jueves, 30 de abril de 2015

Subsajarianos


Hoy la epopeya se escribe en África. Describe un viaje desde su profundo corazón hasta dos ciudades alambradas en la costa, frente a la opulenta Europa.

En su trágica aventura los protagonistas harán frente a sus propios compañeros pagando a las mafias las sucesivas mordidas por llegar, por quedarse, por cruzar, por saltar... (fortunas infinitas para sus menguados ahorros) ¿Y qué no habrán tenido que hacer para llegar allí, para sobrevivir en estos bosques  inhóspitos?
Al final les espera el concierto (concertinas) de cuchillas, el agudo silbido de las pelotas de goma, los botes de humo, las porras, las esposas de la guardia civil y la puerta giratoria de la devolución en caliente.

Jóvenes atléticos, los escasos héroes que logren sobrevivir al salto, huirán a la carrera por el extrarradio ceutí hasta esconderse en sus calles y ocultarse en algún garaje para luego realizar un último viaje a una península al sur de Europa donde exhibirán gorras y camisetas, gafas, cinturones... Recorrerán las playas con la visión de turistas ociosos y cuerpos descansados exponiéndose al sol.
Quizás haya alguna venta en la mañana en sus 10 km de cansino recorrido por la arena mientras los altavoces advierten a los turistas en contra de tu presencia.

Algunos perderán entonces la esperanza y, en un momento de rabia incontenida,  la emprenderán contra algunas sillas de plástico de algún paseo marítimo. Entonces saldrán en la prensa, en portada, proporcionando una razón a los conservadores ciudadanos que les etiquetan de peligro público.

Y, por dentro, llorarán sumergidos en un mar de rabia, naufragarán en la patera de desesperanza. Y se ahogarán en medio del lujo de los yates de los afortunados. No moveremos ni un dedo por rescatarlos y, una noche más, dormiremos tranquilos. El halo del olvido habrá borrado de nuestra memoria sus suplicantes ojos negros.

martes, 28 de abril de 2015

La creación del monstruo.


Así se crea un monstruo: 
Primero necesitamos un motivo, necesitamos al monstruo. El será nuestro chivo expiatorio; nuestros miedos, nuestras frustraciones, requieren un culpable. Exorcizar nuestros temores nos dará tranquilidad. 
Después lo moldearemos. Imaginaremos un proyecto que articule nuestras pesadillas. Echaremos mano, en la morgue de la memoria, de algunos miembros magullados. Elegiremos cuidadosamente los más dañados arrancándolos sin piedad de las partes nobles.  Compondremos así el cuerpo de la criatura, la imagen de la deformidad. 
Y por último, dotados de taumatúrgico poder, le insuflamos el espíritu del mal. Le atribuiremos un alma de maldad. Así nacerá el abominable, el aborrecible. Monstruo a los ojos ajenos pero que, a los propios, solo verá en sí mismo desgracia y marginación.   
Entonces tendremos la perfecta criatura de Frankenstein. ¡Ya puede empezar la caza del monstruo!

lunes, 27 de abril de 2015

Escribir


Escribir, escribir, escribir... una y otra vez escribir; en un cuaderno, en tu diario, en tus cartas, en una servilleta, en tus correos digitales... con el lápiz, con la pluma, con el bolígrafo de gel, con suaves golpes de teclado, con leves roces de pantalla... Escribir en la soledad de tu habitación, en el barullo del local abarrotado, en la lenta espera de la consulta, en el banco de la calle, a la vera del camino... Invocar los pensamientos una y otra vez, ordenar el desfile de las ideas, ponerlas al paso, convocar los sentimientos y uncirlos al  poema amarrados al verso.
Redactar un cuento en una espiral de papel, escribir una historia en el ala de un murciélago, lograr la concisión necesaria para describir el universo en el ala de una mosca, de una mariposa... Hacer un cuento que de la vuelta al patio en la banda desplegada de un rollo de papel. Grabar un pensamiento en el plano de un palillo. Trazar un relato en el mantel con pluma de palillo y tinta de café. Escribir con sangre cuando no tengas otra cosa o la ocasión sea solemne, con las letras de la sopa... Componer un cuento escrito en el cuento, brindar al olvido una leyenda marcada en el vaho de una ventana, regalar al mar un poema en la arena de la playa...
Escribir, escribir, escribir... solo eso puede salvarte. 

domingo, 19 de abril de 2015

Fascinantes historias de la ciencia - 8: Psammites.


La ciencia refuta a la lengua, ataca directamente a las categorías gramaticales y desmonta la antonimia de sustantivos contables-incontables: todos son contables.

Los típicos ejemplos del agua ("son incontables las gotas de los océanos"), de las estrellas ("incontables como las estrellas del cielo") o la arena ("Tu descencencia será incontable como las arenas del desierto") ... se someten al poder conceptual de las matemáticas. La primera noticia de un contador de arena que se conoce tuvo lugar hace más de 2.200 años.

