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viernes, 13 de enero de 2017

Una palabra y mil imágenes 42: "Enemigo"

Las guerras crean divisiones absurdas entre los hombres. Por el hecho aleatorio de haber nacido en un lugar, pertenecer a una etnia o pueblo diferente o estar en el lugar equivocado en un momento inoportuno pertenecerás a un bando que odiará a los miembros del otro los cuales harán exactamente lo mismo empujados por unas reglas muchas veces injustas e incomprensibles. Quizás haya algunas guerras justas, algunas decisiones bélicas sí parecen obedecer a poderosos argumentos; pero entre las muchedumbres de los pueblos en guerra, superados los estereotipos impuestos y las declaraciones de odio por decreto, surgen a veces una aparentemente contradictoria amistad con el
enemigo.  




Hay dos películas, que recrean (aún desde escenarios muy diferentes) esta aproximación a la amistad desde los lejanos extremos del odio. Ambas son historias bélicas con aventuras de naufragios y supervivencia. Las dos con combatientes solitarios enfrentados a otro solitario enemigo en un territorio hostil y donde cada uno de ellos (salvando los estereotipos) es el reflejo exacto del otro lado del espejo en que se miran los protagonistas. De la consideración del otro como el enemigo peligroso, malvado e indigno se va pasando a considerarlo el amigo generoso, bondadoso y noble. Da igual que la acción transcurra en una abandonada isla del Pacífico o en el inhóspito planeta Fyrine IV, que el protagonista sea japonés o un draco reptiliano, que ocurra en 1945 o en el futuro siglo XXI... los valores que encarnan los protagonistas son idénticos y universales. Pasamos de la repulsión a la ternura en el corto periodo de una proyección: noventa minutos contra el odio, hora y media para el nacimiento de una amistad.

miércoles, 4 de enero de 2017

Bodas de Diamante de Cecilio y Margarita


Dicen que el diamante es la piedra más dura que existe y también la más valiosa, mucho más que la plata y el oro. Hace falta mucho tiempo para que esta gema se forme en las profundidades de la Tierra. Los diamantes de la vida, Margarita y Cecilio, también tardan mucho en formarse. 

Han pasado ya sesenta años desde que un frío 4 de enero de 1957 os jurasteis, el uno al otro, lealtad y respeto. En la bóveda de la iglesia de Ayuela resonaron entonces estas palabras:

"Prometo serte fiel, amarte, cuidarte y respetarte, en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad; todos los días de nuestra vida"

Hoy, seis décadas después, podéis afirmar que habéis cumplido la promesa. ¡Y, mira que han pasado cosas! Menos la lotería os ha tocado de todo: habéis gozado de salud y la disfrutasteis, sufrido la enfermedad y os sobrepusisteis; superasteis las necesidades demostrando que el dinero no es lo más importante; os desprendisteis generosamente de vuestras pequeñas riquezas para dar la mejor educación posible a vuestros hijos; disfrutasteis de las cosas buena de la vida: la alegría de los hijos, el bullicio de los nietos, compartisteis sus  éxitos, supisteis consolarlos en los fracasos , ayudarlos en sus necesidades, guiarlos en los caminos errados de la vida... y lo seguís haciendo en la medida de lo posible, mientras el cuerpo aguante. 

Han pasado sesenta años ¡quién lo diría! Sesenta años compartiéndolo todo: el primer año de convivencia en Ayuela, los años de Carrión y, al final, los largos años habitando en Burgos, la ciudad en la que vivís desde hace tanto tiempo, desde cuando la casa en la que habitáis era un campo de cereal. En cada ciudad, en cada barrio, mantenéis buenos amigos que os recuerdan con aprecio. Han pasado  21.915 días en los que han cabido innumerables bromas y enfados, risas y llantos, frustraciones y esperanzas. Días que han dado de sí para disfrutar de largos viajes, incontables excursiones, largas temporadas en el pueblo que os vio nacer, infinidad de visitas a familiares y amigos...


Hoy estamos aquí los que os amamos. Queremos ser como el noble metal que abraza la gema que representa vuestro aniversario, el anillo que rodea el diamante de vuestros sesenta años de matrimonio. Hemos hecho un hueco en nuestras vidas para acompañaros, para demostraros nuestro afecto. Queremos que sea un día feliz. Tenemos mucho que agradeceros y poco tiempo para demostrároslo.  Por eso me apresuro a terminar: gracias por vuestra vida, que es parte -y buena parte- de la nuestra. Gracias.  

jueves, 29 de diciembre de 2016

Una palabra por mil imágenenes 36: Virginidad

Perderla puede resultar traumático. Mantenerla puede parecer una rareza en según qué tiempos y circunstancias. Elena, mantiene una castidad despreocupada hasta que tiene la necesidad de perderla , la obligación de desvirgarse para poder contrabandear hachís desde Marruecos ocultándola en su vagina. Ella, una niña pija, ha de perder su doncellez por necesidades pecunarias. Con una cierta vergüenza se someta al trámite como a una operación quirúgica necesaria. En esta secuencia se escenifican con naturalidad y frescura los prolegómenos. La situación no está exenta de gracia y ternura: a mis ojos resulta divertidísima. Como a quién le toca la lotería, Jaimito (Juan Echanove) asume el feliz encargo de ayudar a Elena a perder su 
virginidad. 

