miércoles, 5 de noviembre de 2014

Vídeo sobre la entrada "Los talladores de sílex"

El profe y yo estuvimos buscando sílex en "la finca de las doce horas".  Encontramos muchíisimas piedras pero solo nos convencieron dos.  Luengo, en mi casa, lo estuvimos tallando, luego me saltó una esquirla chiquitita: pero luego el profe me la quitó muy rápido porque era pequeña.



CURIOSO: Si queréis ver cómo un auténtico experto talla el sílex según la técnica más elaborada que conocían en la prehistoria (Técnica Levallois) pinchad aquí.

Si las piedras hablaran -4: En las minas de speculum


En las cercanías del Ranal, al pié del pilar número 22 del viaducto sobre el Cigüela, se aprecia una hondonada salpicada de espejuelo. Cuando 1966 los ingenieros que dirigían la cimentación de las torres sobre las que circularía el altísimo acueducto del trasvase Tajo Segura que lleva agua de Entrepeñas y Buendía a Murcia, Comenzaron a escavar el suelo para cimentar una de las torres de sustentación, apareció una galería tallada a pico en el subsuelo de rocas yesíferas. La galería se prolongaba centenares de metros y comunicaba con otras hasta extendiéndose por una red de más de 10 kilómetros de longitud. El objeto de aquellos túneles resultaba un misterio para los ingenieros. Se plantearon diversas hipótesis que tuvieron  finalmente fueron descartadas. En principio se pensó que serían aperturas de acceso a pozos de salmuera (la zona tiene una agua muy dura, muy saturada de carbonatos) ya que parte de las galerías están bajo el nivel freático y se encuentran inundadas. Se pensó también que pudieron haber sido ejercicios de los ingenieros romanos para mantener entrenadas a sus legiones. Nadie imaginó en ese momento que se trataba de galerías de minas romanas para la extracción de lapis especularis, el apreciado cristal del Imperio. Poco a poco se fueron descubriendo cientos de galerías en un área de unos 150 kilómetros, en la provincia de Cuenca principalmente. El Historiador romano Plinio el Viejo ya cita la zona extractiva del Lapis Specularis en un entorno de cien mil pasos romanos en torno a Segóbriga.  El sueloe stá literalmente horadado por una red de túneles que buscaban las vetas más ricas del yeso cristalizado, material que hizo rica a la ciudad de Segóbriga. Años después se descubrieron más minas y galerías, alguna tan mítica y famosas como La Cueva de la Mora Encantada, en Torrejoncillo del Rey, cuyo descubrimiento, lleno de sueños y misterios, provocó gran conmoción en la época y llegó a describirse como auténtica ciudad subterránea.

Dos mil años antes, Babpo,  escalvo celtíbero al servicio de Cayo Plinio se disponía a entrar en la mina de lapis, el cristal del Imperio. En las cercanía del yacimiento, sobre la loma en la que actualmente se desmoronan una ruinas denominadas Castillo de San Miguel, recogía su ajuar de esclavo minero de lapis: sus ferramentas constaban de un buen pico, mazo,  cincel y el cesto trenzado de esparto reforzado con costillas laterales de madera. Su vestuario una túnica corta, las alpargatas y rodilleras de esparto, el fuerte gorro de protección del mismo material y por último su lalternae realizada con placas de espejuelo agujereadas. Esta última le serviría para iluminar  el fondo del túnel en el que operaba. Antes de introducirse bebió largamente del manantial de Fuente El Pez al pie de la colina y cercano al río Cigüela que regaba las pequeñas huertas de cebollas y verduras con que los alimentaban. .

