jueves, 23 de octubre de 2014

Sexto y reválida


Me paso la visa examinándome.  Una evaluación continua que incluye pruebas  escritas, pero también informes, memorias, seguimientos, rendimientos de cuentas, entrevistas, notas... terminando por el examen de conciencia: tengo inoculado, desde mi paso  por los maristas, el virus de la autoconfesión.

Quedan en mí aún recuerdos de aquellas evaluaciones de niño de cinco años: aquellos recitados del abecedario o aquellas salidas a la pizarra para escribir palabras; las de los años siguientes, cantando la tabla de multiplicar o las series en voz alta y contestando por orden, según  tu lugar en la fila de pupitres; aquellas enumeraciones de los ríos de Asia ante el mapa mudo años más tarde; las declamaciones de un trocito de las "Catilinarias" en la clase de latín, ya casi en la adolescencia...

Vigente la ley de 1953, terminaba mi bachillerato elemental allá por el año 71, y realizaba la preceptiva reválida de 4º en el instituto de Arévalo. Dos años después la reválida de 6º en el instituto de bachillerato de Tuy. Así que pertenezco a aquella generación mítica examinada de "Cuarto y reválida" y "Sexto y reválida". Tengo pruebas (conservo los exámenes) de que aquellas pruebas eran realmente difíciles (dudo que hoy día los chicos de 16 años las aprobaran). Después tocaba cursar Preu, curso preuniversitario, previo al acceso a la universidad).
En 1979 se aprobó la Educación General Básica. El tramo siguiente a la famosa EGB era el BUP (bachillerato Unificado Polivalente) que sustituía al anterior Bachillerato superior. Yo, a caballo entre las dos leyes, hube de cursar el recién inaugurado COU (Curso de Orientación Universitario) que relevaba al anterior Preu y, como colofón, estrené la temida "Selectividad" que se había implantado un año antes. Completaba así, con un cromo más, mi colección de pruebas y reválidas externas.

Luego vinieron las oposiciones, los concursos de habilitaciones varias, los diversos exámenes de diplomaturas y licenciaturas... incluso el de algunos cursos de lengua de signos de pavoroso recuerdo; y un infinito número de pruebas, pruebecillas, exámenes, controles, test, diagnósticos, concursos, chequeos... una auscultación académica sin fin.

Como sujeto repetidamente examinado adquirí un bagaje considerable sobre cómo afrontar este tipo de situaciones. Domino, creo, un buen repertorio de reglas básicas para el caso: dormir bien la noche anterior, jamás repasar las horas antes de un examen, leer cuidadosamente las preguntas y priorizar lo que voy a responder antes, repasar siempre antes de entregarlo, no abandonar nunca una pregunta (se saca petróleo cuando uno se  pone a pensar), estudiar cuidadosamente la estructura de la pregunta (a veces orienta directamente a la respuesta),  desconfiar de las pruebas con opciones si los enunciados son enrevesados (mejor no responder si hay duda razonable), pensar en la psicología del profesor que nos corregirá o que diseñó el examen, aquilatar muy bien el tiempo, crear un pequeño esquema previo si es una pregunta de desarrollo... hay múltiples estrategias para enfrentarse a estos desafíos; me sirvieron muy bien, por ejemplo, para sacar un sobresaliente en el comentario de un libro que no había leído en mi vida: "La psicología de las masas"  de Gustave Le Bon (eso sí, dejaban llevar el libro al examen).

A veces, nos realizan pruebas imprevistas, oportunas demostraciones para lograr el certificado de aptitud. Recuerdo que mi madre hizo leer a mi hermano Javi, a sus cinco años, un periódico al revés para convencer al  director de un colegio de que lo admitiera cuando ya no quedaban plazas (cosa que consiguió, por cierto).

En fin. El común de los mortales somos evaluados, reevaluados, puestos en valor y aquilatados hasta la saciedad. ¿Crees que esto se acabará en la jubilación? Pues no será así: tendrás que demostrar que tus oídos no funcionan, que tu capacidad cognitiva disminuye, que las articulaciones no responden... si quieres optar a algunas pequeñas ayudas. Y, aún quedará el examen postrero: ¡El juicio final!. Dios mío:  ¿Es que ni después de muerto va a acabar esto?

miércoles, 22 de octubre de 2014

Sin esperanza para Rato.


