Cuando Robert De Niro leyó el guión encontró que en la escena que tenía que rodar solo aparecía la siguiente frase: "Travis se mira al espejo". El delirante diálogo que vemos en el film es completamente fruto de la improvisación. No hay ninguna duda de que estuvo realmente inspirado. La frase ¿estás hablando conmigo? se ha convertido en una de las más famosas de la historia del cine, haciendo aparición en una gran cantidad de películas y series.
"¿Hablas conmigo? ¿Me lo dices a mí? Dime, ¿Es a mí? Entonces... ¿A quién demonios le hablas si no es a mí? Aquí no hay nadie más que yo. ¿Con quién puñeta crees que estás hablando?...."
(... nadie responde... solo existe el personaje ante el espejo en la más terrible
soledad)
Entre Paul Schrader, Martin Scorsese y Robert De Niro se las arreglaron para dar a Travis una identidad y hacerle recorrer, incansable, la calle 42 arriba y abajo, noche y día. Le hicieron testigo de vidas enteras a través del retrovisor de tu taxi. Las salas de cine X que tanto frecuentabas ya no existen, hoy su soledad sería más profunda, más hiriente si cabe, enganchado a las webcams porno. Tú mismo lo reconoces en la película: La soledad te ha seguido toda tu vida, a todos lados. En los bares, en los coches, por las aceras, en las tiendas, por todos lados. No hay manera de escapar de ella".
A por el mar, a por el mar que ya se adivina, a por el mar, a por el mar, promesa y semilla de libertad, a por el mar, a por el mar.
Allá por 1957, cuando yo nací, en la vecina Francia un grupo de guionistas cinéfilos empedernidos fundó un movimiento cinametográfico que llamaron "Nouvelle Vague". En el caldo de cultivo de los numerosos cineclubs galos creció aquel movimiento que postulaba la reducción al mínimo de la manipulación y la artificialidad y que resaltaba el papel del director como creador absoluto. Uno de sus directores más representativos fue Francois Troufeau al que llegué a conocer bien a través de los cineclubs patrios (y algo clandestinos) quince años más tarde, justo la edad que tendría el protagonista de nuestra película de nuestra entrada: "Los cuatrocientos golpes".
Antoine Doinel huye de una vida de penurias y, escapado de un correccional, se dirige corriendo (una carrera de de más de tres minutos de tiempo cinematográfico) hacia una playa desierta. La escena final, filmada en un memorable plano secuencia mediante un travelling de un minuto largo, es una de las más famosas del cine. La película termina con Antonine entrando apenas en el mar y volviéndose hacia la cámara a la que mira mientras esta se acerca con el zoom para mostrar el rostro interrogante y desvalido del protagonista ante un mar que le corta el camino.
François Truffaut, el director, volcó en esta película gran parte de sus experiencias de la infancia. El final, un final abierto que cada espectador completa a voluntad, fue tergiversado por la censura en España. Este hecho fue musicado por Luis Eduardo Aute en una de sus canciones emblemáticas "Cine, cine, cine". Por cierto este cantautor es también el autor de la estrofa inicial que da paso a la entrada. Ambas están, en mi opinión, inspiradas en esta película imprescindible.
Letra de Cine, cine (L. Eduardo Aute)
"Recuerdo bien
aquellos «cuatrocientos golpes» de Truffaut
y el travelling con el pequeño desertor,
Antoine Doinel,
playa a través,
buscando un mar que parecía más un paredón.
Y el happy-end
que la censura travestida en voz en off
sobrepusiera al pesimismo del autor,
nos hizo ver
que un mundo cruel
se salva con una homilía fuera del guión.
Cine, cine, cine,
más cine por favor,
que todo en la vida es cine
y los sueños,
cine son.
Al fin llegó
el día tan temido más allá del mar,
previsto por los grises de Henri Decae;
cuánta razón
tuvo el censor,
Antoine Doinel murió en su «domicilio conyugal».
Pido perdón
por confundir el cine con la realidad,
no es fácil olvidar Cahiers du cinéma,
le Mac Mahon,
eso pasó,
son olas viejas con resacas de la Nouvelle Vague."
Sin la autoridad del padre o el cariño a la madre; sin la gloria y la fama de progenitor, sin la derecho a la pertenencia, sin lugar en el libro de familia... pero con la obligación del regalo, la disponibilidad de todo su ser, la mansedumbre ante la mofa, ahí está el
padrino.
Es uno de los mejores actores de la historia, un actor que pasó desapercibido para los grandes estudios como un sufrido padrino, un hombre de apariencia vulgar, en el que la irritación no duele, la ira es dulce, y las regañinas se esperan como caramelos en un bautizo...
