sábado, 28 de noviembre de 2015

Fascinantes historias de la ciencia 12: El balón naranja

El 8 de marzo de 2014, 40 minutos después del despegue en Kuala Lumpur, un Boeing 777-200 con 227 pasajeros y una tripulación de 12 personas perdió contacto con los controladores a las 6:30 AM. En ese instante el avión realizó un giro inesperado de 90º, cambió de altitud y su traspondedor dejó de funcionar dejando a los controladores sin señales de su posición. El aparato desapareció misteriosamente. Algunas señales difusas recibidas por el satélite Inmarsat horas después le sitúan dentro de una amplia zona en el Índico. La búsqueda se ha mantenido desde entonces y, a fecha de hoy, aún no se conoce con seguridad el lugar del siniestro. Las balizas de radiofrecuencia de las cajas negras dejaron de funcionar hace meses.

Hace algunos días se publicó la noticia de la recompensa a Ben, un niño de ocho años, por idear una imaginativa solución para encontrar aviones desaparecidos. Comenzó a pensar en su idea tras contemplar, en un programa de televisión, el relato de la misteriosa desaparición del vuelo NH370 de Malysia Airlines y su infructuosa búsqueda. El niño escribió entonces a Richard Anderson, director ejecutivo de la compañía aérea de Estados Unidos Delta Airlines, explicándole su idea. Esta consistía en dotar a los aviones de un sistema de globos anaranjados de neón que se elevaran a la superficie cuando el avión se estrellara en el mar. "El globo no sería lo suficientemente ligero como para flotar en el aire y tendría goma reforzada para soportar mucha presión», -explicaba Ben en la carta-. Asimismo, "el sistema tendría un transmisor de radio frecuencia para poder localizarlo". Adjuntaba en la carta un dibujo en el que explicaba el sistema.

La compañía se ha tomado con interés la idea y le ha respondido agradeciéndole su aportación y recompensándole con un montón de juguetes El departamento correspondiente de la aerolínea ya está estudiando su propuesta.

El ponerse a pensar para solucionar un problema no es una actividad exclusiva de los ingenieros y científicos. Infinidad de personas "vulgares" han dado con soluciones imaginativas a grandes problemas técnicos o científicos. Cito como ejemplo invenciones tan "prácticas" como el genial botijo, económicos pañales más eficientes, el ergonómico palo del chupa-chús, la eficiente fregona... El pequeño Ben, inquieto por la tragedia de un avión perdido, puso en marcha su pequeño gran cerebro y diseñó una solución factible y barata. Operó con los elementos de que disponía en su mundo infantil: balones de goma, las boyas de las playas que visitó, transistores de RF... y aplicando sencillas leyes físicas (flotabilidad) ideó una solución.

Todos llevamos dentro un inventor. Yo mismo, ante el agobio de las dificultades respiratorias provocadas por mi desviación de tabique y mi estrechez en las fosas nasales, ideé un sencillo procedimiento que me proporcionaba alivio inmediato echando mano de lo que llevaba encima: introducir mi anillo de bodas en una de las fosas y, una vez acoplado, girarlo 90 grados dentro de la nariz... el alivio que se siente al ensanchar la fosa nasal es extraordinario y la simplicidad sorprendente (me río de las tiras deportivas para ensanchar la nariz que venden en farmacias y en Decatlón).

El secreto de un inventor, ante un problema, es sencillo: pensar, imaginar, experimentar mentalmente, dibujar, probar... darle vueltas hasta hallar una solución. Y así avanza el mundo.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Cuatro décadas.


Hacen cuarenta años que murió Francisco Franco, el dictador. Diecisiete años antes del óbito, a mi primeras luces, aún era el Generalísimo y treinta años atrás, cuando mi madre niña, había sido "El Caudillo". Tiempo después gobernó como Jefe del Estado hasta el mismo día 20 de noviembre de 1975 en que, con ojos lacrimosos y voz compungida, un tristísimo Arias Navarro nos comunicó por TV: "Españoles... Franco ha muerto".

A partir de entonces muchas palomas han dejado sus excrementos sobre su estatua en los jardines. Aquellos bustos, ya todos ausentes de nuestras calles, se cubrieron con el polvo de los años. Algún chiquillo que jugaba en los parques acaso miró alguna vez ese rostro extraño y serio sin adivinar quién pudo ser  aquel señor calvo con cara de garbanzo y nariz gruesa que miraba a la lejanía. Su figura ha ido perdiendo lustre hasta enterrarse también en el polvo. Dictador, tirano, fascista... Cuarenta años dan para muchos entierros y sus correspondientes epitafios. Los libros de historia fueron corregidos. El Azor, su emblemático yate, fue deconstruído. El Pazo de Meirás fue obligado a abrir sus puertas al populacho. El Valle de los Caídos, se postula para monumento alternativo o para su demolición... Han pasado cuarenta años, cuatro largas décadas de cambios.

En este tiempo el país, entre briscas y tutes, ha cantado (cara al sol o a la sombra, según el caso) muchas veces "las cuarenta":
"Cuarenta en oros" y se ha enriquecido como pocos. Y aunque la crisis ha obligado a parar y recuperarse la economía de la nación es motivo de envidia entre sus pares.
"Cuarenta en copas" y la alegría de vivir y de disfrutar durante estos años ha producido fenómenos de resonancia internacional como la conocida Movida madrileña.
"Cuarenta en bastos", que también ha habido represión y la porra continuó en el cinto de grises, azules y verdes.
"Cuarenta en espadas", que es su moderna versión de metralletas y pistolas han teñido de sangre las calles aterrorizando inocentes y castigando inculpados con la justicia de la propia mano.

¡Cuarenta años, toda una vida! Tan difícil de entender para las vidas nuevas. Dos veces cuarenta: Ochenta y más, como la larga edad de mis padres. Vidas que ya casi nadie recuerda. Vidas que ya a nadie importan. Pero vidas irrepetibles.