"Existen algunos, Rey Gelón, que creen que el número de granos de arena es infinito en multitud; y cuando me refiero a la arena me refiero no sólo a la que existe en Siracusa y el resto de Sicilia sino también la que se puede encontrar en cualquier región, ya sea habitada o deshabitada. Una vez más, hay algunos que, sin considerarlo como infinito, creen que ningún número ha sido nombrado que sea lo suficientemente grande como para superar tal magnitud. Y, está claro que, los que sostienen esta opinión, si se imaginaron una masa formada por arena tan grande como la masa de la tierra, incluyendo todos los mares y los huecos de la tierra hasta llenarlos a una altura igual a la de la más alta de las montañas, sería ir mucho más lejos aún del reconocimiento de que cualquier número que pueda expresarlo fue superado por la multitud de arena para tomar.
Pero voy a tratar de mostrar, por medio de demostraciones geométricas que usted será capaz de seguir que, de los números nombrados por mí y, teniendo en cuenta el trabajo que he enviado a Zeuxipo, algunos superan no sólo el número de la masa de arena de igual magnitud que la tierra llenada en la manera descrita, sino también la de la masa de igual magnitud que la del universo"


Arquímedes (Archimes Syracusani arenarius y circuli Dimensio)
 El rey Gelo, hijo de tirano Herión, conocía y admiraba a Arquímedes. Éste lo había impresionado ya de niño, cuando acompañaba a su padre a visitar las defensas de Siracusa ante los asedios romanos. Contemplar su trabajo con las catapultas, sus avances en la potencia y alcance de los proyectiles (nadie había osado construir una catapulta que arrojara piedras de cuatro talentos), su mágico caracol de agua, sus juguetes mecánicos... Aquel niño, ahora rey, se complacía en visitarle y mantener correspondencia con el insigne matemático y brillante ingeniero. Tanto su padre Herión, que tanto había hecho por Siracusa, como él tomaron con sumo interés las clases de matemáticas que, a veces el mismo Arquímedes, les impartía. Arquímedes les correspondía y ahora le planteaba un juego intelectual inaudito: contar el número de granos de arena que cabían en el Universo. El asunto parecía baladí. ¿Qué interés puede tener conocer una cifra inabarcable e inútil? Pero, todos los siracusanos, habían aprendido que de alguna manera que ellos no comprendían, que los retos intelectuales a los que sometía su mente acababan teniendo efectos prácticos aunque fuera a largo plazo, así que le dejaban hacer.

Arquímedes afrontó el reto con la metodología científica que ya había explicado a sus colegas de la biblioteca de Alejandría y en apenas 8 pliegos desarrolló una investigación teórica sobre papel y basada en el conocimiento entonces existente de los límites del universo. Para poder afrontar el problema hubo de diseñar un sistema de numeración nuevo, pues los griegos apenas conocían números mayores que la miríada (10000). Su sistema de numeración utilizaba para numerar las 27 letras de su alfabeto. 27 letras de su alfabeto para las unidades del 1 al 9, las decenas del 10 al 90, y las centenas del 100 al 900.
LetraValorLetraValorLetraValor
α´1ι´10ρ´100
β´2κ´20σ´200
γ´3λ´30τ´300
δ´4μ´40υ´400
ε´5ν´50φ´500
ϝ´ / ς΄ / στ´6ξ´60χ´600
ζ´7ο´70ψ´700
η´8π´80ω´800
θ´9ϙ´ / ϟ´90ϡ´900
Por ejemplo el número 241 se representa como σμα´ (200 + 40 + 1).
Para números mayores en el griego antiguo utilizaban la miríada: μυριάς (myriás) (10000). 
Arquímedes refirió el uso de la palabra "miríada" hacia sí misma para extender esta denominación hasta una miríada de miríadas (108) y llamó a los números hasta 108 los "Números primeros"; y al 108 lo llamó la "unidad de los números de segunda". Los múltiplos de esta unidad se convirtieron en los "Números segundos", hasta llegar a otra miríada de miríada. Es decir, 108•108= 1016. Este número nombrado anteriormente se convirtió en la "unidad de los números de terceros", cuyos múltiplos son los números de tercera, y así sucesivamente. Arquímedes siguió nombrado a los números de esta manera hasta llegar al 
En realidad se trata de un sistema de numeración posicional de base 10 en el que podemos encontrar reminiscencias con nuestro sistema decimal.
UMM       CM       DM         UM        C         D           U  
 106            105          104             103          102         101        100 
                                                                 nº primeros
                                                                108   (U1º)
                                                   nº segundos........ 
                                                   1016  (U2º)               
                                        nº terceros......
                                       1024 (U3º) 
Después de haber hecho esto, Arquímedes llamó a los números que había definido los "Números del primer período", y llamó al último,(10^8)^{(10^8)}la "unidad del segundo período". De esta manera, Arquímedes construyó los "Números del segundo período", tomando múltiplos de esta unidad de una forma análoga a la forma en la que los "Números del primer período" se construyeron. Continuando de esta manera, con el tiempo llegó a los "Números del período de miríadas de miríadas". El mayor número nombrado por Arquímedes fue el último número de este período, que es: 
A continuación Arquímedes se dedicó a extrapolar los granos de arena que cabrían en el Universo conocido a partir del tamaño de un grano de arena que él estimó a partir de los que caben en una semilla de amapola (el diámetro de esta semilla es 1/40 del ancho de un dedo). Después ulilizó los datos proporcionados por Aristarco de Samos basados en la teoría heliocéntrica del Sistema solar e ideas contemporáneas acerca del tamaño de la Tierra y las distancias de varios cuerpos celestes para calcular el tamañó del universo. De este modo, Arquímedes calcula que el diámetro del universo no era más que 1014 estadios (en unidades modernas, unos 2 años luz), y que, por lo tanto, no requeriría más de 8x1063 granos de arena para llenarlo).  Arquímedes concluye que el número de granos de arena que se requerirían para llenar el universo sería de 8×1063. Otra forma de escribir este número es un uno seguido de ochenta mil billones de ceros. 

