martes, 8 de noviembre de 2011

Sintiendo en la nuca el aliento de la muerte I: "El Gran Carnicero"



Alpes Italianos. Valle Argentiera próximo a Sestrier. Mañana del lunes 19 de junio de 1993.

Estamos en un precioso apartamento en la turística Sestrier. Es verano. El lugar alcanza su máxima ocupación en invierno por sus magníficas pistas de esquí. A nosotros nos queda la opción de disfrutar de sus hermosos prados alpinos y sus magnificos bosques que se internan entre las montañas de los Alpes en dirección a la vecina Francia.

Esta mañána hemos decidido realizar una caminata siguiendo el curso del rio Ripa hasta la zona de Brusa del Plan. Llegamos allí en una hora. Nuestra intención es comer y luego pasar la tarde. A la derecha nos contemplan pétreas paredes verticales alternadas con las laderas del "Gran Carnicero", Roc de Bouches y Gran Roc. En una de ellas resiste aún un recorte de nieve protegido por la umbría. Después de tres horas sesteando me puede el gusanillo de llegarme hasta el nevero, tocar la nieve y volver. Calculo una hora para ir y otra para la vuelta. Aunque las paredes son espectaculares se advierte un pequeño vallecito que accede hasta la terraza donde se encuentra mi blanco y frio anhelo. Comienzo la ascensión y pronto el terreno se inclina en 45º es un desnivel del 50% pero, el vallecito por el que asciendo lo hace perfectamente accesible. Encuentro con facilidad el paso para alcanzar el último tramo de la pared vertical que flanquea el valle. En una hora aproximadamente estoy junto una cascada. El nevero lo supongo detrás pero decido no llegar hasta él por cuestiones de tiempo. No quiero preocupar a Charo y Conchi mis compañeras que me esperan abajo y que, a regañadientes, aceptaron que iniciara esta aventura. Tras curiosear un poco por los alrededores de la cascada decido regresar.
Me dirijo de nuevo a la cornisa desde donde se contempla todo el valle y las diminutas figuras de la gente cerca de las tiendas en la zona de acampada. Incluso distingo las pequeñas siluetas de mis acompañantes sentadas en la hierba. En la cornisa busco la referencia del pequeño valle escondido por el que ascendí. No lo encuentro. He perdido la referencia al adentrarme en la amplia terraza donde estaba la cascada. Por todos lados paredes y pendientes abruptas.
Paso más de una hora buscando febrilmente, intentando bajas, inquietándome porque el tiempo se me acaba. Intentando no demorarme demasiado me arriesgo a ascender hacia el borde de una pared pues se intuye una bajada más suave por ese punto. A unos 50 m. se complica mucho la ascensión.
Pasan las horas y sigo zigzagueando entre las piedras y matorrales de la elevada terraza. Las fuerzas ya no son las de antes. Subo y bajo sin parar durante 2 hora y media, a pleno esfuerzo, y después de comer. Flaquean las rodillas. Se tropieza continuamente. El estómago revuelto provoca náuseas. Veo unas cabras a lo lejos saltando con facilidad de roca en roca... ¡quién pudiera!. Por todas partes senderos laberínticos trazados por las cabras en sus ramoneos cruzan la parte alta. Son una ayuda para caminar, pero a veces conducen directamente al borde del precipicio.
Todo el tiempo veo delante, a mis pies, Brusa del Plan. Esto aumenta mi desesperación e impotencia. He recorrido varias veces el borde de la cornisa y no encuentro la entrada del valle, la puerta secreta de la montaña.
Finalmente, casi tres horas después identifico la cascada donde llegué por primera vez. Intento volver sobre mis pasos visualizando hacia atrás la película de mi llegada desde el valle. Tras un primer intento en el que sobrepasé la boca del valle (tan escondido se encontraba) descubro desde lo alto el nacimiento de su curso en la ladera. Siguiendo mentalmente su trazado me decido a explorar minuciosamente una línea de borde de unos 100 metros. Finalmente localizo, increíblemente camuflada, mi puerta de salvación hacia el pequeño valle de la suerte.
Bien situado en la ruta de bajada, los pequeños riesgos -dado mi estado de cansancio y excitación- se sortean con facilidad.
Al final, con flojera en las rodillas, mirada extraviada y sequedad en la garganta llego abajo. Charo y Conchi ni imaginan lo que he pasado.
Durante los últimos momentos en la cornisa ya pensaba en quedarme toda la noche allí (gracias a Dios disponía de fuego, eso sí) o incluso realizar una bajada suicida (la estuve valorando seriamente) para no quedarme colgado allí arriba.

