Hasta que una noche en que había dejado las ventanillas del coche abiertas, se coló en su interior y, paseándose por el salpicadero, activó las luces de emergencia. Al arrancarlo al día siguiente el alma motriz del vehículo expiro. Tardé media hora en localizar un vecino y puentear el arranque, tiempo batante para malograr una prometedora entrevista de trabajo. Desde entonce tengo "gato" al animal y lo aplaco de vez en cuando cazando ratoncillos para él.
lunes, 9 de junio de 2014
MIcrorrelato (99 palabras): Gato negro
Hasta que una noche en que había dejado las ventanillas del coche abiertas, se coló en su interior y, paseándose por el salpicadero, activó las luces de emergencia. Al arrancarlo al día siguiente el alma motriz del vehículo expiro. Tardé media hora en localizar un vecino y puentear el arranque, tiempo batante para malograr una prometedora entrevista de trabajo. Desde entonce tengo "gato" al animal y lo aplaco de vez en cuando cazando ratoncillos para él.
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Basado en un hecho real: el gato existe, es de uno de mis vecinos, orina en mis puertas y defeca muy a gusto en mi céscep; aparte de zamparse cuantos pájaros hacen nidos en mis leylandis o pelearse hasta arrancarse mechones sanguinolentos de pelo con otros gatos en mi parcela. Me tomé las libertades de añadir una escopeta de perdigones (es falso, no la tengo; aunque confieso que ha pensado en ella) y alguna otra cosa como la entrevista de trabajo (en realidad solo llegué una hora tarde al trabajo habitual). El resto: lo del pasearse por el salpicadero y activar las luces de emergencia dejándome sin batería es rigurosamente cierto. El final es una pequeña broma referida a las creencias populares sobre la mala suerte que representa este animal a las que "gato negro", "tener gato" hacen referencia. Por algo los gatos eran animal sagrado para los egipcios a los que incluso embalsamaban y eran objeto de ofrendas. Que conste, por otra parte, que me parecen animales preciosos, inteligentes y curiosos (adoro la gente curiosa), cariñosos pero independientes, juguetones (recuerdo haber pasado unos minutos fascinado en Ayuela observando los juegos de jóvenes los gatos de mi vecina cuando pensaban que nadie les veía); aunque no hay que olvidar que destrozan el tejado de la casa de mi madre levantando las tejas y moviéndolas en busca de pájaros o las ponen perdidas de excrementos... En fin todo tiene sus dos caras. En el caso de este relato me parece de una construcción perfecta en cuanto al género: cuenta una historia verosímil, sorprendente, lo hace con muy pocas palabras (van contadas, hoy tocaban 99) y su estructura es muy correcta. Estoy orgulloso de él.
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