NOTAS: 
  • El divulgador científico y escritor de Ciencia Ficción Isaac Asimov dedica uno de sus trabajos a estimar los granos de arena, e incluso el número de partículas subatómicas que, una al lado de otra, cabrían en el Universo estimado  por la ciencia actual. El trabajo en sí, es una declaración de su admiración por el gran matemático griego al que comenta y explica en el artículo.
  • Jason Marshall dedica un pequeño trabajo a estimar los dranos de arena que habría en todas las playas del mundo. El artículo está publicado en The Math Dude

sábado, 18 de abril de 2015

Los libros de la primavera - 1: El contador de arena


Resumen de la obra: 
Adelantado a su tiempo y conocido universalmente por el célebre principio que lleva su nombre, el griego Arquímedes fue un pionero del actual método científico, además de notable matemático y pensador. Discípulo de Euclides e hijo del astrónomo Fidias, su azarosa vida resulta tan apasionante como formidable el poder de su intelecto. En esta rigurosa novela histórica, Gillian Bradshaw —autora de grandes éxitos como El faro de Alejandría, Púrpura imperial, Teodora, emperatriz de Bizancio y El heredero de Cleopatra— presenta al lector un Arquímedes de carne y hueso, un ser humano excepcional que, inmerso en la convulsa época que le tocó vivir, tuvo que enfrentarse a múltiples dilemas Deslumbrado por las maravillas de Alejandría tras una estancia de tres años y decidido a radicarse allí para siempre, el joven Arquímedes se ve obligado a volver a Siracusa, su ciudad natal, para ocuparse de su padre enfermo. El contraste no puede ser mayor: de la deslumbrante cuna del saber ha pasado a una ciudad entregada a los frenéticos preparativos para una cruenta guerra contra la poderosa Roma. Convertido por las circunstancias y el destino en el principal artífice de los ingenios bélicos con que se intentará repeler la invasión del coloso romano, Arquímedes atrae la atención del tirano Hierón, quien intenta retenerlo a toda costa en su corte. Y pese a que el mayor deseo del genial griego es volver a Alejandría para perfeccionar sus conocimientos y reunirse con Marco, el leal esclavo que lo ha acompañado desde siempre, un inesperado motivo lo empuja a permanecer en Siracusa, un motivo que ni siquiera su pasión ~4~ Gillian Bradshaw El contador de arena por el saber y la ciencia podrá obviar y que, a la postre, lo obligará a recorrer un sendero salpicado de gloria, amor, guerra y traición.

Sobre la autora: Gillian Bradshaw
Gillian Marucha Bradshaw (1956) es una escritora estadounidense. Nacida en Falls Church, Virginia, se crió en Washington, Santiago de Chile y Michigan, y reside actualmente en el Reino Unido.

Cursó estudios en la Universidad de Michigan, en donde obtuvo por dos veces premios por sus trabajos sobre la Grecia Clásica. Continuó estudios avanzados en Newnham College, Cambridge, donde estudió filología clásica.

Sus novelas se encuadran dentro de los géneros de la ficción histórica, la fantasía histórica, la ciencia ficción, la literatura juvenil e infantil y ficciones contemporáneas con gran componente científico. Sus novelas históricas no fantásticas están situadas tanto en la Antigüedad Clásica (Egipto y Grecia) como en períodos posteriores como el Imperio Bizantino o la Gran Bretaña romana.

Ha sido aclamada por la crítica debido a la gran verosimilitud tanto de sus obras históricas como de las que incorporan elementos científicos.

De entre sus novelas publicadas en inglés hasta la fecha, se ha editado en español la trilogía sobre Bizancio compuesta por: El faro de Alejandría (The beacon at Alexandria, 1986) -que obtuvo un extraordinario éxito de ventas en nuestro país-, Teodora, emperatriz de Bizancio (The bearkeeper's daughter, 1987), y Púrpura imperial (Imperial purple, 1988), además de El contador de arena.(The sand-reckoner, 2000, ganadora del Premio Alex 2001) y El heredero de Cleopatra (Cleopatra's heir, 2002).

