que conocimos. El hotel inconcluso del Algarrobito completamente terminado espera entre protestas de ecologistas y trámites administrativos la decisión final de su destrucción. Los que conocimos aquella playa desierta, virginal, los que viajamos por la vieja carretera costera embriagados por aquellos por parajes increíbles, los que disfrutamos la sensación de libertad, las visitas a cortijos perdidos, los aljibes, las mínimas higueras, los sufridos matorrales, las chumberas, los preciosos y escasos rincones con agua, las planicies sembradas por los restos de desembarcos; los que nos bañamos en su mar y ascendimos  el faro sobre al Mesa de Roldan, los que recorrimos caminos casi intransitables en poderosos todoterrenos militares... celebraremos su destrucción, porque él estaba ya destruyendo nuestros recuerdos.

lunes, 8 de febrero de 2016

El ajedrez del mar.


El mar tiene caballos y tableros inmensos con blancos bancales de hielo y rizadas olas azules.
El mar tiene torres volcánicas y alfiles afilados guardando sus fosas abisales. Tiene un rey Poseidón y una Sirena coronada con trenzas de oro y reinan envuelta en blancos mantos de espuma. Tiene bancos de peces alineados como filas de peones. El mar juega partidas eternas con movimientos infinitos.  Por sus latitudes navegan los ejércitos incontables. En su esférico tablero no existe el campo propio, todos juegan una partida circular. Nadie pierde.
Un día alguien puso en el tablero una pieza nueva. Se llamaba petrolero. Este se abrió las entrañas y anunció: ¡Jaque mate!

martes, 22 de septiembre de 2015

Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía.


Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía.
Hamlet, Acto 1 Escena 5

En esta obra, la más profunda de Shakespeare, Horacio y Hamlet -estudiantes en la Universidad de Wittenberg- conversan sobre quienes somos y cuánto sabemos. Horacio estudia Filosofía Natural (lo más parecido a la "ciencia" de aquellos tiempos). Con la arrogancia que caracteriza a algunos estudiantes cree que el Universo está bien conocido y entendido. Hamlet, en cambio, no está tan seguro...

El mundo ha cambiado mucho en estos cuatrocientos años. Las realidades descubiertas por la ciencia han eclipsado la más exhuberante imaginación de cada época. Tan solo algunos genios proféticos idearon la posibilidad de la radio, el teléfono, la TV, el automóvil, los viajes espaciales... Y, a día de hoy, al igual que nuestro universo, las cosas que no sabemos parecen expandirse hasta límites infinitos. Siendo mucho lo que sabemos ya, es infinitamente menor de lo que nos falta por descubrir.

Asistimos, fascinados, a nuevos y espectaculares descubrimientos a diario. No pasa un solo día en que, al ojear las páginas de los periódicos, no encontremos algún avance deslumbrante, un conocimiento reciente o una teoría seductora. Este tiempo que nos toca vivir es apasionante desde el punto de vista de la ciencia. Nunca se había avanzado tanto ni tan deprisa. Por la ciencia merece la pena vivir, por ella sentimos dejar esta vida: hay tantas cosas maravillosas que nos son puntualmente reveladas... Personas en buen parte impedidas y de vida aparentemente miserable como Stephen Hawking encuentran pleno sentido a su existencia en el estudio de la ciencia. Oliver Sacks, neurólogo y escritor británico recientemente fallecido explorador de la mente y la tolerancia, confesaba poco antes de morir que le encantaría saber, si nuestra especie todavía existe, en qué situación se encuentra la ciencia del cerebro en el año 2050... En su testamento intelectual declaraba:
"Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura."
Y son tantas, y tan maravillosas, las cosas por descubrir y se nos revelan desde rincoces tan insospechados de la naturaleza que declaro sin rubor que es un crimen extinguir especies, contaminar ecosistemas, relegar la investigación espacial, menospreciar a los científicos, ignorar la ciencia pura y abstracta... porque con seguridad está en ello la solución a muchos de los problemas de la humanidad.

Son asombrosos los descubrimientos a partir de la biónica (soluciones biológicas a problemas de tecnología e ingeniería, aprovechando soluciones evolutivas de los organismos vivos): anticongelantes a partir de los peces de zonas polares que los sintetizan para no congelarse, el diseño estructural de aviones y barcos a partir de las eficientes formas fusiformes de aves y peces...); o deslumbra la inmensa farmacopea de la selva amazónica; o asombran las sorprendentes propiedades de materiales nuevos o de fuera de nuestro sistema solar, las soluciones biológicas a partir de virus y bacterias, etc. Hoy en día, el científico, ha de gozar de un estatus privilegiado: sus aportaciones son útiles (a corto o a largo plazo), su investigación apasionante (auténticos argumentos de novelas de misterio) y su rentabilidad tecnológica y económica probada (los pagos por patentes deparan cantidades enormes).