El gran José Luis López Vázquez, el Padrino Búfalo, la Querida Señorita, el blando atracador de las tres en punto, el hombre de La cabina... Hay que saber hacer el indio como él, encontrar el lado femenino con anónima dignidad, dirigir una banda de atracadores de chiste o encerrarse en una cabina con honestidad kafkiana.
Este hombrecito español, neuróticamente nacional, encarna la sufrida imagen de muchos padrinos que conozco: anónimos, entrañables, vulgares... dignos.
Gran queso blanco, moneda de plata, ojo del cielo, toro plateado del firmamento, farola de la nocturna Plaza celeste... las metáforas sobre nuestro satélite son infinitas. La miramos, la sentimos y la deseamos: Siempre tan cerca y tan lejos, errante y quieta, pálida o brillante, roja o plata, creciente o menguante, sincera o mendaz, embozada o desnuda... Siempre está ahí, al alcance de la mano; pero nunca podemos tocarla: la siempre deseada
Luna
Volar hasta la misteriosa luna es un sueño recurrente. Una luna agigantada por el crepúsculo, aumentada en su perigeo, brillante por su proximidad a la tierra y una silueta recortada en el aire, volando en plano adelantado contra su enorme disco de plata, es una imagen poderosa que permanece en la retina de por vida. Ayer precisamente pudimos contemplar la superluna del siglo; pese a carecer de un teleobjetivo que la agrandara como en el film resultó un espectáculo magnífico.
La secuencia de la bici voladora sustentada milagrosamente por la misteriosa fuerza del entrañable ET procede del mundo de los mitos, habita en la morada de los deseos latentes del ser humano; siempre intentó alcanzarla: quizá con una alta torre, acaso con una escalera gigante, puede que con alas emplumadas fijadas con cera, casualmente con una carro tirado por patos salvajes, eventualmente con una bala de cañón... El ser humano terminó alcanzándola con un cohete. Pero yo me quedo con la poética imagen de un niño y su mascota extraterrestre pedaleando en el vacío sobre una bici voladora. Allá por el cielo nocturno. Y, muy cerca, una gran luna plateada.
Botones a miles: botones de la derrota, botones del deshonor, botones botín... camisas abiertas, cordones cortados, pantalones caídos... paredes abotonadas, tirantes trofeo, intendencia botonera... Es la guerra de los
botones
Después de "La guerra de los botones" de Yves Robert, estrenada en 1962, y de cuya película proceden las imágenes precedentes; tuvo lugar en septiembre de 2011 la curiosa guerra entre "las guerras de los botones": dos remakes franceses de la película que coincidieron sorprendentemente en la época de rodaje y casi (por una semana de diferencia) en su estrerno en las salas francesas. Que esto haya sucedido y que ambas fueran records de taquilla en la semana de su estreno da idea del interés de esta comedia infantil que, sin pretensiones adicionales, posee una autenticidad y factura logradísimas.
Hay que destacar que la película se basa en la novela autobiográfica del maestro rural francés Louis Pergaud y recoge en ella muchas de sus experiencias como maestro rural. Aunque escrita en 1912, el director sitúa la escena en plena II Guerra Mundial, escalando el comflicto a la rivalidad entre los niños de dos aldeas franceas: Longeverne y Verlans. En medio de esa ancestral contienda el líder de uno de los grupos de 13 años llamado Lebrac, es el artífice de una idea que origina el inicio de la "guerra de los botones": Se le ocurre quitarle a los enemigos prisioneros los botones para que vuelvan humillados a sus casas. A partir de entonces, aquel pueblo que consiga arrebatar el mayor número de botones ganará la contienda: la suerte está echada.
Como todo el cine en blanco y negro, la película me evoca recuerdos infantiles: por la época en que la vi (hacia los 8 años, en 1965) y por los numerosos momentos argumentales que coincidían con mi realidad infantil. Yo también pertenecía a una pandilla: conocí la responsabilidad de un pequeño liderazgo, la exploración de los campos, la excitación de una batalla (las famosas "dreas" con tirachinas), el pánico de las emboscadas, la humillación de una derrota, la crueldad de los vencedores... Compartí el uso del tirachinas, la lucha con espadas, las rodillas peladas, los chichones, las carreras...incluso en el vestido (sin la boina, eso sí) encuentro parecidos. La rivalidad de los niños de estos dos pueblos franceses me resulta familiar.
La película, una aparentemente sencilla comedia para niños, incluye referencias de interés general: explica como se forman y funcionan los grupos sociales, las concepciones que les inspiran (igualdad, disciplina, distribución de tareas, sanciones...). Se definen los códigos de conducta en la contienda aceptados tácitamente por los contendientes: la tregua, el honor, la deshonra... Se exponen las tácticas: la planificación de los combates, la intendencia, la estrategia para minimizar costes y maximizar beneficios... No se esconde el uso de la violencia para con los animales en algún momento. La incorporación de novedades tecnológicas (el uso de un tractor) distorsiona el mapa de límites establecido e insinúa el poder devastador del armamento nuclear en las contiendas.