Impresiones personales.
La narrativa histórica tiene la virtud de enseñar mientras entretiene. Los que hemos sufrido el aprendizaje de nociones matemáticas incomprensibles, desconectadas de la vida real y de la práctica, disfrutamos mucho poniendo en contexto los hallazgos y revelaciones de la ciencia. ¡Entonces cobran sentido y se tornan hermosos, diáfanos, significativos! Aquel teorema de Arquímedes "Todo cuerpo sumergido en un líquido experimenta un empuje hacia arriba equivalente al peso del líquido que desaloja" , al menos por la anécdota de la bañera y el célebre "Eureka", se digiere con gusto; pero cada uno de los avances de la ciencia es "entrañablemene humano"; "Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo", pasa de ser una bravata científica a una hermosa historia cuando se la pone en contexto. ¿Quién puede negar aún la belleza de la ciencia? 
Quizás, el marco más apropiado para despertar la fascinación por los avances científicos sea la novela histórica. Me está pasando últimamente. No me atraen demasiado los éxitos actuales. Me oriento sin  remisión el descubrimiento de culturas antiguas, sociedades tan complejas como la actual pero ambientadas en tiempos remotos privados de los adelantos actuales. Las aventuras de sus protagonistas, las complejidades de la vida social, los intemporales avatares en las relaciones humanas, su sobriedad tecnológica; hacen destacar la impresionante grandeza de los descubrimientos, la enorme empresa de la superación y el conocimiento con el intangible poder de la mente.  

La lectura de "El contador de arena" surgió de una pequeña investigación en la red para documentarme sobre un texto de Arquímides que me llamó poderosamente la atención. En una aparente fanfarronada el más grande de los matemáticos de la antigüiedad, el alfa por ser el primero en la solución de enigmas, se atreve con la inimaginable empresa de contar los granos de arena que cabrían en el universo. ¡Y lo plantea dos siglos y medio antes de nuestra era! Un desafío que parece un disparate. Lo sería por inútil, por imposible y por absurdo; y sin embargo ¡Cuántos beneficios se podrían obtener de un reto semejante! Para empezar la inestimable confianza en el poder de la ciencia capaz de solucionar un enigma aparentemente irresoluble; pero también los beneficios colaterales: un nuevo y eficiente sistema de numeración  para números grandes,  una metodología científica rigurosa basada en la inferencia, una insospechada herramienta matemática para la astronomía... 
Mi pequeño artículo iba a llamarse "Ptsammites" (Contador de arena), y cuando asombrado descubrí que ya se había publicado un libro entero con ese mismo título me impuse leerlo y de ahí nace esta entrada. Merece la pena hacer una reseña sobre la obra. 
Está escrita con la misma intención que yo buscaba: insertar un avance científico en un contexto familiar, cercano: la ciencia despojada de su pedestal, alternando en las tabernas de la vida. Un Arquímedes profundamente humano: pobre en su riqueza, humilde en su grandeza, torpe bajo su poderosa inteligencia, valeroso y temeroso, zarandeado por sentimientos incontrolables... Y, en medio de todo ello, el genio. La solución de problemas irresolubles al resto de los mortales. Su necesaria marginación, su sacerdocio con las matemáticas, su desdén por la admiración que suscitaba su talento de ingeniero, su aburrimiento ante los diseños repetidos... 
El resto: la trama, las pasiones, las tragedias, los datos históricos rigurosos; se imbrican con el talento de escritora de Gillian Bradshaw, cuya fascinación por el mundo antiguo queda claramente reflejado en muchas de sus obras. 
En fin; libro leído de dos tirones (no me puedo permitir el lujo de pasar una noche sin dormir). En una próxima entrada relataré como Arquímedes logró la increíble conquista científica de contar los granos de arena del Universo. 

domingo, 22 de marzo de 2015

Fascinantes historias de la ciencia - 7: La Medicina Fuego

"El dominio del fuego fue una aspiración del hombre que no se detuvo cuando descubrió la manera de crearlo. Siguió desarrollando mecanismos y artilugios para conseguir la chispa sagrada: todo su afán fue dominarlo y utilizarlo para sus fines. Y entre sus fines estaban el enretenimiento, el bienestar, la industria y la guerra." 
El pequeño cogió la bolsita de plástico y sacó una pequeña cantidad de clorato de potasa y azufre al 50% formando un montoncito sobre la acera. Lo había comprado en la droguería del barrio donde lo vendían al por menor. El droguero sabía, evidentemente, el objetivo de aquellas compras al menudeo. Eran demasiados chiquillos pidiendo sus bolsitas de clorato de potasa y su parte igual azufre, tenía que saber lo que hacían con ello. El  niño colocó una piedra pequeña y plana encima del montoncito que había preparado. Luego aplicó un fuerte pisotón sobre ella y se produjo una pequeña explosión. Esto le fascinaba.  Pero aquel juego pronto le supo a poco. Enseguida pasaría a explorar la pólvora negra. Siempre le habían intrigado aquellos petardos verdes que vendían en la feria y se dedicó con ntensida a investigar todos sus efectos y posibilidades. Además en el cole acababa de aprender que la pólvora la habían inventado los chinos y alguno de sus amigos había conseguido la fórmula de sus tres ingredientes que, copiadas en secreto en una hoja de su libreta, guardaba celosamente como si fuera un secreto de estado. Todos los intentos que hizo en los días sucesivos pulverizando carbón y mezclándolo con sal y azufre fracasaron. Quizás el pobre no supo diferenciar el salitre de la sal. Ignorancia de críos que tornaba inoperante el invento.

