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miércoles, 12 de octubre de 2016

Una palabra y mil imágenes - 13: Evolución

¿Cómo explicar 1.000.000 de años de evolución en unos segundos de metraje? Stanley Kubric lo consigue en la más famosa elipsis cinematográfica de la historia del cine. "2001: una odisea espacial"


El hipnótico vuelo de ese fémur (arma letal recién descubierta) y su plástica metamorfosis en nave espacial orbitando la luna es una metáfora de lo relativo que resulta el tiempo real en el cine. En unos segundos transcurre una eternidad y, sin embargo, el lento mecer de la nave acompañado de la música del famoso vals de Strauss consume con extraña gula un largo minuto del film. 

El enigmático prisma que preside los hitos en nuestra evolución parece ejercer una poderosa influencia en el progreso del hombre: ¿otra metáfora de la inteligencia exterior? ¿una representación geométrica de Dios?... Muchas preguntas metafísicas a las que responden hipótesis variopintas. Pero yo, anclado en el s.XX cuando vi la película, me quedo con este vuelo hacia el futuro: la evolución resumida en un fémur por los aires.   

miércoles, 5 de octubre de 2016

Una palabra y mil imágenes - 7: Lágrimas

No se ven. La lluvia las oculta. Son imposibles: los repliclantes no pueden tener emociones.Pero todos las sentimos, las adivinamos tras la cortina de lluvia. Y, por un momento, nos identificamos con ese ser que va a morir y hacemos nuestras sus desesperadas

Lágrimas


Roy, un replicante de cuatro años, está a punto de morir. Ha llegado su hora y se deteriora rápidamente. En su agonía, perturba nuestras creencias al comportarse con una humanidad sorprendente: muestra generosidad, desesperación, tristeza, asombro... Tras salvar la vida al Blade Runner que intenta destruirle le confiesa sus sentimientos. Es un monólogo mítico en la historia del cine: 

"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Naves de ataque en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir."

Y entre la lluvia gris que cae sobre esa urbe decadente decadente  y caótica, sentimos pena por ese ser que llamamos máquina y adivinamos en sus ojos las amargas lágrimas de la tristeza.  

viernes, 22 de julio de 2016

Los ratones coloráos



El búho listo, el zorro astuto, el gato curioso, el perro viejo, los ratones coloráos.... esa es la fauna de la sabiduría, los seres que atesoran la enciclopedia del conocimiento animal.

En la especie humana también tenemos nuestros congéneres talentosos: "Sabe más que los ratones coloráos", decimos cuando alguien demuestra una acrisolado conocimiento sobre algunos aspectos de la vida. Y es verdad, pensamos también, que "el diablo sabe más por viejo que por diablo". Estamos hablando del extraordinario valor de la experiencia.

Aprender de nuestros errores es una forma dolorosa, pero muy efectiva, de aprender. A veces, ante la excesiva arrogancia, resultará la única. Quizás esos inteligentes ratones estén coloráos por tanta vergüenza como tuvieron que pasar debido a sus muchas equivocaciones.

sábado, 21 de mayo de 2016

Fascinantes historias de la ciencia 15. "En busca del fuego"


Del rescoldo de un tronco fulminado por el rayo tomaron la semilla del ser de luz roja y lenguas abrasadoras. Lo alimentaron y engordaron para que tuviera una vida larga y fecunda, para que pudiera crear muchos hijos con que extender su estirpe a lo largo del tiempo y del espacio de la vida del clan. Durante años conservaron su semilla protegida dentro de pequeñas calaveras; preservaron su aliento en el interior del cráneo descarnado de algún pequeño animal cazado con trampas. Él fue su luz y su calor, su defensa contra las fieras, la magia que ablandaba los alimentos, el brillo que les orientaba en la noche... pero un día el espíritu dorado se extinguió; por una extraña conspiración se apagaron las tres hogueras. Un lúgubre lamento se alzó desde la garganta de sus guardianes como pidiendo perdón anticipado por las vidas que se iban a perder.  

Tres hijos del clan, fuertes y jóvenes, partieron hacia el sur. Los más viejos hablaban de una montaña ardiente; en ella brotaba fuego de la tierra desde el interior de un pozo en la cima. Ríos de fuego se desparramaban ladera abajo de aquel monte humeante manteniendo viva su semilla largo tiempo. Era un fuego sin troncos, sin grasa ni hierba seca; un fuego que moría y se convertía en piedra;  pero su espíritu transmitía igualmente la magia de su poder a una antorcha. La montaña estaba lejos, ninguno de los jóvenes la había visto jamás.

Pasaron tres lunas mientras atravesaban territorios extraños. Ocultos de noche en cuevas y oquedades, caminando todo el día, cazando lo imprescindible, alimentándose con raíces y plantas en los arroyos... Llegaron así muy lejos hacia el sur, hasta la orilla de un lago enorme cuyas aguas, de salado sabor, se perdían en el horizonte.  En todo ese tiempo evitaron los encuentros con los otros aunque muchas veces estuvieron a punto de ser descubiertos; pero la gente del clan era muy hábil haciéndose invisibles en la naturaleza y sus cuerpos jóvenes aguantaban bien las privaciones de largas esperas inmóviles: podían incluso casi hibernar como un oso si era preciso, por nada se expondrían a fracasar en su misión.

En el norte el resto de la tribu sufría los mordiscos de las fieras y, los peores, del frío que ni siguiera la cueva detenía. Bajo las pieles, en la oscuridad de la noche, tras la empalizada alzada contra las alimañas; el sueño se veía alterado por el miedo, lo impedía el helado pavor a una muerte cierta.

Por fin los exploradores llegaron a la Montaña Cuna del Espíritu Dorado. Se divisaba a lo lejos su forma perfecta como la de un gigantesco hormiguero. Pero no se elevaba de su cima el oscuro aliento de la respiración del Dorado Espíritu. Cuando subieron a su cima observaron que la madre del espíritu había quedado yerma. Sus entrañas, antes rojas y humeantes, se habían convertido en piedra.

Entonces retornaron al Camino del Norte sabiendo que solo había una manera, que solo de una forma podrían llevar el fuego sagrado a su clan. Conocían que Los Otros estaban en posesión del espíritu dorado;  habían visto durante muchos días las columnas grises del humo que subían perezosas hasta el cielo desde sus  poblados y,  por la noche, distinguían los brillos de las hogueras entre las chozas. Pero Los Otros eran gente peligrosa: eran numerosos y siempre estaban listos para la caza y la guerra. Disponían de lanzas ligeras de largo alcance que (y esto era asombroso) eran capaces de arrojar desde muy lejos aunque su fuerza no era mucha. Los Otros formaban partidas de muchos cazadores y luchaban como enjambres. Los del clan los evitaban, no querían luchar en campo abierto contra ellos porque siempre perdían muchos hombres mientras que ellos parecían no acabarse nunca.

