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sábado, 25 de agosto de 2018

¿Quién a los 15 años...?

Tuy (Pontevedra). 1972. Cualquier día de mayo. 7:00 AM.

Se encienden las luces. Por los altavoces suena el leve chasquido de la aguja del tocadiscos al caer sobre el surco. Tras los primeros compases románticos de la orquesta arranca una voz cálida...
"Amores se van marchando como las olas del mar..."

Con los ojos entrecerrados, violado el sueño por una luz aborrecida, decenas de adolescentes tumbados sobre las camas del dormitorio corrido.

Despertares con música. El hermano prefepto elegía entre los discos de moda. Eran buenas elecciones. Pero no era ideal el lugar elegido. Más de un centenear de chicos con el sexo en carne viva azuzados por un mensaje intolerable:

"Quién a los 15 años, no dejó su cuerpo abrazar..."

- ¡Yo!, ¡yo!... me gritaba en silencio mientras apartaba las sábanas y me incorporaba preparándome para un día más entre el grupo de aspirantes a una vida sesgada, abducida de una ética impuesta. El grupo de juniores (aspirantes a hermanos maristas) se daprestaba a las primeras labores del día. Nos esperaba un largo día de rezo, labores de limpieza, clases en el instituto, estudio, juegos, comida, adoctrinamiento, deporte, rezo...

La voz de Mari Trini flotaba en el aire. Maquinalmente nos lavábamos, nos vestíamos y hacíamos nuestras camas. Todo con pocas palabras, cada uno a lo suyo... Cada cual pensando en la letra de la canción, en la frustración que nos producía su mensaje...

"Amores se van marchando...!

Amores que nunca llegaron, pensábamos... ¿Llegarán algún día?

Sí, pero nunca como llegan a los 15 años, con oleaje y tormenta. Amores calmos que no son lo mismo.
Ayer ha muerto Mari Trini. Un rostro con pasión y tormento. Su labio quebrado nunca fue motivo de desdén o menosprecio. Era un símbolo más de nuestra rebelión de los 15 años. Locos, apasionados, incompletos ante un mundo aparentemente perfecto.
Mi recuerdo para ella. Durante aquellos años su poesía incendió mis pensamientos. Hoy quiero recordar su canto. En recuerdo de mis 15 primaveras. Mi vida...

Amores

lunes, 24 de abril de 2017

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte - : Las cárcavas del Pontón de la Oliva

En lo alto del Lozoya se asienta  una vieja presa.  Este  antiguo dique tiene el mérito de la mayor veteranía de cuantos componen el sistema de canalizaciones de Isabel II que suministra agua potable a Madrid. En la  época de su construcción Madrid, que sumaba una población de 206.000 habitante, se abastecía de 54 fuentes y 920 aguadores que ya no daban a basto para satisfacer las necesidades hídricas de la capital. Los ingenieros idearon entonces una canalización de agua de superficie desde la garganta natural llamada "Cerro de la Oliva" en aquella época cruzada por un pontón.

La construcción de la presa, en condiciones durísimas, resultó trágica y singular: trabajaron en ella unas 2000 personas: 1500 presos (la mayoría de las Guerras Carlistas) y 400 bestias. Los accidentes y las muertes fueron numerosas. En el campamento de los trabajadores se desató una epidemia cólera. Las comunicaciones entre las diferentes brigadas se realizaba por "telegrafía alada" mediante palomas mensajeras. Como colofón a tanta singularidad resultó que, recién inaugurada, los ingenieros comprobaron estupefactos que las calizas kársticas del cretácico sobre las que asentaron la presa filtraban el agua a través de una red de cuevas subterráneas. Esta cruel ironía del destino daba pie a los chascarrillos de la gente que murmuraba  "No es de extrañar que en una construcción con tantos presos haya fugas".

Como  no hay bien que por mal no venga, algunos hemos aprendido a aprovecharnos de las obras de ingeniería erradas, las infraestructuras abandonadas o los despoblados que, a nuestros ojos, ofrecen un encanto particular. Así, la inútil presa del Pontón, con su bella factura, tiene un atractivo especial para los excursionistas. Allí se dan cita familias enteras de domingueros, escaladores amateurs y senderistas de vocación. Parten de las inmediaciones varias rutas que remontan el Lozoya hasta los pantanos  de emergencia que sustituyeron al fallido Pontón y caminos de montaña que te introducen por los parajes naturales que lo rodean.


Un tal Andrés Campos, colaborador hace años de el periódico EL PAÍS, describía una ruta hasta los barrancos fantasmagóricos que jalonan la ruta desde el Pontón de la Oliva al pueblo alcarreño de Alpedrete. Los "Gigantes de barro" como la titula, llamamron mi atención un lunes festivo, de esos que solo tienen los maestros, allá por las fecha de carnaval. Como estaba cansado de una marcha del día anterior por la zona de Luzaga y Abánades (había pasado el día acompañando al río Tajuña y visitanto trincheras de la guerra civil) decidí realizar esta ruta corta que, afortunadamente, no estaba muy lejos de mi domicilio pues volver para comer con mi mujer era requisito principal. Así que salí de Cabanillas y en cincuenta minutos me planté en el aparcamiento cercano a lo alto de la presa. Desde allí seguí las indicaciones de Andrés Campos desviándome de la carreterilla en mal estado que va hacia Alpedrete y metiéndome en la torrentera que asciende hasta la base de ese embudo tallado a zarpazos en la montaña. Las cárcavas en cuestión prácticamente coronan la cima cercana al Pico Guadarrama de 970 metros de cota. Atraído por la nítida evidencia de la rambla que desciende desde las cárcavas dejé de lado la subida propuesta por el autor (ascender por el cerro que lo flanquea a su izquierda y cuyo trazado me llevaría casi campo a través, pero suavemente, hacia lo alto de ese circo natural de desgarraduras arcillosas). La subida por el torrente en este día soleado de marzo, me consolaba con la presencia en su parte baja de pequeños regatos que asomaban intermitentemente en su recorrido. Pisar el lecho irregular resultaba algo tortuoso, pero la orientación era segura. Casi en el mediodía se agradecían los tramos sombreados que alternaban con otros donde el sol se incidía directamente sobre la cabeza; la gorra se hacía imprescindible. Con tres cuartos de la ascensión completada me sorprendí al encontrar en medio del cauce reseco una diminuta musaraña.
Me detuve un buen rato observando por primera vez en mi vida esta frágil criatura. pequeña como una falange de mis dedos, que permanecía extrañamente quieta calentándose al sol del mediodía en el lecho del torrente. Amodorrado, al parecer, apenas se movió cuando le empujé ligeramente con el dedo.