Estuve al borde de la muerte o del ridículo. Es un binomio peligroso. Puedo imaginarme a los carabinieri echando pestes del "porco espagnolo" que, desobedeciendo los carteles de prohibido el paso, se aventuraba a subir por estas montañas traidoras. Más aún: Charo desesperada, angustiada y desfogándose luego en una gran bronca... Y aún más: pago del rescate, helicóptero, declaraciónes, polizei, etc.

Esta vez, por poco, lo cuento.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Homo est (6) Las trampas de la conciencia


Las trampas de la conciencia

No soy el protagonista de esta historia, pero participé en ella. La buena conciencia de mi amigo Jesús le jugó una mala pasada a una de nuestras mejores amigas...


ESCENARIO:
Escuela Universitaria del Profesoreado de E.G.B. en Burgos, clase de 3º de Ciencias. Alumnos realizando un exámen trimestral de matemáticas. Mesas separadas aproximadamente un metro. Las preguntas escritas en la pizarra. Sobre las mesas los folios del examen y otros de borrador.

TRAMA
Quedan aproximadamente 20 minutos para finalizar la prueba. Mi amigo Jesús está desesperado. Va a suspender. A nuestro lado está Rosa. Es una chica encantadora y además estudiosa. Suele llevar los exámenes preparadísimos. Parece que ha terminado. Un compañero le pide que le pase el exámen. Ella titubea. Finalmente puede más la amistad que la norma. Le pasa la hoja con los problemas resueltos. Nuestro compañero le echa un vistazo y hace algunas correcciones en alguno de sus ejercicios. Jesús, que apenas había respondido alguna de las preguntas, le cuchicea que le pase las respuestas de Rosa. Rosa mira preocupada como su ejercicio pasa de mano en mano.

CLIMAX
Jesús toma el ejemplar y comienza a copiar compulsivamente. Termina rápidamente y se queda mirándo su examen. Cinco respuestas exactas. Los cinco problemas resueltos perfectamente. Medita unos minutos la situación... y entonces tiene uno de esos ataques de buena conciencia: ¡No merezco aprobar, no he estudiado! ¡Seré consecuente conmigo mismo y no haré trampas! ¡Este examen no lo he hecho yo y no lo pienso entregar..." y acto segido coge su exámen y la hoja de respuestas de Rosa y los hace una bola arrugada que guarda en su bolsillo. Toma después una hoja en blanco y la entrega al profesor. El cero patatero está cantado.

Mientras tanto en nuestros puestos le miramos asombrados. Tras entregar su folio en blanco, sale de la clase. Su examen ha terminado. Aterrorizados lo vemos desaparecer tras la puerta que se cierra. Rosa se revuelve inquieta en su silla: ¡Dadme ya el examen que se acaba el tiempo!... Al ver nuestra cara descompuesta comprende la situación y empieza a llorar. Un llanto desesperado y silencioso con las lágrimas corriendo por sus mejillas. Ángel toma rapidamente una decisión. Se levanta y se acerca a la mesa del profesor: ¡Tengo que ir al servicio! ¡No puedo aguantarme más!... El profesor le mira extrañado pero le deja ir. Sale como una flecha y busca a Jesús. Le encuentra en el servicio. Desahoga la vejjiga después de haber desahogado la conciencia bien a gusto: - - Pero... ¿Qué has hecho con el exámen de Rosa?
- ¿El exámen? Yo sólo tengo el papel de borrador...
-¡Qué dices, era el exámen!

DESENLACE
A Jesús se le para el grifo de repente. Echa mano al bolsillo y saca la pelota de papel arrugado. Angel la coge rápidamente y la desarruga. La alisa contra la puerta lo mejor que puede y lo oculta bajo su jersey. Entra de nuevo en la clase y se dirige a su sitio con cara de preocupación. Plancha de nuevo el exámen con sus manos y se lo pasó a Rosa que lo recibe congestionada.

Finalizado el tiempo del examen acudimos en tropel a entregarlo. Convenía hacer bulto para disimular de alguna manera la extraña textura del examen de Rosa. Cuando lo entregó no pudo disimular las lágrimas. El profesor no hizo ningún gesto extraño. Pero Rosa, a la salida, estalló amargamente en llanto. Intentamos consolarla, pero era inutil. Esperaba un suspenso y la vergüenza de intentar explicar la situación con mentiras que nadie creería.