Se dirigió en fila junto a sus compañeros, esclavos como él, a la mina. La boca de entrada estaba situada a media ladera en un pequeño talud. Luego avanzaba en ligera pendiente hacia abajo por una rampa por la que, en ese momento, ascendían dos mulos cargados con gruesas placas de lapis de un metro de largo aproximadamente. Ellos se hicieron a un lado para que pasaran los animales y continuaron mientras sus ojos se acostumbraban poco a poco a la ausencia de luz. Pasaron a la primera sala principal (un amplio espacio que había sido vaciado de speculum y ahora servía de cámara de almacenaje provisional y distribución de las galerías).  Sobre ellos se alzaba la chimenea de un  pozo rectangular de unos dos metros de largo,  por el que ascendían pesados bloques sujetos a unas cuerdas de esparto arrolladas a un torno accionado por una pareja de esclavos en el exterior. Continuaron por una de las recientes galerías alumbrados cada, 30 pies romanos, por lucernas colocadas en huecos escavados en las paredes por encima del nivel de los ojos. Los nichos estaban forrados por placas de espejuelo para reforzar su fulgor. Cuando llegaron, un esclavo provisto de un gran odre, estaban renovando el aceite de oliva de las lucernaes. Este duraría unas cinco horas, el tiempo de trabajo de su primer turno del día. Luego habría otro en la hora octava,  después de la comida del mediodía y una breve siesta a la sombra de los almendros cercanos.

El trabajo era duro. Arrancar las placas de lapis sin romperlas exigía cierta cualificación. Si el capataz te descubría estropeando alguna de aquellas magníficas losas transparentes se vengaría con el látigo sobre tu espalda. Poco a poco fue recortando los bordes de un lienzo de buen tamaño. Al cabo de unas dos horas tenía recortado su perímetro. Pidió a su compañero para que sujetara la pieza cuando con el cincel la aplicó oblicuamente sobre un  borde. Esta se despegó formando dejando suelta una gruesa lámina transparente. Entre ambos recorrieron la galería con la pieza firmemente sujeta hasta la sala central y la depositaron a la espera de ser izada con el torno. Luego volvieron para ocuparse de los escombros. Con sus cestos recogieron los trozos no aprovechables. Luego volvieron a recorrer la galería hasta la boca exterior. Desde allí, con fuerza arrojaron aquellos trozos  sobre un enorme montón de escombros que se esparcían ladera abajo. Allí permanecieron, a la intemperie,  durante dos mil años.

Un día, rodando con la bici por el camino de servicio del canal, un ciclista se detuvo al lado de la torre 22 del viaducto del Trasvase. Bajó de su bicicleta y curioseó  por aquella hondonada donde estaba la boca, ya cegada, de la antigua mina. Paseó su mirada entre los escombros de lapis que se acumulaban por todas partes. Se fijó en uno particularmente transparente, un trozo de buena calidad, pero inservible para las medidas estándar que exigían los constructores romanos. Lo cogió, lo envolvió en una bolsa de plástico y lo guardó en su mochila. El trozo deshechado por Babpo ocuparía su lugar en el museo de Ciencias Naturales del cole. Nadie sabría nunca que formó parte de una plancha mayor que acabaría instalada en la mansión de Marco Lucrecio, más conocida como Casa de los Músicos, en Pompeya.

Si las piedras hablaran -3: Los talladores de sílex


El maestro y su alumno paseaban entre los barbechos con los ojos fijos en el suelo. La imagen era sorprendente, pues era día de escuela: ¿Qué hacían en las afueras del pueblo en horas de clase un maestro y un solo alumno?

Alberto, que así se llamaba el niño de 9 años, hablaba excitado: - ¡Aquí hay una! - Y tomaba del suelo un grueso núcleo de pedernal, manchado te tierra.
- ¡Este nos servirá! -Contestó el profesor y lo introdujo en una bolsa de plástico.

Una hora después, en la casa del alumno, depositaron en el patio, junto a un pequeño  banco, los trozos de sílex encontrados. El profesor le pidió un martillo y tomó prestada una bayeta de la cocina. Luego le entregó su teléfono móvil para que le grabara. Después de algunas instrucciones sobre el manejo de la cámara, empezó a tallar la piedra con un canto de cuarcita. El profe se había documentado. Había visionado en YouTube varios videos de expertos talladores que imitaban el tallado primitivo del sílex con una habilidad extraordinaria. En pocos minutos esculpían una punta perfecta. El profe se  propuso imitarlos y comenzó a golpear los bordes intentando hacer saltar las lascas hasta encontrar un trozo prometedor. A los pocos golpes se rompió la cuarcita que hacía de percutor. Pidió a su alumno un martillo y continuó golpeando. El grueso nódulo de sílex estaba apoyado sobre sus muslos sobre la bayeta que protegía el pantalón. Lascas de varios tamaños se desprendían como proyectiles. - ¡Ten cuidado! Te pueden alcanzar.  -Le advirtió al joven cameraman.