La última, casi mágica, revelación científica ha tenido por protagonista a un pequeño crustáceo (de uno a varios milímetro de largo) emparentado con los camarones que tiene la propiedad de hacerse visible-invisible a voluntad. Al igual que la "capa de la invisibilidad" de Harry Potter, o el "hombre invisible" de H.G. Wells, o el exoesqueleto artificial de "Predator"; este copépodo brilla con un hermoso color azulado, semejando una joya cuajada de minúsculos diamantes (los japoneses llaman "agua enjoyada" a la acumulación de miles de estos diminutos seres que se produce ocasionalmente en el mar), pero de cuando en cuando, los machos de esta minúscula especie giran su espalda hacia la luz en un ángulo de 45 grados a la vez que realizan una maniobra de natación en espiral, entonces la longitud de onda de la luz reflejada sale del rango de luz visible y pasa al ultravioleta invisible: "El zafiro azul desaparece y solo, fijándose uno muy bien, advierte un leve oscurecimiento entre la absoluta transparencia del agua.

Es como el secreto de la capa de invisibilidad pero al revés. Lo extraordinario aquí es que su diminuto cuerpo es normalmente transparente y por tanto invisible, pero la disposición de las placas de guanina que cubren el cuerpo de los zafiros de mar se amontonan en matrices periódicas increíblemente precisas y cuando el animal modifica casi imperceptiblemente la separación entre esas capas determina los colores iridiscentes que presenta: amarillo, azul o morado, según el espacio que hay entre esas placas, controlado por una fina capa de material celular que las separa.


Hay más cosas en el cielo y la tierra (y el mar) amigo Horacio, que las que imagina tu filosofía. 

domingo, 30 de agosto de 2015

Ayuela - Shangri La

Cada uno en su villorrio, cada cual en su localidad, todos en su pequeño pueblo pueden encontrar motivos para imaginar que su rinconcito en el mundo es un auténtico Shangri La. Este verano pasé unos días en el pueblo de mis padres, Ayuela de Vadavia. De mis caminatas de madrugada, de los paseos al atardecer con mis padres quedan imágenes en mi retina y recuerdos en mis pensamientos suficientes como para considerarla un locus amoenus ideal.
Desde cada perspectiva personal encontraremos motivos para demostrarnos que nuestra minúscula villa ofrece los más agradables placeres de la vida. Ahí va la prueba: estas son las maravillas que ofrece mi pueblo. ¿Álguien da más por tan poco precio?


Océanos de cebada que darán lugar a varios hectolitros de cerveza.


Miles de enebros cuyas miríadas de enebrinas serán la base de deliciosas ginebras.


Afrutadas endrinas; esencia de agridulces pacharanes que darán sabor a excitantes licores caseros.


Delicados líquenes, la más suave textura para limpiarse el trasero después de un apretón en el monte.




Levítico paraje de leche y miel. Tierra de pan llevar y de vino incipiente que ha comenzado a cultivarse.





Variada farmacopea silvestre, surtida de tes, manzanillas, poleos, hierbabuena, orégano, cornezuelo, dedaleras, milenrama...




Parque de atracciones natural con excitantes actividades como arrancar y acarrear enebros, alimentar el fuego de una hoguera de alegre chisporroteo, bañarse en una chorca campestre, golf con acceso peatonal a escasos tres kilómetros, fiestas y concursos infantiles, pedos de lobo...


Reino de las bestias salvajes, tierra de gamos y corzos, territorio del raposo, solar de la culebra, dominio de las águilas, cielo de la cigüeña, auditorio de las ranas, camino del lobo...


Riqueza de setas, agayugas, cardo silvestre, moras, ciruelos, miel, cangrejos, ancas de rana...



Tierra de las mil fuentes con un auténtico manantial de la eterna juventud en el centro del pueblo.


Ermita mítica con historias de degollamientos, moros y conventos antiquísimas.


Sugerentes leyendas: La Cabra Carbonera, Las cabras del tío Hilario, La Mata de los Carlistas, Los cimientos de la ermita de Rabanillo, El pozo de la yegua...