Ocho lustros. Cuatro décadas. Cuarenta años. 495 lunas. El tiempo se releva en ciclos interminables. No sé si estamos ahora muy lejos del dictador o llegamos ya a la nueva, siguiente, dictadura.

viernes, 20 de noviembre de 2015

A la lejana distancia de 55 dB


"La ceguera te aparta de las cosas, pero la sordera te aparta de las personas."
Hellen Keller

No me creerás cuando te diga que ser sordo es más frustrante para la vida social normalizada que la ceguera. No admitirás nunca que no oír te impedirá comunicar con la mayoría de tus semejantes en la vida corriente. No entenderás las preguntas repetidas, las respuestas sin venir a cuento, los diálogos de sordos... Sí, la sordera es la discapacidad invisible. Si la padeces lo sabes bien. Todo el mundo pensará, al verte, que eres una persona con todas sus capacidades: interpretará tus silencios como profundas reflexiones, traducirá tus gestos de atención como auténtico interés por sus palabras, pensará de tus distanciamientos que estás afectado por una profunda melancolía, interpretará misantropía de tu comportamiento... Le tendrás por engreído y antipático al no reír tus chistes,  estimarás que es apatía su mirada distraída, juzgarás por demencia sus ojos extraviados, considerarás lunática su actitud abstraída, por enfermedad su cansancio en la conversación, su falta de respuestas... Su quietud te hará creerle muermo, serio, apático, triste...  

Tan sólo cuando, por la edad, empieces a sufrir tú mismo los devastadores efectos de la audición disminuida; únicamente  cuando algún familiar cercano te acerque a sus síntomas, exclusivamente cuando algún profundo catarro tapone tus oídos hasta escuchar los sonidos del mundo desde el fondo de un túnel... empezarás a comprender su situación y tendrán explicación para ti  los comportamientos antisociales que observaste en las personas sordas.

Entonces se hará la luz. Encajarán las  piezas, se explicarán los comportamientos inexplicables. Ese día entenderás, por ejemplo, porqué la profesora de C. Naturales alababa al chico de primera fila, siempre tan atento a sus palabras, y sin embargo, tan desastroso en sus exámenes... Comprenderás, al fin, el comportamiento de aquella alumna sorda que, desengañada, decidía no comunicar al conferenciante de turno su situación y pedirle habla lenta y clara, postura frontal:  Total, a los cinco minutos, ya lo habían olvidado todos...  Comprenderás el insoportable aburrimiento de la protagonista sorda de aquella hermosa película (Hijos de un Dios Menor), en medio de una fiesta de normoyentes... Imaginarás por fin la devastadora soledad de los sordos ante el audioprotesista intentando sacar el máximo partido a la pequeña fortuna que cuestan sus aparatos y desesperado ante los magros resultados...

Mientras tanto escucharás, cansino, los consejos de tus compañeros y amigos:
- "Pegunta las cosas", - "¡Para lo que hay que oír...!", - "Si no te enteras no pasa nada... tu sonríe..."
Porque ellos no saben, o no pueden imaginar, que las preguntas serían continuas y terminarías por convertirte en el aguafiestas de la reunión; porque no tienes siquiera la posibilidad de decidir si quieres oír o no "eso que no merece la pena oír";  porque no estás dispuesto a poner cara de idiota todo el tiempo...

Esta semana he estado visitando diversos gabinetes audioprotésicos para cambiar mis viejos audífonos (los pobres llevan ya trece años, cuando su vida media útil son cinco). Aparte de los precios de infarto de estas minúsculas cadenas de sonido, auténticos miniordenadores portátiles en la oreja; mi confusión como paciente es total. Pese a ser logopeda, pese a informarme periódicamente sobre los avances en la audición, estoy confuso: decenas de primeras marcas, de segundas, de terceras... marcas conocidas, marcas blancas... chips comunes en marcas diferentes... tecnologías clásicas, fiables, punteras, innovadoras... precios de gama alta, media,  baja... ¡Una verdadera selva! Ni siquiera internet te ofrece comparativas.

Confundido escucho a cada uno de los técnicos (van más de media docena) asegurar que los aparatos por él recomendados son los óptimos; indignado me entero de que las distintas gamas (alta, media y baja) utilizan los mismos chips pero programadas para amputar funcionalidades en las de precios más módicos; perplejo descubro que los precios por los mismos aparatos pueden llegar a una diferencia de 1000 euros y que los descuentos se aplican, muchas veces, con criterios irracionales; desalentado compruebo que no tengo ayuda oficial alguna para una prótesis esencial para mi vida profesional y personal...

Necesito unos audífonos y los compraré. No solucionaré mi problema, pero quizás lo atenúe. No apagará mis omnipresentes acúfenos, pero los compraré. Pagaré varios sueldos completos  por ellos. Elegiré una gama alta por necesidades de mi trabajo, por respeto a mis alumnos a  los que debo oír. Gestionaré una magra ayuda por prótesis en MUFACE, mi mutualidad y quizá me den un mínimo porcentaje de su coste. Buscaré la tecnología puntera para que elimine los ruidos de fondo sabiendo que no resolverá mucho del problema, pero que he de intentarlo todo; será algo así como el Ferrari de los audífononos... Y todo será por vosotros, gente, por las personas con las que necesito comunicarme... porque lo que es yo, lo que mi cuerpo con orejas realmente pide, es apartarme en el silencio y descansar. Oír me cuesta mucho. ¡Creedme!

miércoles, 18 de noviembre de 2015

El terrorista

Hace muchos años escribí este poema y estos días lo han traído a mi memoria. Tan actual como hace veinte años, hay cosas que no cambian.


El terrorista

Has salido a matar y vuelves tarde 
ocultando en la maleta la máquina asesina. 
El calor de la tarde está húmedo de sangre; 
muchos cadáveres expiran a tus espaldas, 
son tu cosecha de segador de vidas. 
 Tu corazón no se espanta del suceso. 
Riega tu cuerpo la emoción del miedo. 
Bailan tus ojos al ritmo de los estampidos 
como viendo una lenta escena de película: 
muertos que caen hacia el asfalto en rojo. 
 Huyes, la policía te persigue; 
pero hay refugios impermeables 
a las tormentas de sangre.

Gotas de sangre resbalan 
por las hojas de los periódicos, 
un animal feroz, extrañamente humano, 
las sorbe poco a poco, las saborea.
Jesús Marcial Grande Gutiérrez

martes, 10 de noviembre de 2015

Imbécil



Martes, 10 de noviembre de 2015. 19:48 horas.

Me dispongo en estos momentos a coger el tomo número 12 de la GEL (Gran Enciclopedia Laouse), una excelente enciclopedia que dormita desde hace años arrinconada en el estante superior de la librería de mi estudio, justo a mi derecha. Lo abriré por el medio, en una página al azar, y sobre la primera palabra que encuentre escribiré una entrada...

