domingo, 9 de octubre de 2016

Una palabra por mil imágenes - 22: Maestro

A mi mejor amigo:
él me enseñó a diferenciar
lo bueno de lo malo 
lo débil de lo fuerte
y eso es mucho
¿Qué puedo darte a cambio
si quisieras la luna 
te la daría
pero prefiero darte mi corazón 
Con todo mi amor para mi...

Maestro


Desde 1994 se celebra cada 5 de octubre el día mundial de los docentes. Al escuchar esta palabra, este sustantivo que nombra mi profesión, recuerdo la película "Rebelión en las aulas". Para muchos, quizás, sentimental y almibarada; para mí tierna y entrañable. No puedo evitar emocionarme ante el sentido homenaje final de la clase rebelde a su profesor, a ese magnífico Sidney Poitier, que sabe ganarse el desdeñoso corazón de sus alumnos.
A pesar lo sentimental que pueda parecer, pese a la irrealidad que se pueda percibir; la credibilidad que S. Poitier infunde al personaje y el trabajo de los jóvenes actores nos impulsan a aceptar las premisas que se proponen en la película: Al final triunfa la bondad, la perseverancia, el optimismo...

Lloré, sí lloré, durante la escena final, esa en la que Lulú canta "To Sir with Love", una preciosa canción y en la que los primeros planos son todo un reto felizmente superado por los actores.

"To Sir with Love", Para mi maestro con cariño.

jueves, 6 de octubre de 2016

Una palabra y mil imágenes - 20: Infancia

El 10 de octubre de 1985 murió el superdotado actor y director Orson Welles. Que esa fecha coincida con mi cumpleaños me hace dedicarle hoy esta entrada del blog y, precisamente, en esta sección que homenajea al Séptimo arte, ese que tanto amó.

Ciudadano Kane, considerada como una de las diez mejores películas de la historia del cine, comienza por el final del magnate norteamericano Kane, que parece representar a un personaje real. el magnate de la prensa Charles Foster Kane, aunque Welles siempre defendió que era una fusión de varios personajes de la época. Sea como fuere, Un hombre solo está a punto de morir en una oscura habitación.



Las imágenes intentan contarlo todo pero no dicen nada. Una palabra es la clave pero nadie comprende su significado: Rosebud. Cuando la pequeña bola de cristal con su encerrado universo nevado cae, rueda y se rompe parece borrarse para siempre la clave de la vida de un hombre. El ciudadano Kane, célebre, rico y poderoso ha dejado el misterio de su vida sin resolver. Toda una película genial se dedicará a lograr entender a este hombre poderoso, alguien que podía obtener lo que quisiera ... ¿o no?



En la última escena de la película, ¡por fin! y solo para el espectador que ya está a punto de abandonar su butaca se desvela el misterio: El último recuerdo, la última voluntad del moribundo es la vuelta a la lejana y feliz Infancia.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Una palabra y mil imágenes - 7: Lágrimas

No se ven. La lluvia las oculta. Son imposibles: los repliclantes no pueden tener emociones.Pero todos las sentimos, las adivinamos tras la cortina de lluvia. Y, por un momento, nos identificamos con ese ser que va a morir y hacemos nuestras sus desesperadas

Lágrimas


Roy, un replicante de cuatro años, está a punto de morir. Ha llegado su hora y se deteriora rápidamente. En su agonía, perturba nuestras creencias al comportarse con una humanidad sorprendente: muestra generosidad, desesperación, tristeza, asombro... Tras salvar la vida al Blade Runner que intenta destruirle le confiesa sus sentimientos. Es un monólogo mítico en la historia del cine: 

"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir."

Y entre la lluvia gris que cae sobre esa urbe decadente decadente  y caótica, sentimos pena por ese ser que llamamos máquina y adivinamos en sus ojos las amargas lágrimas de la tristeza.  

lunes, 3 de octubre de 2016

Una palabra y mil imágenes - 6: Duelo

Plaza. Aproximación. Estudio. Pausa. Mirada. Reto. Sorpresa. Disparo. Muerte. Pocas palabras, pocas y lentas imágenes. Metraje detenido sobre los rostros tensos de los protagonistas... Es el ritual de todos los desafíos en el western. El escenario austero: una calle (en los americanos) una plaza (en los spagueti western italianos);  pero en ambos se repiten los mismos esquemas. En estas imágenes ¡nada menos que nueve minutos de la película, la novena parte de todo el film! se resumen a la perfección todas las claves del

Duelo   



¡Nueve minutos! eso eso es lo que dura este famoso duelo. Casi sin palabras, solo con la música inolvidable de carillones, violines, clarines, bajos percutidos como tambores  y trompetas: los elementos indispensables del maestro de las bandas sonoras Ennnio Morricone.

Así es un duelo: un tiempo lleno de esperas, de sol, de silencios, de sudor... y todo ello mientras la música va in crescendo incorporando instrumentos en cada frase fílmica; con las trompetas sonando a degüello, con el carillón acabando su cuerda, con el disparo final del más rápido. Luego solo leves crujidos del cuerpo que se desploma y se remueve brevemente mientras expira. Por último una última conversación, casi intrascendente.  Y el viento siempre el viento.

