domingo, 24 de marzo de 2019

Estamos contigo

A mi buena amiga y compañera Teresa,
a mi admirada Mariví,
a mi estimada Mónica,
a tod@s l@s interin@s
que siento cerca...
En estos días de oposiciones...
Aunque sea de manera virtual...
¡Estoy con vosostr@s!
Posted by Jesús Marcial Grande sábado 30 de junio de 2007

Las cartas, un tesoro que se pierde

Hace ya tres meses que guardo el artículo. Es una hoja de periódico doblada en dos pliegues. Reposa en mi casillero junto a un montón de objetos y folios desordenados. En estas bandejas del olvido reposan objetos que llenaron mi atención un momento y ahora apenas significan nada. Sin embargo, en cualquier momento, recuperarán su momento de atención estelar:unas gafas progresivas que me niego a poner... una vieja libreta con ideas para pretencnología... un plano del Monasterio de Piedra que me dio mi hermano tras su visita... un pequeño mosquetón de acero... Cada pieza de este rincón de sastre tiene una historia que podría ser contada...Pero ahora quiero rescatar este gran pedazo de papel plegado. Se trata de una página del periódico EL PAÍS del día 28 de febrero de 2007. Cuando lo leí me acordé enseguida del blog de mi compañero Manuel. Venía al pelo para su bitácora.Podría hacer un resumen, pero... estoy cansado estos días... mucha actividad "bloggera" ultimamente... Probé suerte buscando en la hemeroteca del PAÍS (versión digital en la red) y ahí estaba... Me evito copiarlo entero. Incluso no procede un resumen. Si acaso, por colaborar, algún comentario de mi cosecha.Internet está cambiado la comunicación entre nosotros. Yo mismo hace ya "años" que no escribo una carta a nadie (descontando reclamaciones, bancos, envios, etc...). Me refiero a una "carta-carta"... de las de "Querido amigo...". En cambio tengo "petado" el ordenador de correo (basura, chistoso, fotográfico, powerpuntero y... -en alguna ocasión- auténticamente epistolar pero siempre breve).No quiero hablar además del charla-correo (creo que lo llaman messenger).Uno escribe "a la línea" (on line) con la esperanza de que tras la siguiente curva "la línea" nos devuelva montones de comentarios que reconozcan nuestro esfuerzo comunicador. A veces es así. Incluso puede llegar a sorprendernos cuando menos lo esperas... pero lo normal es acabar frustrado y desanimado...No pasaba eso con las cartas de antes... Uno se sentía en la obligación de responder. Sin contar que eran más pensadas y sesudas... Mucho más elaboradas. Por eso las cartas de las que nos habla el País (referidas a científicos famosos) son hoy tan útiles. Su estudio nos sirve para conocer cómo se gestaron las grandes teorías científicas de nuestro tiempo. Incluso, a veces, hacen justicia a personajes relegados por la fama, pero que fueron los auténticos inventores de "ideas" agenciadas por otros.En fin, para los amantes del género epistolar, os recomiendo la lectura de este artículo que podéis ver desde aquí en este enlace a la hemeroteca del periódico. ¡Ah!, Pero internet ¿no era más bien malo?http://www.elpais.com/articulo/futuro/cartas/tesoro/pierde/elpepusoc/20070228elpepifut_1/Tes

sábado, 25 de agosto de 2018

El sueño indio

Picoteando por aquí y por allá en la inmensa montaña de contenidos que Google nos vuelca cada vez que tecleamos alguna palabra que nos intriga he llegado a un artículo que rápidamente despertó mi interés.

El artículo, en cuestión comentaba que el ministro de educación de Francia había ordenado a las escuelas públicas que advirtiesen del peligro que representa el juego del foulard. Esta diversión se la llama así aunque no siempre se utilice el pañuelo. Este pasatiempo consiste en apretarse el cuello hasta provocar la asfixia y sentir sensaciones alucinógenas por la disminución del oxígeno y el aumento del gas carbónico en el cerebro.