Y la palabra es.... "imbécil" (pág. 5682, mediado el tomo, casi encabezando la primera de las tres columnas, tras las dos últimas líneas de la definición de "Imbauba" y bajo una bucólica foto de "Imerina", que es,  por lo visto, una zona de arrozales en las cercanías de Ambatolampy, en Madagascar). Al leer la palabra que me cayó en suerte no puedo contener una carcajada tan sonora que Charo, que subía por la escalera en ese momento, se asoma a la puerta sorprendida para preguntar qué me pasa. Yo le cuento excitado:- Pues mira, me  había propuesto un reto. Buscaba una palabra al azar para escribir una entrada sobre ella e "Imbécil" apareció por casualidad al separar con mis pulgares la mitad del bloque de páginas del volumen 12, el central de la enciclopedia. ¡Juro por Dios que no hice trampa!
La verdad es que había sentido cierta inquietud ante esa lotería semántica: ¿Y si me toca una palabra rara de significado extraño y de la  no tuviera conocimiento alguno?... Pero de "imbécil" tengo referencias sobradas: podría escribir un tomo entero basándome en mis propias experiencias... y en las ajenas,  porque todos tenemos algo de imbéciles, que en román paladino es lo mismo que "gilipollas".

Leamos...

IMBÉCIL. adj. y n. m. y f. (lat. imbecillem, débil en grado sumo). 1. Desp. Dícese de la persona poco inteligente: Si eres tan imbécil que te dejas explotar por tu madre no cuentes con el cariño de tu tío (Blasco Ibáñez.) 2. Desp. Dícese de la persona que molesta por lo que hace o dice: Muchos imbéciles me piropearon al pasar (Jardier Poncela).
- Psiquiatr. Afecto de imbecilidad (déficit intelectual profundo).
- adj. P. us. Flaco, débil.  

Si necesitara un largo discurso, y para salir del paso, podría divagar largamente escribiendo sobre los distintos elementos de la definición: hablaría de los diccionarios en general  y luego de los enciclopédicos en particular, de su sistemática ordenación alfabética, de la centrada posición de la "i" entre las letras del abecedario, de la categoría de los adjetivos, de su grado superlativo (el grado sumo), de las diversas acepciones, de las abreviaturas utilizadas en la definición: adjetivo (ad), nombre (n), masculino (m), femenino (f), despectivo (Desp.), psiquiatría (Psiquiatr) y "poco usado" (P. us); del ejemplo de uso en bastardilla extraído de la obra del escritor valenciano Blasco Ibáñez con esa frase que previene contra el chantaje materno (material para un libro entero); del ejemplo a pie de calle de Jardier Poncela que nos hace visualizar escenas por todos contempladas; de su empleo en psiquiatría para etiquetar a personas  poseedoras de un CI muy bajo (probablemente sustituido hoy por algún eufemismo); de su empleo como adjetivo de escaso uso para calificar algo flojo y, si me apuran, de las reglas ortográficas "m antes de b" o la tilde en las llanas... Pero lo que realmente me apetece, lo que me hace teclear ahora con una sonrisa en los labios, es hablar de imbécil como el adjetivo que todos utilizamos cuando nos encontramos con el estúpido de turno, con el gilipollas de cada ocasión... (y a veces ese turno nos toca a nosotros). ¿Quién no ha exclamado alguna vez ante una pifia: "¡Soy un imbécil!"  o ¡Mira que soy gilipollas!...?

(Querido lector, es el momento de un descanso musical con una canción de ambiente para este erudito discurso... activa los altavoces y escucha la canción del vídeo, el poema a un auténtico gilipollas.)


¡Y yo con mi artículo como un gilipo-o-o-o-llas, madre...!

Pero no solo eso... ¡es que también te lo llaman a menudo los demás!. Recuerdo que la última vez que alguien lo hizo (y yo me diera cuenta);  fue mi suegra, en modo coloquial, en una comida familiar. Entonces escribí una entrada en el blog al respecto (luego lo negó todo, pero "Santa Rita, Rita, Rita... lo que se escribe resucita")

Sin embargo vamos a dejar este popular sinónimo (palabra cuyo significado tiene un origen curioso del que podéis informaros rastreando la red en busca de sus diferentes interpretaciones) y nos centraremos en el término literal: "Imbécil", usado para describir a alguien poco inteligente. Esto vale para todos. Podríamos extendernos aquí sobre el concepto de "inteligencia" y su significado: ¿Qué es esa inteligencia negada al imbécil? Muchos psicólogos la reducen estrictamente a  "lo que miden los test de inteligencia", es decir la capacidad de responder a unas cuestiones específicas; otros se fijan en las muchas facetas del término, así se refieren a inteligencia emocional, social, espacial, verbal, práctica, numérica... serían tantas y tan diversas que raro será aquel que supere todas holgadamente: podemos ser un genio de la informática y, a la vez, un auténtico zopenco en nuestras relaciones con los demás (imbécil social) o ser ingeniero titulado pero no tener ninguna capacidad para afrontar los problemas del día a día (imbécil práctico). Sería posible también estudiar ese adjetivo en su acepción de insulto, con su doble carga peyorativa: "tonto y molesto"; y en ese sentido se emplea en la mayoría de las ocasiones. A veces moderando su agresividad debido a los lazos familiares o de amistad del insultado: es el  "No somo novios, imbécil" que dice la hermana mayor al pequeño demasiado perspicaz; otras resulta terriblemente agresivo y desvalorizante: "Es usted un imbécil" del jefe a su subordinado, o el irritado "Déjame en paz, Imbécil" de la chica al pesado de turno. El término también se constituye en una de las armas arrojadizas de los compañeros abusadores en el instituto o uno de los martillazos de algunos maestros en la autoestima de los alumnos...
Sería largo comentar la extensa colección de sinónimos de esta palabra (lista amplia y variada debido a su elevado uso). Imbécil puede ser sustituido eficientemente por estúpido, lelo, bobo, idiota, memo, tonto, patoso, ridículo, engreído, presuntuoso, cargante, deficiente, estúpido, cretino, simple, inculto, ignorante, cateto, estulto, estúpido, tonto, subnormal, torpe, zopenco, mentecato, majadero, engreído, presuntuoso, petulante, fantasma, gaznápiro, necio, pelele, gilí, sandio...

