lunes, 26 de noviembre de 2012

Microrrelato macrométrico

Andaba esos días dedicado a participar en alguno de los muchos concursos de microrrelatos que se publican en la red. Puse empeño en algunos de ellos y escribí algunos con la vana ilusión de que acaso ganaría. Vanidad de vanidades, nada gané. Así, pues, os los ofrezco... Son poco académicos, como este metamicrorrelato en 100 palabras, que ironiza sobre su reducida cota de vocablos.

 
- ¡Esternocleidomastoideo!... ¡supercalifragilísticoespialidoso!... ¡Se van a enterar...! ¡Cien palabras, menudo textito de mierda! Sortearé su forzado constreñimiento.  Desacostumbradamente diseñaré configuración extendida. Centrifugaré desproporcionadamente los caracteres, resultando un Frankenstein literario: microrrelato macrométrico. Contra anorexia digital, hipercolesterolemia literal.

Porque extirpar  vocablos me horroriza más que la mismísima hexakosioihexekontahexafobia;  pareciéndome que los microrrelatos son fórmulas castradoras de la creatividad como los progestágenos anticonceptivos de ciclopentanoperhidrofenantreno lo son de la fertilidad. Responsabilízome así de una contrarrevolucionaria  redacción con sobreabundantes hiperpalabras. Vacuna será contra la hipopotomonstrosesquipedaliofobia.

Desconsoladamente remato esta desproporcionadísima producción literaria. Finaliza con electroencefalografía plana del autor, extenuación del lector y desquiciamiento del linotipista.

 Jesús Marcial Grande Gutiérrez

domingo, 18 de noviembre de 2012

Pedo de lobo

Al despedirse, el profesor de asistencia domiciliaria, anunció a la madre y al hijo con el que había estado trabajando que pasaría el sábado en su Burgos natal, cogiendo setas. El niño, rápidamente, le interpeló:  - ¡Y me traes un pedo de lobo!  ¿Vale? -. La madre torció el gesto mirándole escandalizada, dudando entre reprenderle o disculparse con el profesor por la inesperada grosería de su hijo.
 

El profe se apresuró a mediar en la embarazosa situación. Resulta que los "pedos de lobo" son una variedad de hongos que crecen, entre otros lugares, en la Palencia natal del profesor. En la zona de la Valdavia, donde pasó muchos veranos de su infancia, era un juego excitante buscar en los prados estas setas globosas, blanco-perladas en otoño y seco-parduzcas en el estío; que guardaban en su interior millones de esporas listas para desperdigarse en cuanto algún animal las pisara produciendo una pequeña explosión y lanzando al aire una espesa nube de humo negro repleto de diminutas partículas reproductoras.  El profesor le había contado esta anécdota al estudiar los cuatro reinos de los seres vivos y tratando de interesarle por los curiosos procedimietnos que la naturaleza utiliza para la reproducción de sus criaturas.

Con una sonrisa de complicidad le explicó a la madre que los niños se sorprendían mucho con estas historias y, en general, con otras muchas relativas al papel de los excrementos en las funciones vitales. Es todo  un espectáculo contemplar las caras que ponen los alumnos cuando les explicas que las más sabrosas verduras se obtienen con un buen estiércol cuyo origen, al contarlo, les provoca muecas de evidente desagrado. O cuando -añadió- les planteas el curioso enigma del árbol solitario en la cima de la montaña: ¿acaso fue subido por algún montañero de aficiones forestales?, ¿creéis que pudo transportarlo el viento cuando, aún semilla, vivía dentro de un fruto carnoso y su pulpa le hacía tan pesado que le impedía ser elevado junto al polvo levantado por los torbellinos?... ¿Cómo llegó allí la pequeña semilla?
Finalmente, has de descubrirles el secreto de esos árboles majestuosos que dominan el paisaje sobre todo lo demás: su origen está en el humilde excremento de algún pájaaro que se posó en la cima realizando la pequeña deposición entre la que se escondía el maravilloso proyecto de la poderosa planta que llegó a ser.

Sí -concluyó el profe-, todos los seres vivos, hasta el más humilde; todas las acciones de la naturaleza, hasta la más míserable, tienen su función y su objeto en la consecución de la vida y de la belleza.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte VIII: Bajo el ascensor


Éramos jóvenes e insensatos, y también, aficionados a la fotografía. Habíamos montado un espartano laboratorio casero en la buhardilla polvorienta de mi amigo Jesús con materiales de saldo y, poco a poco, se fue introduciendo en nosotros el gusanillo del arte fotográfico. Decidimos aprender más, beber de las experiencias de fotógrafos aficionados  curtidos y profesionales; así que nos inscribimos en la Agrupación Fotográfica Burgalesa. Asistimos muy interesados a algunas charlas, a varias proyecciones de artísticas diapositivas y, sobre todo, se nos posibilitó el acceso al magnífico laboratorio de que disponían en el piso que tenía alquilado la asociación en la calle Miranda. Aquella magnífica ampliadora, su secadora profesional, sus eficaces temporizadores y sus cómodos tanques de rebelado llamaron pronto nuestra atención; pues nuestro equipo era de segunda mano, casi de juguete. En cuanto tuvimos oportunidad solicitamos una tarde entera de "faena fotográfica". Pasamos allí una tarde entera en la más completa oscuridad o bajo la luz  ortocromática roja  inmersos en la fascinante tareas de rebelar nuestros negativos y desvelar las imágenes escondidas en las sales de plata impresionadas por la luz que  se proyectaba desde el objetivo de la ampliadora. Sin darnos cuenta se nos hizo de noche. Recogimos apresuradamente y salimos. Al cerrar, con las prisas, la llave se me escurrió de las manos y fue a caer al suelo rebotando unos metros con tan mala suerte que cayó por el hueco del viejo ascensor.