Inmediatamente me vinieron a la memoria imágenes muy nítidas de este juego, aparentemente inocente para los que lo prácticábamos. Nosotros lo llamábamos el sueño indio. Estoy hablando de hace la friolera de 40 años. Lo conozco bien porque yo mismo lo practiqué.

Lo aprendí en Tuy (Pontevedra). En aquellos años de 1973 yo estudiaba en un internado con un centenar de compañeros. Vivíamos el desconcierto y las turbulencias de la adolescencia con nuestros 15 años. Los educadores maristas que nos atendían se cuidaban de dotarnos de un ámplio repertorio de actividades culturales, sociales y deportivas. Sin embargo, siempre abundan los tiempos muertos, los rincones ocultos, los momentos para la confidencia, la conspiración y la magia. Una de las actividades más sugestivas que nos fuimos mostrando unos a otros era el dormir a un compañero con el sueño indio. Buscábamos un lugar semioculto bajo alguno de los grandes eucaliptos de la residencia. Siempre éramos un grupo pequeño pero casi nunca -gracias a Dios- éramos sólo dos. Alguno proponía el juego y rápidamente, tocado de la curiosidad, un voluntario aceptaba ser "el dormido". Había algo de incredulidad y de reto en esta aceptación. Nos parecía casi imposible, mágico diríamos, que de una manera tan sencilla doblegaran nuestra consciencia. El juego era más o menos así: El voluntario tenía que hacer 20 flexiones (con esto se conseguía una respiración agitada y un consumo elevado de oxígeno en el cuerpo), luego debía cerrar los ojos y contener la respiración. A continuación con los dedos indice y medio, o bien con los pulgares, un compañero presionaba las carótidas a la altura del cuello. No era necesario hacer una presión excesiva. En pocos segundos nuestro compañero caía como un trapo al suelo. La pérdida de conocimiento duraba algunos segundos más y en ocasiones se sucedían algunas convulsiones. Esto nos fascinaba. En una proporción preocupante el dormido tardaba más de la cuenta en despertar, entoces lo agitábamos y dábamos algunas tortas para espabilarle. Todo quedaba en secreto como un juego iniciático que nos hacía sentirnos especiales y en participar de "sensaciones fuertes".
Para el dormido el despertar era desconcertante: veía las risas de sus amigos; poco a poco tomaba conciencia de lo sucedido y contaba las breves experiencias alucinatorias que había sentido: puntos de luz, sensaciones de vuelo, de bienestar... Luego pasaba turno y él era el encargado de "dormir" al compañero.

Seguí buscando en internet artículos relacionados con el tema. Resulta que este juego ha provocado ya centenares de muertes en todo el mundo. Está documentada esta actividad en prácticamente todos los países. Hoy en día han surgido asociaciones de padres afectados cuyos hijos han muerto o estuvieron a punto de hacerlo. Hay webs sobre juegos peligrosos en la adolescencia que la situan en lugar preferente por su peligrosidad. Tal es su incidencia que en cada país se la conoce por un nombre diferente ("el sueño azul", "aeroplaneando", "el foulard", "sueño azul", "el apagón", "sueño californiano", "juego del morirse", "el ascensor", "cruzar al otro lado", "andar por las nubes", "juego del nokeo" (Knockout Game), "viaje al cielo", “Cinco minutos en el paraíso”, “el despegue”, “viaje al más allá”, “el crucero del placer” ...). Estos nombres tan sugerentes dan idea de la extraordinaria fascinación que pueden producir en los chicos. Las distintas variantes de este peligroso juego se extienden a otros ámbitos: el erotismo de la axfisia durante la actividad sexual, el uso de sogas, pañuelos, cinturones para provocarse un "viaje" solitario y sin drogas...

Todas estas actividades, pero especialmente las practicadas en solitario, suponen un riesgo elevadísimo. La hipoxia (falta de oxígeno en el cerebro) puede producir daño cerebral e incluso la muerte. Esta actividad es tanto más peligrosa en cuanto que los padres no detectan señal alguna de su práctica: no hay marcas, no precisa de producto alguno, las secuelas no son detectables inmediatamente, los chicos no tienen alteraciones de caracter por su práctica ... Los hijos más inocentes del mundo, los más sanos y deportistas pueden haberlo practicado.