Para finalizar dejaré aquí constancia de la inquietante sensación que me invade a estas altura del artículo: se trata de la incómoda sensación de ser un tanto "imbécil" por escribir a estas horas de la tarde un artículo que nadie me pide, sin pretexto alguno; sólo alimentado por el puro placer de jugar con la escritura, por entrenar la redacción bajo condiciones imprevistas:  ¿Seré imbécil...?

lunes, 9 de noviembre de 2015

Bla, bla, bla...


Uno de lo  peores ratos de mi vida lo pasé tras un atril, ante un auditorio de medio centenar de compañeros de 14 años, en Arévalo, y en presencia de nuestro profesor de lengua. Estudiábamos la oratoria y debía realizar un discurso de unos minutos sobre un tema que debíamos preparar con antelación y llevar algunas notas (o el discurso completo) como hizo la mayoría. En un alarde de autenticidad (la oratoria debería ser algo improvisado, ¿no?) y de suficiencia me propuse y así lo declaré ante mi público que mi oratoria consistiría en comentar un texto encontrado al azar en un libro elegido aleatoriamente de la pequeña biblioteca que había en una de las paredes. Así que teatralmente me dirigí a los abarrotados estantes y, casi sin mirar, extraje un pequeño ejemplar. Luego volví a mi atril y delante de todos lo abrí por la mitad, después leí un párrafo. Entonces me di cuenta horrorizado de que se trataba de un texto religioso sobre la Virgen María y el dogma de la Inmaculada Concepción.
A lo hecho, pecho; me dije. Y empecé una disertación sin pies ni cabeza poniendo en práctica todas mis habilidades perifrásticas, apelé a nociones metalingüísticas (analicé sintácticamente alguna de la frases del texto), incluso expliqué algunos términos (los que pude) y establecí relaciones semánticas (busque sinónimos, hablé de categorías gramaticales...), resumí el texto, busqué formulaciones alternativas... en fin; produje todos los artefactos posibles para que transcurriera el tiempo suficiente como para que el ridículo diera paso rápidamente al pasmo y, éste se viera finalmente aliviado por el asombro.

Así llené un discurso vacío con todo tipo de truculencias. Pero a lo largo de la vida he realizado otras apuestas arriesgadas y, al final casi siempre, he salido de apuros. No me prodigo en los retos pero sí me he propuesto algunos parecidos.

Durante mis años de opositor escribía poesía. Una de las fórmulas, inspirada por el método psicoanalítico de las asociaciones libres, consistía en buscar en diccionario una palabra al azar y escribir un poema sobre el término. Así elaboré un pequeño "diccionario semántico" con algunas soluciones realmente originales a aquel despropósito. Resultó útil como entrenamiento literario y me hizo pensar que, como cita L. E. Aute en una de sus entrevistas, se puede hacer un poema maravilloso incluso con las páginas amarilla de la guía telefónica.

En otras ocasiones, durante alguna de las sesiones de logopedia, apabullé (literalmente) a alguno de mis parlanchines alumnos con un discurso larguísimo e ininterrumpido para demostrarle que hablar sin parar durante horas podemos hacerlo todos incluso con un discurso coherente y dotado de contenido. Todo era cuestión de ponerse en el papel de un locutor de radio y largar, y largar... El bla, bla, bla... aún correcto, termina por hacerse realmente odioso. A veces me veo tentado a este "filibusterismo" pedagógico para evitar diálogos en los que, por mi hipoacusia, no puedo participar adecuadamente.

En la entrada de hoy me someto de nuevo a este experimento. En este momento me dirijo a mi enciclopedia Larousse de 24 tomos. Tomaré un volumen centrado, por ejemplo el 12, y lo abriré por la mitad. La  primera palabra que aparezca será el tema de mi nueva entrada. Espero no aburrir.

viernes, 6 de noviembre de 2015

La ciudad sin Dios



Ayer, en un arrebato de curiosidad y de nostalgia, lancé una búsqueda por internet. Desde el buscador Google tecleé "La ciudad sin Dios" y aparecieron en la pantalla  8.210 resultados en 0,43 segundos. Estos resultados sorprenderían a cualquiera hace una década, pero hoy en día (y mucho tiene que ver el álgebra de Boole de la que hablábamos en la entrada anterior) los ordenadores aplican la lógica booleana a velocidades impresionantes. Cierto es que más del 80% de ellos se referían a la obra "El inobediente o la ciudad sin Dios" de Lope de Vega, y un 15 % proceden de expresiones recogidas de textos y/o declaraciones de personaje varios; pero el 5% restante despertó mi interés y me empujó a  rescatar del olvido y completarla
la información sobre la única obra de teatro completa en la que he participado en mi vida en uno de los personajes principales.

Hacía tiempo que quería hincar el diente al texto de este drama del periodista y autor dramático Joaquín Calvo Sotelo. Este escritor publicó la mayor parte de su obra en el periodo que va desde la Guerra Civil hasta pocos años antes de su muerte en 1993. De su producción destaco su buen hacer como articulista en lo periodístico y su trabajo como dramaturgo en el que despliega un fino sentido del humor, siendo un magnífico dibujante de caracteres y dominando perfectamente la técnica teatral. Sin embargo, se le achaca una cierta tendencia al sermoneo y un lenguaje y una sintaxis demasiado literarias y algo rebuscadas para resultar naturales. Es esencialmente un moralista que sabe plasmar en su teatro la hipocresía moral, el materialismo y las miserias de la mediocre sociedad burguesa surgida tras el franquismo. Su ideología es conservadora y profundamente cristiana. En el caso de "La ciudad sin Dios", el argumento contiene un duro alegato en torno a la necesidad de la religión aderezado con algunas críticas anticomunistas. O sea, miel sobre hojuelas para  los hermanos maristas que nos educaban en esos principios esperando que fuéramos "alter ego" de sus propias personas: moralistas, conservadoras y cristianas; al menos eso mostraban las apariencias.

La obra se había estrenado en 1957, justo el año de mi nacimiento, y las hemerotecas nos permiten leer hoy las críticas de su estreno. Igualmente desde Wikipedia se nos facilita la descargar del libreto en pdf. En otro enlace, desde la web del Centro de Documentación Teatral, ponen a nuestra disposición diez fotos de la representación en el Teatro María Guerrero de Madrid. No pude resistirme a comparar mis viejas fotografías de aquellos años con las más viejas aún de los actores profesionales durante su estreno. Por un momento analicé parecidos y diferencias y sí, me reconozco en aquellas poses. La alquimia de las sales de plata ofrece denominadores comunes en las sombras de las imágenes.







