miércoles, 12 de marzo de 2014

El preparado


En el café España, de la ciudad de Burgos, servían a finales de los años setenta una bebida muy especial. De fórmula secreta, nuestro gusto adivinaba en ella el vermú blanco y nuestra vista confirmaba la presencia de hierbas de las que podíamos identificar sobrenadando unas hojas de hierbabuena.
Nos aficionamos a tomar aquel brebaje y acudíamos allí muchas tardes después de nuestras clases de magisterio hasta que un día Jesús, uno de nosotros, empezó a notar extraños picores en los pies. Inicialmente no los dio importancia, pero se fueron acentuando convirtiéndose en pocos días en un dolor persistente, algo así como el de una china en el zapato. En pocos días la base de los pies adquirieron un aspecto tumefacto y unas extrañas protuberancias con aspecto de granos de pus aparecieron en sus plantas doloridas. Acudió alarmado al médico que le recetó unas pomadas inútiles que no frenaron el avance de aquellas ampollas que pugnaban por estallar. 
Fue en el café España precisamente, en torno a nuestro habitual preparado, que nuestro compañero no aguantó más y con un gesto de dolor insoportable se quitó un día los zapatos y los calcetines. Asombrados contemplamos unos extraños hilos vegetales, como raicillas, saliendo de sus plantas llenas de sarpullidos. Nos quedamos aterrados sin comprender qué podía ser aquello. Uno de nosotros, mudo y asombrado, miró fijamente el vaso de su preparado con aquellas hojitas de hierbabuena. Decidimos no volver a probar jamás aquel brebaje. Algunos días más tarde nuestro preocupado amigo estaba completamente curado.

El Café España celebró su centenario el año 2021.
En este cartel de su fachada se puede leer su 
historia y reconocer su solera.


Y aquí la fachada con su aspecto actual (2021). El relato de arriba
está fechado en 1980, 41 años antes.

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COLOFÓN

En la Navidad de 2024, paseando por la calle de La Paloma, vuelvo a encontrarme el viejo Café España. Parece que, tras los años del COVID19, no ha logrado mantenerse abierto. Así que se vende o traspasa. Lástima. 







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Decir bobadas

Decir bobadas puede parecer un insulto, un atributo  despectivo. Yo lo reivindico con orgullo: Sí, digo bobadas; una tras otra, enlazadas, sin parar.

Desde que comencé la visita a Fátima, no he parado de decirlas. Fátima está en su cama, decaída, sin ganas; apenas abre los ojos, ni saludar puede la pobre. Poco apoco se anima, dialoga, recuerda pequeñas anécdotas... Vemos juntos el libro-juego que le llevo. Elegí uno sobre el desierto pues es marroquí y le es familiar. Su hermanita Wyam va tomando confianza. Me habla (antes nunca lo hacía)  y quiere jugar. La incorporo al grupo: animará a Fátima. También su primo Rachid, que está más callado y no puede evitar mostrar una seria tristeza. El corazón de papel que tenía previsto construir se queda en los primeros plegados: olvidé cómo prosigue... Esto me apura un poco, era la actividad que sostendría la charla... Pero no pasa nada, Fátima todo lo perdona.

Ella misma describe lo que hago: que hablo mucho -me dice-; que me equivoco de nombres, que digo bogadas... Por un momento finjo que me indigno, luego intento explicarle con dulzura que digo bobadas, pero no soy tonto... que lo hago porque es divertido y le distrae... La explicación sobraba.

Antes de visitarle pienso siempre en qué diré, en qué haré cuando esté ante ella, en cómo pasaré esos minutos preciosos y difíciles que le quedan sin desperdiciarlos. No puedo resignarme con ella, tengo que llevarle un soplo de normalidad, un aire de broma, reírnos un poco en la vida que nos queda...

Me ronda por la cabeza una vieja canción: Cuéntame una tontería, cuando suene la agonía...