Hub, el más hábil rastreador de los jóvenes del clan, logró acercarse al poblado pasado el crepúsculo. Pasó la noche escavando un hoyo en las afueras del poblado, en el suelo, donde enterrar su cuerpo excepto la cabeza que camufló dentro de un arbusto. La tierra batida de los alrededores disimulaba bien los restos esparcidos en torno a su escondrijo. Entonces se hizo piedra y esperó el día.
La jornada en el poblado de los otros comenzaba al amanecer. Sus costumbres eran extrañas y complejas. Desde su posición a ras de suelo Hub se dispuso a observar.  No disponían de guardianes del fuego, por eso pudo llegar hasta allí sin ser descubierto por la noche,  pero los fuegos se habían apagado. Apenas asomó el sol en el horizonte uno de los hombre salió de su cabaña acercándose hasta donde estaba oculto el joven del clan y se plantó adormecido ante el arbusto. Hub evitó reprimió un grito cuando aquel chorro amarillo, caliente y humeante, se desparramó sobre su cabeza. El hombre, cuya dentadura mostraba que ya era viejo, volvió a la cabaña y salió después llevando un arco y un pequeño morral de piel en la mano. Se sentó en el suelo muy cerca del escondite del hombre del clan. Sacó de la bolsa de cuero una varilla de flecha sin punta ni pluma guía, una vértebra de uro y un trozo de madera seca.  Tomó la mazorca de una enea y la despeluchó haciendo una especie de nido con los vilanos. Preparó después un puñado de ramitas secas que colocó sobre la ceniza de una de las hogueras apagadas. El joven cazador del clan lo observaba fascinado mientras el viejo trabajaba durante un rato con un pequeño cuchillo de sílex sobre el trozo de madera: parecía querer abrir una especie de cuña transversal en aquella rama partida longitudinalmente. Después la dejó en el suelo sobre una hoja seca apretándola bajo la rodilla; mientras con la otra mano sujetaba el arco cuya cuerda había enrollado con una vuelta en la varilla y colocaba su punta roma justo sobre el ángulo de la cuña en la madera. El joven Hab, escondido, miraba incrédulo la extraña forma en que sujetaba la flecha al arco: evidentemente el viejo estaba loco. Éste finalmente sujetó el extremo superior con la vértebra de uro aprovechando un rebaje en forma de agujero tallado en el hueso.  Mantuvo así sujeta la varilla contra la madera mientras agarraba el arco por un extremo y empezaba a realizar un suave movimiento de va y ven. El hombre del arbusto seguía mirando cada vez más interesado. Por un momento no pasó nada. El ir y venir del arco se sucedía frenético y no encontraba sentido a la maniobra. De pronto una pequeña voluta de humo blanco ascendió desde la madera. La pequeña columna de humo se mantuvo y aumentó en los instantes posteriores hasta convertirse en una pequeña humarera. El hombre del arbusto, desde su escondrijo, miraba asombrado; ya no sentía el cuerpo abotargado por la obligada inmovilidad y olvidó que la sed le atormentaba cruelmente. Había visto con sus propios ojos el nacimiento del niño fuego y, estaba seguro de que aquel hombre viejo, aquel sabio de los otros, sabría hacerlo crecer: sus movimientos parecían seguros como los de un cazador experimentado. El viejo aceleró un momento el movimiento del arco y apretó con fuerza la vértebra sobre la varilla. Después arrojó el arco a un lado arrastrando consigo la varilla que salió despedida unos metros más allá. Luego se inclinó con cuidado sobre el tronco humeante y raspó con la punta de su cuchillo de sílex en el pequeño hoyo negruzco que se había producido. El rojo fulgor de una brasa diminuta cayó sobre la hoja. Después la llevó hasta el nido de vilanos y la hizo caer en su interior. Sopló vivamente hasta que el humo blanco empezó a salir por entre las finas vellosidades vegetales de las semillas de enea. Entonces lo cogió entre sus manos y lo movió de un lado a otro con movimientos rápidos. En un instante brotó una llama del interior de su interior y comenzó a arder. El viejo lo arrojó entonces sobre los palitos que había dispuesto en la hoguera apagada y esperó un momento a que comenzaran a arder, después colocó los troncos más gruesos que yacían apilados en un montón. El fuego empezó a crepitar y rugir con aliento poderoso.
La tribu se desperezaba. Las mujeres colocaron piedras redondas sobre el fuego y llenaron los odres para hacer la sopa del desayuno. Los niños cargaron adormecidos los pellejos para acarrear el agua y fueron bostezando hasta el arroyo. Los cazadores prepararon rápidamente su equipo y se sentaron alrededor del fuego a la espera del desayuno antes de la partida de caza. Cuando las piedras estuvieron calientes las mujeres cogieron unas ramas en forma de horquilla y sujetándoles con ellas las introdujeron en el interior de los odres. Un chorro de vapor ascendió anunciando que el agua había comenzado a hervir. La sopa la tomaban directamente de los odres ayudándose de conchas. Estas las traían de muy lejos los Habitantes de los Grandes Lagos del Sur y las cambiaban por pieles.

El día se le hizo muy largo a nuestro joven intruso. El dolor del cuerpo por la prolongada inmovilidad se le hacía intolerable;  peor aún resultaba la sed. Con todo se prometió a sí mismo que aguantaría oculto en aquella incómoda situación, su descubrimiento tenía tal transcendencia para el clan que no podía permitirse flaquear. La noche tardó en llegar. Cuando lo hizo se sentía presa de calambres insoportables. Los Otros no se retiraron inmediatamente sino que, al calor de las fogatas, pasaron mucho tiempo charlando, riendo y bebiendo un extraño brebaje que olía a semillas fermentadas. Hub creyó distinguir durante el día que lo preparaban cociendo cebada y dejándola reposar. Había nmerosos odres llenos de aquel líquido colgados en una de las chozas. Pasadas unas horas Los Otros danzaban felices, pero torpes y mareados, en torno a la hoguera como si hubieran ingerido setas venenosas. Bajo su vientre enterrado, por entre sus piernas, notó la cálida corriente de la orina: ya no podía aguantar más.  Cuando todos dormían, salió a duras penas de su agujero. Le costó horrores desenterrar su cuerpo acalambrado. Las piernas no le respondía y estuvo frotándolas un buen rato hasta que pudo incorporarse. Después se acercó a la fogata. Podía robar el fuego en ese mismo instante. Podía coger una gruesa rama bien encendida y correr hasta la colina donde le esperaban sus compañeros. Eso era lo que esperaban, pero delante de la hoguera y con una estaca encendida en la mano, tomó una decisión. Dejó la rama ardiente de nuevo en su sitio y se acercó sigiloso hasta la choza de aquel viejo de Los Otros que era el amo del fuego y levantó la piel que cubría la entrada con temor. Lo que pensaba hacer podía dar al traste con todos los esfuerzos realizados por los tres exploradores y el propio clan, pero merecía la pena. Buscó en la penumbra del recinto el morral donde el viejo guardaba los instrumentos mágicos que traían al mundo al hijo del espíritu dorado. Los vio apoyados en un rincón cerca del viejo que dormía solitario envuelto en pieles, pero no encontró el arco. Es igual, pensó, ya lo fabricaría él mismo; había visto bien como era. Luego despacio, con las piernas torpes y doloridas, se alejó caminando hacia la colina.

Cuando llegó sus compañeros le miraron alarmados. ¿Dónde estaba el fuego?¡Lo había tenido al alcance de la mano y volvía sin él! Defraudados por su incomprensible comportamiento le miraron con resentimiento y decidieron acercarse hasta los rescoldos de las hogueras y robar algunos tizones. Quizás lograran reavivar en el viejo Espíritu Dorado el aliento joven de su fuerza.  Pero el joven cazador se lo impidió. Les contó que los otros sabían encerrar dormido el Espíritu Dorado en un morral y que él sabía despertarlo. Tristes, incrédulos, se resignaron. No creían en absoluto la historia que les contaba, pero no les quedaba más remedio que esperar: en el poblado había muerto el brillo de las ascuas en todas las hogueras.

Al día siguiente el joven cazador quiso mostrar a sus compañeros la magia que había robado a Los Otros. Construyó un arco y trenzó fibras vegetales para fabricar una cuerda.  Luego probó cientos de veces a frotar con la varilla sobre la madera con ayuda del arco. Sus compañeros desesperaban. Irritados como estaban habían comenzado a pensar en abandonarlo; quizás aún pudieran hacerse con el espíritu latente en el ascua enterrada en ceniza de una hoguera abandonada. Decidieron volver al poblado esa noche y robar el fuego de sus hogueras pero fueron descubiertos por una mujer que  salió a orinar. Ante los gritos de la mujer toda la tribu cayó sobre ellos hiriéndoles gravemente. Antes de morir, al amanecer, tuvieron la oportunidad de comprobar con sus propios ojos la realidad de la magia que les había contado su amigo. Luego, fueron sacrificados por ese mismo fuego cuyo nacimiento contemplaron: en aquel poblado se comía a los hombres.

El joven cazador, en solitario, emprendió la marcha hacia el norte. Los días se habían vuelto grises y la niebla se alzaba sobre los ríos. Pronto llegaron las lluvias y, más al norte, la nieve brillaba ya sobre las montañas. Se detenía muchas veces a practicar con el arco y la varilla. Hubo de trenzar muchas cuerdas rotas por el uso. La madera que usaba el viejo se había vuelto inservible hacía tiempo horadada por tantos agujeros. Buscó otra intentando que fuera del mismo árbol. Había pulido infinidad de varillas. En cada intento lograba iniciar una débil columna de humo, pero no conseguía llegar a formar la mínima brasa en sus maderas. La humedad le penetraba hasta los huesos y la tristeza por su fracaso, por sus compañeros muertos y por su clan desvalido le atenazaban. Probaba cada día frotando la varilla pero seguía sin despertar del todo el Espíritu Dorado, tan solo lograba entrever el lejano aliento de su respiración.