Aunque se trata de una película menor, es merecedora de gran interés. Es una de esas cintas que, sin llegar a la maestría de una obra maestra, resultan imprescindibles en la historia del cine: una pequeña joya de nuestra infancia.
Fue por casualidad que encontré este viejo corto de Tim Buton. Yo buscaba alguna película breve para poner a los chicos en clase; en una de aquellas clases de E. Compensatoria que mi compañera Carmen preparaba para los alumnos con desventajas (extranjeros, gitanos y feriantes). Además de las clásicas de Disney y alguna de Charlot (El Chico) vine a descargar, casi por casualidad, Frankenwinie. El nombre del corto ya presenta reminiscencias del mítico Frankenstein; pero el director (como en una travesura infantil) cambia el personaje y adapta el argumento al pero del protagonista aplicando lo aprendido en el libro de Mary Shelley a su propia mascota muerta provocando una divertida:
resurrección.
He colocado aquí este vídeo con el corto casi completo (el original dura unos 30 minutos). La película comienza con unas secuencias (seguramente autobiográficas) de una película realizada por Víctor el niño protagonista. La acción transita después por el jardín donde Víctor, un niño solitario, juega con su adorada mascota. Pronto un desgraciado accidente de tráfico acaba con la vida del animal y el niño se sume en una honda tristeza. Un rayo de esperanza le animará cuando, en la clase de ciencias, su profesor les muestra cómo provocar la respuesta muscular en una rana con ayuda de la corriente eléctrica. Y decide ponerse manos a la obra...
Este sería el segundo cortometraje de Burton y la Compañía Disney ya se había fijado en él por la originalidad y calidad de sus producciones. En este corto, delicioso y efectista desde mi punto de vista,
el director ya introduce las claves de lo que serán sus películas posteriores. En este caso, el blanco y negro, ayuda a crear un ambiente inspirado en el cine clásico de terror; pero con toques irónicos y humorísticos muy peculiares.
La compañía despidió a Burton justo después de acabar el film alegando que «era demasiado terrorífica para sus audiencias más jóvenes». En el año 2012 la misma compañía produjo un remake de la cinta, en formato largo y técnica de Stop motion (parada-movimiento). En el siguiente enlace podéis verla en francés incluso en 3D con ayuda de anaglifos (o gafas con dos filtros de cellophane: verde y rojo).
Pero, la verdad, la primitiva me parece mucho más original y entrañable.
De vez en cuando, durante años, me han asaltado la imagen bella y turbadora de Ingrid Thulin. Su cuerpo escultural, su mirada sensual, la madurez y seguridad que manifestaba; hacían de esta hemosa mujer la musa de mi
adolescencia.
En la película Agostino, el protagonista, se asoma a la pubertad; yo, allá por 1977, aún estaba dentro de ella. Al amparo de la penumbra de un cineclub burgalés presencié, curioso como el protagonista, las promiscuas aventuras de su bella madre. Confieso que me identifiqué con los edípicos deseos del protagonista y que quedé prendado de la atractiva figura de Ingrid Thulin que provocaba en mí un penoso estado de estupidez, afortunadamente transitoria. Digo transitoria, pero posiblemente dejara su huella, pues sigo recordando aquellas turbadoras imágenes y su temática escabrosa. Ayuda a ello que las imágenes del film fueron rodadas en blanco y negro y que su excelente fotografia realzara la belleza de la madre protagonista. Hay que destacar también las tórridas imágenes de la pandilla de jóvenes adolescentes en sus correrías con un evidente tinte homosexual.
Agostino transita perdido por el mar de la adolescencia toda vez que la relación con su madre, la brújula poderosa por la que se guiaba, cambia inevitablemente de rumbo. Así me sentía yo: con el deseo a flor de piel, perdido, abandonado, adolescente...
Ausencia de madre, de inocencia, de infancia sosegada y natural... Y una voz aniñada cantando una canción hipnótica: "¿Por qué te vas?"
¿Qué no tuve? ¿Qué se fue? ¿Qué faltó? ¿Cuáles fueron mis...
Ausencias?
Esta película, desde mi mirada adolescente, me impresionó. Como Ana, la protagonista, yo también tenía mis propias ausencias: la de una infancia normalizada, la del cariño, la de unas hermanas que me mostraran la mitad del mundo... Yo también respiré el aire opresivo de la infancia, sufrí la lejanía de los padres inaccesibles por la distancia, sentí la perplejidad de los niños ante el mundo de los adultos...
Miro esos ojos, los ojos negros y magnéticos de Ana Torrent, la mirada perturbadora de una niña que piensa por su cuenta ...