Cuando el torrente se abrió en abanico hacia las primeras cárcavas, quedé sobrecogido por las dimensiones catedralicias de estos muros terreros. Recorrí, aguantando el dolor de la ampolla que tenía formada entre los dedos de uno de mis pies, el fondo de los surcos empedrados de cantos rodados que rodeaba los pináculos y ascendían  hacia las laderas de aquel gigantesco embudo. Observado desde las alturas, aquella formación debía parecer un árbol gigantesco abatido sobre el suelo en el que sus ramas estaban formada por hendiduras y tajos cada vez más estrechos que ascendían hacia la corteza continua del terreno. Exploré, desde mi perspectiva ratonil, el áspero laberinto de arcilla roja salpicada de cantos rodados incrustados en sus paredes.  Según avanzaba por entre los altos pasillos arcillosos sentía la frustración de contemplar, a vista de gusano, un paraje vertical  sombrío -de fondo de  pozo- que en las alturas habría de resultar majestuoso; así que decidí remontar con precaución una de las empinadas hendiduras que se empinaban  hasta el borde fronterizo de la erosión en lo alto de ese circo formidable. Al principio parecía sencillo, el pequeño valle tenía suficiente amplitud y una pendiente asequible a mi paso cansino;  pero enseguida comenzó a estrecharse y elevarse. Ahora debía apoyarme con ambas manos en los laterales pues las piedras del fondo actuaban como rodamientos de bolas. Miré para atrás tentado de abandonar, pero ¡el borde parecía tan cercano...! Continué avanzando por el paso que se reducía cada vez más. La pendiente superaba ya los cuarenta y cinco grados y no había asidero firme en parte alguna.  A veces aprovechaba la verticalidad de los laterales para asegurar la posición, otras probaba la firmeza de algún arbusto cuyas raíces  se hundían en el aglomerado de guijarros, en ocasiones una raíz desnuda asomaba al exterior y me servía de de improvisado agarradero. Era consciente de que un paso en falso, un resbalón o el desmoronamiento de los inestables apoyos que me me ofrecía el terreno harían que cayera rodando por  la fuerte pendiente durante  un centenar de metros: ¡sin embargo faltaba tan poco...! Y, algunos metros más arriba, ¡parecía tan sencillo superar la pequeña pared final...! Continué unos metros más no atreviéndome a volver la vista: el vértigo físico y el de la vergüenza me empujaban a seguir, a terminar aquella aventura insensata a mis 59 años. Pero al final del filo de aquel cuchillo invertido se hizo imposible continuar. El estrecho paso se encajonaba cada vez más y terminaba por inclinarse tanto que era imposible ascender sin cuerdas o escalas. Decepcionado retrocedí casi arrastrándome lentamente, con infinita precaución. Unos diez metros más abajo, al llegar a una bifurcación, observé que el otro acceso continuaba hasta un árbol raquítico que se mantenía inexplicablemente firme entre aquellas escombreras de la naturaleza. Espoleado por la posibilidad de terminar mi empresa (soy un cabezota impenitente), escalé  por la nueva ruta en condiciones similares a la vez anterior  pero con la esperanza puesta la seguridad de aquel árbol firme sobre el torrente. Llegué a él y, tras tomar aliento,  continué trepando por un angosto acceso hacia un final que se adivinaba cercano. Casi sin darme cuenta llegué a la erosionada pared de corte en el borde del barranco. Había llegado contra toda lógica, irracionalmente, pues las probabilidades de desprendimientos y caídas eran muy altas. Sólo quedaba ante mí una pared vertical de unos dos metros de altura. Paseé la mirada por su granulada superficie buscando un punto de apoyo, algún agarradero donde asirme para ese empujón final que me sacaría del borde descarnado de la cárcava. Veía muy cerca los arbustos y el suave tapiz de la corteza herbácea firmemente asentada. Pero aquellos últimos metros iban a resultar imposibles. Por desgracia cualquier caída desde allí, sin el precario freno de paredes laterales, resultaría necesariamente mortal. Miré despavorido hacia atrás: la vuelta era también muy arriesgada; bajar por aquella herida de la naturaleza resbaladiza e inconsistente resultaría también muy peligroso. Decididamente había que decantarse entre el suicidio y el descalabro.  Con mucho cuidado, paso a paso, asegurando cada apoyo fui descendiendo los diez metros que me separaban de la firmeza del árbol solitario. Los restos de una  pequeña cascada cortaban el surco con una vertical de un metro y medio. En ese momento resultaba un misterio para mí como pude superarla en la subida:  no había apoyo alguno y así, de arriba a abajo, no veía forma de descender. Había llegado arrastrándome por el fondo del tajo, desgarrando los pantalones, y apoyando la espalda en la pequeña mochila, pero ahora esta me empujaba hacia el abismo si intentaba resbalar por la pared del corte. Decidí desprenderme de ella y la solté. Cayó rodando un centenar de metros dando vueltas por el torrente... No me costó mucho imaginarme a mí mismo en esa situación. Suspirando me volví y, agarrando con desesperación los cantos más grandes incrustados en la pared, me deslicé hacia abajo tanteando con los pies entre los frágiles salientes de arcilla. La gracia divina quiso que aguantaran y pude pisar las piedras algo más firmes del fondo. Así, sentado sobre el torrente, llegué al árbol y me detuve a descansar. Había pasado lo peor. Allá lejos  percibía la mochila embarrada. Más lejos aún, contra el cielo sobre la pared opuesta se recortaban las siluetas de unos excursionistas. Poco a poco, pero ya con confianza, terminé el descenso.