Llegó el último día de su viaje y el sol lucía raramente esplendoroso en el cielo. Estaba muy cerca ya del  territorio del clan. Apenas le quedaba cruzar las oscuras montañas que se contemplaban al sur desde su cueva y, que ahora tenía enfrente. Eran montañas de rocas negras de basalto que se calentaban con el sol llegando a ser abrasadoras al mediodía. Se apoyó en una de aquellas rocas desesperado. Por sus mejillas rodaron las lágrimas y cayeron sobre la roca; estaba tan caliente que se secaron enseguida. Sacó de su morral los instrumentos mágicos aunque, pensaba ahora, seguramente habían perdido su poder. Los esparció en el suelo dispuesto a hacer un último intento. Pero tuvo que retirarse a la sombra de una grieta. La desesperación le invadía y lloró de nuevo largamente. Al fin decidió afrontar su fracaso, su crimen contra el clan. Volvió la vista hasta la roca donde estaban esparcidos el arco, la varilla, la madera y la vértebra. Pensaba dejarlo todo allí; ninguna de aquellas cosas servía para nada. Antes de resignarse por completo decidió hacer un último intento. Caminó hacia ellos sobre la superficie abrasada de la roca. Aquellos instrumentos llevaban varias horas calentándose sobre ella y ahora estaban calientes y secos. Enroscó la varilla en el arco, sujetó la madera con la rodilla y aplicó con fuerza la vértebra sobre la misma. El aliento del Espíritu Dorado no tardó en aparecer; pero esta vez empezó a crecer y a hacerse vigoroso. Pronto una pequeña columna de humo se elevó hasta su nariz. Hub inspiró excitado el acre olor de aquel humo e imprimió más rapidez al movimiento del arco. Instantes después apartó la varilla: una brasa diminuta se mantenía humeante entre el hollín ennegrecido. Se apresuró a coger un puñado de vilanos de enea y vertió sobre él mismo aquella ascua diminuta. El Espíritu Dorado despertó de pronto y su llama prendió en aquellas finísimas vellosidades.

El clan aprendió a convocar al Espíritu del Fuego aquel año. También aprendió que no solo el agua, sino también la humedad es un veneno que le impide nacer. Las montañas oscuras fueron declaradas sagradas. En algunos días claros sube todo el clan hasta las rocas y hacen una gran fogata. El fuego dura allí toda la noche. En esa noche toda la gente del clan baila y ríe alrededor del fuego y se cuentan historias. Al cabo de unas horas empiezan a ser poseídos por dentro por el Espíritu Dorado y perciben en sus estómagos un calor renovado;  el joven Hub también había recordado como los otros fabricaban su cerveza.

domingo, 17 de abril de 2016

Artistas en la Prehistoria

 

Estoy investigando el arte en la prehistoria. Casi mareado entre la multitud de trabajos que ofrece internet voy construyendo en mi mente una imagen de aquellos artistas, de aquellos pintores geniales cuyas obras aún hoy nos admiran y producen envidia incluso a nuestros mejores pintores actuales. Uno los imagina en la penumbra de la cueva mezclando pigmentos minerales, grabando diseños con puntas de sílex, aplicando delicadamente con sus bastoncillos o con sus dedos empapados los rojos de hematita, los ocres de limonita, el negro de  los carbones... 
Y, asómbrate hombre actual miembro de los homo sapiens sapiens, hoy tenemos entrada a este espectáculo de animales increíbles, vivos como entonces, que se mueven por las paredes entre las sombras, que atacan, luchan, mueren o huyen ante las lanzas de los cazadores... o de las mujeres danzando, del encuentro sexual, de las carreras ante las fieras... Todo un tratado zoológico se agrupa en los techos, se apoya en las aristas, se abomba en los salientes de roca... 
Y uno no se explica cómo pudieron aquellos brutos, aquellos ignorantes, acercarse tanto a la perfección con unos medios materiales miserables. Y nos desconcierta tanta sensibilidad. ¿Cómo es posible que con sus rudas manos de cazadores trazaran estas curvas delicadas, estas formas en movimiento tan sugerentes? ¿Cómo pudieron ellos? ¿O fueron ellas?  


jueves, 17 de marzo de 2016

gatacca


Está al caer. Apenas tardará unas decenas de Premios Nóbel. El escáner genético y su interpretación sobre nuestras enfermedades, personalidad, tendencias... pronto llegará. Entonces nuestro carnet de identidad incluirá un chip con la transcripción del contenido de nuestro ADN, un código "gatacca" (guanina, adenina, timina, citosina, citosina, adenina...) en cadenas compactadas de 23 pares de cromosomas). Con ese corto abecedario de nucleótidos (cinco letras si incluimos el uracilo) se construyen, desde que la vida es vida, todas las proteínas del ser humano, tod su cuerpo carnal. Toda la información de "nuestro proyecto" personal, todas la directrices biológicas de nuestros 27.000 genes caben holgadamente en un lápiz de memoria de apenas 3 Gb.
Nuestro código podrá ser leído por todos, estará a disposición de nuestros médicos y también, me temo, de las autoridades o de hackers expertos en sacar partido de hurgar en los entresijos ajenos.
Llegará un día en que sobre la pantalla de un ordenador un puntero de futuro recorrerá nuestro ADN seleccionando, cortando y pegando;  después en un proceso totalmente automatizado nuestro cuerpo podrá alterarse: ser reparado, modificado, utilizado... y con nuestro cuerpo, también la memoria, la inteligencia, la voluntad y quizás el alma (que seguramente también tendrá su gen).
La posthistoria habrá comenzado. La lectura y escritura del libro de nuestro genoma dará paso a una nueva era de la humanidad. Los ángeles y los demonios se encargarán a voluntad. Podremos vivir vidas infinitas. Podremos traer el pasado hasta el presente y resucitar animales increíbles. Podremos adelantarnos a nuestro futuro y prevenirlo, cambiarlo y crearlo desde el presente. Podremos crear el superhombre.  

Entonces el hombre futuro, el superhombre, querrá jugar a ser Dios. Quizás le de por añadir una letra más al código genético, algún nucleótido experimental. Con el nuevo alfabeto ampliado creará quimeras, seres impensables... Acaso con su escritura equivocada, con su lectura dislexia del código de la vida, genere el monstruo que le destruya.

Y después, la carne se descompondrá y el polvo volverá al polvo.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Fascinantes historias de la ciencia 13: Los anales de Lucky


Los anales de nuestros ancestros no tienen historia. La escritura no puede declarar en el juicio de sus vidas antiguas.  No hay testimonios, nadie puede testificar sobre aquellas épocas lejanas. Sólo los forenses del tiempo atan cabos para averiguar cómo fueron sus vidas, sus costumbres, sus grandes y pequeños hechos.

En el lugar del crimen, en el laboratorio forense, en la libreta del paleontólogo, se pasan a limpio los capítulos de biografías que nunca se escribieron. Las pruebas son huesos deshechos, piedras golpeadas, pinturas olvidadas, compañeros de osario... Técnicas antiguas, valiosas pero limitadas, hacen hablar a los viejos restos pero hoy en día son complementadas por técnicas maravillosas como el análisis genético, la inspección radiológica, la geofísica avanzada... Con los nuevos conocimientos se pueden escribir ya muchas páginas del libro de nuestros antepasados. Ahora sabemos tantas cosas que dan para el guión de buenas películas, para el argumento de muchas novelas.

Tenemos la historia de Lucky. Los documentales la pintan aún como un frágil primate: menuda, de largos brazos, con pilosidad abundante, ojos inquietos... Le suponen un pensamiento rápido y nervioso, sin demasiado brillo en sus medio litro de capacidad craneal pero con chispazos de inteligencia. Le dotan de sentimientos netamente humanos: instinto maternal, miedo, curiosidad... Le muestran cuidando sus hijos, desplazándo erguida sus escasos 27 kilos de peso. Cuentan una vida ya alejada de los árboles, alzando su cabeza sobre el manto herbáceo de la sabana, pero manteniendo a la vista algún árbol al que subirse en caso de peligro... Relatan la tragedia de su dramática muerte a manos de un depredador y abren el plano sobre sus compañeros supervivientes, sobreponiéndose a las dificultades de la vida, evolucionando para mejorar. La música de los Beatles, la pegadiza Lucky, pone la banda sonora a su vida al presentarse voluntaria por la radio en el momento de su descubrimiento.