Durante diez minutos estuvo golpeando la piedra. Algunos de los trozos arrancados ofrecían una forma curiosa. Uno de ellos semejaba una pequeña hacha. La guardaron. Entre las lascas más pequeñas algunas presentaban el filo de un bisturí. El profe realizó una demostración ante la cámara de como era capaz de cortar el papel como un cutter. Mientras se desprendían pequeños proyectiles a diestro y siniestro el profesor explicaba algunas curiosidades:
- ¿Sabéis que algunos practicaban el canibalismo? Lo sabemos por las incisiones que han dejado los filos en el hueso al descarnarlo...
- ¿Y que eran diestros? Esto lo conocemos por la dirección de ciertas rayas de corte que aparecen en el esmalte dental de muchos de ellos...
Entonces cogía la bayeta y, sujetándola con el brazo extendido entre la mano y los dientes, simulaba que estaba desollando la piel de un animal y que se le escapaba uno de los movimientos de corte alcanzándole los incisivos.
- La raya aparece en diagonal de arriba a abajo y de izquierda a derecha. Si fueran zurdos sería al revés.
Pero, ya sea por las imperfecciones de la piedra o por la impericia del profesor,  el tallado no se orientaba a forma interesante alguna. Con cierta impaciencia el profe golpeaba ya casi al azar, propinando fuertes golpes en los bordes. Saltaban astillas pétreas en todas direcciones. En un momento, el joven alumno, apartó el móvil y dejó de grabar. -Creo que se me ha clavado una..
Efectivamente, cerca de la comisura de los labios una pequeña esquirla se había clavado como una diminuta espina.  El profesor, alarmado, dejó las piedras y, cogiéndole de la mano, le llevó rápidamente al interior de la casa. Se dirigieron al  lavabo y allí, con unas pinzas, le quitó la pequeña aguja de piedra. Luego le pidió que se levara con agua abundante y jabón. Después le aplicaron una generosa ración de mercurocromo.  El profe estaba alarmado. La herida era insignificante, pero el alumno estaba en tratamiento de una  seria enfermedad: el cáncer. Cualquier infección le suponía un grave contratiempo en el tratamiento.  Llamó a su madre.
- ¿Dónde ha sido la herida? - La madre había imaginado, quizá, que la esquirla se le había clavado en el ojo...
- En la mejilla. Es diminuta, pero la hemos desinfectado bien...

La madre tranquilizó al profesor. Era el último día de asistencia. El paseo por el campo era una especie de premio después de tantos meses encerrado en casa, con un duro tratamiento de quimioterapia que incluía periodos de aislamiento en el hospital y un delicado trasplante de médula. Pero Alberto había salido bien de todo aquello y ahora, recuperado, ya estaba casi a punto de rehacer su vida normal. Afortunadamente la pequeña incisión de la herida no derivó después en infección alguna.

Volvieron al patio y recogieron los trozos de pedernal. Los metieron en una caja. El profe los llevaría al cole para dárselos a Ignacio, el profesor de ciencias. El sílex era una de las piedras más necesarias pues, aparte del valor geológico, es el material con que se construyeron numerosas herramientas en la prehistoria: puntas de flecha, hachas, raederas, hoces dentadas... incluso se usó hasta hace poco tiempo en los trillos y en las pistolas de chispa. Vendría muy bien para explicar a los chavales cómo se hace fuego golpeando dos de ellas o frotándola fuertemente con un trozo de acero. Ignacio las recibió interesado. - ¿Sabes que tenemos incluso yesca? Podemos realizar una demostración de cómo encendían fuego los neandertales...