Así sobreviví a mi última aventura. No es una gesta brillante, ya lo sé. Cada uno en su escala particular sabe cuáles son sus límites y donde comienzan sus proezas. Sé que muchos pensaréis que soy un imprudente, que me lanzo a aventuras arriesgadas sin pensar en los peligros que suponen... pero, a mi alrededor, la gente muere de infartos, personas cercanas sufren derrames o caen víctimas de enfermedades incurables. Y yo, asumo mis responsabilidades. Sopeso los riesgos. Intento mantener la calma en los momentos de desesperación...  y sobrevivo en el intento.



martes, 14 de febrero de 2017

Monacatus

Estoy terminado antiguos trabajos de edición pendientes. Este data nada menos que del 2011. Pero quería terminarlo. Y aquí está. 


Por fin, el 8 de agosto, pude visitar una de las exposiciones de "Las Edades del Hombre". Le había echado ganas a ver una de esas exposiciones que desde hace años se instalan en algún hermoso recinto religioso de Castilla León y que son surtidas con los valiosos ejemplares que albergan las once diócesis católicas de Castilla-León  (la riqueza patrimonial de esta autonomía abarca el 50% de todo el arte sacro de la nación).

Las exposiciones Edades del Hombre han visitado ya numerosas localidades: Valladolid, Burgos, León, Salamanca, Amberes, El Burgo de Osma, Palencia, Astorga, Zamora, Nueva York, Zamora, Ávila, Ciudad Rodrigo, Ponferrada, Soria, Medina del Campo y Medina de Rioseco. El ciclo expositivo llega ahora a Oña, Burgos, y ya ha superado los 10 millones de visitantes desde que se iniciara en 1988 en Valladolid.

Son todo un acierto los lugeres donde se instalan las exposiciones. En esta ocasión la exposición se instala en tierras burgalesas concretamente en la comarca de Las Merindades: Allí se encuentra El Monasterio Benedictino de San Salvador de Oña que acaba de cumplir un milenio. Efectivamente, se cumplen ahora mil años de la fundación del Monasterio de San Salvador (1011) por el Conde de Castilla Sancho García, nieto de Fernán González. El recinto albergará de mayo a diciembre la exposición por su valor cultural y su relación con la monarquía medieval, como muestran las tumbas de los reyes Sancho III de Navarra y Sancho II de Castilla sitas en el monasterio. Debemos recordar que Burgos fue sede de una de las primeras ediciones de este proyecto cultural en 1990 con la exposición: "Libros y Documentos en la Iglesia de Castilla y León", instalada en su catedral. En la nueva etapa del proyecto de Las Edades del Hombre se han buscado sedes no catedralicias buscando la revalorización del territorio y la utilización de lugares monumentales de significación relevante. En esta ocasión el visitante de 'Monacatus' podrá disfrutar de toda la comarca de la Bureba, de la que Oña ejerce de foco cultural y natural junto a los conjuntos históricos de Frías y Poza de la Sal y sus imponentes castillos; o la villa de Briviesca, con sus distintos hitos monumentales. Unos atractivos que se pueden prolongar a toda la provincia burgalesa. 

La gran novedad expositiva de esta edición reside en la cuidadosa puesta en escena donde jugará un papel importante la captación del mensaje por medio de los sentidos y de las vivencias en el contexto de la muestra. Integra contenido fotográfico, manifestación artística que hasta ahora no había tenido cabida en anteriores ediciones.

La exposición la forma seis capítulos y 138 piezas que abordan diferentes aspectos de la vida contemplativa, la vida cotidiana, la oración, los fundadores de órdenes y monasterios o la relación entre monarquía y monacato a través de sus propios objetos o de la visión de artistas de la talla de Zurbarán, El Greco, José de Ribera, Gregorio Fernández o Francisco de Goya. Agustín Lázaro es el Comisario de la exposición Monacatus.
En el Capítulo I con el tema Cristo como origen, fortaleza y término de toda vocación religiosa encontramos temas iconográficos seleccionados conforme a los comentarios de Juan Pablo II acerca de la vida consagrada.
El Capítulo II presenta los personajes bíblicos y los santos que marcharon al desierto, personajes históricos de Castilla y León y de Burgos, en particular, que se retiraron del mundo buscando un camino de mayor perfección cristiana, viviendo solos o en comunidad. También se abordan las primeras fundaciones cenobiales acontecidas en nuestra comunidad, con especial atención al Monasterio de San Salvador de Oña.
El Capítulo III está dedicado al “Ora” clásico de la vida religiosa: La Liturgia de las Horas, la celebración eucarística y la lectio divina.
En el capítulo IV se analiza la relación entre la monarquía y el monacato en Castilla y León, haciendo hincapié en la vinculación de Oña con el nacimiento de Castilla.
El Capítulo V aborda el “Labora” mediante desglosándolo en partes: la regla, el abad, el scriptorium, los horarios, la hospitalidad, la comida y todas aquellas cosas que conforman la vida comunitaria cotidiana de los monjes.
Finalmente en el capítulo VI se tratan las figuras de los santos fundadores y las órdenes monásticas presentes en Castilla y León (benedictinos, cistercienses, premostratenses, cartujos y jerónimos).