Hace años, en Torres de la Alameda, en el centro oí cometar su uso a un alumno. Como educadores, debemos estar alerta a su posible práctica entre nuestros alumnos. Para ellos es un juego. Para todos los demás su posible entierro.


La práctica más secreta

Los monjes budistas del Tíbet ya conocían estas prácticas como ha demostrado la reciente apertura de los templos donde permanecían en secreto murales de contenido iniciático ricamente coloreados y vedados al público general.

Los murales secretos del Tíbet son al budismo lo que la Capilla Sixtina al cristianismo. En los de la capilla privada del Dalái Lama en Luhhang, existen pinturas vedadas durante tres siglos a los "no preparados" ("No se debe enseñar el vacío a quién no está preparado para ello").
Lukhang es un pequeño palacio de tres plantas en la ciudad sagrada de Lhasa. En el tercer piso del templo, en una penumbrosa estancia, un inmenso y colorido tríptico muestra prácticas de sexo tántrico, deidades iracundas y técnicas secretas de meditación que, entre otras cosas, incluyen el estrangulamiento como medio para inducir experiencias cercanas a la muerte. Son escenas que, desde el s. XVIII, cuando ser pintaron, apenas habían tenido acceso a los lal'ais lamas y sus maestros, monjes yoquis tántricoa. Por razones de peso: eran peligrosas para los no iniciados.
Entre los murales "prohibidos" de lukhang destaca "El maestro introduce al estudiante en la presencia pura". En él, un yogui presiona la carótida a un alumno para introducirle una experiencia cercana a la muerte más allá de la mente conceptual. Es una técnica secreta de iniciación tántrica, la puerta del acceso indispensable hacia el budismo Vajrayana. Se trata de una técnica que solo podía ser aplicada por un maestro competente y en una habitación oscura.

DOCUMENTACIÓN
https://www.xlsemanal.com/conocer/arte/20180319/murales-tibetanos-budismo-tibet.html#foto7
https://www.taschen.com/pages/es/company/blog/1212.presentamos_murals_of_tibet.htm
https://youtu.be/i997q3lGkzM

¿Quién a los 15 años...?

Tuy (Pontevedra). 1972. Cualquier día de mayo. 7:00 AM.

Se encienden las luces. Por los altavoces suena el leve chasquido de la aguja del tocadiscos al caer sobre el surco. Tras los primeros compases románticos de la orquesta arranca una voz cálida...
"Amores se van marchando como las olas del mar..."

Con los ojos entrecerrados, violado el sueño por una luz aborrecida, decenas de adolescentes tumbados sobre las camas del dormitorio corrido.

Despertares con música. El hermano prefepto elegía entre los discos de moda. Eran buenas elecciones. Pero no era ideal el lugar elegido. Más de un centenear de chicos con el sexo en carne viva azuzados por un mensaje intolerable:

"Quién a los 15 años, no dejó su cuerpo abrazar..."

- ¡Yo!, ¡yo!... me gritaba en silencio mientras apartaba las sábanas y me incorporaba preparándome para un día más entre el grupo de aspirantes a una vida sesgada, abducida de una ética impuesta. El grupo de juniores (aspirantes a hermanos maristas) se daprestaba a las primeras labores del día. Nos esperaba un largo día de rezo, labores de limpieza, clases en el instituto, estudio, juegos, comida, adoctrinamiento, deporte, rezo...

La voz de Mari Trini flotaba en el aire. Maquinalmente nos lavábamos, nos vestíamos y hacíamos nuestras camas. Todo con pocas palabras, cada uno a lo suyo... Cada cual pensando en la letra de la canción, en la frustración que nos producía su mensaje...

"Amores se van marchando...!

Amores que nunca llegaron, pensábamos... ¿Llegarán algún día?