Ya pasó con Bárcenas, el tesorero "no name": cuando se hizo incómoda su relación con la cúpula de la pirámide pepera se perdieron las amistades, se olvidaron de su nombre. Afrontas ahora la consigna del olvido, el socorrido "no le conozco" ante la inquisición  popular. De pronto has pasado a llamarte "esa persona por la que usted se interesa". Se dirigirán a ti con esa fórmula impersonal , ese trato distante, que pasa del "tú" al "usted", del nombre propio al común. A  partir da ahora tu nombre será maldito. Nadie te llamará por tu nombre de pila: está infectado. Te han recortado en los retratos del partido. Han tachado con rotulador negro tu imagen en las fotografías compartidas.  Sin esperanza para ti, mejor que te refugies en tus millones atesorados en cuentas negras; que te consueles con negros amigos comprados a lo largo de los años.  Duerme arropado por tu negra conciencia: tienes el poder de extender la oscuridad en tu entorno, pues la luz dañaría tus costados: nadie se opondrá a que apagues la luz a tu alrededor. Es la Historia Interminable de la descomposición del mundo; fuiste infectado por el ébola de las tarjetas: las usaste sin traje de protección; olvidaste el  protocolo de ladrón minucioso y prudente que siempre fuiste.

Me recuerdas una broma infantil muy repetida por mis sobrinos: esa retahíla que recitaban cuando les pedías que compraran alguna cosa:

- Cómprate un cuaderno (En su caso cámbiese por "Paga a hacienda")
- No tengo dinero
- Pues vete al cajero.
- No tengo tarjeta.
(Ahora tocaba responder: ¡Pues, chúpame la teta!, pero a Rato, que bastante ha chupado ya de la teta pública habría que contestarle)
- Tú lo que tienes es ¡mucha jeta!

martes, 21 de octubre de 2014

Miraflores


Aquel fue un año extraño y feliz. Tenía 10 años y estudiaba en el Liceo Castilla, un colegio regido por los religiosos maristas al que accedí después de incendiarse el otro, más humilde, al que acudía y que también dirigía la congregación en otro barrio de la capital. Tras varios años en sus aulas, yo admiraba a mis inteligentes maestros. Cuando en una encuesta nos preguntaron qué querríamos ser de mayores yo, sincero y cándido, contesté que "hermano marista".

Tomaron buena nota del asunto y, pasados unos meses, los muchos que contestamos así fuimos convocados a una visita al centro de Miraflores. Aquella fue una jornada de convivencia inolvidable. El edificio estaba en pleno campo, muy cerca de Fuentes Blancas, y al lado de Fuente el Prior donde habíamos ido andando varias veces con mis padres a pasar algunas tardes de domingo. Contigua a la finca se situaba la Cartuja de Miraflores. El juniorado (así se denominan los edificios donde se forman a los futuros hermanos) disponía de una finca enorme toda llena de vegetación. Los frutales alternaban con las huertas y la vista de un gran campo de fútbol (grande como nunca había visto) impresionaba desde la barandilla que guardaba el lateral de la carretera de acceso. El edificio principal aparecía a unos cien metros de la puerta, a la izquierda. Tenía tres plantas y contaba con comedor, capilla, sala de juegos, varias clases y dormitorio corrido en la parte superior. Al otro lado de la fachada se situaba  una pista con un elevado frontón, unos servicios exteriores y otro pequeño patio.

El programa incluyó una visita por todo el recinto, la comida, un rato de juego y reposo y una función en el comedor (a modo de salón) en el que se interpretaron canciones y realizaron pequeñas obras teatrales. Quedé impresionado y, ante el maravilloso mundo que se abría ante mí, renové mis votos por ser uno de aquellos hermanos maristas tan poderosos y divertidos.

El curso siguiente comencé a estudiar allí. Conviví con compañeros que no abandonaría hasta seis años después: Del Val, De Grado.... Conocí varios hermanos de los que guardo amable recuerdo: el Hermano Baró, el  Hermano Fidel, el hermano Adolfo...  Me cuesta citar toda la gente que conocí, han pasado ya tantos años...