Así que realizamos la visita en una soleada tarde de agosto. Oña lucía en la mañana vestida de domingo como preparada para dar la bienvenida a los visitantes. Yo recordaba ese pueblo especialmente por sus cangrejos, unos cangrejos de grandes colas y gruesas patas que pescaba Ramiro, un familiar al que apreciábamos. Un par de veces visitamos su casa siempre aparecía esa especialidad gastronómica en la mesa. Era muy niño y me impresionaron entonces más aquellos magníficos crustáceos que toda su monumentalidad medieval y su imponente monasterio.

El nombre de la exposición y el poster de presentación me provocaban la leve sospecha de que sería una exposición aburrida, muy contemplativa, lenta y monótona como un canto gregoriano. Pero al traspasar las salas y detenerme ante los expositores y las fotografías los recuerdos acudían a mí y alentados por los objetos que veía o las historias que leía en los paneles. Bien es verdad que no había vivido en ningún monasterio, sin embargo había situaciones compartidas en mi paso por tres juniorados maristas y algunas experiencias peculiares. Podría pensarse que un niño, y después joven, en un internado es refractario a espiritualidad alguna y es verdad que el cuerpo pedía jugar a la pelota, correr, nadar, cantar y gritar por los rincones; pero también es verdad que existen los atardeceres, las madrugadas aletargadas por el sueño, las largas horas de capilla,  las noches solitarias... El primer año, en el juniorado de Miraflores, en el mismo Burgos, compartíamos tapia de vecindad con la huerta de los cartujos. Algo de espiritualidad debieron contagiarnos. A veces los veíamos trabajar en el huerto al otro lado del muro y en muchas ocasiones visitamos la Cartuja con lo que estábamos familiarizados con la magnífica talla de San Bruno o los rosarios de pétalos de rosa que vendían a los turistas. A ellos, apenas se les veía pues su regla les impone recogimiento y silencio. En Arévalo, Dios lo sabe, con trece y catorce años resultaba difícil la introspección y el silencio. Pero a veces, se conseguía una atmósfera de trascendencia en las oraciones y ejercicios espirituales: algunos compañeros llegaron a tener visiones de la Virgen María ¡Ahí es nada! En Tuy, en plena adolescencia, el misticismo se mezclaba con las hormonas. Pero en ocasiones te sentías traspasado de espiritualidad, sobre todo si el ambiente era propicio: las luces tenues, las velas, la música religiosa, la obligada meditación... Llegué a tener mi "oratorio" particular en la azotea, sobre la hermosa capilla. Allí, en los atardeceres naranjas y verdes sobre Portugal, sobre la cinta azul de Miño, meditaba yo sobre la porción de la vida que me era permitido conocer. Un año más pasé en Salamanca, ya postulante. Este era un grado con alguna connotación premonástica. Aquí las meditaciones, oraciones y reflexiones eran más profundas. En el año siguiente se comenzaban los estudios eclesiásticos con asignaturas de nombre revelador como: Cristología, Mariología, Nuevo Testamento, Antiguo Testamento... Entre tanto estudiábamos la vida del Beato Marcelino Champagnat, fundador de la orden. Aquí, entre ratos de oración, estudio y tiempo libre en la habitación disponíamos de largas horas para reflexionar.
En realidad esa vida no difiere mucho de la vida en un convento. Muchas actividades eran comunes a las que se realizaban en los monasterios: estudio, oración, trabajo manual (huerta, limpieza, refrigerio...), canto... La vida en común, similar a la de los monjes (quizás más cómoda, aunque recuerdo algunas "semanas de la dureza" en las que el castigo al cuerpo no desmerecía de un cenobio medieval. Finalmente, como les pasa a algunos monjes inadaptados, fui amablemente invitado a dejarlo. Y, para mi sorpresa, me pilló tan de improviso que no supe qué hacer. Permanecí un par de días siguiendo con la rutina habitual como si no hubiera pasado nada hasta que fui llamado de nuevo y me recordaron que "ya no debía permanecer allí". Nunca entendí muy bien el motivo. Supongo que no me entregaba en cuerpo y alma a la vida religiosa. 

A partir de ese momento intenté desconectar de ese mundo. Aún asistía a las iglesias (el  hábito me hizo apreciar ese lugar para pensar) pero me fui alejando de aquella vida que fue la mía por seis años. 

Un día salí en bici desde Miranda de Ebro  para hacer una ruta por los Montes Obarenes. A unos 11 kilómetros al Suroeste de Miranda me topé con la tapia de un viejo monasterio. Era un día caluroso y no tenía agua. Paré en la puerta y mirando tras una rendija vi a un monje paseando. Me atreví a llamarle y este acudió lentamente. Me abrió la puerta y sus ojos me miraron inquisitivamente bajo su capucha. Le expliqué que necesitaba agua y me indicó un pilón al lado del muro, a unos cincuenta metros. Bebí y aproveché para refrescarme la cara abrasada por el sol. El monje se volvió, vergonzoso, mientras me lavaba. Cuando me acompañaba a la puerta me habló: - Sé porqué estás aquí. Dios te ha enviado. Él quiere que vengas a este monasterio.

Espantado monté en la bici y huí pedaleando despavorido. Como si el mismo diablo me hubiera tentado, no miré atrás. Dejé a mi espalda el Yermo, el Monasterio Camaldulense de Santa María de Herrera propiedad de la congregación de Eremitas Camaldulenses de Monte Corona que practican el eremitismo romualdino. 