Sí, pero nunca como llegan a los 15 años, con oleaje y tormenta. Amores calmos que no son lo mismo.
Ayer ha muerto Mari Trini. Un rostro con pasión y tormento. Su labio quebrado nunca fue motivo de desdén o menosprecio. Era un símbolo más de nuestra rebelión de los 15 años. Locos, apasionados, incompletos ante un mundo aparentemente perfecto.
Mi recuerdo para ella. Durante aquellos años su poesía incendió mis pensamientos. Hoy quiero recordar su canto. En recuerdo de mis 15 primaveras. Mi vida...

Amores

domingo, 29 de julio de 2018

Parábola del jardinero


Yo tuve por profesor a Miguel Ángel Santos Guerra hace muchos años en Tui allá por 1973-74, cuando era profesor de filosofía en el instituto de esa localidad pontevedresa. Después, por circunstancias de la vida, perdí su pista. Su influencia, aunque él  posiblemente no lo sepa, fue grande para muchos de los que convivimos con él, de alguna manera le hemos tenido presente en numerosas ocasiones. Recuerdo incluso haberme acercado hasta su casa con un compañero con ánimo de  visitarlo cuando era director de un colegio en Madrid (en los años 81-82, creo recordar). Yo había aprobado las oposiciones a maestro en el 80 y,  junto con otro de sus antiguos alumnos que conocía su dirección, nos presentamos en su casa; pero no había nadie. Desde entonces no había vuelto a tener noticias suyas hasta que un día encontré en la web "La fábula del pato". Se trataba de un muy ilustrativo cuento sobre el valor de la la diversidad en la escuela. Lo leí con interés y me pareció muy original y acertada la forma en que acercaba el tema a quienes son profanos  en materia de educación.  Después encontré otros textos que fui recopilando: "Carta a una señora de la limpieza", "Carta a un conserje"...  

Me gustaron aquellas parábolas que, al bíblico modo, acercaban los conceptos educativos a los no iniciados.

Hoy, Miguel Ángel, toca un tema que se presta a la parábola. Es verano y desde mi jubilación dedico un rato diario a mi pequeño jardín.  Casi inmediatamente surgió en mi cabeza la metáfora del jardinero.  La escribo a vuela pluma y admito que es un ejemplo trillado y nada original. Pero viene al caso.


" La parábola del jardinero"

El jardinero  siembra, esperanzado,  una de sus semillas más prometedoras. Piensa entonces  que adquirirá las formas y colores imaginados; pero la verdad es que ella crecerá como le de la gana. 

El buen jardinero espera, porque sabe que la planta está sana y conoce la evolución de las de su especie, que crezca de una manera armónica a su naturaleza. Y lo normal es que así sea; pero se equivocará si pretende convertirla en lo que no es. Lastimará su destino si alambra su tronco, poda excesivamente sus ramas y reduce la maceta a un mínimo cuenco donde las raíces se oprimirán en mínimos espacios. Si  pretendía mantenerla en su etapa infantil se encontrará finalmente con un delicado bonsai, pero ese no era el destino de su planta.     

Para que su planta alcance su  plenitud  debe darle los cuidados necesarios, que serán los justos: el sol y la sombra adecuada, el abono conveniente, el agua necesaria... todo ello ni más ni menos de lo preciso. Y, de esta manera, la mayoría de nuestras semillas germinarán y crecerán hermosas. 

Pero en su crecimiento pueden aparecer circunstancias que alteren su desarrollo. A veces ocurre que nuestra semilla está enferma,  es defectuosa,  sufrió daños durante su almacenamiento o al ser plantada. Entonces nacerá una planta singular que también puede ser portadora de singular belleza  aunque sea más pequeña, con menos flores o de formas menos espectaculares;  pero seguramente merecerá la pena y, cuando la mires, encontrarás una cualidad  especial y te admirarás de su valor de supervivencia.  

Otras veces tendrá que vivir en un jardín tan denso, tan competitivo entre pares, que quizá no pueda desplegar completamente su ramaje, o sus raíces tengan que pelear contra las otras por los escasos nutrientes. En este jardín tan selectivo quizá no sobrevivirá o puede que lo haga afectada de un raquitismo que la convertirá en un vegetal  mustio y frágil. 