Imborrables en mis recuerdos imágenes de juegos de futbolín (llegábamos a ser auténticos profesionales), de ping-pong (nunca jugué tan bien como entonces), la popular rana, variados juegos de mesa...  Se mantienen frescos en la memoria los mapas de geofrafía (esa tortura personal que era el aprenderlos de memoria), las lecturas, las canciones, los festivales, los deportes (aquellos partidos gloriosos en el enorme campo, con carreras agotadoras), las excursiones a Fuentes Blancas, los juegos colectivos (aún recuerdo el de "la bandera" que me entusiasmaba), los rastreos (que siempre me fascinaron). Todos los días vivíamos aventuras extraordinarias: unos días era el partido multibalón en "la caja" que formaba el recinto del frontón con el edificio (jamás en mi vida tuve que emplear todos mis reflejos con tanta intensidad), otros era la multitudinaria persecución de algún grupo de chiquillos que entraban a robar las cerezas de la finca (podíamos ser una jauría humana, en esas situaciones), en otros momentos tocaba baño en la magnífica piscina situada en la parte alta de la finca, al final de un breve camino (recuerdo con espanto que llegábamos a tirarnos de cabeza desde el tejado de los vestuarios a un par de metros del borde). No puedo olvidar la emoción de aprender allí a nadar y la sensación de la adrenalina al tirarnos del trampolin (uno de tabla elástica que nos lanzaba tan altos que, muchas veces al sumergirnos, debíamos frenarnos con las manos contra el fondo).

Labores infinitas y variadas conocí allí: aprendí a hacer un drenaje para el agua que se encharcaba junto a la tapia de piedra,  colaboré en la plantación de árboles frutales, ayudé a limpiar las "cochiqueras" lugar donde varias decenas de cerdos aprovechaban las sobras del comedor, aprendí a lavar platos en unas extrañas máquinas donde los  platos rodaban sobre rodillos entre cepillos, recolecté fruta, rastrillé alfalfa, conducí carretillas... en fin todo lo que una granja escuela puede ofrecer hoy en una jornada a los niños, pero durante todos los días del año.

Algunos fines de semana me permitían ira a casa con mis padres. Era un paseo de unas dos horas. Volvía, un poco nostálgico, cada domingo por la tarde para estar listo antes de acostarnos en aquellos dormitorios corridos que intimidaban un poco.

La comida era una fiesta, pues en las mesas se aprovechaba para conversar. Siempre comí de todo, excepto puerros cocidos que (era gusto generalizado) no podíamos soportar. Como había revisión de platos al salir del comedor (cada uno llevaba el suyo) aprovechábamos las cajas de quesitos vacías del postre para pasar de contrabando unos cuantos arrollados en el interior camino de la basura. Recuerdo lo que me impresionaron aquellas peladoras de patatas (en realidad las lijaban) tan socorridas; las patatas eran alimento fijo en el menú diario.

Todos los días, desde la cocina, teníamos que llevar los restos de comida al cortijo de los cerdos. Este edificio estaba más alejado de la entrada y llevábamos los desperdicios en carretillas. Luego teníamos que echárselas a los animales en medio del olor característico de estos recintos. Me río al pensar que,  en aquellos lugares, hoy día reformados están los dormitorios de los grupos que acuden allí a realizar ejercicios y reuniones: literalmente duermen donde habitaban los cerdos, ¡apuesto a que no se lo imaginan...! 

Pronto hará medio siglo que pasé por allí. Miro alguna foto antigua que pude conseguir (el archivo de Foto Fede, es fantástico para ello) y las actuales que todavía conservan el aura mágica de aquel recinto de mi niñez. Me paseo por la sala de juegos (hoy un espacio pulcro, sin futbolines), las escaleras, la pequeña capilla (no ha cambiado nada), el viejo frontón, la Virgen sedente con el niño en sus rodillas leyendo un libro), el jardincillo de la entrada, la fachada blanca y roja, las huertas, la larga tapia de piedra, la remozada piscina de mi infancia... Miro, sí, las flores de mi niñez. Miraflores del tiempo del tiempo de la inocencia.