Con lo que sabemos de la vida de los neandertales actualmente podría formarse una biblioteca entera. Existen ejemplares novelados como "El clan del oso cavernario" y los cuatro libros más que forman la saga de Aila, la pequeña cromagnon, adoptada por un clan neandertal. Se han editado a lo largo de los últimos años múltiples libros científicos que hablan de su cultura y su inteligencia ("El collar del neandertal" y muchos otros...) Conocemos actualmente detalles suficientes como para aderezar cada capítulo con elementos precisos: su probado canibalismo, su cabello pelirrojo, su lateralidad diestra, su habilidad en la talla, su pensamiento simbólico, su instinto protector para con los débiles, su lenguaje, sus hitos técnicos (el dominio del fuego, por ejemplo). En todos estos detalles subyacen cuidados estudios e  ingeniosas investigaciones: desde marcas de decarnación con raederas en los huesos (prueba de preparación para ser comidos) pasando por análisis de ADN mitocondrial con genes del color del pelo o su elaborada técnica de talla de puntas de lanza o hachas e incluso los restos oseos de individuos inválidos que lograron sobrevivir largos años con minusvalías incapacitantes o el ingenioso estudio de su oído (totalmente moderno), órgano cuyo diseño sólo puede explicarse como receptor de un lenguaje que empleaba nuestros mismos fonemas y en el que era especialista.

De los cromagnones tenemos más pruebas aún. Las tenemos todas,  pues somo nosotros.  Nuestra revolucionaria transición al neolítico con la aparición de la agricultura y la ganadería, sus técnicas constructivas, su arte (el adorno corporal, la pintura, la escultura, la música), la creación de poblados y después ciudades, los inventos, los imperios, las conquistas, las guerras, la paz, las culturas... y ¡la escritura!, pero esa es ya otra historia: la historia por definición.

Quedan aún muchos misterios sin resolver, muchos capítulos en blanco pendientes de rellenar con historias fascinantes: ¿Cómo pudo ser la convivencia entre neandertales y cromagnones? ¿Aniquilamos su especie debido a nuestra mejora adaptación social o técnica? ¿Cruzamos nuestro genes?...  Poco a poco la ciencia arroja luz sobre nuestrad dudas: Parece que compartimos un 5% de ADN con los neandertales, luego hubo algún cruce (¿forzado o consentido?, no lo sabemos aún). ¿Hasta cuando existieron especies semejantes a la nuestra como "los hombrecillos de Flores", o acaso otras incógnitas como "el hombre de las nieves" (el Yeti)...? En la tradiciones de muchas sociedades humanas hay referencias incontables a seres similares. Está por completar la saga de la poblamiento de América, nos quedan algunas dudas sobre "visitantes" del espacio (las leyendas al respecto anteceden a la propia historia de los relatos sobre los Anunakis en Mesopotamia, ya que aparecen numerosas pinturas enigmáticas en muchas partes del mundo)...  El hombre sigue intentando responder a sus dudas existenciales: ¿Quienes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? Descubrimos las respuestas cada vez con más rapidez pero... con cada respuesta surgen multiplicadas incógnitas: somos una especie incorregiblemente curiosa, quizá ahí resida el secreto de nuestra especie.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Fascinantes historias de la ciencia - 10: "Hablaron sí, y sus ecos permanecen".


¿Fosilizan los ecos? Quizás las palabras, las viejas palabras pronunciadas hace casi medio millón de años en la sierra de Atapuerca, no se las llevó completamente el viento. Acaso su huella podamos encontrarla hoy día en los oídos que las escucharon. 


Bajo el título de "El origen del lenguaje: la evidencia paleontológica", el Dr. en Biología y profesor del Área de Paleontología en el Departamento de Geología de la Universidad de Alcalá de Henares D. Ignacio Martínez Mendizábal, impartío en la tarde de este último viernes de octubre una conferencia en la sede de la UNED de Guadalajara.

En una conferencia anterior...
Ignacio (Nacho para los amigos) me era conocido por haber asistido el curso pasado a una de sus conferencias organizada en aquella ocasión por la AMPA del CEIP "El Doncel"; Aquella tarde habló de los yacimientos de Atapuerca a un público variopinto al que supo llegar superando las dificultades que presentaba un auditorio formado por niños de varias edades, padres y profesores. Me sorprendió agradablemente entonces que dedicara un poco de su precioso tiempo libre a este público infantil y que se ganara su atención con una presentación muy didáctica y adaptada a los jóvenes oyentes. Los niños escucharon sorprendidos sus relatos y anécdotas manifestando su asombro en ocasiones como ante las evidencias de canibalismo en los huesos fósiles; en aquellos momentos un gesto de espanto apareció en alguna de las madres presentes preocupadas  por la posible sensibilidad herida de sus pequeños (como si en los cuentos infantiles no aparecieran brujas que quisiera devorar a Hansel y Grettel, o madrastras que deseaban cocinar a sus hijastros..). Recibió en aquella ocasión como pago una artística pluma y nuestros vibrantes aplausos. Se trató definitivamente de una conferencia "por amor al arte".
Entre aquel público yo me sentí secretamente interpelado cuando explicaba sus primeros trabajos en las cuevas de Atapuerca y mencionaba las tareas de limpieza en las galerías que tuvieron que realizar incialmente. El yacimiento se encontraba en lugares en los que se aventuraban frecuentemente "aquellos muchachotes de Burgos" para divertirse explorando las cavidades o buscando dientes de oso, botín que era relativamente fácil encontrar en las antiguas cavernas. Yo había sido uno de aquellos "muchachotes" pues en en el verano de 1978 acudí en compañía de unos amigos de mi hermano Luis a explorar las cuevas. En realidad conocía desde años atrás aquella pequeña Sierra tan cercana a Burgos pues era un lugar al que acudíamos con frecuencia a merendar con mis padres en su recién estrenado seat 127. Habíamos paseado por la trinchera del ferrocarril a menudo y pasamos varias veces frente a la entrada enrejada de la Cueva Mayor. Algunos del grupo, mejor informados, nos instruían sobre la existencia de ciertos trabajos de excavación relacionados con grabados antiguos y restos prehistóricos; pero la zona presentaba un aspecto de total abandono, lejos de las protecciones, estructuras y andamiajes de la actualidad. Así que vivimos nuestra  particular aventura espeleológica entre cuevas y cavidades cuya localización exacta no recuerdo pero que muy bien pudo estar muy próxima al Sancta Sanctorum del Paleolítico: la especialísima Sima de los Huesos. 
 
De aquellas grutas por las nos arrastramos salí  completamente embarrado poseído de una gran angustia calustrofóbica y poseedor de un pequeño trozo de estalactita que arranqué de uno de los techos(no quedaba ninguna entera, pues el lugar había sido sistemáticamente esquilmados por otros "mozalbetes burgaleses" y, antes que ellos, por las propias autoridades que autorizaron la retirada de  toneladas de aquellas piedras singulares para adornar los estanques del parque de Campo Grande en Valladolid y uno de los estanque en el burgalés paseo del Espolón. 

La conferencia
Este viernes, sentado en una esquina de la pequeña Sala de Medios de la UNED, en el Centro San José, me  encontré de nuevo con el profesor Ignacio M. Mendizábal. Tras la presentación y las disculpas inicialaes por su retraso (uno de los frecuentes accidentes en la A-II), comenzó su sorprendente exposición sobre el origen del lenguaje humano. A Ignacio se le nota la experiencia acumulada por los muchos años de profesor de instituto y las múltiples conferencias que lleva impartidas sobre el tema. Empleando un lenguaje claro y sencillo, pero sin renunciar al rigor científico, avanzó en su disertación metiéndose en el bolsillo al auditorio gracias a un desarrollo muy didáctico repleto de bromas, metáforas y anécdotas sugerentes que hacían que fuera una delicia adentrarse en un terreno que parecía acotado para especialistas. 

Las evidencias paleontológicas clásicas.
Comenzó analizando las fuentes de información de que disponemos para establecer el posible uso del lenguaje en la lejana prehistoria en especies tan alejadas de nosotros como el Homo Anteccesor o los posibles preneandertales de la Sierra de Atapuerca: desde las evidencias óseas que el gran desarrollo del área de Broca y Wernike (íntimamente relacionadas con el lenguaje) han dejado en los huesos temporales de los cráneos, pasando por la estructura y situación del hueso hioides (necesario para la fonación humana) en homínidos y primates, llegando a tener en cuenta los grabados de tipo simbólico que aparecen (muy frecuente en la especie Cromagnon aunque escasa en los neandertales), hasta considerar la sofisticada talla de instrumentos de sílex como evidencia de una organización mental superior que implicaría existencia de un lenguaje elaborado. Pero, como apunta Mendizábal, ninguna de ellas tiene carga probatoria suficiente para certificar que aquellos antepasados nuestros hablaran. 