En toda ocasión el jardinero tendrá, además, que estar atento a las enfermedades y plagas que pueden afectarla. Son situaciones que, si no son curadas a tiempo y con determinación, pueden dar al traste con un ejemplar perfecto. A veces incluso precisarán de amputaciones y tratamientos lastimosos pudiendo llegar a ser radicales en algunos casos.   

Con el paso del tiempo, el jardinero observa satisfecho como su planta crece, como toma completamente el mando de su destino. Sus raíces están bien asentadas, su ramaje es fecundo. Con su aparato radical, bien profundo, es capaz ya de conseguir agua por sí misma. Está bien protegida por su resistente corteza. Demuestra ya su fortaleza contra las enfermedades. Despliega su arborescencia de forma espectacular y una explosión de brotes, flores y frutos ilumina sucesivamente las estaciones de su vida. 

El jardinero disfruta de la planta que él ayudó a crecer. Y ella le corresponde generosa con su sombra y comparte sus frutos.  "

lunes, 24 de abril de 2017

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte - : Las cárcavas del Pontón de la Oliva

En lo alto del Lozoya se asienta  una vieja presa.  Este  antiguo dique tiene el mérito de la mayor veteranía de cuantos componen el sistema de canalizaciones de Isabel II que suministra agua potable a Madrid. En la  época de su construcción Madrid, que sumaba una población de 206.000 habitante, se abastecía de 54 fuentes y 920 aguadores que ya no daban a basto para satisfacer las necesidades hídricas de la capital. Los ingenieros idearon entonces una canalización de agua de superficie desde la garganta natural llamada "Cerro de la Oliva" en aquella época cruzada por un pontón.

La construcción de la presa, en condiciones durísimas, resultó trágica y singular: trabajaron en ella unas 2000 personas: 1500 presos (la mayoría de las Guerras Carlistas) y 400 bestias. Los accidentes y las muertes fueron numerosas. En el campamento de los trabajadores se desató una epidemia cólera. Las comunicaciones entre las diferentes brigadas se realizaba por "telegrafía alada" mediante palomas mensajeras. Como colofón a tanta singularidad resultó que, recién inaugurada, los ingenieros comprobaron estupefactos que las calizas kársticas del cretácico sobre las que asentaron la presa filtraban el agua a través de una red de cuevas subterráneas. Esta cruel ironía del destino daba pie a los chascarrillos de la gente que murmuraba  "No es de extrañar que en una construcción con tantos presos haya fugas".

Como  no hay bien que por mal no venga, algunos hemos aprendido a aprovecharnos de las obras de ingeniería erradas, las infraestructuras abandonadas o los despoblados que, a nuestros ojos, ofrecen un encanto particular. Así, la inútil presa del Pontón, con su bella factura, tiene un atractivo especial para los excursionistas. Allí se dan cita familias enteras de domingueros, escaladores amateurs y senderistas de vocación. Parten de las inmediaciones varias rutas que remontan el Lozoya hasta los pantanos  de emergencia que sustituyeron al fallido Pontón y caminos de montaña que te introducen por los parajes naturales que lo rodean.