 










lunes, 20 de octubre de 2014

Esas calles que no se callan

Ayer, recorriendo una de las etapas del Camino de Santiago de la Lana, nos topamos por sorpresa con el provocador nombre de una de las calles del municipio de Cifuentes, a mitad de nuestra etapa. La placa de la calle del Cristo de la Repolla hizo que nos paráramos extrañados y sacáramos nuestros móviles para fotografiar esa placa con leyenda, de apariencia irreverente, que nos invitó a investigar su origen. Luego en casa, y para completar la entrada, he buscado algunos nombres curiosos más de calles que cruzan nuestros municipios y que, por sorprendentes, merecen un hueco en nuestro capítulo de curiosidades.

Calle del Cristo de la Repolla


Son muchas las páginas en internet que recogen este curioso nombre. El ayuntamiento de Cifuentes nos proporciona información sobre dos posibles orígenes de este nombre. Uno hace referencia a un mendigo que, tras llamar la casa de una familia muy humilde recibe una polla como limosna. Al día siguiente, de forma milagrosa, en su corral aparecieron dos pollas además de un cristo tallado sobre madera: el cristo de la repolla.
Existe otra versión, menos milagrera, que adjudica el origen de esta palabra a un vocablo medieval transformado en la actualidad y ligado al gremio de los horneros: “la poya”.
“El horno de pan cocer” era un servicio común utilizado por los vecinos y regentado por el hornero que cobraba a los vecinos por cocer el pan, lo que se llamaba “la poya”, que consistía en un tanto por ciento del peso de la masa que cada vecino llevaba a cocer. Con el producto de “la poya”, el hornero cocía dicha masa haciendo pan para venderlo a los vecinos que no amasaban, y así obtener un jornal.
“La repoya o repolla”, quizás se explique por el hecho de que, al igual que el hornero que cobraba por la cocción del pan, el molinero debía apartar, también, un porcentaje de la molienda. En consecuencia, el vecino contribuía doblemente para la obtención de su pan: ñe cobraban la “repolla”
Así que os ofrezco la posibilidad de conocer de forma virtual la calle del Cristo de la Repolla mediante un paseo con google street y os añado de propina un trampantojo ("tarmpa al ojo") del vecino pueblo de Moranchón, realista pintura que semeja un horno de pan de aquellos donde se cobraba la repolla.

Trampantojo de Asun, pintora local en Moranchón. 


Calle Gibraltar español

Si el caso de la calle del Cristo de la Repolla es único, no ocurre lo mismo con algunos otros nombres curiosos como este: al menos cinco localidades: Almería, Torrijos, Consuegra, Alcázar de San Juan y Torredelcampo comparten nombre para una de sus calles en este binomio reivindicativo.

Calle Rúe del Percebe, 13

Hay quienes comparan la popular serie televisiva “Aquí no hay quien viva” con lo que fue, en el mundo del TBO la Rúe del Percebe, 13; y, la verdad, es que pienso que el marco general se presta a ello, sin embargo hay quienes se enfadan muchísimo con esta equiparación. Para estos últimos, la serie televisiva, sin desmerecerla, no resiste comparación ni en calidad, ni en humor, ni en mala leche ni en nada de nada.
Pues bien, hay un ayuntamiento, el de Rivas que, a fuerza de tener que bautizar muchas calles en poco tiempo y esforzándose en ser original eligió el título de esta popular página de viñetas para una de sus calles. Lo cual no no está más en sí mismo, excepto quizás, para quien viva en el número 13 al que (seguramente sin preguntarle) le tocó la china. Espero que tanga buen humor y no se tome a mal el habitar la dirección real de la más famosa casa de los líos de la historia del cómic español. Pienso yo: ¿Tendría derecho a reclamar al ayuntamiento el cambio de nombre de su calle alegando derecho al honor?
Lo mejor de la original Rúe del Percebe en TBO era la gran colección de protagonistas que había y que podríamos clasificar en dos grupos: Por un lado los caraduras, como la dueña de la pensión que siempre se aprovecha de sus inquilinos, el propietario del colmado siempre dispuesto a estafar a sus clientes o el moroso que vive en la azotea. Por el otro los ineptos, como el vecino ladrón que siempre roba cosas inservibles o que se confunde en sus hurtos o el veterinario que siempre hace chapuzas al tratar a los animales. Todos ellos vigilados por la portera, claro está.