Tenía yo quince años, cuando me propusieron para uno de los papeles. Mediada la década de los 70 me encontraba en Tui, formándome como junior que aspiraba ser hermano marista. Teníamos un proyecto educativo con cierto grado de autogestión y un montón de actividades. Aparte de las sesiones de teatro leído (que me gustaban mucho) realizábamos frecuentemente obrillas no muy largas, de unos 15 minutos; pero "La ciudad sin Dios" se trataba de una obra "seria" que se habían estrenado unos 15 años antes y perduraba seguramente en el recuerdo de algún hermano que la presenció entonces y decidió organizar su representación con tan jóvenes actores.

Participar en una obra "profesional" suponía un subidón para la autoestima y más aún si te adjudicaban el papel de "El comisario" (un comisario de propaganda de un país comunista que pretende acabar con los sentimientos religiosos de la ciudad de Welskoye). Iba a ser "el malo", pero resultaba estimulante meterse en aquel papel tan subversivo y provocador. Me apliqué con interés en los ensayos y sufrí lo indecible para aprender de memoria los largos párrafos de texto que debía recitar. Mi memoria verbal, ineficaz y perezosa, me obligaba a imponerme ensayar durante largas horas con el librillo en las manos paseando por los alrededores ajardinados del Juniorado. Me recuerdo recitando largas parrafadas  y consultando cada poco el libreto desesperando de llegar a aprender mi papel antes del estreno. En los ensayos miraba suplicante al apuntador ante los frecuentes bloqueos y lloraba por dentro de rabia e impotencia cuando observaba la facilidad con que otros recordaban el texto de su personaje. Tras incontables ensayos terminé por aprender mi papel justo a tiempo para la representación. Los que han pasado por una situación así saben que, al final, las cosas salen mucho mejor de lo esperado y una ciega mecánica te impulsa a hacer lo correcto; los largos ensayos buscan eso, automatizar la mayor parte posible de los actos para poder dejarte llevar en el momento de la verdad. 

Creo recordar que la función salió bastante bien. Me imagino a mí mismo algo rígido sobre el escenario; pero eso se disimulaba bastante bien por el frío carácter de mi personaje: un oscuro comisario político de un estado comunista. Representamos la obra varias veces, incluso en el salón de actos de una residencia de chicas (algunas alumnas de allí participaban en los papeles femeninos). Hubiera sido un buen momento para romper el hielo con aquellas adolescentes, fascinantes y maravillosas, pero en mi estupidez me quedaba entre bastidores en vez de salir al tablado, cuando en los descansos de los ensayos, nos relajábamos todos se relajaban un poco (menos yo, claro está). Suspiraba al llegar el final de cada representación y comprobaba aliviado que no me había equivocado significativamente y había cumplido "mi papel" con dignidad. 

Nunca más he realizado una obra así. Pasados los años considero muy meritorio mi esfuerzo y participación en ella. Tanto me hizo sufrir el aprendizaje del maldito papel que he intentado muchas veces encontrar el texto. He fisgado en librerías de viejo, he buscado en bibliotecas,  he consultado en internet... Nunca encontré el libreto. Pero ayer precisamente encontré su texto en pdf y lo descargué. Leí de nuevo aquellas líneas: con su lectura revivía la trama, pero no lograba recordar ni una sola frase de aquellas largas parrafadas: el texto era nuevo para mí, como si un vendaval hubiera arrancado las hojas del árbol de la memoria. Sentí un poco de pena: me había esforzado tanto entonces...

lunes, 2 de noviembre de 2015

Fascinantes historias de la ciencia - 11: "El álgebra de Boole"


Hubo un tiempo, allá en la lejana EGB de ocho cursos, en que los alumnos abrían el libro de matemáticas el primer día de clase y encontraban sorprendidos unos extraños diagramas y largas series de letras mayúsculas adornadas con rayitas, ceros, asteriscos y cruces. Aquellos mensajes secretos extrañamente codificados no se parecían en nada a las matemáticas tradicionales que estudiábamos en los cursos anteriores donde nos habíamos aplicado con intensidad en el dominio de las cuatro reglas y en iniciar los farragosos algoritmos de raíces cuadradas, cúbicas incluso, y otros algoritmos de cálculo donde reinaba indiscutiblemente la numeración arábiga. Nuestros padres ponían cara de circunstancias al comprobar que no entendían nada de aquel galimatías alfabético y desesperaban de no  poder ayudar en los deberes a sus retoños. Nosotros tomábamos apuntes esforzándonos por distinguir los cuadernos de lengua y matemáticas pues ahora todo eran letras, aunque los de matemáticas parecían tener una sintaxis mucho más abigarrada.


Allí nos enfrentábamos a nuevos conceptos como: intersección (and), unión (or), complementario, negación (not), doble negación... todo aquello resultaba muy abstracto para nuestras mentes infantiles e irritante para nuestros progenitores; enseguida surgía la pregunta: - Pero esto, ¿para qué sirve?...

Al cabo de unos años, el Álgebra de Boole, que había entrado triunfante en la escuela se fue replegando poco a poco refugiándose finalmente en unas cuantas especialidades. 

- ¡Menuda tontería y vaya pérdida de tiempo! sentenciaron nuestros padres mientras nosotros respirábamos aliviados de haber podido librarnos de aquella endemoniada lógica moderna. Parecía, pues, que nos habíamos librado de otra "ocurrencia" más de tantas como nos imponen a lo largo de la historia educativa española.

Sin embargo, con el transcurso de los años, aquella lógica booleana reflotaba inevitablemente desde la profundidad del olvido. Su uso acababa haciéndose necesario. Me la encontré poco después, en el bachillerato, en el estudio lógico de los silogismos y la empleamos para refutar los sofismas comunes estudiados en las clases de filosofía; tuve que usarla en la biblioteca para acotar los campos de búsqueda de los ejemplares que necesitaba; hube de emplear sus formulaciones por millares al escribir mis sencillos programas rn BASIC o LOGO; necesité aprender a usar sus operadores al iniciarme en las bases de datos y las hojas de cálculo... y hoy mismo, en el 200 aniversario del nacimiento de su inventor, el todopoderosos y misterioso Google nos hace partícipes de su secreto al revelar que la matemática booleana está en la base de todos sus algorítmos de búsqueda: operadores como OR, AND y NOT son la clave para seleccionara y comparar los caracteres alfanuméricos en sus operaciones de búsqueda y selección.