Pero seguía buscando e investigando  con tesón. Al no poder producir sus propios explosivos decidió hacerse con ellos por otros medios para poder llevar a cabo sus experimentos infantiles. Encontró pronto la forma de aprovisionarse. Tenían una oportunidad cada año en junio, cuando se celebraban las sesiones de fuegos artificiales que en la orilla del río Arlanzón. Al finalizar el espectáculo buscaba en el río cartuchos y cohetes que no habían explotado. Solía encontrar algunos después de mucho buscar, y aquellos cilindros de papel, con la pólvora mojada por el agua del río los ponía luego a secar. Después fabricaba por su cuenta pequeñas bombas aunque al carecer de detonadores y de mechas explotarlos resultaba complicado. Una de aquellas experiencias pudo acabar en tragedia pero el ángel de la guarda de los dinamiteros velaba por él.

Aquel niño curioso, pasados los años, seguía leyendo con avidez cuantos relatos y artículos se referían a este polvo misterioso de poder devastador. A veces se quedaba largo tiempo abstraído, con los ojos cerrados,  imaginando historias relacionadas con los explosivos. Había una que le gustaba especialmente y le divertía sobremanera. Se relajaba y dejaba volar su imaginación retrocediendo en el tiempo hasta la prehistoria, en el lejano paleolítico. Veía entonces, como en un sueño, el resplandor de una hoguera en el interior de una cueva y a uno de aquellos primitivos neandertales bailando a su alrededor. Atisbaba a través del tiempo los movimientos su danza primitiva: los aspavientos de los brazos, los atrevidos saltos sobre las brasas... En uno de aquellos saltos, los gases de la última digestión se aliviaron por su trasero cerca de la llama. Un fogonazo espectacular debido a la inflamación del metano asustó al resto del clan. Pero a los pocos segundos reían todos como posesos y se acercaban a la llama con el trasero en pompa desahogando sus gases en un divertido juego de deflagraciones inofensivas.  Se regodeó un rato con aquella escena tan graciosa pero enseguida puso su imaginación rumbo a la China del año 142 d.C. Allí conformó la imagen de un anciano monje taoista de ojos rasgados en su lóbrego taller rodeado de frascos y redomas. Wei Boyang, el monje, estaba escribiendo su tratado "La similitud de los tres" y tenía ante sí en un plato de metal una mezcla de tres sustancias finamente pulverizadas. El viejo alquimista había mezclado al azar algunas cantidades de polvo de salitre, de azufre y de carbón buscando un elixir para la inmortalidad y decidió calentar el preparado para extraer de él cualquier resto de agua que lo contaminara. Nuestro amigo vio entre las brumas del tiempo que aplicaba una llama bajo el recipiente metálico y que sus ojos aterrados se dilataban al contemplar la violenta reacción que se produjo cuando se inflamó la mezcla y una rápida llamarada hizo volar chispas en todas direcciones en medio de un humo oscuro y acre. Quizás el impresionado Wei bautizara en aquel momento el polvo recién descubierto: 火药/火藥 (Medicina-Fuego). Aquel conocimiento cayó en el olvido y pasarían más de setecientos años antes de que algún otro mortal hablara de nuevo del terrorífico poder del polvo negro.
La mente soñadora del muchacho se desplazaba ahora al esplendor de los palacios imperiales de la Dinastía Tang, en China. Se vio a sí mismo entre los invitados del emperador Xuanzong II a una de sus fiestas. Allí pudo observar cómo el Vencedor de los Mongoles agasajaba a su corte con una sesión de fuegos artificiales.
Aquella misma noche, el emperador, visitó en secreto el taller de sus químicos pirotécnicos y les expuso su idea de utilizar aquel fuego volador en las batallas. Los científicos le mostraron algunos prototipos en los que estaban trabajando y que dejaron al rey impresionado. En concreto se mostró muy interesado por los cohetes de doble fase que estaban experimentando y los dispositivos de tubo que arrojarían directamente los proyectiles sin necesidad de autopropulsarles todo el tiempo. Prometió financiar aquella tecnología aunque, de momento, lo único que funcionaba del todo bien era aquella lluvia de estrellas con que entretenían a su corte. Ordenó, por si acaso, el secreto sobre todo el proceso bajo pena de muerte para aquel que lo revelara y toda su familia.