Calle de Salsipuedes (Arganda del Rey)

Hasta 48 veces repetido en el nomenclator de las poblaciones españolas, este nombre compuesto con toques de humor y advertencia presenta siempre calles estrechas o laberínticas, sin salida, cuesta abajo o quizás oscuras. En el caso que os presento está situada en Arganda del Rey y la conozco bien pues trabajé un tipo en una casa de la misma. La calle se se inicia con una acusada cuesta. También conozco alguna más como la homónima en Saldaña (Palencia).

Calle del Cristo de la Repolla (Cifuentes – Guadalajara)


Gibraltar Español (Almería)


Calle Rúe del Percebe 13 (Rivas-Vaciamadrid – Madrid)


Salsipuedes (Arganda del Rey)


domingo, 19 de octubre de 2014

Los dones negados


"Los homosexuales tienen dones y cualidades para ofrecer" Esta frase, extraída del Sínodo extraordinario de los obispos sobre la familia que hoy termina, representa una auténtica revolución en el pensamiento vaticano y un revulsivo contundente en las conciencias de muchos cristianos que pensaban, apoyados por la doctrina de sus pastores, que el sexo homosexual estaba "intrínsecamente trastornado". La Iglesia se pregunta ahora si está dispuesta a darlos la bienvenida a su seno "aceptando y valorando su orientación sexual sin comprometer la doctrina católica sobre la familia y el matrimonio".
Los obispos reiteraron que el casamiento homosexual está fuera de cuestión. Sin embargo, admitieron que las sociedades entre homosexuales tenían su mérito. Sería suicida negarlo pues, gran parte de sus cuadros pastorales son sociedades de personas del mismo sexo. Dentro de un monasterio o un convento se da una relación intensa entre personas del mismo sexo que abarca la comunicación, el cuidado, la formación, el afecto, el trabajo... Si descontamos el ejercicio de las caricias eróticas o el hecho de dormir juntos, el resto se parece mucho a una relación homosexual; luego tan contranatura no será. Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para criticarlo?" -nos dice el Papa Francisco.

Bueno será destacarlo pues nuestra sociedad es profundamente homófoba. La persecución al homosexual, el intento de "curarlo", la "reeducación" forzosa; son las actitudes predominantes aún. "Sobre gustos no hay nada escrito" -dice el conocido refrán y, estoy seguro de que todos lo hemos empleado alguna vez. Pero cuando se trata del "gusto sexual" sí hay mucho escrito: volúmenes enteros de una doctrina plagada de normas inamovibles, inmisericordes, taxativas.

Ayer mismo asistí a un espectáculo de travestismo. Me pareció curioso que, aparentemente, se acepta mucho mejor al travesti, al mariquita declarado, a la "loca" exagerada que al gay discreto o al invertido indeciso... Todos querían hacerse una foto con aquella afeminada tan maquillada, incluso le demandaban un beso... quizás porque sabían que el extremo se aleja lo suficiente de sus propias inseguridades al respecto como para temerlo.

Nuestras tendencias sexuales, si bien dirigidas por un poderosa biología y unos modelos sociales muy directivos, obedecen también a otros factores. A lo largo de la vida surgen conflictos, traumas, experiencias diversas u otros modelos que pueden alterar estas tendencias comunes. Lo que al final lleguemos a ser no nos debe privar de nuestra condición de persona y como tal respetable. Todos tenemos cualidades y dones que ofrecer a los demás.

sábado, 18 de octubre de 2014

Síndrome de Diógenes


Hoy toca Diógenes. Tengo apuntada la entrada desde hace meses, cuando en algún momento de desaliento comprobé la cantidad de objetos inútiles que acumulo. Más concretamente, pues, la entrada de hoy estará dedicada al Síndrome de Diógenes.