EPILOGO
Rosa, contra todo pronóstico, no suspendió. Obtuvo la extraña nota de notable, teniendo en cuenta que el examen estaba para 10. Algo debió barruntar el profesor, pero conociendo a su alumna no el tuvo valor de suspenderla. Jesús suspendió con un cero, pero en el siguiente examen aprobó tras estudiar la asignatura. Esta vez no tuvo problemas de conciencia.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Homo sum (5) "Esta es la historia de una tomadura de pelo"

Homo sum; humani nihil a me alienum puto."
"Hombre soy; nada humano me es ajeno."
Publio Terencio Africano (194 a.C. - 159 a.C.).

Humano soy. Como tal me equivoco. Mis equivocaciones son una parte imprescindible de mi equipaje en esta vida. No las escondo. No me avergüenzan. Sonrío al compartirlas. Son inocentes. Ingenuas.

Esta es la historia de una tomadura de pelo...
La culpa la tuvo este original invento. Un día a alguien se le ocurrió unir la sencillez de un peine de plástico con la economía de las humildes hojas de afeitar de las antiguas maquinillas. El resultado: un cortapelos que simulaba, incluso mejoraba, los refinados cortes de pelo a navaja.
La verdad es que la máquina funcionaba muy bien. Cuando hace muchos años apareció este objeto en las tiendas de oportunidades mi madre se apresuró a comprarlo y realizó los primeros cortes de pelo caseros a navaja con un resultado muy satisfactorio. La máquina era muy sencilla, las cuchillas baratas y recargables. Cuatro hermanos y un padre eran ya clientela a tener en cuenta.
Yo retenía ya en mi memoria este artilugio, navaja para pobres e inexpertos. Así que, cuando un día la encontré en una tienda, una especie de antecesora del todo a cien, lo compré.
Pronto tuve la tentación de usarlo. No me gustan las peluquerías y cierta dejadez en la longitud del cabello empezaban a darme un aspecto un tanto desaseado que no convenía a mi imagen como profesor. Una mañana ante el espejo, tras afeitarme, decidí recortar esa melena incipiente que empezaba a formarse. Coloqué las cuchillas en el peine y comencé a pasarlo rápidamente por mi cabellera. En algún momento hube de cambiar el lado de las puas sin percibirlo y pasar del "corte moderado" (puas finas) al "corte al cero" (puas gruesas y separadas, con el filo al mismo borde). Todo esto sin darme cuenta y en medio de las prisas y la escasa luz del baño. Cuando terminé y me limpie los mechones sueltos aún adheridos a la cabeza, alcé la vista para preguntar al espejo:
"Espejito, espejito, ¿qué tal de guapo he quedado?". Un grito de horror se escapó de mi garganta.
Los trasquilones eran tan evidentes que me planteé ir o no a trabajar. Decidí asumir las consecuencias de mis arriesgados experimentos. Me prensenté en el colegio. Saludé a mis compañeras de Educación Infantil que, discretemamente, me miraron extrañadas, pero no dijeron nada. Trascurrieron las clases sin que los niños mencionaran mi nuevo aspecto ¡menos mal! y llegó la terrible hora de las visitas de los padres (¡precisamente ese día tocaba!). Les atendí disimulando mi vergüenza como pude... Luego no pude más y les expliqué a mis compañeras lo que había pasado... ¿no os habéis dado cuenta? . -me respondió una de ellas - pero creímos que era una enfermedad... Pensé para mí: - ¡Dios, la "tiña". Todavía eso era peor...!
Aquella misma tarde tocaba deshacer el entuerto en lo posible. Me pondría en manos de los profesionales. A la espera de que abrieran las peluquerías de Arganda para un nivelado capilar a baja cota me fui a comprar al supermercado Ahorramás, que estaba cerca de casa...
Poca gente me conocía en el pueblo. Yo trabajaba en Alcalá. No había mucha oportunidad de que me encontrara con alguien conocido. Pero no contaba con que el destino ese día, quería que yo fuera popular.
Paseando entre las estanterías me encuentro con mi vecina de abajo. Mi vecina trabajaba en este supermercado de supervisora. Vino rápidamente hacia mí. Pareció no darse cuenta de mi aspecto capilar. Estaba un poco excitada. Con gran discrección me dice que puedo ganar 50.000 pesetas pues los de "Las Crestas" están en secreto junto a las cajeras esperando algún cliente que lleve más de 3 productos de Gallina Blanca. Me despide disiluladamente. Es el primer conocido que encuentra en la tienda y tengo prácticamente asegurada "La cresta".
Le hago caso y recojo sopas de sobre, fideos, pastillas de caldo... 5 ó 6 productos. Sin exagerar. La avaricia rompe el saco...
Me acerco a la caja y la veo allí: ¡La gallina con su cresta!. El equipo de publicidad de Gallina Blanca con fotógrafo y un personaje disfrazado de gallina esperando para entregar al afortunado el fabuloso premio en metálico. ¡Y fotografiarle!
Freno espantado el carro. Si la gallina muestra su cresta a mí se me verá el plumero. Y no estoy dispuesto a que me tomen el pelo de por vida. Disimuladamente vuelvo el carro y deposito mis 6 productos en su sitio... vuelvo a los cajeros, a la última caja, la más alejada...
Mientras pago, se levanta un gran alboroto: ¡Una señora acaba de ganar 50.ooo pesetas que le entrega la gallina encrestada! Y le hacen la foto de rigor...
Esto que cuento es rigurosamente cierto... He conseguido el cartel que publicaron algunos medios de prensa con motivo de estos premios. Yo podría haber sido uno de ellos.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Homo sum (4) "Tener un cuerpo yogur"