Con ironía y humor nos relató las fantásticas expectativas que él mismo se creó cuando, ante la posibilidad de contar con los recién aparecidos cráneos de la Sima, se prometía un estudio y descubrimiento pionero que demostraría a la comunidad científica internacional la existencia de lenguaje basándose en la anatomía de los órganos articulatorios de los que tenían una excelente colección de huesos excepcionalmente bien conservados. Trabajo de una semana -se dijo- y éxito seguro. En divertida autoparodia de su propia vanidad nos relató su abatimiento al comprobar que era imposible concluir nada relevante a partir de esta vía. Con las orejas gachas tuvo que confesar a su colega y colaborador José Luis Arsuaga (con el que llegó a escribir varios libros sobre este y otros temas) que era imposible concluir por la vía del estudio del aparato fonador que aquellos homínidos de Atapuerca emplearan el lenguaje oral.

Un enfoque original: el otro lado del espejo en la teoría de la Comunicación.
Pero, tras esta decepcionante conclusión, en una de esas intuiciones geniales que, por aparentemente sencillas, no se le ocurren a nadie entrevió un punto de vista diferente que podía proporcionar la respuesta anhelada a la pregunta de su vida: ¿Los preneandertales hablaban? ¿Miguelón, Agamenón, y el resto de homínidos de la Sima de los Huesos se comunicaban oralmente entre ellos?
Para comprender el novedoso enfoque, hay que retrotraerse a la vampírica imagen (la noche siguiente sería la noche de Halloween, perdónesenos la irreverente comparación) del extraordinario matemático Claude Shannon que encabezaba la serie de diapositivas. Este brillante matemático estadounidense había propuesto un modelo para la comunicación (inicialmente para la comunicación electrónica entre ordenadores) que resultaba muy útil también para la comunicación humana. A partir de él surgió la prometedora pregunta:  ¿Por qué centrarse en el aparato fonador (transmisor) y no en el receptor (oído) que fosiliza tan bien (es mayoritariamente oseo) y de cuyos modelos en Atapuerca disponemos con una calidad excepcional?
Ambos procesadores (transmisor y receptor) son igualmente necesarios y complementarios en la comunicación oral. De las características y funcionamiento de uno se infiere necesariamente las características y funcionamiento del otro. Esta revelación, ocurrida según cuenta, en el transcurso de una conversación de cafetería con un colega experto en acústica dio lugar a un estudio brillante sobre las propiedades diferenciales de la audición en los distintos mamíferos. Y, con el sorprendente premio gordo en la dinámica evolutiva, de que la audición humana es tan específica que la estructura de su oído le hace óptimo candidato a poseedor de un lenguaje oral. Y esta estructura en los humanos primitivos es prácticamente idéntica a los actuales. La conclusión parece clara.

La investigación.
Tras esta revelación al estilo de Pablo de Tarso camino de Damasco, emprendió una intensa labor de investigación y búsqueda de publicaciones y estudios sobre la audición de los mamíferos. El profuso estudio de estos materiales ha llevado a este profesor de biología a ser un gran experto en la fisiología de la audición. Entró de lleno a investigar el mundo de los audiogramas, la acústica diferencial, la anatomía del oído... Recopiló audiometrías de cuantas especies las tuvieran, que nos son muchas (las audiometrías a animales, requieren pacientes procesos de acondicionamiento operante para ser fiables, los que hemos asistido a una audiometría con niños pequeños lo sabemos). Comenzó esta parte mostrando la audiometría de un elefante indio. A partir de ella y explicando de pasada los conceptos de dB, umbral, pico de frecuencia de óptima percepción, etc. señaló como los elefantes tienen una curva de audición en V con un pico de máxima inteligibilidad en frecuencias bastante bajas. Esto le llevó a explicarnos la curiosa relación existente entre la distancia interauricular (por tanto del tamaño de la cabeza y por extrapolación del tamaño corporal) y la emisión/mejor percepción en tonos graves o agudos. Con maña de prestidigitador nos enseñó una gráfica prácticamente lineal que relacionaba tamaño corporal con frecuencia de emisiones/audición en los mamíferos: cada especie agrupaba sus emisiones en relación proporcional inversa al tamaño. Así un ratoncito emite agudos chillidos, mientras que un elefante barrita en tonos graves. Resultó muy divertido que nos recordara como adaptamos nuestro lenguaje los humanos (el tono) a las diversas situaciones: impostamos la voz para aparentar seguridad y dominio ante un auditorio ("¡Ojo: somos animales poderosos, de gran tamaño!") y la agudizamos en el baby-talk cuando hablamos con niños pequeños ("¡Tranquilo: soy un inofensivo animalillo!").
En su estudio, el equipo del profesor Mendizábal, abarcó todo el rango de los mamíferos encontrando tres patrones diferenciados en los perfiles de audición: Perfiles en V, con un pico de óptima percepción en torno a una frecuencia concreta (por ejemplo en el elefante, que además lo tiene desplazado hacia las frecuencias más graves como hemos explicado), Perfiles en W con la aparición de dos picos claramente separados (caso de los monos que oyen mejor a un Khz, pero luego, hasta los 5 Khz oyen peor) y el característico perfil de los humanos en U (cuyo ancho de banda, dado por la base de la U, coincide con la zona entre picos menos sensible de los monos). La explicación que se ofrece a estos patrones particulares las buscaron estos investigadores en los diferentes hábitats en que viven los animales. Estudiaron las características sonoras del bosque y la sabana llegando a la conclusión de que los picos en agudos son necesarios para transmitir información a larga distancia en el bosque donde, pese al ambiente de ruido de fondo, las hojas hacen reverberar el sonido logrando se percibido desde muy lejos, pese a la baja calidad. En cambio en un ambiente de sabana, con mucho menos ruido de fondo, la información sonora no necesita llegar muy lejos (la vista suple al oído en las largas distancias) siendo un ambiente óptimo para mejorar la calidad de información usando un ancho de banda de frecuencias corto en un espacios corto. Se llega así a la conclusión de que el medio sabana condicionó el tipo comunicación humana separando su desarrollo evolutivo de ramas afines que permanecieron en el bosque.
Quedaba, pues, por demostrar que nuestros antepasados primates y sus ramas evolutivas divergieron en sus anatomías auditivas adaptándose al medio mediante su posicionamiento en la sensibilidad a las frecuencias y en la amplitud de las mismas. La hipótesis a probar es que el ser humano (y sus predecesores los Homo heidelbergensis) tienen un ancho de banda de percepción óptima netamente mayor que el resto de especies y que esa amplitud se relaciona directamente con el lenguaje al permitir el uso de fonemas alejados entre sí en la escala de frecuencias lo que les hace más fáciles de discriminar. Se concluirá que ese perfil solo puede obedecer a que, efectivamente, se estaba empleando una fonación compleja necesariamente relacionada con el uso de un lenguaje sofisticado.
Y así, un equipo interdisciplinar encabezado por Mendizábal, pero también asistido por su esposa (encargada de la paciente realización de tomografías a los cráneos de la Sima) y en colaboración con un equipo de expertos en telecomunicaciones; reconstruyeron el aparato auditivo de los homínidos de la Sima (y de algún que otro australopitecus africano, para lo que tuvieron que trasladarse a Sudáfrica) y mediante sofisticados programas de simulación informática virtualizar cómo escuchaban realmente. Las conclusiones a que llegaron resultan sorprendentes: por un lado, gracias a los algoritmos aplicados al programa, descubrieron que la configuración del canal auditivo potenciaba o silenciaba ciertas frecuencias. Es decir, el oído de un chimpancé no puede oír como un humano porque ni siquiera le llegan con claridad algunos de los sonidos que este percibe con nitidez. Se trata del ancho de banda particular de la especie homo y que es notablemente más amplio y está ligeramente desplazado en su comienzo con respecto a otros primates.

Reveladoras conclusiones
Concluye Mendizábal que, el lenguaje ya estaba presente en los hombres de la sima Atapuerca (estando a la espera de otras especies acaso más antiguas por encontrar y cuyo aparato auditivo sea susceptible de análisis). Que ese lenguaje era complejo y básicamente utilizaba los mismos fonemas que empleamos en la actualidad (el llamado banana speech). Que el lenguaje es resultado de un lento un proceso evolutivo de adaptación determinado por el modo de vida (sabana) iniciado por la especie hace millones de años. Que existen indicios en otras especies de cierto inicio evolutivo en este sentido (los Tota, Chlorocebus aethiops, por ejemplo; aún no disponiendo de un cerebro apropiado para ser pre-verbales pero habitando en un medio de sabana que propicia la capacidad del lenguaje pueden articular y comprender tres palabras distintas para huir de tres depredadores: serpiente, leopardo y águila).