Si las piedras hablaran -4: En las minas de speculum


En las cercanías del Ranal, al pié del pilar número 47 del acueducto sobre el Cigüela, se aprecia una hondonada salpicada de espejuelo. Cuando 1966 los ingenieros que dirigían la cimentación de las torres sobre las que circularía el altísimo acueducto del trasvase Tajo Segura que lleva agua de Entrepeñas y Buendía a Murcia, Comenzaron a escavar el suelo para cimentar una de las torres de sustentación, apareció una galería tallada a pico en el subsuelo de rocas yesíferas. La galería se prolongaba centenares de metros y comunicaba con otras hasta extendiéndose por una red de más de 10 kilómetros de longitud. El objeto de aquellos túneles resultaba un misterio para los ingenieros. Se plantearon diversas hipótesis que tuvieron  finalmente fueron descartadas. En principio se pensó que serían aperturas de acceso a pozos de salmuera (la zona tiene una agua muy dura, muy saturada de carbonatos) ya que parte de las galerías están bajo el nivel freático y se encuentran inundadas. Se pensó también que pudieron haber sido ejercicios de los ingenieros romanos para mantener entrenadas a sus legiones. Nadie imaginó en ese momento que se trataba de galerías de minas romanas para la extracción de lapis especularis, el apreciado cristal del Imperio. Poco a poco se fueron descubriendo cientos de galerías en un área de unos 150 kilómetros, en la provincia de Cuenca principalmente. El Historiador romano Plinio el Viejo ya cita la zona extractiva del Lapis Specularis en un entorno de cien mil pasos romanos en torno a Segóbriga.  El sueloe stá literalmente horadado por una red de túneles que buscaban las vetas más ricas del yeso cristalizado, material que hizo rica a la ciudad de Segóbriga. Años después se descubrieron más minas y galerías, alguna tan mítica y famosas como La Cueva de la Mora Encantada, en Torrejoncillo del Rey, cuyo descubrimiento, lleno de sueños y misterios, provocó gran conmoción en la época y llegó a describirse como auténtica ciudad subterránea.

Dos mil años antes, Babpo,  escalvo celtíbero al servicio de Cayo Plinio se disponía a entrar en la mina de lapis, el cristal del Imperio. En las cercanía del yacimiento, sobre la loma en la que actualmente se desmoronan una ruinas denominadas Castillo de San Miguel, recogía su ajuar de esclavo minero de lapis: sus ferramentas constaban de un buen pico, mazo,  cincel y el cesto trenzado de esparto reforzado con costillas laterales de madera. Su vestuario una túnica corta, las alpargatas y rodilleras de esparto, el fuerte gorro de protección del mismo material y por último su lalternae realizada con placas de espejuelo agujereadas. Esta última le serviría para iluminar  el fondo del túnel en el que operaba. Antes de introducirse bebió largamente del manantial de Fuente El Pez al pie de la colina y cercano al río Cigüela que regaba las pequeñas huertas de cebollas y verduras con que los alimentaban. .

Se dirigió en fila junto a sus compañeros, esclavos como él, a la mina. La boca de entrada estaba situada a media ladera en un pequeño talud. Luego avanzaba en ligera pendiente hacia abajo por una rampa por la que, en ese momento, ascendían dos mulos cargados con gruesas placas de lapis de un metro de largo aproximadamente. Ellos se hicieron a un lado para que pasaran los animales y continuaron mientras sus ojos se acostumbraban poco a poco a la ausencia de luz. Pasaron a la primera sala principal (un amplio espacio que había sido vaciado de speculum y ahora servía de cámara de almacenaje provisional y distribución de las galerías).  Sobre ellos se alzaba la chimenea de un  pozo rectangular de unos dos metros de largo,  por el que ascendían pesados bloques sujetos a unas cuerdas de esparto arrolladas a un torno accionado por una pareja de esclavos en el exterior. Continuaron por una de las recientes galerías alumbrados cada, 30 pies romanos, por lucernas colocadas en huecos escavados en las paredes por encima del nivel de los ojos. Los nichos estaban forrados por placas de espejuelo para reforzar su fulgor. Cuando llegaron, un esclavo provisto de un gran odre, estaban renovando el aceite de oliva de las lucernaes. Este duraría unas cinco horas, el tiempo de trabajo de su primer turno del día. Luego habría otro en la hora octava,  después de la comida del mediodía y una breve siesta a la sombra de los almendros cercanos.