Pero no podemos desligar el Síndorme del personaje en que se inspira. Para documentarme sobre este cínico (de la escuela filosófica de la ciudad griega de Sinope, y concretamente del gimnasio Ciosarges donde solía enseñar Antístenes, su fundador), he recurrido a la información en red. Es curioso que, cuando uno se compromete en tratar un tema (sobre todo si ha de escribir sobre él), estudia y aprende con una eficacia incomparablemente mayor que en el obligado estudio académico habitual, ¡Y además se divierte!. La escuela cínica (kínicos, procede de la palabra griega "perro" y ellos la adoptaron ya que sus comportamientos se asemejaban al de los perros) y sus discípulos fueron famosos sus excentricidades, por su aguda crítica social, la composición de numerosas sátiras o diatribas contra la corrupción de las costumbres y los vicios de la sociedad griega de su tiempo y la práctican de una actitud muchas veces irreverente (la llamada anaideia). Los esoticos fueron influídos fuertemente por los cínicos, pero en vez de permanecer en una postura crítica respecto a los males de la sociedad, los estoicos se aplicaron a la práctica de la virtud.
En la Edad Contemporánea el cinismo también aflora en los comprotamientos sociales. En 1930, Bertrand Russell, en el ensayo sobre el cinismo juvenil, pudo describir la medida en que el cinismo había penetrado en las conciencias occidentales en masa, y puso acento especial en las áreas parcialmente influidas él: la religión, la patria (el patriotismo), el progreso, la belleza, la verdad. La primera mitad del siglo XX, con sus dos guerras mundiales, ofrece pocas esperanzas a las personas que deseen adoptar un idealismo diametralmente opuesto al cinismo.

Pero es hora ya de presentar a la estrella más deslumbrante de este movimiento: Dógenes de Sínope. Hijo de un banquero, fue expulsado de la ciudad por un delito de falsificación de moneda. Se trasladó a Atenas donde se presento ante Antíostenes (fundador de la escuela cínica y antiguo discípulo de Sócrates) al que insistió tanto que, finalmente, le aceptó como discípulo. Diógenes vivió como un vagabundo en las calles de Atenas, convirtiendo la pobreza extrema en una virtud. Se dice que vivía en una tinaja y que de día caminaba por las calles con una lámpara encendida diciendo que “buscaba hombres” . Sus únicas pertenencias eran: un manto, un zurrón, un báculo y un cuenco (hasta que un día vio que un niño bebía el agua que recogía con sus manos y se desprendió de él). Puso en práctica de esta manera la idea cínica de autosuficiencia: una vida natural e independiente a los lujos de la sociedad. Según él, la virtud es el soberano bien. La ciencia, los honores y las riquezas son falsos bienes que hay que despreciar. El principio de su filosofía consiste en denunciar por todas partes lo convencional y oponer a ello su naturaleza. El sabio debía tender a liberarse de sus deseos y reducir al mínimo sus necesidades. Curiosamente, en estos tiempos de calenturas independentistas, se le considera inventor de la idea del cosmopolitismo, porque afirmaba que era ciudadano del mundo y no de una ciudad en particular.

Así que éste es el personaje que presta su nombre a un síndrome curioso que, en relación con el estilo de vida del autor, tiene en realidad muy poco. 

Definen los profesionales el Síndrome de Diógenes como "un trastorno del comportamiento que afecta, por lo general, a personas de avanzada edad que viven solas. Se caracteriza por el total abandono personal y social, así como por el aislamiento voluntario en el propio hogar y la acumulación en él de grandes cantidades de basura y desperdicios domésticos"
Pase lo de vivir como un perro (por el abandono de su cuidado), pero completamente desacertado para explicar el aislamiento social (Diógenes vivía entre la plena agitación del ágora, y dormía en los soportales de los templos, a la vista de todos) y el desprendimiento de todo lo accesorio era su filosofía vital.