Un tal Andrés Campos, colaborador hace años de el periódico EL PAÍS, describía una ruta hasta los barrancos fantasmagóricos que jalonan la ruta desde el Pontón de la Oliva al pueblo alcarreño de Alpedrete. Los "Gigantes de barro" como la titula, llamamron mi atención un lunes festivo, de esos que solo tienen los maestros, allá por las fecha de carnaval. Como estaba cansado de una marcha del día anterior por la zona de Luzaga y Abánades (había pasado el día acompañando al río Tajuña y visitanto trincheras de la guerra civil) decidí realizar esta ruta corta que, afortunadamente, no estaba muy lejos de mi domicilio pues volver para comer con mi mujer era requisito principal. Así que salí de Cabanillas y en cincuenta minutos me planté en el aparcamiento cercano a lo alto de la presa. Desde allí seguí las indicaciones de Andrés Campos desviándome de la carreterilla en mal estado que va hacia Alpedrete y metiéndome en la torrentera que asciende hasta la base de ese embudo tallado a zarpazos en la montaña. Las cárcavas en cuestión prácticamente coronan la cima cercana al Pico Guadarrama de 970 metros de cota. Atraído por la nítida evidencia de la rambla que desciende desde las cárcavas dejé de lado la subida propuesta por el autor (ascender por el cerro que lo flanquea a su izquierda y cuyo trazado me llevaría casi campo a través, pero suavemente, hacia lo alto de ese circo natural de desgarraduras arcillosas). La subida por el torrente en este día soleado de marzo, me consolaba con la presencia en su parte baja de pequeños regatos que asomaban intermitentemente en su recorrido. Pisar el lecho irregular resultaba algo tortuoso, pero la orientación era segura. Casi en el mediodía se agradecían los tramos sombreados que alternaban con otros donde el sol se incidía directamente sobre la cabeza; la gorra se hacía imprescindible. Con tres cuartos de la ascensión completada me sorprendí al encontrar en medio del cauce reseco una diminuta musaraña.
Me detuve un buen rato observando por primera vez en mi vida esta frágil criatura. pequeña como una falange de mis dedos, que permanecía extrañamente quieta calentándose al sol del mediodía en el lecho del torrente. Amodorrado, al parecer, apenas se movió cuando le empujé ligeramente con el dedo.