El trabajo era duro. Arrancar las placas de lapis sin romperlas exigía cierta cualificación. Si el capataz te descubría estropeando alguna de aquellas magníficas losas transparentes se vengaría con el látigo sobre tu espalda. Poco a poco fue recortando los bordes de un lienzo de buen tamaño. Al cabo de unas dos horas tenía recortado su perímetro. Pidió a su compañero para que sujetara la pieza cuando con el cincel la aplicó oblicuamente sobre un  borde. Esta se despegó formando dejando suelta una gruesa lámina transparente. Entre ambos recorrieron la galería con la pieza firmemente sujeta hasta la sala central y la depositaron a la espera de ser izada con el torno. Luego volvieron para ocuparse de los escombros. Con sus cestos recogieron los trozos no aprovechables. Luego volvieron a recorrer la galería hasta la boca exterior. Desde allí, con fuerza arrojaron aquellos trozos  sobre un enorme montón de escombros que se esparcían ladera abajo. Allí permanecieron, a la intemperie,  durante dos mil años.

Un día, rodando con la bici por el camino de servicio del canal, un ciclista se detuvo al lado de la torre 22 del viaducto del Trasvase. Bajó de su bicicleta y curioseó  por aquella hondonada donde estaba la boca, ya cegada, de la antigua mina. Paseó su mirada entre los escombros de lapis que se acumulaban por todas partes. Se fijó en uno particularmente transparente, un trozo de buena calidad, pero inservible para las medidas estándar que exigían los constructores romanos. Lo cogió, lo envolvió en una bolsa de plástico y lo guardó en su mochila. El trozo deshechado por Babpo ocuparía su lugar en el museo de Ciencias Naturales del cole. Nadie sabría nunca que formó parte de una plancha mayor que acabaría instalada en la mansión de Marco Lucrecio, más conocida como Casa de los Músicos, en Pompeya.

martes, 4 de noviembre de 2014

Si las piedras hablaran -2: La cueva del hierro.


Buntalos, el celtíbero,  apoyó la piqueta en las encarnadas paredes de la mina. Aquel romano venido de Ercávica, Julio Claudio, examinaba el mineral rojizo recién arrancado con atención. Se mostraba muy interesado en aquella explotación que sus antepasados olcades llevaban trabajando desde hacía cientos de años, desde la segunda Edad del Hierro.  Su pueblo arrancaba a la tierra aquellos trozos colorados desde tiempos inmemoriales. La mina estaba próxima al poblado y era su sustento. Casi a bocamina ya se podía extraer el rico mineral con el que se fabricaban las famosas falcatas. La riqueza del mineral hacía que fuera conocido y buscado por la calidad del hierro que se obtenía. Tenía fama de ser de los mejores de Hispania. Corría ya el siglo I d.C. y  ya estaban construídas las magníficas calzadas que cruzaban la comarca. Hacía poco habían terminado una calzada secundaria que enlazaba  la cueva con la vía que unía Cómplutum  (Alcalá)  con Cesar Augusta (Zaragoza) cruzando el hermoso paraje de Puerta Bellida. Por esas mismas calzadas circulaban ahora carros cargados de mineral con destino a las ferrerías del Tajo, donde la potencia del agua movía pesados martinetes con que golpear las escorias para separarlas del hierro fundido. Los bosques de la Serranía proporcionaban leña abundante para mantener el fuego avivado por fuelles gigantescos.

