Allí aparecimos una tarde, rayando el anochecer. Ayudándonos unos a otros subimos los elevados muros y pasamos, llenos de temor y excitación, a nuestro particular Edén, un prohibido huerto de frutales. Después nos afanábamos en la trepa a por la fruta deseada. Todo resultaba emocionante y divertido hasta que, por sorpresa, una voz amenazante sonó muy cerca, a nuestras espaldas. Iniciamos al instante una veloz carrera entre pálpitos y sombras. En mi huida yo me encontré de repente ante la tapia pétrea, larga, altísima... me detuve un momento. Entonces sentí un disparo que me impactó: perdigones de sal se incrustaron en mis nalgas y espalda. Percibí un redoblado disparo de adrenalina en mi torrente sanguíneo. Sin darme cuenta remonté el alto parapeto y caí al otro lado. Cada cual había subido sin ayuda y saltado en un santiamén... Nos deperdigamos corriendo por el campo. A lo lejos se escuchaban aún feroces amenazas...
miércoles, 18 de junio de 2014
Microrrelato: Ladronzuelo
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