Perdóneseme el atrevimiento (esta escena, en concreto,  aparece censurada en la redes sociales y sitios generales de internét) pero no me resisto a mostrar estas imágenes frescas, desinhibidas y  muy divertidas de la escena del necesario "desvirgamiento" de Elena por Jaimito (fallido, por cierto). Aparece en ellas una joven Aitana Sánches Gijón en la plenitud de su belleza en una escena de riesgo para toda actriz de la que sale sobradamente airosa. Ante el esplendor del cuerpo desnudo de la actriz, ante su naturalidad en escena, me quito el sombrero.  He vuelto a ver recientemente la obra y he disfrutado con los diálogos y la trama como en los viejos tiempos.  Y Aitana, ¡Ay, Aitana!, pones tu imagen a una Elena que resulta en pantalla (como dice Jaimito) un auténtico regalo de la lotería. Si yo te hubiera conocido en aquellos tiempos, hermosa y seductora Elena, yo también te hubiera hecho con mucho gusto ese favor. 

viernes, 23 de diciembre de 2016

Una palabra y mil imágenes-10: Amor

La Edad Media, no sé porqué, se me antoja la edad del amor. Hay quizá en esa edad, casi la primavera de la  historia, una exaltación del amor y también de la muerte. En la Edad Oscura, en los albores del Renacimeinto, el amor se expresa con toda su intensidad: verdean los campos, la vida se renueva, estalla la juventud en todo su vigor y pureza ... y el amor surge  porque es vida.

La vida se pasea por el amor y por la muerte. Morir torna el amor aún más sublime. Todo se vuelve más intenso: la juventud, la belleza, la sensación de los cuerpos desnudos sobre la hierba verde, la peste como telón de fondo y contraste ... pero, sobre todo, el
amor.  


Sería una obra menor de su director, su paso por las taquillas resultaría decepcionante, los críticos la juzgarían con desdén... pero a mí me fascinó cuando la vi. Joven yo, como el protagonista, también sentía anhelos de viajar hasta el mar y, como él, me sentía atraído irremediablemente por la belleza y dulzura de sexo opuesto. El amor en plena naturaleza, ese gozo indescriptible; la serenidad ante la miseria y la muerte que rodea a los protagonistas, la muerte misma a las puertas del abrazo... Todo respira vida. Admiro la pureza de la doncella. Envidio la suerte de Assi Dayan: yo también me enamoré de Anjélica Huston.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Una palabra y mil imágenes - 2: Ternura

Si bien es verdad que una imagen vale por mil palabras, también lo es que en cada palabra pueden esconderse mil imágenes: un millar de fotografías que encierran un concepto. En el cine, a 24 fotogramas por segundo, se cuenta una historia que el lenguaje condensa en una palabra, en un símbolo de nuestro lenguaje hablado. Inicio aquí una serie de entradas en el blog en las que comentaré las escenas que más me han impactado en el universo cinematográfico que he tenido la dicha de contemplar. Quizás las compartas, quizá no; pero te aseguro que a mí impresionaron. A veces, cuando pienso en ciertas palabras, esas imágenes acuden desde el recuerdo y se reproducen ante mi. En 42 segundos y medio, mil imágenes desarrollan una danza que tiene nombre propio:

  "Ternura"



Desde las escenas iniciales esta película, que vi de niño, me subyugó. El solitario entierro de la madre, la niña desamparada, la entereza, el desparpajo de la joven protagonista... todo ello me predispuso a la sonrisa y la ternura. Quizá algo tenga que ver el estilo retro en que está rodada: el blanco y negro, la depresión de los años 30, las localizaciones en el medio oeste americano... pero probablemente tenga más importancia la genial interpretación de la pareja protagonista: Ryan y Tatum O'Neal que logran trasladar a la pantalla una química especial en los personajes, que no necesitó muchos ensayos, pues esa era su relación también en la vida real como padre e hija.

Tatum, con solo ocho años y sin ninguna experiencia previa, mostró una capacidad y profesionalidad extraordinaria. Su personaje de Addie (la película está basada en una novela titulada "Addie Pray") está tan logrado que recibió el oscar a Mejor actriz de reparto, robando planos a la actriz protagonista.

Uno de los aciertos del director, aparte de su magnífica dirección y el tono optimista general que logra imponer a al cinta, fue el cambio del título. Del anodino "Addie Pray", y por una feliz casualidad, decidió titularla "Luna de Papel" inspirado por una canción que escuchaba  mientras escogía los temas de la película: "It's Only a Paper Moon". El título es tan sugerente que al propio Orson Welles le pareció un título tan bueno que le comentó a Peter Bogdanovich, su director, que no necesitaba siquiera hacer la película: bastaba presentarlo y el resto no importaría.

De todas las escenas, elijo el final de la película, cuando el (supuesto) padre de Addie la abandona a la puerta de un lejano y desconocido familiar. Una foto de su pequeña (supuesta) hija sentada en una luna de papel en la feria, desata la ternura del duro corazón del timador y termina por aceptarla y recogerla cuando la pequeña corría tras él con sus maletas. Aquí brotaron mis primeras lágrimas infantiles ante una gran pantalla.

La ternura que me inspiró la pequeña O'Neal ha hecho que siga su carrera con curiosidad. Quizá sintiera por ella un infantil y fraterno amor entonces, quizá sienta ahora ahora una paternal ternura.