Rutas de ensueño, senderos olvidados, caminos perdidos,


Todo bajo el influjo poderosos de un cielo limpio cuajado de estrellas, donde la luna llena es el sol de medianoche y la cercanas montañas ejercen su influencia mágica sobre los valles y colinas del lugar.

viernes, 26 de junio de 2015

Í-spn-ya



Quiero pensar que, entre las variadas hipótesis sobre el nombre de nuestro país, la que defiende que proviene del término fenicio "i-spn-ya" (término documentado en tablillas de escritura cuneiforme ugaríticas desde el segundo milenio antes de Cristo), sea la correcta. Lo que sí es seguro es que los romanos le dieron a "Hispania" el significado de "tierra abundante en conejos" y no me extraña pues, si dudas tuvieron, éstas se disiparon al caminar por sus calzadas y sorprenderse de los abundantes conejos que las cruzan, especialmente al amanecer. Muchos historiadores se refieren además a Hispania como península "caniculosas" (conejera) y en algunas monedas acuñadas en la época del emperador Adriano figuran personificaciones de Hispania como una dama sentada y con un conejo a sus pies.

  

Adriano, que nació en Itálica, y le tiraba el terruño, acuñó una moneda en conmemoración de uno de sus viajes a la provincia de Hispania. Ésta es la alegoría de Hispania más famosa se acuñó en Roma; se trata de una figura femenina con una túnica larga, timbrada con laurel u olivo, reclinada hacia la izquierda, con su brazo izquierdo sobre unas rocas, que podrían hacer referencia a los Pirinieos. Con su mano derecha sostiene una rama de olivo. A los pies de la figura aparece un conejo, el animal que teóricamente los fenicios emplearon para nombrar a la península: Hishphanim.

Jesús Marcialem, hispano descendiente de algún lejano antepasado germánico, también hacía sus excursiones temprano por las cercanías de su pequeña villae-adosada en la Hispania Citerior y, aún sin las doradas monedas del imperio, sí iba provisto de móvil donde recogió la lejana imagen de algún gazapo y grabó algunas impresiones:

"Paseo desde las siete de la mañana por la vía de servicio del Canal del Henares que rodea mi urbanización en Cabanillas del Campo durante un kilómetro y luego se alarga hasta Meco. Me he incorporado al camino de tierra a la altura de un pequeño puente y, desde entonces, lo recorro a buen paso disfrutando del aire templado de la mañana y, también hay que decirlo, intentando ponerme en mediana forma después de un año de costumbres sedentarias. El camino está flanqueado a la derecha por un talud de tierra que refuerza el perfil del canal y que aparece horadado por cientos de galerías escavadas por esos pequeños roedores que dieron nombre a la Península. A la izquierda, tras la maleza, se extienden la naves industriales y, más allá, los campos pintados de un verde primaveral. A ambos lados crecen, abundantes, cardos y los hierbajos y, sobre ellos, se elevan numerosos árboles (olmos y álamos) que hidratan sus raíces en el suelo con la humedad que se filtra del canal. Enseguida, desde que me puse a caminar, empezaron a sorprenderme los pequeños "cunículus" que saltaban por todas partes. Estimulado por su numerosa aparición comencé a contarles: 1, 2, 3..  Cruzaban siempre desde el terraplén a los matorrales (4...) del otro lado donde la espesura les protegía. Los que, apurados por mi llegada (5, 6...), no se atrevían a cruzar, se escondían rápidamente en alguna de las numerosas madrigueras: todo menos dirigirse al borde mismo del canal donde estarían irremisiblemente perdidos. Escasamente andaba diez pasos, apenas doblaba un recodo, aparecían correteando  por el camino (7, 8...)  Mientras avanzaba (9...) estudiaba su comportamiento. Debían notar mi llegada, más que por avistarme. que jamás miraban al camino, porque me oían llegar; entonce se situaban en un borde del camino de perfil, con una de las orejas orientadas hacia mi posición, y esperaban un momento para asegurarse (el número 10 se había detenido...). Si me detenía se quedaban así, inmóviles a un lado del camino, agazapados, prestos a saltar inmediatamente a la espesura. Podía quedarme varios minutos y el pequeño herbívoro seguía inmóvil, cuando me decidía a dar un paso las vibraciones del terreno o su finísimo oído le alertaban y corría entonces hacia alguna senda secreta en el laberinto de matorrales. Sé que notan las vibraciones del terreno porque cuando voy con la bici tardan mucho más en darse cuenta de mi llegada, hasta el punto de que en una ocasión atropellé a uno de ellos arrollándolo inevitablemente. Al reiniciar la marcha el número 10 saltó hacia los cardos. Enseguida aparecieron muchos más (11, 12, 13... 14...). Zigzagueaban por el camino, corrían por el lateral y, por sorpresa, cambiaban de dirección saliendo  perpendicularmente con una agilidad pasmosa (el 15, de improviso...). Sorprendí al número 16 con la guardia baja, al apercibirse demasiado tarde de mi presencia: subió desesperado el talud de la derecha levantando una mediana polvareda antes de introducirse en una de las cuevas. Yo seguía mi  madrugadora ruta (17,18...); si caminaba despacio podía, con el sol a mis espaldas, acercarme mucho. A veces les sorprendía a esa distancia (el 19 cruzó cinco metros por delante de mí). Pensaba en la oportunidad de disponer de una escopeta con esos cartuchos que abren las postas en abanico; seguramente mataría aquellos tres de un tiro (20, 21,22...) o, siendo más realista -no soy cazador-  podía haber traído mi tirachinas y, quizás, a alguno hubiera acertado ¡Estaban tan cerca! (el 23, extrañamente calmoso, caría seguro...). En una ocasión, recordé, había construido un arco con las elásticas lamas de un somier de madera y varillas de paraguas como flechas: hubiera sido un buen momento para probar la efectividad del invento sobre el 24 que esperaba, alertado, confirmar mi llegada con la vibración de mis pasos. A unos cincuenta metros salieron de los arbusto el 25 y el 26. Y, tras el siguiente recodo un grupo más grande salió al camino y se desperdigó por los laterales (27, 28, 29... 30...). El último saltaba en ese momento, mientras yo fantaseaba sobre la trágica posibilidad de una guerra que nos obligara a buscar el alimento por nuestra cuenta en la naturaleza cercana: unos cuantos lazos en la boca de las muchas madrigueras darían de comer a un familia durante un tiempo... (31, 32... ¿era un conejo aquello que se movía? 33...)   Los pequeños herbívoros seguían apareciendo incluso en las proximidades de los polígonos industriales y sus accesos; al parecer no sentían ningún temor por los trabajadores y las máquinas (34...). Yo seguía caminando en silencio entre salto y salto: 35... 36... 37... El número 38 lo encontré inmóvil y tieso en medio del camino, su pellejo hinchado revelaba que la mixomatosis aún hacía estragos en la población.  Continué la marcha, mientras los pequeños animales no cesaban de aparecer (39...). Encontraba de vez en cuando montoncitos de excrementos en medio del camino, pero siempre en un lugar despejado que facilitaba su fuga. Alguien me contó en una ocasión que, desconfiando de los lugares escondidos, los conejos prefieren realizar sus evacuaciones en lugares abiertos donde  pueden auscultar el entorno fácilmente (el número 40 cruzó velozmente a apenas dos metros por delante de mí...). Los excrementos que ahora observaba y que hubieran resultado un excelente abono para mis macetas, estaban ya probablemente reciclados, pues la coprofagia es una necesidad biológica para estos animales que necesitan aprovechar la vitamina B12 que aún contienen sus heces (el 41 y el 42 se alejaron corriendo mostrando al correr la intermitente bandera blanca de sus ancas descubiertas al alzar la cola).  Mientras saltaba hacia la maleza derrapando en el borde del camino el número 43 distinguí, ya cercanas, las urbanizaciones de Alovera, el pueblo vecino. Poco antes de abandonar los tramos arbolados me sorprendió un numeroso grupo que se desplegó por el camino alejándose a un tiempo después de que uno de ellos golpeara el suelo fuertemente con sus patas traseras como señal de aviso (44!... 45, 46, 47, 48...). La mayoría eran gazapos muy jóvenes, apenas un bocado para el posible cazador. Ya rebasada la línea de árboles aún me encuentro alguno más  mientras me acercaba al puente que cruza sobre el canal
(49... 50... 51...). Poco antes de pasar al otro lado del canal asusto a una familia de patos con sus pequeños patitos que salen huyendo desplegados en abanico aguas arriba; entonces entreveo en los arbustos al número 52 escondiéndose silenciosamente. A partir de aquí, ya próximas las huertas de ocio para la tercera edad del pueblo alcarreño de Alovera, no vuelven a aparecer hasta que, en el camino de vuelta por el otro lado del canal, aparecen tres más que se ocultaron rápidamente entre unos altos matorrales en un cruce de caminos, casi al lado de las tapias de los primeros chalets (el 53, 54 y el 55, parecían estar a gusto entre la basura abandonada al lado del camino). 
Ya de vuelta dejé de contarlos. Seguían apareciendo, eso sí, pero avanzaba el día y, estos, son animales de hábitos crepusculares. Además, los practicantes de footing corrían ya por la pista asustando desde larga distancia a los sensitivos animales. No fueron tantos como en el temprano amanecer, pero seguían saltando gazapos rezagados... "
Jesús Marcialem, el germano, llegó a su villae contento. Esa prodigiosa fecundidad que observó en el campo le había inspirado. Subió a la habitación de su esposa que se desperezaba y se tendió a su lado...