Homo sum; humani nihil a me alienum puto."
"Hombre soy; nada humano me es ajeno."
Publio Terencio Africano (194 a.C. - 159 a.C.).

Humano soy. Como tal me equivoco. Mis equivocaciones son una parte imprescindible de mi equipaje en esta vida. No las escondo. No me avergüenzan. Sonrío al compartirlas. Son inocentes. Ingenuas.

Tener un cuerpo yogur

PRESENTACIÓN
Alcorcón. Septiembre de 1983. Comedor del colegio Santo Domingo.

Los profesores están terminando el segundo plato. El secretario del colegio (también administrador del comedor) pasa preguntándonos uno a uno si vamos a querer yogures. Un poco sorprendido por la necesidad de explicar mi preferencia por uno u otro postre le digo que sí. -"Te apunto, entonces" Me confirma. - "Vale" Le digo. Era una pregunta extraña pues ese día precisamente no tomamos yogur en los postres...
Una semana después el secretario nos avisa de que los que queríamos yogures pasemos a recogerlos a la cocina... (Yo pensaba para mí: sí que es raro que tengamos que ir uno a uno a por el yogur... pero... "Donde fueres haz lo que vieres" decía mi madre...).

NUDO

Me presento en la cocina y el administrador me indica un montón de cajas en un rincón:
-"Esos son los tuyos".
Le miro sorprendido: -"¿Que todos esos yogures son para mí?
- "Te los tienes que llevar. Ya tengo pedido todo el lote del trimestre." - El administrador insiste fríamente: "Están pagados".
Agobiado, arrastré hasta mi viejo sinca 1000 las cajas con 300 yogures. La parte equivalente al primer mes. Aún tenía comprometids otros 600 más hasta el final del trimestre.

Yo era un maestro joven. Soltero. Vivía sólo en una casa baja cercana al colegio. Aquel mes comí yogures desayuno, comida y cena. Hice cálculos: me tocaban 10 al día. Al cabo de una semana no podía más. Me convertí en el gran regalador de yogures. Regalaba yogures a los padres de mi novia, viajaban a Burgos hasta el hogar de mi familia, me ponía incluso pesado ofreciéndolos a los vecinos...
DESENLACE
Con la entrega del segundo lote ya debía tener un cuerpo danone 100%. No veía manera de comerme otra yogurtada. Había pensado incluso en regalarlos al comedor. Me salvó del apuro un maestro con familia numerosa al que no le importó quedarse con los dos pedidos.
¿Y todo esto porqué?
En aquellos tiempos la genstión del comedor estaba a cargo de algún miembro del equipo directivo. Este contrataba cocineros, cuidadores, etc... También hacía los pedidos. Resulta que las colectividades tienen precios especiales muy ventajosos, sobre todo en productos perecederos. Así los yogures salían a una tercera parte de su precio en tienda. Aquello era aprovechado para hacer un favor al profesorado. A principio del trimeste se anotaban los interesados y se hacían los pedidos.
Pero... ¿Por qué se da por hecho que un recién llegado ha de saberlo?

viernes, 4 de noviembre de 2011

Homo sum (3) "Un maestro durmiendo en un banco del parque"

Homo sum; humani nihil a me alienum puto."
"Hombre soy; nada humano me es ajeno."
Publio Terencio Africano (194 a.C. - 159 a.C.).