Decididamente el monacato ya no era lo mío. 

sábado, 21 de enero de 2017

América



Dios salve América,
Tierra de amor.
Y en su campo  florezca
la guirnalda de la eternidad.

Y en el cielo
brille siempre
el sol de la libertad.


Américo Vespucio fue un cosmógrafo florentino nacido en 1454 que hizo negocios en Sevilla y colaboró con Colón en algunos de sus viajes. Se nacionalizó castellano en 1505 y trabajó desde entonces al servicio de la corona de Castilla. Su fama universal se debe a dos obras publicadas bajo su nombre entre 1503 y 1505: el Mundus Novus y la Carta a Soderini, que le atribuyen un papel protagonista en el Descubrimiento de América y su identificación como un nuevo continente.

La impresión que estas obras provocaron en los editores (pese a que se ha demostrado que se atribuye viajes y exploraciones ajenas) hizo que en Europa se bautizara el Nuevo Continente con su nombre e incluso se le atribuyese su descubrimiento. En realidad, en aquella época, los castellanos lo llamaban "las Indias" o "las Antípodas", los portugueses bautizaron las costas brasileñas como "Vera Cruz" o "Tierra de Santa Cruz". Cristóbal Colón desde su tercer viaje, dedujo que la tierra en la que se encontraba era "otro mundo (...) una tierra enorme". En 1504 Pedro Mártir de Anglería acuñó el término "Nuevo Mundo" para las nuevas tierras.
Sea como fuere, el 25 de abril de 1507 salieron del taller de la imprenta de la abadía de Saint-Dié-des-Vosges en Lorena, Francia, las dos primeras ediciones de un pequeño tratado sobre las nuevas tierras en la que,  en el capítulo IX del texto, se sugería que el nombre del Nuevo Mundo debería ser "América" (femenino por analogía a "Europa", "Asia" y "África") y en honor de quien la reconociera como tal: ab Americo Inventore (...) quasi Americi terram sive Americam ("De Américo el descubridor (...) como si fuese la tierra de Américo o América". La voz tiene tal eufonía y guarda tanta consonancia con las palabras "Asia" y "África" que inmediatamente se afincó en las lenguas noreuropeas.
Fuente: Wikipedia.  

Así que, debido a una errónea atribución, el nombre de Américo se estableció para el Nuevo Continente. Continente he dicho, que no nación. La precisión es oportuna porque existe una nación que requisa la multipropiedad de este sustantivo para uso propio, negando a las demás naciones allí asentadas el derecho de denominación. Esa nación, todos los sabemos (aunque acaso no muchos de sus ciudadanos) es Estados Unidos de "América". Me parece injusta esa "manía" de llamarse a sí mismos "América" que tienen los estadounidenses. Pueden llamarse "El País del Tío Sam" o "Gringolandia" o "Yanquilandia" si quieren, pero ¿"América"? ¿No excluye eso a un montón de dignas naciones? Ni siquiera Norteamérica me parece correcto, pues dejaría de lado a Canadá y Méjico. Resulta irónico que se hayan apropiado del  nombre continental los habitantes de un territorio aún sin explorar cuando se hizo popular el término (1507). 

Escucho al nuevo presidente de EEUU prometer que "Volverá a hacer grande a América" y supongo que piensa en realidad en el coto cerrado referenciado geofráficamente con código ISO 3166: 840 / USA / US; pues si no, no sería explicable que simultáneamente quisiera construir una valla transcontinental en el propio territorio americano. Quiero creer, por tanto, que se refiere a la Federación de 50 estados existente en América del Norte y que se bautizaron como "Estados Unidos de la América" (denominación original en su Declaración de Independencia).
Escucho frecuentemente una de las frases más populares en ese país: "God Bless America" (Dios bendiga América) y pienso que de nuevo la parte se adueña del todo y los estadounidenses se apropian del continente entero.
Son muchos los estadounidenses que se autodenominan "americanos" (lo cual es cierto y los hermana con los mejicanos, cubanos, ecuatorianos, peruanos, argentinos...), pero me malicio que, en realidad, se refieren exclusivamente a los habitantes de un país al sur de Canadá. Incluso la prensa internacional, el cine y la literatura contribuyen a este equívoco que no dejaría de ser anecdótico si no escondiera una profunda injusticia y una forma maniquea de percibir el mundo.
He realizado la sencilla experiencia de buscar en la base de datos de google las palabras que obedecen a la conjunción de "América + bandera". En el primer pantallazo obtengo 119 resultados de los que la mitad (61) son banderas de EEUU. Si busco "americano + bandera" el resultado asciende al 100%.
Es curiosa esa expansión nominal del propio país. De una confederación de 50 estados que ocupan menos de la mitad del subcontinente, pasaron a autodenominarse norteamericanos, después americanos... ¿Cuál será el siguiente paso? ¿Mundanos? ¿Habitantes de un lugar llamado Mundo? La frase resulta bonita, inspiradora; pero pensemos: solo resulta generosa si perteneces a su "Mundo", es decir, si naciste en los actuales EEUU. El resto es suyo; pero no intentes habitar en su territorio. Serías un ilegal, pese a que te ampare el nombre.