martes, 16 de junio de 2015

Paleolítico vivo


Recreación de uno de los bisontes de la reserva de san Cebrián de Mudá (Palencia)

Hubo un tiempo, hace casi un millón de años, en que en la Sierra de Atapuerca se oían mugidos de uros, relinchos de tarpanes y bramidos de búfalos. Tampoco faltaban las berreas de los ciervos en los meses de otoño y los gruñidos de jabalí en los bosques templados de robles, castaños y encinas. Cuadrillas de homo antecessor, con campamento en la Gran Dolina, merodeaban por los alrededores y hostigaban a estos animales para darles caza. En tanto, las mujeres recolectaban frutos, raíces y semillas y, quizás, llegaban a acercarse hasta el cercano río Arlanzón para pescar pequeñas truchas y cangrejos mientras observaban las aves migratorias o las evoluciones de los grandes hipopótamos en el agua.

Hoy el paisaje ha variado. Ya no hay tantos bosques ni abundan las charcas donde retozababan los hipopótamos y en cuyas orillas pastaban los ciervos u hozaban los jabalíes. El clima se ha extremado bastante y el frío invierno ha vuelto inhóspito el lugar para algunos de estos animales. Además, en los últimos milenios, las grandes tribus de homo sapiens han superpoblado el hábitat encontrándose uno de sus macrocampamentos permanentes a menos de 10 km. en el cercano lugar conocido como Burgos. Otros campamentos menores se emplazan más al sur del antiguo asentamiento: Atapuerca, Ibeas, Mozoncillo; hasta llegar a dos poblados situados a la ladera de una importante masa boscosa: Salgüero y Brieva de Juarros. Los habitantes actuales de estos parajes se dedican, desde el Neolítico, a la agricultura y la ganadería habiéndose reducido la fauna a las especies típicas de la meseta y de la ganadería: ovejas y vacas principalmente.

Las cuevas y cavidades de la Sierra de Atapuerca, que habían teniendo diversos usos a lo largo de la historia, se convirtieron en foco de especial atención para la ciencia a partir del hallazgo verificado de antiquísimos restos humanos en 1976. Desde entonces el interés del yacimiento no ha cesado de aumentar. Se suceden excavaciones, descubrimientos, publicaciones, proyectos museísticos, talleres... Una de las iniciativas más llamativas es la de recrear en la zona el ecosistema natural de aquellos tiempos en zonas de hábitat similar y la incorporación de especies prehistóricas como el uro (especie precursora del toro actual), el tarpán (caballo primitivo) y el bisonte (bóvido casi extinguido muy abundante en la época). La idea no es nueva. Desde el año 2010 pastan los bisontes en los prados de San Cebrián de Mudá (Palencia) a los que se les ha añadido sucesivamente caballos «prezwalski» y onagros (asnos salvajes del paleolítico). Ahora en los bosques y dehesas entre Salgüero y Brieva de Juarros, en Burgos, y a unos 6 km. de Atapuerca, intentan aclimatarse cinco bisontes de origen europeo procedentes de Polonia, 36 uros, 8 caballos przewalski y 13 tarpanes. La iniciativa choca con los intereses de los ganaderos de la zona que objetan los peligros sanitarios que pueden ocasionar a la ganadería autóctona (propagación de enfermedades), incompatibilidad para compartir espacios, dificultad de contención en el vallado... y ponen en duda la gestión realizada y la posible rentabilidad de la reserva. Pero los responsables del proyecto, que cuenta con ayuda y financiación europea, replican que revitalizará la actividad de la zona (laboral, turística, económica...) con visitas a la reserva, gastronomía específica, y resaltan el interés científico y ecológico que supone.

Bisontes en las proximidades del arroyo Salgüero

Manada de caballos przewalskis de la reserva. 