Humano soy. Como tal me equivoco. Mis equivocaciones son una parte imprescindible de mi equipaje en esta vida. No las escondo. No me avergüenzan. Sonrío al compartirlas. Son inocentes. Ingenuas.

Un maestro durmiendo en un banco del parque
Corría el mes de septiembre de 1981. Era mi segundo año como maestro. Había vuelto de vacaciones ante la convocatoria de un acto público para adjudicar las plazas a los profesores provisionales en ese curso. Aquellos actos públicos en el salón de actos de la Dirección General de Educación de la calle Vitrubio eran deprimentes. Cientos de profesores nerviosos se jugaban el destino de un año a una decisión en segundos delante de una mesa llena de funcionarios. Con suerte podrían haber conseguido una lista de plazas vacantes que un amargado conserge repartía a duras penas entre acoso y empujones de maestras talludas, ancianos crispados y jóvenes profesores sorprendidos... Luego con ayuda de un mapa localizabas los desconocidos municipios... Un error, el despiste de las prisas, podría mandarte a la Sierra Norte, o acabar conviviendo un año entero en una cañada real rodeado de chabolas...
Gracias a la Guía Michelín, encontré que Parla era un pueblo no demasiado lejano. Parecía bien comunicado. Acepté una plaza para uno de los nuevos colegios que se inauguraban ante el rápido crecimiento del municipio. Con mi nombramiento en la mano me presenté en el centro y me acompañaron a las aulas. Las clases comenzaban al día siguiente así que era necesario empezar cuanto antes a preparar algunas cosas. Con una sonrisa burlona me ofrecieron escoger entre 10 clases diferentes. A saber; 1º A, 1º B, 1º C, 1º D, 1ºE, 1º F, 1º G, 1º H, 1º I y 1ºJ. ¡Viva la variedad!
A la hora de comer, salimos del centro. Yo, que no conocía Parla, decidí ir a Madrid a ver una película y pasar la tarde. Cené en el Mesón del Jamón de Atocha y, pensando en no acostarme muy tarde, cogí el autobús de vuelta. Llegué a Parla a eso de las 10:30. Me puse a buscar un hostal o una pensión modesta. El crecimiento de Parla era descomunal. En apenas 20 años se había multiplicado por veinticinco. Su población rondaba entonces los 50.000 habitantes. En el centro de la ciudad había un hostal, pero estaba cerrado. Me dispuse a buscar algún otro sitio en las calles menos céntricas. Imposible. No habían ninguno. Pregunté pero no sirvió de nada. Eran las 11:30 y no había encontrado ningún alojamiento. Decidí volverme de nuevo a Madrid y hospedarme en alguna pensión cercana a la estacion para regresar al día siguiente de madrugada. Pero ya no había autobuses. Estaba sólo, con mi bolsa de viaje, atrapado en medio de los 50.000 habitantes de la ciudad sin posibilidad de conseguir una cama. Era una situación irreal. Finalmente asumí que pasaría esa noche al raso en algún parque. Ya tenía experiencia en ese trance. Me acomodé en uno de ellos y, apoyando la cabeza en la bolsa, intenté dar unas cabezadas... Resultaba difícil. Pasaban transeuntes continuamente... A eso de la 1 de al noche se me acercó un pero callejero que se tendió al lado del banco. Compartí con él un par de horas más hasta que la noche empezó a refrescar. Agarré mi bosa y busque un sitio a cubierto, más caliente. Examiné los portales cercanos al parque. Uno de ellos tenía la puerta abierta. Entré y subí al último piso donde la posibilidad de que algún propietario tropezara conmigo era menor. Acurrucado en el rellano todavía pude dar algunas cabezadas. Por la mañana empezaron a escucharse ruidos de puertas y pisadas. Al principio en los pisos de abajo. Finalmente se abrió una puerta del 5º piso donde me encontraba y salió una señora. Me miró un instante mientras yo me hacía el dormido acurrucado en una esquina. Pasó apartándose cuanto pudo y salió sin decir palabra. Era la hora de ponerse en pie y volver al colegio. Si hubiera tenido llave no habría sido mal sitio para dormir: seis mesas juntas harían una buena plataforma para la cama. Llegué al colegio cuando los niños ya estaban apelotonándose en las filas. Tras la excitación del primer día, el encuentro con los compañeros, el nuevo profesor... salí por la puerta del patio. Allí había un grupo de madres. Comentaban asombradas la noticia del momento: "un joven maestro había tenido que dormir en un banco del parque porque no encontró alojamiento en todo el pueblo".

jueves, 3 de noviembre de 2011

Homo sum (2) "El día del maestro"

Homo sum; humani nihil a me alienum puto."
"Hombre soy; nada humano me es ajeno."
Publio Terencio Africano (194 a.C. - 159 a.C.).