Cuando el torrente se abrió en abanico hacia las primeras cárcavas, quedé sobrecogido por las dimensiones catedralicias de estos muros terreros. Recorrí, aguantando el dolor de la ampolla que tenía formada entre los dedos de uno de mis pies, el fondo de los surcos empedrados de cantos rodados que rodeaba los pináculos y ascendían  hacia las laderas de aquel gigantesco embudo. Observado desde las alturas, aquella formación debía parecer un árbol gigantesco abatido sobre el suelo en el que sus ramas estaban formada por hendiduras y tajos cada vez más estrechos que ascendían hacia la corteza continua del terreno. Exploré, desde mi perspectiva ratonil, el áspero laberinto de arcilla roja salpicada de cantos rodados incrustados en sus paredes.  Según avanzaba por entre los altos pasillos arcillosos sentía la frustración de contemplar, a vista de gusano, un paraje vertical  sombrío -de fondo de  pozo- que en las alturas habría de resultar majestuoso; así que decidí remontar con precaución una de las empinadas hendiduras que se empinaban  hasta el borde fronterizo de la erosión en lo alto de ese circo formidable. Al principio parecía sencillo, el pequeño valle tenía suficiente amplitud y una pendiente asequible a mi paso cansino;  pero enseguida comenzó a estrecharse y elevarse. Ahora debía apoyarme con ambas manos en los laterales pues las piedras del fondo actuaban como rodamientos de bolas. Miré para atrás tentado de abandonar, pero ¡el borde parecía tan cercano...! Continué avanzando por el paso que se reducía cada vez más. La pendiente superaba ya los cuarenta y cinco grados y no había asidero firme en parte alguna.  A veces aprovechaba la verticalidad de los laterales para asegurar la posición, otras probaba la firmeza de algún arbusto cuyas raíces  se hundían en el aglomerado de guijarros, en ocasiones una raíz desnuda asomaba al exterior y me servía de de improvisado agarradero. Era consciente de que un paso en falso, un resbalón o el desmoronamiento de los inestables apoyos que me me ofrecía el terreno harían que cayera rodando por  la fuerte pendiente durante  un centenar de metros: ¡sin embargo faltaba tan poco...! Y, algunos metros más arriba, ¡parecía tan sencillo superar la pequeña pared final...! Continué unos metros más no atreviéndome a volver la vista: el vértigo físico y el de la vergüenza me empujaban a seguir, a terminar aquella aventura insensata a mis 59 años. Pero al final del filo de aquel cuchillo invertido se hizo imposible continuar. El estrecho paso se encajonaba cada vez más y terminaba por inclinarse tanto que era imposible ascender sin cuerdas o escalas. Decepcionado retrocedí casi arrastrándome lentamente, con infinita precaución. Unos diez metros más abajo, al llegar a una bifurcación, observé que el otro acceso continuaba hasta un árbol raquítico que se mantenía inexplicablemente firme entre aquellas escombreras de la naturaleza. Espoleado por la posibilidad de terminar mi empresa (soy un cabezota impenitente), escalé  por la nueva ruta en condiciones similares a la vez anterior  pero con la esperanza puesta la seguridad de aquel árbol firme sobre el torrente. Llegué a él y, tras tomar aliento,  continué trepando por un angosto acceso hacia un final que se adivinaba cercano. Casi sin darme cuenta llegué a la erosionada pared de corte en el borde del barranco. Había llegado contra toda lógica, irracionalmente, pues las probabilidades de desprendimientos y caídas eran muy altas. Sólo quedaba ante mí una pared vertical de unos dos metros de altura. Paseé la mirada por su granulada superficie buscando un punto de apoyo, algún agarradero donde asirme para ese empujón final que me sacaría del borde descarnado de la cárcava. Veía muy cerca los arbustos y el suave tapiz de la corteza herbácea firmemente asentada. Pero aquellos últimos metros iban a resultar imposibles. Por desgracia cualquier caída desde allí, sin el precario freno de paredes laterales, resultaría necesariamente mortal. Miré despavorido hacia atrás: la vuelta era también muy arriesgada; bajar por aquella herida de la naturaleza resbaladiza e inconsistente resultaría también muy peligroso. Decididamente había que decantarse entre el suicidio y el descalabro.  Con mucho cuidado, paso a paso, asegurando cada apoyo fui descendiendo los diez metros que me separaban de la firmeza del árbol solitario. Los restos de una  pequeña cascada cortaban el surco con una vertical de un metro y medio. En ese momento resultaba un misterio para mí como pude superarla en la subida:  no había apoyo alguno y así, de arriba a abajo, no veía forma de descender. Había llegado arrastrándome por el fondo del tajo, desgarrando los pantalones, y apoyando la espalda en la pequeña mochila, pero ahora esta me empujaba hacia el abismo si intentaba resbalar por la pared del corte. Decidí desprenderme de ella y la solté. Cayó rodando un centenar de metros dando vueltas por el torrente... No me costó mucho imaginarme a mí mismo en esa situación. Suspirando me volví y, agarrando con desesperación los cantos más grandes incrustados en la pared, me deslicé hacia abajo tanteando con los pies entre los frágiles salientes de arcilla. La gracia divina quiso que aguantaran y pude pisar las piedras algo más firmes del fondo. Así, sentado sobre el torrente, llegué al árbol y me detuve a descansar. Había pasado lo peor. Allá lejos  percibía la mochila embarrada. Más lejos aún, contra el cielo sobre la pared opuesta se recortaban las siluetas de unos excursionistas. Poco a poco, pero ya con confianza, terminé el descenso.

Así sobreviví a mi última aventura. No es una gesta brillante, ya lo sé. Cada uno en su escala particular sabe cuáles son sus límites y donde comienzan sus proezas. Sé que muchos pensaréis que soy un imprudente, que me lanzo a aventuras arriesgadas sin pensar en los peligros que suponen... pero, a mi alrededor, la gente muere de infartos, personas cercanas sufren derrames o caen víctimas de enfermedades incurables. Y yo, asumo mis responsabilidades. Sopeso los riesgos. Intento mantener la calma en los momentos de desesperación...  y sobrevivo en el intento.



lunes, 17 de abril de 2017

Nuevos blogs

Este blog ha cerrado.

Seguiré publicando artículos en nuevas bitácoras de temática más especializada:

Destejiendo el arco iris (divulgación  científica con un toque personal) 

El escritor en su guarida (opinión  y reflexiones personales)

Poesía (mis ocasionales poemas)

Fotografía (ensayos y errores en el mundo de la imagen)