Este domingo visité la parte ya vallada de la reserva con uno de mis hermanos.  Esperábamos ilusionados encontrar la pareja de bisontes que mi hermano ya había localizado pastando el domingo anterior en la dehesa en torno a un pequeño regato que vierte en el arroyo Salgüero. No los encontramos. Había llovido bastante esos días y los animales se habían retirado al amparo de los robles. Ahora los brotes crecían por doquier y no necesitaban buscarlos en la humedad del arroyo. Pero lo que sí encontramos fue una hermosa manada de caballos przewalski y de tarpanes. De alguna manera una docena había superado la cinta electrificada y escapado de la cerca de espino que rodeaba la zona de pastos. Permanecían agrupados en el camino, sin asustarse de nuestra llegada. Nos acercamos con cuidado (¿Quién no experimenta una extraña emoción al acercarse a un pariente cercano de aquellos salvajes del Paleolítico?).Tras los recelos iniciales se acercaron, olisquearon nuestras ropas y se dejaron acariciar. Al otro lado de la valla permanecían separados media docena que no pudieron salir.  Desde su lado, el jefe de la manada, relinchaba reclamando su vuelta. El grupo evadido quería volver pero ya no sabía cómo. Cuando echamos a andar, camino adelante, nos siguieron con la vana esperanza de que les introdujésemos en el vallado. Tomamos un camino lateral para buscar a los bisontes en la dehesa que acostumbraban a frecuentar y ellos se quedaron, inmóviles, mirando como nos alejábamos. Sentí lástima por aquella pequeña manada desamparada. El camino se internaba en un agradable bosque de robles, algunos de cuyos ejemplares, alcanzaban gran envergadura, se trataba de un bosque antiguo con hierba y sombras abundantes. A la derecha se extendía un pequeño valle cruzado por un arroyo. Durante un buen rato seguimos camino adelante hasta ascender a lo alto del monte sin encontrar rastro de los bisontes, pero vimos en el barro húmedo abundante huellas de pezuñas de uros, los bóvidos recientemente introducidos en la reserva. Regresamos. Al volver al camino principal encontramos de nuevo la manada de przewalskis. Allí los dejamos, inmóviles, con una súplica equina en la mirada. Al alejarnos miré con pena aquella pequeña manada prehistórica separada por la larga valla del tiempo.


Recreación de uno de los caballos tarpán..



ANEXO
Ha pasado tiempo desde esta visita. Ocho años, nada menos. En este tiempo la reserva se ha consolidado. Hay ahora mayor número y más diversidad de animales y las visitas se suceden debido al interés creciente. Tanto es así que uno de mis sobrinos, por avatares de la vidas, trabaja de guía en ella. Además de aclararme la diferencia entre caballos tarpanes y przewalskis (estos últimos tienen una "M" blanca en el vientre y se aprecian muy claramente en la cueva de Lascaux, en Francia), me ha enviado dos fotografías que pueden completar la imagen de este lugar. 







lunes, 8 de junio de 2015

Árboles.


Te gustan los árboles -comentas bajo los artículos del blog que a ellos dedico de forma recurrente-. Me gustan sí, lo confieso y lo proclamo.¿Cómo no habrían de gustarme? Hace ya millones de años que mis genes se multiplicaban sobre sus ramas. Les debemos tantas cosas... A su sombra crecí, por su tronco trepé, en su copa me alcé, en su follaje me escondí, su flores recogí, sus frutos robé, de sus ramas caí... En su tronco grabé un corazón asaetado, con su corteza esculpí el barco viajero de mi niñez, con las horquillas de sus ramas construí mi tirachinas, en su tronco viajé por el río, en sus nudos apoyé mi casita de madera... Su umbría agradecí, su frescor celebré, la luvia dorada de sus hojas admiré, sus raíces envidié, su corteza acaricié, su fuerza veneré, su silueta contemplé, sus ramas en danza gocé... Me encandile con sus habitantes: con la ardilla me extasié, con la paloma me sorprendí, con la urraca me asombré, con la humilde hormiga me embobé, con la mariposa me fasciné, con el búho me sobrecogí...

Noble árbol:

Estás en el corcho de mi botella, en el papel en que escribo, la silla donde me siento, el tronco de mi cabaña, la rueda de la carreta,  la horquilla del tirachinas infantil, la astilla de la hoguera, el leño en el fuego, la viga maestra de nuestra casa, el piso cálido donde  poso mis pies desnudos, el bastón de mi vejez, el palillo de mis dientes, la cuchara de mis guisos, la carne de mi lápiz, los muebles de mi casa...

Eres piel de los barcos, esqueleto de las casas, mesa y silla de mis días, escalera de mis anhelos, amarre de mi hamaca, frescor de mis tardes, refugio de alados seres, torre de las hormigas, imperio de la ardilla, reino del  mono, posada de las  aves,  anclaje de la tela de la tejedora araña, galerías de termitas en xilófago festín, cueva de roedores, oficio de carpinteras aves, fábrica de la vida, viva red bajo la tierra, apoyo de mi espalda, hito del camino, pastor del río...

Escucho tu conversación en el fragor del bosque: hablas con rumor de hojas, crujidos de ramas, crepitar en el fuego. Prestas tu auditorio a los pájaros, tu silbato al viento, eres pulmones de guitarra, tráquea de flauta, garganta de violín, tañido de castañuelas, estrépito de carracas, soporte del tambor...