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martes, 11 de marzo de 2014

Mis fetiches 11: Mi cámara kodak retinette


Cuando compré aquella cámara, ascendí un escalón en mi perfil de aficionado: me acercaba al ámbito del profesional, del artista. Hasta entonces sólo poseía una instamatic de kodak, una cámara automática que era básicamente una pequeña caja con un objetivo fijo y un mecanismo de disparo sencillísimo accionado  por un pequeño resorte. El día que me presenté en la antigua tienda "Fotoazul", ante cuyo escaparate restregaba mi nariz cada vez que pasaba, me pusieron en las manos esta cámara mítica: era un ejemplar de segunda mano, pero parecía muy bien conservada y, en aquel momento, funcionaba perfectamente. La óptica de estos modelos tenía una fama legendaria y su solidez y versatilidad eran notables. El pequeño capital que me pedían por su adquisición la hacían asequible aunque para adquirila tuviera que vaciar mis ahorros de años. Compacta, niquelada, brillante, perfectamente amoldada a su funda de cuero se me figuraba una cámara profesional.

A partir de ese día, aquella cámara me acompañó en todos los acontecimientos reseñables: viajes, bodas, bautizos, espectáculos, reuniones familiares... con ella realicé mis primeros reportajes: el pueblo de Ayuela, los trabajos del Plasti (un profesor de la Escuela Universitaria), la colección de fotografía arquitectónica de la iglesia de la  Anunciación en Burgos, las fotos de los alumnos de nuestro curso de magisterio... Y con ella también documenté recorridos artísticos por el cementerio de Burgos y el Castillo, encuadré numerosas puestas de sol, busqué ángulos extravagantes en las escopetas de perdigones, dupliqué la exposición buscando apariciones espectrales, ensayé ángulos originales en los objetos más vulgares, espié expresiones espontáneas en anónimos transeúntes... Llegué a impresionar una colección de 200 rollos en blanco y negro que conservo y, consulto de vez en cuando, encontrando siempre alguna sorpresa inesperada entre ellos.

La vieja retinette me acompañó después a la mili. Allí documenté parte de nuestra vida cuartelera en el campamento Álvarez de Sotomayor en Viator (Almería) y la estimulante liberación de las patrullas de reconocimiento en Carboneras y Aguamarga. La luz violenta de las playas del Egido y de los campos de Níjar, atravesaron su objetivo para quedar inmortalizadas en blanco y negro en rollos casi olvidados.

Después viajó conmigo a excursiones sin cuento, miró ojos amorosos a mi mujer, Charo, descubriendo conmigo un rostro enamorado y expresiones felices. Me siguió al colegio donde inmortalizó varios cursos y escenas escolares irrepetibles. Conoció y mis sobrinos y les regaló la inmortalidad de sus pocos años. Fue testigo de curiosos experimentos, contempló extrañas máquinas de pretecnología, retrató los personajes de mi biografía, plamó paisajes bellísimos...

En los últimos tiempos sufría los achaques de la edad. Hacía tiempo que algunos de sus resortes padecían artrosis y hube de llevarla a la tienda para su reparación. El técnico la sumergió 24 en aceite para engrasar y limpiar sus piezas y volvió a funcionar por una temporada. Después los atascos se hicieron recurrentes. Tuve que añadir la fuerza de una goma elástica desde la palanquita del retardo para que no se parara en una cuenta eterna. Pese a todo seguía haciendo fotos excelentes. En esto, llegó la era digital.

Mi vieja retinette quedó sepultada en un armario de la buhardilla hacia el año 2002, cuando adquirí mi primera cámara digital. Preñada de su último carrete, quedaron abortadas las últimas imágenes que tomé con ella. Algún día, por curiosidad, revelaré esos viejos negativos en color y volverán a la vida las últimas personas que retraté, algunas de ellas fallecidas.

Porque el poder de la fotografía es volver a la vida los instantes muertos. Y de vez, en cuando, estos portavoces del pasado, nos recuerdan cómo fuimos en aquellos tiempos a los que la memoria no alcanza. Y yo guardo, con cariño, el instrumento que lo ha permitido; lo conservo como un fetiche con mágicos poderes, con el divino poder  de la inmortalidad.