Así que hoy rendimos homenaje a George Boole, famoso matemático nacido el 2 de noviembre del 1815 en Lincoln, Inglaterra. Sus padres supieron inspirarle el amor a las matemáticas llegando a mostrar facilidad asombrosa para los números y los idiomas. Adelantándose en muchos años a su tiempo creó el álgebra booleana, una especie de álgebra de la lógica que está en la base de los procesos computacionales de los ordenadores. 
Boole diseñó un álgebra especial de tipo binario en el que solo existen 1 y 0 (verdadero o falso). Su teoría simplifica los enunciados usando una aritmética binaria. 
Fue una persona sumamente modesta y profundamente moral, que entregó su vida a la búsqueda de la verdad y que, pese a merecer reconocimiento nunca solicitó ni recibió beneficio alguno por sus descubrimientos. Cuando publicó sus leyes de pensamiento, estas pasaron desapercibidas, y sólo 7 años después su trabajo fue rescatado por Claude Elwood, sin embargo su trabajo no fue nunca  conocido fuera de los círculos de los matemáticos de la lógica. Hubo que esperar a que en 1937, sesenta años después de su muerte, el gran matemático Claude Shannon (citado en el artículo anterior como responsable del modelo del lenguaje que inspiró la investigación sobre el origen del lenguaje de Ignacio M. Mendizábal) demostró como el álgebra de Boole opotimizaba el funcionamiento de los sistemas electromecánicos de relés. A partir de ahí su álgebra se convirtió en el fundamento de construcción y programación de circuitos digitales. 

A ti, niño fascinado con los videojuegos y que reniegas de pretender ser futbolista de mayor para preferir el estatus de  programador...
A ti, permanente usuario de tu smartfone, que quisieran programar una aplicación de móvil...
A ti, programador de software, que introduces lentamente largas líneas de código en tu programa...
A ti, hacker informático, que pasas las noches en vela destripando las abigarradas líneas de programación del programa que pretendes piratear...
En un día como hoy, hace 200 años, nació el primer hombre que formuló el lenguaje de las máquinas. Él nunca lo supo, nunca soñó con poseer vuestros sofisticados equipos. Pero era lógico y  supo inventar el lenguaje con que hablas a tu máquina. Gracias le sean dadas. 

Fascinantes historias de la ciencia - 10: "Hablaron sí, y sus ecos permanecen".


¿Fosilizan los ecos? Quizás las palabras, las viejas palabras pronunciadas hace casi medio millón de años en la sierra de Atapuerca, no se las llevó completamente el viento. Acaso su huella podamos encontrarla hoy día en los oídos que las escucharon. 


Bajo el título de "El origen del lenguaje: la evidencia paleontológica", el Dr. en Biología y profesor del Área de Paleontología en el Departamento de Geología de la Universidad de Alcalá de Henares D. Ignacio Martínez Mendizábal, impartío en la tarde de este último viernes de octubre una conferencia en la sede de la UNED de Guadalajara.

En una conferencia anterior...
Ignacio (Nacho para los amigos) me era conocido por haber asistido el curso pasado a una de sus conferencias organizada en aquella ocasión por la AMPA del CEIP "El Doncel"; Aquella tarde habló de los yacimientos de Atapuerca a un público variopinto al que supo llegar superando las dificultades que presentaba un auditorio formado por niños de varias edades, padres y profesores. Me sorprendió agradablemente entonces que dedicara un poco de su precioso tiempo libre a este público infantil y que se ganara su atención con una presentación muy didáctica y adaptada a los jóvenes oyentes. Los niños escucharon sorprendidos sus relatos y anécdotas manifestando su asombro en ocasiones como ante las evidencias de canibalismo en los huesos fósiles; en aquellos momentos un gesto de espanto apareció en alguna de las madres presentes preocupadas  por la posible sensibilidad herida de sus pequeños (como si en los cuentos infantiles no aparecieran brujas que quisiera devorar a Hansel y Grettel, o madrastras que deseaban cocinar a sus hijastros..). Recibió en aquella ocasión como pago una artística pluma y nuestros vibrantes aplausos. Se trató definitivamente de una conferencia "por amor al arte".
Entre aquel público yo me sentí secretamente interpelado cuando explicaba sus primeros trabajos en las cuevas de Atapuerca y mencionaba las tareas de limpieza en las galerías que tuvieron que realizar incialmente. El yacimiento se encontraba en lugares en los que se aventuraban frecuentemente "aquellos muchachotes de Burgos" para divertirse explorando las cavidades o buscando dientes de oso, botín que era relativamente fácil encontrar en las antiguas cavernas. Yo había sido uno de aquellos "muchachotes" pues en en el verano de 1978 acudí en compañía de unos amigos de mi hermano Luis a explorar las cuevas. En realidad conocía desde años atrás aquella pequeña Sierra tan cercana a Burgos pues era un lugar al que acudíamos con frecuencia a merendar con mis padres en su recién estrenado seat 127. Habíamos paseado por la trinchera del ferrocarril a menudo y pasamos varias veces frente a la entrada enrejada de la Cueva Mayor. Algunos del grupo, mejor informados, nos instruían sobre la existencia de ciertos trabajos de excavación relacionados con grabados antiguos y restos prehistóricos; pero la zona presentaba un aspecto de total abandono, lejos de las protecciones, estructuras y andamiajes de la actualidad. Así que vivimos nuestra  particular aventura espeleológica entre cuevas y cavidades cuya localización exacta no recuerdo pero que muy bien pudo estar muy próxima al Sancta Sanctorum del Paleolítico: la especialísima Sima de los Huesos. 
 
De aquellas grutas por las nos arrastramos salí  completamente embarrado poseído de una gran angustia calustrofóbica y poseedor de un pequeño trozo de estalactita que arranqué de uno de los techos(no quedaba ninguna entera, pues el lugar había sido sistemáticamente esquilmados por otros "mozalbetes burgaleses" y, antes que ellos, por las propias autoridades que autorizaron la retirada de  toneladas de aquellas piedras singulares para adornar los estanques del parque de Campo Grande en Valladolid y uno de los estanque en el burgalés paseo del Espolón. 