Humano soy. Como tal me equivoco. Mis equivocaciones son una parte imprescindible de mi equipaje en esta vida. No las escondo. No me avergüenzan. Sonrío al compartirlas. Son inocentes. Ingenuas.

El día del maestro
Más chasqueado quedé de la siguiente. Yo era logopeda en un colegio de Alcalá. Los logopedas trabajamos con pequeños grupos de alumnos fuera de su aula en muchas ocasiones. Habitualmente llegaba un poco antes para repasar el programa y preparar los materiales. Aquel día llegué 30' antes. Eché un vistazo a la lista de alumnos del día, busqué lotos y fichas, saqué elementos de soplo... Se habían hecho ya las 9:00, hora de entrada. Sin embargo, el colegio seguía en silencio. Era raro pues yo no era el único maestro que llegaba con antelación. Muchas de las profesoras de Educación Infantil acostumbraban a estar al menos 15' antes. Un extraño silencio cubría el pabellón otras veces lleno de voces y gritos de críos en el patio, en las puertas... Me asomé a la ventana. No había ninguna madre en la valla. Tampoco ninguno de esos niños madrugadores que vienen media hora antes al colegio porque sus padres trabajan.... ¡Esto si que es raro! Miré el reloj. Me cercioné de que funcionaba... Me vino a la cabeza una posible explicación: ¡Ya sé! seguro que hoy es el día que cambian la hora y en realidad se entra una hora más tarde... Me tranquilicé y decidí aprovechar el rato que me quedaba programando un poco. Cuando llegó "la hora atrasada" el colegio seguía desierto... Entonces sí que me alarmé. ¿Acaso era sábado o domingo?... Decidí investigar un poco... Me acerqué a la solitaria aula vecina. Resultaba inquietante ver las mesas ordenadas, la pizarra límpia, el sol entrando por las ventanas y el único movimiento del polvo cruzando entre sus rayos... Sobre la mesa de la profesora habían quedado algunos papeles. Eran unas cuartillas con un comunicado a los padres:
"Se informa a los padres de que la festividad del día del Maestro ha sido trasladada al día de mañana, por lo que no habrá clase"

Sorpresa y rubor. Recojo mis cosas. Salgo sigilosamente confiando que no me vea la conserje ni me descubra el perro que tiene en el patio. Abro subrepticiamente la puerta de la valla. Montó disimuladamente en el coche. Vuelvo a mi casa en Guadalajara. Y me meto en la cama a dormir otro rato. En realidad estaba menos enfadado que divertido. Pensándolo bien había ganado un día de fiesta inesperado.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Homo sum (1) "La capital de Suiza"

Homo sum; humani nihil a me alienum puto."
"Hombre soy; nada humano me es ajeno."
Publio Terencio Africano (194 a.C. - 159 a.C.).

Humano soy. Como tal me equivoco. Mis equivocaciones son una parte imprescindible de mi equipaje en esta vida. No las escondo. No me avergüenzan. Sonrío al compartirlas. Son inocentes. Ingenuas. Vaya una por delante:

La capital de Suiza
Es el año 1983. Charo, mis hermanos Javi, Miguel y yo hacemos en el nuevo ford fiesta una travesía por toda Francia: desde los castillos en las riveras del Loira hasta París volviendo por los Alpes para entrar en España por Andorra. Qince días con el coche a tope, comidas calentadas en infiernillo, durmiendo en campings (no siempre se pudo dormir tan cómodos...) y economía de supervivencia. En la frontera con Suiza nos decidimos hace un extra. Ddado el pequeño tamaño del país, nos acercaríamos a su capital. En el viejo mapa la ruta no aparentaba dificultad. Nos internamos en la carretera y sobrepasado el tiempo estimado no llegábamos a Ginebra. Tan sólo grandes carteles nos anunciaban la proximidad de la ciudad de Geneve. Decidimos visitar esta, pues no podíamos demorarnos más. Nos acercamos al extrarradio, pero descartamos visitar el centro. Hicimos algunas compras (chocolate y algún recuerdo) y nos volvimos un poco caricontentos con el desarrollo de la excursión. Cuando, a la vuelta, contamos nuestra errada visita nos miraron sorprendidos: ¡Pero sí que habéis estado en Ginebra: es la misma Geneve!