La navaja de Ockham ante los escépticos.
Un deje de crispación aparece en Ignacio M. Mendizábal cuando confiesa, poco antes de la sesión de preguntas, el desagrado que le producen aquellos que le intentan rebatir apelando a la indemostrable cuestión de que si bien parece demostrado que los hombres de la sima poseían las complejas estructuras necesarias para el lenguaje no necesariamente las empleaban o lo hacían para otra cosa... A estos habría que recordarles que, allá por el siglo XIV, un fraile franciscano llamado Guillermo de Ockham escribió:
"en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable".
Y la irritación de Ignacio Mendizábal pasó la "Navaja de Ockham" ante el rostro del díscolo auditor.


NOTAS: 
  • Podéis encontrar una referencia a esta conferencia (pero de una exposición anterior, en abril de 2009) en un reportaje del periódico digital Guadaqué. Impartida en el ciclo "Jueves de la ciencia" den la UNED, Guadalajara.  
  • En este video, producido por el Museo de la Evolución Humana, en Burgos, tenemos reproducida prácticamente la totalidad de la conferencia (diapositivas incluidas). Sería muy útil como repaso y recuerdo de su magnífica intervención. data del 2012 y es un poco largo, pero para apuntalar conocimientos y asegurar la comprensión de los aspectos que no quedaron claros es muy interesante.   

¿Hablaba Miguelón? Las palabras que no se llevó el viento
 Publicado el 26 jul. 2012 (1h 12m)
En 1992 se descubrieron en el Yacimiento de la Sima de los Huesos los restos de Miguelón junto a varios cráneos y otros restos de la especie Homo heidelbergensis. El MEH dedicó el ciclo Charlando con los investigadores 2012 a los 20 años del descubrimiento de Miguelón para saber más de la especie Homo heidelbergensis. En este vídeo Ignacio Martínez, miembro de las excavaciones e investigaciones de la Sierra de Atapuerca desde 1984 y parte del equipo que baja a la Sima de los Huesos desde hace más de 20 años, nos habló de los últimos estudios sobre la capacidad anatómica del Homo heidelbergensis para producir y percibir los sonidos emitidos hoy en día por los humanos modernos, en lo que son las evidencias más antiguas del habla humana. La conferencia llevó por título ¿Hablaba Miguelón? Las palabras que no se llevó el viento.

jueves, 1 de octubre de 2015

El palo


Lucki y el palo
se hicieron amigos
- ¡Yo te defiendo!
- ¡Te llevo conmigo!
Fue su instrumento,
el primer regalo.

Alarga el Australo
hasta la manzana
la punta del palo.
El fruto obtenido.
gracias a su palo
¡ya se la ha comido! 

Neander, erguido,
se rasca la panza
mirando aquel palo:
"Si al palo le añado
un sílex tallado
¡invento la lanza!"

Cromagnon ataba
un cordón al palo.
Después, de un espino,
anzuelo ha formado;
lo pone en el hilo:
¡un pez ha pescado!

Moisés ha extendido
su palo sagrado:
¡Se abren los ríos,
las aguas se alzan,
pasan los judíos
el palo los salva!

- Soy rey y lo agito,
levanto mi palo
y todos me aclaman:
Mi cetro señala
al siervo maldito
y entonces lo matan.

Atléticus, mito
del salto del palo,
corre hasta la valla:
clavando su palo
se eleva infinito
hasta que la salta.

El pirata bizco 
que perdió la pata
cogiéndo aquel palo
lo pensó un ratito:
¡Ya tiene el pirata
su pata de palo!

El homo smartfono
estira la mano.
- ¡No quepo en la foto,
me parto la cara!
Entonces vio el palo:
¡Le puso la cámara!

El hombre, tan listo,
no sabía hacer nada:
¿Fue aquel monolito
que Clarke figuraba?
¡No es cierto, fue el palo
quién marcara el hito
de la gesta humana!

Quizá un meteorito
nos trajo aquel palo
desde la Galaxia.
¡Civilizaciones
que aportan sus dones...!
Yo cogiendo un palo: 
buen palo les daba.

martes, 16 de junio de 2015

Paleolítico vivo


Recreación de uno de los bisontes de la reserva de san Cebrián de Mudá (Palencia)

Hubo un tiempo, hace casi un millón de años, en que en la Sierra de Atapuerca se oían mugidos de uros, relinchos de tarpanes y bramidos de búfalos. Tampoco faltaban las berreas de los ciervos en los meses de otoño y los gruñidos de jabalí en los bosques templados de robles, castaños y encinas. Cuadrillas de homo antecessor, con campamento en la Gran Dolina, merodeaban por los alrededores y hostigaban a estos animales para darles caza. En tanto, las mujeres recolectaban frutos, raíces y semillas y, quizás, llegaban a acercarse hasta el cercano río Arlanzón para pescar pequeñas truchas y cangrejos mientras observaban las aves migratorias o las evoluciones de los grandes hipopótamos en el agua.

Hoy el paisaje ha variado. Ya no hay tantos bosques ni abundan las charcas donde retozababan los hipopótamos y en cuyas orillas pastaban los ciervos u hozaban los jabalíes. El clima se ha extremado bastante y el frío invierno ha vuelto inhóspito el lugar para algunos de estos animales. Además, en los últimos milenios, las grandes tribus de homo sapiens han superpoblado el hábitat encontrándose uno de sus macrocampamentos permanentes a menos de 10 km. en el cercano lugar conocido como Burgos. Otros campamentos menores se emplazan más al sur del antiguo asentamiento: Atapuerca, Ibeas, Mozoncillo; hasta llegar a dos poblados situados a la ladera de una importante masa boscosa: Salgüero y Brieva de Juarros. Los habitantes actuales de estos parajes se dedican, desde el Neolítico, a la agricultura y la ganadería habiéndose reducido la fauna a las especies típicas de la meseta y de la ganadería: ovejas y vacas principalmente.

Las cuevas y cavidades de la Sierra de Atapuerca, que habían teniendo diversos usos a lo largo de la historia, se convirtieron en foco de especial atención para la ciencia a partir del hallazgo verificado de antiquísimos restos humanos en 1976. Desde entonces el interés del yacimiento no ha cesado de aumentar. Se suceden excavaciones, descubrimientos, publicaciones, proyectos museísticos, talleres... Una de las iniciativas más llamativas es la de recrear en la zona el ecosistema natural de aquellos tiempos en zonas de hábitat similar y la incorporación de especies prehistóricas como el uro (especie precursora del toro actual), el tarpán (caballo primitivo) y el bisonte (bóvido casi extinguido muy abundante en la época). La idea no es nueva. Desde el año 2010 pastan los bisontes en los prados de San Cebrián de Mudá (Palencia) a los que se les ha añadido sucesivamente caballos «prezwalski» y onagros (asnos salvajes del paleolítico). Ahora en los bosques y dehesas entre Salgüero y Brieva de Juarros, en Burgos, y a unos 6 km. de Atapuerca, intentan aclimatarse cinco bisontes de origen europeo procedentes de Polonia, 36 uros, 8 caballos przewalski y 13 tarpanes. La iniciativa choca con los intereses de los ganaderos de la zona que objetan los peligros sanitarios que pueden ocasionar a la ganadería autóctona (propagación de enfermedades), incompatibilidad para compartir espacios, dificultad de contención en el vallado... y ponen en duda la gestión realizada y la posible rentabilidad de la reserva. Pero los responsables del proyecto, que cuenta con ayuda y financiación europea, replican que revitalizará la actividad de la zona (laboral, turística, económica...) con visitas a la reserva, gastronomía específica, y resaltan el interés científico y ecológico que supone.

Bisontes en las proximidades del arroyo Salgüero

Manada de caballos przewalskis de la reserva. 