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domingo, 9 de marzo de 2014

Personal historia de la fotografía


Que la memoria es frágil nos lo demuestra la Historia que comienza precisamente con el hito de la escritura. Su invención se hizo necesaria para poder testimoniar lo que no se podía recordar. Que los hombres han querido dejar constancia de su paso por este mundo lo prueba la enorme cantidad de monumentos desperdigados por la Tierra a lo largo de los cinco continentes. La necesidad de trascender la propia muerte ha sembrado de recuerdos el planeta, prueba irrefutable de nuestra afán por ser recordados en tiempos futuros. Desde las pinturas prehistóricas, los dolmenes primitivos, los más antiguos mausoleos... hemos buscado siempre una imagen que llamara la atención de nuestros congéneres robandoles un momento de su actualidad para ser sustituida por nuestro pasado trascendente.

Los pintores y escultores recogieron el relevo y proyectaron hacia un futuro inmortal la imagen de la vida presente de los modelos, que ya sea por su belleza o singularidad o por su riqueza, dotaban al artista de estímulo suficiente para ello. Mucho después, cuando allá por 1839 se inventó el daguerrotipo, comenzó una carrera imparable en la que la humanidad empezó a ser, inmisericorde, "retratada". Desde ese instante se empezó a documentar la vida de los hombres empezando por tímidos y laboriosos retratos y acabando en nuestros días por millones de imágenes de puntos tabuladas en millares de pixels por eje: llegó, arrolladora, la fotografía digital.

Desde mi infancia me aficioné a este arte de congelar instantes con la intención de estimular y ayudar a mi pobre memoria. También sentí atracción por los aspectos artísticos, pero primaron siempre más los documentales; tal es así, que conservo una colección personal de más de 200 rollos de negativos de varias décadas atrás. Entonces, la fotografía, aparte de ser una afición cara poseía un pedigrí que hoy ha perdido. En la época de nuestros padres y abuelos el álbum familiar contenía escasas fotografías: alguna de los abuelos (no siempre), algunas más de los padres (con suerte algunas de su infancia y juventud) y, las más abundantes, de los hijos; pues siempre ha habido predilección por conservar esos momentos de la niñez que tanto agradan a los progenitores. Entonces la gente posaba con gesto serio y postura estudiada, no se permitía ninguna frivolidad. En los primeros tiempos incluso había que permanecer largo tiempo frente al objetivo, tanto que debían sujetarte la cabeza con una orquilla a la altura del cuello para que no te movieras. Tuvo que pasar más de un siglo para que las máquinas de fotografiar se volvieran más manejables y  portátiles, entonces se permitieron tomas más dinámicas,  poses más naturales, se amplió el tema documental... Pero no fue hasta que se generalizó la compra de cámaras particulares (quizás hacia los años sesenta) que el registro fotográfico de nuestras biografías  se multiplicó exponencialmente hasta llegar a nuestros días. Yo me sentía un pionero en los años setenta con mi cámara Retinette de segunda mano, haciendo fotos a mis amigos, mi familia, mi pueblo de Ayuela, mi ciudad de Burgos... Me atraía la alquimia del laboratorio de revelado (en una vieja buhardilla, antigua carbonera, que almacenaba los bidones del gasoil de la calefacción de la casa de mi amigo Jesús González). Hacía las fotos con especial cuidado: estudiaba el encuadre, medía la luz (durante años mi afán fue conseguir un fotómetro y no dudaba en pedir a mis conocidos cuando salían al extranjero que lo buscaran allí), esperaba la pose adecuada y apretaba el obturador en la décima de segundo exacta para que la foto tuviera esa vida que la haría irrepetible. Después con mi escasa propina compraba papel y líquidos de revelado (siempre de los más baratos) y, de vez en cuando, una caja de 30 m. de película negrapán ORTO con la que rellenábamos carretes usados y preparábamos por muy módico precio nuestra película para  negativos. En el laboratorio descartábamos más de un ochenta por ciento de las imágenes en negativo (el papel era muy caro), tal es así que, hoy en día, todavía descubro de vez en cuando algún negativo insospechado que me emociona: es como certificar  un pedazo de vida que tenía olvidado.
Mi afición duró muchos años. En la madurez documenté muchas veces la infancia de mis sobrinos, inmortalicé la imagen de Charo, mi mujer; de mis familiares, de viajes irrepetibles... Ahí están los álbunes como pruebas de vida, a los que asomarse de vez en cuando: cada foto es un instante con significado preciso.