Me has regalado hermosas flores perfumadas, frutos que me alimentan. Me ofreces el observatorio de tu copa en los atardeceres, la danza de tus ramas, la medicina de tus hojas y tu corteza; las proteínas de la seda...

Te llamas encina y eres totem sagrado de los celtas; tejo de fidelidad, de amor, de arcos eficaces; teca de luvia, ébano misterioso, poderoso baobad, , almendro cumplidor, provechoso naranjo, alegre cerezo, robusto alcornoque, membrillo tierno, agitado laurel de Dafne, olmo a las orillas del Duero, roble de Guernica, olivo de aceite,  resistente pino resinoso rey del páramo... Posees fortaleza de roble, vigor de cedro, gentileza de palmera,  cabellera de sauce, perfume de magnolia, generosidad de frutal.

Viejo árbol:

Como una mano hundida en la tierra, agarrando su esencia mineral, elevas tu brazo vegetal hacia el cielo donde tus venas verdes se dividen en mil bifurcaciones vegetales.  Antes de que seas sin juzgar decapitado por el hacha del leñador  y lágrimas de ámbar broten de tu tronco cercenado exhalando un poderoso olor a trementina que inunde el aire; antes de que te conviertan en serrín, virutas, astillas y troncos inertes; antes de que tu cuerpo -corazón de fuego- inflame tu alma ardiente en una chimenea; antes de que te reencarnes quizás en carbón lejano; antes de que el afán desforestador acabe contigo en la orilla de un bosque, antes de morir de pie y muerto caer al suelo y yacer y volver a ser suelo y subir de nuevo al cielo; permite que, mi cuerpo muerto acuesten en la tierra a tu lado y hunde tus raíces en mi carne, quiero que operes en mí la alquimia de la vida eterna.

viernes, 5 de junio de 2015

Una huerta en en medio de la ciudad


El huerto Molinillo, quién lo diría, está en medio de la ciudad. Su topónimo, tomado de la calle que le da entrada es una reliquia del nomenclátor, con cierto valor arqueológico, que nos habla de aquellos tiempos en que la ciudad era más pequeña y los huertos se extendían a partir de sus murallas. Algún pequeño molino tomaba entonces sus aguas en el cercano Arlanzón muy cerca de esta zona.  Es un huerto urbano 100%. Su codiciado terreno, valorado en términos de edificabilidad, tendría un precio casi astronómico. Pero es un huerto de convento, un espacio cerrado a cal y canto donde unas monjas, durante un siglo, cultivaron sus verduras para  su propio abastecimiento. En los últimos años este convento de las monjas trinitarias que actualmente solo alberga 7 monjas, algunas muy ancianas, tenía la huerta completamente abandonada y presentaba el aspecto agostado de la ilustración.  

Pero, algunos ojos inquietos habían tiempo que se habían  fijado en las posibilidades de dar uso a estos terrenos, entonces yermos, creando de una tacada un triple beneficio social: cuidar y mantener el huerto de las monjas pagando un alquiler, dar salida a algunos ingenieros agronómos actualmente en paro y promover una agricultura ecológica y solidaria. Miembros de la Fundación Alter y Promoción Solidaria alquilaron el terreno y crearon grupos de consumo de soberanía alimentaria. La idea era evitar los intermediarios y potenciar el consumo cercano y sostenible. Así nació la Huerta Molinillo, con un invernadero de 1.500 metros cuadrados, que proporciona cestas semanales de alimentos a 60 familias a un precio razonable.

Al proyecto le pone cara Rafael Martínez, miembro de las dos agrupaciones citadas, que dirige la iniciativa. pero son muchas las personas que colaboran con su trabajo desinteresado. Lo sé muy bien, pues mi hermano y mi cuñada nos han dejado "plantados" algunas veces para pasar algunas horas ayudando en las tareas de la huerta. Después de una inversión inicial en la que las organizaciones citadas y muchos ciudadanos particulares aportaron el capital necesario para herramientas, maquinaria, invernaderos, riego... la huerta se puso finalmente en marcha en febrero de 2014.  La prensa local se hacía eco de la noticia. 


Rafa Martínez resumía así la filosofía del proyecto:
«Vamos a devolverle el uso que tuvo la finca y que las monjas ya no podían otorgarle. Plantaremos cebollas, zanahorias, tomates, puerros, calabazas, patatas, guisantes, judías, pimientos, calabacines, coles, habas... con la idea de que sea accesible y asequible para los socios de la iniciativa» ... «Lo que se busca es vincular el producto con el consumidor y hacer responsables a los consumidores de lo que comen, sin intermediarios. El planteamiento es el de soberanía alimentaria, que está en contra de las empresas transnacionales que comercializan con alimentos, que los productos no tengan que recorrer cientos de kilómetros provocando miseria en los países de origen para que nos lleguen... Es volver a vincular al agricultor con el consumidor», añade mientras recuerda la frase de Gustavo Duch: «Mucha gente pequeña, en muchos lugares pequeños, cultivarán pequeños huertos… que alimentarán al mundo».