Durante generaciones, el oligisto de la mina, había sido la materia prima con que se construían las míticas falcatas ibéricas. Este arma extraordinaria había llamado la atención de los ingenieros militares romanos por su dureza y flexibilidad. Además su diseño, personalizado para cada propietario, se adaptaba perfectamente a la lucha cuerpo a cuerpo. Las legiones la habían adaptado como arma corta del legionario, el gladius hispanienses, y ahora había de producirse en masa. En tiempos, la fabricación  una falcata, era todo un ritual. Se escogía el mejor material, el mineral más puro posible. Sacado mediante capazos de la mina se llevaba a la ferrería donde se obtenía un hierro de altísima pureza que se vertía en delgados moldes para realizar planchas laminadas. Luego se enterraban durante tres años en el suelo para que se oxidaran las partes más débiles del metal. Tras someterlas a eliminación y limpieza del óxido se unían tres láminas en caliente, de las que la parte central tenía una prolongación para la empuñadura, muchas veces con forma de caballo. Para aligerar su peso se acanalaban los laterales. Herreros expertos finalizaban el proceso batiendo la lámina y la templaban sumergiéndola rápidamente en agua. Los iberos ricos adornaban además las cachas con marfil y labraban la hoja con filigranas.  La exigencia en la fabricación era tal que como prueba final de calidad el futuro propietario colocaba la hoja sobre su cabeza y doblaba los extremos hasta tocar los hombros. Los 45 cm de longitud de la hoja debían volver a su antigua posición sin deformación alguna. Sólo entonces era aceptada. Si no era así, se devolvía para una nueva fundición. La longitud de esta espada estaba estrictamente personalizada: justo la distancia del brazo, por eso no hay dos falcatas iguales. Su fama por todo el Mediterráneo y la demanda del rico mineral de la cueva había aumentado.

Julio Claudio estaba preocupado. Aunque la demanda de materia prima para las falcatas era enorme, había surgido la apremiante necesidad de mineral para fabricar picos y herramientas muy resistentes para las minas de lapis especularis en Segóbriga. La dureza del hierro de la cueva las hacía especialmente útiles para su extracción y la rica ciudad estaba dispuesta a pagar altos precios por su hierro. Habló con Buntalos para aumentar la producción. Buntalos bebió un sorbo de la fuente de la mina, un estanque blanquísimo creado por el depósito de cal del agua que se filtraba en la cueva.
- Está bien - respondió-. Negociaré con todos los mineros que conozco. Buscaré a los han trabajado aquí en años anteriores. Si es preciso, utilizaré niños, para abrir los butrones. Pero resultará caro.
Y diciendo esto aplicó el pico contra un saliente. Un trozo de oligisto se desprendió y cayó entre un montón de escombros.

Dos mil años después, una turista curiosa entró en la mina. Cubierto con un casco blanco recorrió los corredores rehabilitados para las visitas tras la guía que les acompañaba. Tras la visita a la fuente, la misma de la que bebió Buntalos dos milenios antes, le pidió a la guía una muestra de oligisto para su colegio. La guía se acercó a un montón de escombros arrojados en un rincón de la cueva. Tomó una de las piedras rojizas. En uno de los bordes aún se apreciaba la huella del pico de Buntalos sobre el mineral.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Si las piedras hablaran -1: En los cerros de la Miñosa.


Hubo un tiempo, hace unos 300 millones de años,  en que las placas sólidas que flotaban sobre el magma terrestre  se apretaron como balsas en el centro de un remolino formando una sola masa continental. Aquel macrocontinente se llamó Pangea ("Todo tierra") y aquel tiempo Pérmico (nombre que procede de la ciudad de "Perm", en los Urales rusos, donde dejó muchas huellas visibles). Un ratito geológico después (unos 100 millones de años, más o menos) comenzaron a separarse dando lugar a lo que un tal Wegener llamó deriva continental. Al comenzar a agrietarse esta gigantesca tapadera, los fisuras que se produjeron  fueron aprovechadas por la lava a presión para acceder a la superficie produciendo erupciones y afloramientos volcánicos en los lugares donde la corteza era mas débil. Hoy, estuve sentado un buen rato, sobre uno de aquellos volcanes, en el punto donde toneladas de lava incandescente al enfriarse formaron una roca que se llama andesita, algunas de cuyas muestras recolecto para el laboratorio del cole.