Este síndrome tiene un componente obsesivo compulsivo relacionado con la tendencia a guardarlo todo, a almacenar y acumular objetos. Yo puedo reconocerme moderadamente en estos síntomas:  mi buhardilla está repleta de libros y carpetas, mi garaje rebosa de cajas con herramientas, botes de tornillería, frascos, botellas... El altillo que construí al efecto está abarrotado de cajas con contenidos inverosímiles... ¿Realmente necesito todo esto? Evidentemente no ahora mismo, pero ocurre que en el futuro siempre tenemos que echar mano de alguna de estas cosas... La pregunta práctica: ¿merece la pena guardarlo con el costo de su organización y mantenimiento, al doloroso precio del metro cuadrado de las viviendas? Otra cosa sería disponer de una nave industrial  (posiblemente ampliaría el campo de objetos a guardar y sería peor... ¿verdad?;  me doy perfectamente cuenta de ello, pero el síndrome es así: irracional)
Tengo una larga historia de acumulador: en mi biografía son muchos los momentos de "rebuscador", "basurilla", "reciclador de deshechos"... En la antigua cuadra de la casa del pueblo guardo infinidad de enseres de dudosa utilidad, en uno de los colegios donde enseñé pretecnología dejé en herencia una sala llena de materiales de deshecho (cables, tablas, tapas, fundas de rotuladores...), actualmente en el colegio me encargo de la biblioteca y me crea tensión la necesaria tarea de expurgar los ejemplares viejos o desfasados...
 
Sin embargo puedo vivir, como Diógenes, en una leve tienda de campaña (incluso me agrada), evito la mayoría del equipaje prescindible cuando viajo, salgo con lo puesto, paso de las cinco estrellas en los hoteles, de los cuatro tenedores... esta tendencia ascética quizá me salve. Y respecto a las costumbres y esclavitudes sociales soy más bien un "cínico". Del "Síndrome de Diógenes" me quedo con la segunda parte, con el nombre y el pensamiento del filósofo y su estilo de vida (en mi caso muy descafeinado). Y no puedo acabar sin reflejar aquí el apodo que,  de niño, me adjudicaron mis compañeros de cole: "El filósofo". Si lo hicieron por humillarme, lo adopto: Filósofo como Diógenes (y a mucha honra).  

jueves, 16 de octubre de 2014

En clase electoral


Como un tren lanzado a toda velocidad, hoy, comenzó el curso escolar. En realidad fueron muchos los convoyes que convergieron sobre el colegio San Juan Bautista, antes llamado "Los Azules" y que, en afortunada decisión, respeta la herencia cromática en patios y pasillos. Y no estoy hablando solo de la frenética actividad de empleados de mudanzas, transportistas, montadores,  instaladores eléctricos, pintores,  operarios informáticos, equipos de limpieza, proveedores, jardineros, carpinteros, albañiles y otros muchos profesionales que, a toda prisa, terminaron a duras penas sus trabajos horas o minutos antes de la inauguración oficial; también me refiero a profesores, conserje y servicio de comedor que en el tiempo record de 3 días montaron las clases y dependencias y prepararon la recepción de sus alumnos compartiendo espacios con los equipos de remates de la constructora Sacyr y decenas de proveedores de muebles y equipos que convergieron sobre el colegio en la última semana.  Toda esta actividad "transversal" que cruza el currículo desde contenidos como "oficios y herramientas" y "espacios escolares" podría completarse con otros relacionados con la "Educación para la Ciudadanía" y relacionados con la participación, la solidaridad, el respeto... Me explicaré. El momento era especialmente adecuado para organizar un gran acto comunitario: una ceremonia participativa, respetuosa y solidaria donde padres, alumnos y profesores, juntos, expresaran su satisfacción por un colegio tan bonito y bien acabado, con dependencias funcionales, con una clase repleta de flamantes ordenadores, un laboratorio con banquetas superchulas, muebles nuevos en muchas clases, coquetos bancos en la entrada, un banco corrido espectacular rodeando el patio, una zona porticada amplísima, una zona "verde" que se adivina quedará preciosa... Sin embargo, la elección del centro  por parte de la CAM para conmemorar el comienzo del curso escolar (que por otro lado nos trajo la bendición de la llegada de abundante material nuevo en tiempo record) pervirtió esta fiesta de todos convirtiéndola en un acto electoral más. Personalmente, y otros compañeros también me expresaron esta opinión, me resultó decepcionante. La comitiva mediática, precedida por secciones de reconocimiento desde días antes, dejó atado y bien atado recorrido, actividades, espacios a visitar... no importaba que los ordenadores no estuvieran enchufados: todo debía ofrecer  imagen de normalidad, de funcionamiento perfecto. Las dependencias donde fue imposible colocar todo el material (¿quién puede colocar ordenadamente 10000 fondos de la biblioteca empaquetados en más de cien cajas sin tener siquiera a punto los armarios?) fueron cerradas a cal y canto y sus hermosos ventanales a los pasillos tapados con mapas de Europa Política seleccionados a toda prisa (aún tuvimos cuidado de escoger uno que incluyera las modernas repúblicas de la extinta URSS).