El niño soñador dejó ahora vagar su fantasía sobre los abarrotados campos de batalla donde guerreaban los distintos ejércitos en las estepas de la lejana China. En el fragor de las batallas aparecían ya los primeros proyectiles ligeros disparados con rudimentarios cañones de bambú u otros, ya de bronce, más poderosos. Contempló las primeras bombas incendiarias sobre los tejados de las ciudades...
Discurría el año 1044, y los generales chinos intentaba mantener en secreto sus manuales militares, como el preciado Wujing Zongyao, que detallaba minuciosamente el uso de la nueva tecnología. Incluso aportaba variantes sustanciales en la mezcla con propósitos diversos: una específica con finalidad explosiva (bomba de estallido) otra incendiaria y una más con propósito de producir un humo tóxico y venenoso (ya estaba inventada aquí la guerra química). Estos manuales estaban destinados a servir solo a los fieles funcionarios de la intendencia y la guerra, sin embargo no pudieron evitarse filtraciones. Desde la privilegiada posición de la fantasía pudo contemplar cómo un atrevido espía, pagado por los cruzados, pasaba de contrabando un ejemplar escondido en una caravana de la ruta de la seda. En 1267 ya se conocían en Europa aquellos polvos mágicos y el filósofo Inglés y fraile Roger Bacon ya mencionaba sus ingredientes en uno de sus escritos.

A partir de aquí su imaginación se desbocaba: pronto rugíeron los primeros cañones, las almenas de las fortalezas se poblaron de arcabuces, los cintos colgaban ahora aparatosos pistolones de chispa, se inventaba el cartucho, se descubrían combinaciones explosivas más poderosas, se fabricaban las armas automáticas... Esas imágenes las veía por miles en las películas. Pero a nuestro joven soñador le gustaba más imaginar aquellos lejanos tiempos en la historia del hombre, aquellos años de oscuridad en los que prendió la chispa de una sustancia de poderes mágicos y terribles: La Medicina Fuego.

Fasciantes historias de la ciencia - 6: La Biblioteca de Alejandría

331 a.C.
Alejandro recordaba la Odisea. Esta epopeya había sido su libro de cabecera desde los 13 años en que su maestro Aristóteles la puso en sus manos. Aún recordaba una enigmática frase de su autor Homero en el libro: "Hay a continuación una isla en el mar turbulento, delante de Egipto, que llaman Faros". Ahora estaba allí, tras haber conquistado Egipto el año anterior, fijando en la isla citada aquella mirada bicromática que tanto incomodaba a sus visitantes. Faros, se alzaba enfrente de la costa. - Un dique que la uniera con Tierra -pensaba- formaría dos magníficos puertos. Sería una base estratégica para los barcos que llegaban del Mediterráneo y de más allá de las columnas de Hércules cargados de ricas mercancías: lingotes de bronce y de oro de España, barras de estaño de Bretaña, algodón de las Indias, sedas de China. Previó un grandioso faro en la isla para guiar a los navegantes y lo imaginó con un gran fuego permanentemente alimentado en su cúspide. En su cabeza tomaba forma una de las siete maravillas del mundo antiguo. El lugar, además, estaba en una posición óptima para recibir el tráfico del Nilo: lo suficientemente lejos  para no ser afectada por las crecidas anuales y lo suficientemente cerca para comunicarse fácilmente con su desembocadura en el delta mediante un canal y el lago Mareotis. Él mismo marcó con harina los límites de la ciudad con una silueta en forma de manto macedónico. 

Cuando Alejandro marchó a continuar su guerra contra los persas dejó aquel emplazamiento sumido en  obras gigantescas para dotarle de una larga avenida de seis kilómetros, agua canalizada, calles en escuadra, barrios agrupados en cuadras, cinco grandes distritos... Se percibía ya la futura opulencia de aquella ciudad que tomó su nombre. También recibió su cuerpo raptado en su funerario viaje a Macedonia por Ptolomeo y enterrado en un mausoleo del que se ha perdido la pista.


306 a.C.
Alejandro Magno murió el 10 de junio del año 323 a. C. en Babilonia y, para desesperación de sus subalternos, no dejó claro quién heredaría su inmenso imperio. Poco antes de morir, al parecer envenenado, y ante las preguntas apremiantes de sus generales sobre quién habría de sucederle, sus labios pronuncian una enigmática frase: "el más fuerte". Tras expirar, aquellos jefes guerreros se pelearan por mostrarse los mejores. Finalmente decidieron repartirse su imperio. Ptolomeo, uno de los diádocos (generales que sucedieron a Alejandro), recibió el mando de Egipto y designó Alejandría como su capital.
Ptolomeo había demostrado ser un buen general, pero no era peor como gobernante. La ciudad prosperó. Pero lo que le significó sobre el resto fue su preocupación e interés por el conocimiento. Siguiendo las costumbres de Alejandro (que enviaba a su antiguo maestro y tutor Aristóteles, todo tipo de objetos y animales exóticos para que los estudiara) mostró un gran respeto por el saber y construyó en las cercanías de su palacio un museo que incorporaba un zoológico, un jardín botánico, laboratorio, observatorio astronómico, salas de anatomía y una biblioteca. 
    