El carácter social de la iniciativa se ve reflejado en estos comentarios editados por el Diario de Burgos del 5 de mayo:  "Está pensado también para subrayar el valor de acercar el producto, garantizando unas buenas prácticas agrícolas, una ausencia de tratamientos químicos y evitando las injusticias que se cometen en las zonas de producción cuando éstas se encuentran lejos: la rentabilidad de la venta en Europa sería imposible si no es partiendo de agriculturas intensivas, sueldos bajísimos para los productores o, directamente, prácticas abusivas."

La  huerta empezó a dar sus frutos en septiembre y desde entonces, los socios cooperativistas, reciben una cesta de unos cinco kilos con verdura de temporada. Cuando los productos agrícolas escasean suplen esta carencia con productos adquiridos a agricultores de confianza de varios pueblos burgaleses que les  proporcionan legumbres y otros productos alternativos. El terreno está acondicionado sobre bancales y permite a los curiosos visitantes pasear entre las siembras. El riego es por aspersión y goteo y los techos de los invernaderos, montados por una empresa especializada de Almería, permiten la apertura cenital para regular automáticamente el calor. El abono, estiercol de oveja, lo obtienen de un pastor del pueblo de Monasterio de Rodilla y cuentan, para el especifico calendario agrícola de Burgos,  con el asesoramiento del propietario de la explotación agrícola de La Montañuela en el Valle de Tobalina. Ello hace que puedan escribir en su blog optimistas comentarios como este del pasado jueves, 4 de junio: "Con la buenas temperaturas que hemos tenido las semanas pasadas, la huerta está dando mucho fruto. Las cebollas y los guisantes ya se recogieron, pero ahora es el turno de la alubia verde, que está en plena floración y promete unas vainas muy tiernas y sabrosas. La fresa sigue dando unos frutos espectaculares y la patata se nos desborda del bancal. También están empezando a salir los pepinos, los pimientos y los tomates (¡increíblemente pronto para Burgos!) que harán las delicias de todas y todos ya en junio"

Desde hace algún tiempo complementan su producción en invernadero con una explotación a cielo abierto en Rabé de las Calzadas, junto al Camino de Santiago.

NOTA: 
Que escriba en mi blog sobre los huertos urbanos es una iniciativa que surge de la experiencia familiar. Dos de mis  hermanos participan activamente en la cooperativa y adquieren dos cestas semanales. han colaborado económicamente y han trabajado duro (recuerdo el día que fueron a comprar los guantes y la azada). Las verduras de la cesta (en realidad una caja de plástico) están buenísimas y mis padres (destinatarios de una de ellas) han comido sano durante todo el año aunque se quejen del exceso vegetal de su actual dieta. Hace un par de meses tuve la oportunidad de visitar personalmente El Molinillo acompañando a mi hermano Miguel a recoger su cesta semanal. Allí, en una caseta de madera, se alineaban las cestas con sus productos equitativamente repartidos: acelgas, ajetes, patatas, fresas, alubias, fresas... Bajo los invernaderos muchos bancales recién sembrados con los primeros brotes asomando: "Han brotado hoy todas las judías, decían admirados" mientras retiraban algún caracol que se desperezaba ante los brotes tiernos. Con amabilidad nos explicaron el funcionamiento de aspersores e invernaderos y nos hablaron de los cultivos en curso. Mientras  acudían los visitantes ocasionales o los socios a retirar su cesta, los chiquillos (hijos de colaboradores y visitantes) jugaban felices entre algunos enseres del recinto. Ciertamente los productos logrados con tantos cuidados y trabajo son más caros que los comercializados.  Pero da gusto ver lo bien que funciona el proyecto y los réditos sociales que implica. Felicitaciones a los protagonistas.

Por otro lado en mis paseos mañaneros por la orilla del Canal del Henares paso al lado de los huertos de ocio y autoconsumo que el Ayuntamiento de Alovera  pone a disposición de los jubilados del p ueblo. Da gusto contemplar como crecen las lechugas, como maduran los tomates, o trepan las judías  por los soportes de caña... Los mayores que los cuidan se entretienen y charlan animados la mayor parte del tiempo (aunque también trabajan) y después llevan orgullosos sus verduras a casa para invitar y regalar a la familia.