Nuestra Real Academia Española de la lengua zanja el asunto determinado que «debe evitarse el uso de la palabra americano para referirse exclusivamente a los habitantes de los Estados Unidos, uso abusivo que se explica por el hecho de que los estadounidenses utilizan a menudo el nombre abreviado America (en inglés) para referirse a su país. No debe olvidarse que América es el nombre de todo el continente y son americanos todos los que lo habitan». Y "doctores tiene la santa madre Iglesia..."

jueves, 22 de septiembre de 2016

Una palabra y mil imágenes - 1: Desolación

Si bien es verdad que una imagen vale por mil palabras, también lo es que en cada palabra pueden esconderse mil imágenes: un millar de fotografías que encierran un concepto. En el cine, a 24 fotogramas por segundo, se cuenta una historia que el lenguaje condensa en una palabra, en un símbolo de nuestro lenguaje hablado. Inicio aquí una serie de entradas en el blog en las que comentaré las escenas que más me han impactado en el universo cinematográfico que he tenido la dicha de contemplar. Quizás las compartas, quizá no; pero te aseguro que a mí impresionaron. A veces, cuando pienso en ciertas palabras, esas imágenes acuden desde el recuerdo y se reproducen ante mi. En 42 segundos y medio, mil imágenes desarrollan una danza que tiene nombre propio:  

"Desolación"



He recordado estas estas imágenes recientemente cuando leí el libro de Vladimir Arsenev sobre el que está basada la película "Dersú Uzala", "El cazador". A esas alturas de la película, Dersú Uzala, el cazador chino de la tribu Hezhen, que servía de guía al pequeño grupo de militares exploradores ya había sido presentado de forma magistral por el director del film: el genial Akira Kurosawa y el espectador era consciente de la profunda admiración y amistad que se profesan los protagonistas.

La aventura en cuestión transcurre en la inmensidad de un lago helado. Las escenas fueron rodadas en los escenarios originales de la taiga siberiana y el escenario es posiblemente idéntico al de la situación real vivida y narrada por Arsenev.  Las imágenes logran transmitir con su terrible belleza la desolación de aquellos parajes y el estado de ánimo del capitán, que comprende que van a morir. La única esperanza, la única fe, será la experiencia e inteligencia natural de Dersú, su guía, que le impone una actividad frenética cuyo sentido no llega a adivinar pero a la que se somete por la confianza que le inspira. La fotografía resulta bellísima y el desesperado frenesí de los personajes por construír su refugio está narrado con suma maestría por el genial director, que atravesaba por aquellas fechas una severa depresión que casi lo lleva al suicidio. Como la pareja protagonista, no se dejó vencer por las dificultades y el desánimo: la lucha y la determinación salvaron sus vidas.

martes, 30 de agosto de 2016

Ruta en bici por Palomares del Campo.


Ahora que las endorfinas relajan mi cuerpo dolorido y lo acunan, sedoso, en la hamaca del sueño quizá sea el momento de reflexionar sobre el esfuerzo realizado, sobre ese dolor articular y esas punzadas musculares que son las señales de protesta de mi cuerpo desacostumbrado a las exigencias físicas, a los esfuerzos sostenidos... Hoy es uno de esos días en que, reuniendo voluntades, he decidido dejar el sueño postergado y levantar mi cuerpo grávido, despegarlo de las sábanas

lunes, 19 de octubre de 2015

En la Vera


Unos pocos días en la Vera, al remanso de Gredos, caldeados por el sol del sur que calienta las estribaciones de la Sierra y guarda su calor al resguardo del frío del Norte. Pernoctando en una casa rural, no lejos de la garganta del Alardos con su puente de reminiscencias romanas y su doble ojo. Perdidos en una soledad que de noche asusta y de día apacigua. Próximos a la antigua ciudad celta del Freíllo, donde los vetones contruyeron un magnífico castro de 20 Ha, hoy cubierto de helechos y cercado por formaciones de robles. Visitando este poblado de la Edad del Hierro y paseando sus camino de ronda hasta las abruptas laderas que dan al Alarcos donde hay un mirador que invita a imaginar la dificultad del asalto por aquel lado. Pensando que desde el s. III a.C. se vivió en esta ciudad que prosperó hasta el s. I a. C. cuando los romanos destruyeron parte de sus murallas para impedir levantamientos y resistencias, y esto hizo que los habitantes se trasladaran al llano a una zona no fortificad (en la zona del Castañar) donde más tarde se encontró una necrópolis de la que desenterraron un tesorillo (el terorillo de "El Raso). Pensando que a necrópolis de El Freíllo depararía un tesoro mucho más espectacular si lograran ubicarla y escabarla, cosa que aún no ha podido hacerse. Circulando por la comarcal EX-203, con sus márgenes espectaculares de gargantas y picachos, con sus coquetas labores de jardinería al paso por El Losar, con sus pueblos pintorescos donde se alzan fachadas y balcones inverosímiles. Degustando por precios asequibles los manjares locales: cluletones de Ávila, morcilla de calabaza, lacón a la gallega salpimentado con auténtico pimentón agridulce de la Vera, licores de cereza del cercano valle del Jerte, perrunillas veratas... Visitando el particular museo del juguete de Candeleda y escuchando embelesados a su dueño mientras contaba anécdotas sin fin de sus preciados juguetes. Avistando desde Gisando las laderas meridionales de Gredos, percibiendo continuamente los perfiles de sus picos, encontrando a cada paso veredas que se internan hasta el espinazo de la sierra y llegan a los Galayos, o a la Laguna Grande e incluso al mismo Almanzor. Internándonos en cuevas gigantescas, subterránea catedral de piedra caliza con bóbedas inmensas repletas de esculturas naturales bellísimas.  Relajándonos en la antigua soledad de Yuste, hoy tumultuosa y más si es doce de octubre, fiesta nacional, donde la entrada es gratis. Solazándonos con breves paseos entre pinos y castaños. Picoteando un higo chungo a la orilla de la carretera. Triscando entre grandes rocas de granito y ollas de gigante en las pétreas gargantas de los ríos serranos... Así pasamos Charo y yo, estos cuatro días de puente y aquí lo cuento como homenaje a esta comarca de la Vera tan rica en todos los sentidos menos en el económico (que ahí no se la ha sabido valorar lo suficiente).