215 a.C.
El anfitrión designado para acogerles recibió a los sabios atenienses en la puerta del museo. Habían llegado en barco desde la capital de Grecia para estudiar en las magníficas instalaciones de la Gran Biblioteca de Alejandría. Acompañó a los ilustres visitantes hasta los baños y les invitó a que se asearan y relajaran allí. Vendría a por ellos dos horas después para conducirles a la cena a la que estaban, por supuesto, invitados. El propio faraón Ptolomeo corría con los gastos de manutención y alojamiento de todos aquellos que demostraran aprecio por el saber. El gran comedor abovedado estaba en esos momentos atestado de maestros y estudiantes. Cuando entraron recibieron centenares de miradas curiosas. 
- ¡Aquel es Arquímedes de Siracusa, inventor del "tornillo" para subir agua y el estudioso de una palanca que moverá el mundo!- musitó un anciano maestro.
Eratóstenes, el bibliotecario jefe, se acercó a recibirles. 
- ¡Mi buen Arquímedes... No sabes lo impaciente que estamos por que nos cuentes tus descubrimientos con los espejos cóncavos! Hemos oído maravillas. ¿Habéis traído los rollos que os pedimos de la biblioteca de Atenas? Tengo advertidos a nuestros mejores copistas que se pongan a reproducirlos lo antes posible...

Su anfitrión  les acercó a una de las mesas para los invitados. En ella estaban sentados en bancos corridos un grupo de sacerdotes egipcios, algunos capitanes fenicios y varios sabios provenientes de la lejana satrapía de Bactria, del lejano Indú Kush,  en los confines orientales del imperio. Hizo las presentaciones oportunas y, tras sentarse, se prepararon a cenar alegremente en aquel entorno estimulante. Durante la cena, la conversación se desarrolló en griego. En Egipto todo el mundo era bilingüe, pero el griego era el idioma universal del imperio. Los sacerdotes explicaron que estaban invitados a impartir una serie de conferencias sobre anatomía y embalsamamiento. Tenían un apretado calendario en los próximos días donde expondrían con ayuda de papiros ilustrados las misteriosas técnicas que se empleaban en la casa de los muertos. Habían incorporado a su equipaje varias sustancias como el natrón, cuyas propiedades pensaban dar a conocer y portaban una colección de herramientas muy curiosas cuyo uso explicarían. Les habían reservado el salón de anatomía para que mostraran sus conocimientos anatómicos sobre el cadáver de un criminal ejecutado cuyo cuerpo estaría a su disposición. Los capitanes fenicios asistían caricontentos a la velada.  Sus barcos habían sido retenidos a la fuerza en el puerto y debían esperar en Alejandría a que los copistas de oficio copiaran el contenido de los libros que portaban. Como consuelo, y excepción, se les permitía consumir vino lo que terminó por alegrarles y hacerles olvidar la espera. Aprovechaban mientras tanto para conversar con el bibliotecario Eratóstenes y contrastar datos geográficos de los que eran muy fiables conocedores. Como compensación Eratóstenes les regaló un preciso mapamundi, copiado expresamente para ellos, de entre los fondos de la biblioteca. Los eruditos provenientes de Bactria tenían mucho que contar sobre las fascinantes culturas del valle del Indo, que ellos habían visitado así como los pueblos de China, tras el Himalaya que tenían sorprendentes conocimientos técnicos y matemáticos. Los capitanes fenicios les mostraron un interés casi exclusivo por las habladurías sobre Roxana, la bella mujer bactriana con la que se casó Alejandro, y les preguntaban guiñando el ojo si todas las mujeres de la región eran igualmente hermosas.

El fuerte sonido del salpins, provocado por el fuerte soplo de un esclavo,  dio  por terminada la animada charla. Los comensales de más categoría se dispusieron a pasar a una amplia estancia  acondicionada para un espectáculo musical. Un nutrido grupo de esclavos se repartieron sobre las mesas recogiendo los restos de la cena.  En la sala dedicada al arte de las musas (La Mousiké) estaban ya los músicos preparando sus instrumentos. Ser murmuraba que el propio Ptolomeo III acudiría esa noche a las instalaciones del museo para admirar el nuevo órgano hidráulico diseñado por Herón.
El concierto se inició con un solista, un reputado tocador del aulos. La destreza de este músico sobre su largo instrumento de viento de medio metro y 15 agujeros era conocida en toda Alejandría (aunque solia prodigarse más por los prostíbulos y durante las celebraciones en honor a Dionisio que incluían orgías escandalosas; aquí en la Biblioteca, su música deletiraría el espíritu, no la carne).  Después tomaría la iniciativa una orquesta de cítaras, instrumento muy apto para el baile, que sería acompañado por sensuales danzas a cargo de bellísimas esclavas entrenadas en estudiadas coreografías ideadas por maestros expertos de diferentes países.  Este número fue especialmente aplaudido por los capitanes fenicios que, ignorando groseramente a los músicos, no cesaban de mirar y sonreír a las hermosas danzarinas.