En aquel tiempo, las moscas ya estaban allí, pero los dinosaurios tardarían todavía mucho en llegar. Al ser Pangea un continente tan amplio la mayor parte (alejada del mar) sufría un clima extremo que favoreció la existencia de enormes desiertos. A finales de este periodo, cuando los cerros de la Miñosa, habían terminado de escupir su lava en derredor, se produjo la extinción de vida más dramática que se ha dado en la historia del planeta: el  95 % de los seres vivos murieron. Las causas no están claras, se especula con teorías que van desde el impacto de un enorme meteorito (el cráter tendría 500 kilómetros de diámetro y se habría estrellado en la actual Antártida),  la erupción generalizada de volcanes, un aumento de temperaturas de hasta 10 grados que hizo asfixiante la vida sobre la tierra  hasta la liberación masiva en los fondos marinos de CO2 o incluso del venenoso gas sulfuro de hidrógeno, enormemente tóxico.

El caso es que la lava se alzó en el territorio de Guadalajara y en estas colinas de la Miñosa varias bocas volcácicas desparramaron su colada de lava incandescente formando domos con  una composición completamente diferente al resto del terreno circundante: en medio de terrenos arcillosos y rodeada de formaciones calizas, los cerros asemejan una oscura colina de escorias ligeramente verdosas. Las andesitas que la forman aparecen hoy disgregadas en la superficie, pero son de una dureza considerable por lo que se han empleado en la zona como balastro para el ferrocarril y zahorra para los caminos. También se han explotado para la fabricación de cemento. En la composición de la andesita (la roca ígnea volcánica más común en la tierra después del basalto) se aprecia claramente una estructura de mezcla, con el conglomerado de diversos componentes. En su composición abundan las plagioclasas (un tipo de feldespatos que organizan su estructura molecular mediante tetraedros y son muy abundantes) y otros minerales ferromanganésicos como piroxeno, biotita y hornblenda. En la muestra recogida pueden apreciarse vesículas amigdaloides rellenas de zeolita (aluminosilicato poroso de propiedades fascinantes como la hidratación reversible o su efecto catalizador),  y brillantes cristales de biotita (una especie de mica), todo amalgamado por una pasta verdosa que da cuenta de la circulación de fluidos de lava por los intersticios.
Sujeto la muestra escogida sopesándola entre las manos con la emoción de saber que es una de las rocas más comunes en la corteza de Marte y con el recuerdo de haberla pisado mil veces en mis paseos a lo largo de las vías del tren durante mi infancia, pues se usan por toneladas para sustentar las traviesas. Tampoco me sustraigo al recuerdo de los Andes, cordillera de la que procede su nombre por su abundancia allí.

Actualmente, el LIC (Lugar de Interés Comunitario) de La Miñosa, es un conjunto de cerros y barrancos con afloramientos volcánicos de andesitas de edad pérmica (280 millones de años
de antigüedad). Situados en el extremo noroeste de la provincia de Guadalajara, su singularidad geológica se une a la botánica, pues es la mayor reserva mundial (80% de los ejemplares) del Erodium paularense, un pequeño geranio descubierto en 1989 en el valle del Lozoya por el botánico Federico Fernández González y bautizado Geranio del Paular en atención al lugar de su descubrimiento. Este endemismo aparece en dos áreas únicas: El valle del Paular en Madrid y entre la Sierra del Alto Rey y la del Bulejo, en Guadalajara, separadas más de 200 kilómetros. Aquí en Guadalajara, crece sobre las superficies rocosas de origen volcánico, entre las grietas y cavidades de andesita, y en suelos muy poco evolucionados.
El geranio del Paular es una planta de porte rastrero con hojas parecidas a las del perejil, habituales en muchos geranios silvestres. Los tallos miden entre 10 y 20 cm. Las flores alcanzan los 3 cm y son de un color entre rosado y blanquecido. Florece entre los meses de abril y junio, dependiendo de las condiciones de temperatura y humedad de cada año.
La Junta de Castilla-La Mancha declaró en 2003 la Microrreserva de los Cerros Volcánicos de La Miñosa, prohibiendo la explotación minera y regulando diversas actividades, como la ganadería, en su territorio. En la fotografía de cabecera aparece una pequeña mata de esta singular especie, en la estación otoñal.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Fósforo verde