La conferencia
Este viernes, sentado en una esquina de la pequeña Sala de Medios de la UNED, en el Centro San José, me  encontré de nuevo con el profesor Ignacio M. Mendizábal. Tras la presentación y las disculpas inicialaes por su retraso (uno de los frecuentes accidentes en la A-II), comenzó su sorprendente exposición sobre el origen del lenguaje humano. A Ignacio se le nota la experiencia acumulada por los muchos años de profesor de instituto y las múltiples conferencias que lleva impartidas sobre el tema. Empleando un lenguaje claro y sencillo, pero sin renunciar al rigor científico, avanzó en su disertación metiéndose en el bolsillo al auditorio gracias a un desarrollo muy didáctico repleto de bromas, metáforas y anécdotas sugerentes que hacían que fuera una delicia adentrarse en un terreno que parecía acotado para especialistas. 

Las evidencias paleontológicas clásicas.
Comenzó analizando las fuentes de información de que disponemos para establecer el posible uso del lenguaje en la lejana prehistoria en especies tan alejadas de nosotros como el Homo Anteccesor o los posibles preneandertales de la Sierra de Atapuerca: desde las evidencias óseas que el gran desarrollo del área de Broca y Wernike (íntimamente relacionadas con el lenguaje) han dejado en los huesos temporales de los cráneos, pasando por la estructura y situación del hueso hioides (necesario para la fonación humana) en homínidos y primates, llegando a tener en cuenta los grabados de tipo simbólico que aparecen (muy frecuente en la especie Cromagnon aunque escasa en los neandertales), hasta considerar la sofisticada talla de instrumentos de sílex como evidencia de una organización mental superior que implicaría existencia de un lenguaje elaborado. Pero, como apunta Mendizábal, ninguna de ellas tiene carga probatoria suficiente para certificar que aquellos antepasados nuestros hablaran. 

Con ironía y humor nos relató las fantásticas expectativas que él mismo se creó cuando, ante la posibilidad de contar con los recién aparecidos cráneos de la Sima, se prometía un estudio y descubrimiento pionero que demostraría a la comunidad científica internacional la existencia de lenguaje basándose en la anatomía de los órganos articulatorios de los que tenían una excelente colección de huesos excepcionalmente bien conservados. Trabajo de una semana -se dijo- y éxito seguro. En divertida autoparodia de su propia vanidad nos relató su abatimiento al comprobar que era imposible concluir nada relevante a partir de esta vía. Con las orejas gachas tuvo que confesar a su colega y colaborador José Luis Arsuaga (con el que llegó a escribir varios libros sobre este y otros temas) que era imposible concluir por la vía del estudio del aparato fonador que aquellos homínidos de Atapuerca emplearan el lenguaje oral.

Un enfoque original: el otro lado del espejo en la teoría de la Comunicación.
Pero, tras esta decepcionante conclusión, en una de esas intuiciones geniales que, por aparentemente sencillas, no se le ocurren a nadie entrevió un punto de vista diferente que podía proporcionar la respuesta anhelada a la pregunta de su vida: ¿Los preneandertales hablaban? ¿Miguelón, Agamenón, y el resto de homínidos de la Sima de los Huesos se comunicaban oralmente entre ellos?
Para comprender el novedoso enfoque, hay que retrotraerse a la vampírica imagen (la noche siguiente sería la noche de Halloween, perdónesenos la irreverente comparación) del extraordinario matemático Claude Shannon que encabezaba la serie de diapositivas. Este brillante matemático estadounidense había propuesto un modelo para la comunicación (inicialmente para la comunicación electrónica entre ordenadores) que resultaba muy útil también para la comunicación humana. A partir de él surgió la prometedora pregunta:  ¿Por qué centrarse en el aparato fonador (transmisor) y no en el receptor (oído) que fosiliza tan bien (es mayoritariamente oseo) y de cuyos modelos en Atapuerca disponemos con una calidad excepcional?
Ambos procesadores (transmisor y receptor) son igualmente necesarios y complementarios en la comunicación oral. De las características y funcionamiento de uno se infiere necesariamente las características y funcionamiento del otro. Esta revelación, ocurrida según cuenta, en el transcurso de una conversación de cafetería con un colega experto en acústica dio lugar a un estudio brillante sobre las propiedades diferenciales de la audición en los distintos mamíferos. Y, con el sorprendente premio gordo en la dinámica evolutiva, de que la audición humana es tan específica que la estructura de su oído le hace óptimo candidato a poseedor de un lenguaje oral. Y esta estructura en los humanos primitivos es prácticamente idéntica a los actuales. La conclusión parece clara.