Todo  lo aceptamos por el bien último del cole y de los niños. Se merecían un cole nuevo y moderno después de un año "de prestado" en una pabellón de ESO de un colegio concertado. Dejamos en el armario nuestras camisetas verdes para no empañar la inauguración del centro (y del curso escolar). Colaboramos en todo para que el cole estuviera a punto y agradecimos la bondad de las instalaciones aunque la primera reunión en la sala de profesores hubiera de realizarse de pie. Todos nos preparábamos para ver la cara de los niños al pisar su flamante nuevo cole. Esos ojos asombrados y esos comentarios de admiración serían un premio más que suficiente.

 Y llegó el gran día. En el último apretón del día anterior y hasta cercana la noche, se logró terminar los remates y despejar los espacios interiores y exteriores. Por la mañana los niños entraron asombrados al amplio hall y desembocaron en un patio azul y luminoso. El colegio es un excelente mirador sobre Arganda y la propia capital. Subieron contentos a sus nuevas clases y aguardaron expectantes las primeras palabras y actividades propuestas por sus tutores. No esperaban que, tras las cristaleras de los pasillos, el cortejo mediático realizaba su recorrido, parándose de vez en cuando en algún aula, filmando las instalaciones más lucidas: el gimnasio, el laboratorio, la sala de informática... Después tuvo lugar, en un lateral sombreado del patio, la lectura de discursos. Hablaron nuestro director, el  Presidente de nuestra Comunidad, un representante de los alumnos... Mientras los niños permanecían en sus clases supuestamente ajenos (la megafonía permitía adivinar que algo se cocía en el patio) y con la consigna de no asomarse a las ventanas en toda la mañana. Igualmente tuvieron que aguantar al chicharrera del sol colándose por los amplios ventanales que no pudimos cerrar (todo sea por no estropear la estética de las fotos). Por la noche sintonicé Telemadrid, (tuve que buscarla largamente con el mando, no es de mis favoritas precisamente) para contemplar lo que esperaba sería un completo reportaje sobre la inauguración del curso y del cole. De nuevo una decepción más. Del espacio dedicado al tema, la mitad de las imágenes correspondían a otros centros, preferentemente bilingües, y la parte filmada en nuestras instalaciones apenas incluía algunas imágenes en las clases dando preferencia al discurso "electoral" de nuestro Presidente.

Ante este espectáculo mediático nos sentimos decepcionados. Habíamos sido utilizados para servir de fondo a un cartel electoral.  Resignados pensamos que, por lo menos, esta imagen de normalidad y modernidad que mostraba el colegio redundaría en su mejor funcionamiento, en una actitud más positiva en la comunidad educativa. He sido testigo de una clase electoral. He visto el descarado partidismo de la cadena de TV autonómica. Contemplé la forma de actuar de los equipos mediáticos autonómicos, el exceso de personalidades, del uso de los niños (dos cursos de primaria, como telón de fondo y de la reclusión del resto en sus clases mientras el director proclamaba su discurso para las autoridades presentes en el patio solitario, solo escuchado por el nutrido grupo de personalidades y los atónitos alumnos que, posiblemente, no entendieran muy bien porqué estaban ellos solos en el estrado. El resto estaban quietecitos en sus aulas procurando no molestar.  Del paseo mediático de las personalidades nada que contar, es lo de siempre: la pretendida simpatía, el aparente interés por la actividad de los niños, las sonrisas a cámara...

Y yo pensando... ¿Y los niños, y los padres, y los profesores...? ¿No pintamos nada aquí?

9 de septiembre de 2014