Este domingo visité la parte ya vallada de la reserva con uno de mis hermanos.  Esperábamos ilusionados encontrar la pareja de bisontes que mi hermano ya había localizado pastando el domingo anterior en la dehesa en torno a un pequeño regato que vierte en el arroyo Salgüero. No los encontramos. Había llovido bastante esos días y los animales se habían retirado al amparo de los robles. Ahora los brotes crecían por doquier y no necesitaban buscarlos en la humedad del arroyo. Pero lo que sí encontramos fue una hermosa manada de caballos przewalski y de tarpanes. De alguna manera una docena había superado la cinta electrificada y escapado de la cerca de espino que rodeaba la zona de pastos. Permanecían agrupados en el camino, sin asustarse de nuestra llegada. Nos acercamos con cuidado (¿Quién no experimenta una extraña emoción al acercarse a un pariente cercano de aquellos salvajes del Paleolítico?).Tras los recelos iniciales se acercaron, olisquearon nuestras ropas y se dejaron acariciar. Al otro lado de la valla permanecían separados media docena que no pudieron salir.  Desde su lado, el jefe de la manada, relinchaba reclamando su vuelta. El grupo evadido quería volver pero ya no sabía cómo. Cuando echamos a andar, camino adelante, nos siguieron con la vana esperanza de que les introdujésemos en el vallado. Tomamos un camino lateral para buscar a los bisontes en la dehesa que acostumbraban a frecuentar y ellos se quedaron, inmóviles, mirando como nos alejábamos. Sentí lástima por aquella pequeña manada desamparada. El camino se internaba en un agradable bosque de robles, algunos de cuyos ejemplares, alcanzaban gran envergadura, se trataba de un bosque antiguo con hierba y sombras abundantes. A la derecha se extendía un pequeño valle cruzado por un arroyo. Durante un buen rato seguimos camino adelante hasta ascender a lo alto del monte sin encontrar rastro de los bisontes, pero vimos en el barro húmedo abundante huellas de pezuñas de uros, los bóvidos recientemente introducidos en la reserva. Regresamos. Al volver al camino principal encontramos de nuevo la manada de przewalskis. Allí los dejamos, inmóviles, con una súplica equina en la mirada. Al alejarnos miré con pena aquella pequeña manada prehistórica separada por la larga valla del tiempo.


Recreación de uno de los caballos tarpán..



ANEXO
Ha pasado tiempo desde esta visita. Ocho años, nada menos. En este tiempo la reserva se ha consolidado. Hay ahora mayor número y más diversidad de animales y las visitas se suceden debido al interés creciente. Tanto es así que uno de mis sobrinos, por avatares de la vidas, trabaja de guía en ella. Además de aclararme la diferencia entre caballos tarpanes y przewalskis (estos últimos tienen una "M" blanca en el vientre y se aprecian muy claramente en la cueva de Lascaux, en Francia), me ha enviado dos fotografías que pueden completar la imagen de este lugar. 







jueves, 25 de septiembre de 2014

Serial killer


Veamos quién es el malo de la película, el auténtico asesino en serie del planeta. Analicemos sin perjuicios quién ha eliminado más semejantes y más diferentes en la historia, incluso en la prehistoria. ¿Lo has reconocido? Efectivamente es nuestra especie: tus tatarabuelos, tus padres, tú mismo, yo...

Desde el comienzo de la vida, incluso los seres más inofensivos supervivientes han terminado con cualquiera de los otros que competían por los recursos: incluso por el inocente sistema de la asfisia, de la ocupación pacífica, pero masiva, del espacio vital. En el mismo instante de la aparición de la vida comenzó la guerra interminable por la subsistencia. Las cifras de muertos en esta guerra es incontable. Los mejores asesinos fueron los vencedores. En esta guerra se usaron todas las estratagemas imaginables: agresión física, química, alianzas estratégicas... En el proceso surgieron nuevos seres, nuevas especies con especial dotación para la guerra (muchos se integraron en otros seres para formar más potentes predadores). De esta simbiosis nacieron mejores killers. Estos matadores sofisticados alcanzaron cotas realmente espectaculares con los dinosaurios (aunque en menor tamaño millones especies inconquistables siguieron desarrollando habilidades para sobrevivir, y por lo tanto matar). Quizás ocurrió que entonces, un solitario y frío asesino espacial, una gran pedazo de materia inerte viajando en el espacio, vino a liquidar a la especie reina del planeta. Y con ella a numerosísimas especies más. Los supervivientes recomenzaron entonces nuevas guerras con distintos contendientes.

Hubo una especie que a duras penas sobrevivía:de piel delicada, frágil osamenta y débil musculatura; apenas resistía en el campo de batalla donde competían todas las especies. Presa fácil de los predadores, huidizo por naturaleza, subsistía gracias a la recolección y el carroñeo. Eran muy pocos y estaban condenados a morir tarde o temprano bajo los dientes de otros más dotados, o acaso lo hicieran devastados por enfermedades infecciosas (que son las guerras de los microbios killer), o también por potentes venenos, o quizás de hambre ante la fuerte demanda de unos recursos escasos... En el filo de la supervivencia, el Homo, se fue haciendo, poco a poco, con un arsenal insuperable. Empezó dotándose de unas herramientas morfológicas casi exclusivas como el pulgar en oposición que le dio la oportunidad de manipular los objetos a su alrededor o la bipedestación que liberaba un par de sus extremidades y le permitía una  posición de vigía permanente. Enseguida comenzó a perfeccionar un arma poderosísima para la guerra psicológica: una gran inteligencia. Pronto sus soldados empezaron a inventar estrategias innovadoras, inventaron un lenguaje sofisticado  y usaron eficientemente las  comunicaciones como instrumento de caza de otras especies. Después aprendieron a esclavizarlas inventando la agricultura y la ganadería.  Su tecnología inició un proceso formidable: en poco tiempo dominaron el fuego, construyeron grandes colmillos de piedra y fabricaron espinas voladoras. Quienes fueron unos pocos se expandían por continentes enteros. Las tribus que se separaron evolucionaron por su cuenta, cada una progresando a su manera, enfrentándose a la naturaleza y los otros seres vivos con diferentes artificios. Muchas sucumbieron. Otras se mantuvieron cientos de miles de años. Lucharon con otras especies y lucharon entre ellas. Posiblemente se mezclaron, posiblemente se asesinaron también. Al final desaparecieron todas menos una: el Sapiens. No se sabe quien eliminó a las otras tribus. No está resuelto el presunto asesinato del Neanderthal, pero de una u otra manera, parece inevitable pensar que fue homicidio: voluntario o no. La lucha por los recursos hace que comer signifique quitar la comida a los otros: ¿homicidio en legítima defensa?

Hace unos 30.000 años que las tribus del Killer por autonomasia habían acabado con todos los otros congéneres. Pero la lucha  por los recursos y el complejo sistema de creencias (mitos) enfrentadas creados por su inteligencia  hizo que volvieran la vista hacia sus semejantes. Las guerras intersapiens comenzaron y continúan hasta nuestros días. El despliegue de técnicas y artilugios bélicos, la sofistificación de estas guerras no tiene parangón. Paralelo a esto comenzó un genocidio biológico sin precedentes: el Sapiens Killer desencadenado sobre el planeta.

Hubo un tiempo atrás en que el ser humano cooperó con su planeta. Se respetaba y adoraba a las fuerzas de la naturaleza y por lo tanto se la protegía. Hoy, que las domina, se aprovecha de ellas simplemente: las respeta en tanto que le son útiles.

El ser humano tiene desde hace tiempo un grave problema: algo en su interior le impide reconocerse como especie asesina. Se esfuerza en manipular la historia y falsear las evidencias de un planeta moribundo. Es posible que la negación de su origen asesino sea una medida protectora contra el propio suicidio. La inteligencia nos hace comprender que si yo te mato a ti, tú u otro como tú me puede matar a mí también; que moriremos los dos. Puede que "la culpa", el horror de matar a un semejante, sea un mecanismo de higiene de la especie. Así, sustentados en el miedo nos respetamos, de momento...
O también es posible que nuestra inteligencia nos permita proyectarnos en los otros, hacerlos partícipes de nuestro propio yo y por eso nos protegemos. Cuando este mecanismo falla, cuando aparecen las guerras, rompemos este espejo que son los otros y en el que nos miramos. Después, ya vencedores (y todos los que vivimos somos vencedores) pintamos sobre el marco del espejo destrozado la imagen del otro que nos conviene: la del enemigo culpable. Así se ha escrito la historia. La escriben los vencedores.

martes, 16 de septiembre de 2014

LOS LIBROS DEL VERANO: Destejiendo el arco iris - 2.




No sé qué razones impelen a los hombres a despreciar al mago que rebela sus trucos, al hechicero que confiesa el secreto de sus pócimas...

Destejiendo el arco iris es un libro de Richard Dawkins publicado en 1998. Este autor es un biólogo inglés especialista en zoología, académico de la Universidad de Oxford. Es un evolucionista darwinista convencido que ha polemizado muchas veces con opositores a esta teoría y un gran comunicador que ha defendido muchas veces sus teorías en los medios.

En el presente libro despliega una poderosa batería de argumentos y ejemplos a favor de la naturaleza poética de la ciencia: Su capacidad para explicar, conocer, imaginar, crear, descubrir.. excitan la mente humana y producen unas emociones inigualables. Quizás los poetas (los malos poetas), geniales en su parcela, pecan de una arrogante ignorancia restringiendo el acceso a mundos maravillosos. Lejos de provocar frialdad y desolación, la ciencia puede proporcionar asombro reverencial mostrando el sentido de lo maravilloso que hay en el mundo. No hay nada de amenazador en resolver un misterio científico; al contrario, los misterios no pierden su encanto cuando se los resuelve, la solución es muchas veces más bella que el enigma.

