No dejó de sorprenderme con su agudeza olfativa muchas otras veces y entendí que aquella chica era capaz de oler con precisión mis estados de ánimo y mis emociones. Literalmente violaba mis más profundos pensamientos sin poder yo disimularlos. Me acostumbré a llevar fuertes perfumes a desodorizar compulsivamente mi cuerpo, a usar chicles de menta. Aprendí a hablarle poniéndome contra el viento, a ducharme dos veces al día... pero ella seguía leyendo los mensajes de mis ferormonas con precisión turbadora.
Ella lo sabía y, enamorada de mí, preparó con extrema delicadeza su proposición de matrimonio. Me invitó al mar y, al lado de la playa, me propuso casarme con ella. El olor de la mar, el salitre en aire, enmascararon la inmensa alegría que sentía y que exhalaban todos los poros de mi cuerpo. Su honestidad le privó de percibir el intenso deseo que me embargaba pero yo, desde mi intimidad respetada, le abrí voluntariamente mi corazón.

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