lunes, 2 de septiembre de 2013

The Warner Bros Park

Varios años llevo pasando por la carretera que conduce desde Perales del Río a San Martín de la Vega. Tras pasar La Marañosa, en las proximidades de San Martín, se divisa a lo lejos la parte superior de unas extrañas estructuras metálicas. Destaca un alta torre con un escudo en la parte superior. Se trata del emblema de la Warner Bros. El Enigma (ese es su nombre) es visible en 50 km a la redonda y es la estructura estrella de sus instalaciones con sus 115 m. de altura. No anima, la verdad, acercarse a un parque de atracciones que se vislumbra en medio de unas colinas sin apenas vegetacion, en el que asoman calvas yesosas presentando un panorama semidesértico y sin árboles. Sin embargo, al acercarnos al recinto, se aprecia el importante esfuerzo por forestar la zona y rodearla de un manto vegetal más amable. Imagino que hubo de abastecerles un buen grupo de viveros para implantar esa pequeña masa arbórea y aclimatarla. Los ejemplares debían ser ya jóvenes cuando fueron plantados aquí.

Me pregunto si lo de parque de "atracciones" no se está refiriendo realmente a "las de la gravedad", pues esa poderosa fuerza de atracción de la naturaleza es la que rige el funcionamiento de la mayoría de sus entretenimientos, y es que todas las atracciones estrellas tienen que ver, sobre todo, con esta fuerza brutal que nos impulsa contra el suelo y que deriva luego en otras fuerzas que intentan descoyuntarte mediante impulsos  centrífugos, lanzamientos verticales, complejos tirabuzones en el aire, alocados volteos, loopings vertiginosos...  Otras veces se añade a lo anterior el traqueteo de los vagones al discurrir sobre los rieles suspendidos de sospechosas estructuras de madera "pino Soria" semejantes a las construcciones de palillos que los reos suelen realizar en décadas de vacaciones obligadas (y, aparentemente, no mucho más seguras). En el Supermán, Batman o El Enigma; el cerebro se arrincona en el fondo del cráneo refugiándose en el cogote, el culo se despega del asiento durante un segundo levitando mientras caes a velocidad de vértigo imaginando la hostia que te vas a pegar, las barras protectoras te oprimen la cintura incrustando la hebilla del cinturón en el ombligo como una sello sobre el lacre, tus vísceras se alborotan al perder la ubicación original y tus extremidades son desmembradas como en un potro de tortura... También seremos marcados, como reses, en las puertas con la marca del oso Yogui condición sine quan on para poder entrar y salir del recinto. Esto se hace necesario pues no dejan pasar comida ni bebida (excepto agua) y, con los bolsillos adelgazados, no nos queda más remedio que salir a comer unos bocatas en los bordillos del aparcamiento a la sombra de los plátanos que flanquean el camino hacia la entrada. 
Diríase que un parque de atracciones es una colección excesos. Los hay acuáticos y ahí el goce consiste en dejarse arrastrar por rápidos mareantes, caer por una cascada casi vertical y zambullirse en las reposadas aguas de lagos artificiales. Es obligatorio mojarse (cuanto más mejor), y se siente una satisfacción infantil en recibir chapuzones, chorros y salpicaduras. Pero los más llamativos tienen que ver con gigantescos muelles metálicos estirados y diseñados por los ingenieros de modo que el peralte de las modernas vagonetas aplaste al espantado viajero voluntario contra el asiento impidiendo que experimente la parte final de un accidente de aviación o el instante último del descarrilamento del Alvia de Santiago.  Todo lo demás es igualito.

El paseo por el recinto es agradable, si el tiempo acompaña. Se reproducen escenarios, se adaptan (más o menos adecuadamente) atracciones a situaciones fílmicas de la productora, se puebla de personajes conocidos (en forma de estatuas, actores...) las calles y recintos. Se aprovecha, por ejemplo, las salas de acceso a la atracción de acero de Supermán, para instalar un eficaz decorado del Dayle Planet, el periódico de la ciudad de Metrópolis donde el alter ego del superhéroe trabajaba de incógnito. Es quizás la atracción más famosa con sus vehículos lanzados a más de 100 km/h; muy adecuada para sentir en propia piel el vértigo del hombre pájaro. No le va a la zaga las espirales amarillas de la Fuga de Batman que vuelcan tu cuerpo cabeza abajo hasta cinco veces en su medio kilómetro de recorrido lleno de bucles suicidas...  Las descargas de adrenalina literalmente "se huelen" (o quizá fuera otra cosa más relacionada con los sudores recientes o añejos de los afanosos clientes). Y así una atracción tras otra que se hacen a la carrera y sólo se reposa en la espera,  haciendo fila para la entrada. Si el cuerpo aguanta (y el de mis sobrinos aguantaba mucho) se pueden repetir innumerables veces, incluso consecutivas... El vuelo de Supermán lo hicieron en cinco ocasiones y estudiaron "El Enigma", 2 ó 3 (mañana y tarde, que cambian el programa del ascensor). Los adultos nos hacemos valientes por necesidad, para acompañar y animar a los retoños, pero en realidad nos colocamos con cierta desgana al final de la fila y al cabo de unas cuantas nos rendimos: nuestros estómagos empiezan a reclamar el vómito. Se agradecen entonces las atracciones de transición como los coches de choque o sentarte un buen rato a contemplar las piruetas sobre ruedas de los especialistas en el espectáculo "Loca Academia de Policía". Claro que luego volveremos con los mareos y vértigos en La Casa Embrujada... ideal para agitar el oleaje de tu  endolinfa y provocar olas de surf en el caracol. El cuerpo lleva ya mucho tiempo en alerta roja y desea visitar las numerosas instalaciones de restauración, pero los precios asustan más que las propias atracciones de "rombo" (las más fuertes, según la catalogación por iconos del parque). También resulta prohibitivos los recuerdos en forma de foto realizada  en pleno viaje. (5 euros). No queda más remedio que desechar con añoranza esa imagen de indisimulado espanto en que apareces con los dientes apretados y los ojos cerrados...