Dawkins aborda estos temas con un estilo cautivador, ameno y asequible a cualquier lector. Aborda numerosos temas de gran interés y actualidad: astronomía, genética, lenguaje, informática, realidad virtual.... revelando la honda poesía que sugiere su conocimiento y estudio y, a un tiempo, ataca sin piedad las "pesudociencias". Achaca Dawkins la tendencia humana a creer en las pseudociencias a nuestro deficiente comprensión de los fenómenos estadísticos que aplica causalidad a hechos realmente improvables. La constatación de la propensión humana a la credulidad (en concreto el estadio infantil de cualquier persona) le lleva a aventurar la teoría de que se trata de una adaptación de la selección natural (la supervivencia de los mejor adaptados) ya que favorece la credulidad ingenua de los niños, penalizando una actitud mental experimental y escéptica a esa edad. El aprendizaje mediante ensayo y error no es algo positivo en la niñez, pues los errores son demasiado costosos, pudiendo acabar hasta con la vida del que ensaya. De modo que la credulidad en los niños (ante todo lo que digan sus padres, profesores, la gente mayor en general) es algo normal y saludable, pero es algo enfermizo, censurable y trae consecuencias catastróficas si persiste en la vida adulta. Los párrafos dedicados a este tema llamaron poderosamente mi atención, pues soy un ferviente defensor de no embaucar a los niños con falsos mitos como papá Noel, Reyes Magos, ratoncitos Pérez...

El libro se lee de un tirón y hay páginas poderosamente evocadoras y sorprendentes. Quizás alguno de los capítulos se vuelve algo farragoso, pero hay párrafos brillantes. El libro me ha encantado.

Libro pues que recomiendo a todos los que, de niños (y también de adultos) no paraban de preguntar "¿por que?", a los que siempre han desconfiado de la superstición, la religión y el dogma científico... y lo desaconsejo absolutamente a los crédulos, a los que creen en las patas de conejo, las loterías, los gatos negros, las rogativas, los magos, los hechiceros... a no ser les quede un espacio en su cabecita para albergar una pequeña duda...

lunes, 15 de septiembre de 2014

LOS LIBROS DEL VERANO: Destejiendo el arco iris - I


Si por metáforas fuera Richard Dawkins podría atribuirse el título de poeta con merecimientos sobrados. Recordemos el título de algunas de sus obras: "El gen egoísta", "El ascenso al monte improbable", "El relojero ciego", "Destejiendo el arco iris"... en cada uno de ellos late una poderosa metáfora sobre la ciencia. Y de esto trata esta obra, de la relación tan controvertida entre la ciencia y la poesía.

El autor se acoge, en el título, a una frase del poeta romántico Keats que este utiliza para "acusar" a Newton de privar al arco iris de su poético encanto al explicarlo científicamente. Dawkin hubo de sentirse dolido ante las acusaciones de este brillante poeta de que la ciencia se opone a la poesía. Sintió este juicio como falso e injusto y se aplicó a desmontarlo con un arsenal de conocimientos y análisis brillantes de la naturaleza poética de la ciencia. Los títulos de los doce capítulos de su libro son, cada uno de ellos, otras sugerentes metáforas científicas:

1. La anestesia de la familiaridad (Sobre la capacidad de asombro que puede producir la aparente insignificancia cuando se mira con con ojos científicos: ¿sabemos que los pulpos pueden manejar su piel como una pantalla led y que sus emociones crean asombrosos y cambiantes diseños regidos por su sistema nervioso expresando así sus emociones? ¿Sabemos que el cuerpo humano desplegado alcanza sumando todas sus membranas 80 Ha donde se realizan reacciones químicas por millones cada segundo? ¿Sabemos que nuestro organismo consta de 80 Km de tuberías a base de capilares y otros tubos orgánicos...?)

2. El salón de los duques (Sobre la curiosa incomunicación entre poetas y científicos)

3. Códigos de barras en las estrellas (La espectacular aplicación del prisma de Newton en el estudio del universo: el nacimiento de la espectroscopía, la herramienta que nos ha permitido conocer cosas asombrosas del universo)

4. Códigos de barras en el aire ( El sonido y otras ondas lentas pueden ser también destejidas como en el arco iris. La música es destejida y no pierde belleza, al contrario nos admirará la hazaña de nuestro cerebro para tejer y destejer, analizar o sintetizar la información sonora)

5. Códigos de barras en el estrado (El código genético y su casi mágica capacidad para darnos información sobre los seres vivos, sobre nosotros mismos: en él está parte de la respuesta al "Qué somos", "de dónde venimos" "adonde vamos". ¿Hay algo más poético, más metafísico? La ciencia, en concreto la genética, tiene mucho que decir en los procesos judiciales.

6. Embaucados por la fantasía de las hadas (Estudia las supersticiones, el deleite en el misterio y analiza la sensación de estafa cuando este es explicado: "encontrar la explicación de un buen misterio es ser un aguafiestas". - No puedo evitar dejaros este enlace a uno de mis relatos breves inspirado en la misma idea-).

7.Destejiendo lo sobrenatural (La casualidad es más probable de lo que parece. Tendemos a realizar conductas supersticiosas aunque no haya relación causa-efecto: parecería que necesitamos creer en esa relación)

8. Enormes símbolos nebulosos de un romance elevado. (La mala poesía serían las pseudociencias. A estas les acusa de intentar captar nuestra ansia de asombro con bobadas. En concreto critica duramente a la astrología, a la que acusa de ser un insulto estético. Gran parte de este capítulo está casi enteramente centrado en atacar las ideas de Gould. De hecho es un ataque bastante furibundo y de doble filo: Dawkins reconoce la habilidad de Gould como escritor, pero indica que es precisamente esa habilidad la que posibilita que las teorías de Gould sean mal interpretadas.
También explica nuestra credulidad desde el punto de vista darwiniano: los niños son crédulos porque es beneficioso desde el punto de vista evolutivo, hace que los niños aprendan rápido de sus padres.)

9. El cooperador egoísta (Una reexposición simplificada de su teoría del Cooperador egoísta: "Por muy egoístas que sean los genes, deben ser también cooperativos". )

10. El libro genético de los muertos (Sobre cómo los genes pueden interpretarse como una descripción de mundos ancestrales: por inferencia sabemos por ellos como fue el mundo en el pasado de los individuos de las diferentes especies)

11. Volviendo a tejer el mundo (El hombre vuelve a tejer el mundo creando una realidad virtual del mismo en el cerebro y poniéndola constantemente al día)

12. El globo de la mente (Analiza el origen de los rasgos más distintivos de la especie humana: el lenguaje. Este pudo surgir de una extensión de la capacidad del hombre para leer huellas, signos... lo que le permitiría a la larga construir imágenes o mapas. Dawkins defiende que este es origen de una coevolución de programa y circuitería cerebral (software/hardware). Quizás acciones como lanzar piedras utilizan cricuitos de temporalización y secuenciación que son similares a los que están en las bases del lenguaje. También recurre al concepto de memes -unidad de herencia cultural-, réplicas de un cerebro a otro mediante cualquier medio disponible para la copia. )


En el preámbulo aparece este frío y desolado mensaje: 
"Somos hijos del caos y la estructura profunda del caos es la degradación. En el fondo sólo existe corrupción y la imparable marea del caos. No hay finalidad, hay tan sólo dirección. Esta es la cruda realidad: que tenemos que aceptar si escudriñamos con profundidad y de forma desapasionada el corazón del universo"
y sin embargo Dawkins añade:
"El asombro reverencial que la ciencia puede  proporcionarnos es una de las más grandes experiencias de la que es capaz la psique humana. Es una profunda pasión estética comparable a la música y la poesía más sublimes. Es, ciertamente, una de las cosas que hacen que valga la pena vivir"
El título del libro procede del poema "Lamia", de 1820, del  poeta irlandes Wiliam Butter Keats:
"Una vez había en el cielo un arco iris tremendo; conocemos su trama, su textura; está indicada en el insulso catálogo de las cosas comunes. La filosofía cercenará las alas de un Ángel, conquistará todos los misterios con la regla y la línea, vaciará el aire de fantasmas y la mina de los gnomos... Destejerá el arco iris..."
Pero el juicio de grandes científicos nos habla justo de lo contrario. Nos dice Einsten:
"(La ciencia es ...) la cosa más bella que podemos experimentar..." "Es lo misterioso, es el origen de todo el arte"
(continuará)