La investigación.
Tras esta revelación al estilo de Pablo de Tarso camino de Damasco, emprendió una intensa labor de investigación y búsqueda de publicaciones y estudios sobre la audición de los mamíferos. El profuso estudio de estos materiales ha llevado a este profesor de biología a ser un gran experto en la fisiología de la audición. Entró de lleno a investigar el mundo de los audiogramas, la acústica diferencial, la anatomía del oído... Recopiló audiometrías de cuantas especies las tuvieran, que nos son muchas (las audiometrías a animales, requieren pacientes procesos de acondicionamiento operante para ser fiables, los que hemos asistido a una audiometría con niños pequeños lo sabemos). Comenzó esta parte mostrando la audiometría de un elefante indio. A partir de ella y explicando de pasada los conceptos de dB, umbral, pico de frecuencia de óptima percepción, etc. señaló como los elefantes tienen una curva de audición en V con un pico de máxima inteligibilidad en frecuencias bastante bajas. Esto le llevó a explicarnos la curiosa relación existente entre la distancia interauricular (por tanto del tamaño de la cabeza y por extrapolación del tamaño corporal) y la emisión/mejor percepción en tonos graves o agudos. Con maña de prestidigitador nos enseñó una gráfica prácticamente lineal que relacionaba tamaño corporal con frecuencia de emisiones/audición en los mamíferos: cada especie agrupaba sus emisiones en relación proporcional inversa al tamaño. Así un ratoncito emite agudos chillidos, mientras que un elefante barrita en tonos graves. Resultó muy divertido que nos recordara como adaptamos nuestro lenguaje los humanos (el tono) a las diversas situaciones: impostamos la voz para aparentar seguridad y dominio ante un auditorio ("¡Ojo: somos animales poderosos, de gran tamaño!") y la agudizamos en el baby-talk cuando hablamos con niños pequeños ("¡Tranquilo: soy un inofensivo animalillo!").
En su estudio, el equipo del profesor Mendizábal, abarcó todo el rango de los mamíferos encontrando tres patrones diferenciados en los perfiles de audición: Perfiles en V, con un pico de óptima percepción en torno a una frecuencia concreta (por ejemplo en el elefante, que además lo tiene desplazado hacia las frecuencias más graves como hemos explicado), Perfiles en W con la aparición de dos picos claramente separados (caso de los monos que oyen mejor a un Khz, pero luego, hasta los 5 Khz oyen peor) y el característico perfil de los humanos en U (cuyo ancho de banda, dado por la base de la U, coincide con la zona entre picos menos sensible de los monos). La explicación que se ofrece a estos patrones particulares las buscaron estos investigadores en los diferentes hábitats en que viven los animales. Estudiaron las características sonoras del bosque y la sabana llegando a la conclusión de que los picos en agudos son necesarios para transmitir información a larga distancia en el bosque donde, pese al ambiente de ruido de fondo, las hojas hacen reverberar el sonido logrando se percibido desde muy lejos, pese a la baja calidad. En cambio en un ambiente de sabana, con mucho menos ruido de fondo, la información sonora no necesita llegar muy lejos (la vista suple al oído en las largas distancias) siendo un ambiente óptimo para mejorar la calidad de información usando un ancho de banda de frecuencias corto en un espacios corto. Se llega así a la conclusión de que el medio sabana condicionó el tipo comunicación humana separando su desarrollo evolutivo de ramas afines que permanecieron en el bosque.
Quedaba, pues, por demostrar que nuestros antepasados primates y sus ramas evolutivas divergieron en sus anatomías auditivas adaptándose al medio mediante su posicionamiento en la sensibilidad a las frecuencias y en la amplitud de las mismas. La hipótesis a probar es que el ser humano (y sus predecesores los Homo heidelbergensis) tienen un ancho de banda de percepción óptima netamente mayor que el resto de especies y que esa amplitud se relaciona directamente con el lenguaje al permitir el uso de fonemas alejados entre sí en la escala de frecuencias lo que les hace más fáciles de discriminar. Se concluirá que ese perfil solo puede obedecer a que, efectivamente, se estaba empleando una fonación compleja necesariamente relacionada con el uso de un lenguaje sofisticado.
Y así, un equipo interdisciplinar encabezado por Mendizábal, pero también asistido por su esposa (encargada de la paciente realización de tomografías a los cráneos de la Sima) y en colaboración con un equipo de expertos en telecomunicaciones; reconstruyeron el aparato auditivo de los homínidos de la Sima (y de algún que otro australopitecus africano, para lo que tuvieron que trasladarse a Sudáfrica) y mediante sofisticados programas de simulación informática virtualizar cómo escuchaban realmente. Las conclusiones a que llegaron resultan sorprendentes: por un lado, gracias a los algoritmos aplicados al programa, descubrieron que la configuración del canal auditivo potenciaba o silenciaba ciertas frecuencias. Es decir, el oído de un chimpancé no puede oír como un humano porque ni siquiera le llegan con claridad algunos de los sonidos que este percibe con nitidez. Se trata del ancho de banda particular de la especie homo y que es notablemente más amplio y está ligeramente desplazado en su comienzo con respecto a otros primates.

Reveladoras conclusiones
Concluye Mendizábal que, el lenguaje ya estaba presente en los hombres de la sima Atapuerca (estando a la espera de otras especies acaso más antiguas por encontrar y cuyo aparato auditivo sea susceptible de análisis). Que ese lenguaje era complejo y básicamente utilizaba los mismos fonemas que empleamos en la actualidad (el llamado banana speech). Que el lenguaje es resultado de un lento un proceso evolutivo de adaptación determinado por el modo de vida (sabana) iniciado por la especie hace millones de años. Que existen indicios en otras especies de cierto inicio evolutivo en este sentido (los Tota, Chlorocebus aethiops, por ejemplo; aún no disponiendo de un cerebro apropiado para ser pre-verbales pero habitando en un medio de sabana que propicia la capacidad del lenguaje pueden articular y comprender tres palabras distintas para huir de tres depredadores: serpiente, leopardo y águila).

La navaja de Ockham ante los escépticos.
Un deje de crispación aparece en Ignacio M. Mendizábal cuando confiesa, poco antes de la sesión de preguntas, el desagrado que le producen aquellos que le intentan rebatir apelando a la indemostrable cuestión de que si bien parece demostrado que los hombres de la sima poseían las complejas estructuras necesarias para el lenguaje no necesariamente las empleaban o lo hacían para otra cosa... A estos habría que recordarles que, allá por el siglo XIV, un fraile franciscano llamado Guillermo de Ockham escribió:
"en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable".
Y la irritación de Ignacio Mendizábal pasó la "Navaja de Ockham" ante el rostro del díscolo auditor.


NOTAS: 
  • Podéis encontrar una referencia a esta conferencia (pero de una exposición anterior, en abril de 2009) en un reportaje del periódico digital Guadaqué. Impartida en el ciclo "Jueves de la ciencia" den la UNED, Guadalajara.  
  • En este video, producido por el Museo de la Evolución Humana, en Burgos, tenemos reproducida prácticamente la totalidad de la conferencia (diapositivas incluidas). Sería muy útil como repaso y recuerdo de su magnífica intervención. data del 2012 y es un poco largo, pero para apuntalar conocimientos y asegurar la comprensión de los aspectos que no quedaron claros es muy interesante.   

¿Hablaba Miguelón? Las palabras que no se llevó el viento
 Publicado el 26 jul. 2012 (1h 12m)
En 1992 se descubrieron en el Yacimiento de la Sima de los Huesos los restos de Miguelón junto a varios cráneos y otros restos de la especie Homo heidelbergensis. El MEH dedicó el ciclo Charlando con los investigadores 2012 a los 20 años del descubrimiento de Miguelón para saber más de la especie Homo heidelbergensis. En este vídeo Ignacio Martínez, miembro de las excavaciones e investigaciones de la Sierra de Atapuerca desde 1984 y parte del equipo que baja a la Sima de los Huesos desde hace más de 20 años, nos habló de los últimos estudios sobre la capacidad anatómica del Homo heidelbergensis para producir y percibir los sonidos emitidos hoy en día por los humanos modernos, en lo que son las evidencias más antiguas del habla humana. La conferencia llevó por título ¿Hablaba Miguelón? Las palabras que no se llevó el viento.