Es jueves. El parque está animado, pero no hay demasiada gente. Es extraño ver algunas parejas con niños muy pequeños: ¿Pero pueden montarse en algo las criaturas? A mitad de la jornada los adultos nos limitamos a esperar a los más jóvenes en la salida de las atracciones. Ellos, inagotables, repiten una y otra vez... Tras media hora esperando en el túnel de salida de los vuelos de Supermán y aburrido del chirriar de los raíles distingo una silueta diminuta en la lejanía que se acerca y se introduce en el túnel velozmente:
- ¿Es un avión?
- ¿Es Supermán?...
- No. No es el esperado superheroe, ni una vagoneta desprendida, ni un avión imposible. Es... ¡Un pájaro! una oscura golondrina que atraviesa vertiginosa la boca del túnel y se posa en la esquina de una gruesa viga de hierro en el techo. Allí, en un rincón apenas visible, tiene su nido de barro del que asoman cuatro polluelos hambrientos. De todo el día, me quedo con esta imagen que contemplo embelesado mientras la fotografío.

El día pasa rápido en el parque. Hacia las 10 de la noche nos encaminamos a las puertas de salida. Tenemos el cuerpo seco de adrenalina. El joven encargado de la puerta nos despide. Él también está cansado y a punto de terminar su turno. Todavía se escuchan las protestas del menor de los sobrinos: ¡Es pronto, podríamos quedarnos más tiempo!

lunes, 2 de enero de 2012

Arqueología fotográfica

¡Vaya, hoy he aprendido a hacer un álbum con la herrramienta Picassa del todopoderoso Google! Así que os presento el primer álbum del blog.



Pero merece un pequeño artículo. En homanaje a la nostalgia...

1978. Burgos. Una tarde cualquiera. Dos jóvenes alocados, inquietos, soñadores. Una vieja buhardilla de la calle Romanceros. Un tejado abrasado por el sol de la tarde sobre sus cabezas. Un techo inclinado y bajo. Paredes enfoscadas en cemento gris. Trastos. Bidones de fuel para la calefacción. Cajas. Enseres. Una puerta que comunica con el pasillo a la derecha. Las bisagras al costado de la pared (apenas un palmo más alta que sus cabezas). Frente a la puerta un ventanuco vuelto opaco con telas y cartones. Una vieja mesa de madera contra la pared. Una luz roja. Una ampliadora de saldo. Negativos en desorden, húmedos aún...

Apagan unos segundos la luz roja. Aún se perfila en el marco de la puerta un resquicio de luz. Meten el chasis en la bolsa negra junto al tanque de revelado. Una mano, a tientas, extrae el rollo de negativos y lo introduce en la espiral del tanque. Son metro y medio de película Negrapan 21. Unas 36 fotos.

Ya fuera de la bolsa echan el ácido de revelado desde su botella de plástico convenientemente abollada para achicar todo el aire posible y que la oxidación no estropee el ácido. Un reloj y un termómetro. Espera de 8 minutos. A continuación, rápidamente, desalojan el ácido y añaden un baño de paro con una ligera disolución de vinagre. Posteriormente, sin perder un instante, el baño fijador. Esperan de nuevo mientran charlan y escuchan la música de Queen que suena a todo volumen desde el cassete. Después se devuelve el fijador a su recipiente, se enciende la luz y se extrae la larga tira del negativo. Se sujeta entre índice y pulgar de cada mano. Se estira y se observa a contraluz aún con los ojos entrecerrados por ese resplandor desacostumbrado.

Diminutas imágenes, brillantes y húmedas, aparecen ante sus ojos.

- ¡Bueno, no han salido mal!
- ¡Vaya caras!
-Mira. ¿has visto a esta parejita?
- ¡A ver, déjame!...

Cuelgan los negativos con pinzas en una cuerda ante la pared. Esperan unos minutos a que se sequen. El positivado es gratificante, pero el papel caro. Apenas les queda algún sobre de Valca y media caja de papel de 7 x 10. Sacarán algunas. Las que estén mejor. Las de las chicas favoritas. las de los más íntimos...

- ¿Y el resto?
- Haremos un positivado de los negativos directemente sobre papel con un cristal.

Y un par de horas después saltan los positivos desde la pulida placa de níquel de la esmaltadora (también de saldo). Pequeñas fotos que se repartirán el día siguiente en clase. Y un par de positivos de 18 x 24 con positivos por contacto de las tiras ya cortadas en grupos de 7 fotogramas.

Al finalizar los negativos se guardan en sus fundas de papel. Pese a ello el polvo ya habrá hecho estragos en su delicada superficie. Después el pequeño sobre alargado se guarda en algún cajón o se deja símplemente sobre la mesa.

Así, como tantas otras, esas intantáneas de la vida quedan olvidadas, perdidas, guardadas en algún lugar desterrado de la memoria.

Sin embargo, de vez en cuando, aparecen aquí o allá. De una manera u otra. Y los rescatamos con sorpresa y ternura. Los desenterramos como a viejos dinosaurios. Y los volvemos a exponer en el museo de la vida.