¡Hace tanto que vi esta cinta...! Quizá mis recuerdos no sean exactos pero el poso que quedó en la memoria me trae un regusto de ternura, añoranza, curiosidad, admiración... Sí, ternura por las tres pequeñas abandonadas a sus juegos en un universos paralelo al del adulto; añoranza de su ingenuidad, su libertad, sus elecciones; curiosidad por el mundo infantil de las niñas y su psicología, por sus sueños; admiración por esos ojos de Ana, todo intensidad y misterio...
Y escucho la canción que se repite como un mantra en mi cabeza: ¿Por qué te vas?... Lo pienso bien y rectifico... ¿Por qué nunca viniste?
El 10 de octubre de 1985 murió el superdotado actor y director Orson Welles. Que esa fecha coincida con mi cumpleaños me hace dedicarle hoy esta entrada del blog y, precisamente, en esta sección que homenajea al Séptimo arte, ese que tanto amó.
Ciudadano Kane, considerada como una de las diez mejores películas de la historia del cine, comienza por el final del magnate norteamericano Kane, que parece representar a un personaje real. el magnate de la prensa Charles Foster Kane, aunque Welles siempre defendió que era una fusión de varios personajes de la época. Sea como fuere, Un hombre solo está a punto de morir en una oscura habitación.
Las imágenes intentan contarlo todo pero no dicen nada. Una palabra es la clave pero nadie comprende su significado: Rosebud. Cuando la pequeña bola de cristal con su encerrado universo nevado cae, rueda y se rompe parece borrarse para siempre la clave de la vida de un hombre. El ciudadano Kane, célebre, rico y poderoso ha dejado el misterio de su vida sin resolver. Toda una película genial se dedicará a lograr entender a este hombre poderoso, alguien que podía obtener lo que quisiera ... ¿o no?
En la última escena de la película, ¡por fin! y solo para el espectador que ya está a punto de abandonar su butaca se desvela el misterio: El último recuerdo, la última voluntad del moribundo es la vuelta a la lejana y feliz Infancia.
Si bien es verdad que una imagen vale por mil palabras, también lo es que en cada palabra pueden esconderse mil imágenes: un millar de fotografías que encierran un concepto. En el cine, a 24 fotogramas por segundo, se cuenta una historia que el lenguaje condensa en una palabra, en un símbolo de nuestro lenguaje hablado. Inicio aquí una serie de entradas en el blog en las que comentaré las escenas que más me han impactado en el universo cinematográfico que he tenido la dicha de contemplar. Quizás las compartas, quizá no; pero te aseguro que a mí impresionaron. A veces, cuando pienso en ciertas palabras, esas imágenes acuden desde el recuerdo y se reproducen ante mi. En 42 segundos y medio, mil imágenes desarrollan una danza que tiene nombre propio:
"Ternura"
Desde las escenas iniciales esta película, que vi de niño, me subyugó. El solitario entierro de la madre, la niña desamparada, la entereza, el desparpajo de la joven protagonista... todo ello me predispuso a la sonrisa y la ternura. Quizá algo tenga que ver el estilo retro en que está rodada: el blanco y negro, la depresión de los años 30, las localizaciones en el medio oeste americano... pero probablemente tenga más importancia la genial interpretación de la pareja protagonista: Ryan y Tatum O'Neal que logran trasladar a la pantalla una química especial en los personajes, que no necesitó muchos ensayos, pues esa era su relación también en la vida real como padre e hija.
Tatum, con solo ocho años y sin ninguna experiencia previa, mostró una capacidad y profesionalidad extraordinaria. Su personaje de Addie (la película está basada en una novela titulada "Addie Pray") está tan logrado que recibió el oscar a Mejor actriz de reparto, robando planos a la actriz protagonista.
Uno de los aciertos del director, aparte de su magnífica dirección y el tono optimista general que logra imponer a al cinta, fue el cambio del título. Del anodino "Addie Pray", y por una feliz casualidad, decidió titularla "Luna de Papel" inspirado por una canción que escuchaba mientras escogía los temas de la película: "It's Only a Paper Moon". El título es tan sugerente que al propio Orson Welles le pareció un título tan bueno que le comentó a Peter Bogdanovich, su director, que no necesitaba siquiera hacer la película: bastaba presentarlo y el resto no importaría.
De todas las escenas, elijo el final de la película, cuando el (supuesto) padre de Addie la abandona a la puerta de un lejano y desconocido familiar. Una foto de su pequeña (supuesta) hija sentada en una luna de papel en la feria, desata la ternura del duro corazón del timador y termina por aceptarla y recogerla cuando la pequeña corría tras él con sus maletas. Aquí brotaron mis primeras lágrimas infantiles ante una gran pantalla.
La ternura que me inspiró la pequeña O'Neal ha hecho que siga su carrera con curiosidad. Quizá sintiera por ella un infantil y fraterno amor entonces, quizá sienta ahora ahora una paternal ternura.