El turno de la lira comenzó con una demostración didáctica de su historia a cargo del intérprete que mostró a la concurrencia una lira primitiva fabricada según los patrones que marcaba la tradición. la invención de la lira, instrumento nacional griego, era atribuída al dios Hermes, que la descubrió por casualidad haciendo vibrar en un caparazón de tortuga un tendón seco se producía un agradable sonido. Aprovechó entonces dos cuernos de cabra para sujetar el travesaño, donde tensó varias cuerdas para que el sonido resultara variado y armónico. Interpretó una sencilla melodía en aquel instrumento, obra de un divino luthier, pero de tosco sonido. Enseguida cogió la Khitara, mucho más moderna y esbelta y con brazos muchos más largos. La lira, al igual que el arpa, se tocaba con las dos manos y el músico aprovechó sus acordes para recitar un largo poema en honor a Alejandro, sin olvidar hace un guiño a uno de sus generales, el bravo Ptolomeo, tatarabuelo del actual faraón que, al fin y al cabo, era el que llenaba sus bolsillos. Este, desde su lujosa silla, le hizo un gesto de aprobacion.

Por fin, llegó el turno de escuchar  el Hidraulis. El nuevo instrumento, debido al  protegido Ctesibios, había levantado gran expectación. El aparato era grande como una mesa y disponía de teclado. Una gran caja estaba situada en la parte baja donde se sentaba el intérprete y su sonido recordaba el paso del viento por grandes tubos. Su mecanismo era secreto, pero se sabía que funcionaba con agua y aire y que unos misteriosos  pistones, hacían fluir el viento hacia los tubos donde unas llaves se encargaban de regular su flujo. El sonido llegaba a ser atronador y, por momentos, sumamente bello pues el artista realizaba complejos acordes que lograban elevar el espíritu de los presentes hasta casi alcanzar las puertas del Olimpo.

Acabado el concierto los asistentes se retiraron. Algunos fueron a recogerse y descansar a las  habitaciones que la misma biblioteca ponía a su disposición pues al amanecer les esperaban largas sesiones de estudio. Otros tenían una cita en las terrazas de la biblioteca para una sesión estelar. Aquella noche, de luna nueva, la oscuridad del cielo la hacía ideal para estudiar las constelaciones y revisar el catálogo de Eratóstenes de 675 estrellas.  Arquímedes no dudó en aprovechar el momento y discutir con los astrónomos sobre el tamaño del universo que él se habían empeñado en medir, así como la cantidad de granos de arena que cabrían en él. Cuando los astrónomos de la biblioteca le objetaron que no existían números tan grandes para semejante propósito les dejó boquiabiertos al anunciarles que había inventado un nuevo sistema de numeración para las cifras grandes con potencia capaz para manejar su cálculo.
Los capitanes fenicios mientras tanto habían decidido alquilar unos caballos y galopar los 25 km. que separaban Alejandría de Canopus. Los centenares de prostíbulos de aquella ciudad decadente eran conocidos en todo el mediterráneo. En unas dos o tres horas estarían allí y, no debiendo regresar hasta el amanecer, tenían tiempo más que suficiente para conocer las habilidades y delicias de las prostitutas internacionales de aquel puerto del Nilo.

Así, con el fondo de las tenues luces de los palacios de la ciudad al fondo y la viva luz del faro brillando tras el puerto, pasó una noche más. Entre la diversidad de soldados macedónicos, sacerdotes egipcios, aristócratas griegos, marineros fenicios, visitantes de la India, artesanos y comerciantes locales y la vasta población de esclavos; 14000 estudiantes, alojados en residencias regladas, dormían. Al día siguiente volverían a las atestados salones de conferencias, se sentarían en las academias, acudirían a las luminosas salas de lectura e investigación. El trabajo sobre los 600.000 libros archivados exigía una organización y un trabajo ciclópeo; pero aquellos griegos lo habían conseguido. El mayor centro tecnológico de la historia estaba allí, a orillas de aquel puerto mítico con su espectacular faro: una de las siete maravillas del Mundo.


NOTA FINAL: "Ágora", la película de Alejandro Amenábar, me pareció bellísima. Su  personaje, Hipatia, una persona fascinante: sabia y hermosa a la par y, sobre todo, profundamente humana. Porque humano es la búsqueda de la verdad, el ansia por el conocimiento y el placer de descubrirlo  por el camino de la ciencia. Ellos me han inspirado para realizar esta entrada. 
Aquella biblioteca fue el primer y  el más poderoso intento de crear un centro de investigación pluridisciplinar en la Edad Antigua y no ha sido superado hasta nuestra misma Edad Contemporánea ( y salvando las distancias quizás aún no lo sea). Desde el momento en que me dispuse a buscar documentación para sustentar este pequeño relato, mi interés y fascinación por aquel proyecto intelectual no ha parado de crecer. No me extraña que Amenábar se sintiera atraído por esta institución y por sus protagonistas. Hipatia, varios siglos después, seguía encarnando el eterno espíritu de los bibliotecarios de Alejandría, el arquetipo del deseo de conocimiento que subyace en todos los hombres.