Nací sin teléfono en casa. En los primeros años de mi vida, mis padres tenían que cruzar cuatro calles para poder hablar por él  y había que hacerlo desde una casa particular llamando al timbre y esperando que la encargada conectara las clavijas correspondientes. Sólo de mayor, en los años 80, mis padres colgaron un aparato en el pasillo.

Soy de la época de las filminas de carrete, de las diapositivas sin carro automático. Nací al tiempo que la televisión en España, pero no vi aquellas pantallas parpadeantes hasta pasados los cinco años, en casa del vecino que pudo comprársela. En el pueblo habilitaron un teleclub para toda la  población con bancos corridos y se llenaba.  Sólo a mediados de los años setenta pude ver desde mi casa El hombre y la Tierra, pero en blanco y negro. Mientras tanto tuve que conformarme con la radio escuchando  por las tardes larguísimas novelas como Lucecita o el Santo Rosario o los Cuarenta Principales.

Yo he escrito y recibido auténticos telegramas (¿Te suena qué es esto?). Jugué de adolescente con walky-takyes baratos que interferían los buscas del hospital cercano, pues las frecuencias no estaban reguladas. A veces "copiaba" emisoras de radioaficionados.

Vi u ordenador por  primera vez en alguna oficina tributaria. Después pude tocarlos en el colegio cuando empezaban a informatizarse las secretarías. Más tarde aparecieron los primeros PC en la enseñanza, incluso realicé un curso de ofimática que hoy en día me parece prehistórica. Por entonces se utilizaban grandes discos flexibles con una capacidad miserable. En las escuelas de verano para  profesores realicé también un curso de LOGO  que me encantó (había una lógica fascinante en aquellas rutinas repetidas una y otra vez). Una operación de menisco y una larga convalecencia me animaron a comprar un pequeño ordenador amstrad con pantalla de fósforo verde y aquellos discos compactos tan caros. Con el aprendí BASIC y creé mis propios programas. Por entonces, en mi colegio, había unos amstrad similares, pero de cinta de cassette. Se cargaban con silbidos infernales y tardaban un montón. Realicé algunos programillas para los chicos: recuerdo haber creado una rutina para calcular los primeros 1000 números primos y un solucionador aritmético y gráfico de raíces cuadradas. Debo tener el código por ahí guardado. Por fin llegó mi primer PC, un IBM que quedó obsoleto en un pis-pas. Luego vino un segundo con una capacidad que me pareció asombrosa y, encima, con pantalla a color. Quedó anticuado en un par de años. El tercero fue encargado con un perfil de potencia sobrado: ya va petao desde hace años. Este es el cuento de nunca acabar. Lo último en llegar a mi mesa son las pantallas planas, las tablets y los móviles.

Ahora veo a las nuevas generaciones, las de la pantalla táctil. Admiro su capacidad de tacto, su automatización de la escritura con minúsculos teclados, ¡su buena vista!, su capacidad para adaptarse a los procesos en aplicaciones y sistemas operativos.... Y me pregunto: ¿Qué será de los viejos diccionarios, si las búsquedas en línea son más cómodas y rápidas? ¿Cuándo llegará el ocaso de las bibliotecas ante el poder de internet y su universo de contenidos? ¿Quiénes ensañarán en el futuro las cuatro reglas si las calculadoras operan por nosotros?  ¿Qué ocurrirá con el aprendizaje de los idiomas cuando los traductores mejoren hasta alcanzar la perfección?

Falta poco para la inserción de chips conectados a nuestros sentidos y al cerebro. Se acerca la era del ciborg. ¿Lo veremos cuando estemos en nuestros asilo, soñando con carreras de comecocos en fósforo verde?








cabna