Y casi cuando parece acabar todo surge el anticlímax: la amenaza aún no había acabado. Y, entonces, tras el último disparo se inicia uno de los temas sonoros míticos en el western: las arpas de boca acompañando una pegadiza melodía silbada, las flautas haciendo coro, los timbales marcando un violento pulso, la voz masculina y bronca de los sintetizadores. el vibrante punteo de la guitarra eléctrica... inicial  una vibrante marcha acompañada por el redoble del tamboril.  
Yo he soñado con esa música. Yo he representado, de niño, ese duelo muchas veces. Estoy seguro de que si un día pulsan el córtex en mi lóbulo temporal escucharé esa melodía. La tengo impresa. La palabra duelo son esos nueve minutos de imágenes y esos dos temas musicales. Inolvidables pese al Alzheimer. Indelebles frente al tiempo. Así será siempre para mí un duelo.

domingo, 2 de octubre de 2016

Una palabra y mil imágenes - 5: Cementerio

Uno ha visto ya muchas tumbas. Uno, de niño, acudió al camposanto burgalés a despedir a vecinos y familiares. Después repitió la escena en distintos escenarios: el pequeño pueblo castellano de Ayuela y sus poblados vecinos, el manchego de Palomares del campo, la alcarreña ciudad de Guadalajara, la populosa Madrid... Uno también ha contemplado el mismísimo sarcófago dorado de Tutankamon, la necrópolis visigótica de Recópolis, fosas antropomorfas de Cuyacabras en Burgos, caóticos amontonamientos de lápidas judías en Praga, coquetas sepulturas suizas en Les Brenets, tumbas árabes en el santuario de Ali Ben Rachid... Pero el camposanto que realmente me pareció más sugerente, el más original, fue el creado en agrestes parajes del pueblo burgalés de  Contreras, en la Sierra de la Demanda, especialmente para la película "El bueno, el feo y el malo". Sí, recuerdo muy bien, las opresivas  panorámicas y los vertiginosos travellings entre los sepulcros en círculo de aquel extraño

Cementerio


Ese bosque de lápidas y cruces desplegadas en círculos en torno a una plaza central empedrada es una de las más inspirada representaciones del caos, del loco afán de la vida. Ni una palabra en minutos: solo la música bellísima de Ennio Morricone elevándose en bucles sonoros que parecen acompañar la errática y frenética búsqueda de Tuco entre las tumbas. Es una escena memorable. Siempre será uno de mis cementerios favoritos aunque, hoy en día solo sea una imagen virtual: el cementerio de Sad Hill ya no existe.

Con muy buen criterio los habitantes de la zona intentan recuperar la memoria de la cinta y rescatar los escenarios. Han surgido iniciativas turísticas al respecto e, incluso, el Geolodía (actividad divulgativa anual que se celebra en muchas de las provincias españolas) del año 2016 dedicó la jornada a recorrer la ruta de su rodaje y analizar el paisaje.

¿Y por qué no reconstruir el mítico cementerio de Sad Hill? Merecería la pena. Tienen mi visita asegurada.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Una palabra y mil imágenes - 4: Violencia

Disparadas miles de veces sobre la pantalla, las imágenes desgranan una tras otra las secuencias: desde la preparación del exceso, la furiosa ejecución, la cruel superación, el fracasado intento de extinción... todas ellas nos hablan de un nombre, nos describen un concepto:

Violencia



En 1972 acudí con una chica, una lejana pariente de mi madre, a ver la película de Stanley Kubrick "La Naranja Mecánica". Había oído hablar de sus imágenes perturbadoras, de su música clásica llenando la banda sonora, de sus atrevidas escenas... Con mis 25 años, quise impresionar a mi joven prima y, sin embargo, el primer sorprendido fui yo: no me esperaba tanto. Desde las primeras imágenes quedé sobrecogido. La música con el sintetizador Moog de Wendy Carlos me impresionó desde la primera nota y escuché sobrecogido aquella música infernal y bella junto con la voz en of que explicaba el ritual preparatorio para las violentas escenas posteriores. Contemplé pasmado la sala lechosa del pub Koroba donde los protagonistas bebían su leche con velocet, synthemesco y drencrom, una combinación de mescalinas y drogas psicodélicas, que los dejaba preparados para sus partidas ultraviolentas.

Y, a partir de aquí, violencia, violencia y más violencia... Pandillerismo, violación, sadismo, crueldad, violencia institucional, violencia psiquiátrica... Y, sin embargo, se asiste fascinado a la proyección de los excesos. ¿Existe una erótica en la violencia? ¿Quizá esos grupos distópicos ejercen una malsana curiosidad? ¿O acaso el genial Kubrick y el brillante Burges tejen, cada uno en su ámbito, una historia magistralmente relatada ante la que nos rendimos?

Siguen sonando en mis oídos los acordes del sintetizador... No puedo evitar estremecerme ante la mirada del trío protagonista. Sé lo que va a ocurrir...

lunes, 26 de septiembre de 2016

Una palabra y mil imágenes - 3: Monstruos

Hay imágenes que se adhieren a tu retina. No las puedes despegar en toda tu vida.  Están ahí, fundidas con tus células, amalgamadas en las membranas de tus ojos. Ellas acuden a ti y se representan cuando escuchas una palabra, cuando alguien cita en cualquier conversación la palabra:

"Monstruos"



"La parada de los monstruos" fue una película de cine-club. A mí no se me hubiera ocurrido elegirla y pagar una entrada por aquellas imágenes perturbadoras y aquel argumento que terminó en desasosiego y angustia. Sin embargo, intuyo que de alguna manera era una película necesaria. Si la función del cine es sorprender, esta sería una de las películas más sorprendentes de la historia del cine. La función es una invitación a la intimidad de la "monstruosidad" elevándose de lo puramente estético hasta la refinada maldad.
Desde las primeras imágenes me hundí en el desasosiego. A medida que avanzaba la película el desasosiego da paso a la tristeza por un romance imposible y, al final, el argumento estalla en forma burla cruel, venganza y perversión.

Quedé impresionado (casi traumatizado) por su final. Ahora he descubierto que se barajaron otros finales alternativos (alguno más perverso aún). Recuerdo con horror e infinita compasión el final de la bella y frívola protagonista. La imagen del pato humano no podré desprenderla de mi retina en toda la vida.