Se nos presentaba un enojoso problema: debíamos devolver la llave esa misma tarde; de hecho ya debíamos haberlo hecho hacía tiempo y no estábamos por pasar la vergüenza de reconocer que se nos había caído torpemente en un inaccesible lugar. Mantuvimos las luces apagadas y decidimos que yo ( por la ley de la botella, "el que la tira va a por ella") saltaría la alta barandilla enrejada del primer piso mientras mi amigo Jesús González cuidaba de que nadie utilizara el ascensor. Así que, jugándome la integridad de mi arquitectura corporal me deslicé bajo la cabina y, tanteando entre la gruesa capa de polvo del fondo, encontré al cabo de un rato aquel escurridizo objeto. Con el corazón agitado volví a encaramarme a la baranda forjada y salté al rellano. En voz baja llamé a mi amigo que esperaba en el piso de arriba, para que cesara su vigilancia.

Afortunadamente en el trascurso de aquellos palpitantes cinco minutos nadie salió de su casa,  nadie llegó al portal, y a mi amigo no le asaltaron impulsos homcidas... Tampoco las meigas , "que haberlas hailas", probaron misteriosos conjuros sobre los engranajes del montacargas. Porque, cuando estás debajo de un émbolo gigantesco encajado en un estrecho pozo y miras a la mole que tienes arriba llegas a pensar, doy fe, que también a los ascensores los puede cargar el diablo.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Galogin


Me cuenta mi alumna Vero por el minichat que utilizamos en nuestra página escolar que va a ir a una fiesta de Galogin. Me quedo un buen rato pensando qué fiesta puede ser esa. ¿Galopín? ¿Una fiesta de Galos?.. Tras un rato de desconcierto caigo en la cuenta: se refiere a "Halloween".
Verónica, a sus doce años, tiene una dislexia de caballo. Un año entero haciendo dictados y practicando lectura para, en cuanto baja un poquito la guardia, inventar en un instante idiomas incomprensibles. No  puedo más que sentir una especial ternura por ella porque yo era igual. Todavía lo soy y, si me descuido, descoloco y sustituyo letras reiteradamente.
Siempre me costó leer. ¡Aunque me encante!. Descifrar códigos a la velocidad del resto ha sido simpre para mí una tarea  humillante. Ese tipo de actividades asestaban auténticas puñaladas a mi autoestima. Aún hoy, en  una especie de discalculia nunca superada, tardo más, y soy más ineficiente, corrigiendo una multiplicación o una división que mis niños de 10 u 11 años (y soy el profe de mates). Recuerdo bien mis frustradas aspiraciones para tocar la bandurria en el internado a mis 12 años: aquellos pentagramas se me hacían ilegibles. Apenas podía leer nota a nota y ello subiendo toda la escala desde el do. En mi pensamiento se convertían en  sombreros colgados en un tendedero de cinco cuerdas bailando con el viento.
La ortografía se resentía como daño colateral. Suspendía lengua y otras asignaturas por los dictados. No había manera de recordar la forma de las palabras, de distinguir la doble grafía de algunos fonemas, las consideraba reglas estúpidas. Me desquiciaba que me recomendaran leer y leer que con ello, decían, se aprende la ortografía de las palabras: ¡Mentira! ¡No me servía! Podía leer un libro entero gordísimo y, al acabar, escribir el nombre del protagonista con faltas espectaculares.
Recuerdo que, mientras preparaba las oposiciones de magisterio, llegué a dominar hasta 20 sinónimos del verbo "observar" pues era incapaz de recordar su escritura correcta. Hoy en día sigo comentiendo errores gruesos. Me he sentido a veces horrorizado al intentar escribir el apellido "Arroyo" delante del propietario del mismo que me mira...para al final escribirlo con "elle". En algún lugar guardé un papel donde había escrito tan pancho "cruzicrama" sin percatarme de las diversas asimilaciones (visuales y auditivas) que realizaba. Y el mismo texto que estoy tecleando ahora he de revisarlo varias veces a la caza de múltiples gazapos. Me aterra que me pregunten el número de mi móvil, no lo recuerdo: me bailan los números. La imposibilidad para aprender series numéricas ha estado a punto de ocasionarme graves  perjuicios: un día aparqué mi coche de noche en Valladolid sin poder reconecer luego la calle ni recordar el número de la matrícula. ¿Y los números de las tarjetas de crédito? He de establecer complicados códigos mnemotécnicos para recordarlos...
Sirva este pequeño artículo como homenaje a todos aquellos que pierden el rumbo en el plano de los textos; aquellos cuya brújula lectora extravía el norte; aquellos que cambian el paso en el desfile de las palabras e intentan encontrar salida a este laberito en que, como un juego de espejos, se convierte la lectura. Ellos, que desentrañaron la selva de las palabras con más esfuerzos que nadie, encontraron senderos que otros no conocían. Llegaron más cansados a la meta de la lectura, pero su viaje fue más emocionante.