Hoy en día, me he retirado ante la avalancha de las cámaras digitales. Están incorporadas de tal modo a los modernos instrumentos electrónicos que han saturado mi capacidad de asombro. Proliferan las imágenes de tal modo en televisones, ordenadores, móviles o carteles; que van perdiendo para mi, el interés que me provocaban de joven. 

Tomo mi móvil y lo manejo con desdén. Realizo la foto del momento sin preocuparme apenas de encuadre. No espero el instante mágico, la cámara se toma su tiempo en enfocar y pierdo el gesto único en el microsegundo exacto. Lo uso como herramienta de trabajo: fotografío trabajos, documento lugares, registro algún acontecimiento... pero todo sin la ilusión, sin el cariño y la sensibilidad que ponía hace años.
Me parece a mí, que estoy abandonando la imagen en favor de la palabra. Sí.

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sábado, 8 de marzo de 2014

¡Hablemos de política!



Bertolt Friedrich Brecht, dramaturgo y poeta alemán, fue uno de los más influyentes escritores del siglo XX, creador del llamado teatro épico. Suyas son las palabras que aparecen en la fotografía que encabeza este artículo junto a su imagen:
"El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el coste de la vida, el precio de las alubias, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales".

La primera vez que oí hablar de este autor fue al escuchar en mi adolescencia estas impactantes  palabras que se le atribuían:
"Primero vinieron a buscar a los comunistas,y yo no hablé porque no era comunista. Después vinieron por los socialistas y los sindicalistas, y yo no hablé porque no era lo uno ni lo otro. Después vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí"
Se sabe ahora que, en realidad, las escribió en 1946, Martin Niemöller (un pastor protestante luterano de Westfalia) para un discurso titulado “¿Qué hubiera dicho Jesucristo?”. Posteriormente esas palabras tomaron forma de poema en "Cuando los nazis vinieron...", que trata acerca de las consecuencias de no resistir las tiranías en los primeros intentos de su establecimiento. El hecho de que Brecht lo citara en su obra El Camino ha dado origen a esta falsa atribución. Pero tanto las primeras palabras como estas últimas son un alegato a quienes esconden la cabeza ante las diversas formas de poder y se escudan en la ignorancia o la apatía para no afrontar la toma de decisiones a que obliga un gobierno democrático.

He vivido en muchos ciudades, las suficientes como para visitar bastantes domicilios y muchos de sus bares encontrando mayoritariamente en ellos solo diarios deportivos. He discutido mucho, pero en medio de demasiadas discusiones, he escuchado con rabia y con pena la expresión: "Yo no me meto en política". He recibido de frente y de perfil  comentarios del tipo "Todos los políticos son iguales: todos unos chorizos". Por doquier encuentro la resignación: "En cuanto llegan al poder se corrompen", la ira. "Habría que encerrarles a todos", la indiferencia: "Da igual quién gobierne", el rechazo: "No quiero hablar de política"... Y, sin embargo; todo es política. 

Política, etimológicamente, procede del griego (polis significa ciudad). La Politeía sería la teoría de la polis (ciudad).  Politiké techné sería el arte propio de los ciudadanos, el arte social, el de las cosas del Estado.  Aristóteles definía al hombre como "zóon politikón" (animal social).

Hoy en día el término “político” se encuentra pervertido, creyendo mucha gente que la “política” es una profesión o carrera. Sin embargo, volviendo a las raíces de la palabra se ve que esto no es así y que muchos, de los que se denominan hoy en día “políticos” sólo son “idiotes”, ya que no responden a lo que le concierne al Estado o ciudad, sino que a sus intereses propios. La única manera de no dejarnos engañar por semejanes "idotes" es la educación, el pensamiento crítico y la información. Todo ello dirigirá el instrumento político del voto que será quién les movilice de sus escaños. La solución a la crisis política mundial está en que la gente empiece a pensar más “políticamente” que solo en sus asuntos privados.

