miércoles, 18 de junio de 2014

Microrrelato: Ladronzuelo


En aquel Burgos de 1960 mi familia vivía en una mínima buhardilla; tan pequeña que "salir a la calle" era nuestra vía de escape natural. Con nuestros siete años nuevos realizábamos numerosas correrías  por esa zona de la ciudad, próxima a las afueras. Burgos era entonces una ciudad mucho más pequeña donde pronto se alcanzaba el campo abierto. En los límites las huertas se entremezclaban con las últimas casas. Huertas de paredes bajas y altas. Las paredes altas escondían los mejores frutales con la fruta más sabrosa.
Allí aparecimos una tarde, rayando el anochecer. Ayudándonos unos a otros subimos los elevados muros y pasamos, llenos de temor y excitación, a nuestro particular Edén, un prohibido huerto de frutales.  Después nos afanábamos en la trepa a  por la fruta deseada.  Todo resultaba emocionante y divertido hasta que, por sorpresa,  una voz amenazante sonó muy cerca, a nuestras espaldas. Iniciamos al instante una veloz carrera entre pálpitos y sombras. En mi huida yo me encontré de repente ante la tapia pétrea, larga, altísima... me detuve un momento. Entonces sentí un disparo que me impactó: perdigones de sal se incrustaron en mis nalgas y espalda. Percibí un redoblado disparo de adrenalina en mi torrente sanguíneo. Sin darme cuenta remonté el alto parapeto y caí al otro lado. Cada cual había subido sin ayuda y saltado en un santiamén... Nos deperdigamos corriendo por el campo. A lo lejos se escuchaban aún feroces amenazas...

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