¡Y pensemos bien nuestro voto! 
No nos dejemos engañar por falsas promesas y, si finalmente lo fuimos, exijamos el cumplimiento de los programas electorales.  Pidamos su dimisión. ¡Y no se lo perdonemos jamás!
Revisemos las hemerotecas: en ellas está la prueba de sus inconsistencias, los registros de sus contradicciones.
Escuchemos el mensaje sin credulidad, agradeciendo sinceridad en el análisis, aceptando limitaciones en los objetivos, aceptando la humildad de lo posible y rechazando la frustrante embriaguez de los proyectos ilusorios. 
Reclamemos honradez: Digámoslo con firmeza, abandonemos cualquier partido que perdone a sus malhechores, salgamos a la calle si no hay más remedio...

Pero sobre todo ¡participemos! no dejemos la política en las manos exclusivas de los "idiotes" o de los "lucratis". Aclaremos el agua. Que se acabe el río revuelto del que beben ellos. Seamos ciudadanos educados, críticos, informados: políticos.  

viernes, 7 de marzo de 2014

La Bocca della verità


El noble esbozó un gesto de satisfacción cuando, temblando, su joven esposa introdujo su mano fina y blanca en la Bocca. Esperaba verla estremecerse por el tirón de algún dios vengativo que la arrancara de su brazo e imaginaba la salida del muñón sanguinolento chorreando sangre. Los gritos de dolor, la expresión de pánico en aquel bello rosto aliviaría la humillación de haber sido engañado, la afrenta de la infidelidad quedaría así probada y vengada... La joven mujer adentró en el orificio lentamente los dedos, después avanzó hasta la muñeca, prosiguió hasta llegar al codo, finalmente aquellos labios alcanzaron el tope de su hombro delicado... No hubo gestos de dolor, ni espasmos, ni gritos de horror salieron de su garganta... solamente su rostro dibujó una sonrisa mientras miraba, triunfante, a su marido.

En el interior de la roca, los guardianes del Panteón, observaban la hermosa mano que se retiraba. Envolviendo al orificio, el cepo de afilados garfios, estaba abierto, bien sujeto con su seguro de hierro. Uno de ellos sopesaba una bolsa en la mano: - Bien merece el perdón de un Dios quién paga de forma tan generosa- susurró a su compañero mientras guiñaba un ojo y estallaba en una risa sofocada.
 
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jueves, 6 de marzo de 2014

El león cartívoro

El león cartívoro emerge de la fachada del edificio de correos. Su gesto noble de bronce mira enojado a los transeúntes y abre la boca esperando su alimento de mensajes y noticias. Las cartas devoradas viajarán por el tobogán de su esófago hasta un estómago de saca de correos. 

Hoy encuentro uno de tu especie en Villarejo de Salvanés. Es pariente de aquel de Burgos que me impresionó de niño, de aquel gran felino de metal que me atemorizaba y atraía a un tiempo. Metía yo desconfiado mi mano entre sus fauces y casi sentía en su frío contacto la dureza de unos dientes que me trituraban los dedos. Enseguida la retiraba asustado, arrepentido de mi breve valor de dos segundos. 

Paso algunas veces por la esquina de la calle Las Trinas con San Pablo, allí donde se accedía a las oficinas de correos en el Burgos de mi infancia. Siguen los dorados relieves de los dos leones, ahora sobresaliendo de una fachada blanquísima. En ambos lados de la doble escalera siguen rugiendo su hambre epistolar, los únicos leones metálicos del zoo de mi memoria. Hoy, medio siglo después he vuelto a introducir mi  mano en su boca amenazante. Un leve escalofrío recorrió mi brazo. Enfrenté su su mirada cruel y sentí un miedo ancestral, el miedo que atenazaba a los mentirosos en el Panteón de Roma ante la Bocca della Verità. 

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